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La Niña Que VIO MORIR al Che Guevara — 57 Años Después SATISFACTORIO REVELA Lo Que Él Le SUSURRÓ

 

En ese momento nadie sabía que una niña de 9 años llamada Julia Cortés estaba escondida detrás de la ventana de su casa en la higuera observando todo. Vio cuando trajeron al hombre herido con barba, vio cuando los soldados le apuntaron con sus rifles y vio algo en los ojos de ese extranjero que la perseguiría durante 57 años.

 Ahora, a los 66 años, Julia finalmente revela lo que el Cheeg Bara le susurró aquella mañana del 9 de octubre de 1967. Octubre de 2024, Santa Cruz, Bolivia. Julia Cortés Mendoza se sienta en el pequeño jardín de su casa, rodeada de flores que ella misma plantó hace décadas. Sus manos, arrugadas por el tiempo y el trabajo duro de toda una vida, sostienen una fotografía en blanco y negro.

 En la imagen aparece una niña pequeña con trenzas oscuras parada frente a una escuela de adobe en un pueblo perdido entre las montañas. Esa escuela ya no existe como tal. Ahora es un museo dedicado al hombre que murió entre sus paredes. Julia mira la fotografía y suspira profundamente. Durante 57 años he cargado con este peso.

 Mis padres me hicieron jurar que nunca hablaría. El gobierno nos amenazó. Los periodistas ofrecieron dinero, pero yo guardé silencio porque era una niña y las niñas obedecen. Crulia coloca la fotografía sobre la mesa de madera y mira directamente a la cámara. Sus ojos, oscuros como la tierra boliviana, brillan con una mezcla de dolor antiguo y determinación nueva.

 Ya no soy una niña. Tengo 66 años. Mi madre murió hace 10 años. Mi padre murió hace 20. Los soldados que estuvieron allí ese día ya están muertos. El Che está muerto. Fidel Castro está muerto. Ya no queda nadie a quien proteger con mi silencio. Solo queda la verdad. Y la verdad merece ser contada antes de que yo también me vaya de este mundo.

 La higuera en 1967 era un pueblo olvidado por Dios y por el gobierno boliviano. Apenas 300 personas vivían en esas montañas áridas del sureste del país. No había electricidad ni agua corriente, no había médico ni farmacia. La escuela del pueblo, donde Julia estudiaba sus primeras letras, era un edificio de adobe con dos salones pequeños y un patio de tierra donde los niños jugaban durante el recreo.VIDEO La Niña Que VIO MORIR al Che Guevara guardó el SECRETO por 50 años

 Los habitantes de la higuera eran campesinos pobres que cultivaban papas y maíz en tierras secas que apenas producían lo suficiente para sobrevivir. Nadie en ese pueblo había oído hablar del Cheguevara. Mi padre Aurelio Cortés era agricultor como todos los hombres del pueblo. Recuerda Julia con nostalgia.

 Cultivaba papas en un pequeño terreno que había heredado de su propio padre, quien lo había heredado de su padre antes que él. Mi madre Carmen Mendoza. Cuidaba de nosotros cinco hermanos con manos incansables que nunca descansaban. Yo era la tercera de los cinco. Teníamos una casa de adobe con techo de paja, dos habitaciones donde dormíamos todos juntos apretados y una cocina separada donde mi madre preparaba nuestras comidas sobre un fogón de leña que llenaba todo de humo.

 Nuestra casa estaba ubicada exactamente frente a la escuela del pueblo. Esta ubicación que durante toda mi infancia nunca había significado nada especial, se convertiría en la razón por la cual me transformaría en testigo de uno de los momentos más importantes de la historia latinoamericana del siglo XX. Desde la ventana de la habitación principal podía ver perfectamente la puerta de entrada de la escuela y parte del patio interior donde jugábamos.

 En octubre de 1967 vino. Yo estaba cursando el tercer grado. Mi maestra, la señorita Rosario, nos enseñaba a leer y escribir con paciencia infinita. Todo comenzó a cambiar a principios de octubre de 1967. Julia recuerda que los adultos del pueblo empezaron a hablar en susurro sobre soldados en las montañas cercanas y guerrilleros extranjeros escondidos en la selva.

 Los niños escuchaban fragmentos de conversaciones que no entendían completamente, pero que los llenaban de una inquietud extraña. Mi padre llegó una noche muy preocupado después de volver del mercado, cuenta Julia. Había estado en Vallegrande, el pueblo más grande de la región, y escuchó que el ejército boliviano estaba buscando a unos hombres armados en las montañas, guerrilleros, les llamaban, comunistas peligrosos.

 Mi madre se persignó tres veces y rezó para que esos hombres nunca llegaran a nuestro pueblo tranquilo, pero llegaron. O este más bien fueron traídos. El 8 de octubre de 1967, Yolía estaba jugando con sus hermanos menores en el patio trasero de su casa cuando escuchó los primeros disparos en la distancia.

 No eran disparos de casa como los que ocasionalmente se escuchaban cuando los hombres salían a buscar bizcachas. Eran ráfagas continuas. violentas que hacían eco en las montañas y asustaban a los pájaros que huían en bandadas hacia el cielo. Mi madre nos metió a todos dentro de la casa inmediatamente cuando escuchó los disparos.

 Recuerda Julia con claridad absoluta. Nos ordenó que nos quedáramos quietos y callados en la habitación del fondo. Mi padre salió corriendo a ver qué estaba pasando y regresó media hora después con el rostro completamente pálido. Dijo que había hablado con otros hombres del pueblo y que el ejército boliviano había capturado a los guerrilleros en un lugar llamado La quebrada del churo, a pocas horas de camino de la higuera.

 dijo que traerían a los prisioneros al pueblo. Esa noche nadie durmió en la higuera. Las familias se encerraron en sus casas con las puertas trancadas, esperando lo peor, sin saber exactamente qué era lo peor. Julia recuerda haber escuchado a sus padres rezar el rosario completo tres veces seguidas, mientras ella y sus hermanos permanecían acostados en silencio, sin atreverse a hacer ningún ruido.

 La mañana del 9 de octubre amaneció gris y fría como siempre en esa época del año en las montañas bolivianas. Julia recuerda cada detalle de ese día con una claridad que la atormenta. Me desperté muy temprano porque escuché ruidos extraños afuera de la casa. Había mucho movimiento en la calle, voces de hombres que no reconocía dando órdenes en un tono autoritario.

 Mi madre nos prohibió terminantemente salir de la casa y cubrió las ventanas con mantas gruesas para que no pudiéramos ver nada de lo que pasaba afuera. Pero yo era curiosa, demasiado curiosa para mi propio bien. Julia esperó pacientemente a que su madre estuviera ocupada en la cocina preparando el desayuno y luego se deslizó silenciosamente hacia la habitación que daba a la calle principal.

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