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Un viejo TAQUERO salvó a ‘EL MENCHO’ de un retén sin saber quién era, lo que pasó años después…

 

Son las 2:19 de la madrugada del 7 de febrero de 2018. Don Fermín Castillo conduce su camioneta Dogerram 1994 por la carretera Guadalajara Tlajomulco. El motor toce cada vez que sube una pendiente, igual que él cuando se levanta cada mañana. Ambos llevan demasiados años trabajando sin descanso. En la parte trasera va todo su mundo, el comal de fierro que heredó de su difunta esposa con suelo, el cilindro de gas con la válvula remendada con cinta de aislar.

La hielera azul con la carne marinada desde las 5 de la tarde, las tortillas enrolladas en trapos de cocina para que no se enfríen. Los botes de salsa verde y roja que el mismo prepara cada noche antes de dormir. Su negocio ambulante, su herencia, su razón de levantarse cuando el cuerpo ya no quiere. Don Fermín tiene 62 años, rostro curtido por décadas de madrugadas, manos tan callosas que ya casi no siente el calor del comal, espalda que cruje cuando se agacha a recoger algo del piso.

 Lleva una gorra del América descolorida que usó por primera vez cuando su hijo Rodrigo era chico y le pedía que lo llevara al estadio. Eso fue hace mucho. Antes de que Rodrigo enfermara, antes de que todo cambiara, lleva 38 años vendiendo tacos en las calles de Guadalajara. Empezó a los 24 junto con suelo con un carrito de madera que empujaban entre los dos por la colonia Oblatos.

 Con el tiempo juntaron para la camioneta. Con más tiempo juntaron para el negocio fijo que tuvieron 8 años en la central de abastos. Luego murió Consuelo y algo dentro de don Fermín murió también. Vendió el local. regresó a las calles. Las calles al menos las conoce. Las calles no le hacen preguntas. Esta noche vendió 61 tacos en la zona industrial del Salto. Ganó 890 pesos.

 De esos 220 son para la gasolina, 180 para reponer ingredientes, 400 para la farmacia. Rodrigo, su hijo de 34 años, tiene esclerosis múltiple desde hace 6. Los medicamentos cuestan 4200 pesos cada mes. Don Fermín cubre la mitad. La otra mitad la cubre el seguro social cuando hay existencias que últimamente es casi nunca. Le quedan 90 pesos.

 90 pesos para comer el mañana y pasado. Ya calculó que con eso alcanza para frijoles, tortillas y dos aguacates y los encuentra baratos en el tianguis. La carretera está sola. Solo el zumbido gastado del motor y los postes de luz que parpadean cada tanto como si también estuvieran cansados. Don Fermín no prende el radio.

 Prefiere el silencio desde que Consuelo ya no está para cantarle a las canciones de José José. El silencio duele menos que la música. Piensa en Rodrigo. Esta mañana amaneció con temblores en las manos otra vez. El neurólogo dijo que si no consiguen el medicamento de importación antes de fin de mes, el deterioro se va a acelerar.

Don Fermín no sabe de dónde va a sacar ese dinero. Ya empeñó el anillo de bodas en diciembre. Ya le debe tres meses al casero de Rodrigo. Ya vendió la tele que Consuelo escogió en abonos hace 10 años. De repente, a 300 m, aparecen luces, muchas rojas, azules, blancas. Don Fermín entrecierra los ojos.

 Conoce esas luces. En 38 años de madrugadas las ha visto muchas veces. Un retén militar, tres camiones del ejército atravesados en ambos carriles. Soldados con rifles de asalto, perros. Reflectores que convierten la noche en mediodía artificial. Su estómago se aprieta por instinto, aunque sabe que no trae nada ilegal.

 Solo tacos fríos y una vida entera de trabajo honesto. Reduce la velocidad. Respira. A su edad ya aprendió que el miedo no sirve de nada si los papeles están en orden. Un soldado joven de no más de 20 años le hace señas para que se detenga junto al Arsén. Don Fermín baja la ventanilla. El aire de febrero entre cortante con ese frío húmedo que se mete hasta los huesos de los viejos.

 Buenas noches. Documentos dice el soldado con voz pareja, sin mirarlo a los ojos. Es un procedimiento. Esta noche ha detenido a 50 vehículos exactamente igual. Don Fermín saca su licencia y la tarjeta de circulación de la visera, las entrega con manos tranquilas. A su edad ya no tiembla ante los uniformes. Ha vivido demasiado para eso.

El soldado las revisa con una linterna pequeña. Otro soldado rodea la camioneta, mira las llantas, agacha la vista hacia el chasís con un espejo telescópico. Un tercero, el de mayor rango por las insignias, se acerca con paso firme. ¿Qué carga en la parte trasera? pregunta con voz grave, sin preámbulo.

 Mi puesto de tacos, mi teniente. Trabajo vendiendo comida en la zona industrial. Acabo de terminar mi turno. El teniente hace una señal. Dos soldados se acercan a la parte trasera. Don Fermín escucha como abren las puertas de golpe, como mueven la hielera, como desplazan las cajas de tortillas, como inspeccionan el cilindro de gas golpeándolo con los nudillos para ver si suena hueco.

 “Está limpio”, grita uno desde atrás. El teniente le devuelve los documentos sin decir nada más. Puede continuar. Don Fermín está acomodando sus papeles en la visera cuando escucha el primer grito. A unos 60 met a la derecha, entre los matorrales secos que bordean la carretera, alguien corre. Un hombre grande, de complexión robusta, ropa oscura, botas de trabajo.

 Corre con esa desesperación que no se aprende, que solo sale cuando el cuerpo sabe que está al límite de algo irreversible. Cinco soldados corren detrás con los rifles en alto. Los perros ladran enloquecidos. jalando las correas. Alto, alto o disparamos. La voz del soldado se pierde en la oscuridad. El hombre no se detiene. Cambia de dirección dos veces.

Esquiva un arbusto. Salta una zanja pequeña con una agilidad que contradice su tamaño. Los soldados disparan al aire. Una ráfaga, luego otra. El sonido rompe la noche como si alguien partiera el cielo en dos. Don Fermín sigue ahí con la camioneta en neutro. El motor toseando suavemente, mirando la escena como si fuera algo que pasa en la televisión y no a 30 m de su ventanilla abierta.

 Entonces el hombre cambia de dirección por última vez. Viene directo hacia la camioneta. Sus ojos y los de don Fermín se encuentran por una fracción de segundo bajo la luz amarilla de los reflectores. Don Fermín ha visto muchas cosas en 62 años. Ha visto la cara de Consuelo cuando le dijeron que el cáncer era terminal. Ha visto la cara de Rodrigo cuando el doctor pronunció las palabras esclerosis múltiple.

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