Hay un sonido que Lucio Paredes conoce mejor que su propio nombre. Es el sonido de la suela despegándose del cuero con ese chasquido seco, casi triste, como si el zapato se rindiera después de demasiados kilómetros. Ese sonido lo despertó a los 9 años cuando su padre le puso en la mano una lesna por primera vez y le dijo, “Hijo, un zapato roto no es una tragedia, es una oportunidad.
” Lucio tiene ahora 63 años y ese sonido sigue siendo lo primero que escucha cada mañana antes que los pájaros. antes que los camiones de la basura, antes que los gritos de los niños en la vecindad, lo escucha porque su cuerpo lo busca, porque sin ese sonido el día no tiene sentido.
Su taller mide 4 m de largo por tr de ancho. Está en la planta baja de la vecindad Morelos, en la colonia Oblatos, al oriente de Guadalajara. La puerta es de madera con un vidrio en la mitad que tiene un letrero pintado a mano con letras desiguales. Reparación de calzado. Don Lucio, trabajo garantizado. Lleva ese letrero ahí desde 1987. El vidrio se quebró dos veces, pero el letrero siempre regresó igual con las mismas letras desiguales, porque Lucio considera que cambiarla sería una forma de mentira, una forma de pretender ser algo diferente a lo que siempre fue.
Adentro del taller hay un orden que solo Lucio entiende. Pilas de zapatos esperando reparación junto a la pared izquierda ordenadas no por fecha de llegada, sino por urgencia emocional. Lucio sabe distinguir el zapato de alguien que tiene otros pares y el zapato de alguien que no tiene más que ese.
Los segundos van primero sobre el banco de trabajo hay lesnas, martillos pequeños, pegamento de contacto, hilo de nylon encerado, trozos de cuero en distintos tonos y grosores y una radio de pilas que solo sintoniza una estación de música ranchera con mucha estática. Lucio nunca ha intentado buscar otra estación.
Le gusta la estática, le da compañía sin exigirle atención. Vive solo desde hace 11 años. Su esposa Consuelo murió de un derrame cerebral un martes por la tarde mientras preparaba arroz. Lucio llegó del taller y la encontró en el piso de la cocina con la cuchara todavía en la mano. Eso es lo que más lo persigue, no la ausencia, sino la cuchara, el detalle pequeño que contiene toda la enormidad de la pérdida. Tuvieron dos hijos.
El mayor Ernesto vive en Ciudad Juárez con su familia y llama los domingos a veces. La menor Patricia emigró a Estados Unidos hace 8 años y manda dinero cada mes, $100 puntuales como un reloj. Lucio siempre los guarda sin tocarlos, no los necesita. Con lo que gana en el taller le alcanza para comer, pagar la renta de 200 pesos mensuales que nunca subió el dueño del inmueble por respeto a los años.
y comprar el tabaco de pipa que fuma cada noche sentado en el umbral de la puerta viendo pasar la calle. Es un hombre pequeño de 1 met2 con espalda encorvada de tanto inclinarse sobre el banco. Manos grandes para su cuerpo, dedos gruesos con callos en lugares específicos que ningún guante cubre bien.
Cabello blanco, casi transparente, peinado hacia un lado con agua. Bigote gris recortado con tijeras cada domingo. Usa siempre el mismo tipo de ropa, pantalón de mezclilla oscuro, camisa de cuadros, delantal de cuero café que perteneció a su padre y que ha remendado tantas veces que ya no queda nada original excepto la forma.
En la colonia Oblatos lo conocen todos, no porque sea famoso ni importante, sino porque lleva 40 años reparando los zapatos de todos. Conoce los pies de la colonia mejor que el médico. Sabe que doña Esperanza tiene el dedo gordo izquierdo torcido hacia adentro y necesita que le ensanche el zapato con la orma de madera.
Sabe que el señor refugio usa una talla más grande de la que le corresponde porque sus pies se hincharon con la diabetes. Sabe que los niños de la escuela primaria rompen siempre la misma costura, la que une la lengüeta con el cuerpo del tenis, porque patean con el emprine en lugar de la punta. Ese conocimiento acumulado es su único capital.
No tiene ahorros, no tiene propiedades, no tiene pensión. Tiene 40 años de saber exactamente que necesita cada par de zapatos que entra por esa puerta y eso en su mundo pequeño y preciso es suficiente. El lunes 7 de noviembre llegó como todos los lunes con neblina baja sobre los tejados de oblatos y olor a tortillas quemadas saliendo de algún departamento del segundo piso.
Lucio abrió el taller a las 8 de la mañana como siempre, corrió la cortina metálica, acomodó el banco, encendió la radio y se sentó a terminar unos botines de mujer que le habían dejado el viernes. Eran botinés negros de tacón bajo con la suela separándose en la puntera. Los había dejado una señora joven que los usaba para trabajar en una oficina.
Los necesitaba para el miércoles sin falta. Lucio los tendría listos el martes por la tarde, un día antes. Siempre entregaba antes de lo prometido. Era su única forma de lujo. A las 10:15 de la mañana escuchó pasos en la entrada, pasos pesados, seguros, de alguien que no duda al caminar. Levantó la vista. En el umbral de la puerta había un hombre que no era de la colonia.
Lucio llevaba 40 años viendo entrar gente por esa puerta y había desarrollado un sentido casi animal para distinguir a los vecinos de los extraños. Este hombre era un extraño completo. Tenía unos 50 años. Complexión robusta, cuello ancho, manos grandes. Vestía ropa de trabajo, jeans oscuros, camisa negra de manga larga, botas de piel que incluso cubiertas de polvo del camino se veían caras.
Llevaba una bolsa de plástico negra en la mano derecha. Su rostro era cuadrado, con barba de varios días y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. Sus ojos eran oscuros e intensos, del tipo que no parpadean con la frecuencia normal, del tipo que evalúan todo antes de decidir cualquier cosa.
“Buenos días”, dijo el hombre con voz grave y pareja. “¿Usted es el zapatero?” Lucio asintió sin dejar los botinés. El mismo. El hombre entró, miró alrededor del taller con una mirada rápida que registraba todo sin parecer que miraba nada. Sacó de la bolsa negra un par de botas y las puso sobre el banco. Lucio las examinó sin tocarlas primero, como hacía siempre.
Era su ritual de diagnóstico. Ver antes de tocar. Eran botas de piel de avestruz color café oscuro con puntera cuadrada y tacón vaquero. Botas de diseñador hechas a mano sin ninguna duda. El tipo de botas que costaban más de 20,000 pesos el par, pero estaban en mal estado. La suela derecha tenía una separación profunda desde el tacón hasta casi la mitad del pie.
La piel del cañón izquierdo tenía una raspadura larga, como si hubiera rozado con algo metálico o con alambre de púas. Y el tacón derecho estaba astillado, probablemente por un golpe fuerte contra piedra o concreto. Lucio las tomó entonces, las volteó, las flexionó levemente, examinó las costuras internas, olió el cuero para determinar si tenía humedad acumulada que pudiera complicar el pegado.
Las botas tenían historia reciente. Habían pasado por algo difícil hace poco. No días, sino horas. ¿Puede arreglarlas?, preguntó el hombre. Lucio asintió. Todo tiene arreglos y el cuero es bueno y este es muy bueno. ¿Para cuándo las necesita? El hombre pensó un segundo. Mañana por la tarde. Lucio hizo el cálculo mental.
La suela necesitaba pegado en frío y presión durante al menos 8 horas. La raspadura requería relleno de pasta de cuero, lijado y tinte. El tacón había que reemplazarlo completo. Era trabajo de 6 horas mínimo y lo hacía bien. Y Lucio siempre lo hacía bien. “Mañana a las 5 de la tarde están listas”, dijo. “¿Cuánto?”, preguntó el hombre.
Lucio calculó 400 pesos. El trabajo, el material, el tinte, el tacón nuevo. El hombre metió la mano al bolsillo y sacó un fajo de billete sin contarlos, tomó cinco de 500 y los puso sobre el banco. Quédese con el cambio. Lucio miró los billetes. 2,500 pesos. Seis veces el precio del trabajo. Tomó 400, los dobló y los guardó en el cajón.
Devolvió los 2100 al hombre. No acostumbro cobrar más de lo que vale el trabajo. El hombre lo miró durante 3 segundos sin expresión. Luego recogió los billetes en silencio. “Nos vemos mañana”, dijo y se fue. Lucio regresó a sus botinés de mujer. Afuera, la neblina seguía baja sobre los tejados y la radio tocaba un corrido con tanta estática que casi no se entendía la letra.
Lucio trabajó en las botas esa misma tarde. Las puso sobre el banco bajo la lámpara de brazo articulado que usaba para los trabajos finos y las examinó durante 10 minutos antes de tocar ninguna herramienta. Ese era su método, entender primero, intervenir después. Su padre le había enseñado que un zapatero impaciente arruina más zapatos que él uso.
La suela separada era el problema más urgente. Introdujo una espátula fina por la abertura para limpiar los residuos de pegamento viejo y polvo acumulado. El cuero interior estaba en buen estado, sin humedad, sin deformación. Eso era buena señal. Aplicó pegamento de contacto en ambas superficies. esperó el tiempo exacto de 5 minutos que indicaba que el pegamento había alcanzado su punto de máxima adherencia.
Unió las superficies con presión uniforme y colocó la bota en la prensa manual, una herramienta que su padre había fabricado con madera de cedro y tornillos galvanizados hace 50 años y que seguía funcionando mejor que cualquier prensa de ferretería. Mientras esperaba, se ocupó del tacón. Lo retiró con cuidado usando el escopro recto sin dañar el asiento de la suela.
midió las dimensiones con una regla metálica y buscó en su caja de tacones de repuesto. Tenía asientos organizados por material, altura y ancho. Encontró uno de cuero prensado que coincidía casi perfectamente con el original. Lo ajustó con la lija de grano fino. Probó el encaje tres veces antes de dar el primer clavo.
Cuatro clavos pequeños y pegamento de refuerzo. El tacón quedó sólido como si fuera original. La raspadura del cañón izquierdo era el trabajo más delicado. Requería pasta de relleno de cuero que Lucio preparaba el mismo mezclando polvo de cuero con adhesivo especial en proporciones que nunca midió con báscula, sino con la textura que sentía entre los dedos.
Aplicó la pasta en capas delgadas, dejando secar cada una antes de la siguiente. Tres capas en total. Luego lijado progresivo de grano grueso a fino hasta que la superficie quedó uniforme al tacto. Finalmente el tinte. un café oscuro que mezcló en un frasco pequeño hasta conseguir el tono exacto de la piel original.
Trabajó hasta las 9 de la noche. Cuando terminó, las botas estaban sobre el banco, iluminadas por la lámpara. Las examinó desde distintos ángulos. La suela firme, el tacón nuevo imposible de distinguir del original, la raspadura invisible bajo el tinte. Limpió la piel con crema de seda, la pulió con el cepillo de cerdas suaves hasta que el cuero brilló con esa luz profunda que solo tiene el cuero genuino bien tratado.
Eran buenas botas hechas por alguien que sabía lo que hacía. Merecían ser bien reparadas. Las envolvió en papel de estrasa, las ató con un cordón y escribió en el papel con marcador negro: “Botas café. Martes 5 de la tarde.” Las puso en el estante de entregas junto a la puerta y apagó la lámpara. salió al umbral, encendió la pipa, se sentó en el banco de madera que tenía ahí para ese ritual nocturno.
La calle estaba tranquila. Algunos vecinos regresando del trabajo, un perro flaco cruzando la banqueta, la señora del departamento tres asomándose desde su ventana como cada noche para vigilar que todo estuviera en orden. Lucio fumó despacio, mirando sin ver nada en particular, pensando en nada en particular, qué era su forma favorita de pensar.
El hombre de las botas caras no era de la colonia. Eso estaba claro. Tampoco era alguien que viniera al taller por casualidad al pasar. Había llegado directo con propósito, sabiendo lo que buscaba. Alguien le había dicho de Lucio. Eso pasaba a veces. La reputación viajaba sola. Pero ese hombre en particular tenía algo que Lucio no supo nombrar esa noche, una especie de peso invisible alrededor de su persona, como si el aire se comportara diferente cerca de él.
Terminó la pipa, apagó el carbón con el dedo mojado como hacía siempre, aunque Consuelo siempre le dijo que se iba a quemar y nunca se quemó, entró al taller, bajó la cortina metálica y subió las escaleras hacia su cuarto. Cenó frijoles con tortillas de la tienda. Dio el noticiero 15 minutos. Se durmió a las 10:30. No soñó nada que recordara.
El martes el hombre regresó a las 5 en punto de la tarde, puntualidad exacta, como si hubiera estado esperando afuera hasta que el reloj marcara la hora. Lucio lo escuchó llegar antes de verlo. Los mismos pasos pesados y seguros de dos días atrás. Entró sin saludar. Primero miró hacia el estante de entregas, vio el paquete de papeles trazas.
Lucio lo tomó, lo puso sobre el banco y lo abrió. El hombre miró las botas sin tocarlas. Las observó igual que Lucio observaba el trabajo antes de intervenir. Con calma, con detalle, sin prisa. Luego las tomó, volteó la derecha, examinó la suela, presionó la zona reparada con el pulgar, revisó el tacón, golpeó suavemente el piso con el tacón para probar la solidez, examinó el cañón izquierdo bajo la luz de la ventana, pasó el pulgar por donde había estado la raspadura.
Buen trabajo”, dijo finalmente. No era un cumplido casual, era una evaluación. Lucio asintió. El cuero era bueno respondió. El buen cuero agradece el trabajo bien hecho. El hombre metió la mano al bolsillo, sacó los 400 pesos exactos y los puso sobre el banco. Lucio los tomó sin contarlos, los guardó en el cajón.
El hombre guardó las botas en la bolsa negra. se quedó un momento de pie sin moverse, mirando el taller con esa mirada que registraba todo. Sus ojos se detuvieron en las herramientas sobre el banco, en el delantal de cuero, en las fotos que Lucio tenía pegadas en la pared junto al espejo pequeño. Una foto de consuelo joven, una de sus hijos cuando eran niños.
Una imagen del santo patrono San Crispin, protector de los zapateros, recortada de una revista religiosa y enmarcada en cartón hace 30 años. ¿Cuántos años lleva aquí?, preguntó el hombre. Lucio lo miró. Era la primera pregunta personal que hacía. 42. Respondió. Mi padre lo puso antes y yo lo heredé. Y siempre solo continuó el hombre.
Desde hace 11 años, dijo Lucio sin más explicación. El hombre asintió lentamente como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía o sospechaba. ¿Tiene usted nombre?, preguntó el hombre. Lucio señaló el letrero del vidrio. Don Lucio Paredes, ahí dice. El hombre miró el letrero, luego regresó la mirada a Lucio. Yo me llamo Nemesio dijo.
Solo eso, sin apellido, sin más contexto. Le extendió la mano. Lucio se la estrechó. Era un apretón firme, casi excesivo, de alguien que midía a las personas a través del contacto físico. “Cuídese, don Lucio”, dijo el hombre llamado Nemesio y salió del taller. Lucio escuchó sus pasos alejarse por la banqueta, luego el sonido de una puerta de vehículo cerrándose, motor arrancando y silencio.
Se quedó mirando el banco un momento, 400 pesos por trabajo. Bien hecho. Un hombre que llegó, pagó exacto y se fue. Nada extraordinario en apariencia. Abrió el cajón, sacó los 400 pesos y los contó aunque ya sabía que eran 400. Era otro ritual. Contar el dinero ganado, honestamente tenía para él un sabor diferente al dinero simplemente recibido. Este tenía el sabor correcto.
Esa tarde llegaron tres clientes más. Unos tenis de niño con la suela despegada, unos zapatos de vestir con tacones desgastados y unas sandalias que necesitaban ajuste en las correas. Trabajo ordinario, trabajo de todos los días. Lucio lo hizo con la misma concentración que había puesto en las botas de avestruz.
Para él no había diferencia entre unos zapatos de 20 pesos y unos de 20,000. El trabajo era el trabajo. Cerró el taller a las 8, subió a cenar. Ese martes comió sopa de fideos y un plátano. Llamó a Patricia a Estados Unidos, pero no contestó. le dejó un mensaje de voz solo para decirle que estaba bien, que el taller andaba bien, que no se preocupara.
Patricia siempre se preocupaba más de lo necesario. Se asomó a la ventana antes de dormir. La calle de noche, los postes amarillos, un gato sobre el cofre de un carro estacionado. Todo igual que siempre, todo exactamente en su lugar. Eso era lo que más valoraba Lucio de su vida, que las cosas estuvieran en su lugar. Pasaron 4 días sin novedad.
Miércoles, jueves, viernes, sábado. Trabajo ordinario, clientes conocidos, reparaciones rutinarias. El viernes llegó un encargo especial, unos guaraches artesanales que necesitaban retejido completo, trabajo de dos días que Lucio aceptó con gusto porque los guaraches le recordaban a su infancia en Tonalá.
Antes de que la familia se mudara a Guadalajara, su padre hacía guaraches, además de reparar zapatos. Lucio nunca aprendió a hacerlos desde cero, pero sí a repararlos y lo hacía con particular cariño. El sábado por la tarde, mientras terminaba los haraches, llegó a su taller un hombre que nunca había visto.
Joven, unos 30 años, delgado, con ropas sin marcas particulares. Entró, miró alrededor sin ver zapatos en la mano, se acercó al banco. Don Lucio dijo con voz baja, aunque no había nadie más en el taller. mismo”, respondió Lucio sin levantar la vista de los huches. El joven sacó un sobre de papel manila del bolsillo interior de su chamarra y lo puso sobre el banco.
“De parte del señor Nemesio”, dijo. “nada más dio la vuelta y salió.” Lucio escuchó sus pasos en la banqueta alejándose rápido, casi corriendo. Se quedó mirando el sobre unos segundos. Era un sobrenormal, sin nombre escrito, sin remitente, sellado con cinta adhesiva transparente. Lo tomó, lo sopesó. Tenía grosor de billetes, sin duda.
Lo abrió con el escopro que usaba para los clavos finos, deslizando el filo bajo el doblez del papel. Adentro había billetes de 500. Los contó despacio. 20 billetes, 10,000 pesos. Lucio se quedó sentado con el dinero en las manos durante un rato largo. 10,000 pesos era lo que ganaba en un mes bueno de trabajo, a veces en mes y medio.
Era una cantidad que en su economía representaba estabilidad, respiro, posibilidad, pero era dinero que no había ganado. Era dinero que nadie le debía, era dinero que llegaba de un desconocido sin explicación ni condición aparente. Volvió a guardar los billetes en el sobre. puso el sobre en el cajón debajo de los 400 pesos que cobraba los días normales.
Siguió con los trabajó en silencio durante una hora sin poder concentrarse del todo. Los dedos hacían el trabajo por memoria muscular mientras su mente daba vueltas alrededor del sobre. Ese día cerró temprano. Subió a su cuarto, se sentó en la silla junto a la ventana con la pipa apagada en la mano porque a veces solo necesitaba sostenerla para pensar con claridad.
El hombre llamado Nemesio. Las botas caras reparadas con cuero bueno, los 400 pesos exactos pagados sin regateo, la mirada que registraba todo, los pasos pesados de alguien que no tiene miedo de ninguna superficie y ahora 10,000 pesos enviados a través de un mensajero joven que no esperó respuesta ni recibo.
Lucio era un hombre simple en el sentido más limpio de la palabra, simple no como sinónimo de ingenuo, sino como sinónimo de claro. Veía las cosas directamente, sin capas innecesarias de interpretación y lo que veía en este caso era sencillo, aunque no fuera cómodo. Ese dinero no era un regalo, era el inicio de algo.
No sabía de qué. Pero los inicios de las cosas siempre tenían esa textura, esa temperatura ligeramente diferente al resto de los días. Se levantó, bajó al taller, abrió el cajón, tomó el sobre y lo puso en el estante de entregas junto a la puerta de cara hacia afuera, como si fuera un par de zapatos esperando ser recogidos.
No lo sabía todavía, pero ese gesto simple, ese sobre en el estante era la primera decisión de una serie de decisiones que cambiarían todo lo que le quedaba por vivir. El lunes siguiente no llegó ningún mensajero, tampoco el martes. El sobres seguía en el estante. Lucio lo miraba cada mañana al abrir el taller y cada noche al cerrar.
No lo había gastado, no lo había escondido, solo lo había dejado ahí, visible como un asunto pendiente que esperaba resolución. El miércoles a las 11 de la mañana llegó Nemesio. Entró sin bolsa, sin botas, sin pretexto aparente. Saludó con un movimiento de cabeza. Lucio estaba cociendo la suela de unos zapatos de hombre.
Trabajo de 2 horas que llevaba una. Siguió cociendo. Me mandaron decir que dejó el sobre sin usar. dijo Nemesio poniéndose de pie frente al banco con los brazos cruzados. Era una postura que en otro contexto parecería casual. En el parecía arquitectura de control. Lucio no levantó la vista. No lo usé porque no lo gané, respondió.
Nemesio lo observó en silencio durante varios segundos. Usted me cobró 400 pesos por un trabajo que vale 10 veces más”, dijo finalmente. No me cobró el valor del trabajo, me cobró su precio. Lucio entonces si levantó la vista. Esa es la diferencia, respondió. Yo pongo mi precio, no el precio del material, el precio de mi trabajo.
Y mi trabajo vale 400 pesos porque así lo decidí yo. Nemesio descruzó los brazos, caminó hacia el estante de entregas, tomó el sobre, lo puso de nuevo sobre el banco frente a Lucio. Considérelo como un reconocimiento, no como un pago. Lucio lo miró. Un reconocimiento de qué? De que hay gente honesta todavía. dijo Nemesio con voz que sonaba genuina, aunque Lucio no supo determinar si la genuinidad era real o practicada.
“No necesito que nadie me reconozca por ser honesto,” respondió Lucio. “La honestidad no es un mérito, es una obligación. La tengo conmigo mismo, no con nadie más.” Volvió a la costura. Él sobre sigue en el banco si usted lo deja, pero no lo voy a usar. Nemesio no tomó el sobre. se quedó parado junto al banco mirando las manos de Lucio trabajar.
Había algo en su mirada que Lucio percibió de reojo, algo parecido a la curiosidad genuina, el tipo de curiosidad que tiene alguien que rara vez ve algo que no puede predecir. ¿Tiene familia?, preguntó Nemesio después de un silencio. Dos hijos, respondió Lucio sin dejar de coser. Uno en Juárez, una en el norte. Y aquí en Guadalajara nadie, dijo Lucio, solo el taller.
Nemesio asintió. ¿Y no le da miedo vivir solo, don Lucio? Lucio terminó la última puntada, cortó el hilo con la navaja, examinó la costura. No respondió. Lo que me daría miedo es vivir acompañado de las razones equivocadas. Nemesio se quedó callado. Luego, inesperadamente hizo algo que Lucio no esperaba. se sentó en el banco de madera que había junto a la puerta, el mismo donde Lucio fumaba su pipa de noche.
Se sentó como alguien que no tiene prisa, como alguien que en ese taller de 4 por 3 met encontró algo que no esperaba encontrar. Quietud tal vez o simplemente la compañía de alguien que no pedía nada y no fingía nada. Se quedaron en silencio los dos. Lucio trabajando. Nemesio sentado. La radio con su estática tocando algo que podría haber sido un bals norteño o podría haber sido otra cosa.
15 minutos después, Nemesio se levantó, se acercó al banco, tomó el sobre y se lo guardó en el bolsillo. Don Lucio dijo, “Voy a regresar.” Lucio asintió sin levantar la vista. “Aquí voy a estar”, respondió. Nemesio regresó el viernes y el lunes siguiente y el jueves después. No siempre traía zapatos. A veces llegaba, se sentaba en el banco junto a la puerta, miraba trabajar a Lucio durante 20 o 30 minutos y se iba.
Pocas palabras, ninguna explicación, ninguna petición, solo presencia. La colonia empezó a notarlo. Los vecinos que pasaban frente al taller veían estacionada afuera una camioneta diferente cada vez. Siempre nueva, siempre oscura, siempre con vidrios polarizados, nunca la misma dos veces. Doña Esperanza del departamento 5 le preguntó a Lucio en voz baja si tenía problemas, si alguien lo molestaba.
Lucio le dijo que no, que era un cliente. Doña Esperanza lo miró con ojos que decían más de lo que preguntó y no volvió a mencionar el tema. El señor refugio, que venía cada tres semanas a que le ensancharan los zapatos, fue más directo. Oiga, don Lucio, ¿sabe usted quién es ese señor que lo visita? Lucio lo miró. No, respondió.
¿Usted sabe? El señor refugio bajó la voz, aunque no había nadie más en el taller. Dicen por ahí que lo han visto, que es gente de peso. Lucio no respondió. Siguió ensanchando el zapato con la orma. El señor refugio no dijo más. Una tarde, Nemesio llegó con una caja de cartón y la puso sobre el banco sin decir nada. Lucio la abrió.
Adentro había herramientas de zapatero, nuevas, de buena marca, alemanas. Un juego completo de lesnas de diferentes calibres, navajas de repuesto, agujas curvas especiales, un frasco de pegamento profesional de importación, cera de alta calidad para cuero, hilos de nylon encerado en seis colores.
Eran herramientas que Lucio nunca hubiera comprado porque costaban demasiado, pero que habría querido tener toda su vida. Lucio las examinó una por una sin decir nada. Luego miró a Nemesio. ¿Por qué? preguntó simplemente. “Porque las merece”, respondió Nemesio. “Y porque quiero que cuando repare algo mío, lo repare con lo mejor que existe.
” Lucio volvió a guardar todo en la caja. La puso debajo del banco. “Las voy a usar”, dijo, “pero no porque me las regaló usted.” “Las voy a usar porque son buenas herramientas y las buenas herramientas no merecen estar guardadas.” Nemesio asintió. Eso es exactamente lo que esperaba que dijera. Esa fue la primera vez que algo parecido a una conversación real ocurrió entre ellos.
Nemesio empezó a hablar más durante sus visitas, no de su vida, no de su trabajo, no de quién era. Hablaba de cosas concretas, del tiempo, de la ciudad, de precios que subían, de como Guadalajara ya no era la misma de antes. Lucio respondía cuando tenía algo que decir y callaba cuando no. Era una dinámica que a ambos les acomodaba.
Una tarde, Nemesio preguntó por consuelo. Había visto la foto en la pared y preguntó quién era. Lucio se la describió como la conoció a los 19 años en una feria de Tonalá, como ella nunca le tuvo miedo a la pobreza, sino a la deshonestidad. Como murió un martes con la cuchara en la mano, habló de ella con la serenidad de alguien que ya terminó de llorar pero no ha terminado de querer.
Nemesio escuchó sin interrumpir. Cuando Lucio terminó, guardó silencio un momento. Luego dijo, “Mi madre murió sola también. No estaba yo cuando pasó.” Lucio lo miró. Lo siento”, dijo. “Eso es lo que más pesa,” respondió Nemesio. No, la muerte, la ausencia en el momento. Fue la única vez que Lucio vio en los ojos de ese hombre algo completamente diferente a la evaluación y el control, algo que parecía dolor real, dolor que no se había ido aunque hubieran pasado los años.
Un mes y medio después de la primera visita, un martes por la tarde, Lucio vio en la televisión del cuarto de arriba una imagen que hizo que la cuchara que sostenía para revolver el café se le quedara inmóvil en el aire. Era un noticiero nacional. El conductor hablaba sobre el CJNG, el cártel Jalisco Nueva Generación.
Mostraban imágenes de archivo, retenes militares, vehículos de comizados y luego una foto, una foto de archivo borrosa, tomada desde lejos de un hombre de complexión robusta, cuello ancho, con barba de varios días. El conductor decía Nemesioera Cervantes, conocido como el Mencho, líder máximo del CJNG, el criminal más buscado de México y uno de los más buscados por la DEA en todo el continente.
Oferta de recompensa de 10 millones de dólares por información que conduzca a su captura. Lucio bajó la cuchara despacio, la puso sobre la mesa, se quedó mirando la pantalla, aunque la nota ya había cambiado a otro tema. vio el resto del noticiero sin procesar ninguna imagen más. Nemesio, solo ese nombre, sin apellido, sin más contexto.
Y Lucio no había preguntado porque Lucio nunca preguntaba más de lo necesario. Esa había sido siempre su virtud y esa noche se reveló como su abismo. Bajó al taller a las 9 de la noche. Se sentó en el banco de trabajo bajo la lámpara apagada en la oscuridad con la pipa entre los dientes sin encenderla. Estuvo así durante una hora pensando con esa claridad incómoda que viene cuando la realidad no deja espacio para la interpretación.
Había reparado las botas del hombre más peligroso de México. Había recibido sus visitas. Había escuchado sus silencios. Había hablado de consuelo con él. Había aceptado sus herramientas. No el dinero del sobre, eso no. Pero las herramientas sí. Y eso era ya una forma de aceptar algo. ¿Qué significaba ese mes y medio de visitas? ¿Qué quería ese hombre de un zapatero viejo de la colonia Oblatos? Las respuestas posibles eran pocas y ninguna era tranquilizadora.
Una era que simplemente le había tomado precio a un lugar donde nadie le pedía nada ni le tenía miedo. Eso era posible. Los hombres con poder absoluto a veces buscan precisamente eso, un espacio donde el poder no existe, donde son solo un hombre sentado en un banco. La otra era que tenía un propósito específico que Lucio no podía ver todavía y esa posibilidad era la que hacía que el aire del taller se sintiera diferente.
Esa noche encendió la pipa. Finalmente fumó hasta que se acabó el tabaco. Luego se fue a la cama. No durmió bien. Soñó con zapatos que caminaban solos por calles que no reconocía. El jueves siguiente, Nemesio llegó a su hora habitual. Encontró a Lucio trabajando en unos botinés infantiles. Se sentó en el banco junto a la puerta como siempre.
El taller estaba en silencio, excepto por la radio. Lucio trabajó 5 minutos sin decir nada. Luego puso las herramientas sobre el banco, se limpió las manos en el delantal y miró a Nemesio directamente. “¿Hay algo que tengo que decirle?”, dijo con voz pareja. Nemesio lo miró sin cambiar la expresión. “Diga. Vi su foto en el noticiero”, dijo Lucio.
“Sé quién es usted.” El silencio que siguió fue diferente a todos los silencios anteriores. Tenía peso, temperatura, textura propia. Nemesio no se movió. No cambió la postura, no parpadeó más de lo habitual, simplemente dejó pasar 3 segundos antes de responder. ¿Y qué va a hacer con eso, don Lucio? Lucio lo miró sin bajar los ojos. Nada, respondió.
No voy a hacer nada, pero quiero que sepa que yo sé y quiero que sepa también que eso cambia las cosas para mí, no para usted, para mí. Nemesio ladeó la cabeza ligeramente. ¿Qué cambia? Lucio pensó la respuesta con cuidado antes de darla. Cuando usted llegó con las botas era un desconocido. Le di el mismo trato que a cualquier cliente porque eso es lo que hago.
Pero ahora que sé quién es, si sigo recibiéndolo aquí, tengo que saber por qué viene. Porque si hay un propósito que yo no conozco, entonces estoy participando en algo sin saberlo y eso no lo acepto. Nemesio lo estudió durante un momento largo. Luego algo en su rostro se relajó. No una sonrisa, algo más sutil, como si una tensión.
hubiera bajado un grado. La mayoría de la gente cuando descubre quién soy hace una de dos cosas. Dijo, “O finge que no sabe nada y sigue igual esperando ver qué saco de provecho. O se asusta tanto que ya no puede funcionar normal. Usted es el primero que simplemente me pregunta qué quiero.” Lucio esperó.
Nemesio se inclinó hacia adelante con los codos sobre las rodillas. Le diré la verdad, don Lucio, porque usted se la merece. Al principio vine porque alguien de la colonia me habló de un zapatero honesto. Necesitaba las botas reparadas y quería saber si era cierto lo que decían. Resultó que sí era cierto, más de lo que esperaba. Hizo una pausa.
Luego volví porque este lugar tiene algo que no encuentro en ningún otro lado. Aquí nadie quiere nada de mí. Usted no me pidió nada, no me ofreció nada, no me tuvo miedo, me trató como a cualquier hombre que trae un par de zapatos rotos. ¿Sabe cuánto tiempo llevaba yo sin que alguien me tratara así? Lucio no respondió esa pregunta porque no era para él.
No vengo aquí por negocios, continuó Nemesio. No quiero nada de usted. No voy a pedirle nada. Pero si me dice que ya no quiere que regrese, no vuelvo. Esa es su decisión y la respeto. Lucio lo miró durante un momento, luego tomó los botinés y siguió trabajando. No le dije que no volviera respondió. Le dije que quería saber por qué venía.
Ya me lo dijo. Eso es suficiente. Las semanas que siguieron tuvieron una calma extraña, como la calma de un río que fluye sobre fondo profundo sin mostrar la corriente. Nemesio seguía llegando dos o tres veces por semana. Lucio seguía trabajando. La colonia seguía mirando las camionetas oscuras desde lejos sin decir nada en voz alta.
Pero algo había cambiado desde la conversación del jueves, no en la superficie, sino en el fondo. Lucio ya no era un hombre que ignoraba lo que ignoraba. Ahora sabía y saber tenía consecuencias, aunque no actuara sobre ese saber. Una mañana llegó al taller antes de que Lucio abriera un hombre que no era Nemesio ni ninguno de sus mensajeros anteriores.
Era alto, de unos 40 años, con cara de pocos amigos y una forma de pararse en el umbral que ocupaba más espacio del que su cuerpo requería. Esperó a que Lucio subiera la cortina metálica y le dijo en voz baja, “El Señor quiere verlo hoy. No, aquí en otro lugar.” Lucio lo miró. El señor Nemesio. El hombre sintió.
Lucio terminó de subir la cortina, entró al taller, colgó el delantal, apagó la radio que todavía no había encendido ese día. Fue al baño a lavarse las manos, aunque no había empezado a trabajar. Era su forma de ganar tiempo para pensar. Una cosa es recibir visitas en el propio territorio, otra es ir al territorio ajeno.
Lucio lo sabía con la claridad de alguien que había vivido 63 años en barrios donde esa distinción era cuestión de supervivencia. En su taller era el quien tenía el control. Afuera de su taller era otro juego con otras reglas que él no conocía. Salió del baño, se puso el saco que colgaba detrás de la puerta, el único saco que tenía, gris con rayas, de cuando Ernesto se graduó de la secundaria.
Siguió al hombre hasta la banqueta. Afuera esperaba una camioneta negra con el motor encendido. Lucio subió sin decir nada. Lo llevaron durante 40 minutos hacia el sur de la ciudad, luego por carretera. Luego por un camino de terracería entre parcelas de maíz. Llegaron a una propiedad cercada con muro alto, cámaras en las esquinas, hombres armados en la entrada.
Lucio lo miró todo con la misma atención con que examinaba un zapato nuevo, registrando sin juzgar. Lo llevaron a una sala amplia con muebles caros que nadie usaba con comodidad. Nemesio estaba de pie junto a una ventana con cortinas gruesas. Vestía diferente al taller, traje oscuro, camisa blanca. Parecía otra versión del mismo hombre.
Don Lucio, gracias por venir. Lucio asintió. No tenía opción, respondió sin hostilidad, solo como dato. Nemesio sonrió levemente. Siéntese, por favor. Lucio se sentó. Nemesio se sentó frente a él. Quiero pedirle un favor, dijo directamente. Lucio esperó. Quiero que siga siendo lo que es, que siga teniendo su taller, su rutina, su vida.
No quiero cambiarle nada, pero necesito que sepa que si alguna vez algo lo amenaza, si alguien lo molesta, si tiene algún problema, puede comunicarse conmigo. Le dejó una tarjeta sobre la mesa sin nombre, solo un número. No para que me ayude, dijo Nemesio. Para que lo ayuden a usted. Lucio miró la tarjeta sin tocarla. ¿Por qué? ¿Por qué le debo algo?”, respondió Nemesio. No, el trabajo de las botas.
Eso ya lo pagué. Le debo algo más difícil de pagar. Le debo haberle traído algo que no pidió y que no puede devolver. Ahora que sabe quién soy, su vida tiene un riesgo que antes no tenía. Eso no es justo y no puedo deshacerlo. Solo puedo intentar compensarlo. Lucio lo miró durante un momento largo, luego tomó la tarjeta, la dobló y la guardó en el bolsillo del saco gris.
No la voy a usar para pedirle nada, dijo, “pero la guardo por si algo le pasa a alguien que me importa.” Nemesio asintió. Eso es suficiente. Lucio regresó a la colonia a las 2 de la tarde, abrió el taller, se puso el delantal, encendió la radio, se sentó ante el banco. Tenía trabajo pendiente, dos pares de zapatos de vestir y un par de botas de mujer con el cipé roto.
Trabajó toda la tarde con esa concentración mecánica que lo protegía de pensar demasiado en lo que no podía resolver. Esa noche, sentado en el umbral con la pipa, pensó en la tarjeta, en el bolsillo del saco gris que ahora colgaba detrás de la puerta del taller, un número sin nombre, una línea directa hacia el hombre más buscado de México.
Eso era lo que tenía en el bolsillo, envuelto en la tela de un saco comprado para la graduación de su hijo. La vida tenía una forma particular de acumular paradojas sin pedir permiso. Lo que Nemesio había dicho era cierto en su lógica terrible. Al saber lo que sabía, Lucio ya era parte de algo, aunque no hiciera nada.
El conocimiento no era neutral, nunca lo había sido. Y ahora ese conocimiento vivía en un taller de 4 por 3 met en la colonia Oblatos, entre lesnas y trozos de cuero y una radio con estática permanente. El martes de la semana siguiente llegó la primera señal de que el mundo exterior había notado algo.
Un hombre se paró frente al taller durante 10 minutos sin entrar, solo mirando. Lucio lo vio desde dentro a través del vidrio de letrero. No era de la colonia, no traía zapatos, solo miraba. Finalmente se fue. El jueves llegaron dos hombres juntos. Entraron, miraron alrededor, preguntaron si había trabajo de media suela.
Lucio dijo que sí, que dejaran los zapatos. No traían zapatos. Se fueron. Lucio no le dijo nada a Nemesio cuando lo vio el viernes, pero Nemesio en cuanto se sentó dijo sin preámbulo, “Hubo gente preguntando por usted esta semana. Personas que no son de aquí.” Lucio asintió. Lo sé, los vi. Nemesio lo miró.
¿Tiene miedo? Lucio pensó la respuesta honestamente. “Sí”, respondió. No, el miedo que paraliza, el miedo que avisa. Nemesio asintió despacio. Eso es exactamente el tipo de miedo útil. El que te mantiene atento sin quitarte la función. Hizo una pausa. Voy a poner discreción alrededor de este lugar. No visible, nada que llame la atención, pero hay que protegerlo. Lucio lo miró.
No quiero guardias en mi taller dijo. No quiero que la colonia me vea diferente. Nemesio asintió. No van a estar en el taller, van a estar donde no se ven. Así es más eficiente de todas formas. Lucio no respondió. Sabía que esa protección no era opcional, aunque Nemesio la presentara como un ofrecimiento. Era otra de las consecuencias que llegaban solas sin que nadie las invitara.
Esa semana llamó a Patricia, no para contarle nada, solo para escuchar su voz. Patricia hablaba de su vida en el norte con ese entusiasmo ligeramente forzado de quien intenta convencerse de que tomó la decisión correcta al irse. Lucio la escuchó con atención, preguntó por sus hijos, le dijo que el taller andaba bien, que comía bien, que no se preocupara.
Patricia dijo, “Papá, a veces me preocupa que estés tan solo.” Lucio respondió, “No estoy solo. Tengo el trabajo.” Después de colgar se quedó pensando si eso seguía siendo completamente cierto. Dos semanas después, un operativo de la fiscalía rodeó tres manzanas de la colonia Oblatos a las 6 de la mañana. Camionetas oficiales, agentes con chalecos antibalas, un helicóptero haciendo rondas.
La colonia despertó con el ruido y el miedo que eso genera. Ese miedo colectivo que se instala cuando el estado llega con armas y nadie sabe exactamente a quién busca. Lucio abrió el taller a las 8, aunque el operativo seguía en la periferia de la colonia. No iba a cerrar. El taller no cerraba. No había cerrado nunca, excepto el día que murió Consuelo.
A las 9 llegó un agente de la fiscalía, solo, sin uniforme, con ropa civil y una identificación que mostró rápido antes de guardarla. Se llamaba inspector Corrales, joven, unos 35 años, cara seria y cansada de alguien que trabaja demasiado. Don Lucio Paredes dijo, “Necesito hacerle algunas preguntas.” Lucio siguió trabajando. ¿Puede preguntar? Respondió.
Corrales se acercó al banco. Tenemos información de que usted ha tenido contacto frecuente con personas vinculadas al CJNG. Lucio lo miró. Yo tengo contacto frecuente con cualquier persona que trae zapatos a reparar, respondió Corrales. No sonrió. Hablamos de visitas regulares, vehículos identificados estacionados frente a su negocio.
Transacciones que hemos documentado. Lucio puso las herramientas sobre el banco. “Tengo 63 años y llevo 42 en este taller”, dijo con calma. En 42 años he reparado los zapatos de presidentes de colonia, de policías, de burócratas, de maestros, de criminales sin saberlo y de criminales sabiéndolo, porque todo el mundo necesita zapatos y a mí no me pagan para investigar a mis clientes, me pagan para reparar calzado.
¿Tiene algún zapato que reparar, inspector? Corrales lo miró. Don Lucio, entiendo su posición, pero quiero que entienda la nuestra. Estamos tratando de identificar a personas cercanas a objetivos de alto valor. Su cooperación sería muy útil. Puedo garantizarle protección. Lucio lo miró directamente. Protección de qué? Corrales no respondió eso. Le dejó una tarjeta sobre el banco.
Si recuerda algo útil, llámeme a cualquier hora. Lucio tomó la tarjeta con la misma mano con que había tomado la de Nemesio semanas antes. La guardó en el cajón debajo del banco. Ahora tenía dos tarjetas sin nombre guardadas en lugares distintos. Dos mundos que no debían tocarse, separados por la madera del banco donde reparaba zapatos desde hace cuatro décadas.
Corrales se fue. La colonia poco a poco recuperó su ritmo. El operativo terminó al mediodía sin que nadie supiera con certeza que habían buscado ni si lo habían encontrado. Lucio cerró el taller a las 8 como siempre. Esa noche no encendió la pipa, solo se sentó en el umbral con ella entre los dedos y miró la calle durante una hora larga.
La tarjeta del inspector en el cajón, la tarjeta de Nemesio en el bolsillo del saco y él en medio, un zapatero viejo con manos callosas y una radio con estática, convertido sin pedirlo en el punto donde dos mundos se rozaban sin saber el uno del otro. Pasaron tres semanas sin incidentes visibles. El inspector Corrales no regresó.
Las camionetas oscuras de Nemesio seguían llegando, aunque con menos frecuencia, dos veces por semana en lugar de tres. La colonia volvió a su ritmo normal, ese ritmo que tiene los barrios pobres de sobrevivir calladamente entre fuerzas que no controlan. Una noche de martes, pasada la medianoche, alguien tocó la cortina metálica del taller, no con urgencia, con tres golpes pausados, casi corteses.
Lucio dormía en el cuarto de arriba, pero era un dormidor ligero desde que enviudó. bajó descalzo con el pantalón de dormir y una playera encendió la lámpara del banco antes de levantar un poco la cortina. Era Nemesio, solo, sin escolta visible, con ropa oscura de trabajo que recordaba la primera noche de las botas.
Tenía el rostro diferente, no la expresión de control habitual, algo más cercano al agotamiento, aunque en el ese agotamiento se veía como una versión ligeramente más humana de su cara normal. Perdónela ahora dijo Lucio abrió la cortina lo suficiente para que entrara. La cerró detrás de él. Se sentó en el banco de trabajo.
Nemesio se sentó en el banco junto a la puerta. Igual que siempre, pero nada era igual que siempre. “Hay un problema”, dijo Nemesio sin rodeos. Alguien adentro de la organización dio información sobre los lugares que frecuento. Este taller está en esa lista. No sé todavía quién filtró. Pero significa que gente que no me desea bien sabe de este lugar y sabe que usted existe.
Lucio lo escuchó sin interrumpir. Cuando Nemesio terminó, Lucio dijo, “¿Qué recomienda usted que haga?” Nemesio lo miró. Hay dos opciones. Lo reubicamos, lo sacamos de aquí esta noche, lo instalamos en otro lugar seguro mientras se resuelve el problema. o se queda con protección reforzada y seguimos como si nada hasta que identifiquemos al traidor.
Lucio pensó, “¿Cuánto tiempo tomaría identificar al traidor?” Nemesio respondió con honestidad que en ese momento Lucio valoró más que cualquier promesa. No lo sé. Días, semanas, tal vez más. Lucio miró el taller, las herramientas en el banco, las pilas de zapatos junto a la pared, la foto de consuelo, la imagen de San Crispín en su marco de cartón. 42 años de trabajo en 4 por 3 m.
La vida entera de un hombre que solo quiso hacer bien su oficio. No me voy, dijo Lucio finalmente. No porque sea valiente, porque tengo 63 años y este taller es lo único que soy. Si me voy de aquí, no soy nadie. y prefiero ser alguien en peligro que nadie en un lugar seguro. Nemesio lo miró durante un momento.
No intentó convencerlo. Está bien, dijo. Entonces reforzamos la protección sin que se out rutina exactamente igual. ¿Puede hacer eso? Lucio asintió. He hecho la misma rutina 42 años. ¿Puedo seguirla un tiempo más? Nemesio se levantó. Antes de irse, se detuvo frente a la foto de consuelo. La miró unos segundos. Era una buena mujer, dijo, aunque no la había conocido. Lucio lo miró.
¿Cómo lo sabe? Nemesio respondió sin voltear. Porque la eligió usted salió. La cortina metálica bajó con ese sonido familiar. Lucio se quedó en el taller oscuro con solo la lámpara encendida. Sostuvo el delantal de cuero entre las manos. el delantal de su padre remendado 20 veces. Pensó en su padre, en lo que habría dicho ante una situación así, probablemente lo mismo que dijo siempre ante todo. Haz bien tu trabajo, hijo.
El resto no depende de ti. La amenaza llegó una semana después, un sobre deslizado por debajo de la cortina metálica antes del amanecer. Lucio lo encontró cuando bajó a abrir el taller a las 8. Era un sobre sin remitente con su nombre escrito a mano en letras mayúsculas sin caligrafía particular.
Adentro había una sola hoja doblada en tres, escrita a máquina con pocas palabras. Sabemos que proteges al Mencho. Tienes tres días para reportar sus movimientos o eres un muerto más en oblatos. Lucio leyó el mensaje dos veces, lo dobló, lo volvió a meter en el sobre, se sentó en el banco de trabajo con el sobre entre las manos.
Afuera la colonia empezaba su mañana, ruido de puertas, voces de niños yendo a la escuela, olor a café saliendo de las ventanas. Pensó en lo que tenía. Un sobre con una amenaza de un lado, una tarjeta del inspector Corrales en el cajón, una tarjeta de Nemesio en el bolsillo del saco gris y su propio juicio, el único capital que siempre había sido exclusivamente suyo.
Llamar a Corrales significaba entregar a Nemesio, no directamente, porque Lucio no sabía rutas, ni estructuras, ni nombres de operadores, pero significaba confirmar la conexión, encender una luz sobre el taller que atraería una investigación que terminaría afectando a alguien. Y Lucio no era informante.
Nunca lo había sido, nunca lo sería. Llamar a Nemesio significaba pedirle ayuda a un hombre cuya ayuda siempre tenía consecuencias, aunque él dijera que no las tendría. No llamar a nadie y seguir su rutina significaba esperar y ver qué pasaba con la amenaza. Lucio optó por lo tercero. Guardó el sobre en el cajón con las dos tarjetas, encendió la radio, se puso el delantal, empezó a trabajar.
Los tres días pasaron. Nada ocurrió. Ningún incidente, ninguna visita extraña, ningún seguimiento visible. El cuarto día llegó Nemesio. Lucio le mostró el sobre sin decir nada. Nemesio lo leyó, lo dobló, se lo guardó. Su expresión no cambió. ¿Por qué no me llamó cuando lo recibió?, preguntó. Porque era una amenaza vacía, respondió Lucio.
Y porque quería ver si lo era antes de molestarle. Nemesio lo miró. ¿Cómo sabía que era vacía? No lo sabía”, respondió Lucio. “Pero si me mataban en tres días, ya no importaba haberle llamado. Y si no me mataban, era porque alguien quería información, no un cadáver. Los cadáveres no reportan.” Nemesio guardó silencio. Luego dijo, “Tiene usted una lógica que me recuerda a alguien que conocí hace mucho tiempo.
” “¿Quién?”, preguntó Lucio. “Mi padre”, respondió Nemesio y no dijo más. Esa tarde Lucio trabajó hasta las 9. Terminó cuatro pares. Comió tardío, llamó a Ernesto, que contestó por primera vez en tres semanas. Hablaron 10 minutos de nada importante. La familia de Ernesto, el trabajo, el clima en Juárez.
Lucio no mencionó nada del sobre, ni de Nemesio ni de las tarjetas en el cajón. Algunas cosas no se comparten porque compartirlas no resuelve nada, solo transfiere el peso a quien no puede cargarlo. Esa noche, en el umbral con la pipa, Lucio pensó en algo que nunca había pensado de manera tan explícita. Tenía miedo desde hacía semanas, un miedo suave y constante, como una nota de fondo que no dejaba de sonar.
Pero ese miedo no lo había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre que abría el taller a las 8, trabajaba las horas que había que trabajar, cerraba a las 8 de la noche y fumaba la pipa antes de dormir. El miedo no había entrado al taller. Había esperado afuera como un cliente sin zapatos rotos, sin razón para que Lucio le abriera la puerta.
Se meses después de aquella primera mañana con las botas de avestruz, Lucio Paredes seguía en el taller. La cortina metálica seguía subiendo a las 8. La radio seguía con su estática de bals norteño. Las manos seguían haciendo el trabajo que 42 años habían convertido en extensión del cuerpo. Nemesio dejó de venir de forma regular.
Las visitas se espaciaron, luego se volvieron ocasionales, luego dejaron de llegar. No hubo despedida formal, no hubo explicación. Solo un día la camioneta oscura no llegó y no llegó al día siguiente ni al siguiente. Lucio lo notó como se nota la ausencia de un sonido que estaba ahí antes, sin drama, con la quietud que tienen las cosas que terminan sin anunciarse.
Un domingo por la tarde llegó al taller un joven de unos 20 años que Lucio no había visto nunca. Traía un par de botas de trabajo desgastadas, las mismas que usan los que trabajan en construcción o en campo. Las puso sobre el banco sin decir nada especial. Lucio las examinó. Suela gastada, costura lateral abierta, cuero reseco. Trabajo de dos días. Las dejó.
Volvería el miércoles. Antes de salir, el joven puso sobre el banco junto a las botas una pequeña caja de madera sin tapa. Adentro había un trozo de cuero fino, café oscuro, de la misma calidad y color que las botas de avestruz de aquella primera mañana. Sin nota, sin explicación, solo el cuero.
Lucio tomó el trozo, lo examinó entre los dedos. Era cuero de primera, el tipo que ya casi no se conseguía en los talleres comunes. Lo olió, lo flexionó, comprobó el grosor. Era un regalo de alguien que sabía exactamente que regalarle a un zapatero. Lo guardó en la caja de materiales, entre los otros trozos organizados por color y grosor. No preguntó.
No llamó al número de la tarjeta, no hizo nada distinto de lo que hacía todos los días. El miércoles, el joven volvió por sus botas. Lucio se las entregó reparadas, la costura cerrada, la suela reforzada, el cuero hidratado y brillante. El joven pagó lo que Lucio pidió, 250 pesos exactos. Antes de salir se detuvo en el umbral.
dijo una sola cosa. El señor dice que lo recuerda bien, don Lucio. Lucio asintió. Dígale que el trabajo es el trabajo, respondió. Que siga cuidando sus botas. El joven se fue. La cortina metálica quedó abierta como siempre durante las horas de trabajo. La radio tocaba algo con estática. Sobre el banco esperaban tres pares más.
La señora del departamento cinco con sus zapatos de tacón bajo, el señor refugio con sus zapatos ensanchados y unos tenis de niño con la lengüeta separada. Lucio se puso el delantal de cuero de su padre, se sentó. Tomó el primer par. Hay un sonido que Lucio Paredes conoce mejor que su propio nombre. El sonido de la suela despegándose del cuero con ese chasquido seco casi triste.
Lo escuchó a los 9 años cuando su padre le puso una lesna en la mano. Lo escuchó a los 63 mientras el mundo a su alrededor decidía si era un hombre o una pieza en un tablero que él nunca pidió conocer. Decidió que era un hombre, que lo que sabía no lo convertiría en lo que no era, que 42 años de trabajo honesto pesaban más que cualquier sobre con amenazas y cualquier tarjeta sin nombre guardada en un cajón.
No era valentía, era oficio. Y el oficio, a diferencia de casi todo lo demás en esta vida, siempre estaba exactamente donde lo habías dejado. Trabajo garantizado, don Lucio. Letras desiguales en un vidrio que se había quebrado dos veces y siempre había vuelto igual. Algunas cosas no cambian porque alguien decide que no deben cambiar.
Y esa decisión silenciosa repetida cada mañana al subir una cortina metálica es la única forma de resistencia que un hombre honesto en un mundo deshonesto puede permitirse. La radio siguió sonando, las manos siguieron trabajando, la colonia Oblatos siguió siendo la colonia Oblatos y Don Lucio Paredes siguió siendo don Lucio Paredes hasta que el día llegue o no llegue, pero mientras tanto, el trabajo es el trabajo.