Para entender el tamaño de la locura que cometió Aurelio, hay que conocer lo que eran esos malditos quinientos pesos en aquellos tiempos y en ese maldito lugar. En San Juan de la Frontera, la tierra no es solo tierra; es la vida misma, o la falta de ella. Si tienes agua, eres el rey; si tienes piedra, eres un cadáver que camina. Y lo que le dejaron a Aurelio era la peor porquería de la región: la Loma del Diablo. Un pedazo de cerro donde el suelo parecía ceniza pegada con saliva, donde las lagartijas tenían que llevar su propia cantimplora para no morirse de sed.
Yo he visto hombres fuertes llorar al ver perder sus cosechas por una mala racha de sequía, hombres que terminaron vendiendo hasta el anillo de bodas de sus esposas para comprar un saco de maíz. Por eso, cuando el pueblo se enteró de que Aurelio había entregado sus últimos quinientos pesos por ese desecho de la naturaleza, la opinión general fue unánime: el viejo se había vuelto loco de remate. La soberbia le había nublado el juicio. Prefirió quedarse con un pedazo de nada antes que humillarse a pedirle trabajo como peón a su propio hermano.
La casa de Aurelio, si es que a cuatro paredes de adobe torcido y un techo de paja podrida se le puede llamar casa, estaba en la falda de esa loma. El viento de la tarde soplaba con una furia implacable, levantando remolinos de polvo blanco que se metían en los ojos y en la garganta, dejando un sabor amargo, como a cal muerta.
Aurelio se sentó en un banco de madera crujiente, contemplando su propiedad. A sus sesenta años, sus manos parecían la corteza de un mezquite viejo: nudosas, duras, agrietadas por el frío del amanecer y el fuego del mediodía. Cualquiera en su lugar se habría colgado de una viga. Perder el rancho familiar, el “Rancho El Consuelo”, donde había enterrado a su esposa y donde había sudado cada gota de su juventud, era un golpe del que pocos se levantan. Y todo por culpa de las leyes malditas que los ricos manejan a su antojo y de la ambición ciega de Mateo, que siempre envidió el respeto que la gente le tenía a su hermano mayor.
—Quinientos pesos… —murmuró Aurelio para sí mismo, mirando el horizonte rojizo—. El precio de mi dignidad según esos perros.
En el norte sabemos que el orgullo no se come, pero ayuda a mantener la espalda recta cuando todo lo demás se derrumba. Sinceramente, entiendo perfectamente la rabia de Aurelio. Hay momentos en la vida donde uno prefiere morir de pie en su propio pedazo de infierno que vivir de rodillas en el paraíso de otro. La injusticia quema por dentro, te revuelve las tripas y te quita el sueño. Esa noche, Aurelio no durmió. Se quedó mirando el techo, escuchando el aullido de los coyotes a lo lejos, preguntándose si el amanecer traería alguna respuesta o si simplemente sería el primer día de su lenta agonía.
Al tercer día de su destierro, cuando el agua del único pozo medio seco que había en la propiedad ya empezaba a oler a azufre, apareció el milagro. O al menos, lo que al principio pareció otra burla del destino.
Aurelio estaba remendando una cerca de alambre de espino viejo, de esa que ya no tiene fuerza ni para detener a un chivo flaco, cuando escuchó un sonido extraño. Era un andar pesado, torpe, como el de alguien que arrastra los pies antes de caer muerto. Al levantar la vista, vio una silueta que se recortaba contra el sol abrasador del mediodía.
Era un caballo. Pero ¡qué caballo! Decir que estaba flaco es un insulto a la flacura. Era un esqueleto forrado de cuero viejo, de un color castaño apagado por las costras de barro seco y las mataduras de la silla. Tenía la cabeza tan baja que el belfo casi tocaba el suelo, y las orejas caídas, sin una gota de esa energía que caracteriza a los animales de buena sangre. Era un caballo abandonado, de esos que los arrieros dejan a su suerte cuando ya no pueden cargar un saco más y solo sirven para que los zopilotes se den un banquete.
El animal se detuvo a unos diez metros de Aurelio. Sus costillas se marcaban como los peldaños de una escalera vieja, y su respiración era un silbido asmático que daba lástima. El rancho de Mateo estaba al otro lado del camino real, y Aurelio reconoció la marca que el caballo llevaba en el anca izquierda: el hierro de la hacienda de Don Fulgencio, el alcalde. Seguramente el animal se había escapado de los corrales del gobierno local, donde los caballos de los peones morían de hambre por la negligencia de los capataces.
—¿Qué buscas aquí, infeliz? —le dijo Aurelio, su voz suave, desprovista de la dureza que mostraba ante los hombres—. Aquí no hay nada para ti. Solo piedras y este viejo que no tiene ni para sus propios frijoles.
El caballo levantó la cabeza con un esfuerzo soberano. Sus ojos, nublados por las moscas y las lagañas, miraron fijamente a Aurelio. Había una súplica tan humana en esa mirada que al viejo ranchero se le encogió el corazón. En el campo, uno aprende a conocer a los animales mejor que a las personas. Un perro te es fiel por un pedazo de pan, pero un caballo… un caballo te entrega el alma si sabes tratarlo.
Aurelio dejó las pinzas y el alambre en el suelo. Caminó despacio, con las manos abiertas para no espantar a la bestia. El caballo ni se movió; no tenía fuerzas ni para temerle al hombre. Cuando estuvo cerca, Aurelio le olió el aliento. Olía a fiebre, a muerte, a desesperación. Pero también notó algo más: el animal tenía el hocico manchado de una arenilla grisácea y pegajosa, y sus cascos delanteros estaban gastados, rotos por haber estado escarbando con furia en la piedra dura.
Cualquiera con dos dedos de frente habría espantado al caballo a pedradas. Mantener un animal en esa época, y más en esa tierra estéril, era un lujo imposible. Cada bocado de pasto seco valía oro, y el agua limpia era un tesoro que se defendía a balazos. Pero Aurelio tenía un defecto que en este mundo de lobos se paga caro: tenía compasión. Miró hacia el camino, pensando en la posibilidad de que los hombres del alcalde vinieran a buscarlo para acusarlo de abigeato, de robo de ganado. Sabía perfectamente que Don Fulgencio usaría cualquier pretexto para meterlo a la cárcel y quedarse con lo poco que le quedaba. Sin embargo, al ver temblar las patas del animal, Aurelio tomó una decisión.
—Ven acá, flojo —le dijo, tomándolo suavemente del ramal que colgaba roto de su cuello—. Vamos a ver si encontramos algo que meterle a esa panza, aunque tengamos que sacarle jugo a las piedras.
El caballo, al que Aurelio bautizó como “El Hambriento” por razones más que obvias, resultó ser el animal más terco que jamás pisara San Juan de la Frontera. No quería el poco maíz rancio que Aurelio le ofreció en un balde de madera, ni se interesó por las pencas de nopal chamuscadas que el viejo preparó con tanto trabajo para quitarles las espinas. El animal tenía una sola obsesión: escarbar.
Durante dos días enteros, el caballo no dejó de merodear por la zona más alta de la loma, una planicie pedregosa donde el sol pegaba con la fuerza de un yunque incandescente. Aurelio lo vigilaba desde la sombra de su jacal, preocupado. El animal pasaba horas enteras golpeando el suelo con sus cascos delanteros, resoplando, levantando chispas de la piedra caliza y arrancando pedazos de una costra gris que cubría el terreno.
Yo creo que los animales tienen un sexto sentido, una conexión con la tierra que nosotros los humanos perdimos el día que nos encerramos entre cuatro paredes de ladrillo. He visto perros que avisan de un terremoto horas antes de que la tierra empiece a temblar, y vacas que caminan kilómetros en busca de agua subterránea mucho antes de que los zahoríes encuentren el punto con sus varas de avellano. Lo de “El Hambriento” no era locura; era instinto puro, o tal vez un hambre tan vieja y profunda que lo obligaba a buscar el sustento donde nadie más vería otra cosa que muerte.
La mañana del cuarto día, Aurelio se despertó con el sonido de un relincho ronco, un grito de dolor y triunfo que rompió el silencio del amanecer. Salió corriendo del jacal, con el viejo rifle Remington en la mano, pensando que algún puma o una banda de coyotes había atacado al caballo.
Lo que encontró en la cima de la loma lo dejó helado.
El caballo estaba de rodillas, con las patas delanteras ensangrentadas de tanto golpear la roca. Había logrado romper una gruesa capa de piedra caliza, abriendo un hoyo de casi medio metro de profundidad. El animal tenía el hocico hundido en el agujero, lamiendo con una desesperación frenética algo que se encontraba en el fondo.
Aurelio se acercó despacio, con el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra. El olor que subía del agujero era extraño, una mezcla de azufre, humedad antigua y algo dulce, espeso, que no se parecía a nada que hubiera olido en su vida. Apartó al caballo de un empujón, ganándose un bufido de protesta del animal.
Se arrodilló y metió la mano en el hoyo. La piedra en el fondo no era blanca ni gris; era negra como la noche, brillante, pesada y cubierta de una sustancia viscosa que se le pegó a los dedos. Al principio, Aurelio pensó que era agua estancada, algún reducto de un pantano prehistórico atrapado bajo la loma. Pero al frotar el líquido entre el pulgar y el índice, sintió una textura aceitosa, densa. Se llevó los dedos a la nariz.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. No era agua. No era lodo.
Era petróleo.
Pero no un hilito cualquiera, no una mancha superficial de esas que a veces aparecen en los pantanos del sur. Era un borbotón espeso que subía con una fuerza mansa pero constante, empujado por una presión descomunal que rugía en las entrañas de la loma. “El Hambriento”, en su desesperación por encontrar minerales para saciar las carencias de su cuerpo desnutrido, había roto la delgada costra de una de las reservas de oro negro más ricas de todo el norte del país.
Aurelio se quedó mirando sus manos manchadas de negro, mudas de asombro. Recordó los quinientos pesos. Recordó las risas de su hermano. Recordó las burlas del alcalde. Todo cobró un sentido nuevo, brutal. La loma “sin valor”, la tierra maldita que le habían entregado para matarlo de hambre, flotaba sobre un océano de riqueza que cambiaría el destino de la región entera.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Aurelio, mirando al caballo que seguía intentando lamer la roca—. Eres un ángel con forma de esqueleto, maldito bicho.
El secreto del desierto
Mantener un secreto de ese tamaño en un pueblo chico es más difícil que guardar agua en un canasto. En San Juan de la Frontera, las paredes tienen oídos y el viento es un chismoso profesional. Aurelio lo sabía muy bien. Si el alcalde Don Fulgencio o su hermano Mateo se enteraban de lo que “El Hambriento” había descubierto, no dudarían un segundo en mandar a cuatro pistoleros para que le metieran un tiro en la nuca y enterraran su cuerpo en cualquier zanja. Después, falsificarían otro papel y la loma volvería a sus manos sin que nadie dijera nada. Así funcionaban las cosas en aquellos tiempos, y desgraciadamente, en muchos lugares siguen funcionando igual.
La codicia legalizada es el peor monstruo que existe. Cuando el gobierno y los poderosos quieren algo, la ley se vuelve elástica, se estira para tapar sus crímenes y se encoge para asfixiar al pobre. Aurelio no era un hombre instruido, no sabía de leyes internacionales ni de contratos petroleros, pero le sobraba malicia ranchera, esa sabiduría que se aprende esquivando las mordeduras de las víboras de cascabel.
Lo primero que hizo fue tapar el hoyo con piedras grandes, cubriéndolo luego con tierra y ramas secas de mezquite para que nadie notara la excavación. Después, se llevó a “El Hambriento” al corralito cerca del jacal. Le lavó las patas heridas con agua tibia y sal, curándole las grietas con manteca de cerdo y azufre, el remedio de los viejos arrieros. El caballo ya no lo miraba con desconfianza; se dejaba hacer, como si supiera que entre el viejo y él se había sellado un pacto de sangre.
Esa misma tarde, Aurelio se puso su mejor camisa, una que guardaba en el fondo de un baúl de madera y que todavía olía a la lavanda que usaba su difunta esposa, se sacudió el polvo del sombrero y caminó hacia el pueblo. Tenía que jugar sus cartas con un cuidado extremo. Si mostraba demasiada prisa o demasiada alegría, levantaría sospechas. Tenía que parecer el mismo viejo derrotado, el hermano miserable que buscaba una limosna o un trato insignificante para no morir de hambre.
Entró en la tienda de Don Tomás, el único comerciante del pueblo que no estaba completamente comprado por el alcalde. Tomás era un hombre gordo, de ojos avispados detras de unos lentes redondos, que conocía la vida y milagros de cada habitante desde hacía treinta años.
—Buenas tardes, Don Tomás —saludó Aurelio, apoyándose en el mostrador con fingida pesadez.
—Buenas tardes, Aurelio. Qué milagro verlo por aquí. Me dijeron que se había mudado del todo a la Loma del Diablo. La gente anda diciendo que… bueno, ya sabes cómo es el pueblo de lengua larga.
—Dicen que me voy a morir de hambre, ¿verdad? —interrumpió Aurelio con una sonrisa amarga, clavando la mirada en los ojos del tendero—. No se equivocan, Tomás. Esa tierra es pura piedra. Vine a ver si me puede fiar un saco de maíz y un poco de manteca. Le puedo dar mi palabra de que le pagaré en cuanto venda unas vigas de mezquite que estoy cortando.
Tomás lo miró con lástima. Esa era exactamente la reacción que Aurelio buscaba. En el campo, la lástima es una armadura excelente; nadie teme a un hombre al que le tiene lástima, nadie vigila a un mendigo.
—Está bien, Aurelio. Te conozco desde que éramos muchachos y sé que eres hombre de palabra. Llévate el saco. Pero ten cuidado con Mateo. Ayer estuvo aquí en la tienda, presumiendo las vacas nuevas que le compró al alcalde. Estaba diciendo que si te ve rondando por el Rancho El Consuelo, va a mandar a sus capataces a que te den una paliza por andar de arrimado.
Aurelio sintió un pinchazo de rabia en las entrañas, pero apretó los dientes y mantuvo la calma.
—Mateo tiene su rancho y yo tengo mi loma, Tomás. Cada quien recoge lo que siembra. No tengo nada que buscar en su propiedad.
Mientras cargaba el pesado saco de maíz sobre la espalda, Aurelio tomó una decisión que cambiaría el rumbo de los acontecimientos. No iba a buscar apoyo en el estado ni en las autoridades locales. Todos ellos eran socios de Don Fulgencio. Tenía que apuntar más alto. Recordó que el año anterior había pasado por la región un ingeniero de la capital, un tal Ingeniero Cárdenas, que andaba buscando terrenos para una compañía extranjera que realizaba estudios geológicos. El hombre le había dejado una tarjeta de presentación en agradecimiento por haberle permitido acampar en sus antiguas tierras y por haberle dado de comer un chivo al pastor.
Aurelio regresó a su jacal bajo la luz de la luna. Buscó en el fondo del baúl, entre las fotos viejas y los papeles de su matrimonio, hasta que encontró el trozo de cartulina blanca, ya amarillento por la humedad. Ahí estaba el nombre, la dirección en la Ciudad de México y un número de telégrafo.
Esa noche, mientras “El Hambriento” masticaba ruidosamente el grano de maíz que Aurelio le había comprado, el ranchero planeó su viaje. Un viaje que para un hombre de su edad, que nunca había salido de los límites del municipio, parecía una expedición al fin del mundo. Pero el fuego de la justicia ya estaba encendido en su corazón, y ese fuego es capaz de mover montañas, o en su caso, de hacer brotar el petróleo de la piedra más dura.
La trampa de la envidia
Dicen que el diablo no duerme, y en San Juan de la Frontera el diablo vestía de charro y llevaba espuelas de plata. Mateo no estaba tranquilo. A pesar de haberse quedado con las mejores tierras de su padre y de ver a su hermano sumido en la miseria, una sospecha negra le carcomía la cabeza. La envidia tiene una lógica muy enferma: al envidioso no le basta con tener éxito; necesita ver al otro completamente destruido, arrastrándose por el suelo, pidiendo clemencia.
El hecho de que Aurelio hubiera ido a la tienda de Don Tomás a pedir fiado era una buena señal para Mateo, pero algo no cuadraba. Uno de los peones de la hacienda del alcalde le había comentado que vio a Aurelio caminando por la cima de la loma con un caballo viejo, y que el viejo ranchero no tenía cara de estarse muriendo. Al contrario, se le veía la espalda recta y el paso firme.
—Ese viejo mañoso algo se trae entre manos —le dijo Mateo a Don Fulgencio una noche, mientras compartían una botella de coñac extranjero en el despacho de la alcaldía—. Lo conozco bien. Aurelio no se queda conforme con una derrota. Es capaz de andar buscando oro en ese cerro o de aliarse con los contrabandistas de la frontera para meter mercancía por la loma.
El alcalde, un hombre gordo de bigote espeso y mirada de zorro, soltó una carcajada que hizo temblar su enorme barriga.
—No seas paranoico, Mateo. ¿Qué va a encontrar en esa loma? Ahí no hay más que víboras y cascajo. Yo mismo mandé a hacer unos estudios hace cinco años cuando quise poner una cantera de cal, y el ingeniero me dijo que el terreno no valía ni para tirar la basura. Deja que el viejo se pudra solo. El invierno viene duro, y antes de que caiga la primera helada, lo tendrás llamando a tu puerta para pedirte que le des trabajo aunque sea limpiando las porquerizas.
—No lo sé, Fulgencio —insistió Mateo, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda—. Hay algo que no me gusta. Mañana mismo voy a ir a dar una vuelta por allá. Quiero ver con mis propios ojos qué está haciendo ese maldito caballo y por qué el viejo se la pasa escarbando en la cima.
Esa conversación fue el principio del fin para muchos. Al día siguiente, cuando el sol apenas empezaba a calentar las piedras de la loma, Mateo montó en su mejor caballo, un magnífico semental negro de bocado fino, y se dirigió hacia la propiedad de su hermano. No iba solo; lo acompañaban dos de sus capataces más fieles, hombres de gatillo fácil que no preguntaban antes de disparar.
Aurelio, que tenía el oído fino por los años de vigilar el ganado contra los cuatreros, escuchó el traqueteo de los cascos desde lejos. Rápidamente, metió a “El Hambriento” en el jacal, cerrando la puerta con un travesaño de madera gruesa, y se sentó en su banco de siempre, con el rifle Remington apoyado de manera casual entre sus piernas.
Mateo y sus hombres llegaron levantando una nube de polvo gris. El semental negro relinchó con soberbia, como presumiendo su estirpe frente a la miseria del lugar.
—¡Vaya, vaya! Miren quién está aquí, el rey de la piedra —gritó Mateo desde lo alto de la silla, con una sonrisa burlona que pretendía esconder su desconfianza—. Qué hermoso rancho tienes, Aurelio. Me muero de ganas de ver tu primera cosecha de nopales secos.
Aurelio no se levantó. Siguió tallando un trozo de madera con su navaja, con una tranquilidad que puso nerviosos a los capataces.
—La tierra es de quien la trabaja, Mateo —respondió Aurelio sin mirarlo—. Y esta es mía. Pagada con dinero de buena ley, no con trampas de abogados corruptos. ¿A qué veniste? No recuerdo haberte invitado a tomar el café, y la verdad es que el azúcar está muy cara para desperdiciarla en visitas indeseadas.
Mateo desmontó con un gesto brusco, entregándole las riendas a uno de sus hombres. Caminó unos pasos por el patio, mirando a su alrededor con ojos de sospecha. Se acercó al jacal y trató de mirar por una de las rendijas de la ventana de madera.
—Me dijeron que tienes un animal nuevo —dijo Mateo, deteniéndose frente a la puerta—. Un caballo que se escapó de los corrales del alcalde. Sabes que eso es un delito federal, ¿verdad? El abigeato se paga con la cárcel, hermano. Y a tu edad, dudo mucho que aguantes un invierno en la penitenciaría del estado.
—Ese caballo llegó aquí moribundo, Mateo. Si el alcalde no sabe cuidar a sus animales, ese es su problema. Yo solo le di un poco de agua para que no muriera en mi puerta. Si Don Fulgencio lo quiere, que venga él mismo a buscarlo, pero que traiga los papeles que demuestren que es suyo y que pague los quinientos pesos que me costó curarle las patas que sus capataces le destrozaron.
Mateo se puso pálido de coraje. La mención de los quinientos pesos era una bofetada directa a su orgullo. Se acercó a Aurelio, quedando a escasos centímetros de su rostro. El olor a alcohol y a tabaco barato de Mateo contrastaba con el olor a sol y a tierra limpia de su hermano mayor.
—Te estás volviendo muy valiente para ser un mendigo, Aurelio. Ten mucho cuidado con lo que haces. Este cerro sigue estando bajo mi vigilancia, y si descubro que estás haciendo algo ilegal aquí, yo mismo te voy a sacar a patadas, con ley o sin ley.
—Ya me quitaste lo que era mío por derecho, Mateo —dijo Aurelio, levantándose despacio y sosteniendo el rifle con una mano firme que desmentía sus sesenta años—. Ahora vete de mi propiedad antes de que me acuerde de que la paciencia también tiene un límite, y el mío se terminó el día que me obligaste a firmar ese papel en la notaría.
Los dos hermanos se sostuvieron la mirada durante unos segundos que parecieron eternos. Era el choque de dos mundos: la arrogancia del dinero mal habido contra la dignidad de la tierra trabajada. Finalmente, Mateo escupió al suelo, dio la vuelta y montó de nuevo en su semental negro.
—Vámonos de aquí —les dijo a sus hombres—. Este lugar huele a muerto. Dejemos que el viejo se pudra en su propio veneno.
Aurelio vio perderse la silueta de los jinetes en el horizonte. Sabía que el tiempo se le estaba agotando. Mateo volvería, y la próxima vez no vendría solo a hablar. Tenía que actuar rápido, esa misma noche iniciaría el movimiento que derrumbaría el imperio de naipes de su hermano.
La jugada del telégrafo
A la medianoche, cuando el pueblo dormía el sueño de los justos y de los cómplices, Aurelio salió de su jacal. No usó el camino real; se fue por las veredas de la sierra, esquivando las piedras y guiándose por las estrellas como hacían los antiguos arrieros para no ser vistos por las patrullas de la acordada. Llevaba una pequeña mochila de lona con un poco de comida, la tarjeta del ingeniero y una botella de vidrio pequeña, cuidadosamente sellada con cera de vela, que contenía la muestra del líquido negro que “El Hambriento” había desenterrado.
Caminó durante cuatro horas hasta llegar a Estación Mezquite, un pequeño asentamiento ferroviario que quedaba a veinte kilómetros de San Juan de la Frontera. Ahí el telégrafo no estaba controlado por el alcalde, sino por la compañía de ferrocarriles, y el telegrafista era un viejo amigo de juventud de Aurelio, un hombre llamado Don Nacho que no le debía nada a nadie.
El sol apenas empezaba a pintar de rosa el cielo del este cuando Aurelio entró en la pequeña oficina de madera de la estación. El olor a grasa de ferrocarril, a carbón y a café de olla lo recibió como un abrazo de bienvenida.
—¡Aurelio! Por la Virgen, ¿qué haces aquí a estas horas y con esa cara de haber caminado toda la noche? —preguntó Nacho, levantándose de su silla y ofreciéndole una taza de café humeante.
—Necesito un favor muy grande, Nacho. Un favor del que depende mi vida, y no es exageración —dijo Aurelio, sentándose y dejando la mochila en el suelo—. Necesito que mandes este mensaje a la Ciudad de México. De inmediato. Y necesito que me des tu palabra de honor de que nadie, ni el mismísimo presidente de la república si viene a preguntar, sabrá que este mensaje salió de tu oficina.
Nacho miró la tarjeta amarilla que Aurelio le extendió y leyó el texto que el ranchero había escrito con mano temblorosa en un pedazo de papel de estraza. El mensaje era breve pero contundente:
“Ingeniero Cárdenas. La loma de San Juan tiene el brote negro que usted buscaba. Presión fuerte. Muestra lista. Venga urgente con la gente de la capital antes de que los lobos locales se enteren. Aurelio.”
Nacho levantó la vista, con los ojos abiertos por el asombro. Miró a Aurelio y luego miró la botella de vidrio que el ranchero sacaba de su mochila. La sustancia negra y densa brillaba bajo la luz de la lámpara de petróleo de la oficina.
—¿Es lo que creo que es, Aurelio? —preguntó Nacho en un susurro.
—Es el oro de la tierra, Nacho. El que nos va a sacar de la miseria a mí y a los que se portaron bien conmigo. Pero si el alcalde se entera antes de que el ingeniero llegue con los papeles federales, soy hombre muerto.
Nacho no lo pensó dos veces. Se sentó frente a su aparato de telégrafo, ajustó la perilla y sus dedos empezaron a moverse con una velocidad asombrosa, llenando la oficina con el característico clac-clac-clac del código Morse. El mensaje cruzó las montañas y los valles, viajando por los hilos de cobre hacia el centro del país, llevando consigo el destino de San Juan de la Frontera.
—Ya está hecho, Aurelio —dijo Nacho, limpiándose el sudor de las manos—. El mensaje ya va rumbo a la capital. El ingeniero Cárdenas es un hombre importante ahora, trabaja para el nuevo departamento de energía del gobierno federal. Si recuerda quién eres, estará aquí en menos de tres días en el tren expreso.
—Va a recordar, Nacho. Los hombres de bien no olvidan a quien les dio la mano cuando andaban perdidos en el monte —respondió Aurelio, levantándose y estrechando la mano de su amigo—. Ahora me regreso a mi loma. Tengo que cuidar al animal que hizo el milagro. Si algo me pasa, Nacho… si escuchas que algo me sucedió, búscalo a él. Búscalo y cuídalo, porque ese caballo vale más que todo este maldito pueblo.
El regreso fue más difícil. El cansancio de los kilómetros caminados y la tensión acumulada empezaron a cobrarle factura al cuerpo de Aurelio. Sin embargo, la esperanza es un combustible maravilloso. Por primera vez en meses, el ranchero no sentía el peso de la vejez en las rodillas. Sentía que la justicia, esa dama que tantas veces se muestra esquiva con los pobres, finalmente venía en camino, montada en una locomotora de hierro que nadie podría detener.
La tormenta de la codicia
El tercer día después del envío del telégrafo, el ambiente en San Juan de la Frontera se puso tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. La tensión se sentía en el aire, como cuando va a caer una de esas tormentas de verano que arrancan los techos de las casas.
Mateo no se había quedado de brazos cruzados. Su sospecha se había convertido en una obsesión enfermiza. Mandó a uno de sus peones a vigilar la loma día y noche desde la distancia. El peón, un muchacho con ojos de lince, regresó con una noticia que hizo que a Mateo se le helara la sangre: vio a Aurelio recolectando un líquido negro en botes de manteca viejos y escondiéndolos bajo el jacal, y notó que el suelo de la loma estaba manchado de una sustancia que olía a pura refinería.
Mateo no era tonto. Sabía perfectamente lo que significaba el petróleo en esa época. Las grandes compañías extranjeras andaban comprando terrenos a precios de risa por todo el país, y los dueños que se resistían aparecían flotando en los ríos o colgados de los árboles. Pero si el terreno era del alcalde o de él, podían negociar un contrato millonario que los convertiría en los hombres más ricos de todo el norte de México.
Corrió a la alcaldía a buscar a Don Fulgencio. Al enterarse, la cara del alcalde pasó del aburrimiento a la codicia más desenfrenada en un segundo. Sus ojos pequeños y avariciosos brillaron con la malicia de quien ve una presa fácil.
—¡Ese maldito viejo nos engañó! —rugió Fulgencio, dando un golpe en el escritorio que hizo saltar el tintero—. Sabía lo que había en esa loma y se aprovechó de nuestra buena fe para quitárnosla por quinientos cochinos pesos.
Sinceramente, hay que tener una desfachatez del tamaño del cielo para decir algo así. Ellos le habían robado todo, lo habían dejado en la calle, y ahora se sentían las víctimas porque la loma inútil que le arrojaron como las migajas a un perro resultó ser una mina de oro. Así es la gente con poder: creen que la suerte y el destino también tienen que pedirles permiso para favorecer a los de abajo.
—¿Qué hacemos, Fulgencio? —preguntó Mateo, frotándose las manos con nerviosismo—. El contrato de venta está firmado y registrado ante el notario. Legalmente, la tierra es de Aurelio. Si intentamos quitársela ahora por las buenas, el pueblo se nos va a echar encima. La gente respeta al viejo.
—¿Legalmente? —Fulgencio soltó una carcajada siniestra—. En este pueblo, la ley soy yo, Mateo. ¿Ya se te olvidó quién paga los sueldos de la policía municipal? Ese contrato se puede perder muy fácilmente en un incendio fortuito en la oficina del registro, o simplemente podemos argumentar que Aurelio falsificó la firma de tu padre. Pero no tenemos tiempo para juicios. Si las compañías petroleras se enteran de que el viejo es el dueño, van a tratar directamente con él. Tenemos que actuar hoy mismo.
—¿Qué tienes pensado? —el tono de Mateo bajó de volumen, presintiendo la gravedad de lo que venía.
—Esta noche vamos a ir a la loma con la policía municipal. Vamos a detener a Aurelio bajo el cargo de sabotaje y robo de bienes de la nación por estar explotando un pozo sin los permisos correspondientes. Si se resiste… bueno, tú sabes que la “ley fuga” se aplica muy bien en los caminos oscuros. Un tiro por la espalda mientras intentaba escapar de la justicia, y asunto arreglado. El terreno vuelve a manos del municipio por orden judicial, y mañana mismo tú y yo firmamos el contrato con los ingenieros que mandemos llamar de Tampico.
Mateo sintió un frío en el estómago. Era su hermano de sangre del que estaban hablando. El hombre que lo había cuidado cuando su madre murió, el que le había enseñado a montar a caballo y a tirar con el rifle. Pero la sombra de los billetes verdes y la ambición de poder son más fuertes que los lazos de la carne. La idea de verse convertido en un gran magnate del petróleo, viajando a Nueva York y viviendo en una mansión, borró cualquier rastro de remordimiento en su alma podrida.
—Está bien —dijo Mateo, con la voz seca—. Hagámoslo esta noche. Pero yo no quiero estar presente cuando… cuando pase lo de la ley fuga. Yo me encargo de llevar los papeles falsos al notario para tener todo listo para mañana.
—Como quieras, cobarde —respondió el alcalde, mirándolo con desprecio—. Deja que mis muchachos se encarguen del trabajo sucio. Tú solo asegúrate de tener la pluma lista para firmar cuando el terreno regrese a nuestro poder.
La noche de los lobos
La noche cayó sobre la Loma del Diablo con una oscuridad densa, sin luna, como si el mismo cielo quisiera esconder la infamia que estaba por cometerse. Aurelio estaba en su jacal, dándole las últimas caricias a “El Hambriento”, que ya mostraba un aspecto mucho mejor gracias al maíz y al cuidado constante. Las costillas ya no se le marcaban tanto y sus ojos habían recuperado ese brillo inteligente de los animales agradecidos.
De pronto, “El Hambriento” paró las orejas y lanzó un bufido corto, golpeando el suelo del jacal con el casco derecho. Aurelio conocía esa señal. Alguien se acercaba, y no venía con buenas intenciones.
El viejo ranchero apagó la lámpara de petróleo de un soplido. Se asomó por la rendija de la ventana y vio varias luces que se acercaban por el camino de la loma. Eran antorchas y linternas de carburo. Contó al menos seis hombres, todos a caballo, moviéndose con prisa. Reconoció los uniformes de la policía municipal y, al frente de ellos, la silueta gorda y arrogante del alcalde Don Fulgencio.
—Vinieron por mí —murmuró Aurelio, sintiendo que la adrenalina le corría por las venas—. Se enteraron los malditos.
Aurelio sabía que no tenía oportunidad en un tiroteo abierto contra seis hombres armados con carabinas Winchester. Su viejo Remington de un solo tiro servía para cazar venados, no para detener a una partida de asesinos uniformados. Pero un ranchero del norte nunca se rinde sin pelear, y menos en su propia tierra.
Abrió la puerta trasera del jacal, la que daba directamente a la zona más empinada de la loma, donde las piedras eran sueltas y el camino era un desfiladero peligroso.
—Vete de aquí, amigo —le dijo a “El Hambriento”, quitándole el ramal y dándole una nalgada suave para que corriera hacia la oscuridad de la sierra—. Sálvate tú. Si te quedas, estos carniceros te van a matar para no dejar testigos.
El caballo pareció entender la orden. Salió despacio, mimetizándose de inmediato con las sombras de los mezquites. Aurelio, por su parte, tomó su rifle, metió varios cartuchos en el bolsillo de su pantalón y se apostó detrás de una gran roca de caliza, a unos veinte metros del jacal, esperando el desenlace.
Los policías llegaron al patio gritando y disparando al aire, en una demostración de fuerza cobarde y brutal.
—¡Aurelio! ¡Sal con las manos en alto por orden del gobierno municipal! —gritó el comandante de la policía, un hombre con cara de pocos amigos apodado “El Chacal”—. Estás arrestado por robo de bienes de la nación. Si no sales en tres cuentas, vamos a quemar este jacal contigo adentro.
Nadie respondió desde el interior del jacal. El silencio de la noche parecía tragarse los gritos de los policías.
—¡Uno!… ¡Dos!… ¡Tres! ¡Fuego al jacal! —ordenó el alcalde Don Fulgencio, disfrutando el momento.
Dos de los policías se bajaron de sus caballos y lanzaron las antorchas encendidas sobre el techo de paja seca del jacal. En pocos segundos, las llamas devoraron la humilde vivienda, iluminando la Loma del Diablo con un resplandor dantesco, anaranjado y violento. El fuego crepitaba con furia, levantando chispas que volaban hacia el cielo oscuro como luciérnagas de muerte.
—¡Miren! ¡Ahí está el pozo! —gritó uno de los policías, señalando la cima de la loma, donde las manchas de petróleo brillaban bajo el reflejo del incendio—. ¡Es verdad lo que decía Mateo! ¡Este viejo maldito descubrió el chorro negro!
Fulgencio miró el lugar con una sonrisa de triunfo absoluto. Ya se sentía el dueño del mundo.
—Busquen al viejo —ordenó el alcalde—. No debe andar lejos. No dejen que escape. Recuerden las instrucciones: si se resiste, apliquen la ley fuga de inmediato. No quiero que ese hombre llegue vivo al amanecer.
Aurelio, desde su escondite detrás de la roca, sintió una profunda tristeza mezclada con una rabia incontenible. Ver arder los pocos recuerdos de su vida, las fotos de su esposa, el techo que con tanto esfuerzo había construido, era un dolor que calaba hondo. Pero el miedo ya no tenía espacio en su cuerpo. Apuntó su rifle hacia el comandante de la policía, alineando la mira con el pecho del hombre que lideraba la agresión. Su dedo empezó a presionar el gatillo, listo para llevarse al menos a uno de los asesinos consigo al infierno.
Sin embargo, justo cuando el disparo estaba por romper el silencio de la noche, un sonido estruendoso hizo que todos se detuvieran.
No era el eco de un arma de fuego. Era el silbato de una locomotora, un pitido largo, agudo y potente que resonó en todo el valle de San Juan de la Frontera, anunciando la llegada de un convoy extraordinario a la estación cercana. Y casi al mismo tiempo, el suelo de la loma empezó a temblar con una vibración extraña, profunda, que no venía de los caballos de los policías, sino de las entrañas mismas de la tierra maldita.
La justicia llega en tren
El pitido de la locomotora no era una casualidad de la medianoche. El Ingeniero Cárdenas no había perdido el tiempo. Al recibir el telégrafo de Aurelio y analizar la muestra que Nacho le confirmó por descripción técnica, el funcionario comprendió que se trataba de un yacimiento de proporciones históricas, justo en un momento donde el gobierno federal buscaba consolidar el control de los recursos energéticos del país frente a las ambiciones extranjeras y los cacicazgos locales.
El tren expreso militar, cargado con un destacamento de cincuenta soldados de la infantería de marina federal y varios altos funcionarios del Ministerio de Industria, había llegado a Estación Mezquite dos horas antes de lo previsto. Guiados por Don Nacho, que no dudó en subirse al primer jeep militar, las fuerzas federales se dirigieron a toda velocidad hacia San Juan de la Frontera, alertados por las columnas de humo que ya se veían desde la distancia.
En la loma, la confusión era total. La policía municipal, acostumbrada a intimidar a campesinos desarmados, se quedó paralizada al ver aparecer por el camino real una hilera de luces potentes: los faros de los camiones militares que avanzaban con paso firme, rompiendo la oscuridad del desierto.
—¿Qué es eso, mi alcalde? —preguntó el comandante “El Chacal”, con la voz temblorosa y la mano en la funda de su pistola.
Don Fulgencio se puso pálido. Las luces de los camiones no eran las de los contrabandistas; tenían la disciplina y el orden de una fuerza regular.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, los vehículos militares rodearon la base de la loma. De los camiones descendieron decenas de soldados armados con fusiles Mauser reglamentarios, moviéndose con una eficiencia táctica impecable. Al frente del contingente, un capitán de rostro severo y uniforme impecable avanzó con la espada en la mano, flanqueado por el Ingeniero Cárdenas y por Don Nacho.
—¡Alto en nombre de la Federación! —retumbó la voz del capitán a través de un megáfono de campaña—. ¡Todas las armas al suelo de inmediato! Cualquier acto de resistencia será considerado como alta traición a la patria y sedición armada contra las fuerzas federales.
Los policías municipales, dándose cuenta de que estaban completamente superados en número y armamento, no lo pensaron dos veces. Tiraron sus carabinas al suelo y levantaron las manos, temblando como hojas al viento. “El Chacal” intentó dar un paso atrás, pero dos soldados le pusieron las bayonetas en el pecho antes de que pudiera parpadear.
El alcalde Don Fulgencio, tratando de mantener un resto de su antigua arrogancia, avanzó hacia el capitán con los brazos en alto pero con voz chillona.
—¡Capitán! Esto es un error. Yo soy el alcalde de este municipio. Estamos persiguiendo a un peligroso delincuente que saboteó propiedad pública y…
—¡Cállese, Fulgencio! —interrumpió el Ingeniero Cárdenas, saliendo de entre las filas de soldados con una mirada de desprecio absoluto—. Conocemos perfectamente sus manejos y los de su socio, Mateo. El telégrafo de Don Aurelio llegó directamente a mi escritorio en la capital, y el mineral que ustedes intentaban robar esta noche ya está protegido por un decreto presidencial firmado hace veinticuatro horas.
Aurelio, al ver que los recién llegados eran amigos, salió de detrás de su roca con el rifle Remington apoyado en el hombro. Caminó despacio entre los soldados, que le abrieron paso con un respeto que conmovió al viejo ranchero hasta las lágrimas.
—¡Ingeniero Cárdenas! —dijo Aurelio, estrechando la mano del funcionario con la fuerza que todavía le quedaba—. Llegó a tiempo. Unos minutos más y estos perros me usan de tiro al blanco.
—Cumplí mi promesa, Don Aurelio —respondió el ingeniero con una sonrisa sincera—. Usted nos dio la mano cuando la necesitábamos, y la nación no olvida a sus hijos leales. Este terreno es suyo por derecho de compra legal, y el pozo que descubrió… bueno, permítame decirle que usted es ahora el hombre más importante de todo este estado.
Mientras los soldados esposaban al alcalde y a sus cómplices, un relincho familiar se escuchó desde la cima de la loma. “El Hambriento” apareció trotando despacio, con la cabeza alta y el paso firme, como si supiera que la batalla había terminado y que él era el verdadero héroe de la jornada. El animal caminó directamente hacia Aurelio y apoyó el hocico en su hombro, buscando la caricia que el viejo ranchero no dudó en darle, mientras las lágrimas limpiaban el polvo y el hollín de su rostro arrugado.
La caída de la casa de la codicia
La mañana siguiente trajo consigo una claridad fría y purificadora a San Juan de la Frontera. El pueblo entero se reunió en la plaza principal, pero esta vez no había burlas ni risas malintencionadas. El morbo se había transformado en un asombro reverencial al ver pasar a los camiones militares que trasladaban al alcalde Don Fulgencio y a los policías municipales hacia la capital del estado para enfrentar un juicio por corrupción, intento de homicidio y conspiración contra la federación.
Mateo no llegó a ver el amanecer en su rancho. Al enterarse del fracaso de la operación nocturna y de la llegada de las tropas federales, el remordimiento y el miedo absoluto a la justicia lo quebraron por completo. Intentó escapar a caballo hacia la frontera norte, llevando consigo una bolsa de lona con las pocas monedas de oro y los billetes que tenía guardados en su caja fuerte. Sin embargo, la prisa y la culpa son malas consejeras para un jinete. En el paso de la Sierra del Toro, su semental negro tropezó con una piedra suelta debido a la velocidad temeraria a la que Mateo lo obligaba a correr.
El animal cayó por el barranco, arrastrando a su jinete en una caída de más de cincuenta metros. Cuando la patrulla militar que seguía sus huellas lo encontró a media mañana, Mateo estaba tirado entre las piedras, con las piernas rotas y la columna vertebral destrozada por el impacto. El dinero estaba esparcido por el suelo, mezclado con la arena y la sangre, inservible para comprar un segundo de salud o un gramo de perdón.
Aurelio insistió en ir a verlo al hospital de campaña que los médicos militares habían improvisado en la escuela del pueblo. Entró en la habitación despacio, quitándose el sombrero y mirando el cuerpo maltrecho de su hermano menor, que respiraba con dificultad bajo una sábana blanca manchada de sudor y medicina.
—Viniste a burlarte… ¿verdad, hermano? —susurró Mateo con una voz que apenas era un hilo de aire, con los ojos nublados por el dolor y la morfina.
Aurelio se sentó en una silla de madera al lado de la cama. Su rostro no mostraba alegría por la desgracia ajena, solo una profunda y dolorosa compasión familiar.
—No, Mateo. Un ranchero de verdad no se burla de un hombre caído, y menos si ese hombre lleva la misma sangre que mi padre —dijo Aurelio con suavidad, tomando la mano fría de su hermano—. Vine a decirte que la loma ya no es mía, ni tuya, ni del alcalde. Ahora es de la nación. El gobierno me va a pagar una regalía millonaria por cada barril de petróleo que salga de ahí, y el Rancho El Consuelo regresa a mis manos de inmediato por orden judicial.
Mateo cerró los ojos, y una lágrima pesada corrió por su mejilla pálida.
—Perdóname, Aurelio… la codicia me cegó la cabeza. Pensé que el dinero lo era todo en esta vida. Me dejé convencer por ese puerco de Fulgencio… y mira cómo terminé. Sin rancho, sin salud, y sin hermano.
—El perdón ya lo tienes, Mateo. Pero las leyes de la tierra y del cielo tienen un precio que todos debemos pagar —respondió Aurelio, levantándose y colocándole el sombrero sobre el pecho—. Yo me voy a encargar de que no te falte atención médica en el hospital de la capital, y si sales de esta, tendrás un rincón en El Consuelo para vivir en paz los años que te queden. Pero nunca olvides que la tierra habla, hermano, y a cada quien le da lo que se merece.
Mateo no respondió; se quedó mirando el techo con una fijeza trágica, sabiendo que su imperio de soberbia se había disuelto como la sal en el agua, dejando tras de sí solo el sabor amargo de la traición y el olvido.
El porvenir del oro negro
Los años pasaron volando sobre San Juan de la Frontera, transformando el paisaje del desierto de una manera que los viejos del pueblo nunca habrían creído posible en sus mejores sueños o en sus peores pesadillas. La Loma del Diablo dejó de ser el páramo seco de la caliza para convertirse en el epicentro de la modernidad de la región. El pozo descubierto por “El Hambriento”, bautizado oficialmente por los ingenieros como “Pozo El Milagro Número Uno”, se transformó en una imponente estructura de acero negro que subía hacia el cielo, rodeada por decenas de otras torres de perforación que extraían la riqueza del subsuelo día y noche.
El pueblo cambió de nombre por decreto oficial, pasando a llamarse “Villa de la Frontera del Progreso”. Llegó la luz eléctrica, el agua entubada para todas las casas, la primera escuela secundaria técnica del estado y un hospital moderno que llevaba el nombre de la difunta esposa de Aurelio. Los caminos de terracería donde antes los caballos se rompían las patas se transformaron en carreteras pavimentadas por donde circulaban camiones cisterna cargados con el combustible que movía las fábricas del centro del país.
Aurelio se convirtió en un hombre inmensamente rico, pero la riqueza no logró cambiar las costumbres del viejo ranchero. No se mudó a una mansión en la capital del país ni viajó a Europa como le sugerían los banqueros que lo visitaban cada semana con maletines llenos de propuestas de inversión. Prefirió quedarse en su reconstruido Rancho El Consuelo, una propiedad hermosa con corrales de piedra bien labrada y campos verdes donde el ganado pastaba a placer gracias a los sistemas de riego modernos que él mismo financió para beneficio de todos los ejidatarios de la región.
Su casa era espaciosa pero sencilla, con un porche grande de vigas de mezquite donde Aurelio pasaba las tardes sentado en su mecedora de mimbre, fumando su pipa y mirando el horizonte donde las luces de las torres petroleras brillaban en la noche como constelaciones artificiales.
Y a su lado, siempre fiel, estaba “El Hambriento”. El caballo ya no hacía honor a su nombre; era un animal robusto, con el pelo castaño brillante que parecía seda bajo el sol y los cascos cuidados por el mejor herrador del estado. El animal disfrutaba de una jubilación de lujo en un potrero exclusivo diseñado especialmente para él, con el mejor pasto de alfalfa fresca y agua limpia de manantial que Aurelio mandaba traer en botes especiales.
Sinceramente, cuando veo el destino de este animal y de este hombre, no puedo evitar pensar en el valor de las pequeñas cosas que la mayoría de la gente desprecia por ignorancia o por prisa. Un billete arrugado de quinientos pesos, un caballo viejo abandonado a su suerte, una loma de piedra seca. Tres elementos que para el mundo de los negocios valían menos que nada, pero que en las manos correctas, guiadas por la compasión y la dignidad ranchera, se convirtieron en la semilla de un imperio de prosperidad que salvó a toda una comunidad de la miseria y el olvido.
Un día de primavera, cuando el viento de la tarde soplaba suave trayendo el olor de las flores de azahar de los huertos nuevos, el Ingeniero Cárdenas, ya retirado de la política activa, visitó a Aurelio en el rancho. Compartieron una comida de cabrito al pastor y unos tequilas de buena marca, recordando los tiempos de la tormenta nocturna y de la llegada de las tropas federales.
—Don Aurelio —dijo el ingeniero, mirando hacia el potrero donde “El Hambriento” corría persiguiendo a un par de potrancas jóvenes con una energía asombrosa—, la historia de este rancho parece un cuento de esos que los viejos cuentan en las fogatas para entretener a los niños. A veces me cuesta creer que todo esto comenzó porque este animal tenía hambre y se puso a escarbar en el lugar preciso.
Aurelio sonrió detras de su espeso bigote blanco, dándole un trago largo a su copa de tequila.
—No es un cuento, mi ingeniero. Es la pura realidad de la vida. Los hombres de ciudad creen que controlan el mundo con sus contratos, sus leyes y sus máquinas de escribir, pero la tierra… la tierra tiene sus propios planes. Ella sabe a quién entregarse y a quién castigar. A los soberbios les da polvo y piedra; a los que la respetan y tienen compasión de sus criaturas, les entrega el oro que tiene guardado en las entrañas. Ese caballo no tenía hambre de pasto, ingeniero; tenía hambre de justicia, y la tierra lo escuchó.
Los dos hombres levantaron sus copas, brindando en silencio por el pasado, por el presente de progreso y por el futuro de una región que aprendió a respetar el valor de la dignidad humana y el misterio de la naturaleza por encima de los lujos efímeros del dinero mal nacido. Y a lo lejos, el eco de los cascos de “El Hambriento” sobre el terreno firme seguía resonando como un recordatorio eterno de que, en el desierto del norte, la suerte y el destino siempre caminan de la mano de los que saben esperar con el corazón limpio y la espalda recta ante la adversidad.