A ver, hagamos una pausa aquí porque necesito soltar esto. He pasado más de quince años entre establos, lidiando con caballos de salto, de paseo y bichos con un carácter que ríete tú de los dragones de los cuentos. He visto accidentes que te revuelven el estómago. Por eso, cuando vi a esta chica —que luego supimos que se llamaba Elena— dar ese paso hacia adelante, mi primer instinto no fue de admiración. Fue de pura rabia. Pensé: “Otra irresponsable que ha visto demasiados vídeos de autoayuda y doma natural en YouTube y cree que los caballos se curan con abrazos”.
Porque la realidad del campo es jodida, amigos. Un caballo de quinientos kilos asustado no es un peluche; es una máquina de aplastar huesos si te pones en el lugar equivocado. No hay poesía en una coz en la cara.
Pero Elena no hizo lo que hacen los aficionados. No extendió la mano con un terrón de azúcar ni empezó a hablarle con esa voz mimosa y falsa que tanto pone de los nervios a los animales nerviosos. Lo que hizo fue algo que solo los que realmente entienden la psicología equina más profunda saben hacer.
Se dio la vuelta.
Sí, así como lo leen. Le dio la espalda al semental. Se cruzó de brazos, bajó la cabeza, relajó los hombros y exhaló un suspiro largo, sonoro, que se escuchó perfectamente desde las primeras filas del reñidero.
Para cualquiera que no sepa de caballos, aquello parecía un acto de desprecio o un suicidio asistido. Pero para el semental, ese cambio en la postura corporal de la humana fue un cortocircuito mental absoluto. Los caballos son animales presa. Su cerebro está programado para detectar la depredación. Un depredador se acerca de frente, con la mirada fija, los músculos tensos y la respiración contenida. Todo lo que los capataces habían hecho antes —intentar rodearlo, gritarle, tensar las sogas— le estaba diciendo al caballo: “Te vamos a matar y a comer”. Por lo tanto, el animal respondía defendiendo su vida con uñas y dientes. O mejor dicho, con cascos y dientes.
Al darle la espalda, Elena rompió el patrón. Se convirtió, de golpe, en un elemento neutro. No era una amenaza. No era un depredador. Era simplemente un poste de madera en medio del picadero.
El caballo, que estaba listo para embestir o salir huyendo, se quedó congelado en el sitio con una pata levantada. Sus orejas, que antes estaban completamente pegadas hacia atrás en señal de pura agresividad y pánico, empezaron a moverse hacia adelante y hacia atrás, confundidas. El bicho empezó a resoplar, ese sonido vibratorio que hacen por los ollares cuando intentan procesar una información nueva.
—No te lo puedes creer… —susurró a mi lado el mismo viejo ganadero que antes pedía el matadero. Su puro se había apagado. Estaba tan absorto que ni se daba cuenta de la ceniza que le caía sobre los pantalones.
Elena se mantuvo inmóvil durante lo que parecieron cinco minutos eternos. En el mundillo de la doma, esto se llama “el juego de la paciencia”, y os aseguro que requiere unos cojones de corbata, hablando mal y pronto. Sentir la respiración caliente de un semental salvaje detrás de tu nuca y no girarte para mirar requiere un control mental que muy poca gente posee. Yo mismo reconozco que habría mirado de reojo tres o cuatro veces. Ella no. Ella confió en su lectura de la situación.
Poco a poco, con una lentitud casi agónica, el caballo dio un paso adelante. Luego otro. El silencio en las gradas era tal que se podía escuchar el crujido de la arena bajo los cascos de Furia Negra. El semental estiró el cuello al máximo, manteniendo el resto de su cuerpo a una distancia prudencial. Acercó su enorme belfo negro a la espalda de la chica. Olfateó la camisa de cuadros. Elena seguía sin moverse, respirando a un ritmo pausado, transmitiendo una calma que empezó a contagiar el ambiente.
Y entonces, el milagro de la sumisión voluntaria ocurrió. El caballo bajó la cabeza hasta la altura de la cintura de la chica y dejó escapar un gran suspiro, relajando toda la línea superior de su cuerpo. Las orejas cayeron hacia los lados. La tensión destructiva que había amenazado con destrozar el recinto se disolvió en el aire como el humo.
Solo en ese momento, Elena se giró con una suavidad que parecía coreografiada por un ángel. No levantó las manos. Dejó que el caballo inspeccionara su rostro. Con el dorso de los dedos, rozó apenas el lateral del cuello del semental, justo en la zona donde las madres rascan a sus potros para tranquilizarlos. Furia Negra cerró los ojos por un segundo. Estaba entregado. No por la fuerza, no por el dolor del látigo, sino por la comprensión mutua.
La grada estalló en aplausos. La gente se puso en pie, algunos vitoreando, otros aún con los ojos como platos. Elena ni siquiera miró al público. Con una sonrisa de medio lado, le pasó una cuerda ligera por el cuello al semental y, para asombro de todos, el caballo la siguió dócilmente, caminando a su lado como si fuera un perro faldero, saliendo del picadero hacia la zona de carga sin oponer la más mínima resistencia.
Claro, una escena así te deja marcado. Yo no podía quedarme con la duda. ¿Quién era esa chica? ¿De dónde había salido y qué pretendía hacer con un animal que, a pesar de ese momento de magia, seguía siendo una bomba de relojería? Decidí investigar, preguntar a los contactos de la zona y, finalmente, conseguí localizar el lugar donde se había llevado al caballo: una pequeña finca a las afueras de un pueblo perdido de la sierra, un lugar humilde llamado “El Olivar de la Calma”.
Cuando llegué allí unos días después, con la excusa de escribir una crónica para una revista ecuestre —y seamos honestos, por pura curiosidad cotilla—, lo que encontré me dio una bofetada de realidad. No había instalaciones de lujo, ni caminadores automáticos, ni pistas de geotextil de última generación. Había paddocks abiertos, árboles que daban sombra natural y un par de boxes de madera bien cuidados pero antiguos.
Elena me recibió con una taza de café en la mano y la misma tranquilidad que mostró en la subasta. Al principio se mostró esquiva, cansada probablemente de que la trataran como a una mística de feria o una “susurradora de caballos” de pacotilla.
—No hago magia, ¿sabes? —me dijo, sentándose en un banco de piedra mientras veíamos a Furia Negra pastar a lo lejos en un cercado vallado—. Odio ese término. Los que dicen que “susurran” a los caballos suelen ser unos charlatanes que buscan el aplauso fácil. Yo lo único que hago es escuchar lo que ellos gritan. Porque ese caballo estaba gritando de dolor y de terror en esa subasta, y todo el mundo lo único que hacía era gritarle de vuelta.
Mientras charlábamos, me di cuenta de que la historia de Elena tenía tantas cicatrices como el lomo del semental que acababa de comprar. No era una niña rica jugando a salvar animales. Elena se había criado en esa misma finca junto a su padre, un hombre que había sido un chalán clásico, de los de la vieja escuela, de los que creían que a los caballos se les domaba “rompiéndoles el orgullo”.
—Mi padre era un buen hombre en el fondo, pero pertenecía a otra época —confesó Elena, mirando el café con la mirada perdida—. Para él, un caballo era una herramienta de trabajo o un objeto de estatus. Si un animal se resistía, la solución era meterle más hierro en la boca, usar espuelas más largas o dejarlo atado a la pared un día entero sin agua para que “aprendiera quién mandaba”. Yo crecí viendo eso. Y durante mucho tiempo, pensé que era lo correcto. Hasta que cumplí los diecisiete años.
Elena hizo una pausa. El ambiente se volvió denso. Me di cuenta de que lo que iba a contar era el verdadero motor de lo que habíamos visto en la subasta.
—Teníamos un caballo tordo, se llamaba Plata. Era hermoso, pero tenía mucho carácter, muy parecido a Furia Negra. Mi padre se obsesionó con montarlo para la feria del pueblo. El caballo no quería, tenía miedo de los ruidos, de la música. Mi padre lo forzó. Le puso un bocado de castigo criminal. El caballo se defendió, se levantó de manos y cayó de espaldas. Mi padre se salvó de milagro, pero a Plata… a Plata se le partió la columna. Tuvimos que sacrificarlo allí mismo, en el suelo del patio. Ver los ojos de ese animal mientras la vida se le escapaba, sabiendo que lo habíamos matado por pura soberbia humana… algo se rompió dentro de mí ese día.
A partir de ese trauma, Elena se juró a sí misma que nunca más formaría parte de esa rueda de violencia. Estudió etología equina por su cuenta, viajó por Europa trabajando en centros de rehabilitación de caballos maltratados y aprendió que el respeto no se gana con dolor. Cuando su padre falleció un par de años atrás, ella heredó la finca, que estaba prácticamente en la quiebra, y decidió convertirla en un santuario y centro de reconducción de conducta para caballos considerados “imposibles”.
—Furia Negra no es un caballo malo —me explicó, señalando al animal que en ese momento levantaba la cabeza, mirándonos con curiosidad—. He investigado su historial. Ha pasado por cuatro manos distintas en tres años. Su primer dueño era un tipo que lo castigaba cada vez que el caballo dudaba ante un salto. El segundo intentó domarlo a la fuerza usando métodos de privación de sueño. El animal simplemente aprendió que los humanos son sinónimo de sufrimiento. Su agresividad no es maldad; es defensa propia. Si tú entras en una habitación y sabes que el que está dentro te va a pegar, entras pegando tú primero. Es pura lógica de supervivencia.
El proceso: sangre, sudor y ninguna medalla
Aquí es donde entra mi opinión más sincera y donde quiero romper una lanza a favor de la gente como Elena, alejándome de los romanticismos baratos. La doma natural o la rehabilitación de un animal traumatizado es un trabajo desagradecido, aburrido y físicamente agotador. No hay música de violines de fondo. Hay mañanas de invierno a cinco grados bajo cero recogiendo estiércol, hay tirones musculares y hay días enteros donde sientes que has avanzado un paso y has retrocedido tres.
Acompañé a Elena durante varias semanas, visitando la finca de vez en cuando para ver la evolución del semental. Lo que presencié fue una lección magistral de constancia. El primer objetivo no era montarlo; ni siquiera era ponerle una silla. El objetivo era que Furia Negra aceptara el contacto humano sin entrar en pánico.
El proceso se basaba en la técnica de la aproximación y el retiro. Elena se acercaba al cercado con una ramita de olivo. Daba un paso hacia el caballo. Si el caballo levantaba la cabeza y ponía los músculos en tensión, ella se detenía inmediatamente y daba un paso atrás.
—El secreto está en el retiro —me explicaba una tarde mientras observaba el ejercicio—. La mayoría de los entrenadores cometen el error de seguir presionando cuando el caballo muestra incomodidad. Piensan: “Si me echo atrás, el caballo gana”. Qué soberbia más absurda. Esto no es una guerra. Al dar el paso atrás cuando él se tensa, le estoy diciendo: “Respeto tu espacio personal. No te voy a obligar a más de lo que puedes soportar”. Eso genera una confianza brutal. El caballo se da cuenta de que él tiene el control de la distancia.
Es una verdad como un templo. A veces los humanos somos tan lógicos que nos volvemos estúpidos. Queremos resultados inmediatos. Queremos que el caballo entienda nuestro idioma, cuando somos nosotros los que tenemos que aprender el suyo.
Vi a Elena pasar tres horas consecutivas bajo una lluvia fina solo para lograr que el semental le permitiera tocarle la oreja izquierda. Tres horas. Sin levantar la voz, sin perder la paciencia. Hubo momentos de peligro, claro que sí. Un día, un camión de reparto tocó la bocina en la carretera cercana y Furia Negra reaccionó por puro reflejo, lanzando una coz al aire que pasó a escasos centímetros de la cabeza de Elena. Yo me levanté del murete del revuelo con el corazón en la boca, listo para llamar a la ambulancia. Ella ni se inmutó. Esperó a que el caballo se calmara, volvió a adoptar la postura neutra y reanudó el trabajo como si nada hubiera pasado.
—Si te asustas de su miedo, confirmas que había una razón para tener miedo —me dijo luego, mientras se limpiaba el barro de los pantalones—. Tienes que ser su roca. Si la roca se tambalea, el barco se hunde.
Con el paso de los meses, los cambios en Furia Negra eran evidentes. Ya no tenía esa mirada desorbitada donde se le veía el blanco del ojo todo el tiempo. Su pelo, antes apagado y áspero, empezó a brillar con un negro intenso que justificaba su nombre. Empezó a aceptar el cepillado, un proceso que al principio le causaba pavor porque confundía las rasquetas con herramientas de tortura. Elena descubrió que al caballo le encantaba que le rascaran justo debajo del pecho, y esa se convirtió en su recompensa favorita, mucho mejor que cualquier golosina.
Sin embargo, el verdadero examen, la prueba de fuego que determinaría si el caballo estaba realmente recuperado o si todo aquello era un espejismo de corral, estaba por llegar. Y no iba a ser fácil.
La sombra del pasado regresa
La vida tiene una ironía bastante retorcida, y a menudo te pone delante exactamente lo que estás intentando superar. Un sábado por la mañana, mientras ayudaba a Elena a engrasar unos correajes antiguos en el guadarnés, un coche de alta gama, un todoterreno reluciente que desentonaba por completo con el entorno rústico de la finca, aparcó frente a la entrada.
Del coche bajó un hombre de unos cincuenta años, vestido con ropa de marca ecuestre cara, botas a medida de cuero reluciente y unas gafas de sol de espejo. Su actitud destilaba esa superioridad rancia de quien cree que el dinero puede comprarlo todo, incluido el respeto.
Elena cambió el gesto inmediatamente. Sus mandíbulas se tensaron.
—¿Qué hace este tipo aquí? —murmuró, dejando el trapo con fuerza sobre la mesa.
Resultó que el visitante era don Ricardo, un criador de caballos de pura raza andaluza bastante conocido en la provincia, y —para más señas— el penúltimo dueño de Furia Negra. El hombre que lo había vendido a la subasta de mala muerte tras darlo por “inservible”. Había oído los rumores que circulaban por los mentideros hípicos de la comarca sobre cómo una chica desconocida había logrado calmar a la “bestia negra” y venía a verlo con sus propios ojos. Pero no venía con humildad; venía con arrogancia.
—Vaya, vaya, así que este es el famoso milagro del que todo el mundo habla —dijo Ricardo, acercándose al cercado donde Furia Negra descansaba tranquilamente a la sombra de un algarrobo—. Sinceramente, muchacha, cuando me dijeron que habías comprado este despojo por veinte mil duros, pensé que te gustaba tirar el dinero. Yo pagué el triple por él en su día y solo me sirvió para lesionar a dos de mis mejores jinetes.
—El caballo no es ningún despojo, don Ricardo —respondió Elena, manteniendo una cortesía fría, cortante como el hielo—. El caballo simplemente necesitaba que lo trataran como a un ser vivo, no como a una máquina de ganar premios.
El hombre soltó una carcajada despectiva que hizo que Furia Negra levantara las orejas y diera unos pasos hacia atrás, mostrando los primeros signos de desconfianza. El animal recordaba la voz. El cerebro de los caballos tiene una memoria asociativa prodigiosa; recuerdan los olores, los tonos de voz y las figuras de quienes les hicieron daño incluso años después.
—No me vengas con sensiblerías baratas de esas que están de moda ahora —dijo Ricardo, sacando un fustigo de cuero del bolsillo de su chaqueta con un movimiento rápido y nervioso—. Un caballo de esta casta se domina con mano dura o no sirve para nada. Apostaría lo que quieras a que en cuanto le pongas una silla encima y sienta el peso de un jinete de verdad, volverá a sacar las uñas. Es genético. Esa línea de sangre es maldita, todos salen locos.
Fue en ese momento cuando vi la chispa en los ojos de Elena. Una mezcla de indignación y de apuesta interna absoluta por el animal.
—¿Ah, sí? —dijo Elena, dando un paso adelante—. Pues mire esto.
Lo que siguió fue una demostración de pura confianza, pero de la de verdad, de la que te pone los pelos de punta. Elena entró al cercado sin ninguna soga, sin cabezada, completamente con las manos vacías. Llamó al caballo por su nombre real, el que ella le había puesto en la finca: Azabache.
—Ven aquí, chico. Demuéstrale quién eres —dijo con voz suave pero firme.
El caballo dudó por un segundo, mirando de reojo a Ricardo, que se apoyaba en la valla con una sonrisa de suficiencia. Pero la conexión con Elena era más fuerte que el miedo al pasado. El semental se acercó a ella, bajando la cabeza. Elena, sin usar ningún tipo de montura, ni sudadero, ni bocado, se apoyó suavemente en el lomo del animal y, con un salto limpio y ágil, se montó a pelo.
El silencio volvió a reinar en la finca. Montar a pelo a un semental que meses atrás habría matado a cualquiera por rozarle el lomo es el equivalente a caminar por una cuerda floja sobre un foso de leones. Si el caballo decidía botarse o salir desbocado, Elena no tenía nada, absolutamente ningún freno físico para detenerlo. Dependía únicamente de la voluntad del animal de llevarla encima.
Pero Azabache no se movió. Se quedó firme, con las orejas atentas a los sutiles movimientos del peso del cuerpo de Elena. Ella presionó ligeramente con las pantorrillas y el caballo inició un paso elástico, fluido, perfecto. Con ligeras presiones de sus dedos en la base del cuello, lo guió en círculos, hizo un cambio de mano y luego, para pasmo absoluto de Ricardo, inició un trote corto, reunido, con una elegancia que parecía sacada de una exhibición de la Escuela de Jerez.
El caballo iba relajado, con el cuello arqueado de forma natural, sin tensiones, moviéndose en completa armonía con la chica. Era la imagen viva de la libertad compartida. No había sumisión por miedo; había orgullo de trabajar juntos.
Elena detuvo al caballo justo enfrente de Ricardo. Se deslizó por el costado del animal y volvió a poner los pies en el suelo, acariciándole el belfo. El semental resopló, completamente tranquilo.
Ricardo se quedó mudo. La sonrisa de suficiencia se le había borrado de la cara, sustituida por una expresión de pura envidia y frustración. El hombre que presumía de saberlo todo sobre caballos se acababa de dar cuenta de que una chica de veintitantos años, con recursos mínimos pero con una comprensión infinita, había logrado en meses lo que él no pudo conseguir con todos sus miles de euros y sus jinetes profesionales.
—Te compro el caballo —dijo Ricardo de golpe, sacando una cartera de cuero del bolsillo—. Te doy cincuenta mil euros ahora mismo. Duplicas lo que pagaste en la subasta y te ganas un buen dinero por el trabajo de estos meses. Es una oferta que no puedes rechazar, niña.
Yo miré a Elena. Cincuenta mil euros para una finca que estaba al borde de la quiebra era una fortuna. Significaba poder arreglar los techos de las cuadras, comprar pienso de primera calidad para todo el año y quitarse de encima las deudas que la ahogaban. Por un momento, temí que la dura realidad económica ganara la partida.
Elena miró los billetes que el hombre empezaba a contar, luego miró a Azabache, que restregaba su cabeza contra el hombro de ella de manera afectuosa. La respuesta de la chica fue inmediata, sin un ápice de duda, y me hizo comprender el verdadero calibre de su alma.
—Guárdese su dinero, don Ricardo —dijo Elena, mirándolo fijamente a los ojos—. Hay cosas que su dinero no puede comprar, y la dignidad de este caballo es una de ellas. Azabache no volverá a pisar una cuadra donde lo traten como a una mercancía. Este animal ya ha sufrido bastante por culpa del orgullo humano. Se queda aquí. Conmigo.
Ricardo se puso rojo de la ira. Guardó el dinero a trompicones, murmurando que era una estúpida, que se arrepentiría y que el caballo terminaría volviéndose loco otra vez. Se subió a su todoterreno y salió de la finca pegando un frenazo que levantó una nube de polvo.
Cuando el ruido del motor se disipó, Elena dejó escapar el aire que contenía. Se apoyó contra el cuello de Azabache y vi que le temblaban ligeramente las manos. Mantener esa postura de firmeza frente a un tipo poderoso requiere mucha energía.
—Has rechazado una fortuna, Elena —le dije, acercándome con cuidado—. Es encomiable, pero… ¿cómo vais a salir adelante? La finca necesita reformas y los gastos no perdonan.
Ella sonrió, limpiándose una lágrima rebelde que se le había escapado de la emoción.
—No sé cómo lo haremos, pero lo haremos —respondió con una fe inquebrantable—. Si hubiera vendido a Azabache a ese hombre, habría traicionado todo lo que soy. Habría vuelto a ser la niña de diecisiete años que se quedó de brazos cruzados viendo morir a Plata. Y eso no va a volver a pasar. Este caballo me ha salvado a mí tanto como yo a él. El dinero va y viene, pero la paz interior… eso no se negocia.
Un futuro sembrado de esperanza y libertad
Y vaya si salieron adelante. El destino, cuando haces las cosas desde el corazón y con la verdad por delante, suele encontrar la manera de equilibrar la balanza. La historia de lo que pasó en la subasta y el posterior desplante a don Ricardo no tardó en correr como la pólvora por todas las hípicas, foros y redes sociales del sector en España. Lo que empezó como un cotilleo de pueblo se convirtió en un fenómeno.
La gente empezó a interesarse de verdad por el método de Elena. No los criadores estirados que buscaban trofeos de plástico, sino propietarios desesperados que tenían caballos con problemas de conducta, animales que habían sido catalogados como “peligrosos” o “inútiles” por culpa de entrenamientos abusivos. El teléfono de “El Olivar de la Calma” empezó a sonar sin parar.
Elena no se volvió codiciosa. Mantuvo su filosofía intacta. Creó un programa de cursos de manejo pie a tierra y psicología equina para aficionados y profesionales. Yo mismo asistí al primero de ellos, y os puedo asegurar que aprendí más en tres días observando cómo Elena se comunicaba con los animales que en años de clases tradicionales de equitación. Ella no te enseñaba a usar las riendas; te enseñaba a usar tu energía, tu respiración y tu lenguaje corporal.
Con los ingresos de los cursos y de la rehabilitación de los caballos que le enviaban de todas partes de la península, la finca empezó a florecer de forma lógica y sostenible. Se construyeron nuevos paddocks en libertad, se mejoró el sistema de riego para que los pastos fueran más verdes y nutritivos, y se rehabilitó el viejo caserón de piedra, convirtiéndolo en un aula donde se impartían charlas teóricas sobre bienestar animal.
¿Y qué fue de Azabache, el semental indomable que inició todo esto?
Bueno, el tiempo pasó, y la transformación del caballo fue absoluta, convirtiéndose en el pilar fundamental de la finca. Dejó de ser el animal que causaba terror para convertirse en el mejor maestro de todos. Elena descubrió que Azabache tenía una sensibilidad extraordinaria para detectar las emociones de las personas. Cuando un alumno entraba al picadero con miedo o con exceso de ego —ese mal tan común en el mundo del caballo—, Azabache se lo hacía saber de inmediato mediante sutiles gestos de su cuerpo, obligando a la persona a revisarse por dentro antes de intentar conectar con él.
Se convirtió en el “caballo embajador” de la doma empática. Verlo trabajar con niños que sufrían de problemas de exclusión social o con personas que tenían fobias severas tras haber sufrido accidentes hípicos era algo digno de contemplar. El animal que antes utilizaba su fuerza para destruir y defenderse de la agresión, ahora utilizaba esa misma potencia para proteger y dar seguridad a los más vulnerables.
Recuerdo perfectamente una tarde de primavera, unos años después de aquella mítica subasta. El sol se estaba poniendo tras las colinas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Me encontraba sentado en el murete de piedra de la pista principal, compartiendo un trozo de queso y un buen vino de la tierra con Elena, mientras contemplábamos el horizonte.
En medio de la pista, Azabache pastaba libremente, sin cabezada ni atadura alguna. Su capa negra brillaba bajo los últimos rayos del sol como si estuviera hecha de seda pura. De repente, el caballo levantó la cabeza, miró hacia donde estábamos nosotros y, con un trote majestuoso, levantando las patas con una ligereza que parecía flotar sobre el suelo, se acercó al murete.
Se detuvo justo delante de nosotros. Elena estiró la mano y el semental apoyó su enorme y suave belfo en la palma de ella, entornando los ojos con una paz absoluta. No había cuerdas, no había espuelas, no había látigos. Solo había dos almas que se habían encontrado en el momento de mayor oscuridad de ambos y que habían decidido ayudarse mutuamente a encontrar la luz.
—¿Sabes una cosa? —me dijo Elena, sin dejar de acariciar al animal, con una voz cargada de una madurez ganada a pulso—. A veces miro atrás y pienso en toda la gente que en aquella subasta gritaba que este caballo no tenía solución, que lo mejor era enviarlo al matadero para evitar problemas. Y me doy cuenta de que el mundo está lleno de gente que prefiere destruir lo que no entiende antes que hacer el esfuerzo de comprenderlo.
Yo asentí con la cabeza, dándole un sorbo al vino. Tenía toda la razón del mundo. Nos da miedo lo diferente, nos asusta lo que no podemos controlar mediante la fuerza bruta, y tendemos a etiquetar como “malo” o “salvaje” todo aquello que simplemente está sufriendo o defendiéndose de nuestra propia torpeza.
—Azabache no era indomable —continuó Elena, mirando fijamente los ojos oscuros y profundos del semental, donde ahora se reflejaba la calma de la tarde—. Ningún caballo lo es de nacimiento. Lo único que necesitaba era que alguien tuviera el valor de dejar de luchar contra él y empezara, de una vez por todas, a caminar a su lado. El amor y el respeto no son debilidad; son la fuerza más grande que existe, solo que requiere mucha más valentía usar el corazón que usar el látigo.
El semental dejó escapar un largo resoplido de satisfacción, como si estuviera de acuerdo con cada una de las palabras de su compañera, y luego se dio la vuelta lentamente para seguir pastando bajo el cielo estrellado de la sierra. Y allí, en el silencio de la noche andaluza, comprendí que la verdadera doma, la que realmente importa, no consiste en romper las piernas ni el espíritu de un animal para que obedezca nuestras órdenes, sino en abrir de par en par las puertas de la empatía para que decida, por voluntad propia, compartir su majestuosa libertad con nosotros.