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Nadie quiso escuchar al “loco” de la cueva… hasta que el frío llegó de verdad

Parte II: El profeta del estiércol y las latas de atún

Para entender cómo llegamos a esta ratonera congelada, tengo que dar marcha atrás unos meses. Yo no soy de aquí. Llegué a este pueblo de la sierra de Guadarrama hace cinco años buscando paz, montando un taller de restauración de muebles antiguos que, francamente, me daba para vivir sin grandes lujos pero sin jefes con corbata. Soy un tío práctico. He visto mundo, he trabajado en la construcción, he estado en el monte. Sé distinguir a un excéntrico de un perturbado peligroso.

Julián era el excéntrico oficial del pueblo. Vivía en una casa de piedra medio en ruinas a las afueras, casi pegada a la falda de la montaña donde se abre la boca de la Cueva del Moro, un sistema de galerías subterráneas que los espeleólogos locales habían cartografiado a medias en los años setenta y luego olvidaron. Julián había sido minero en Asturias en su juventud, de los que bajaban con el pico cuando la seguridad era un chiste y el grisú se cobraba amigos cada mes. Tenía los pulmones tocados, los dedos como porras y una forma de mirar de soslayo que a la gente bien del pueblo le ponía nerviosa.

En julio, cuando estábamos a treinta y ocho grados a la sombra y los madrileños subían en masa a comer asado y a quejarse del calor, Julián empezó a bajar al pueblo con un carretón de madera arrastrado por un viejo motocultor que hacía más ruido que una mascletá. ¿Qué llevaba? Latas de conserva. Cientos de ellas. Iba al supermercado de la cooperativa y le compraba a la Puri todo el stock de legumbres secas, sacos de arroz de veinte kilos, botes de aceite y aceite para lámparas.

—¿Qué pasa, Julián? ¿Vas a montar un economato para la Tercera Guerra Mundial? —le soltó un día Tomás, el alcalde, desde la terraza del bar, rodeado de sus palmeros habituales.

Julián no se paró. Apagó el motor del motocultor, que soltó un petardazo, se limpió el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas que parecía haber visto tiempos mejores y miró al cielo. Un cielo azul, limpio, abrasador.

—Este año el sol está rabioso, Tomás. Y cuando el sol se vuelve tan loco en verano, la tierra pasa factura en invierno. Viene el año del hielo. El de verdad. El que limpia las rastrojeras y raja las piedras. Vosotros seguid gastando el dinero en esa acera nueva con bombillitas LED, que cuando llegue diciembre os vais a tener que comer los cables para no congelaros las tripas.

La gente se partía de risa. Yo estaba allí, tomando una caña tras lijar una cómoda de caoba, y admito que me pareció una exageración de viejo cascarrabias. Todos los viejos dicen que antes los inviernos eran más duros, que caían nevadas que tapaban las puertas de las casas, que el lobo bajaba hasta el abrevadero… Es el sesgo de la nostalgia, piensas. La memoria tiende a exagerar los dramas de la infancia. Qué equivocado estaba. Qué jodidamente ciego estaba yo también.

A partir de agosto, la cosa se volvió más rara. Julián empezó a subir troncos de encina hacia la Cueva del Moro. No los guardaba en su leñera; los metía en la cueva. Contrató a dos chavales rumanos que trabajaban en la resina para que le ayudaran a portear sacos de carbón vegetal y garrafas de queroseno montaña arriba. Los chavales cobraban en botes de quinientos euros en mano que el viejo sacaba de debajo de una baldosa de su cocina, supongo que los ahorros de toda una vida en la mina.

Tomás intentó pararlo. Le mandó al alguacil con una denuncia por “uso indebido del patrimonio natural” y no sé qué milongas medioambientales de la Comunidad de Madrid. La cueva estaba catalogada como zona de especial protección para los murciélagos, o alguna gilipollez similar.

Yo mismo hablé con Julián un día de septiembre. Lo encontré en el camino del monte, descansando junto a su motocultor que parecía pedir la extremaunción.

—Julián, te vas a buscar una ruina con el ayuntamiento —le dije, ofreciéndole un cigarrillo. Me lo aceptó de buena gana, encendiéndolo con un mechero de mecha que no fallaba nunca—. Te van a meter una multa que te van a quitar la pensión.

El viejo dio una calada honda, reteniendo el humo en esos pulmones curtidos en carbón, y luego lo soltó despacio, mirando hacia la cumbre de la Peñota.

—Manuel, tú pareces el único con dos dedos de frente en este nido de tontos —me dijo, y su voz no tenía el tono histriónico que usaba en la plaza—. La naturaleza no avisa con cartas certificadas. Avisa con los animales, con el viento, con el olor del agua. ¿Has visto las hormigas? Están cavando a doble profundidad este año. ¿Has visto los tejos? No han dado ni una baya, se están guardando la savia dentro, bien abajo. El suelo sabe lo que viene. La cueva tiene una temperatura constante de once grados todo el año, da igual que fuera haga cuarenta o que caiga el fin del mundo. Si la cosa se pone fea, allí abajo se vive. Aquí arriba, en estas casas de ladrillo visto y ventanas de aluminio barato que hace el constructor amigo del alcalde, os vais a morir como pajaritos en una jaula de alambre.

—Es solo un cambio de ciclo, Julián —le repliqué, intentando sonar razonable, como el típico urbanita que ha leído un par de artículos sobre el cambio climático—. Un año llueve más, otro menos. No estamos en Siberia.

Me miró con una lástima que me revolvió las tripas. No era la mirada de un loco; era la de un médico que ve a un paciente fumarse un paquete de tabaco tras un infarto.

—No sabéis nada —sentenció—. Os habéis creído que el progreso es un paraguas que os va a tapar siempre. Cuando el paraguas se rompa, y se va a romper este año, búscame. Si te queda aire para subir la cuesta, búscame.

No le hice caso. Nadie le hizo caso. En octubre, el ayuntamiento emitió un bando prohibiendo el acceso a la Cueva del Moro por “motivos de seguridad sanitaria y conservación del ecosistema troglodita”. Pusieron una cadena gruesa con un candado en la entrada de la cavidad. Julián bajó al bar esa misma noche, miró fijamente a Tomás, escupió en el suelo de terrazo y le dijo:

—Ese candado tuyo lo va a abrir el frío antes de que termine el año, alcalde. Y vendrás a pedirme la llave de rodillas.

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