Para entender cómo llegamos a esta ratonera congelada, tengo que dar marcha atrás unos meses. Yo no soy de aquí. Llegué a este pueblo de la sierra de Guadarrama hace cinco años buscando paz, montando un taller de restauración de muebles antiguos que, francamente, me daba para vivir sin grandes lujos pero sin jefes con corbata. Soy un tío práctico. He visto mundo, he trabajado en la construcción, he estado en el monte. Sé distinguir a un excéntrico de un perturbado peligroso.
Julián era el excéntrico oficial del pueblo. Vivía en una casa de piedra medio en ruinas a las afueras, casi pegada a la falda de la montaña donde se abre la boca de la Cueva del Moro, un sistema de galerías subterráneas que los espeleólogos locales habían cartografiado a medias en los años setenta y luego olvidaron. Julián había sido minero en Asturias en su juventud, de los que bajaban con el pico cuando la seguridad era un chiste y el grisú se cobraba amigos cada mes. Tenía los pulmones tocados, los dedos como porras y una forma de mirar de soslayo que a la gente bien del pueblo le ponía nerviosa.
En julio, cuando estábamos a treinta y ocho grados a la sombra y los madrileños subían en masa a comer asado y a quejarse del calor, Julián empezó a bajar al pueblo con un carretón de madera arrastrado por un viejo motocultor que hacía más ruido que una mascletá. ¿Qué llevaba? Latas de conserva. Cientos de ellas. Iba al supermercado de la cooperativa y le compraba a la Puri todo el stock de legumbres secas, sacos de arroz de veinte kilos, botes de aceite y aceite para lámparas.
—¿Qué pasa, Julián? ¿Vas a montar un economato para la Tercera Guerra Mundial? —le soltó un día Tomás, el alcalde, desde la terraza del bar, rodeado de sus palmeros habituales.
Julián no se paró. Apagó el motor del motocultor, que soltó un petardazo, se limpió el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas que parecía haber visto tiempos mejores y miró al cielo. Un cielo azul, limpio, abrasador.
—Este año el sol está rabioso, Tomás. Y cuando el sol se vuelve tan loco en verano, la tierra pasa factura en invierno. Viene el año del hielo. El de verdad. El que limpia las rastrojeras y raja las piedras. Vosotros seguid gastando el dinero en esa acera nueva con bombillitas LED, que cuando llegue diciembre os vais a tener que comer los cables para no congelaros las tripas.
La gente se partía de risa. Yo estaba allí, tomando una caña tras lijar una cómoda de caoba, y admito que me pareció una exageración de viejo cascarrabias. Todos los viejos dicen que antes los inviernos eran más duros, que caían nevadas que tapaban las puertas de las casas, que el lobo bajaba hasta el abrevadero… Es el sesgo de la nostalgia, piensas. La memoria tiende a exagerar los dramas de la infancia. Qué equivocado estaba. Qué jodidamente ciego estaba yo también.
A partir de agosto, la cosa se volvió más rara. Julián empezó a subir troncos de encina hacia la Cueva del Moro. No los guardaba en su leñera; los metía en la cueva. Contrató a dos chavales rumanos que trabajaban en la resina para que le ayudaran a portear sacos de carbón vegetal y garrafas de queroseno montaña arriba. Los chavales cobraban en botes de quinientos euros en mano que el viejo sacaba de debajo de una baldosa de su cocina, supongo que los ahorros de toda una vida en la mina.
Tomás intentó pararlo. Le mandó al alguacil con una denuncia por “uso indebido del patrimonio natural” y no sé qué milongas medioambientales de la Comunidad de Madrid. La cueva estaba catalogada como zona de especial protección para los murciélagos, o alguna gilipollez similar.
Yo mismo hablé con Julián un día de septiembre. Lo encontré en el camino del monte, descansando junto a su motocultor que parecía pedir la extremaunción.
—Julián, te vas a buscar una ruina con el ayuntamiento —le dije, ofreciéndole un cigarrillo. Me lo aceptó de buena gana, encendiéndolo con un mechero de mecha que no fallaba nunca—. Te van a meter una multa que te van a quitar la pensión.
El viejo dio una calada honda, reteniendo el humo en esos pulmones curtidos en carbón, y luego lo soltó despacio, mirando hacia la cumbre de la Peñota.
—Manuel, tú pareces el único con dos dedos de frente en este nido de tontos —me dijo, y su voz no tenía el tono histriónico que usaba en la plaza—. La naturaleza no avisa con cartas certificadas. Avisa con los animales, con el viento, con el olor del agua. ¿Has visto las hormigas? Están cavando a doble profundidad este año. ¿Has visto los tejos? No han dado ni una baya, se están guardando la savia dentro, bien abajo. El suelo sabe lo que viene. La cueva tiene una temperatura constante de once grados todo el año, da igual que fuera haga cuarenta o que caiga el fin del mundo. Si la cosa se pone fea, allí abajo se vive. Aquí arriba, en estas casas de ladrillo visto y ventanas de aluminio barato que hace el constructor amigo del alcalde, os vais a morir como pajaritos en una jaula de alambre.
—Es solo un cambio de ciclo, Julián —le repliqué, intentando sonar razonable, como el típico urbanita que ha leído un par de artículos sobre el cambio climático—. Un año llueve más, otro menos. No estamos en Siberia.
Me miró con una lástima que me revolvió las tripas. No era la mirada de un loco; era la de un médico que ve a un paciente fumarse un paquete de tabaco tras un infarto.
—No sabéis nada —sentenció—. Os habéis creído que el progreso es un paraguas que os va a tapar siempre. Cuando el paraguas se rompa, y se va a romper este año, búscame. Si te queda aire para subir la cuesta, búscame.
No le hice caso. Nadie le hizo caso. En octubre, el ayuntamiento emitió un bando prohibiendo el acceso a la Cueva del Moro por “motivos de seguridad sanitaria y conservación del ecosistema troglodita”. Pusieron una cadena gruesa con un candado en la entrada de la cavidad. Julián bajó al bar esa misma noche, miró fijamente a Tomás, escupió en el suelo de terrazo y le dijo:
—Ese candado tuyo lo va a abrir el frío antes de que termine el año, alcalde. Y vendrás a pedirme la llave de rodillas.
Esa fue la última vez que lo vimos en el pueblo. Se encerró en su casa o en la cueva, nadie lo sabía a ciencia cierta. Los vecinos lo rebautizaron definitivamente como “El loco de la cueva”. Un personaje folclórico más para contarle a los domingueros que venían a comprar pan de hogaza y queso de cabra.
Parte III: La caída del gigante de cristal
El desastre no empezó con una tormenta espectacular de película de Hollywood. Empezó con un silencio espeso.
A mediados de noviembre, el cielo se cubrió de un manto gris plomizo, un color sucio, como de panza de burro, que se quedó estancado entre las montañas. No soplaba ni una gota de viento. La presión atmosférica cayó a niveles que hacían que te dolieran los oídos y los perros del pueblo empezaron a aullar por las noches, un coro fúnebre que te ponía los pelos de punta cuando intentabas dormir.
El primer aviso serio fue el agua. Una mañana me levanté para lavarme la cara y del grifo solo salió un susurro de aire seco. Las tuberías generales, las que venían del depósito del monte, se habían congelado a tres metros bajo tierra. No era normal. Para que el suelo se congele a esa profundidad se necesita un frío continuado y brutal, pero el termómetro exterior solo marcaba tres bajo cero. Ahí fue cuando me di cuenta de que este frío no venía de los lados; venía de arriba, de las capas altas de la atmósfera, un vórtice polar que se estaba descolgando directamente sobre la península como una campana de cristal congelado.
Al día siguiente, la telefonía móvil desapareció. Las antenas, sobrecargadas por las heladas y la falta de mantenimiento de las compañías que recortaban costes en las zonas rurales, se quedaron sin señal. Estábamos incomunicados.
—Esto se pasa en dos días —decía Tomás en la plaza, rodeado de un grupo de vecinos que empezaban a mirar de reojo los depósitos de gasoil—. Ya he llamado a la delegación del gobierno desde el fijo del ayuntamiento antes de que se cortara la línea. Van a mandar las quitanieves si empieza a nevar.
Pero es que no nevaba. Ese era el puto problema. Si nieva, la nieve hace de capa aislante sobre el suelo; mantiene la temperatura de la tierra cerca de los cero grados. Pero esto era “helada negra”. Un frío seco, cortante, que desecaba las plantas hasta convertirlas en polvo y resquebrajaba el asfalto como si fuera galleta hojaldrada.
El viernes por la noche la red eléctrica estalló. Estaba en mi taller intentando terminar de barnizar una mesa cuando escuché un estruendo prolongado en la montaña. Miré por la ventana y vi una serie de fogonazos azules y verdes que iluminaron los riscos de granito. Las líneas de alta tensión, tensadas al límite por la contracción del metal debido al frío extremo, habían empezado a partirse como cuerdas de guitarra demasiado apretadas. Los cables caían sobre el monte provocando pequeños fuegos que se apagaban al instante, consumidos por la falta de humedad del aire.
Ahí empezó el pánico de verdad.
Sin electricidad, las bombas de las calderas de gasoil dejaron de funcionar. Las casas, construidas con materiales modernos pero con un aislamiento térmico penoso pensados para inviernos estándar, empezaron a perder calor a un ritmo espantoso. En cuatro horas, la temperatura interior de mi casa bajó de los veinte grados a los cuatro. Podías ver tu propio aliento dentro del salón, flotando como humo de tabaco.
Intenté encender la chimenea de leña que tengo en el taller, pero el tiro estaba tan sumamente frío que el aire no subía; el humo revotaba y volvía a entrar en la habitación, asfixiándome. Tuve que apagarla a toda prisa echándole arena.
Fue entonces cuando me acordé de Mateo. Mateo es el hijo de la Puri, la de la tienda. Un chaval de veinte años, fuerte, pero un poco alocado, de los que creen que con una sudadera de marca y un coche con tracción a las cuatro ruedas eres inmortal. Había ido a buscar a su novia al pueblo de al lado por la carretera vieja de la sierra. No había regresado.
Salí a buscarlo a pie porque mi coche, un diésel con diez años, tenía el motor bloqueado; el aceite se había vuelto tan viscoso que el motor de arranque ni siquiera hacía el intento de girar. Al salir a la calle, el frío me golpeó el pecho con la fuerza de un boxeador. Cada inspiración me quemaba las vías respiratorias; sentía los alvéolos crujir. Tenías que respirar a través de la bufanda, despacio, filtrando el aire para no dañarte los pulmones.
Lo encontré a dos kilómetros del pueblo. Su coche se había salido de la calzada al deslizarse sobre una placa de hielo negro invisible. Estaba empotrado contra un muro de piedra seca. El motor estaba apagado y él estaba dentro, tiritando de forma descontrolada, con los ojos vidriosos. Su novia afortunadamente se había quedado en su casa, él había intentado volver solo. Cuando lo saqué del habitáculo, apenas podía mantener el equilibrio. Sus manos estaban desnudas; se había dejado los guantes en el asiento trasero y había intentado cambiar una rueda antes de rendirse.
Ahí es donde engancha la escena de la iglesia. Ahí es donde comprendí que el ser humano es una especie ridículamente frágil cuando le quitas el enchufe.
Parte IV: El altar de los desahuciados
Volvemos a la nave de la iglesia de San Ildefonso. El espacio es enorme, los techos son altísimos, de madera policromada del siglo XVI. Hermoso para una foto turística en primavera, un ataúd de hielo gigante ahora mismo. El aire interior está a unos ocho o diez bajo cero. Las pocas velas que quedan encendidas arrojan sombras gigantescas y grotescas sobre los santos de madera, que parecen mirar la escena con la misma indiferencia gélida que el cielo exterior.
Julián seguía de pie junto a la pila bautismal, con las manos metidas en los bolsillos de su chaquetón de borrego. Nadie le decía nada. Los mismos que hace dos semanas le gritaban «¡Búscate una mujer, viejo, a ver si se te pasa la tontería!» ahora lo miraban como los náufragos miran al tiburón que ronda la balsa: con una mezcla de terror y la secreta esperanza de que no tenga hambre.
Tomás, el alcalde, intentó mantener una brizna de esa autoridad de pacotilla que da el bastón de mando y el sueldo público. Se acercó a Julián arrastrando los pies, envuelto en una colcha de matrimonio que le daba el aspecto de un rey de comedia barata.
—Julián… tenemos que ser solidarios —dijo Tomás, y la voz le temblaba no sé si de frío o de vergüenza—. Los niños se están congelando. Las tuberías se han roto todas. La ayuda no va a llegar hasta que el temporal amaine, nos lo han dicho por radio antes de que cayera todo… bueno, nos lo imaginamos. Hay que hacer un plan. Tú tienes leña en tu casa, tienes víveres…
Julián soltó una carcajada seca, una tos que sonó a lija contra metal.
—¿Mi casa? Mi casa está tan fría como esta iglesia, Tomás. Yo no soy gilipollas. Llevo tres días durmiendo en la cueva. Allí abajo estamos a once grados sobre cero. ¿Sabes lo que son once grados ahora mismo? La puta gloria. Podrías estar en manga de camisa si te mueves un poco.
Un murmullo recorrió la iglesia. Once grados. Para gente que estaba sintiendo cómo los dedos de los pies se les quedaban insensibles dentro de los zapatos, once grados sonaba a las playas del Caribe.
—¿Y por qué no nos lo dijiste antes? —gritó la Puri desde el suelo, mientras frotaba las piernas de su hijo Mateo con una manta vieja—. ¡Pudimos haber subido las cosas allí! ¡Mi hijo se está muriendo por tu culpa, viejo egoísta!
Esa es la clásica reacción de la gente cuando se da de bruces con su propia incompetencia: culpar al que sí hizo los deberes. Me dio un asco tremendo oírla, y mira que le tengo aprecio a la Puri, pero el miedo saca la miseria que llevamos dentro de una manera limpísima.
—¿Que no os lo dije? —Julián dio un paso al frente, y por primera vez vi rabia real en sus ojos—. ¡Os lo grité en la plaza! ¡Os lo puse por escrito cuando me plantasteis la denuncia! Tú, Puri, me cobraste los sacos de arroz a precio de oro porque decías que te descuadraba el almacén. Y tú, alcalde, me pusiste una cadena y un candado de tres kilos en la entrada de la cueva porque decías que molestaba a los murciélagos. ¿Ahora qué? ¿Le vais a pedir calor a los murciélagos? ¿Vais a quemar los expedientes del ayuntamiento para calentaros dos horas?
—Julián, por favor —intervino el cura, Don Alfonso, un hombre ya mayor que apenas podía sostenerse en pie, con las manos metidas en unos guantes de lana sin dedos—. No es momento para reproches. La soberbia es un pecado, pero la falta de caridad es peor. Hay niños aquí. Si esa cueva es segura, guíanos. Dios te lo pagará.
Julián miró al cura. Había respeto ahí, supongo que porque el viejo recordaba los tiempos de la mina donde la fe era lo único que te quedaba cuando el puntal crujía.
—Dios no paga en queroseno, Don Alfonso. Pero tiene razón en una cosa: los críos no tienen la culpa de tener unos padres tan rematadamente lerdos.
El viejo se giró hacia mí.
—Manuel, tú estás fuerte. ¿Cuánto gasoil te queda en el bidón del taller?
—Tengo unos veinte litros de gasoil del bueno, del que no se congela tan fácil, que guardaba para la furgoneta —le contesté—. Pero el motor está bloqueado.
—No queremos el motor, queremos el combustible —sentenció Julián—. Ve a buscarlo. Y traed todas las mantas que tengáis, pero las buenas, nada de edredones de plumas sintéticas que si se mojan con el sudor no valen para nada. Mantas de lana, de las de antes. Y linternas. Si las pilas están frías, metéroslas en los sobacos para que revivan. Nos vamos a la cueva. Ahora mismo. Quien no esté listo en diez minutos, se queda aquí a rezar el próximo misterio.
Nadie protestó. La autoridad del alcalde se había desintegrado como un cubito de hielo en el café caliente. El mando lo tenía el minero, el hombre que sabía lo que era vivir bajo tierra, el que entendía que frente a la naturaleza no se negocia: se sobrevive.
Parte V: La procesión de las sombras
La subida a la Cueva del Moro fue un infierno que dudo que olvide mientras viva. Eran apenas dos kilómetros de ascensión por un sendero que en verano hacías en veinte minutos paseando con una botella de agua en la mano. Esa noche nos costó casi tres horas.
El viento se había calmado un poco, gracias a Dios, pero eso significaba que el frío se asentaba con más fuerza si cabe, como una losa de plomo sobre la ladera. Éramos una hilera de unos cuarenta espectros parpadeando en la oscuridad con linternas cuyos haces de luz morían a los pocos metros debido a la densidad del aire congelado.
Yo iba en la cabecera, cargando con el bidón de veinte litros a la espalda y ayudando a sostener a Mateo, que caminaba como un zombi, arrastrando los pies y balbuceando incoherencias sobre su coche y el examen de la universidad. Detrás venían las madres con los niños pequeños, envueltos en tantas capas de ropa que parecían fardos de mercancía, y al final de la comitiva, cerrando la marcha, Julián y el alcalde, que caminaba arrastrando la colcha que ya estaba gris de la escarcha.
Cada pocos metros, alguien se caía. El suelo era pura roca viva cubierta por una fina película de hielo transparente, el “hielo negro” del que os hablé. Si te caías, no te hacías un raspón; la roca estaba tan fría que te arrancaba la piel si la tocabas con la mano desnuda. Tuvimos que improvisar cuerdas atando bufandas y cinturones para que la gente no se despeñara por los terraplenes del arroyo seco.
—¡No os paréis! —gritaba Julián desde atrás con una voz que parecía mentira que saliera de ese cuerpo achacoso—. ¡Si os sentáis a descansar, os quedáis tiesos en cinco minutos! ¡Seguid las pisadas de Manuel!
A mitad de camino, la señora Asunción, una mujer de setenta años que vivía sola cerca de la farmacia, se plantó en una roca. No podía más. Su respiración era un silbido agudo, asmático.
—Dejadme aquí —decía, con una sonrisa extraña, casi plácida—. Tengo sueño. Hace calor aquí en la piedra, de verdad. Dejadme que descanse un rato.
Se me heló la sangre. El “abrazo del oso” otra vez. Estaba entrando en la fase final de la hipotermia. Me solté de Mateo, le pasé el bidón a uno de los rumanos que subía en silencio y me acerqué a la Asunción. La cogí por las solapas del abrigo y la sacudí con fuerza.
—¡Asunción, mírame! —le grité en la cara—. ¿Se acuerda de la mesa de comedor de su madre? La que tengo en el taller para restaurar. Si se muere aquí, la quemo para calentar a los niños, le juro que la hago astillas mañana mismo.
La anciana parpadeó, la provocación pareció encender una última chispa de orgullo en sus ojos apagados. La madre de Asunción había sido una mujer de armas tomar y esa mesa era el orgullo de la familia.
—No te atrevas… malnacido… —balbuceó.
—Pues mueva las piernas entonces —la levanté a pulso. Pesaba poco, la pobre, desgastada por los años y la mala vida del pueblo—. Vamos, arriba.
Estas son las cosas que no te cuentan en los manuales de supervivencia. En situaciones límite, la cortesía y la amabilidad son lujos que no te puedes permitir. A veces, un insulto o una amenaza bien colocada salvan más vidas que un abrazo. Suena duro, sí, pero es la puta verdad. Yo lo aprendí en la montaña y esa noche lo confirmé.
Por fin, tras lo que pareció una eternidad de sufrimiento, llegamos a la repisa de la cueva. La entrada era una hendidura oscura en la pared de granito, imponente, como la boca de un monstruo de piedra. La cadena que el ayuntamiento había puesto en octubre estaba allí, reluciente bajo la escarcha. El candado de acero cromado parecía soldado por el hielo a la roca.
Tomás se acercó, tiritando de forma lamentable, buscando la llave en sus bolsillos con unos dedos que parecían salchichas congeladas. Se le cayó dos veces al suelo. Cuando por fin logró meterla en el ojo del candado, la giró con demasiada fuerza. Un “clack” seco resonó en la montaña. La llave se había partido por la mitad dentro del bombín. El metal, debilitado por el frío extremo, se vuelve frágil como el vidrio.
—¡Se ha roto! —grito Tomás, al borde del ataque de nervios, con lágrimas que amenazaban con brotarle—. ¡No abre! ¡Nos quedamos fuera!
La gente empezó a gritar, el pánico colectivo volvió a encenderse como la pólvora. Estábamos a las puertas del refugio y la burocracia congelada nos dejaba morir en el umbral.
—Quita, inútil —Julián se abrió paso entre la multitud. No llevaba llaves. Llevaba en la mano una maza de minero de dos kilos, de hierro macizo, que había subido atada a la cintura.
No se lo pensó dos veces. Apoyó el candado contra el granito de la pared y le propinó un golpe certero, seco, con la fuerza de un hombre que lleva cuarenta años picando piedra. El candado no se abrió; estalló en mil pedazos de metralla metálica. El frío había hecho el trabajo sucio, volviendo el acero tan quebradizo que la maza lo desintegró.
Julián tiró de la cadena, que cayó al suelo con un tintineo que nos sonó a música celestial.
—Bienvenidos a mi palacio, atajo de idiotas —dijo, apartándose a un lado—. Entrad despacio y no toquéis las paredes si no queréis dejaros la piel pegada a la roca.
Parte VI: El vientre de la tierra
Cruzar el umbral de la Cueva del Moro fue como entrar en otra dimensión. Al avanzar apenas diez metros por la galería principal, el viento desapareció por completo. El silencio ya no era el silencio amenazante del exterior, sino un silencio denso, protector, casi maternal.
Y el calor. Dios mío, el calor. No es que hiciera calor de playa, recordad que estábamos a unos once grados, pero comparado con los veinticinco bajo cero de la calle, aquello parecía un baño turco. La gente empezó a abrirse las chaquetas de golpe, jadeando, como si les faltara el aire. Los rostros, entumecidos por el frío, empezaron a recuperar el color, tiñéndose de un rojo encendido a medida que la circulación sanguínea regresaba a los capilares de la piel. Eso escocía como mil demonios, se oían quejidos por todas partes, pero eran quejidos de vida.
La cueva era inmensa. Julián nos guio por una galería amplia, con el suelo relativamente llano, hasta llegar a una gran sala circular que él llamaba “La Catedral”. Allí entendimos el alcance de la “locura” del viejo.
En los laterales de la sala había perfectamente apilados metros cúbicos de leña de encina seca. Había hileras de bidones de agua de cincuenta litros, cajas de plástico herméticas con miles de latas de conserva, sacos de legumbres, cocinas de gas de camping con decenas de cartuchos de repuesto, mantas militares de lana gruesa y un par de generadores eléctricos de gasolina que, aunque no podíamos encender dentro por los gases de monóxido, demostraban que el tío había planificado aquello como un búnker militar.
—Acomodaos en el centro —ordenó Julián, encendiendo un quinqué de queroseno que inundó la sala de una luz amarilla y cálida—. No os peguéis a las paredes, que la piedra destila humedad y os vais a enfriar los riñones. Manuel, trae ese gasoil. Vamos a encender una estufa de fundición que instalé el mes pasado. El humo sale por una chimenea natural que conecta con una grieta de la cumbre, no os preocupéis por el aire.
Entre los dos rumanos y yo pusimos en marcha la estufa. Era un armatoste de hierro colgado que Julián había subido pieza a pieza durante el verano. En cuanto el gasoil empezó a quemarse y el hierro se puso al rojo vivo, el ambiente de la sala se volvió verdaderamente confortable.
La gente se fue sentando en el suelo, sobre lonas impermeables que el viejo había dispuesto. Nadie hablaba. La humillación colectiva era palpable. Tomás, el alcalde, estaba sentado en un rincón, con la colcha gris sobre los hombros, mirando fijamente una lata de sardinas que Julián le había entregado sin mirarle a la cara. El hombre que manejaba los presupuestos del municipio, el que decidía las subvenciones y salía en las fotos de las fiestas patronales, dependía de la caridad de un jubilado al que había intentado multar por “vago y maleante”.
Yo me acerqué a Julián, que estaba comprobando la presión de una de las bombonas de gas.
—Esto es increíble, viejo —le dije, ofreciéndole otro cigarrillo. Esta vez compartimos el fuego de la estufa—. Nos has salvado el cuello a todos. Si no es por ti, mañana el telediario abre con el entierro de medio pueblo.
Julián dio una calada, mirando hacia la oscuridad de las galerías profundas.
—A mí el pueblo me la suda, Manuel —dijo con total frialdad—. Si por mí fuera, a Tomás y a un par de los del bar los habría dejado fuera para que sirvieran de espantapájaros congelados. Pero los críos… y tú, que eres buen chaval. Uno no puede llamarse hombre si se queda durmiendo caliente sabiendo que hay niños muriéndose a un kilómetro de su cama. Pero no te equivoques: esto no es un campamento de vacaciones. El frío de verdad acaba de llegar. Esto va a durar semanas.
—¿Semanas? —le miré con incredulidad—. Venga ya, Julián. Un temporal de estos dura tres o cuatro días, luego viene el anticiclón y la cosa se normaliza. Las quitanieves del ejército abrirán la carretera principal en nada.
Julián se giró despacio y me puso una mano en el hombro. Tenía los dedos templados por el calor de la cueva, pero su tacto fue pesado, firme.
—Manuel, tú eres de ciudad y tienes la cabeza llena de historias de la televisión. Esto no es un temporal. Esto es la ruptura del vórtice. El aire del polo se ha desparramado hacia el sur y no hay nada que lo pare porque el océano está caliente y empuja por abajo. Se va a formar un tapón de alta presión sobre la península que va a congelar todo el agua dulce de este país. Los ríos se van a parar. Las presas se van a congelar por arriba. No va a haber ejército que valga porque sus camiones tampoco van a arrancar. Estamos solos. Durante un mes, como mínimo, nuestra civilización mide lo que mide esta cueva. Así que guarda bien ese tabaco, porque dentro de diez días va a valer más que el oro.
Me quedé helado, y esta vez no fue por la temperatura ambiental. La lógica de Julián era aplastante, desprovista de cualquier optimismo ingenuo. Miré a mi alrededor: la Puri intentaba alimentar a Mateo con un poco de caldo caliente cocinado en un hornillo; el cura rezaba en voz baja, esta vez de agradecimiento; los niños se habían quedado dormidos, arropados por las mantas militares. Aquella cueva era, literalmente, el arca de Noé de la sierra madrileña. Y el diluvio era de hielo.
Parte VII: La rutina de la supervivencia
Los días se convirtieron en una masa gris e indistinguible. Sin luz solar, el tiempo pierde su estructura; solo sabíamos si era de día o de noche porque Julián tenía un reloj de pulsera de cuerda de los antiguos, un Omega que no dependía de pilas ni de campos electromagnéticos.
La convivencia en un espacio cerrado con cuarenta personas que se odian o se envidian en tiempos de paz es un ejercicio de equilibrismo social extremo. Al tercer día, la falta de intimidad y el racionamiento de la comida empezaron a hacer mella en los nervios de los vecinos.
—¿Por qué tenemos que comer solo una ración de lentejas al día si el viejo tiene el almacén lleno? —protestó una tarde el Paco, el dueño del taller mecánico del pueblo, un tipo con más tripa que luces—. Que nos venda las cajas, yo le firmo un pagaré o le transfiero el dinero en cuanto vuelva la cobertura. Yo no paso hambre por el capricho de un minero loco.
Julián ni se inmutó. Estaba limpiando un candil. Fue el alcalde quien se levantó, sorprendentemente. Tomás parecía haber madurado diez años en tres días; la colcha ya no le quedaba como un disfraz, sino como una mortaja de su antigua vida.
—Cállate la boca, Paco —le espetó Tomás con una autoridad que no le conocía—. Tus pagarés ahora mismo valen menos que el papel higiénico que estamos racionando. Si Julián abre el almacén y comemos como cerdos, en diez días estaremos masticando piedras. Aquí se hace lo que diga el dueño de la comida. Y si no te gusta, la puerta está ahí fuera. A veintiséis bajo cero se aclaran las ideas muy rápido.
Paco se calló, refunfuñando, pero la semilla del descontento estaba plantada. Yo sabía, por mi experiencia en situaciones tensas, que el ser humano tolera bien el dolor físico a corto plazo, pero la incertidumbre del mañana lo vuelve loco.
Tuvimos que organizar turnos. Turnos para limpiar las letrinas improvisadas que habíamos instalado en una galería secundaria profunda, cuidando de que los desperdicios no contaminaran las zonas de descanso; turnos para vigilar la estufa; turnos para bajar al pueblo a por más leña o suministros que hubieran quedado en las casas.
Yo me presenté voluntario para las misiones de descenso. Bajar al pueblo era como visitar una ciudad fantasma en la Antártida. Las calles estaban cubiertas por una costra de hielo tan dura que podías caminar sobre ella sin dejar huella. Las casas parecían bloques de hielo tallados; los carámbanos que colgaban de los canalones median más de dos metros, como lanzas de cristal apuntando al suelo.
En uno de esos viajes, bajé con Mateo, que ya se había recuperado del todo gracias a su juventud y a las mantas de Julián. Fuimos a mi taller a buscar unas herramientas y un saco de sal industrial que tenía para los caminos. Al entrar en mi casa, la sensación de abandono era total. El agua de la pecera del salón se había congelado por completo, convirtiéndose en un bloque macizo donde los peces de colores parecían suspendidos en una animación suspendida eterna, como joyas incrustadas en cristal. Se me cayó el alma a los pies. Cinco años de trabajo, mis muebles, mis libros… todo reducido a un congelador gigante.
—Manuel, mira esto —me llamó Mateo desde la ventana del taller.
Miré hacia la carretera general. A lo lejos, en el puerto de montaña, se intuían las siluetas de tres camiones militares de la UME (Unidad Militar de Emergencias). Estaban completamente parados, sepultados hasta media cabina por los ventisqueros de nieve fina que el viento nocturno había arrastrado. No había señales de vida a su alrededor. Los rescatadores habían necesitado rescate, o se habían retirado a pie dejando los vehículos abandonados a su suerte. La predicción de Julián se estaba cumpliendo al milímetro: el Estado, con toda su maquinaria y sus millones, se había quedado congelado en la cuneta.
Regresamos a la cueva cargados con la sal y algunas herramientas. Al entrar en “La Catedral”, noté un ambiente extraño, tenso. Julián estaba de pie, con la maza en la mano, frente a Paco y otros dos vecinos que sostenían unos maderos a modo de porras. Habían intentado forzar el candado de la galería donde el viejo guardaba el queroseno y las conservas de carne.
—Es de todos, viejo insolidario —gritaba Paco, con los ojos inyectados en sangre—. ¡No puedes tener eso guardado mientras mi mujer dice que le duelen las mofletes del hambre! ¡Nos lo vamos a repartir ahora mismo!
—Da un paso más, Paco —dijo Julián, con una tranquilidad que asustaba más que cualquier grito—. Da un paso más y te prometo que el primer golpe de esta maza no va al madero, va a tu rodilla derecha. Y aquí abajo no hay cirujanos para arreglarte la pata. Te vas a gangrenar en la esquina mientras los demás cenamos.
Me metí en medio antes de que la cosa pasara a mayores. Solté el saco de sal con un golpe seco que levantó polvo en el suelo de la cueva.
—¡Basta ya, coño! —grité, encarándome con Paco—. Venimos del pueblo. Los camiones del ejército están atrapados en el puerto, congelados. No viene nadie. ¿Os enteráis? ¡Nadie! Si nos matamos entre nosotros aquí abajo, nos convertiremos en comida para los zorros antes de que llegue la primavera. Paco, vuelve con tu mujer. Julián, baja la maza.
El cura se acercó también, poniendo su mano temblorosa sobre el hombro de Paco. La combinación de la cruda realidad del exterior y la intervención eclesiástica pareció desactivar la bomba por el momento. Paco tiró el madero al suelo, escupió y se dio la vuelta. Pero yo sabía que la tregua era precaria. El frío desgasta la moral más rápido que el hambre; te va minando la voluntad, te vuelve egoísta, te reduce al instinto más primario de conservación.
Parte VIII: El largo invierno de la sierra
Pasaron tres semanas. El agua de los bidones empezó a escasear porque, aunque teníamos hielo de sobra fuera, derretirlo consumía un combustible precioso que necesitábamos para la estufa. Julián ideó un sistema para colocar botes de metal sobre la parte superior de la estufa de fundición, aprovechando el calor residual para licuar la nieve que bajábamos en sacos. El agua sabía a humo y a roca vieja, pero era agua.
Durante ese tiempo, aprendí a conocer al Julián real. Por las noches, cuando la mayoría dormía y solo quedábamos los dos haciendo guardia junto a la estufa, el viejo me contaba historias de la mina de Turón.
—Allí abajo pasábamos diez horas al día, Manuel —decía, con la mirada perdida en las brasas de la estufa—. No veías el sol en todo el invierno. Entrabas de noche, salías de noche. Sabías quién era tu compañero no por la cara, sino por el ritmo de su respiración y el sonido de su pala. Si el de al lado se paraba, tú te parabas a ver qué le pasaba. En la mina aprendes que la vida del de al lado vale exactamente lo mismo que la tuya, porque si el techo se viene abajo, hacéis falta cuatro manos para mover el puntal, no dos. Esta gente del pueblo… —miró hacia el grupo de vecinos apiñados— se han creído que la vida es un self-service. Que puedes coger lo que quieras y dejar la bandeja sucia para que la limpie otro. El frío les está enseñando que la bandeja la limpiamos todos o nos morimos de asco.
—¿Crees que sobreviviremos todos, Julián? —le pregunté una noche, sintiendo un dolor sordo en los riñones debido a la dureza del suelo.
El viejo se tomó su tiempo para contestar. Sacó su reloj de cuerda, le dio tres vueltas con parsimonia y lo guardó.
—La Asunción no llega a Navidad, Manuel. Tiene los pulmones llenos de agua, la escucho por las noches. El frío de la subida le remató lo poco que le quedaba. Y el hijo de la Puri… ese chico se va a salvar, pero va a perder dos dedos de la mano izquierda. La necrosis ya está ahí, la he visto esta mañana cuando le cambiaban las vendas. Es el precio que se paga por creerse inmortal en sudadera. Los demás… si no se vuelven locos de la cabeza, saldrán de aquí. Pero no volverán a ser los mismos. Cuando vuelvan a encender la televisión y vean los anuncios de coches y de viajes al Caribe, van a mirar al techo pensando en los once grados de esta cueva. Te lo aseguro.
Las palabras de Julián se cumplieron con una precisión matemática que me puso los pelos de punta. La señora Asunción falleció pacíficamente la noche del 22 de diciembre. No hubo entierro, no podíamos picar el suelo exterior que estaba duro como el blindaje de un tanque. Llevamos su cuerpo a una galería lateral profunda, la más fría de la cueva, donde el aire estaba a cero grados, y la cubrimos con una lona y piedras, prometiéndole al cura que bajaríamos su cuerpo a la iglesia en cuanto la tierra se ablandara. Fue un momento espantoso. Ver al cura rezar el responso con la voz rota por el frío, rodeado de sombras temblorosas iluminadas por linternas gastadas, parecía una escena del siglo XIV, de los tiempos de la peste negra.
Sin embargo, ese drama sirvió para algo bueno. La muerte de la anciana unió al grupo de una manera que ningún discurso del alcalde habría conseguido. El Paco no volvió a protestar por las raciones; ayudaba a portear la nieve y a limpiar con una disciplina de soldado. El miedo a acabar en la galería de los muertos estabilizó las mentes.
Parte IX: El deshielo y la cicatriz
El final llegó de la misma manera que el principio: sin previo aviso.
El 12 de enero, según el reloj de Julián, me desperté con un sonido extraño. No era el silencio denso de la cueva, ni el aullido del viento. Era un goteo. Un “cloc, cloc, cloc” rítmico, constante, que resonaba en la entrada de la galería principal.
Me levanté a toda prisa, sin calzarme bien las botas, y corrí hacia la boca de la cueva. Julián ya estaba allí, de pie en el umbral, con la cara iluminada por una claridad blanca y deslumbrante que hacía semanas que no veíamos.
El manto de nubes grises se había roto. Un sol radiante, un sol de invierno pero con fuerza real, estaba pegando de lleno contra la ladera de la montaña. La escarcha de las rocas se estaba transformando en riachuelos de agua cristalina que corrían montaña abajo. El aire exterior ya no te quemaba los pulmones; se notaba húmedo, pesado, casi templado. Estábamos a tres grados sobre cero. El tapón polar se había desplazado por fin hacia el Atlántico, disolviéndose en el océano.
La gente empezó a salir de la cueva despacio, parpadeando ante la luz cegadora, como prisioneros liberados de una mazmorra medieval. Algunos lloraban, otros se abrazaban de forma descontrolada, cayendo de rodillas sobre la nieve blanda que empezaba a fundirse a ojos vistas.
Tomás, el alcalde, se acercó a Julián. Tenía la cara demacrada, la barba de tres semanas blanca de canas que antes no tenía, pero sus ojos eran limpios. Se quitó la manta de los hombros, la dobló con cuidado y se la ofreció al viejo.
—Gracias, Julián —dijo Tomás, con una voz baja, desprovista de cualquier impostura—. No tengo palabras. La cueva… la cueva es tuya. Y el pueblo… bueno, el pueblo te debe la vida. Mañana mismo firmaré la anulación de cualquier bando o multa. Faltaría más.
Julián no cogió la manta. Miró al alcalde, luego miró al grupo de vecinos que se amontonaban en la repisa de la montaña mirando hacia el valle donde el pueblo empezaba a despertar entre la niebla del deshielo.
—Guárdate la manta, Tomás, que el próximo invierno vuelve a hacer frío —dijo el viejo con una sonrisa leve, casi imperceptible—. Y no me regales la cueva, que nunca ha sido tuya para poder darla. La cueva es de la tierra. Nosotros solo hemos estado aquí de prestado porque nos hemos portado como idiotas ahí arriba.
Julián se dio la vuelta y volvió a entrar en la oscuridad de la cueva, hacia su estufa y sus candiles, como si el mundo exterior ya no tuviera nada que ofrecerle.
Epílogo: El futuro bajo la roca
Han pasado tres años desde aquel invierno negro del 2026. Hoy es mayo del 2029, y el sol brilla con fuerza sobre los tejados reconstruidos del pueblo. Si pasas por la plaza principal, todo parece normal: los madrileños vuelven a subir los fines de semana a comer asado, los niños juegan junto a la fuente y el ayuntamiento tiene un cartel luminoso nuevo que indica la temperatura y la humedad.
Pero si te fijas bien, las cosas han cambiado en lo profundo. Las ventanas de las casas ya no son de aluminio barato; casi todos los vecinos han invertido sus ahorros en poner triple cristal y chimeneas de leña tradicionales que no dependan de la red eléctrica. En el almacén de la Puri ya no se venden solo caprichos gourmet; hay una sección gigante fija con sacos de legumbres secas y bidones de queroseno que nadie toca pero que todos saben que están ahí.
El Paco, el mecánico, instaló un sistema de precalentamiento para los motores de los coches municipales basado en quemadores de biomasa. Aprendió la lección.
¿Y Julián? El viejo falleció el verano pasado, de forma natural, durmiendo en su cama de la casa de piedra, con los pulmones cansados de tanta mina y tanto tabaco. El pueblo entero acudió a su entierro. No hubo discursos políticos, ni medallas al mérito civil; Tomás intentó proponerlo, pero yo mismo le sugerí que al viejo le habría parecido una mariconada de ciudad.
En lugar de eso, colocamos una lápida sencilla de granito sobre su tumba. No tiene su nombre completo, solo una frase que grabamos los dos rumanos y yo con cincel durante una tarde de lluvia:
“Aquí yace el loco que sabía mirar al suelo cuando todos miraban al cielo. Que la tierra le sea tan templada como su cueva.”
La Cueva del Moro ahora está declarada oficialmente como “Refugio de Emergencia Civil del Municipio”. Ya no hay cadenas, ni candados, ni prohibiciones medioambientales absurdas de despacho. La llave de la verja nueva la tengo yo, guardada en un cajón de mi taller de restauración, justo al lado del reloj de cuerda Omega que la Puri me entregó tras la muerte del viejo, porque decía que Julián quería que lo tuviera el único tío con dos dedos de frente que conoció en la sierra.
A veces, por las tardes, cuando termino de lijar alguna pieza, subo hasta la repisa de la cueva. Me siento en la roca caliente por el sol de primavera, enciendo un cigarrillo y miro hacia las cumbres de la Peñota. Sé que la gente olvida rápido; sé que las nuevas generaciones volverán a confiar ciegamente en las pantallas de sus móviles y en los termostatos digitales que se controlan por voz. Es la naturaleza humana: nos encanta tropezar dos veces con la misma piedra si la piedra es bonita.
Pero yo miro hacia abajo, hacia la entrada oscura de la galería, y noto ese aire constante a once grados que sale del vientre de la tierra. Un aire limpio, viejo, sabio. Un aire que parece susurrar que el tiempo de los hombres es solo un suspiro, y que el invierno de verdad, el que raja las piedras y limpia las soberbias, siempre termina por volver. Y esta vez, te lo juro por mi vida, nos va a pillar con la leña cortada y los ojos bien abiertos.