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PIPINO CUEVAS: LA ASQUEROSA VERDAD DE POR QUÉ ACABÓ ARRUINADO

PIPINO CUEVAS: LA ASQUEROSA VERDAD DE POR QUÉ ACABÓ ARRUINADO

El 6 de agosto de 1980, Thomas Herms necesitó un minuto y 44 segundos para destruir al hombre que había dominado el boxeo mundial durante 4 años. Un minuto 44. Menos tiempo del que tarda un hombre en tomarse un café. Lo que nadie contó ese día.  Lo que el negocio del boxeo enterró durante décadas es que Pipino Cuevas entró a ese ring con las manos rotas. Su equipo lo sabía.

 El promotor lo sabía y lo mandaron de todas formas porque había demasiado dinero sobre la mesa para cancelar. Esa noche en Detroit no fue una derrota, fue un sacrificio. Y el hombre que fue sacrificado tenía 22 años. Venía de un pueblo de Jalisco donde la gente no tiene opciones y había dado todo lo que tenía durante 4 años para que otros se hicieran ricos con sus puños.

 Esto es lo que le hicieron a José de Jesús Cueva Cepeda, al que todos llamaban pipino, al que México amó y luego olvidó,  al que el boxeo usó hasta que se rompió y cuando se rompió lo dejó en la calle. En los próximos minutos van a conocer cuatro verdades que llevan 40 años esperando ser dichas.

 La primera, cómo un niño que nació sin nada en Jalisco se convirtió en el campeón del mundo más temido de su época. La segunda, las manos. Lo que pasó con las manos de Pipino en los meses previos a Herns y lo que su equipo decidió hacer con esa información. La tercera, el dinero. ¿Cuánto generó Pipino Cuevas durante su reinado? ¿Y en qué condiciones terminó su vida después del boxeo? Y la cuarta, la visita.

 Lo que Pipino hizo 30  años después, que dice más de su carácter que cualquier knockout que haya dado. Les aviso cuando lleguemos a cada una, pero primero hay que entender de dónde venía este hombre, porque si no entienden eso, no van a entender nada de lo que vino después. Jalisco, 1958. Uriangato no era exactamente Uriangato, pero era el tipo de pueblo que México produce en cantidad.

 Calles de tierra, casas de adobe, familias grandes con poco dinero y muchos hijos que desde los 8 o 9 años ya saben que van a trabajar antes de que nadie les pregunte si quieren. El padre de Pipino trabajaba en lo que hubiera. La madre criaba a los hijos. Había hermanos, varios y la dinámica habitual de las familias pobres mexicanas de los años 60, donde el afecto era real, pero el tiempo sobraba poco y el dinero sobraba menos.

 Pipino empezó a pelear en la calle antes de empezar a pelear en un gimnasio. Eso también es habitual. Los niños que terminan siendo grandes boxeadores rara vez descubren el deporte en un ambiente ordenado y limpio. Lo descubren porque tienen energía en el cuerpo que no tiene dónde ir porque alguien los desafía y responden porque el barrio tiene su propio código y el código dice que el que no pelea pierde algo más que una pelea.

 A los 12 años alguien lo llevó a un gimnasio en Guadalajara. El entrenador que lo recibió se llamaba Cuautemoc Cruz, un hombre  mayor, seco, con esa manera de mirar que tienen los entrenadores veteranos cuando ven algo que vale la pena. Cruz lo vio y supo. Supo que las manos de ese niño eran diferentes. No la técnica, la técnica se enseña.

 Lo que no se enseña es la velocidad de reacción, la explosión en el hombro, la forma en que el cerebro conecta la intención con el golpe en fracciones de segundo que en la mayoría de los seres humanos simplemente no existen. Eso o está o no está. En Pipino Cuevas estaba.  Cruz empezó a trabajar con él. Durante tres años, Pipino entrenó en Guadalajara mientras seguía viviendo en su pueblo, viajando cuando podía, aprendiendo lo que Cruz le enseñaba con una disciplina que sorprendía a todos en el gimnasio.

Porque Pipino no era el niño que necesitaba que le dijeran dos veces las cosas. Era el niño que llegaba una hora antes y se quedaba una hora después y al día siguiente preguntaba qué más podía hacer. A los 15 años ya peleaba en torneos amateurs. Ganaba, ganaba con esa facilidad inquietante que tienen los que están muy por encima del nivel de sus rivales, donde el resultado no está en duda desde el primer asalto.

 Y los que miran desde afuera ya saben cómo va a terminar, aunque todavía falten rounds. A los 16, alguien en el mundo del boxeo profesional mexicano ya sabía el nombre de Pipino Cuevas. Ese alguien era José Suleimán, el presidente del Consejo Mundial de Boxeo. El hombre que durante décadas manejó el boxeo latinoamericano con una combinación de visión genuina del deporte y pragmatismo del negocio, que dependiendo de a quién le preguntes, fue una bendición o una maldición para los boxeadores mexicanos.

 Suleimán vio a Pipino en un torneo amatero en Guadalajara y lo que vio le bastó. En 1974 con 16 años, Pipino Cuevas firmó su primer contrato profesional. No leyó el contrato.  Tenía 16 años y venía de un pueblo de Jalisco. Nadie le explicó qué decía. Firmó donde le dijeron que firmara y confió en los adultos que le decían que iban a cuidarlo. Ese fue el primer error.

Aunque en ese momento no parecía un error, parecía la oportunidad de su vida. Sus primeras peleas como profesional las hizo en Plazas de Toros en Jalisco y en arenas de segunda categoría en el Distrito Federal. Rivales que no le llegaban a los hombros en términos de calidad. Victorias rápidas por knockout casi siempre con un estilo que ya tenía la firma que lo haría famoso.

  Presión constante, manos cortas, un gancho de izquierda al cuerpo que los rivales describían como recibir un golpe de bate de béisbol en las costillas. Pipino no era de los boxeadores que esperan, era de los que van hacia delante desde el primer segundo y no paran hasta que el otro cae o suena la campana.

 Una máquina de avanzar con las manos listas y cuando las manos de pipino encontraban el blanco, el asunto terminaba.  Entre 1974 y 1976  acumuló 20 victorias, 16 por knockout. La mayoría antes del sexto asalto. El 15 de julio de 1976 con 17 años, Pipino Cuevas peleó por el campeonato mundial welterweight de la W contra Ángel Espada en Mexicali.

 Nadie lo esperaba. Espada era campeón vigente puertorriqueño, con experiencia y con el respaldo de una organización que en ese momento prefería a sus campeones establecidos sobre los retadores desconocidos. Pero el boxeo tiene esa cosa que hace que toda la lógica del papel desaparezca cuando suenan los tambores.

 En el segundo asalto, Pipino Cuevas tiró un gancho de izquierda al cuerpo que hizo que Espada doblara las rodillas.  Dos golpes más y el árbitro paró la pelea. Pipino Cuevas tenía 17 años y era campeón del mundo,  el más joven campeón welterweight de la historia hasta ese momento. Lo que vino después fue uno de los reinados más brutales y más ignorados de la historia del boxeo latinoamericano.

Entre 1976 y 1980, Pipino Cuevas defendió el título 12 veces. 12. 11 de las 12 defensas terminaron antes del límite, 11 por knockout. El único que fue a los jueces fue Shohitsujimoto en 1977, que sobrevivió 15 asaltos con pipino y tardó varias semanas en recordar bien los detalles de su semana de trabajo.  Los nombres de los que cayeron ante Pipino Cuevas en esos 4 años son una lista que hoy no recordamos porque los borramos con la rapidez con que el boxeo borra a los que pierden.

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