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Asi FUE la IMPRESIONANTE VIDA de SARA GARCIA *La abuelita de Mexico

Cuando doña Felipa no pudo amamantar a Sara, fue Francisca Cuenca quien le dio pecho a la niña. Esta conexión temprana con la familia Cuenca sería fundamental en la vida de Sara. La familia se estableció en Orizaba, donde Isidoro trabajaba como arquitecto. Sara creció como hija única sobreviviente de padres españoles que la adoraban, pero que vivían con el trauma constante de haber perdido a 10 hijos.

 Era niña protegida, mimada, pero también consciente desde pequeña de que era la única esperanza de sus padres. Pero en 1900, cuando Sara tenía apenas 5 años, contrajó Tifus Murino, enfermedad devastadora transmitida por pulgas de ratas. Sara estaba gravemente enferma. luchando por su vida. Su madre, Felipa la cuidaba día y noche sin descanso.

 En ese proceso de cuidar a su hija, Felipa se contagió de Tifus. La madre murió meses después, dejando a Sara huérfana de madre y cargando con la culpa terrible de haber infectado a quien más la amaba. Sara quedó con su padre Isidoro intentando reconstruir sus vidas después de perder a Felipa, pero el golpe era demasiado fuerte y Sidoro nunca se recuperó completamente de la pérdida de su esposa.

 A los 9 años de edad, Sara y su padre se reinstalaron en la Ciudad de México buscando comenzar de nuevo lejos de los recuerdos dolorosos de Orizaba. En la ciudad de México, Sara fue aceptada en el colegio de las bizcaínas mediante una beca llamada lugar de gracia reservada para niñas huérfanas o en situación vulnerable. Era institución prestigiosa fundada en el siglo XVII para educar a niñas bajo principios católicos estrictos.

 Sara estudiaba ahí como alumna becada cuando llegó otra tragedia. Al poco tiempo de su llegada a la ciudad, su padre Isidoro sufrió un derrame cerebral. Fue internado en la casa de beneficencia española, donde falleció en fecha desconocida. Sara tenía apenas 9 años y quedó completamente huérfana. No tenía familia en México, no tenía hermanos, no tenía a nadie.

 Las monjas del colegio de las bizcaínas la adoptaron informalmente. Sara permaneció como interna en el colegio hasta cumplir la mayoría de edad. Las monjas se convirtieron en sus madres sustitutas, enseñándole disciplina, fe católica, educación formal. Sara creció entre rezos, clases rigurosas, uniformes estrictos. Era huérfana institucionalizada que aprendió desde muy joven a valerse por sí misma.

Pero Sara también desarrolló algo más en ese colegio. Amor por el teatro. Participaba en obras religiosas que las monjas organizaban. Descubrió que cuando actuaba, cuando interpretaba a otra persona, podía olvidar temporalmente su dolor. El teatro se convirtió en refugio emocional, donde Sara podía ser quien quisiera ser, no solo la huérfana trágica que había perdido a toda su familia.

 Cuando cumplió la mayoría de edad y salió del colegio de las bizcaínas, Sara estudió para ser maestra. Se graduó y comenzó a trabajar en un colegio de monjas para niñas. Era profesión respetable para mujer soltera de clase media, pero Sara no podía dejar el teatro. Veía obras cuando podía, leía sobre actores famosos, soñaba con los escenarios.

 Un día, en 1917, cuando tenía 22 años, Sara caminaba por el centro de la Ciudad de México y se sintió atraída por un pequeño edificio. Dentro funcionaba Azteca Films, una de las primeras productoras de cinexicanas. A punto de filmar su primer largometraje. La compañía estaba dirigida por Mimí Derba, actriz de teatro convertida en productora,  escritora y tal vez directora de cine.

 Sara entró curiosa y terminó participando en la película en defensa propia en 1917. Era su debut cinematográfico a los 22 años. La experiencia la transformó. El cine era mágico, más impactante que el teatro porque quedaba registrado para siempre. Sara decidió dedicarse a la actuación profesionalmente. Comenzó a trabajar con la compañía de comedia selecta en el teatro Virginia Fábregas.

Compartía escenario con el primer actor Eduardo Arosamena, el Nache, la actriz Arauto y los striones más acreditados de la época. Su dicción era magnífica, su voz era pujante y clara. Rápidamente ganó prestigio y fue contratada por las compañías teatrales más destacadas: Mercedes Navarro, Prudencia Grifel, las hermanas Anita e Isabel Blanch.

 viajaba por toda la República pasando de compañía en compañía. Fue en la compañía de Mercedes Navarro donde conoció a Fernando Iváñez Carranza, actor con quien contrajó matrimonio en 1918 cuando Sara tenía 23 años. Durante su luna de miel se hospedaron en el hotel Bola de Oro en Tepiic, Nayarit.

 El 15 de enero de 1920, Sara dio a luz a su única hija, María Fernanda Iváñez. Sara y Fernando viajaron durante más de dos años por todo el país y Centroamérica con diferentes compañías teatrales, pero el matrimonio no duró. Fernando le fue infiel con Elvira Morlá, actriz y empresaria española. Sara lo abandonó llevándose a su hija y decidiendo criarla sola.

 Era decisión valiente para mujer de los años 20 cuando el divorcio era escándalo social. En ese momento difícil Sara se reencontró con Rosario Cuenca, la niña que había nacido junto a ella en 1895. cuya madre Francisca la había amamantado cuando su propia madre no pudo. Rosario se había divorciado de su esposo y trabajaba en la corsetería la Europea en la calle República de Uruguay.

 Al enterarse de la situación de Sara, Rosario le ofreció ayuda para cuidar de María Fernanda en crianza compartida y le ofreció vivir en su casa pequeña en la calle de Mesones en el centro histórico.  Sara aceptó. Rosario y Sara vivieron juntas como familia elegida, una divorciada y otra viuda, compartiendo gastos, criando juntas a María Fernanda.

Rosario se ocupaba de labores del hogar mientras Sara trabajaba intensamente como actriz. Esta relación duraría décadas y sería fundamental en la vida de Sara. Pero antes de hablar de su casa definitiva y su éxito, necesitamos entender cómo Sara construyó su carrera y cuánto ganó realmente. Prepárate porque las cifras te van a sorprender.

Su increíble carrera. Sara García participó en más de 150 películas durante su carrera que abarcó desde 1917 hasta los años 70. Es cifra excepcional, incluso comparada con estándares actuales. Para ponerlo en perspectiva, muy pocos actores en la historia del cine mexicano han alcanzado esa cantidad de películas.

 Sara lo logró siendo constante, disciplinada, indispensable durante más de cinco décadas. A principios de los años 30 se introdujo el cine sonoro a México. Sara hizo su primera película hablada en 1934 con La sangre manda que marcó el debut actoral de su hija María Fernanda y su primera participación juntas en pantalla.  Poco después, Sara comenzó a ser solicitada para más papeles, trabajando en el vuelo de la muerte en 1933, Viva México y otras producciones.

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