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William de Gloucester: el príncipe que murió ante 30.000 personas

Había crecido a la sombra de sus hermanos mayores Eduardo y Jorge, figuras más carismáticas y más cercanas al poder. Enrique era el tercero, el discreto, el que nunca pareció brillar con luz propia. Y sin embargo, fue él quien dio a William algo que muchos príncipes jamás recibieron. Libertad. No una libertad absoluta, por supuesto, pero sí la suficiente como para que el joven aprendiera a caminar.

sin que nadie le siguiera los pasos de cerca. En 1945, cuando William tenía apenas 3 años, su padre fue designado gobernador general de Australia y la familia se trasladó a Canberra. Aquellos 2 años en el hemisferio sur dejaron una huella indeleble en el carácter del niño. Australia no era una corte, era un país vasto, rugoso, de horizontes infinitos y gente directa.

Fue allí donde William empezó a relacionarse con un mundo que no se detenía hacer reverencias, que hablaba sin rodeos y que medía a las personas por lo que hacían, no por el título que llevaban. Cuando regresaron a Inglaterra en 1947, William tenía 5 años y ya era, en cierta medida, diferente a lo que la familia esperaba que fuera.

El mismo año del regreso, el niño fue elegido para ser paje en uno de los eventos más importantes del siglo para la monarquía británica. Su prima Isabel, apenas 22 años, se casaba con el duque de Edimburgo, Felipe de Grecia y Dinamarca. El pequeño William junto al príncipe Miguel de Kent caminó detrás de la novia entre los murmullos de una nación que necesitaba celebrar algo después de años de guerra y duelo.

Fue su primera aparición oficial y probablemente también su primera intuición de que ser real significaba ante todo ser visto. La infancia formal llegó con la escuela. Primero en Wellesley House, un internado en Kent, luego siguiendo la tradición de la familia en Eton College, la institución que durante siglos había formado a los hombres destinados a gobernar el mundo.

En Eton, William destacó en deportes y mostró una inteligencia aguda, aunque los registros del colegio lo recuerdan sobre todo por sus hazañas en el cricket juvenil y por haber ganado los colores de su casa en fútbol. No era el tipo de alumno que agotaba los libros de madrugada, pero sí el que hacía preguntas incómodas en clase y prefería el debate a la obediencia ciega.

Cuando abandonó Eton en 1960, tenía 18 años y un apetito por el mundo que ningún internado podía satisfacer del todo. El siguiente paso era Cambridge, el Mcdalen College, para ser exactos, donde estudiaría historia. Era un camino predecible para un joven de su posición, pero lo que ocurrió después de Cambridge fue cualquier cosa menos predecible.

En Cambridge, William de Gloster no fue un príncipe entre libros, fue simplemente un estudiante entre estudiantes. Quienes lo conocieron en aquellos años lo describían como alguien cálido, generoso hasta el exceso, leal, de una manera que pocas veces se ve en la vida adulta. tenía la capacidad de hacer sentir a cualquier persona que era la más importante del salón y al mismo tiempo podía ser terco, impulsivo y con una beta de egoísmo que aparecía en momentos inesperados.

era, en definitiva, completamente humano. Se graduó con un título en historia en 1963 y entonces, en lugar de instalarse cómodamente en el circuito de actos oficiales y compromisos reales que le esperaba, hizo algo que desconcertó a más de uno en la familia. cruzó el Atlántico. Se matriculó en Stanford University en California, donde pasó un año estudiando ciencias políticas, historia americana y negocios.

Aquella estancia en los Estados Unidos fue reveladora. El joven príncipe descubrió una cultura que no se rendía ante los títulos nobiliarios, que admiraba el mérito y la iniciativa por encima del linaje y que le ofrecía el anonimato que en Inglaterra nunca tendría. En Stanford aprendió a moverse en un mundo donde nadie sabía ni le importaba que era nieto de un rey y eso, lejos de desalentarlo, lo fascinó.

Al regresar a Gran Bretaña, tomó una decisión que volvió a sorprender a su entorno. En lugar de incorporarse directamente a las funciones reales, aceptó un puesto de trabajo en Lazarts, un banco mercantil de la City de Londres. Quería entender cómo funcionaba el dinero, cómo se movía el mundo real. Era una actitud inusual para alguien de su posición y, sin embargo, completamente coherente con el perfil que había ido construyendo desde la infancia, el de un hombre que prefería aprender desde dentro antes de juzgar

desde arriba. Pero el paso más audaz estaba aún por venir. En 1965, William ingresó en el Commonwealth Office, el Ministerio de Exteriores del Reino Unido para sus territorios y países asociados. Se convirtió así en el segundo miembro de la familia real británica que trabajaba dentro de la función pública o el servicio diplomático, siendo el primero su tío, el príncipe Jorge Duque de Kent, que lo había hecho en los años 20.

Era una rareza, era también una declaración de intenciones. Su primer destino fue Lagos, la capital de Nigeria, donde fue enviado como tercer secretario en la Alta Comisión Británica. Nigeria era entonces un país joven que llevaba apenas 5co años de independencia y que atravesaba tensiones políticas que en breve desencadenarían una de las guerras civiles más devastadoras del África subsahariana.

El príncipe diplomático vivió allí durante tres años aprendiendo los ritmos de una África que no aparecía en los libros de texto de Eton, relacionándose con políticos, comerciantes y ciudadanos de a pie en una de las ciudades más vibrantes del continente. Cuando en 1968 le ofrecieron el siguiente destino, fue Tokio y fue allí en Japón donde su vida daría un giro que el protocolo no había previsto.

Tokio, a finales de los años 60, era una ciudad en permanente reinvención. El milagro económico japonés estaba en plena efervescencia. Las olimpiadas de 1964 habían abierto el país al mundo y la capital nipona era un remolino de modernidad y tradición en el que convivían lo más antiguo y lo más nuevo del siglo.

Para William, que llegó como segundo secretario comercial en la embajada británica, Tokio era exactamente el tipo de escenario que encendía su imaginación. Fue en Japón, donde conoció a Sus Stark. Ella tenía 32 años. Había nacido en Budapest en el seno de una familia judío húngara y había trabajado como modelo y azafata antes de establecerse en Tokio.

Era inteligente, independiente y libre, en una manera que pocas mujeres de la época se permitían serlo. Se habían divorciado de un piloto americano y vivía su vida en el extremo oriente con una energía que a William le resultó desde el primer encuentro absolutamente irresistible. La relación que nació entre ellos no fue un capricho pasajero.

Williams se enamoró con esa intensidad que solo da el saber en algún rincón del alma que aquella persona es diferente a todas las demás. Los que estuvieron cerca de ambos en aquellos años coinciden en que se trataba de algo serio, de algo que en otro hombre, en otra vida, habría desembocado sin más en un matrimonio. Pero William no era otro hombre, era el primo de la reina de Inglaterra.

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