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El Millonario invita a la sirvienta a jugar ajedrez por diversión, sin saber que ella es una GENIO

Sin embargo, jamás había jugado una partida completa. Aún así, los movimientos parecían cobrar sentido en su mente solo con verlas. “Camila, no te quedes ahí mirando”, dijo Elena en voz baja al verla distraída. “Ve y limpia aquel rincón. No queremos problemas.” Camila obedeció, aunque sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el tablero.

 De pronto, una voz grave interrumpió el silencio. ¿Te gusta el ajedrez? Camila se sobresaltó y giró de inmediato. Frente a ella estaba Adrián Moretti, el dueño de la mansión, un hombre de 45 años, deporte elegante, cabello gris perfectamente peinado y ojos grises que parecían atravesar a cualquiera. Llevaba puesto un traje azul marino impecable y caminaba con la seguridad de quién sabe que todo le pertenece.

Disculpe, señor Moretti”, malbuceo Camila con nerviosismo. “Yo yo solo lo estaba viendo. No lo toqué, se lo aseguro.” Él sonrió con una calma inesperada. “No te estoy regañando. Solo preguntaba si sabes jugar. No mucho, señor. Apenas recuerdo algunas reglas.” Elena apareció de inmediato, nerviosa. Señor Moretti, lamento que mi hija lo distraiga.

 Camila, vuelve al trabajo ahora mismo. Adrián levantó una mano para detenerla. Déjala, Elena. La casa se vuelve demasiado silenciosa a veces. Además, creo que sería interesante enseñarle. No es necesario, señor. Usted debe estar ocupado. Intentó replicar Elena. No tanto como para negarme un poco de compañía en una partida”, respondió él mirando a Camila.

 “¿Te gustaría aprender?” Camila dudó, pero algo dentro de ella brilló en cuanto sus ojos se posaron de nuevo en las piezas. “Sí, si a usted no le molesta, me encantaría.” Adrián sonrió satisfecho y se sentó frente al tablero. Con un gesto le indicó que ocupara la silla contraria. Camila, algo nerviosa, se sentó también. El ajedrez no es solo un juego, explicó él mientras colocaba las piezas en orden.

 Es estrategia, paciencia, visión a futuro. Mira, este es el rey. Nunca debe ser atrapado. La reina es la más poderosa. Los caballos se mueven en L. Camila escuchaba con atención y lo sorprendente era que comprendía cada detalle como si lo hubiera sabido desde siempre. Incluso se adelantaba a sus explicaciones. El peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento y ataca en diagonal, ¿verdad?, dijo de repente.

 Adrián alzó una ceja intrigado. Exactamente. ¿Cómo lo sabías? Camila se encogió de hombros. No lo sé. Simplemente lo siento lógico. Él la observó con interés. Había algo en esa joven que no era común. Decidió ponerla a prueba con una partida sencilla. Juguemos entonces. Solo por diversión. Camila asintió y con manos temblorosas movió su primer peón.

 A medida que la partida avanzaba, algo inesperado sucedió. No jugaba como una principiante. Aunque cometía errores propios de alguien inexperto, su intuición era brillante. Veía posibilidades que ni siquiera parecían evidentes. Adrián la miraba cada vez con más asombro. “Eres rápida para aprender”, murmuró después de que ella casi lograra acorralar a su rey en una jugada atrevida.

No es que lo entienda del todo, señor. Solo veo como las piezas quieren moverse. Cuando la partida terminó, Adrián respiró hondo. Ella había perdido, pero lo había hecho peleando como si llevara años practicando. Camila, dijo él con voz seria, ¿te gustaría seguir jugando mañana? La joven lo miró sorprendida.

Yo otra vez. Sí, tengo la impresión de que no eres una simple principiante. Elena desde el rincón apretaba los labios con fuerza. No sabía si aquello era bueno o malo, pero algo en los ojos de Moretti le generaba una inquietud extraña. Esa noche, al volver a su pequeño departamento en las afueras de la ciudad, Camila no dejaba de pensar en el tablero.

 Veía los caballos saltando, la reina moviéndose con poder y sentía que un nuevo mundo se había abierto ante ella. “Mamá”, le dijo mientras se acostaba, “¿Alguna vez creíste que yo podría ser buena en algo que no fuera limpiar casas? Elena la miró en silencio con cierta tristeza. Eres buena en muchas cosas, hija. Solo que la vida no siempre nos da la oportunidad de demostrarlo.

Camila cerró los ojos, pero en su mente las piezas seguían danzando. Algo le decía que aquello apenas estaba comenzando. Al día siguiente, Camila se levantó con un extraño cosquilleo en el estómago. No era miedo, pero tampoco tranquilidad. Era una mezcla rara que no había sentido nunca. Expectativa. Pasó toda la mañana ayudando a su madre en la rutina de limpieza de la mansión, aunque su mente no estaba en las alfombras ni en los muebles, sino en el ajedrez.

 “Camila, ¿en qué piensas?”, preguntó Elena al verla distraída. “En nada, mamá, solo estoy cansada.” Sonrió, aunque por dentro no dejaba de repasar movimientos imaginarios en su cabeza. A media tarde, cuando Adrián Moretti apareció en la biblioteca, Camila sintió que el corazón se le aceleraba. Él llevaba otro de sus impecables trajes y al verla allí le hizo una seña.

 ¿Lista para otra partida? Ella tragó saliva y asintió. Sí, señor. Elena suspiró, pero no dijo nada. Sabía que discutir sería inútil. Camila se sentó frente al tablero de mármol y Adrián acomodó las piezas con la misma paciencia que un pintor prepara sus pinceles. “Recuerda, no se trata de ganar o perder, sino de aprender”, comentó él antes de mover su primer peón.

 Camila lo observaba con atención. No necesitaba mucho tiempo para decidir sus jugadas. Parecía que la respuesta ya estaba en su mente, como si el tablero le hablara. Interesante movimiento”, dijo Adrián después de que ella colocara un alfil en posición de ataque. Ella sonrió apenas. Es como si ya supiera que ahí debe estar.

 La partida se alargó más que la del día anterior. Aunque Adrián tenía una experiencia inmensa, se encontraba sorprendido de lo rápido que Camila captaba las estrategias. Incluso logró ponerlo en jaque una vez, algo que él no esperaba de alguien sin práctica real. ¿De verdad nunca has jugado antes? Preguntó con el seño fruncido, intrigado. No, solo recuerdo que en la escuela nos mostraron cómo se movían las piezas, pero nunca tuve con quien jugar.

 Adrián se reclinó en la silla, observándola con una mezcla de curiosidad y admiración. Camila, lo que tienes no es suerte, es intuición. Tu mente funciona como la de alguien que lleva años estudiando. Ella bajó la mirada nerviosa. No sé, solo siento que las piezas se mueven solas en mi cabeza. Elena, que escuchaba desde un rincón, apretó un trapo entre las manos.

 Algo en esa situación le incomodaba profundamente. No confiaba en que un hombre como Moreti se interesara tanto en su hija. ¿Le parece si jugamos otra?, preguntó Camila, casi sin darse cuenta de su entusiasmo. “Por supuesto”, respondió Adrián con una sonrisa que la sorprendió. “Podríamos jugar todas las tardes si así lo quieres.

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