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“Pedro Infante interrumpió su concierto ante miles de personas al ver a un anciano en primera fila”

 

Pedro Infante entonaba 100 años cuando distinguió a un anciano en la primera fila secándose las lágrimas con un pañuelo desilachado. El anciano portaba lentes oscuros, a pesar de que el teatro estaba iluminado únicamente por las luces del escenario, y sus manos temblaban mientras buscaba a tientas el pañuelo en el bolsillo de su saco raído.

 Pedro casi perdió el compás de la canción porque algo en ese rostro arrugado le resultaba extrañamente conocido, aunque no lograba recordar de dónde. El anciano no solo lloraba, soyloosaba en silencio, con una intensidad que contrastaba con la alegría del resto del público en el teatro Iris aquella noche del 23 de marzo de 1956. Y cuando Pedro concluyó la canción y los aplausos inundaron el teatro, continuó observando al anciano que ahora tenía la cabeza inclinada, como si el peso de algo invisible lo estuviera aplastando.

Era una velada especial en el teatro Iris, situado en el corazón de la Ciudad de México sobre la avenida Doncs. El teatro estaba completamente repleto con sus 18 butacas ocupadas por aficionados que habían aguardado semanas para conseguir boletos. Las entradas se habían agotado en menos de 3 días cuando salieron a la venta con precios que oscilaban desde los 15 pesos en la sección más alejada hasta los 150 pesos en primera fila.

 Pedro Infante se encontraba en la cúspide de su carrera. A sus 39 años había filmado 45 películas, vendido millones de discos y se había convertido en el artista más adorado de México. Su última película, Escuela de vagabundos, había batido récords de taquilla y sus canciones resonaban en cada radio del país, desde Tijuana hasta Cancún.

Esa noche lucía un traje blanco inmaculado con detalles bordados en hilo de plata que relucían bajo las luces del escenario. Su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás con brillantina y su sonrisa característica había hecho suspirar a cientos de mujeres en la audiencia durante la primera hora del espectáculo.

La orquesta de 25 músicos dirigida por el maestro Jiménez lo acompañaba de manera impecable. Habían ensayado durante dos semanas para este concierto que marcaba el inicio de una gira nacional que recorrería 15 ciudades en tres meses. Todo marchaba a la perfección hasta ese momento. Pedro hizo una señal a la orquesta para que aguardara antes de iniciar la siguiente canción.

se aproximó al borde del escenario, inclinándose levemente para ver mejor al anciano que seguía con la cabeza agachada en la primera fila. “Señor”, dijo por el micrófono, su voz llenando cada rincón del teatro con esa calidez que lo había hecho célebre. “¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?” El teatro completo giró para observar al anciano.

 Las 18 personas dejaron de murmurar y un silencio expectante se posó sobre el lugar. Algunos creyeron que se trataba de un fanático demasiado emocionado. Otros pensaron que quizás estaba enfermo y requería atención médica. Las luces del teatro se ajustaron levemente para iluminar la zona donde estaba el anciano. Pero el anciano elevó la cabeza lentamente, muy lentamente, como si le demandara un esfuerzo enorme.

 Y aunque sus ojos estaban ocultos detrás de esos lentes oscuros que parecían demasiado grandes para su rostro delgado, su voz emergió clara y quebrada, cargada de una emoción que cortaba el aire como un cuchillo. Pedro, dijo con voz temblorosa, Pedro, soy Jacinto, don Jacinto Medina, ya no te acuerdas de mí, muchacho.

 El efecto de esas palabras fue inmediato y devastador. Pedro Infante quedó completamente paralizado al borde del escenario con el micrófono todavía en la mano derecha y su brazo izquierdo extendido, como si estuviera a punto de realizar un gesto que nunca completó. Su expresión transitó de confusión a shock en cuestión de 3 segundos que parecieron eternos.

 Don Jacinto repitió con voz incrédula casi un murmullo que el micrófono apenas captó. Su rostro había palidecido notablemente, incluso bajo el maquillaje del escenario, y entonces el reconocimiento lo golpeó como un tren a toda velocidad. Don Jacinto Medina, su primer maestro de música en Guamuchil, Sinaloa. El hombre que le había enseñado las primeras notas en un violín viejo cuando Pedro tenía apenas 11 años y laboraba 12 horas diarias en la carpintería de su padre, fabricando sillas y mesas para sobrevivir.

el hombre que le había asegurado con absoluta convicción que poseía talento verdadero, que su voz podía llegar lejos si no la desperdiciaba trabajando en un taller oscuro toda su vida. El hombre que le había prestado un violín de madera de cedro, que probablemente valía más que todo lo que la familia infante poseía en su casa de dos cuartos.

El hombre que había llegado cada sábado durante dos años completos a impartir clases de música sin cobrarle jamás un solo centavo, porque sabía que Pedro carecía de dinero. el hombre al que Pedro había prometido visitar, al que había prometido agradecer cuando triunfara, al que nunca había vuelto a ver tras marcharse a la Ciudad de México a los 17 años, con 30 pesos en el bolsillo y un sueño imposible de convertirse en actor.

 Habían transcurrido 22 años desde entonces, 22 años de completo silencio. Pedro Infante descendió del escenario sin pensarlo dos veces. No utilizó las escaleras laterales que normalmente usaban los artistas. Simplemente saltó desde el borde del escenario directamente al pasillo central con una agilidad que sorprendió a todos.

 Su traje blanco relumbró bajo las luces mientras avanzaba velozmente, casi corriendo hacia la primera fila. La orquesta no sabía qué hacer. El maestro Jiménez miraba a los músicos con semblante confundido y luego miraba a Pedro caminando por el pasillo. Los técnicos de luces no sabían si mantener el foco sobre el escenario vacío o seguir a Pedro con los reflectores móviles.

 El público murmuraba cada vez con mayor intensidad, preguntándose qué ocurría. si esto formaba parte del programa o si algo había salido terriblemente mal. Algunos aficionados ya sacaban sus cámaras Kodak, presintiendo que presenciaban algo histórico. Cuando Pedro llegó frente a don Jacinto, se detuvo en seco. Pudo apreciar de cerca lo que los años y la vida habían hecho con su antiguo maestro, y el impacto fue como recibir un golpe en el estómago.

Don Jacinto había envejecido décadas en esos 22 años. Su rostro estaba demacrado con pómulos pronunciados que sobresalían bajo piel arrugada y manchada. Su cabello era completamente blanco, escaso, peinado hacia atrás con gomina barata. Su saco color café tenía remiendos mal cocidos en los codos.

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