Posted in

Pedro Infante entró a una vecindad humilde sin avisar-lo que encontró adentro lo marcó para siempre

 

Era el 11 de septiembre de 1956, un martes por la tarde cerca de las 4, en una vecindad de la colonia Guerrero en la Ciudad de México. Pedro Infante caminaba junto a su director de fotografía buscando escenarios para su próxima producción. Necesitaban autenticidad. Calles polvorientas, patios con ropa tendida, escaleras desgastadas por décadas de pisadas.

No querían foros construidos, querían realidad. El director señaló una vecindad particularmente deteriorada en la calle Mosqueta. Ahí dijo, eso es perfecto. Pedro asintió y sin pensarlo demasiado entró al patio central. No había portero, no había quien los detuviera. Solo un espacio abierto rodeado de puertas numeradas, ventanas con cortinas raídas y el sonido constante de radios mezclándose con voces de niños.

 Era el tipo de lugar donde las paredes guardaban secretos que nadie contaba, donde las familias vivían apretadas en cuartos únicos, donde el baño era compartido y el agua llegaba solo algunas horas al día. Pedro había crecido en Sinaloa, en un rancho donde la pobreza también existía, pero esta pobreza urbana era distinta, más densa, más invisible.

Caminaron despacio observando los detalles, las macetas improvisadas con latas viejas, los cables eléctricos peligrosamente enredados, la pintura descascarada revelando capas de épocas anteriores. Todo servía, todo narraba una historia. Entonces escuchó algo que lo detuvo en seco, una voz pequeña, aguda, casi desesperada. No, Juanito, no toques eso.

Te dije que no. Pedro giró hacia el sonido. Venía de una puerta entreabierta en la planta baja número siete. Se aproximó sin hacer ruido y miró adentro. Lo que vio lo dejó paralizado. Una niña tal vez de 8 años, quizá nueve, vestida con un vestido floreado demasiado grande para ella, el dobladillo arrastrando el suelo.

 Tenía el cabello recogido en dos trenzas desparejas, como si ella misma se las hubiera hecho sin espejo, y estaba parada en medio del cuarto, rodeada de cinco niños más pequeños. El mayor tendría tal vez 6 años. El más chico, un bebé que apenas gateaba, llevaba solo un pañal de tela manchado. La niña sostenía una cuchara de palo en una mano y con la otra intentaba apartar a un niño de unos 4 años que se acercaba peligrosamente a una parrilla de carbón encendida en una esquina del cuarto.

 Te quemas, Juanito. Siéntate con los demás. Su voz era firme, pero temblaba. No era voz de autoridad, era voz de miedo disfrazado de control. Pedro observó en silencio. El cuarto era diminuto, tal vez 4 metros por cuatro. Había un catre con sábanas remendadas, una mesa de madera con tres sillas desparejas, la parrilla improvisada, un baúl viejo, ropa colgada en alambres que cruzaban de pared a pared y en el suelo, sobre un petate, los cinco niños, sentados como podían aguardando.

 La niña revolvía algo en una olla sobre la parrilla. Frijoles. El olor inconfundible llenaba el cuarto. Revolvía con cuidado, estirándose para no quemarse, con movimientos que claramente había repetido muchas veces antes, demasiadas veces para alguien de su edad. Uno de los niños, una niña de unos 5 años con el cabello enredado, comenzó a llorar. Tengo hambre, Lupita.

Ya mero, ya mero, Rosita, espera tantito. Ese era su nombre. Pedro lo guardó en su memoria sin saber por qué. Tal vez porque había algo en esa escena que no podía soltar, algo que lo atravesaba. El bebé empezó a llorar también. Un llanto agudo, desesperado. Lupita dejó la cuchara, corrió hacia él, lo cargó con dificultad, lo meció contra su pecho. Sh, sh.

Ya mero te doy. Pero sus brazos temblaban por el peso. Era demasiado pequeña para cargar a un bebé así, demasiado pequeña para estar haciendo todo esto. Pedro sintió un nudo en la garganta. Su director de fotografía, que había seguido caminando, regresó. Pedro, ¿qué pasa? Pedro levantó una mano pidiendo silencio. Siguió observando.

Lupita logró calmar al bebé. Lo dejó en el petate y volvió corriendo a la olla de frijoles. Los revolvió rápido, probó con la punta de la cuchara, sopló para enfriar, hizo una mueca. Necesitaban más sal, pero no había. Suspiró, tomó un plato hondo, sirvió a una porción pequeña. Buscó tortillas en una bolsa de papel, solo quedaban tres.

 Partió una en pedazos pequeños. A ver, Rosita, tú primero, pero despacito, que está caliente. Le dio el plato a la niña de 5 años. Rosita comió con desesperación, quemándose, soplando, tragando. Los otros niños miraban con ojos enormes, hambrientos. Lupita le sonrió, aunque sus ojos no sonreían. Ustedes también van a comer. Todos van a comer.

 Pedro no podía moverse, no podía apartar la mirada, porque lo que estaba viendo no era una niña jugando a la casita, era una niña siendo madre, siendo adulta, siendo todo lo que una niña de 8 años no debería ser. Y nadie más estaba ahí. Nadie. Pedro dio un paso atrás, pero su pie chocó contra una lata vacía que alguien había dejado en el patio.

 El sonido metálico resonó. Lupita giró bruscamente hacia la puerta asustada. Sus ojos se encontraron con los de Pedro. Por un segundo nadie se movió. Ella lo reconoció de inmediato. Todos en México conocían esa cara. Señor infante. Su voz era apenas un murmullo incrédula. Pedro no sabía qué decir. Se sentía como un intruso, como alguien que había presenciado algo privado, algo sagrado.

Perdón, logró decir. No quería asustarlos, solo estábamos buscando locaciones para una película. Lupita parpadeó desconcertada. Miró a los niños detrás de ella, luego de vuelta a Pedro. Aquí en la vecindad. Sí, pero estás sola. ¿Dónde están tus papás? La pregunta cayó como piedra en agua quieta. Lupita bajó la mirada.

 Mi mamá trabaja. Regresa tarde. Mi papá se fue hace dos años. No volvió. Pedro sintió el peso de esas palabras. Y ella te deja sola con todos ellos. No está sola. Intervino el niño de 6 años. El mayor después de Lupita. Yo también ayudo. Me llamo Roberto. Pedro entró al cuarto de espacio como si pisara terreno sagrado.

Se agachó para quedar a la altura de Roberto. Ya veo. Eres muy valiente. ¿Y ustedes cómo se llaman? Señaló a los demás niños. Uno por uno. Con timidez dijeron sus nombres. Rosita, Juanito, Carmen de 3 años y el bebé Miguelito. Seis hermanos en total, seis niños en un cuarto que apenas alcanzaba para dos adultos.

Read More