Mientras esperaba, empezó a aparecer en fotonovelas. Ese formato tan popular en los años 60 y 70, donde las historias se contaban con fotografías y diálogos impresos, encontró en el rostro de Verónica Castro algo que le servía perfectamente. Sus ojos expresivos, su manera de sonreír, esa forma que tenía de mirar a la cámara como si te estuviera hablando directamente a ti.
Y en esos pasillos de Televisa, siendo una chica de 1617 años, Verónica Castro conoció a alguien. a alguien que la fascinaría desde el primer momento, a alguien 22 años mayor que ella, un hombre de la familia más cómica del espectáculo mexicano, hermano de Tin Tan, hermano de Don Ramón, hermano del ratón Valdés, Manuel, el loco Valdés.
La historia de ese amor y de lo que vino después es una de las más importantes de la vida de Verónica Castro y muy poca gente la conoce completa. El loco Valdés era el comediante más popular de México en esa época, carismático, irreverente, con ese humor particular que lo hacía magnético. Y tenía 42 años cuando esa chica joven de ojos claros empezó a fijarse en él en los foros de Televisa.
Ella misma contó después con una mezcla de nostalgia y humor que desde los 14 años, desde que empezó a trabajar en Televisa, ya lo veía y se quedaba como sonza. La baba se me caía dijo riéndose de su propio recuerdo. Pero no fue hasta los 19 años durante una gira del espectáculo Ensalada de locos que Verónica tomó lo que sentía y lo convirtió en algo.
Comenzaron un noviazgo en secreto. Ella tenía 19. Él tenía 42 y él estaba casado. Verónica no lo sabía o no lo sabía completamente. No sabía la dimensión real de la vida que él llevaba. No sabía que Cristian iba a ser cuando naciera el hijo número 13 de Manuel Valdés con 12 hijos previos de distintas relaciones.
Cuando Verónica se enteró de que estaba embarazada, fue a hablar con él y fue en ese momento cuando supo la verdad completa, que seguía casado, que tenía otra familia, que su vida era mucho más complicada de lo que ella había imaginado. Y Verónica Castro tomó una decisión que en el México de 1974 era extraordinariamente valiente.
Porque en ese México una mujer soltera embarazada cargaba con el peso del juicio social de una manera que hoy es difícil de imaginar. Ella eligió seguir adelante sola. Pero antes de hacerlo hizo algo más. fue a buscar a la esposa de Manuel Valdés a pedirle disculpas, porque lo que Verónica Castro menos quería en el mundo era hacerle daño a otra mujer, porque lo que a ella menos le gustaba era ser la causa del dolor ajeno.
Querida amiga, hoy quiero llevarla a un lugar que usted conoce bien, a esa sala de su casa, a finales de los años 70 o principios de los 80, a esa silla o ese sofá donde usted se sentaba a ver la televisión por las tardes y donde una joven de ojos claros y rizado pelo oscuro la hizo llorar, suspirar y apretar el corazón más veces de las que puede contar.
Hoy quiero contarle la historia completa de Los ricos también lloran y de la mujer que la convirtió en el fenómeno de televisión más grande que México haya producido jamás. Porque la historia que usted vio en pantalla era extraordinaria, pero la historia que pasó detrás de las cámaras es todavía más. Hay una ciudad que queda al otro lado del mundo, Moscú, Rusia. El año era 1992.
La Unión Soviética acababa de derrumbarse. Un país que había vivido décadas cerrado al mundo exterior, donde estaba prohibido transmitir cualquier programa que no fuera del estado, de repente abría sus puertas. Y entre las primeras cosas que entraron por esas puertas entró Mariana Villarreal. 70 millones de personas en Rusia se pegaron al televisor a ver los ricos también lloran. 70 millones.
En un país que nunca antes había visto una telenovela mexicana. En un país donde nadie sabía quién era Verónica Castro. En un país donde el idioma es completamente diferente y las costumbres también. No importó nada de eso. Cuando Verónica Castro llegó al aeropuerto de Moscú, no pudo pasar. Había miles de personas esperándola.
Todas las televisoras estaban ahí. Los fotógrafos, los reporteros, los fans que lloraban y gritaban. Ella misma contó que en el primer momento no entendía estaba pasando, que se preguntaba por qué tanto alboroto si nadie la conocía en Rusia. Y entonces alguien le explicó, “No era ella a quien recibían así, era a Mariana, el personaje que ella había interpretado más de una década antes en un foro de Televisa en la Ciudad de México con cámaras estáticas y sin grabar en exteriores.
Ese personaje había llegado a Rusia y los rusos lo habían amado como si fuera suyo. 70 millones de personas llorando con la misma historia que usted lloró en México. La BBC de Londres hizo un documental sobre el fenómeno. Hubo rumores, no confirmados, pero rumores al fin, de que Verónica Castro y Rogelio Guerra estuvieron cerca de ser invitados a las elecciones presidenciales rusas como embajadores culturales, porque su fama en ese país en ese momento era tan grande que podría compararse con la fama de cualquier político. Eso es lo que
fue. Los ricos también lloran. No. Una telenovela mexicana de 1979 que fue popular en su momento. Fue un fenómeno que viajó por el mundo durante décadas, que se transmitió en más de 120 países, que fue doblada a más de 25 idiomas, incluyendo árabe, chino, mandarín, turco, italiano, ruso y portugués.
fue el primer gran éxito de exportación de la televisión mexicana, el que le demostró a Televisa que sus historias podían conquistar el mundo entero y que abrió el camino para todas las telenovelas que vinieron después. Y en el centro de todo eso estaba una mujer que de niña vivió en casa de su abuela porque el papá se fue un día y no volvió, que con 15 años le pidió a un político desconocido una beca para estudiar actuación porque no tenía dinero para pagarla.
que quedó embarazada sola, sin apoyo a los 21 años y tuvo que empeñar su coche para pagar el hospital. Esa mujer se llamaba Verónica Castro y esta es su historia. Verónica Judith Sainz Castro nació el 19 de octubre de 1952 en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, hija mayor de cuatro hermanos. Su padre era ingeniero, un hombre de apellido Sainz.
que un día simplemente se fue sin explicaciones, sin rastro, sin volver. Verónica tenía pocos años cuando eso pasó y esa ausencia le dejó dos cosas que la marcarían para siempre. Un resentimiento hacia la figura paterna que nunca pudo sacarse del todo y una responsabilidad de hermana mayor que la obligó a madurar antes de lo que cualquier niña debería.
Su madre, doña Socorro Castro, se puso a trabajar como secretaria del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México para sacar adelante a sus cuatro hijos. La familia fue a vivir a casa de la abuela materna en la calle de Donato Guerra en la colonia Juárez. Una casa prestada, un hogar construido de voluntad y de trabajo.
Verónica estudió la primaria en la escuela Víctor María Flores, la secundaria en la número 23 y desde la primaria, desde que era una niña pequeña entre pupitres y cuadernos, ya había algo diferente en ella, una chispa, una manera de pararse frente a los demás que hacía que todos voltaran a verla. Cantaba en los festivales escolares, actuaba en las obras de teatro de fin de año.
Tenía esa cosa que no se aprende en ningún libro, esa cosa que o se trae o no se trae. Y ella la traía desde que era chiquita, pero en casa no había dinero para escuelas de actuación, no había dinero para clases de baile ni para talleres de canto. La madre trabajaba de sol a sol y alcanzaba justo para lo necesario. Y entonces Verónica, que tenía 15 años y ya sabía perfectamente lo que quería ser en la vida, tomó una decisión que dice mucho de su carácter.
Un político llamado Pedro Luis Bartilotti hacía campaña en su colonia. Verónica fue a hablarle, le pidió que fuera su padrino artístico, le pidió una beca para estudiar actuación, no le pedía dinero, le pedía una puerta y el político se la abrió. le consiguió una beca para estudiar en la escuela del maestro Andrés Soler en la academia de la Asociación Nacional de Actores de México.
Ahí fue donde Verónica Castro empezó a aprender lo que ya sabía instintivamente desde niña. Y ahí también fue donde entró su hermana Beatriz, las dos juntas desde el principio compartiendo ese camino que las llevaría décadas después a ser actrices reconocidas en México. Pero antes de las telenovelas, antes de los premios y los aplausos, Verónica Castro tuvo que pasar por los pasillos, por esos pasillos largos y fríos de los foros de Televisa, donde los actores jóvenes esperaban horas para que alguien los viera, donde las oportunidades llegaban de a poquito con mucha
paciencia. Ella misma lo dijo en una entrevista con esa honestidad que la caracteriza siempre. Me pasé 15 años preparándome y esperando en los pasillos de Televisa por una oportunidad. 15 años, no tres, no cinco, 15 años de ir, de esperar, de tomar clases de canto, de baile, de actuación, de hacer pequeños papeles, de no rendirse.
Mientras esperaba, empezó a aparecer en fotonovelas. Ese formato tan popular en los años 60 y 70, donde las historias se contaban con fotografías y diálogos impresos, encontró en el rostro de Verónica Castro algo que le servía perfectamente. Sus ojos expresivos, su manera de sonreír, esa forma que tenía de mirar a la cámara como si te estuviera hablando directamente a ti.
Y en esos pasillos de Televisa, siendo una chica de 1617 años, Verónica Castro conoció a alguien. a alguien que la fascinaría desde el primer momento, a alguien 22 años mayor que ella, un hombre de la familia más cómica del espectáculo mexicano, hermano de Tin Tan, hermano de Don Ramón, hermano del ratón Valdés, Manuel, el loco Valdés.
La historia de ese amor y de lo que vino después es una de las más importantes de la vida de Verónica Castro y muy poca gente la conoce completa. El loco Valdés era el comediante más popular de México en esa época, carismático, irreverente, con ese humor particular que lo hacía magnético. Y tenía 42 años cuando esa chica joven de ojos claros empezó a fijarse en él en los foros de Televisa.
Ella misma contó después con una mezcla de nostalgia y humor que desde los 14 años, desde que empezó a trabajar en Televisa, ya lo veía y se quedaba como sonza. La baba se me caía dijo riéndose de su propio recuerdo. Pero no fue hasta los 19 años durante una gira del espectáculo Ensalada de locos que Verónica tomó lo que sentía y lo convirtió en algo.
Comenzaron un noviazgo en secreto. Ella tenía 19. Él tenía 42 y él estaba casado. Verónica no lo sabía o no lo sabía completamente. No sabía la dimensión real de la vida que él llevaba. No sabía que Cristian iba a ser cuando naciera el hijo número 13 de Manuel Valdés con 12 hijos previos de distintas relaciones.
Cuando Verónica se enteró de que estaba embarazada, fue a hablar con él y fue en ese momento cuando supo la verdad completa, que seguía casado, que tenía otra familia, que su vida era mucho más complicada de lo que ella había imaginado. Y Verónica Castro tomó una decisión que en el México de 1974 era extraordinariamente valiente.
Porque en ese México una mujer soltera embarazada cargaba con el peso del juicio social de una manera que hoy es difícil de imaginar. Ella eligió seguir adelante sola. Pero antes de hacerlo hizo algo más. fue a buscar a la esposa de Manuel Valdés a pedirle disculpas, porque lo que Verónica Castro menos quería en el mundo era hacerle daño a otra mujer, porque lo que a ella menos le gustaba era ser la causa del dolor ajeno.
“Señora, perdóneme, no sabía que todavía estaba casado con usted”, le dijo. Y la mujer le respondió que no se preocupara, que ellos ya no estaban juntos de verdad. Así de complicada era la vida del loco Valdés. Verónica continuó sus estudios en la UNAM, carrera de relaciones internacionales que terminó y de la que se graduó en 1979, el mismo año en que los ricos también lloran, la convertiría en la actriz más famosa de México.
Con 8 meses y medio de embarazo, seguía corriendo a la universidad porque no quería perder el año. Empeñó su coche para pagar el hospital donde iba a dar a luz porque no tenía el dinero de otra manera. El 8 de diciembre de 1974 nació Cristian Castro. Verónica lo registró solo con sus apellidos. El apellido del padre no estaba en ese documento.
Y durante los primeros años de vida de Cristian, su madre eligió no decirle quién era su papá. Esperó a que el niño tuviera 5 años para revelarle el nombre. Y aunque supo quién era, Cristian no tuvo contacto con Manuel Valdés durante décadas. El reencuentro cuando por fin se dio fue uno de esos momentos que la vida prepara sin avisar.
Verónica y Cristian estaban en un hotel en Acapulco. En el pasillo, al fondo, ella vio a alguien que desde lejos le pareció conocido. Al acercarse al elevador, vio que era él, el loco Valdés. En el mismo hotel, en el mismo piso, parada entre su hijo y el hombre que lo había engendrado, Verónica Castro hizo lo que siempre ha hecho.
Fue directa, sin rodeos. Le dijo a Cristian señalándolo, “Este es tu papá.” Y le dijo a Manuel, “Este es tu hijo, Cristian.” Manuel Valdés se puso a llorar. Cristian no sabía qué hacer. Se dieron un beso y un abrazo, y Manuel no entró al elevador, se quedó en el pasillo mientras ellos se iban. Fue hasta 2005 cuando nació Simone, la primera hija de Cristian Castro, que padre e hijo verdaderamente empezaron a construir una relación.
El reencuentro en Acapulco fue el primer capítulo. La nieta de Verónica fue el segundo. Manuel el Loco Valdés murió el 28 de agosto de 2020 a los 89 años. Después de una larga lucha contra el cáncer, Cristian Castro publicó un mensaje en redes sociales despidiéndose de él. Estoy muy orgulloso de ser su hijo escribió.
Verónica Castro pidió que descansara en paz. Pero cuando Cristian nació en diciembre de 1974, todo eso era futuro desconocido. Lo que era presente era una madre de 22 años, sola, con un bebé, sin el padre, en un México que no era fácil para las mujeres que tomaban esas decisiones. Y Verónica Castro se puso a trabajar.

Siguió haciendo pequeños papeles en Televisa, siguió tomando clases y en 1979, después de 15 años de pasillos y de espera, llegó el momento. Un productor chileno llamado Valentín Pimstein estaba preparando una nueva telenovela y Valentín Pimstein era en ese mundo prácticamente una leyenda. Había producido algunas de las telenovelas más exitosas de la televisión mexicana.
Era un hombre de ojo clínico, de esos que ven en un actor, no lo que es en ese momento, sino lo que puede llegar a ser. Y la historia que Pimstein tenía entre las manos venía de una escritora cubana llamada Inés Rodena, una radionovela que se llamaba Los ricos también lloran y que era exactamente lo que parece.
Una historia de esas que llevan siglos funcionando porque tocan algo muy profundo en el corazón humano. La joven pobre que llega a la casa de los ricos, el galán que se enamora de ella, los obstáculos que separan a los que se quieren y la pregunta que da título a todo. ¿Pueden los ricos sufrir igual que los pobres? La respuesta, por supuesto, es sí.
Pero antes de que la historia llegara a ser la telenovela que usted conoce, hubo un cambio de planes que casi la hace diferente para siempre. Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que en ese momento era el dueño y alma de Televisa, había tenido la idea de que la telenovela se produjera en Miami, Florida, donde vivía la escritora Inés Rodena.
Pimstein y Rodena ya estaban desarrollando el proyecto con otro nombre. Perdí mi baby y entonces Azcárraga cambió de parecer. Quería que la telenovela se hiciera en México, en los foros de Televisa. Con elenco mexicano, Pimstein cambió el nombre, cambió la locación y empezó a construir el elenco. Para el papel de Luis Alberto Salvatierra, el galán rico y mujeriego que se enamora de la protagonista, eligió a un actor de 42 años con una presencia física imponente.
Nacido en Aguascalientes en 1936, un hombre que ya había hecho carrera en el cine y la televisión, que tenía ese porte de galán clásico que pocas personas tienen naturalmente. Se llamaba Rogelio Guerra. Y para Mariana Villarreal, Pimstein eligió a Verónica Castro. Cuando Verónica Castro llegó al foro de grabación de los ricos también lloran en octubre de 1979 ya llevaba 15 años esperando ese momento.
15 años de pasillos y de pequeños papeles y de decirle a su madre que iba a llegar el día en que todo ese trabajo tuviera su recompensa. Ese día llegó. Mariana Villarreal era exactamente el tipo de personaje que puede destruir a una actriz o consagrarla para siempre sin términos medios. Una joven de campo humilde que queda huérfana y desamparada cuando muere su padre y su madrastra la echa de la hacienda, que llega a la Ciudad de México sin nada, que es acogida por un rico llamado don Alberto Salvatierra, quien la toma bajo su protección y la
educa, la refina, la transforma. y que en ese proceso se enamora del hijo de don Alberto, Luis Alberto, el hombre que al principio la ve con desprecio, que la corteja por diversión para molestar a su padre, que no entiende cómo una muchacha tan sencilla puede hacerle sentir cosas que ninguna mujer de su clase le había hecho sentir antes.
Era la fórmula perfecta, la cenicienta, el príncipe, el amor imposible que resulta ser el único amor posible. Pero Verónica Castro hizo algo con ese personaje que ningún guion puede escribir. Lo hizo real. Hay actores que interpretan a sus personajes y hay actores que los habitan, que los llevan en el cuerpo de una manera tan completa que cuando los ves en pantalla no estás viendo actuación, estás viendo a una persona.
Verónica Castro habitó a Mariana Villarreal, le puso sus propias lágrimas, le puso sus propias experiencias de mujer que ha luchado, que ha sufrido, que ha empezado desde abajo y ha tenido que subir con sus propias fuerzas. le puso algo que venía de muy adentro y que el público de toda América Latina reconoció inmediatamente, aunque no supiera nombrarlo.
La telenovela se estrenó el 16 de octubre de 1979 en horario de las 6:30 de la tarde porque Televisa, que era muy buena para los negocios, apostaba a sus proyectos seguros en el horario estelar y dejaba los proyectos de riesgo para más temprano. Y empezó a pasar algo, algo exactamente igual a lo que pasó 7 años después con Cuna de Lobos, algo que los ejecutivos de Televisa no habían calculado.
Las mujeres mexicanas empezaron a hablar, a llamarse por teléfono después de cada capítulo, a reunirse en casas para ver la telenovela juntas, a no querer perderse ni un episodio. Televisa vio los números y movió a los ricos también lloran al horario estelar de las 9:30 de la noche. Y ahí Mariana y Luis Alberto se convirtieron en los personajes más queridos de la televisión mexicana.
248 episodios emitidos entre octubre de 1979 y marzo de 1980. 5co meses y medio de televisión que se convirtieron en años de memoria colectiva. La historia tenía dos partes claramente diferenciadas y en eso hay algo que vale la pena contarle porque muy poca gente lo sabe. La primera parte que terminaba con el matrimonio entre Mariana y Luis Alberto la escribió una adaptadora llamada María Saratini.
Fue Saratini quien construyó esa primera historia con toda su fuerza, con sus escenas más memorables, con esa tensión entre los dos protagonistas que hacía que el público se desesperara de amor y de impaciencia. Pero Pimstein, viendo el éxito descomunal que tenía entre las manos, quiso extender la historia. Quería más capítulos, más historia, más Mariana. Y Saratini dijo que no.
Lo dijo con toda claridad. dijo que la historia ya estaba completa, que Mariana y Luis Alberto ya habían encontrado su final, que alargar lo que ya había terminado era una mala idea. Pimstein no estuvo de acuerdo y Zaratini se fue. Para escribir la segunda parte, Pimstein contrató a un escritor venezolano llamado Carlos Romero, que basó esa continuación en otra radionovela de Inés Rodena llamada Cuando se regala un hijo.
Y esa segunda parte fue donde la historia se volvió más oscura, más truculenta, con ese giro en el que Mariana y Luis Alberto se separan porque él cree que ella lo engaña. Ella enloquece de dolor y abandona a su hijo recién nacido. Y la segunda mitad de la telenovela se convierte en la búsqueda de ese hijo perdido.
Fue en esa segunda parte donde apareció una jovencísima actriz interpretando a la hija adolescente de Mariana y Luis Alberto, una muchacha de pelo oscuro que unos años después se volvería rubia y se convertiría en una de las actrices más reconocidas de México. Se llamaba Edit González. Y hay otra cosa curiosa que dice mucho sobre la magia particular de esta telenovela.
Guillermo Capetillo, que apareció en Los ricos, también lloran haciendo el papel del hijo de Verónica Castro. volvió a trabajar con ella unos años después en Rosa Salvaje haciendo el papel de su esposo y años más tarde en Pueblo Chico Infierno Grande haciendo el papel de su novio, la misma actriz, el mismo galán, tres telenovelas distintas, tres relaciones completamente diferentes.
Pero regresemos a Mariana, regresemos a ese personaje que viajó alrededor del mundo y que llegó a Rusia a conmover a 70 millones de personas. ¿Qué tiene Mariana Villarreal que trasciende idiomas, culturas, décadas? Tiene algo muy simple. Tiene el corazón de una mujer que sufre, que ama, que lucha contra todo, que no se rinde aunque el mundo entero se ponga en su contra y que al final, cuando parece que ya no hay nada que la sostenga, sigue de pie.
Eso lo entienden en México, lo entienden en Colombia, lo entienden en Rusia, lo entienden en Turquía, lo entienden en China. Porque Mariana Villarreal no es un personaje mexicano, es un personaje humano. Y Verónica Castro lo supo llevar desde adentro, desde esa parte de su propia historia que conocía bien, la parte de la mujer que empieza desde cero, que sube con sus uñas, que llora, pero no se queda en el suelo.
Ahora quiero hablarle de Rogelio Guerra, porque la historia del hombre que le dio vida a Luis Alberto Salvatierra es una de las más trágicas que ha producido la televisión mexicana. Rogelio Guerra. Su nombre verdadero era Ildegardo Francisco Guerra Martínez, nacido en Aguascalientes el 8 de octubre de 1936. Un nombre de pila que sonaba más a personaje bíblico que a Galán de telenovelas, razón por la que desde el principio de su carrera usó el nombre artístico que toda México conoció.
Era un hombre de estatura considerable con ese porte que hace que la gente voltee cuando entra a un cuarto. Un galán en el sentido más clásico de la palabra. En sus años de mayor popularidad, los tumultos de admiradoras afuera de los foros de grabación eran una escena regular. Las mujeres hacían fila para verlo, le mandaban cartas, le dejaban regalos.

Su carrera empezó en los años 60 con pequeños papeles en cine y televisión y fue construyéndose con paciencia con ese tipo de trabajo constante que pocas veces recibe el reconocimiento que merece. Hasta que llegó, los ricos también lloran. Con Luis Alberto Salvatierra, Rogelio Guerra alcanzó algo que muy pocos actores consiguen.
No solo la fama en su propio país, la fama en el mundo entero. Su cara llegó a lugares que él mismo nunca hubiera imaginado. En Rusia lo conocían igual que conocían a Verónica Castro. En Colombia, donde la telenovela se transmitió en 1984 con un rating sostenido de 64 puntos, era una celebridad de primera línea. En Chile, en Perú, en toda América Latina, Luis Alberto Salvatierra era el hombre que todas las mujeres querían amar.
Pero la vida de Rogelio Guerra fuera del foro de grabación estaba llena de irregularidades. Su primer matrimonio duró 15 días. 15 días se casó con una cantante llamada Darcy Denis y antes de que terminara el primer mes ya estaba disuelto. Tuvieron un hijo juntos, también llamado Rogelio, que creció lejos de su padre.
Después estuvo con la actriz Faedra Johnson, con quien tuvo una hija también llamada Faedra, que se fue a vivir a los Estados Unidos. una nieta llamada Atenas, la única nieta que Rogelio Guerra conoció. En los años 90, después de décadas de trabajo en Televisa, Rogelio Guerra tomó una decisión que resultó ser la más costosa de su vida.
Firmó un contrato con TV Azteca para protagonizar tres telenovelas exclusivas. El contrato prometía mucho, pero algo salió mal. Después de protagonizar la telenovela Golpe Bajo junto a Lucía Méndez, estalló un pleito legal que lo destruyó económicamente. TV Azteca lo acusó de incumplimiento de contrato. Le reclamó una indemnización de 26 millones de pesos y como parte del proceso judicial al actor le fueron embargados su casa, sus cuentas bancarias, sus regalías e incluso su nombre artístico.
Rogelio le quitaron prácticamente todo dijo su abogado en ese tiempo. El hombre que en los años 80 había sido una celebridad internacional que había llenado foros y causado tumultos de admiradoras, llegó a sus años finales sin dinero, sin casa, sin los recursos para pagar los médicos que necesitaba.
Porque en 2013 a Rogelio Guerra le diagnosticaron Alzheimer, esa enfermedad que borra los recuerdos poco a poco, que va quitando los nombres, las caras, los momentos, que en un hombre que había construido toda su vida sobre la memoria de los personajes que había interpretado, de los diálogos que había aprendido, de las escenas que había grabado, era una crueldad.
Y en 2015, mientras ya luchaba contra el Alzheimer, sufrió un derrame cerebral que lo dejó en silla de ruedas y sin poder hablar. Sin dinero para pagar los gastos médicos, Rogelio Guerra fue ingresado en la casa del actor, esa institución que existe en México, para cuidar a los actores que llegaron al final de su vida sin los recursos necesarios. Vivió ahí por un tiempo.
Después regresó con su familia, que lo cuidó hasta el final. Su viuda, Maribel Robles, que había estado casada con él por 34 años, contó algo que resume la dignidad de ese hombre hasta el último momento. La mañana del 28 de febrero de 2018, Rogelio bajó a desayunar. Estaba de buen humor.
Bromeó con el enfermero que lo cuidaba. Había risas en esa casa ese día. Nadie pensó que sería el último. Ese mismo día, Rogelio Guerra murió a los 81 años de un paro respiratorio. El hombre que había sido Luis Alberto Salvatierra, el galán más famoso de la televisión latinoamericana en los años 80, murió el mismo día que murió María Rubio, la actriz de Cuna de Lobos.
El 28 de febrero de 2018, México perdió a dos de los actores más grandes de su historia en el mismo día. Maribel Robles lo dijo con una honestidad desgarradora. Se fue sin herencia, sin fortuna, sin nada de lo material que había ganado y perdido a lo largo de su vida, solo con el recuerdo de todo lo que había hecho.
Pero ese recuerdo es enorme, querida amiga. 70 millones de rusos llorando con Luis Alberto Salvatierra no se los quita nadie. Ahora volvamos a Verónica Castro porque después de los ricos también lloran. La historia de esta mujer no terminó. En muchos sentidos, apenas empezaba. El éxito de Mariana Villarreal la convirtió en la actriz más solicitada de México.
Los productores la llamaban, los proyectos llegaban. La fama que había esperado 15 años de pasillos cayó sobre ella de golpe. Pero Verónica Castro no era de las que se conforman con lo que ya tienen. Era de las que quieren más, que quieren explorar, que no pueden quedarse quietas. Y en 1981, Televisa le ofreció protagonizar una nueva versión de El derecho de nacer, el clásico del dramaturgo cubano Félix B.
Kaet bajo la producción del gran Ernesto Alonso. Fue otro éxito. Trabajó al lado de su hermana Beatriz en ese proyecto, algo que para ella era especialmente significativo, pero entonces vino la decisión que casi le costó todo. En 1982, Verónica Castro recibió una oferta de Argentina, una propuesta para protagonizar una telenovela en Buenos Aires llamada Verónica.
El rostro del amor era un proyecto interesante, era trabajo en otro país, era la oportunidad de hacer algo diferente y Verónica lo aceptó. Televisa no lo tomó bien. Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que era en ese momento el corazón de esa empresa, consideró que Verónica Castro le había faltado el respeto al aceptar trabajo con la competencia en otro país y Televisa la vetó 5 años.
Durante 5 años, Verónica Castro no pudo trabajar en Televisa, 5 años fuera de la empresa que era el corazón de la televisión mexicana. Pero Verónica no se quedó quieta durante esos 5 años. Hizo más telenovelas en Argentina. viajó a Italia, donde era ya una celebridad gracias a los ricos también lloran y donde protagonizó producciones italianas y grabó discos en italiano.
Vivió y trabajó en Europa con esa adaptabilidad que tiene la gente que ha sabido reinventarse desde joven. El veto duró 5 años y en 1987 Televisa lo levantó. Verónica Castro volvió a México y volvió con todo. El proyecto que marcó su regreso se llamó Rosa Salvaje, una telenovela de la que México todavía habla, donde interpretó a una muchacha rebelde y apasionada que conquistó al público con una fuerza diferente a la dulzura de Mariana.
Fue otro éxito enorme y en ese regreso también llegó algo personal que la marcaría. Verónica Castro se enamoró de nuevo, esta vez de un empresario llamado Enrique Niembro, un hombre casado otra vez, aunque esta vez, según versiones que ella misma confirmó con el tiempo, él era el gran amor de su vida. De esa relación nació su segundo hijo Michel Castro en 1992.
Y aunque Niembro estaba casado y tenía hijos con otras mujeres, la relación entre Verónica y él tuvo más profundidad que la que había tenido con el loco Valdés. No terminó de la misma manera, no dejó las mismas cicatrices. Michelle Castro creció para convertirse en cineasta, estudió producción audiovisual, se alejó de la actuación y encontró su camino detrás de las cámaras y se convirtió también con los años en el guardián silencioso de su madre, el hijo que cuida, que protege, que está sin necesitar los reflectores.
Mientras Cristian Castro eligió los escenarios, la fama, la música, que hoy lo hace uno de los cantantes de balada más reconocidos de América Latina, Michelle eligió la discreción. Dos hijos de la misma madre, completamente diferentes. Y Verónica los ama a los dos con esa intensidad que siempre la ha caracterizado.
Mis hijos son mi gran amor, mi presente, mi pasado y mi futuro son mi vida entera, dijo en una entrevista reciente con esa emoción genuina que no necesita ensayarse. Pero la historia de Verónica Castro tiene muchos más capítulos. En los años 90, mientras seguía haciendo telenovelas, Verónica descubrió otra faceta de sí misma que no había explorado del todo.
La de conductora de programas de variedades y entretenimiento nocturno, en 1991 lanzó un programa llamado Mala noche, ¿no? Un late night show con entrevistas, música, humor, que rompió los esquemas de lo que la televisión mexicana ofrecía en ese horario. Y hubo una noche de ese programa que se convirtió en leyenda.
Juan Gabriel, el más grande de los cantantes mexicanos de todos los tiempos, fue invitado al programa y Juan Gabriel decidió que esa noche iba a cantar, iba a cantar y no iba a parar. Verónica contó lo que pasó esa noche en un homenaje que le hicieron en San Miguel de Allende cuando el programa ya llevaba horas, cuando el horario de transmisión había terminado y el canal estaba empezando a desesperarse, Juan Gabriel seguía cantando y decía que tenía que irse porque tenía un compromiso en Puerto Rico. Verónica
llamó a Emilio Azcárraga Milmo, al dueño de Televisa, a las 2 o 3 de la madrugada y le dijo que Juan Gabriel se quería ir porque tenía que trabajar en Puerto Rico. Azcárraga le respondió, “No, que no se vaya. Yo le pongo el avión. Dile que no se preocupe.” Juan Gabriel se quedó, siguió cantando. 8 horas completas desde el inicio del programa hasta el amanecer.
Fue la emisión más vista de toda la historia de Malache, ¿no? Y Verónica Castro, con esa risa que le sacudía los hombros, añadió que ella nunca había viajado en ese avión que Azcárraga ofreció para quedarse con Juan Gabriel en el programa. Fue también durante esos años cuando nació la amistad o lo que fuera entre Verónica Castro y Yolanda Andrade.
Una amistad que décadas después se convirtió en una de las controversias más sonadas del espectáculo mexicano. Yolanda Andrade es una conductora sinaloense, simpática, de inhibida, con una manera de contar las cosas que siempre genera conversación. Y en 2019, durante una entrevista con el periodista Javier Posa, Yolanda Andrade dijo algo que sacudió al espectáculo mexicano.
Dijo que ella y Verónica Castro habían tenido una relación amorosa, que habían tenido una ceremonia simbólica en Ámsterdam, que se habían casado en el sentido emocional, aunque no legal. México se detuvo. Verónica Castro lo negó rotundamente. Lo negó con una molestia genuina. Dijo que solo había existido entre ellas una amistad, que las declaraciones de Yolanda la habían herido profundamente, que no podía con la agresión y el escarnio que generó esa polémica. Yolanda insistió.
Dijo que lo que había pasado era real y que ella no mentía. Publicó mensajes crípticos. En uno de ellos compartió una foto de la Virgen de Guadalupe con el mensaje dirigido a Verónica. Tú y yo sabemos. Por lo pronto, de mi parte te pido reflexión. La polémica duró meses y tuvo consecuencias concretas para Verónica Castro.

Según versiones que circularon en el medio, Verónica pidió a Televisa que tomara una posición clara en su defensa, que la protegiera de las declaraciones que la ponían en una situación que ella no había elegido. Y Televisa, que tiene sus propias razones para sus propias decisiones, no lo hizo de la manera que ella esperaba y Verónica Castro anunció su retiro.
Se alejó de la televisión, se alejó de las redes sociales, se alejó del ruido. Su hijo Cristian, cuando le preguntaron su opinión sobre las declaraciones de Yolanda Andrade, fue muy claro. No hay fotos, no hay chats, no hay un relato contundente de cuándo sucedieron los hechos. Dijo que si alguien iba a hacer afirmaciones de ese tipo, debería poder respaldarlo con pruebas concretas.
La relación entre Verónica y Yolanda quedó rota por años. En 2023, Yolanda Andrade sufrió una neurisma cerebral que la tuvo hospitalizada. y del que se recuperó lentamente. Cuando los medios le preguntaron a Verónica al respecto, ella respondió con cuatro palabras que decían todo y no decían nada al mismo tiempo.
Que Dios la guarde. Y cuando le preguntaron si le había hecho brujería, como circulaba en las redes sociales, respondió entre risas, “Macumba, solamente la hago en el escenario. Es Verónica Castro, capaz de responder lo más serio con un chiste y lo más cómico con una seriedad que te deja sin palabras.
La historia del retiro de Verónica no fue definitiva, nunca lo es con ella, porque Verónica Castro tiene esa cosa que tienen las personas que nacieron para estar frente a las cámaras, que no pueden alejarse para siempre, que el público las llama de vuelta. En 2018, cuando llevaba ya tiempo alejada de la televisión mexicana, aceptó un papel en una serie de Netflix llamada La Casa de las Flores.
Una producción del director Manolo Caro, contemporánea, diferente a todo lo que ella había hecho antes. Una comedia oscura sobre una familia de clase alta con secretos fue un regreso que sorprendió a todos porque la Verónica Castro, que apareció en la casa de las flores, no era Mariana Villarreal, ni era Rosa Salvaje. Era una actriz de 65 años que podía hacer algo que muy pocas personas logran.
reírse de sí misma, jugar con su propia imagen, estar en una historia completamente diferente y seguir siendo completamente ella. La primera temporada fue un éxito, la segunda temporada llegó sin ella y Verónica Castro, que nunca ha tenido problema en decir lo que piensa, expresó públicamente su molestia con el director Manolo Caro, por lo que consideró una decisión injusta.
Que Dios lo perdone”, dijo. Otra de esas frases que en Verónica Castro suenan a algo mucho más complicado que lo que dicen literalmente. Pero hay algo más en la historia de esta mujer que necesito contarle. Algo que habla de su vida interior, de lo que la sostiene cuando todo lo demás se complica. En abril de 2020, durante la pandemia, murió su madre, doña Socorro Castro, la mujer que la había sostenido cuando quedó embarazada a los 21 años, la que la había acompañado durante el embarazo, la que había estado ahí cuando no había dinero para el hospital, la que
había sido el ancla de toda esa familia de cuatro hermanos que un día se quedaron sin padre. Verónica habló de esa pérdida con una honestidad que quitaba el aliento. Desde que se fue no logro levantar cabeza. Me ha costado mucho trabajo, pero sé que me sigue apoyando. Son las palabras de una hija, de alguien que perdió a quien la conocía mejor que nadie en el mundo.
Doña Socorro Castro fue el pilar silencioso de toda esa historia. La mujer, que no aparece en los créditos de los ricos también lloran, pero que sin ella no habría existido Verónica Castro tal como la conocemos. La madre que trabajó como secretaria para sacar adelante a cuatro hijos cuando el padre se fue, la que estuvo cuando nadie más estaba.
Hoy Verónica Castro tiene 72 años. Tiene canas que luce con orgullo. Tiene una nieta llamada Rafaela, hija de Cristian Castro, a quien adora con esa intensidad que ella pone en todo lo que ama y tiene una carrera de más de 50 años que incluye cosas que ninguna otra actriz mexicana puede decir que ha hecho. Protagonizó la telenovela más vista en la historia de la televisión latinoamericana.
Llegó a Rusia y fue recibida como reina. Se fue a Argentina en defensa de su libertad y sobrevivió 5 años de veto. Grabó discos en italiano. Condujo un programa de variedades durante el que Juan Gabriel cantó 8 horas seguidas. Fue la primera mujer en producir su propia telenovela en México cuando hizo Mi pequeña soledad.
criara sola a dos hijos con caracteres completamente diferentes y los dos salieron bien. Eso no es una carrera, es una vida. Pero quiero cerrar con algo que creo que es lo más importante de toda esta historia. Algo que tiene que ver con lo que los ricos también lloran le hizo al mundo. Hay un concepto que los historiadores de la televisión llaman diplomacia suave.
La idea de que las historias, los personajes, la cultura de un país pueden crear puentes entre pueblos que de otra manera no tendrían ninguna razón para entenderse. Los ricos también lloran hizo eso antes de que existiera el concepto, antes de que los académicos le pusieran nombre, una telenovela mexicana producida en los foros de Televisa Chapultepecaras estáticas y sin grabar en exteriores, le mostró a la gente del otro lado del mundo que el amor duele igual en todas partes, que la pobreza tiene dignidad igual en todos los idiomas, que una
madre que busca a su hijo perdido es una imagen que trasciende de cualquier frontera y que Verónica Castro, esa chica de la colonia San Rafael que se pasó 15 años esperando en los pasillos de Televisa, tenía razón en no rendirse. Ahora le cuento algo más, algo sobre cómo terminó todo esto. Rogelio Guerra murió en 2018, sin fortuna, pero con el recuerdo de millones de personas que lo amaron.
Valentín Pimstein, el productor chileno que creyó en esa historia cuando nadie sabía que iba a ser lo que fue, murió en 2009 en Ciudad de México. Inés Rodena, la escritora cubana que escribió la radionovela original, que se convirtió en telenovela, que se convirtió en película, que se convirtió en fenómeno global. murió en Miami en 1985 antes de ver la dimensión completa de lo que su historia había creado en el mundo.
María Saratini, la adaptadora que escribió la primera parte de la telenovela y que se negó a alargarla porque dijo que la historia ya estaba completa, tenía razón. La primera parte es la que todo el mundo recuerda. La segunda parte existe, pero es la historia de Mariana llegando a la casa de los Salvatierra, de Luis Alberto mirándola por primera vez, de ese amor que ninguna diferencia de clase podía impedir.
Esa es la que viajó a 120 países y llegó a 70 millones de rusos. y Edit González, la jovencísima actriz de pelo oscuro que apareció en la segunda parte de la telenovela interpretando a la hija de Mariana y Luis Alberto. También tiene su historia, una historia que termina demasiado pronto, en 2019, cuando muere de cáncer de ovario a los 54 años.
una actriz que construyó una carrera brillante que fue una de las villanas más recordadas de la televisión mexicana en los años 90 que luchó contra la enfermedad con una valentía que dejó a México sin palabras. También Christian Bach, la actriz argentina que hizo un papel en los ricos, también lloran y que después tuvo una larga carrera en México. Murió en 2019.
Estaba casada con el actor Humberto Zurita desde 1986. Juntos fueron durante décadas uno de los matrimonios más queridos del espectáculo. Cuando ella murió, en febrero de 2019, de un paro respiratorio a los 59 años, Humberto Zurita quedó con una tristeza que el público sintió como propia. La telenovela, que empezó en 1979 y sus protagonistas, sus actores, sus historias siguen resonando décadas después.
siguen produciendo conversaciones, siguen generando ese efecto particular que tienen las historias bien contadas, el de quedarse contigo mucho después de que terminan. Querida amiga, hay una escena de los ricos también lloran que quiero que recuerde, una escena que si usted la vio en su momento no ha olvidado.
Cuando Mariana, después de todo lo que ha pasado, después del dolor y la búsqueda y los años perdidos, mira a Luis Alberto y hay en esa mirada algo que no necesita ningún diálogo. Hay gratitud, hay cansancio, hay amor del bueno, del que sobrevive las tormentas. Esa mirada la construyó Verónica Castro con 50 años de vida vivida, con una infancia sin padre y una madre que lo fue todo, con un primer amor que la dejó embarazada y sola.
con 15 años de pasillos esperando que llegara su momento, con la valentía de irse a Argentina cuando Televisa no la merecía, con la dignidad de criar a dos hijos sin pedir ayuda. Todo eso estaba en esa mirada y por eso 70 millones de rusos lloraron porque Mariana Villarreal no era un personaje de televisión, era el reflejo de todas las mujeres que han amado con todo, que han perdido con todo y que al final han salido de pie.
Igual que Verónica Castro, igual que usted, querida amiga, eso es todo por hoy. Si este video la hizo recordar aquellas noches frente al televisor, aquellas conversaciones del día siguiente con su madre, con su hermana, con su vecina, compártalo con esa persona que también las vivió, porque esta historia también es de todas nosotras. M.