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El desgarrador secreto que María Félix enterró bajo el glamour

El desgarrador secreto que María Félix enterró bajo el glamour: Las crudas palabras de su único hijo, el calvario de su homosexualidad ocultado por Televisa y la devastadora verdad sobre el luto eterno de “La Doña” tras dejarlo morir en la absoluta soledad.

María Félix y la carta secreta de su hijo, las palabras que destruyeron su imagen 

A los 7 años lo separaron de su madre por primera vez. No fue una separación suave, no fue una conversación en la que alguien le explicó lo que estaba pasando. Fue su padre que lo tomó de la mano, lo metió en un coche en Guadalajara y lo alejó de la Ciudad de México donde vivía su mamá. A los 8 años lo metieron en un avión rumbo a un internado en Canadá con una maleta pequeña y la promesa de que su madre lo visitaría dos veces al año. Esa promesa no siempre se cumplió.

A los 62 años murió solo en su departamento de la colonia Polanco en la madrugada de un viernes en el mismo sillón donde veía televisión mientras su madre tomaba champaña en París y dormía sin saber que su único hijo en el mundo acababa de morir. Hoy ella lleva más de 20 años muerta, pero las palabras que él dejó grabadas en entrevistas sobre su infancia, sobre su madre, sobre lo que fue crecer siendo el hijo de la mujer más famosa de México, esas palabras todavía duelen exactamente igual que el día en

que las dijo. Su nombre era Enrique José Álvarez Félix. Era el único hijo de la mujer más famosa de México, la cuarta actriz más fotografiada del mundo en su época después de Marilyn Monro, Sofía Loren y Marlen Dietrich. La mujer que tenía estatuas de bronce en su honor en plazas públicas de la Ciudad de México, la que inspiró una colección especial de la Casa Cartier de París, la que recibió propuestas de matrimonio de reyes y millonarios en tres continentes, la que el mundo entero conocía como la doña. Y lo que esa mujer

le hizo a ese niño fue una historia que México prefirió no escuchar durante 60 años, mientras ella seguía viva y el glamur de los vestidos de alta costura y las joyas de diamantes hacía imposible o al menos incómoda. La pregunta correcta. Esta es la investigación que la industria enterró detrás del glamour durante seis décadas completas.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambiarán todo lo que creías saber sobre María Félix. Primero, las palabras exactas que Enrique Álvarez Félix dijo sobre su madre en una entrevista con César Costa y Rebeca de Alba en 1994, 2 años antes de morir. Palabras que ningún canal de televisión en México se atrevió a repetir en toda su crudeza mientras la doña seguía viva y seguía dando entrevistas desde París con su cigarro encendido y su manera de mirar a la cámara como si el mundo le debiera algo. Segundo, el secreto que Televisa

guardó durante décadas sobre por qué Enrique dejó de trabajar en esa empresa después de 20 años de carrera y la obra de teatro que él produjo como respuesta directa a ese despido, una obra sobre la persecución de homosexuales en los campos de concentración nazis en el México de los años 80, cuando ese tema era un tabú tan absoluto que hablar de él en voz alta podía destruir una carrera de la noche a la mañana.

 Tercero, lo que el periodista Edmundo Cázares escuchó de boca de la propia María Félix en un teatro al sur de la Ciudad de México. Una confesión que ella hizo frente a varios testigos y que ilumina de una manera completamente diferente toda la relación entre madre e hijo durante 40 años. Una relación que ninguno de los dos supo describir sin contradicción.

 Y cuarto, la verdad sobre los últimos 6 años de la vida de María Félix después de la muerte de Enrique, lo que hizo con sus colores, con sus salidas, con su cuerpo, con su casa y lo que su heredero Luis Martínez de Anda reveló sobre el estado en que quedó la doña después de que encontraron a su hijo solo en ese departamento de Polanco a las 2 de la madrugada de un viernes de mayo de 1996.

Te voy a avisar cuando llegue cada una de estas revelaciones. Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta. Y la cuarta es la que explica por qué una mujer que fue el icono más poderoso del empoderamiento femenino en toda América Latina no pudo ejercer el poder más básico que tiene cualquier ser humano, el de estar presente cuando su único hijo en el mundo más la necesitaba.

 Pero antes de hablar del final de esta historia, necesitas entender el principio. Y el principio no empieza con María Félix, ni empieza en el cine, ni empieza en los estudios de Churubusco, ni en los cafés de París. Empieza décadas antes en un pueblo pequeño del estado de Sonora, con un padre militar que gobernaba su casa como si fuera un cuartel, con una muchacha que aprendió muy temprano que la única manera de sobrevivir en ese mundo era tener más fuerza que el hombre que estaba enfrente. Porque todo lo que

María Félix le hizo a su hijo, todo el abandono, todos los silencios, todas las ausencias, los aprendió primero de alguien que se los hizo a ella. Y ella los repitió sin darse cuenta o quizás dándose cuenta y sin poder parar. La ciudad de Álamos, en el estado de Sonora, no era en 1914 un lugar donde se esperaran milagros ni se discutieran las decisiones del padre de familia.

 Era un pueblo colonial fundado en el siglo X durante la explotación minera de la región, con calles empedradas y fachadas blancas y una plaza central donde los hombres importantes de la comunidad se paseaban con sombrero y los demás lo saludaban. El padre de María, Bernardo Félix Flores, era uno de esos hombres importantes.

 Había nacido en Cosalá, Sinaloa. Era militar y político, y tuvo 12 hijos con su esposa Josefina Guereña Rosas. 12 hijos que crecieron bajo su autoridad sin posibilidad de cuestionarla. María de los Ángeles, Félix Guereña, nació el 8 de abril de 1914, cuarta entre los 12 hermanos. Desde que era pequeña era diferente a los demás, no en el sentido de que fuera más lista o más bonita, aunque después el mundo dijera las dos cosas.

 Era diferente en que no se quedaba quieta, no aceptaba, no obedecía sin pelear. En una casa donde el padre mandaba y los hijos obedecían, María peleaba cada orden, cuestionaba cada decisión, buscaba los límites de lo que se podía hacer y los empujaba hasta donde se podía empujar. Su padre la castigó muchas veces por eso, no con amor, sino con la mano de un hombre que creía que los hijos y especialmente las hijas eran extensiones de su voluntad.

 María aprendió en esa casa que el poder se ejerce o se padece. que no hay punto intermedio, que los que no mandan obedecen y que obedecer te destruye lentamente sin que nadie lo vea. De todos sus hermanos, la relación que más la marcó fue con Pablo, el menor de los varones. una relación intensa de una cercanía que la propia María describió en sus memorias décadas después con una honestidad que asombró a los lectores y que molestó a quienes querían mantener el mito intacto.

 En su autobiografía Todas mis guerras, publicada en 1994 con el historiador y escritor Enrique Krause después de más de 2 años de grabaciones en audio, María escribió sobre Pablo con palabras que ningún editor moderno hubiera permitido en un perfil de revista. escribió que cuando lo vio de militar pensó en buscarse un muchacho que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera su hermano.

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