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Mis abuelos no murieron… y descubrí la verdad 25 años después

El reencuentro con los abuelos perdidos

Parte 1

En España, tener un pueblo al que ir en verano no es un lujo.

Es un derecho constitucional no escrito.

Todos los niños de mi clase en el colegio público de Moratalaz tenían un pueblo.

Tenían un lugar en Cuenca, en Ávila, en Badajoz o en Soria al que huían en julio y agosto.

Y en esos pueblos, invariablemente, había abuelos.

Abuelos que les cebaban a base de torreznos, croquetas y bocadillos de chorizo.

Abuelos que les daban la paga a escondidas en un billete arrugado de mil pesetas.

Abuelos que les dejaban ver la tele hasta las tantas de la madrugada.

Yo no tenía pueblo.

Y, lo que era infinitamente peor, no tenía abuelos.

Ninguno de los cuatro.

Cuando en clase de Conocimiento del Medio nos mandaban dibujar nuestro árbol genealógico, el mío parecía un bonsái podado por un jardinero psicópata.

Estaban las raíces, que éramos mis padres y yo, y punto.

Por encima de ellos, la nada absoluta.

Un folio en blanco.

Mis padres dijeron que mis abuelos murieron en un accidente.

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