Un músico callejero de Barcelona encuentra un bolso lleno de diamantes falsos y la policía no le cree nada
PARTE 1
A Marc Rovira le gustaba decir que Barcelona era una ciudad donde uno podía tocar la guitarra durante tres horas, recibir doce monedas, dos consejos no pedidos, una petición de “Despacito” y, con suerte, un bocadillo de tortilla envuelto en servilleta de bar. No lo decía con amargura. Lo decía con la serenidad de quien había aprendido que la dignidad, cuando se vive de la música callejera, no siempre viene en billetes, pero a veces huele a pan tostado.
Aquella tarde, en el Barrio Gótico, la humedad se había quedado pegada a las piedras como si alguien hubiese pasado una fregona gigante por toda la ciudad y luego se hubiese olvidado de abrir las ventanas. Las callejuelas brillaban bajo las farolas, los turistas caminaban mirando hacia arriba con el mismo respeto con que uno mira una catedral o un menú sin precios, y Marc tocaba junto a una esquina cercana a la Plaça del Rei, sentado en su taburete plegable, con la funda de la guitarra abierta delante.
Llevaba una chaqueta vaquera gastada, una bufanda que había sido roja en algún momento de su vida y unas botas que sonaban como si protestaran cada vez que daba un paso. Tenía treinta y pocos, barba de tres días permanente y esa expresión de persona que no sabe si el mundo le cae simpático o le debe dinero.
Estaba tocando una versión muy sentida de una rumba catalana cuando una mujer de Valladolid se detuvo, le sonrió y le dijo:
—Qué bonito, hijo. ¿Es de los Gipsy Kings?
Marc siguió tocando, tragó saliva y contestó con una sonrisa profesional.
—Es mía, señora.
—Ah, pues se parece mucho a una que escuché en Benidorm.
—La inspiración viaja.
La mujer le echó cincuenta céntimos y se marchó con la satisfacción de haber apoyado el arte independiente sin poner en riesgo su economía familiar.
Marc miró la moneda caer sobre otras dos monedas de veinte, una de diez, un botón que alguien había dejado como si fuera una divisa aceptada, y un papelito doblado que decía “Ánimo, artista”. Lo leyó por tercera vez en la tarde.
—Ánimo tengo —murmuró—. Lo que me falta es alquiler.
A su lado, apoyado contra la pared, estaba Dani, un mimo que trabajaba tres calles más abajo pero que descansaba allí porque, según él, “los turistas en esta zona te miran como si fueras parte del patrimonio, pero no sueltan ni un euro”. Dani iba pintado de blanco de cuello para arriba y llevaba guantes negros. Se había quitado el sombrero y comía patatas fritas de una bolsa con una solemnidad casi religiosa.
—Hoy está flojo —dijo Dani.
—Hoy, ayer, el trimestre entero y posiblemente la historia de la música acústica en espacios públicos.
—Eso te pasa por tocar cosas tuyas. La gente quiere reconocer la canción y sentirse culta.
—Tú haces de estatua.
—Exacto. No ofendo a nadie con originalidad.
Marc soltó una carcajada y cambió de acorde. Un grupo de turistas italianos pasó riéndose, uno de ellos le hizo un vídeo de seis segundos, otro fingió bailar y una chica le dijo “bravissimo” sin acercarse a la funda. Marc ya había entendido hacía tiempo que el aplauso, en la calle, era la forma más económica de no pagar.
A las ocho menos cuarto, el aire empezó a enfriarse. Las tiendas de souvenirs seguían abiertas, vendiendo imanes con lagartos, camisetas del Barça y delantales con dibujos de paella que harían llorar a cualquier valenciano. Un hombre con un carrito de limpieza pasó arrastrando una rueda rota, y en algún balcón alguien discutía en catalán con la energía de quien lleva veinte años compartiendo pared con la misma persona.
Marc estaba terminando una canción cuando vio el bolso.
Al principio no le dio importancia. En Barcelona siempre había cosas en el suelo: bolsas, tickets, colillas, folletos de free tour, dignidad de despedidas de soltero. Pero aquel bolso no encajaba. Era pequeño, elegante, de piel azul oscuro, con una hebilla dorada que brillaba demasiado para estar tirada junto a una pared húmeda, al lado de un contenedor y una bicicleta atada con tres candados.
Marc dejó de tocar a mitad de frase.
Dani levantó la vista.
—¿Te has equivocado?
—No.
—¿Te has emocionado?
—Mira eso.
Dani miró el bolso.
—Ah.
—¿Ah qué?
—Ah, problemas.
—Puede ser de alguien. Igual se le ha caído.
—En el Gótico, si encuentras un bolso abandonado, solo hay tres opciones: turista despistada, despedida de soltera o trama de Netflix.
Marc se levantó despacio, con la guitarra colgada. Miró a un lado y a otro. Pasó una pareja cogida de la mano, un repartidor en bicicleta rozó el bordillo y casi atropelló a un señor que iba mirando Google Maps como si fuese una brújula sagrada. Nadie parecía buscar un bolso.
—No lo toques —dijo Dani.
—¿Y si se lo roban?
—Marc, está en el suelo. Ya ha empezado su carrera criminal.
—Voy a mirar si hay documentación.
—Claro. Eso dicen todos antes de aparecer en un programa de sucesos.
Marc se agachó, cogió el bolso por la correa con dos dedos, como si pudiera morder, y lo dejó sobre el taburete. Dani se acercó con cara de estar viendo el final de una película mala pero entretenida.
—Ábrelo con cuidado —susurró.
—¿Por qué susurras?
—Porque si hay dinero dentro, quiero que la vida sepa que yo estaba aquí con respeto.
Marc abrió la hebilla. El bolso no tenía cartera, ni móvil, ni pañuelo, ni barra de labios, ni llaves, ni ticket de Zara. Lo único que había dentro era una bolsita transparente llena de piedras brillantes. Muchas. Decenas. Algunas grandes como garbanzos de cocido, otras más pequeñas, todas con un destello exagerado, casi teatral.
Durante dos segundos, ninguno habló.
Luego Dani dejó caer una patata frita.

—Madre mía.
Marc parpadeó.
—¿Eso son…?
—No digas la palabra.
—¿Diamantes?
—La has dicho.
—Pero no pueden ser.
Dani se inclinó.
—Parecen de esos que venden en bazares para decorar jarrones. Mi tía tiene uno con piedras iguales en el recibidor y se cree que vive en Mónaco.
Marc metió la mano, sacó una de las piedras y la sostuvo bajo la farola. Brillaba mucho, sí, pero tenía ese brillo excesivo de las cosas falsas, como las sonrisas de los anuncios de clínicas dentales. Aun así, había tantas que el efecto imponía.
—Son falsas —dijo Marc.
—Eso espero. Porque si son de verdad, acabamos de subir de categoría fiscal sin avisar a Hacienda.
Marc volvió a meter la piedra.
—Tengo que llevar esto a la policía.
Dani abrió los ojos.
—No.
—¿Cómo que no?
—Marc, tú tienes cara de muchas cosas buenas: músico sensible, tío que comparte sus patatas, persona que recicla aunque no sepa en qué contenedor va el tetrabrik. Pero no tienes cara de señor al que la policía vea con un bolso lleno de diamantes y diga: “Seguro que es un ciudadano ejemplar”.
—Precisamente por eso tengo que llevarlo.
—Precisamente por eso deberías dejarlo donde estaba y cambiar de calle.
Marc negó con la cabeza. Tenía una ética incómoda, de esas que arruinan siestas y oportunidades. Su madre, que vivía en Sant Andreu y seguía preguntándole cuándo iba a presentarse a oposiciones, le había enseñado que lo ajeno se devuelve, que mentir pesa y que si uno encuentra algo valioso debe entregarlo. Lo que su madre no había previsto era que algún día encontraría un bolso lleno de “diamantes” que parecían comprados al por mayor por alguien con mal gusto y malas intenciones.
—Voy a llamar —dijo.
Sacó el móvil. La pantalla estaba rajada por una esquina, pero funcionaba si se la trataba con cariño.
—¿A quién?
—A la policía.
—Marc.
—¿Qué?
—Hazme un favor. Antes de llamar, ensaya una frase que no suene a “hola, tengo un bolso lleno de diamantes”.
Marc marcó el número. Dani se llevó una mano a la frente.
—Te lo digo desde el cariño: tienes el instinto de supervivencia de una croqueta en una boda.
La llamada fue breve. Marc explicó lo ocurrido con la voz de alguien que intenta sonar calmado precisamente porque sabe que todo suena absurdo. Dijo que era músico callejero, que había encontrado un bolso, que dentro había piedras brillantes posiblemente falsas, que no quería tocar más nada y que estaba en una calle cerca de la Plaça del Rei. Al otro lado, una voz le pidió que esperara allí.
—¿Qué han dicho? —preguntó Dani.
—Que viene una patrulla.
—Perfecto. Qué maravilla. Una tarde tranquila. Solo falta que aparezca un dron y nos grabe para un documental llamado “Tontos honestos”.
Marc cerró el bolso y lo dejó en el suelo, delante de él, a la vista. Volvió a coger la guitarra, pero no tocó. De pronto, la calle parecía distinta. Más estrecha. Más atenta. Cada persona que pasaba le parecía sospechosa, desde un turista con sandalias y calcetines hasta una señora que llevaba una bolsa de pan como si transportara secretos de Estado.
Entonces, desde el portal de una finca antigua, al otro lado de la calle, Marc vio a dos hombres.
No estaban haciendo nada raro, y quizá por eso resultaban raros. Uno era alto, con abrigo oscuro y gafas de sol, algo absurdo a esas horas. El otro era bajo, calvo, con una bufanda verde enrollada hasta la barbilla. No hablaban, no miraban escaparates, no consultaban el móvil. Solo observaban.
Dani también los vio.
—Tenemos público.
—No me gusta.
—A mí tampoco. El alto lleva gafas de sol de noche. Eso nunca lo hace alguien que tenga la conciencia limpia o la graduación correcta.
Los hombres se apartaron un poco hacia la sombra. Marc sintió una presión desagradable en el pecho. La misma sensación que cuando tocas en una terraza y ves al camarero venir hacia ti con cara de “te han pedido que pares”.
La patrulla llegó cinco minutos después, que en una situación normal no es mucho, pero cuando tienes un bolso lleno de piedras falsas y dos desconocidos mirándote como si fueras el último capítulo de algo, cinco minutos es una legislatura.
Bajaron dos agentes. Una mujer de unos cuarenta años, firme, con coleta baja y mirada de no haber desayunado paciencia. El otro, más joven, con bigote incipiente y cara de querer parecer más serio de lo que su bigote permitía.
—¿Quién ha llamado? —preguntó la agente.
Marc levantó la mano.
—Yo. Marc Rovira.
Dani levantó la suya también.
—Yo no, pero soy testigo emocional.
La agente lo miró un segundo.
—¿Testigo qué?
—Emocional. Estaba presente y sufriendo.
—Apártese un poco, por favor.
Dani obedeció con dignidad de mimo desempleado.
Marc señaló el bolso.
—Lo encontré ahí, junto a la pared. Lo abrí para ver si había documentación y vi eso. Creo que son falsas, pero…
La agente se puso guantes y abrió el bolso. El agente joven silbó, apenas.
—Vaya.
—Yo no he dicho “vaya” —se apresuró Marc—. Yo he dicho “lo encontré”.
La agente sacó la bolsa transparente.
—¿Ha tocado esto?
—Una piedra. Solo una. Con los dedos. Pero la devolví.
La mirada de la agente se clavó en él.
—¿Por qué tocó una piedra?
—Para ver si era falsa.
—¿Es usted joyero?
—No, músico.
—Entonces, ¿cómo iba a saberlo?
Marc abrió la boca. La cerró. Miró a Dani.
—Por… intuición artística.
Dani carraspeó.
—Brillaban como pendientes de Nochevieja comprados en un chino. Lo digo con respeto al comercio local.
El agente joven le pidió a Dani que guardara silencio.
—Mire —dijo Marc—, llamé yo. Si fuera mío, no llamaría a la policía.
La agente no cambió de expresión.
—Se sorprendería de la cantidad de gente que llama a la policía para parecer inocente.
—Eso es injusto.
—La justicia no la hacemos aquí en la calle, señor Rovira. Nosotros comprobamos.
—Pues comprueben.
La agente miró la funda de la guitarra, las monedas, el botón, el papelito de “Ánimo, artista”, y luego miró otra vez el bolso.
—¿Documentación?
—No, nada.
—¿Vio a alguien dejarlo?
—No.
—¿Alguien se acercó?
Marc dudó. Miró hacia el portal. Los dos hombres ya no estaban.
—Había dos personas mirando desde ahí.
La agente siguió su mirada.
—¿Dónde?
—Ahí. En ese portal. Hace un momento.
—Ahora no hay nadie.
—Ya, por eso digo que estaban.
El agente joven anotó algo.
—Descripción.

—Uno alto, abrigo oscuro, gafas de sol.
—¿De noche?
—Sí.
El agente joven levantó una ceja.
—Muy de incógnito.
—Y otro bajo, calvo, con bufanda verde.
Dani levantó un dedo.
—La bufanda era fea, si ayuda.
—No ayuda —dijo la agente.
Marc se pasó una mano por la barba.
—Se lo juro, esto no es mío. Yo solo estaba tocando.
—¿Puede identificarse?
—Sí, claro.
Sacó el DNI del bolsillo trasero. La agente lo tomó. El agente joven miró su funda.
—¿Tiene permiso para tocar aquí?
Marc sintió que el suelo bajaba medio metro.
—Eh… según la zona, depende de…
—O sea, no.
—No exactamente no. Es más un “no administrativamente complejo”.
Dani murmuró:
—Ahí te has lucido.
La agente le devolvió el DNI, pero no el alivio.
—Señor Rovira, vamos a necesitar que nos acompañe para tomar declaración.
—¿A comisaría?
—Sí.
—Pero si he llamado yo.
—Y eso constará.
—¿Constará como qué? ¿Como que soy idiota?
Dani dio un paso al frente.
—Agente, perdone. Yo conozco a Marc. Es incapaz de hacer nada turbio. Una vez encontró veinte euros en un cajero y estuvo dos días intentando localizar al dueño.
Marc lo miró.
—Eran cincuenta.
—Peor me lo pones.
La agente cerró el bolso con cuidado.
—No está detenido. Solo queremos aclarar lo ocurrido.
—Eso suena a detenido con palabras cómodas —dijo Marc.
—No complique las cosas.
Marc miró su guitarra, su taburete, su funda abierta con las monedas. Miró la calle, donde algunas personas ya se habían detenido a observar. Un señor alemán grababa disimuladamente con el móvil, que es la forma moderna de no disimular nada. Una vecina desde un balcón murmuró algo como “ya decía yo que ese chico tocaba demasiado triste”.
—¿Puedo llevarme la guitarra?
La agente suspiró.
—Sí.
Dani recogió el taburete.
—Yo voy contigo.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. Soy testigo emocional y ahora también logístico.
Mientras caminaban hacia el coche patrulla, Marc volvió a mirar el portal. Por un instante, creyó ver la bufanda verde desaparecer al doblar la esquina. Su estómago se encogió.
—Dani.
—¿Qué?
—Creo que siguen ahí.
Dani miró, pero solo vio turistas, piedra vieja y una bicicleta mal aparcada.
—Pues si nos siguen, que se traigan monedas. Esto ya es espectáculo.
PARTE 2
En comisaría, Marc descubrió que la palabra “acompañar” tenía un significado muy amplio, especialmente cuando la decía alguien con uniforme. No lo habían esposado, no lo habían metido en una sala oscura ni le habían puesto una lámpara en la cara como en las películas, pero lo habían sentado en una silla incómoda frente a una mesa metálica con un vaso de agua que sabía a tubería con ambiciones.
Dani estaba fuera, en recepción, discutiendo con un agente porque quería declarar “desde el punto de vista del alma”.
—No puede entrar todavía —decía el agente.
—Pero yo estaba allí.
—Ya lo llamaremos.
—¿Y si mi memoria se enfría?
—Pues póngase una chaqueta.
Marc escuchaba la conversación a través de la puerta entreabierta y, por primera vez en la noche, estuvo a punto de reír. Luego recordó el bolso y se le pasó.
La agente de la coleta se sentó frente a él. Había dicho llamarse inspectora Marta Soler. Marc no sabía si era inspectora de verdad o si él había ascendido mentalmente su cargo por miedo, pero imponía lo suficiente como para que cualquiera le confesara hasta haber robado bolis del banco.
A su lado estaba el agente joven, que se llamaba Ruiz y parecía concentradísimo en no parecer joven.
—Vamos a repetirlo desde el principio —dijo Soler.
Marc cerró los ojos un instante.
—Otra vez.
—Otra vez.
—Estaba tocando la guitarra.
—¿A qué hora llegó a esa calle?
—Sobre las seis y media.
—¿Siempre toca allí?
—No siempre. Depende.
—¿De qué?
—De si hay mucha gente, de si me echan, de si hay otro músico, de si un señor con acordeón decide que esa esquina es suya por tradición familiar…
Ruiz dejó de escribir y lo miró.
—Conteste concreto.
—Barcelona no es concreta para trabajar en la calle.
Soler apoyó los brazos sobre la mesa.
—Señor Rovira, entiendo que la situación le parezca absurda, pero ha aparecido un bolso con un contenido sospechoso. Usted lo tenía en sus manos. No había documentación. Dice haber visto a dos hombres que desaparecieron. Y además no tenía permiso para actuar en esa zona.
—¿Ahora la guitarra es parte de la trama?
—Todo forma parte del contexto.
—Mi contexto es que no llego a fin de mes, inspectora. Si tuviera diamantes, aunque fueran falsos, mínimo tendría calcetines sin agujeros.
Ruiz bajó la mirada hacia sus botas. Marc retiró los pies bajo la silla.
—¿Sabía que eran falsos? —preguntó Soler.
—Lo supuse.
—¿Cómo?
—Porque brillaban demasiado.
—Explíquese.
Marc suspiró.
—Mire, yo no sé de diamantes, pero sé de cosas falsas. Llevo años tocando para gente que dice “ahora vuelvo y te doy algo”. Tengo un máster en detectar brillo falso.
Ruiz apretó los labios para no sonreír. Soler no se permitió ni una grieta.
—El laboratorio confirmará qué son exactamente.
—Genial. Cuando les digan que son piedras de decoración, ¿puedo irme?
—Primero necesitamos saber por qué alguien dejaría un bolso con piedras falsas en una calle del Gótico.
—Esa pregunta también me la hago yo.
—Quizá era una entrega.
—¿Una entrega de diamantes falsos?
—Las entregas no siempre son lo que parecen.
—Inspectora, con todo el respeto, eso suena a frase de tráiler.
Soler lo miró en silencio. Marc bajó un poco la voz.
—Perdón.
La puerta se abrió y entró otro agente con una carpeta.
—Marta, han llamado de la tienda.
Soler se levantó.
—Un momento.
Salió. Ruiz se quedó con Marc. Durante unos segundos, ninguno habló. El zumbido de un fluorescente llenó la sala con una tristeza administrativa.
Ruiz carraspeó.
—¿Qué canción tocaba?
Marc parpadeó.
—¿Perdón?
—Cuando encontró el bolso.
—Una mía.
—¿Título?
—“No me pidas alegría un martes”.
Ruiz lo miró.
—Hoy es jueves.
—Por eso no funcionaba.
Ruiz soltó una risa breve, casi involuntaria. Luego se recompuso.
—Mi primo también toca.
—¿En la calle?
—En bodas. Gana bien.
—Gracias. Me hacía falta esa puñalada.
Ruiz hizo como que escribía.
—No lo digo por mal.
—Nadie lo dice por mal. Esa es la especialidad española: hundirte la vida con cariño.
Soler volvió con la carpeta. Su cara había cambiado un poco. No era alivio, pero sí interés.
—Señor Rovira, una joyería de la zona denunció ayer que alguien había intentado vender piedras falsas como si fueran diamantes de alta gama.
—¿Ve? Falsas.
—No se alegre demasiado.
—Era mi único plan.
Soler abrió la carpeta y le mostró una foto impresa. Se veía un bolso parecido, quizá el mismo, captado por una cámara de seguridad. Una mano lo sostenía. No se veía la cara de la persona.
—El bolso coincide con el que usted encontró. La persona que intentó vender las piedras llevaba guantes y una gorra.
—Yo no uso gorra.

Ruiz miró su pelo, algo despeinado.
—Eso es evidente.
—Gracias, creo.
Soler señaló la imagen.
—Después de salir de la joyería, esta persona desapareció por las calles del Gótico. Hoy aparece el bolso delante de usted.
—Entonces alguien lo dejó allí para que yo lo encontrara.
—O usted participó y ahora intenta desvincularse.
Marc sintió que le subía calor a la cara.
—No. No, no, no. Esto es justo lo que me cabrea. Yo llamo, espero, entrego el bolso, digo la verdad y aun así soy sospechoso.
—La verdad se comprueba.
—¿Y mientras tanto qué? ¿Mi cara en una pizarra con hilos rojos?
—No tenemos pizarra con hilos rojos.
Ruiz añadió:
—Presupuesto.
Soler le lanzó una mirada y Ruiz volvió a callarse.
Marc se apoyó en el respaldo.
—¿Puedo llamar a mi madre?
—¿Para qué?
—Para decirle que por fin estoy en comisaría, pero no por tocar en el metro.
Soler respiró hondo.
—Puede hacer una llamada cuando acabemos esta declaración.
—Me va a matar.
—Su madre no es nuestra prioridad ahora mismo.
—Porque no la conoce.
La declaración continuó durante casi una hora. Marc repitió lo mismo con pequeñas variaciones, como si estuviera interpretando una canción que no le gustaba. Explicó dónde estaba Dani, qué vio, cómo abrió el bolso, por qué tocó una piedra, qué aspecto tenían los dos hombres, qué había hecho ese día antes de tocar. Desayuno: café solo y croissant pequeño. Comida: arroz recalentado. Actividad sospechosa: intentar afinar una guitarra con una cuerda que pedía la jubilación.
Cuando por fin lo dejaron salir al vestíbulo, Dani se levantó de golpe. Tenía media cara blanca y media borrada, como si el estrés le hubiese derretido la profesión.
—¿Estás bien?
—No sé.
—He hablado con un agente. Creo que le he caído mal.
—¿Qué le has dicho?
—Que su aura estaba cerrada a la verdad.
—Normal.
Soler apareció detrás de Marc.
—Pueden irse por ahora, pero necesitamos que esté localizable. No salga de Barcelona.
Marc soltó una risa incrédula.
—Inspectora, no tengo dinero para salir de mi barrio.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Más fácil localizarle.
Dani se puso el sombrero.
—¿Y las piedras?
—Quedan bajo custodia.
—¿Y mi taburete? —preguntó Marc.
—Lo tiene su amigo.
Dani levantó el taburete como un trofeo.
—Lo he protegido con mi vida.
Soler entregó a Marc una tarjeta.
—Si recuerda algo más, llame. Y si ve a esos hombres otra vez, no se acerque.
—¿Usted cree que existen?
—Creo que usted cree que existen.
—Eso no tranquiliza.
—No pretendía.
Salieron a la calle. El aire nocturno les golpeó con olor a asfalto mojado, kebab y turistas perdidos. Marc se quedó quieto en la acera, con la guitarra a la espalda. Dani le dio unas palmaditas en el hombro.
—Bueno.
—No digas “bueno”.
—Vale. Mal.
—Eso tampoco.
Caminaron hacia el Born. Marc necesitaba moverse. La ciudad seguía viva, ajena a su pequeña tragedia absurda. En una terraza, unos ingleses brindaban como si acabaran de comprar la Sagrada Familia. En una esquina, un hombre vendía latas frías con la discreción de un pregonero medieval. Una pareja discutía porque uno quería cenar tapas y el otro sushi, que en Barcelona es una crisis de identidad bastante común.
—Tengo hambre —dijo Dani.
—Acabo de estar sospechado por tráfico de bisutería de lujo y tú tienes hambre.
—El cuerpo procesa el miedo pidiendo bravas.
Marc se detuvo frente a un bar pequeño con una pizarra donde ponía “croquetas caseras” en una letra tan bonita que casi parecía mentira.
—No puedo pagar mucho.
—Invito yo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que mi mejor amigo ha sido interrogado por diamantes de Todo a Cien. Esto hay que celebrarlo con colesterol.
Entraron. El bar era estrecho, con azulejos viejos, jamones colgando y una televisión sin sonido donde alguien hablaba moviendo las manos con urgencia. Detrás de la barra, una camarera con moño y mirada de haber visto demasiados turistas pedir sangría con paella a las cinco de la tarde les señaló una mesa.
—¿Dos?
—Dos y un trauma —dijo Dani.
—Entonces tres.
Se sentaron en una mesa del fondo. Dani pidió bravas, croquetas y dos cañas. Marc miraba la puerta cada pocos segundos.
—Estás paranoico —dijo Dani.
—¿Tú no?
—Yo soy mimo. Mi estado natural es preocupar a los demás en silencio.
—Los vi, Dani. Los dos hombres.
—No digo que no. Pero igual eran simples raros. Barcelona tiene raros de proximidad, ecológicos y con denominación de origen.
La camarera dejó las cañas.
—¿Algo más?
Marc iba a decir que no cuando vio, reflejado en el espejo detrás de la barra, un destello verde.
La bufanda.
El hombre bajo estaba fuera, al otro lado del cristal, fingiendo mirar el menú del bar. A su lado, el alto de gafas de sol encendía un cigarrillo sin fumarlo.
Marc se quedó helado.
—Dani.
—¿Qué?
—No mires.
Dani giró la cabeza inmediatamente.
—¿Dónde?
—He dicho no mires.
—Me he puesto nervioso.
Los hombres se apartaron del cristal. Marc se levantó tan rápido que casi tiró la silla.
—Son ellos.
Dani dejó una croqueta a medio camino de la boca.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Qué hacemos?
Marc sacó la tarjeta de Soler.
—Llamar.
Pero antes de que pudiera marcar, su móvil vibró. Número desconocido.
Marc miró a Dani.
—¿Contesto?
—Yo qué sé. En las películas no se contesta nunca y luego todo empeora. En la vida real si no contestas igual es Endesa.
Marc aceptó la llamada.
—¿Sí?
Al otro lado, una voz masculina habló en tono bajo, sin prisa.
—Marc Rovira.
A Marc se le secó la boca.
—¿Quién es?
—El bolso no era para ti.
Dani, que tenía la oreja pegada al teléfono sin ningún disimulo, abrió mucho los ojos.
—Yo tampoco lo quería —dijo Marc, intentando que la voz no le temblara—. Lo entregué a la policía.
Hubo un silencio. Luego la voz soltó una risa breve.
—Eso ya lo sabemos.
—Pues entonces déjeme en paz.
—No depende de mí.
—¿De quién depende?
La voz bajó aún más.
—De la persona que cree que viste demasiado.
Marc miró hacia la ventana. Los dos hombres ya no estaban.
—Yo no vi nada.
—Viste lo suficiente para querer hacerte el honrado.
—Ser honrado no debería ser un problema.
—En esta ciudad, todo lo que brilla complica las cosas.
La llamada se cortó.
Marc se quedó con el móvil en la mano. Dani dejó la croqueta en el plato con una delicadeza impropia de él.
—Retiro lo de las bravas.
—¿Qué?
—Ahora el cuerpo pide directamente churros con ansiedad.
Marc marcó a la inspectora Soler. No respondió. Lo intentó otra vez. Nada.
La camarera apareció con las bravas.
—Aquí tenéis.
Marc la miró como si la mujer fuera una aparición de otro mundo.
—Nos están siguiendo.
La camarera dejó el plato.
—¿La cuenta la queréis ahora o luego?
—¿No ha oído lo que he dicho?
—Cariño, trabajo en hostelería en el centro de Barcelona. Aquí todo el mundo se siente perseguido por algo.
Dani asintió con gravedad.
—Tiene razón.
Marc se levantó.
—Voy a la comisaría.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Y las croquetas?
—Dani.
—Vale, vale. Pero que conste que si nos pasa algo, lo último que habré hecho será abandonar croquetas, y eso no me parece un cierre digno.
Pagaron rápido, con demasiadas monedas, y salieron. La calle estaba más oscura que antes. O quizá Marc la veía así. Caminaban deprisa, sin correr. Cada esquina parecía esconder una explicación que se negaba a aparecer.
Al llegar a una plaza pequeña, Marc oyó pasos detrás. Se giró. Nadie. Siguieron. Otra vez pasos. Dani tragó saliva.
—Marc.
—Lo sé.
—No quiero alarmarte, pero si tenemos que huir, recuerda que yo voy pintado de mimo y llevo zapatos sin agarre.
Doblaron por una calle estrecha. Al fondo había luz. Antes de llegar, una figura apareció frente a ellos. No era el hombre alto ni el de la bufanda. Era una mujer mayor, muy elegante, con abrigo beige, pelo plateado y un bastón negro con empuñadura brillante. Sonrió como si los estuviera esperando para tomar el té.
—Marc Rovira —dijo.
Marc se detuvo.
—¿Y ahora qué?
Dani susurró:
—Como salga otro personaje, esto ya es teatro subvencionado.
La mujer se acercó un paso.
—Necesito hablar contigo antes de que vuelvas a la policía.
—¿Quién es usted?
—Alguien que sabe que esos diamantes son falsos.
—Eso ya lo sabe todo el mundo.
La mujer sonrió más.
—No, muchacho. Lo que nadie sabe es por qué tenían que parecer verdaderos.
PARTE 3
La mujer los condujo, sin pedir permiso y sin tocarles, hacia un café cerrado cuya persiana estaba a medio bajar. Marc pensó que aquello era exactamente el tipo de situación que uno no debía aceptar: seguir a una desconocida elegante con bastón a un local cerrado después de recibir amenazas por teléfono. Pero la alternativa era quedarse en la calle esperando a que aparecieran los hombres de la bufanda y las gafas, así que, comparativamente, el café parecía casi una oficina de turismo.
Dani se agachó para pasar bajo la persiana.
—Solo quiero decir que esto empieza a tener una estructura narrativa preocupante.
—Cállate —susurró Marc.
—No puedo. Hablo cuando tengo miedo. Es mi mecanismo. Otros respiran. Yo comento.
Dentro, el café olía a madera, licor viejo y azúcar quemado. Las sillas estaban sobre las mesas, la barra apagada y una pequeña lámpara iluminaba una mesa del fondo. La mujer se sentó con la tranquilidad de quien no teme ser cuestionada porque lleva toda la vida cuestionando a los demás.
—Me llamo Teresa Montcada —dijo.
Dani abrió la boca.
—¿Como los Montcada de…?
—Sí.
—No sé de qué, pero sonaba a algo.
Teresa ignoró el comentario y miró a Marc.
—El bolso que encontraste formaba parte de una operación.
Marc se cruzó de brazos.
—¿Policial?
—No exactamente.
—¿Criminal?
—Tampoco exactamente.
—¿Entonces qué clase de operación deja un bolso lleno de diamantes falsos en una calle y luego hace que un músico acabe interrogado?
Teresa apoyó el bastón en la mesa.
—Una muy mal organizada.
Dani señaló a Marc.
—Eso sí me lo creo. España, al final.
Teresa suspiró.
—Hace años, mi familia tenía una joyería en la calle Avinyó. Cerró hace tiempo, pero todavía conservo contactos en el sector. Últimamente han estado circulando falsificaciones muy buenas, piedras de imitación mezcladas con piezas auténticas para engañar a compradores privados. No hablamos de ladrones de película. Hablamos de gente cutre con ambición, que es peor. La ambición sin elegancia siempre acaba manchando a inocentes.
Marc se sentó despacio.
—¿Y yo qué pinto aquí?
—Eso quisiera saber.
—No me diga eso.
—Te lo digo porque es verdad.
Dani levantó la mano.
—Perdone, Teresa. ¿Puedo llamarla Teresa?
—No.
—Señora Montcada, entonces. ¿Por qué no vamos todos juntos a la policía y explicamos esto como adultos con iluminación pública?
—Porque no sé quién está dentro y quién está fuera.
Marc la miró.
—¿Dentro de qué?
—De la trama.
Dani se llevó una mano al pecho.
—Ha dicho trama. Ya está. Oficialmente somos secundarios en una trama.
Teresa abrió un bolso propio, mucho más discreto que el otro, y sacó una foto. La dejó sobre la mesa. Se veía al hombre de la bufanda verde entrando en una joyería. La imagen parecía captada por una cámara antigua.
—Este hombre se llama Llorenç Valls. Antes trabajaba para una empresa de seguridad privada. Ahora hace recados para gente que no quiere dar la cara.
Marc se inclinó.
—Es él.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Dani miró la foto.
—La bufanda sigue siendo fea incluso en baja resolución.
Teresa sacó otra imagen. El hombre alto de gafas de sol.
—Y este es Bruno Lema. Se mueve siempre con él. No son brillantes.
—Pues usan diamantes —dijo Dani.
—Falsos —corrigió Marc.
—Peor. Usan metáforas baratas.
Teresa miró a Marc con intensidad.
—El bolso debía aparecer en manos de otra persona. Alguien con antecedentes, alguien fácil de acusar. Pero tú lo encontraste antes.
Marc sintió una mezcla de alivio y pánico.
—Entonces me tendrían que dejar tranquilo.
—No. Ahora eres un error.
—Maravilloso. He pasado de músico precario a error administrativo del crimen.
Teresa asintió, como si fuera una descripción razonable.
—Quieren saber qué viste, qué dijiste y si puedes identificar a alguien. La policía puede protegerte, sí, pero si no saben dónde mirar, solo verán a un músico con un bolso.
Marc golpeó suavemente la mesa con la palma.
—Pero yo no he hecho nada.
—Precisamente. Los inocentes suelen ser los que peor explican las cosas. Los culpables ensayan.
Aquello le dolió porque sonaba demasiado cierto. Marc había contado la verdad en comisaría, pero la verdad, dicha nerviosamente, con detalles absurdos y testigos pintados de mimo, parecía una mentira improvisada por alguien muy cansado.
—¿Y usted cómo sabe tanto? —preguntó.
Teresa sonrió apenas.
—Porque el bolso era mío.
El silencio cayó sobre la mesa como una bandeja mal puesta.
Dani se levantó un poco.
—Perdón, ¿cómo que suyo?
—Lo compré yo. El bolso, no las piedras.
Marc la miró con rabia creciente.
—¿Me está diciendo que todo esto empezó con su bolso?
—No exactamente.
—Esa frase me está empezando a caer fatal.
Teresa juntó las manos.
—Lo usaron para implicarme. Hace una semana me robaron varios bolsos antiguos de un trastero familiar. Pensé que era un robo tonto. Ayer apareció uno en la joyería con las falsificaciones. Hoy, otro en la calle, en tus manos.
—¿Otro?
—Tenía varios modelos similares.
Marc se pasó las manos por el pelo.
—Entonces alguien está usando sus bolsos para mover piedras falsas y ahora yo soy el tonto que lo encuentra.
—Dicho de manera poco elegante, sí.
Dani levantó un dedo.
—Pero clara.
Marc se puso de pie.
—Voy a la policía. Ahora. Usted viene conmigo.
Teresa no se movió.
—No puedo aparecer sin pruebas. Solo conseguiría que cerraran filas o que me tomaran por una vieja paranoica con demasiada imaginación.
—Pues bienvenida al club. A mí me toman por guitarrista delincuente.
—Por eso necesitamos algo mejor.
—¿Qué?
Teresa miró hacia la barra del café.
—El bolso que encontraste tiene un detalle que quizá no viste.
—¿Cuál?
—En el forro interior, una etiqueta cosida con mis iniciales. T.M. Pero esos bolsos fueron modificados. Uno de mis contactos me dijo que habían ocultado pequeños papeles dentro de los forros. Direcciones, citas, nombres. No sé qué llevaba el tuyo, porque la policía lo tiene.
Marc se quedó quieto.
—Entonces tenemos que decirles que lo revisen.
—A la persona adecuada.
—La inspectora Soler.
Teresa arqueó una ceja.
—¿Confías en ella?
Marc pensó en su cara severa, en sus preguntas frías, en su manera de no dejarle escapatoria. No le había caído simpática, pero no le había parecido corrupta. Le había parecido cansada, que era otra cosa.
—No sé. Pero no parecía disfrutar.
—Eso en una policía es buena señal —dijo Dani.
Marc llamó otra vez a Soler. Esta vez contestó al tercer tono.
—Soler.
—Inspectora, soy Marc Rovira.
—¿Qué ha pasado?
—Me están siguiendo. Los dos hombres existen. Tengo sus nombres: Llorenç Valls y Bruno Lema. Estoy con una mujer que dice que el bolso era suyo.
Hubo un silencio seco.
—¿Dónde está?
Marc miró a Teresa.
—En un café cerrado cerca del Born.
—Dirección exacta.
Teresa negó lentamente con la cabeza.
Marc tapó el móvil.
—¿Qué?
—Si vienen ellos antes que ella, estamos encerrados.
—Pero es la policía.
—Has dicho que no sabías si confiar.
Marc volvió al teléfono.
—Mejor nos vemos en un lugar público.
Soler habló más bajo.
—Señor Rovira, no se mueva.
—Ya me he movido mucho hoy.
—Dígame dónde está.
—No. En la Plaça de Sant Jaume, en quince minutos. Mucha gente, cámaras, luz.
—Esto no es una negociación.
—Para mí sí.
Colgó antes de arrepentirse. Dani lo miró con una mezcla de admiración y horror.
—Acabas de colgar a una inspectora.
—Sí.
—Te estás desarrollando como personaje.
Teresa se levantó.
—Vámonos.
La persiana del café subió lo justo. Salieron de nuevo a la calle. Teresa caminaba rápido para su edad, con el bastón marcando un ritmo seco sobre las piedras. Marc llevaba la guitarra delante, como si pudiera protegerlo de algo más que de miradas condescendientes. Dani iba detrás, intentando no perder una bolsa de croquetas que había traído del bar “por si sobrevivimos”.
La ciudad se había llenado de una noche densa. Al doblar una esquina, Marc vio a Bruno Lema al final de la calle. Las gafas oscuras brillaban bajo una farola. A su lado, Llorenç Valls se ajustaba la bufanda verde.
—Allí —dijo Marc.
Teresa no aceleró. Al contrario, se detuvo.
—No corráis.
Dani casi chocó con ella.
—Perdone, pero mi cuerpo acaba de votar correr.
—Si corremos, nos siguen. Si caminamos, dudan.
—Mi cuerpo no está de acuerdo con su estrategia.
Los dos hombres comenzaron a avanzar. No rápido. No de forma amenazante. Eso lo hacía peor. Parecían seguros de que no necesitaban prisa.
Marc miró alrededor. Una tienda de camisetas cerrada, una panadería apagada, un grupo de turistas franceses discutiendo sobre una reserva. Nada útil.
—Marc —dijo Dani—, dime que tienes un plan.
Marc miró su guitarra.
—Tengo uno malo.
—Perfecto. Es nuestro estilo.
Se quitó la guitarra, la colgó al frente y empezó a tocar. No una canción triste, ni una rumba suave. Tocó con fuerza, rápido, un ritmo contagioso que rebotó en las paredes. Dani entendió al instante, se colocó delante y empezó a hacer de mimo atrapado en una caja invisible, exagerando cada gesto con desesperación cómica. Los turistas franceses se giraron. Una pareja se detuvo. Luego otra. En cuestión de segundos, había un pequeño círculo de curiosos.
—¿Qué haces? —susurró Teresa.
—Crear testigos.
Marc tocó más alto. Dani, inspirado por el pánico, hizo como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia los hombres de la bufanda y las gafas. La gente rió. Alguien sacó el móvil. Otro empezó a grabar.
Bruno y Llorenç se detuvieron. No podían acercarse sin quedar registrados por media docena de teléfonos.
Dani señaló teatralmente a Llorenç, luego a su bufanda, luego hizo un gesto de ahogo como si aquella prenda fuera un crimen contra la moda. Los turistas rieron más. Llorenç se puso rojo.
—Esto es innecesario —murmuró Teresa.
—Es Barcelona —dijo Marc entre acordes—. Todo acaba en performance.
Siguieron avanzando lentamente hacia la Plaça de Sant Jaume, arrastrando con ellos al público improvisado. Era ridículo, sí, pero funcionaba. Marc tocaba como si la vida le fuera en ello, porque quizá le iba un poco. Dani caminaba de espaldas haciendo gestos dramáticos. Teresa mantenía la dignidad de una reina en un desfile absurdo.
Cuando llegaron a la plaza, había más luz, más gente y dos coches patrulla.
Soler estaba esperándolos.
Su cara al verlos llegar con una mini procesión de turistas grabando fue imposible de describir, aunque Marc pensó que se parecía bastante a la de alguien que ha pedido un café solo y le han traído una paella.
—Señor Rovira —dijo—. ¿Qué demonios está haciendo?
Marc dejó de tocar, respirando agitado.
—Sobrevivir con recursos artísticos.
Dani hizo una reverencia. Algunos turistas aplaudieron. Una chica le lanzó una moneda.
—Gracias —dijo Dani—. Va para gastos legales.
Soler miró a Teresa.
—¿Usted es?
—Teresa Montcada.
La expresión de Soler cambió.
—La estábamos buscando.
Teresa no pareció sorprendida.
—Entonces quizá deberíamos hablar.
Marc señaló hacia la calle por la que habían llegado.
—Y ellos son los dos hombres.
Pero cuando todos miraron, Bruno y Llorenç ya se habían mezclado con la gente. Soler hizo una seña a Ruiz y a otro agente, que salieron en esa dirección.
—Necesito que me expliquen todo —dijo Soler.
—Hay una etiqueta en el forro del bolso —dijo Marc—. Iniciales T.M. Y quizá papeles escondidos dentro. Direcciones, nombres, no sé. Eso puede demostrar que no era mío.
Soler lo miró con atención.
—¿Quién le ha dicho eso?
—Ella.
Teresa levantó el mentón.
—Mis bolsos fueron robados. No denuncié todos porque no sabía que faltaban hasta ayer. Quien los usa intenta mover falsificaciones para engañar a joyeros y culpar a terceros.
Soler guardó silencio unos segundos. Luego sacó el móvil.
—Ruiz, revisad el forro del bolso. Ahora. Sí, por dentro. Etiqueta con iniciales y cualquier compartimento oculto.
Marc sintió por primera vez que algo se abría. No era salvación todavía, pero sí una grieta.
Dani se acercó.
—¿Ves? Al final mi teatro ha ayudado.
—Tu teatro casi nos convierte en atracción turística.
—Eso en Barcelona es una salida laboral.
Soler recibió una llamada. Contestó. Su rostro se tensó.
—¿Qué habéis encontrado?
Marc contuvo la respiración.
Soler escuchó. Miró a Teresa. Luego a Marc.
—Entiendo. Traedlo.
Colgó.
—Había un papel cosido en el forro.
Marc cerró los ojos, aliviado.
—¿Con qué?
—Una dirección. Y una hora.
—¿Cuál?
Soler miró el reloj.
—La dirección es un almacén cerca del puerto. La hora es dentro de treinta minutos.
Teresa apretó el bastón.
—Entonces no han terminado.
Dani levantó la bolsa de croquetas.
—Pregunta práctica: ¿esto se considera cena o prueba?
PARTE 4
El puerto de Barcelona de noche tenía una belleza extraña, de esas que no sabes si admirar o evitar. Las grúas se alzaban contra el cielo como esqueletos enormes, los contenedores formaban calles de metal, y el olor a sal, gasoil y humedad lo cubría todo con una capa industrial. Marc nunca había tocado por allí. No era zona de turistas románticos ni de terrazas con vermut. Era un lugar donde una guitarra parecía tan útil como un paraguas en una piscina.
Soler no quería que fueran, por supuesto. Se lo había dicho tres veces, cada una con menos paciencia.
—Ustedes se quedan fuera.
—Pero yo puedo identificar a los hombres —insistió Marc.
—Ya nos ha dado sus nombres.
—Y sus caras.
—También.
—Y la bufanda.
Ruiz, que ajustaba un chaleco bajo la chaqueta, murmuró:
—La bufanda ya la tenemos todos en la cabeza.
Dani levantó la mano.
—Yo puedo ayudar como distracción.
—Eso es exactamente lo que no queremos —dijo Soler.
Teresa, en cambio, no había pedido permiso. Simplemente se había sentado en el coche de Marc, que en realidad era un taxi pagado por ella, y había dicho: “Voy”. Cuando una mujer como Teresa Montcada decía “voy”, el mundo parecía organizarse para no discutir demasiado.
La operación, si podía llamarse así, era sencilla. La policía vigilaría el almacén. Si aparecían Llorenç, Bruno o cualquier otra persona vinculada a las falsificaciones, los interceptarían. Marc, Dani y Teresa esperarían en un punto seguro, detrás de una valla, con un agente joven que parecía recién salido de una academia y que no dejaba de mirar a Dani porque aún llevaba restos de pintura blanca en las orejas.
—¿Siempre va así? —le preguntó el agente.
Dani se tocó la cara.
—Es mi uniforme laboral.
—Pensé que era por estrés.
—También.
Marc miraba el almacén. Era una nave gris con una puerta metálica medio oxidada. Una luz amarilla parpadeaba encima de la entrada, como si incluso la electricidad tuviera dudas sobre estar allí. Faltaban diez minutos para la hora del papel.
—No entiendo una cosa —dijo Marc a Teresa—. Si las piedras son falsas, ¿por qué tanto lío?
Teresa no apartó la mirada del almacén.
—Porque no son solo piedras falsas. Son una tapadera. El truco consiste en hacer creer a todo el mundo que el engaño es vender bisutería como diamante. Algo ridículo, casi cómico. Pero mientras la policía mira la tontería brillante, se mueve otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Documentos. Códigos de acceso. Información sobre envíos. Cosas pequeñas que valen más que una bolsa de piedras.
Dani abrió la bolsa de croquetas.
—O sea, que los diamantes falsos son como el cuñado que habla alto en Nochebuena para que nadie escuche la discusión seria de la cocina.
Teresa lo miró por primera vez con algo parecido al respeto.
—Exactamente.
Dani sonrió.
—Soy más profundo cuando tengo miedo.
Marc tragó saliva.
—¿Y el papel del bolso llevaba esta dirección porque…?
—Porque alguien debía venir aquí creyendo que recogía una entrega. Quizá la persona a la que querían culpar. Quizá alguien del propio grupo.
—Y yo lo encontré antes.
—Sí.
—Sigo sin saber si tengo buena o mala suerte.
Dani mordió una croqueta fría.
—Tienes suerte de protagonista barato. Te pasa de todo, pero sin presupuesto para explosiones.
De pronto, el agente joven levantó una mano.
—Silencio.
Un coche oscuro apareció al fondo. Avanzó despacio entre los contenedores y se detuvo junto al almacén. Las luces se apagaron. Bajaron dos personas: Llorenç, con la bufanda verde, y Bruno, con sus gafas oscuras, que a esas alturas ya parecían menos un accesorio y más una decisión moral equivocada.
Marc sintió un escalofrío.
—Son ellos.
El agente habló por radio en voz baja. Soler y Ruiz estaban más cerca, ocultos en la sombra de otro contenedor.
Llorenç llamó a la puerta metálica con tres golpes. Desde dentro, alguien abrió. Marc solo vio una silueta.
—No veo quién es —susurró.
Teresa se inclinó.
—Yo sí.
Su voz había cambiado. Ya no sonaba elegante ni fría. Sonaba herida.
—¿Quién?
—Mi sobrino.
Marc la miró.
—¿Qué?
Teresa apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron pálidos.
—Álvaro Montcada. El inútil de mi sobrino.
Dani dejó de masticar.
—Perdone, pero “el inútil de mi sobrino” explica medio país.
Teresa no respondió. En la puerta, Álvaro Montcada apareció bajo la luz. Era un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con abrigo caro y cara de estar permanentemente molesto por no haber nacido más rico. Hablaba con Llorenç gesticulando mucho. Bruno miraba alrededor.
Marc sintió que Bruno giraba la cabeza hacia su posición. Se agachó instintivamente.
—Nos ha visto.
—No —dijo el agente—. Quietos.
Pero Bruno dio un paso. Luego otro.
Desde el otro lado, Soler salió de la sombra.
—Policía. Quietos.
Todo ocurrió rápido, pero no como en las películas, sino como en la vida real: con torpeza, gritos solapados y alguien tropezando con algo. Llorenç levantó las manos inmediatamente, quizá porque su vocación criminal no incluía sacrificio. Álvaro intentó volver al almacén, pero Ruiz le cerró el paso. Bruno, en cambio, echó a correr hacia los contenedores.
—¡Bruno! —gritó Soler.
El agente junto a Marc salió tras él. Dani miró a Marc.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando con la cara.
Marc vio a Bruno correr hacia una salida lateral. Si escapaba, quizá toda la explicación volvía a quedarse coja. Quizá dirían que faltaba una pieza. Quizá él seguiría siendo el músico que “casualmente” encontró el bolso. Y Marc estaba agotado de ser casualidad.
Cogió la guitarra.
—Marc —dijo Dani—, por una vez en tu vida, sé cobarde.
Marc no fue cobarde. Tampoco fue valiente de forma elegante. Salió corriendo con la guitarra en la mano, resbaló un poco, recuperó el equilibrio y se cruzó en el camino de Bruno justo cuando este doblaba entre dos contenedores. Bruno intentó esquivarlo. Marc, sin saber qué hacer, hizo lo único que sabía: lanzó la funda de la guitarra al suelo, abierta, justo delante de él.
Bruno pisó la funda, las monedas saltaron como una lluvia miserable, el botón rebotó contra un contenedor, y el hombre perdió el equilibrio con un grito indignado. No cayó de forma dramática, sino sentado, con una falta de dignidad absoluta.
Dani llegó detrás, jadeando.
—¡La cultura te ha detenido!
Bruno intentó levantarse, pero Ruiz apareció y lo redujo con ayuda del agente. Soler llegó segundos después, mirando a Marc como si quisiera felicitarlo y multarlo a la vez.
—Le dije que se quedara fuera.
Marc respiraba con dificultad.
—Técnicamente, él vino hacia mi zona.
—Eso no es técnicamente nada.
Dani recogió el botón de la funda.
—Esto también es prueba. O suerte.
Dentro del almacén encontraron cajas llenas de bolsos, piedras falsas, etiquetas de joyerías, documentos de envíos y varias carpetas con nombres de intermediarios. Álvaro Montcada, sentado en el suelo con las manos esposadas, intentaba explicarse con la soberbia desesperada de quien ha pasado la vida creyendo que una buena chaqueta soluciona cualquier delito.
—Tía Teresa, esto no es lo que parece.
Teresa se acercó despacio.
—Álvaro, contigo nunca es lo que parece. Parece que trabajas y no trabajas. Parece que escuchas y no escuchas. Parece que piensas y, mira, tampoco.
Dani susurró a Marc:
—Tu familia no será perfecta, pero al menos no habla así de bien cuando te destruye.
Álvaro levantó la barbilla.
—No entiendes nada. Iba a devolver el dinero.
—¿Qué dinero?
—El de los inversores.
Teresa cerró los ojos.
—Ay, Dios. ¿También hay inversores?
Soler intervino.
—Eso lo explicará en comisaría.
Álvaro señaló a Marc.
—¡Él cogió el bolso! ¡Pregúntenle a él!
Marc sintió que la rabia volvía, pero esta vez no llegó a quemarle. Soler se volvió hacia Álvaro con una calma helada.
—Él llamó a la policía, entregó el bolso, aportó testigos, identificó a sus colaboradores y acaba de impedir una fuga con una funda de guitarra. Usted, en cambio, está en un almacén lleno de pruebas. Yo elegiría mejor mis frases.
Marc miró a Soler, sorprendido. Ella no le sonrió, pero algo en su tono lo defendía. A veces la justicia no llegaba con música épica. A veces llegaba en forma de inspectora cansada diciendo una frase correctamente.
Dani levantó una moneda del suelo.
—Esta era mía emocionalmente.
—Era de mi funda —dijo Marc.
—La he sufrido.
Cuando todo terminó, cuando los coches patrulla se llevaron a Álvaro, Llorenç y Bruno, cuando Teresa dio declaración con una serenidad que parecía de mármol y cuando Soler por fin permitió que Marc y Dani se sentaran en el bordillo, ya casi era medianoche.
El puerto estaba más tranquilo. Marc sostenía la guitarra sobre las rodillas. La funda había quedado un poco rota por un lado.
Soler se acercó con Ruiz.
—Señor Rovira.
Marc se preparó para otra reprimenda.
—Sí.
—Queda claro que usted no participó en la operación.
Marc soltó el aire.
—Gracias.
—Aunque su manera de colaborar ha sido… irregular.
Dani sonrió.
—Artística.
—Irregular —repitió Soler.
Ruiz se agachó y dejó algo en la funda de Marc. Eran unas monedas que había recogido del suelo.
—Se le habían caído.
Marc miró las monedas.
—Gracias, agente.
Ruiz se encogió de hombros.
—La canción del jueves no estaba mal.
—Era la del martes.
—Pues mejórela para jueves.
Soler miró a Dani.
—Y usted.
Dani se puso firme.
—Sí, inspectora.
—Procure no organizar espectáculos durante operaciones policiales.
—Lo intentaré.
—No me convence.
—A mí tampoco.
Teresa se acercó entonces. Ya no parecía tan invencible. Seguía elegante, pero la noche le había puesto un cansancio humano en los ojos. Se sentó junto a Marc sin pedir permiso.
—Te debo una disculpa.
—Me debe varias, pero acepto empezar por una.
Teresa asintió.
—Siento que acabaras en medio de esto.
—Yo también.
—Y siento que te sospecharan por hacer lo correcto.
Marc miró hacia el agua oscura.
—Eso ha sido lo peor. No los tipos raros, ni la llamada, ni correr por el puerto. Lo peor ha sido explicar la verdad y ver que sonaba a mentira.
Teresa tardó en responder.
—La verdad, cuando aparece en mal momento, siempre parece sospechosa.
Dani, sentado al otro lado, levantó una croqueta fría.
—Brindo por eso con masa rebozada.
Marc rió por primera vez con ganas. Una risa corta, cansada, pero real.
Teresa abrió su bolso y sacó un sobre.
—Esto es para reparar la funda. Y para compensar el mal rato.
Marc no lo cogió.
—No quiero dinero por esto.
—No es caridad.
—Ya, pero no.
Teresa lo miró con interés.
—Eres testarudo.
—Soy pobre, pero con principios. Es una combinación muy incómoda.
—Entonces considéralo un contrato.
—¿Un contrato?
—Mañana tengo una cena familiar. Después de lo de Álvaro, va a ser una velada espantosa. Necesito música. Algo alegre, pero no demasiado. Que permita a la gente fingir que no se odia.
Dani se inclinó hacia Marc.
—Eso es trabajo de músico profesional.
Marc miró el sobre. Luego a Teresa.
—¿Con factura?
Teresa sonrió.
—Con factura.
—Entonces sí.
—Y tu amigo puede venir.
Dani se emocionó.
—¿Como mimo?
—Como persona, si es posible.
—Haré el esfuerzo.
Soler, que había oído parte de la conversación, negó con la cabeza y se alejó murmurando algo sobre artistas. Ruiz la siguió, pero antes levantó la mano en una despedida discreta.
Marc se quedó mirando la funda rota. Dentro había monedas, el botón, el papelito de “Ánimo, artista” y ahora una oportunidad rara, nacida de una noche absurda. Pensó en llamar a su madre, pero decidió esperar hasta tener una versión menos alarmante. Algo como: “Mamá, hoy he ayudado a la policía y tengo un bolo”. O quizá no. Su madre encontraría la forma de preguntar si el bolo tenía contrato fijo.
A la mañana siguiente, la noticia apareció en algunos medios locales con titulares más o menos creativos. “Desarticulada una red de falsificaciones en el puerto”. “Un músico callejero ayuda a resolver un caso de joyas falsas”. “Una funda de guitarra frena a un sospechoso en Barcelona”. Dani envió el último enlace a todos sus contactos con el mensaje: “Yo estaba allí y no se me reconoce lo suficiente”.
Marc volvió al Barrio Gótico dos días después. La misma calle, la misma humedad, la misma farola. La gente pasaba como siempre. Los turistas seguían mirando hacia arriba, los repartidores seguían rozando la muerte con naturalidad, y una señora volvió a preguntarle si lo que tocaba era de los Gipsy Kings.
Marc sonrió.
—No, señora. Esta se llama “Diamantes de mentira”.
—Muy bonita. ¿Es famosa?
—Todavía no.
La mujer le echó un euro. Un euro entero. Marc lo vio caer en la funda y sintió que el mundo, por una vez, afinaba un poco.
Dani apareció al rato con un café para llevar y la cara pintada a medias.
—¿Qué tal la recaudación?
—Un euro y treinta.
—Vas lanzado. En tres semanas compras el puerto.
Marc tocó unos acordes.
—¿Sabes qué he aprendido?
—Que nunca hay que abrir bolsos.
—También.
—Que la policía no aprecia la performance.
—Eso ya lo sabíamos.
—Que las croquetas frías acompañan cualquier crisis.
Marc rió.
—He aprendido que hacer lo correcto puede meterte en un lío.
Dani bebió café.
—Eso lo sabe cualquiera que haya intentado devolver un paquete mal entregado.
—Pero también puede sacarte.
Dani miró la funda rota, la guitarra, la calle.
—Bueno, si vuelve a aparecer otro bolso, avísame antes de tocarlo.
—¿Para ayudarme?
—Para cobrar entrada.
Marc empezó a cantar. Su voz llenó la calle con una mezcla de cansancio, ironía y esperanza. Algunos pasaron sin mirar. Otros se detuvieron. Un niño señaló la guitarra, una pareja sonrió, un hombre dejó una moneda y siguió caminando. La ciudad no le debía explicaciones a nadie, pero esa mañana parecía menos cruel.
En el portal de enfrente, por un segundo, Marc creyó ver una bufanda verde. Se tensó. Luego salió una señora mayor arrastrando un carrito de la compra. La bufanda era de flores.
Dani lo notó.
—Tranquilo. Esa como mucho trafica con acelgas.
Marc siguió tocando.
Y cuando terminó la canción, justo antes de que el aplauso pequeño de la calle se evaporara entre pasos, motores y conversaciones ajenas, un turista se acercó a la funda, dejó dos euros y preguntó en inglés qué significaba el título.
Marc pensó un momento. Luego respondió en su inglés de bar, que era suficiente para pedir cerveza y explicar desgracias.
—Fake diamonds. Real problems.
El turista levantó el pulgar, encantado de no haber entendido del todo. Dani se inclinó hacia Marc y susurró:
—Pues mira, eso sí que es un buen título internacional.
Marc volvió a tocar. Esta vez no porque necesitara demostrar nada, ni porque quisiera convencer a nadie, ni porque la vida se hubiese vuelto justa de repente. Tocó porque era lo que sabía hacer. Porque las calles antiguas de Barcelona tenían memoria corta para los escándalos, pero oído largo para las canciones. Porque a veces una funda de guitarra podía ser caja de monedas, trampa accidental, prueba policial y comienzo de una historia. Porque, aunque el mundo sospechara demasiado de la gente honrada, todavía quedaban personas capaces de escuchar hasta el final antes de decidir si creían o no.
Y porque, si uno tenía que meterse en problemas por culpa de un bolso lleno de diamantes falsos, al menos convenía sacar de aquello una canción decente.