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Cuando el padre de Pedro Infante perdió todo en la cantina — Ese día hizo un juramento eterno

Había pasado todo el día trabajando en el taller de don Jerónimo Gustillos, dijando y tallando madera hasta que los dedos se le entumecieron. Lo poco que ganó se lo entregó a su madre esa misma mañana. Y ahora, ahora no quedaba más que esperar a ver si su padre traía el dinero para el gasto.

 La necesidad en la casa de los infantes apretaba cada vez más, como un nudo ciego. Doña María del Refugio se había pasado el santo día cociendo ropa ajena, forzando la vista para ganar unos cuantos centavos. Los cinco hermanitos de Pedro apenas engañaron al estómago con un puño de frijoles aguados que les duró todo el día.

 Esa mañana donde el fino había salido temprano con su tololo loche al hombro, había prometido que esa noche traería buen dinero, pues la orquesta iba a tocar en una boda de postín. Se casaba el hijo de un ascendado y en esos festejos las propinas solían correr como el agua. En su mente, doña María ya había gastado ese dinero 10 veces.

 ya sabía qué comida pondría en la mesa y a cuál santo le pagaría la manda primero. Pero cuando don Delfino cruzó finalmente el umbral, Pedro supo de inmediato que algo se había torcido. Su padre se tambaleaba levemente, traía los ojos vidriosos como empañados, se movía con esa torpeza que el muchacho ya había aprendido a reconocer a la mala.

 El tololoche venía mal amarrado a su espalda, cargado con descuido, casi con desgana.  Delfino intentó sonreír, pero le salió una mueca rota, chiquita y llena de culpa. Al principio no dijo nada. Se quedó ahí parado, tapando la luz de la luna, proyectando una sombra que parecía más grande y más vacía que él mismo.

 Pedro sintió un apretón en el pecho. Conocía esa mirada en los ojos de su padre. La había visto demasiado en los últimos meses. No era la mirada de un hombre malo, no era la mirada de un músico talentoso al que le ganó el vicio, un hombre que había perdido la batalla entre el amor a su familia y la tentación de la copa.

 Doña María del Refugio se levantó de su silla muy despacio. Todavía tenía la aguja y el hilo en las manos. no dijo ni una palabra, pero su silencio su silencio retumbaba más fuerte que cualquier grito. Los hermanitos, aunque no entendían bien qué pasaba, sintieron la electricidad en el aire y se quedaron quietos como estatuas.

 Con movimientos lentos, Delfino metió la mano en la bolsa del pantalón, sacó unas cuantas monedas, si acaso dos o tres pesos, las dejó caer sobre la mesa y el sonido metálico resonó en el cuarto como una sentencia. Ese dinero no alcanzaba ni para medio kilo de maíz. La boda había dejado buena plata. Pedro lo sabía. Había escuchado a su padre hablar de eso toda la semana.

 Hubo dinero, mucho dinero. Pero ahora solo quedaban esas monedas miserables que brillaban a la luz de la vela como una burla, como una traición. Doña María recogió las monedas sin decir nada. Le temblaba la boca, pero se mordió el labio para aguantarse. No lloró. Las mujeres como ella de una sola pieza.

 Hacía tiempo que habían aprendido que las lágrimas no quitan el hambre ni pagan las deudas.  Delfino mascuyó algo entre dientes. Una excusa a media sobre los muchachos de la orquesta sobre el festejo. Prometió que la próxima vez sería distinto, pero las palabras se le arrastraban, se le atropellaban en la lengua, sonaban huecas, incluso para él mismo.

 Y Pedro, Pedro lo miraba todo desde el suelo, absorbía cada detalle, cada gesto, grabando ese momento en un lugar profundo de su memoria, ahí donde las cosas nunca se olvidan. Conforme donde el fino se perdía más en el fondo de la botella, la familia se hundía más en la miseria. No hubo de otra.

 Pedro tuvo que hacerse hombre a la fuerza. Apenas iba en cuarto año cuando dejó la escuela para siempre. No había tiempo para letras cuando faltaba el pan. Empezó a ser mandados en la casa Melcher. Los dueños, unos alemanes ricos, le daban tareas de aquí para allá y el muchacho corría. Cada centavo que ganaba, cada moneda que caía en su mano iba derechito a las manos de su madre.

 Ni uno solo se quedaba en su bolsa. Aprendió el oficio de carpintero con una devoción sagrada. perfeccionó su técnica hasta que sus manos, ya no tan de niño, lograban sacar belleza de la madera más corriente. Cada clavo que martillaba, cada tabla que pulía hasta dejarla como espejo, lo hacía pensando en ellos.

 Trabajaba para darles lo que su padre, perdido en el vicio, ya no podía. Pero Pedro nunca olvidó aquellas noches. Nunca se le borró la mirada de su madre cuando el padre llegaba borracho. Nunca olvidó el sonido miserable de aquellas pocas monedas. rodando en la mesa cuando debieron haber sido billetes. Nunca olvidó el hambre que le ruge en la tripa a un hermano pequeño.

 Veía como el dinero, el sustento  se convertía en aguardiente para los hombres que ahogaban sus penas. Cada una de esas noches le grabó una lección a Pedro. Se le metió en el ser, tan profundo como los huesos, tan permanente como una cicatriz vieja. Al cumplir los 16, Pedro ya tenía su propia orquesta. La rabia, así le pusieron.

 Empezó a ganar su propio dinero con la música, pero a diferencia de su padre, Pedro cuidaba cada peso con celo. Administraba con cuidado, siempre para ayudar en la casa. Veía a los otros músicos festejar después de las tocadas. veía como el alcohol corría como agua en los cabarets y en los salones de baile. Los compañeros le ofrecían el trago, le insistían.

Ándale, Pedro, festeja que estás chavo, diviértete. Pero Pedro siempre decía que no. Con una sonrisa amable, pero firme como el roble que tallaba en el taller, rechazaba la copa. No explicaba por qué. No les contaba la historia de las noches tristes en Huamuchil, ni del dolor de su madre. Simplemente no bebía.

 Él sabía que su destino tenía que ser diferente. Cuando Pedro Infante alcanzó la gloria y todo México coreaba su nombre, la gente notó algo curioso. En las fiestas que organizaba el alcohol corría raudales para sus invitados de lo mejor, tequila, whisky, champaña, lo que quisieran. Pedro era mano suelta, generoso, a más no poder. A nadie le negaba nada.

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