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IMPACTANTE: Así VIVE y GASTA su FORTUNA Hoy ANA MARTÍN

Esa mezcla tan sabrosa entre la pura raíz carpera de acá y la calidez centroamericana le regaló a Anita, desde que estaba bien chavita,  una visión del mundo y de la actuación super profunda. Algo que jamás habría conseguido de haberse criado en un  entorno tradicional y fuera de los reflectores.

 Imagínate lo que es pasarte la infancia corriendo detrás del telón, viendo a tu viejo hacer que el teatro entero se muriera de risa con sus ocurrencias,  codeándote con puras vacas sagradas de nuestra época de oro, oliendo el polvo de arroz y la utilería en los vestidores, sintiendo esos nervios riquísimos de cuando estás a 5 minutos de salir a darlo todo frente a una audiencia expectante.

 Fue sin duda la mejor escuela de la vida y la actuación que cualquier estrella en ascenso podría soñar con tener. Nuestro querido México de 1946, el año que el avió naacer andaba en pleno cambio de piel. La capirucha se iba para arriba rapidísimo, subida en la ola de ese famosísimo milagro económico de nuestro país.

 Todavía no teníamos la tele en cada sala, pero ya estaba tocando a la puerta lista para darle la vuelta por completo a la forma en que nos divertíamos. Mientras tanto, nuestro cine de oro estaba en los cuernos de la luna, exportando talentazos que eran auténticos ídolos en cada rincón de Latinoamérica. Se respiraba pura magia artística en el aire.

 La farándula no era solo chisme, representaba algo fuertísimo y super respetado en nuestra sociedad. Los actores eran de verdad intocables. Con un nivel de fama y cariño que ahorita con tanto creador de contenido y redes sociales, la neta cuesta trabajo dimensionar. En esa época dorada, llevar la sangre del gran palillo era una chulada, pero también te echaba un paquete pesadísimo encima.

 Las expectativas estaban por los cielos desde el día uno y cualquier resbalón iba a ser eco no más por portar ese nombre tan pesado. Criarte con unas de la comedia te enseñaba a la mala y en carne propia cómo echarte a la gente al bolsillo y no soltarla. Te tocaba ver qué pasaba si un chiste no pegaba y notar cómo se siente cuando conectas padrísimo con todos frente a cuando el público de plano te da la espalda.

 Su jefe era un genio para hacer click con la raza. Tenía ese don que no se aprende en ningún lado para medir el ambiente en vivo y soltar justo lo que la gente pedía a gritos. Todo ese aprendizaje que mamó de chavita, no leyendo libros, sino viviéndolo en carne propia detrás del escenario función  tras función, se convirtió en la mejor herencia que su papá pudo dejarle.

 Algo mil veces más valioso que ese famoso apellido del que ella, por ovarios propios, decidió pintar su raya. Y justo aquí tenemos que hacer una pausa para aplaudirle una de las cosas más fregonas de su forma de ser. Algo que te dice clarito la clase de mujerona  y actriz que es. Por pura voluntad, dijo, no gracias a usar la fama paterna para que le abrieran las puertas del medio.

  En vez de charolear diciendo, “Soy hija de palillo”, para conseguir los mejores protagónicos peladitos  y en la boca, prefirió romperse el lomo bajo su propio sello, Ana Martín, a base de puro talento. Esa jugada, sobre todo en un medio donde el compadrazgo y las influencias mandaban, estaba lejísimos de ser la salida facilita.

  Ese valor para rifársela sola, de sudar cada personaje demostrando de qué estaba hecha y sin colgarse medallas ajenas, nos demuestra una calidad moral y una fe en sí misma gigantescas. Y la neta, esos son los cimientos de titanio que se ocupan si quieres aguantar tantos años vigente en este negocio.

 El primer gran salto de nuestra querida actriz al ojo público, ya fuera del nido de su casa, se dio gracias a los certámenes de belleza, que en los maravillosos años 60 eran el pasaporte segurito para colarse a los foros de grabación para cualquier muchacha que trajera esa chispa histriónica, además del porte y el ángel que pedían a gritos esos eventos.

 Apenas a sus 17 primaveras ya andaba concursando  y hasta se fue a poner en alto el nombre de nuestra tierra en pasarelas mundiales. Esa etapa le sirvió de fogueo para volverse una cara conocida y la empapó de ese asedio mediático con el que iba a convivir el resto de su vida. Sin embargo, la señora siempre trajo muchísimo más talento que solo una cara preciosa y nos lo dejó bien claro en un abrir y cerrar de ojos.

Lo suyo jamás fue estancarse modelando. Ella agarró esa fama de volada como escalón para meterse a la actuación de adeveras, que era lo que le apasionaba con el alma. Arrancó en las películas y en la tele empezando la década de los 60. En ese entonces, nuestra pantalla chica apenas estaba en pañales armando su propio estilo para contar historias y le surgía talento fresco que supiera echarse al hombro esos culebrones tan nuestros, poniéndole las mismas ganas y la misma pasión que le metían los monstruos sagrados del séptimo arte a

las cintas de aquel entonces. Desde la toma uno, Anita nos cayó la boca probando que le sobraban tablas, regalándonos unas escenas desgarradoras en la sala de nuestra casa, sin que el tamaño de la tele achicara su enorme peso escénico. Toda esa etapa de los años 60 fue como su escuelita intensiva. Poco a poquito se fue ganando el respeto de todo el gremio, chambeándole durísimo proyecto a proyecto y capítulo a capítulo, con el aguante y la constancia necesarios para armar una trayectoria de ade veras. Su gran brinco a la fama fue

en 1979, cuando estelarizó muchacha de barrio marcando el banderazo de salida de su época dorada. Tras picar piedra por más de 15 años, ganándose a pulso el respeto en cada personaje y demostrándole a los mandamaces de la tele de qué estaba hecha, por fin se plantó bajo los reflectores principales, asumiendo el paquete completo y las puertas abiertas que venían con ello.

  Echarse al hombro, el rol principal de un melodrama está cañón y no cualquiera tiene los tamaños para lograrlo. Necesitas muchísimo ángel  aguantar el ritmo emocional por montones de capítulos y tener a la audiencia picadísima frente al televisor durante meses enteritos. Y vaya que Anita no se rajó, le entró al cuite con ese mismo nivel de compromiso bárbaro que siempre la distinguió.

 Sin embargo, el bombazo que la catapultó de estrella muy querida a icono mundial llegó en 1988 con el pecado de Oyuki. Ese proyecto la rompió de una forma loquísima, arrasando no n más en tierras aztecas, sino pegando con tubo en toda Latinoamérica y en cada rincón hispanohablante, elevando a la actriz a los cuernos de la luna, cruzando fronteras y dejando chiquito al farandulazo local.

 La interpretación que se aventó en esa novela se nos quedó tan tatuada a millones de televidentes  que rebasó por completo el ser un simple boom del momento. Se volvió todo un icono de la cultura pop, marcando a toda una generación que muchísimos años después la sigue recordando con harta nostalgia como si fuera de la familia.

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