El silencio de los que desaparecieron y cuyos familiares buscaron en el vacío del poder absoluto [música] sin encontrar nada que pudiera ser nombrado en voz alta. El silencio de una ciudad entera que aprendió a bajar la vista cuando los jaguares pasaban porque levantar la vista podía ser la decisión más cara de [música] tu vida.
Hoy abrimos el expediente de las víctimas del negro, [música] el expediente del horror que se construyó debajo de la opulencia del Partenón de Cihuatanejo y de las residencias de la Juzco. El expediente de las cárceles secretas y de la masacre del río Tula y de los hombres con nombres y con familias que fueron usados como chivos expiatorios o simplemente eliminados porque cruzaron el camino equivocado en el momento equivocado.

El expediente de un hombre que murió en el año 2000 en su cama en Acapulco, [música] sin haber pagado ni un minuto de tiempo real en prisión por la sangre derramada y sin haber confesado nunca dónde están los cuerpos de los que no volvieron. Cuatro cosas vas a descubrir en este video que te van a cambiar la manera de entender lo que fue el régimen de Durazo y lo que dejó atrás.
Primero, [música] ¿cómo construyó el reino del terror que convirtió la Dirección General de Policía y Tránsito en su Ejército personal y a los ciudadanos de a pie en sus presas permanentes? Segundo, lo que ocurrió en las propiedades que se construyeron con el dinero robado, las celdas de tortura, las desapariciones, las familias que buscaron a sus hijos en el vacío y no encontraron nada.
Tercero, [música] el episodio más sangriento de su historia, el hallazgo de los cadáveres en el río Tula. y todo lo que ese hallazgo reveló sobre el tipo de operación que Durazo estaba administrando. Y cuarto, el capítulo final de la impunidad, la huida, la captura en Brasil, la prisión que fue un lujo, la muerte en libertad y la pregunta que ninguno de sus defensores y ninguno de sus protectores ha podido responder todavía.
¿Dónde están los desaparecidos? Suscríbete [música] y activa la campanita antes de seguir, porque lo que viene no es el resumen de un libro de historia, es el expediente completo del capítulo más oscuro [música] de la policía mexicana del siglo XX. Para entender lo que fue el régimen de Durazo, hay que entender primero el contexto en [música] que fue posible.
Sin ese contexto, la historia parece la de un monstruo individual que surgió [música] de la nada. Con ese contexto, lo que se ve es algo más perturbador, el retrato de un sistema que no solo permitió a ese monstruo existir, sino que lo creó, lo alimentó y lo protegió durante años porque le era útil. Arturo Durazo Moreno nació en 1924 en Nabolato, Sinaloa.
No llegó al mundo en una familia de poder ni de influencia. Llegó en la pobreza relativa que caracterizaba a la mayoría de los mexicanos de esa época y de esa región. Lo que tenía era algo que el origen humilde no podía dar ni quitar. La determinación de no quedarse donde había nacido, la disposición de hacer lo que fuera necesario para llegar a otro lugar y la inteligencia específica para leer los sistemas de poder y encontrar en ellos las palancas que mueven las cosas.
Para entender completamente la relación entre Durazo y López Portillo, hay que entender también lo que esa relación dice sobre la naturaleza de las amistades en los sistemas políticos. autoritarios. No era la amistad inocente de dos jóvenes que compartieron experiencias formativas. Era una relación de poder asimétrica donde cada uno ofrecía algo que el otro necesitaba y donde la transacción era tan clara que nadie tenía que decirla en voz alta porque ambos la entendían perfectamente.
López [música] Portillo ofrecía legitimidad y cobertura política, la capacidad de poner a Durazo en una posición desde la cual podía hacer lo que iba a hacer con el respaldo institucional que hace que esas cosas sean posibles. La protección que viene de ser el amigo del presidente en un sistema donde el presidente es el centro de todo el poder real.
Durazo ofrecía lo que los políticos necesitan y que no pueden procurarse públicamente. [música] Era el hombre que hacía funcionar las partes del sistema que no pueden funcionar con las manos limpias que los políticos necesitan mostrar en público. Era el que manejaba las relaciones con los sectores del poder informal, que el poder formal necesita, pero que no puede reconocer formalmente.
Era el que mantenía el orden de maneras que el sistema legal no siempre permite, pero que el sistema político a veces requiere. Esa relación no fue única en la historia del sistema priista. fue la versión más extrema y más documentada de un tipo de relación que existía en múltiples formas y en múltiples niveles de la jerarquía del partido y del Estado.
Lo que hizo a Durazo diferente no fue el tipo de relación, sino la escala de lo que construyó sobre ella y la visibilidad de los excesos que esa escala produjo. La palanca que Durazo encontró y que definiría el resto de su vida fue José [música] López Portillo. Los dos se conocieron de jóvenes en esa etapa de la vida donde las amistades se forman antes de que las posiciones sociales y políticas las compliquen.
Y la amistad que formaron fue de las que duran. No porque compartieran valores ni visiones del mundo necesariamente similares, sino porque Durazo entendió antes que nadie que López Portillo era alguien que iba a llegar lejos y que ser leal a ese alguien era la inversión más inteligente que podía hacer.
Lo que Durazo ofrecía a la relación era exactamente lo que un político ambicioso en el México de los años 50 y 60 necesitaba y que no siempre era fácil encontrar. la disposición de hacer las cosas que los políticos no pueden hacer directamente. El intermediario, el que maneja la parte sucia del poder para que el político que tiene el poder pueda mantener sus manos limpias en público.
Una función que ha existido en todos los sistemas de poder de todos los tiempos y que en el México del PRI del siglo XX tenía su propia versión específica y perfectamente institucionalizada. Durazo fue construyendo su carrera dentro de la policía durante las décadas en que López Portillo fue construyendo la suya dentro de la política, no con la misma velocidad ni con la misma visibilidad, pero con la paciencia de quien sabe que la inversión que está haciendo tiene un horizonte temporal largo y que el retorno llegará cuando
llegue el momento correcto. El momento correcto llegó en 1976. Ese año José López Portillo ganó la presidencia de México en el proceso electoral de partido único, que era la norma política del sistema priista. Y una de las primeras decisiones que tomó como presidente fue nombrar a su viejo amigo, Arturo Durazo Moreno, como director general de policía y tránsito del Distrito Federal.
fue la decisión que cambiaría la historia de la seguridad [música] pública de la Ciudad de México para las generaciones que vivirían bajo ese régimen. Hay algo que merece ser examinado con más detalle sobre la mecánica específica de la extorsión que el régimen de Durazo practicaba. Porque esa mecánica explica [música] cómo fue posible que la operación funcionara durante 6 años sin que el sistema colapsara bajo el peso de las denuncias que inevitablemente generaba.
[música] La extorsión sistemática cuando se practica a escala de toda una ciudad requiere una organización, no puede ser improvisada, requiere la delimitación de territorios, la asignación de cuotas, el establecimiento de mecanismos de recaudación y de distribución de lo recaudado que funcionen con la eficiencia de cualquier otra operación a gran escala.
Lo que Durazo construyó fue en esencia una empresa de extorsión organizada que usaba la infraestructura de la policía y el respaldo del poder político para operar sin competencia. Los mandos medios de la corporación eran los administradores de esa empresa. Cada jefe de zona tenía su territorio, sus cuentas, sus responsabilidades de recaudar y de entregar lo que se esperaba que entregara.
Los policías de base eran los ejecutores, los que paraban el coche, los que visitaban el comercio, los que hacían efectiva la amenaza implícita en el uniforme y en la pistola. Y todo fluía hacia arriba. Por cada 100 pesos que el policía de base extorsionaba, una parte se quedaba con él, una parte subía al jefe de zona, una parte subía más arriba [música] y eventualmente una parte llegaba al negro.
Esa estructura piramidal aseguraba la lealtad de cada nivel, porque cada nivel tenía algo que perder si el sistema colapsaba y aseguraba el silencio, porque el silencio era también una condición de participar en los beneficios. El ciudadano ordinario, que era víctima de esa extorsión, enfrentaba una elección que no era realmente una elección.
Pagar o enfrentar consecuencias que podían ser mucho peores que el dinero que le pedían y la mayoría pagaba. No por cobardía, sino por la racionalidad fría de quien evalúa sus opciones en un sistema que no tiene árbitro neutral al que apelar. Para quienes vivieron en la Ciudad de México entre 1976 [música] y 1982, el periodo en que Durazo controló la policía capital, la experiencia de ese terror cotidiano [música] tiene una calidad específica que no puede describirse completamente en términos abstractos. Hay que entenderla en
concreto, en el detalle de [música] lo que significaba para una persona ordinaria navegar la ciudad, sabiendo que la policía que debía protegerla era en realidad una fuerza de ocupación que operaba para el enriquecimiento de su jefe y que podía convertirte en víctima en cualquier momento por cualquier razón.
Los jaguares eran el instrumento visible de ese terror, unidades de élite de la policía del Distrito Federal que respondían directamente a Durazo y que tenían la impunidad que da operar con la bendición del poder absoluto. Sus métodos de trabajo incluían la detención arbitraria, la extorsión sistemática, el cobro de cuotas a comerciantes y ciudadanos a cambio de no ser detenidos o de no tener problemas [música] y la violencia directa contra quienes se resistían o intentaban documentar lo que estaba ocurriendo.
Para los ciudadanos de a pie, los del barrio popular y el mercado y el microbús, [música] el encuentro con la policía de Durazo podía terminar de maneras que iban desde la extorsión rutinaria hasta la desaparición. La extorsión era lo más común, un billete intercambiado en silencio y el problema desaparecía. Pero para quien no tenía el billete o para quien se resistía o para quien simplemente tenía la mala suerte de cruzar el camino de un jaguar en un día en que los estados de ánimo no eran buenos, las alternativas disponibles [música]
eran considerablemente peores. Los comerciantes del centro histórico pagaban cuotas mensuales para operar sin ser molestados. Los locatarios de los mercados tenían [música] sus propios acuerdos con los jefes de zona que reportaban a Durazo. Los dueños de bares y cantinas y establecimientos nocturnos sabían que el negocio de la noche en la Ciudad de México tenía un costo adicional que no aparecía en ningún registro contable porque el registro que importaba era el que llevaba la policía en sus propios libros. Los taxistas
tenían sus propias cuotas, los vendedores ambulantes tenían las suyas. Todo generaba dinero, todo fluía hacia arriba en la jerarquía de la organización que Durazo había convertido en su empresa personal. Y todo ese dinero se acumulaba en las cuentas y en las propiedades que el negro construyó durante sus años en el poder con una osadía que, [música] en retrospectiva, resulta casi increíble, pero que en el momento era posible precisamente porque el sistema entero, desde el presidente para abajo, hacía posible que fuera
posible. La fortuna que acumuló durazo durante sus 6 años al frente de la policía [música] capitalina excede cualquier cálculo que pueda hacerse con certeza, porque la naturaleza de la corrupción es que sus dimensiones reales raramente son conocidas, completamente. Pero lo que si es conocido, lo que quedó documentado en las investigaciones que vinieron después de su caída, habla de cuentas bancarias en el extranjero, de propiedades en distintos [música] países, de efectivo almacenado en cantidades que hacían que las bóvedas
ordinarias no fueran suficientes. Y de palacio [música] en Cihuatanejo y de Residencia en el Ajuzco y del Partenón. La construcción del Partenón de Cihuatanejo y de las otras propiedades de Durazo no ocurrió en secreto. Ocurrió a plena vista de un sistema que la toleraba, porque el sistema [música] era exactamente el sistema que la hacía posible.
Los materiales que se importaban de Grecia pasaron por las aduanas. Los trabajadores que construyeron las [música] instalaciones tenían nombres y familias y cobros que quedaron en algún registro. Los arquitectos y los decoradores y los proveedores que participaron en esos proyectos sabían lo que estaban construyendo y para quién.
Nada de eso generó ninguna investigación durante los 6 años en que ocurrió. [música] Porque la pregunta de dónde venía el dinero que pagaba todo eso era una pregunta que nadie en posición de hacerla tenía interés en hacer. Y la pregunta de cómo era [música] posible que el director general de policía de una ciudad tuviera esos recursos era una pregunta que todos los que podían verla preferían no articular en voz alta.
Esa complicidad silenciosa no es exclusiva del caso Durazo. Es el mecanismo que hace posible la corrupción a gran escala en cualquier sistema. La decisión colectiva de un número suficiente de personas de no hacer las preguntas que tienen la capacidad de hacer porque las respuestas serían incómodas. y las consecuencias de incomodar a quien tiene el poder son calculadas [música] como demasiado altas.
Las personas que sí hicieron las preguntas, los periodistas que intentaron documentar lo que estaba ocurriendo durante el sexenio de López Portillo, encontraron los [música] obstáculos que siempre encuentra el periodismo que investiga el poder, cuando el poder que investiga tiene el control de los mecanismos legales que puede usar en su contra.
Algunos tuvieron que retirarse, [música] algunos publicaron lo que pudieron y guardaron lo que era demasiado peligroso publicar. Algunos pagaron costos [música] personales por intentar decir la verdad en un momento en que la verdad era incómoda para los que controlaban lo que podía decirse. El Partenón de Cihuatanejo es el símbolo más reconocible del régimen de Durazo.
La imagen que el país usó para procesar la magnitud de la corrupción que había existido bajo sus narices durante 6 años. Y lo que hizo [música] que esa imagen fuera tan impactante no fue solo el dinero que representaba, aunque el dinero que representaba era escandaloso, [música] fue la ostentación, el hecho de que Durazo no solo robara, sino que construyera con lo robado algo que nadie [música] podría ignorar, algo que decía al mundo y al sistema que lo toleraba.
Sé que saben y no me importa [música] que sepan. El Partenón era una residencia de lujo en las afueras de Cihuatanejo, en la costa del Pacífico de Guerrero, construida con mármol importado de Grecia y [música] con todos los detalles arquitectónicos que el dinero sin límite puede pagar cuando quien lo gasta no tiene que preocuparse por rendirle cuentas a nadie.
columnas, fuentes, [música] jardines, piscinas, habitaciones decoradas con materiales que no tienen ningún equivalente en los presupuestos de ningún policía que viva de su salario honesto. Lo que el Partenón representaba era tan inmediato y [música] tan obvio que cuando el régimen de López Portillo terminó y Durazo tuvo que responder por lo que había hecho, la propiedad de Cihuatanejo se convirtió en el símbolo de lo que el periodismo de esa época llamó la corrupción sistémica del lópez portillismo.
[música] La foto del Partenón apareció en todos los diarios. se convirtió en el icono de una era de saqueo que López Portillo mismo había llamado en su discurso de fin de sexenio entre lágrimas genuinas o actuadas, la época en que el país había sido víctima de quienes lo gobernaban. Pero el Partenón tenía otra dimensión que las fotografías de las columnas de mármol no mostraban y que la versión oficial de la historia prefería dejar en el territorio de las leyendas y los rumores confirmados a medias.
Lo que se decía del Partenón, lo que los sobrevivientes y los testigos que eventualmente hablaron describían con una consistencia que hacía difícil ignorar era que debajo de la ostentación del mármol y las columnas había algo diferente, celdas, espacios para el trabajo que no podía hacerse en ningún espacio oficial.
Las instalaciones de lo que en el vocabulario de los regímenes autoritarios se llama un lugar de detención no oficial. La tortura como instrumento de control no fue una novedad que Durazo inventó. Era una práctica que la policía mexicana y los servicios de seguridad del país habían desarrollado durante décadas con la bruteza específica de quien no tiene que preocuparse por consecuencias legales, porque el sistema que debería imponer esas consecuencias es el [música] mismo sistema que los protege.
Lo que Durazo hizo fue aplicar esa práctica a escala y con la certeza específica de quien sabe que tiene el respaldo del hombre más poderoso del país. Las personas que desaparecieron durante el régimen de Durazo no eran solo opositores políticos [música] ni periodistas que habían investigado demasiado, aunque también había de esos.
Eran también personas ordinarias cuya desaparición no tenía ninguna lógica política ni ninguna razón [música] de estado que la justificara desde ningún marco de referencia que no fuera la impunidad pura. Personas que tenían un coche que al negro le gustaba. personas que habían presenciado algo que no debían haber presenciado, personas que simplemente cayeron en las redes de una organización criminal que usaba el uniforme de la policía para hacer lo que hacía con la bendición institucional del sistema. Las familias de esas personas
buscaron, fueron a las delegaciones, presentaron denuncias que desaparecieron en los mismos escritorios de los mismos policías que dependían de Durazo. Preguntaron a vecinos, a conocidos, a quien pudiera saber algo. Y en la mayoría de los casos no encontraron nada, porque el sistema que debía protegerlos y ayudarlos a encontrar a sus desaparecidos era el mismo sistema que los había desaparecido.
Ese es el terror más profundo del régimen de Durazo. No el que se medía en el dinero robado ni en las columnas de mármol del Partenón, el que se medía en las familias que buscaron y no encontraron. [música] En los hijos que no volvieron y cuyo paradero definitivo nadie fue capaz de señalar después en el silencio que el poder absoluto impone y que permanece incluso después de que el poder absoluto ha terminado, porque los que saben dónde están los cuerpos tienen sus propias razones para no decirlo.
La dimensión humana del hallazgo en el río Tula es la parte de la historia que el lenguaje del expediente penal tiende a borrar con su vocabulario técnico. [música] Los cuerpos encontrados no eran pruebas. eran personas, tenían [música] nombres, tenían madres, tenían historias que terminaron de la manera en que terminaron, no porque hubieran hecho algo que lo justificara, sino porque cayeron en las redes de un sistema que los convirtió en desechables.
La investigación del hallazgo estableció conexiones con el aparato de seguridad de Durazo, que eran suficientemente claras para que el caso se incluyera en los cargos que eventualmente se presentaron contra él. Pero la investigación también tenía sus límites impuestos por los mismos factores que limitan todas las investigaciones en sistemas donde el poder no es verdaderamente independiente del [música] objeto de la investigación.
Lo que quedó sin respuesta fue la pregunta más importante desde el punto de vista de las familias de los desaparecidos. ¿Quiénes más? [música] ¿Cuántos más? ¿Dónde están los que no fueron encontrados en el río? Las respuestas a esas preguntas están en el conocimiento de personas que decidieron no compartirlo con ningún fiscal, con ningún juez, con ninguna comisión de la verdad.
Están en el expediente que Durazo se llevó a su tumba. Hay algo que los sistemas de impunidad producen que es difícil de describir desde afuera, pero que las familias de los desaparecidos conocen desde adentro. La incertidumbre permanente, la imposibilidad de cerrar el duelo cuando no hay certeza sobre lo que ocurrió. Cuando la persona que amaba simplemente no regresó un día y nadie en ningún lugar oficial puede o quiere decirte qué pasó, esa incertidumbre no termina con la muerte del perpetrador.
Es la herencia que la impunidad deja en las familias que no recibieron respuestas. [música] El hallazgo en el río Tula, en el estado de Hidalgo, fue el momento en que la escala real de lo que había ocurrido bajo el régimen de Durazo se volvió imposible de ignorar para el sistema que hasta entonces había podido hacer la vista.
Gorda ocurrió en 1982, [música] en el momento en que el gobierno de López Portillo estaba llegando a su fin y en que el nuevo gobierno de Miguel de la Madrid comenzaba con la promesa que en ese momento muchos creyeron genuina de una renovación moral que pondría [música] fin a los excesos del sexenio anterior. Lo que se encontró en el río no era solo evidencia de asesinatos, era evidencia de una operación sistemática.
Los cuerpos habían sido desmembrados, habían sido arrojados al río de una manera que revelaba no la violencia impulsiva de un crimen pasional, sino el procedimiento calculado de alguien que hacía esto de manera regular y que había desarrollado sus propios métodos para la vela. Disposición de los restos era el tipo de hallazgo que en el lenguaje de la criminología moderna se describe como un patrón y los patrones implican repetición y la repetición implica que lo encontrado en el río no era el principio ni el fin, sino un punto
específico dentro de una práctica que venía de antes y que podría haber continuado si las circunstancias [música] no hubieran cambiado. La investigación que siguió al hallazgo fue, como todas las investigaciones de ese periodo en México, limitada por las mismas estructuras de poder que habían hecho posible lo que se estaba investigando.
No había plena independencia del Ministerio Público, no había una fiscalía autónoma que pudiera seguir la evidencia hasta donde llevara sin preocuparse [música] de que el camino pasara por despachos demasiado poderosos para ser investigados. Lo que había era el sistema que existía con sus limitaciones y sus zonas de intocabilidad, intentando procesar una evidencia que era demasiado masiva para ser ignorada completamente, pero que también era demasiado incómoda para ser investigada hasta sus últimas consecuencias. Lo que sí pudo
establecerse con suficiente certeza como para que quedara en el registro, aunque la justicia completa nunca llegara, era la conexión entre lo encontrado en el Tula [música] y la operación que Durazo administraba desde la Dirección General de Policía. Los testimoniantes que eventualmente hablaron, policías que habían participado en las operaciones y que decidieron cooperar, ya sea por motivos de conciencia o por motivos de protección propia, [música] describieron una práctica sistemática de eliminación de personas que el aparato
consideraba inconvenientes o simplemente prescindibles. No eran solo delincuentes. Esa es la parte de la historia que los apologistas de los métodos duros tienden a usar para minimizar lo que ocurrió. La idea de que quienes terminaban en las redes de Durazo eran criminales que se lo merecían, algunos lo [música] eran.
Pero la categoría de quien terminaba desaparecido o eliminado en el sistema de Durazo [música] era mucho más amplia que la de los delincuentes reales. Incluía a personas que habían cometido el error de saber algo que no debían saber, a personas que se habían resistido a una extorsión que debían haber pagado, a personas que tenían enemigos dentro del sistema y cuyos enemigos tenían acceso a los mecanismos [música] que Durazo ponía a disposición, a personas que simplemente cayeron en el lugar equivocado en el momento
equivocado. Ponerles rostro a esas personas, como pedía el gancho de este video, es hacer el trabajo más difícil y más necesario del periodismo y de la memoria histórica, porque la tendencia del tiempo es a convertir las atrocidades en cifras, en el número de desaparecidos, en el número de cuerpos encontrados, en los metros cúbicos de evidencia archivada en los juzgados.
Las cifras son necesarias para calibrar la magnitud, pero las cifras no lloran. Los padres que buscaron a sus hijos durante años sí lloraban. Las madres que preguntaron en cada delegación, que tocaron cada puerta que pudieron tocar, que vivieron el resto de sus vidas sin saber dónde estaban los restos de lo que habían querido, esas madres representan un tipo de daño que ninguna cifra captura completamente.
Esas son las víctimas del negro, no el concepto abstracto, sino las personas reales, el mecánico de Tepito, que no volvió a casa una noche porque le habían gustado sus herramientas a un jaguar con mal día. el vendedor ambulante del centro que había intentado no pagar su cuota semanal y que su familia buscó durante meses en los hospitales y en las delegaciones y en los rastros que dejó antes de desaparecer.
El joven que había visto algo que no debía haber visto y que su madre todavía busca décadas después con la terquedad del amor que no acepta la ausencia definitiva. La caída de Durazo llegó con el fin del sexenio de López Portillo en 1982, cuando Miguel de la Madrid tomó posesión con el discurso de la renovación moral que prometía un corte limpio con los excesos del gobierno anterior.
Durazo era uno de los objetivos más obvios de cualquier proceso de accountability que el nuevo gobierno quisiera emprender. Era también, y esto es importante entenderlo, un blanco conveniente. Concentraba en su persona toda la imagen de la corrupción del sexenio anterior de una manera que permitía al nuevo gobierno señalarlo como el problema, sin tener que examinar demasiado las estructuras sistémicas que lo habían hecho. Posible.
Pero antes de que pudiera ser detenido, Durazo huyó. [música] Y la manera en que huyó y la duración de esa huída dicen mucho sobre los recursos con que contaba y sobre la naturaleza de las redes de protección que había construido durante sus años en el poder. Primero estuvo en Estados Unidos, luego en varios países de América Latina, [música] luego en Europa.
Se movió con los documentos que el dinero robado puede comprar y con las identidades que la misma fuente puede fabricar. No era un fugitivo desesperado que iba dejando rastros por la prisa y la desesperación. Era alguien que había planeado su vida con la misma eficiencia que había administrado su régimen, con recursos abundantes y con la certeza de que el dinero podía resolver los problemas que se fueran presentando en el camino.
La búsqueda internacional por Durazo duró años. No porque fuera imposible encontrarlo, [música] sino porque la combinación de sus propios recursos con la lentitud de los procesos de extradición internacional y con la falta de urgencia real de los sistemas que debían encontrarlo, hizo que la búsqueda tuviera el ritmo que tienen las búsquedas cuando no hay voluntad política real de que terminen. Rápido.
Fue capturado en Puerto Rico en 1984. Su extradición a México tardó todavía más tiempo y cuando llegó finalmente a enfrentar la justicia mexicana, lo que el país encontró fue un proceso que tenía todos los elementos formales de la rendición de cuentas, pero que en su sustancia era un espectáculo que protegía más de lo que revelaba.
La prensa lo cubrió como el gran juicio del hombre que había sido el terror de la ciudad. Se presentaron cargos, se recibió evidencia, se escucharon testimonios y Durazo sentenciado no a nada que fuera remotamente proporcional a lo que había hecho, no a la cadena perpetua que sus críticos demandaban, a una condena que [música] con el tiempo servido y con los beneficios que el sistema mexicano ofrecía a quienes sabían cómo navegar sus laberintos, resultó en algo que en ningún sentido honesto podía llamarse justicia. La
prisión de Durazo fue otro escándalo dentro del escándalo. Sus condiciones de detención eran, según los testimonios de quienes tuvieron acceso a conocerlas, considerablemente más cómodas que las que experimentaban los presos ordinarios en las mismas instalaciones. El hombre que había torturado a detenidos en sus propias celdas secretas cumplía su condena [música] en un ambiente que no tenía nada que ver con el sistema carcelario que existía para quienes no tenían sus recursos ni sus conexiones y eventualmente fue liberado. Con los años
servidos contados y con los beneficios del sistema aplicados, Durazo salió de la prisión y se retiró a Acapulco, donde moriría en el año 2000 de causas naturales en su cama, a los 76 años, sin haber confesado nada que el sistema no supiera ya y sin haber señalado dónde están los restos de los que desaparecieron bajo su régimen.
Ese es el final, ese es el expediente [música] completo. El hombre que construyó el Partenón con el dinero de los pobres a los que mandaba extorsionar. El hombre que operó celdas de tortura debajo de sus propiedades de lujo. El hombre cuyos jaguares sembraron el terror en la ciudad durante 6 años.
murió en su cama en Acapulco a los 76 años sin pagar el precio real de nada de lo que hizo. Para entender por qué fue posible que todo esto ocurriera y que terminara de la manera en que terminó, hay que entender algo sobre el sistema político [música] mexicano del siglo XX, que es incómodo de decir, pero que es necesario decir si se quiere ser honesto sobre lo que fue el régimen de Durazo.
El régimen de partido único que el PRI construyó y mantuvo durante más de 70 años en México fue un sistema extraordinariamente efectivo para ciertas cosas [música] y extraordinariamente corruptor para otras. era efectivo para la estabilidad política, [música] para la continuidad de las políticas económicas, para la movilización social cuando el partido lo necesitaba.
Era corruptor en el sentido de que concentraba el poder de maneras que hacían posible su abuso sin consecuencias, que distribuía los recursos del Estado de maneras que fortalecían al partido y no al ciudadano, y que tenía mecanismos de protección para los que estaban dentro del sistema, que hacían que la rendición de cuentas real fuera la excepción y no la regla.
Durazo fue el producto más extremo y más visible de ese sistema, pero no fue una anomalía dentro de él. Fue la expresión más descarnada de algo que existía en múltiples niveles y en múltiples formas a lo largo de toda la estructura del Estado. Lo que lo distinguía de los demás no era que robara o que abusara del poder, porque esas cosas ocurrían en diferentes escalas en toda la jerarquía.
Era la escala y la violencia de lo que hacía. La disposición de usar métodos que otros en el sistema preferían mantener más ocultos o más sutiles. El presidente López Portillo sabía lo que hacía su amigo. No en todos los detalles específicos, quizás, porque el poder funciona así. Los que están en la cima tienen plausible deniability [música] sobre los métodos exactos que se usan más abajo para mantener el orden que ese poder requiere.
Pero sabía lo suficiente. Todos los que tenían posición en el sistema sabían lo suficiente. Y el hecho de que Durazo operara durante 6 años sin consecuencias no es una anomalía del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como estaba diseñado para funcionar. Lo que cambió en 1982 no fue que el sistema haya tenido una crisis de conciencia colectiva.
Lo que cambió fue que el nuevo gobierno necesitaba un chivo expiatorio visible para el escándalo de corrupción del sexenio anterior. Durazo era el chivo expiatorio perfecto, visible, documentado, imposible de defender y lo suficientemente separado del nuevo grupo de poder para que procesarlo no amenazara a nadie que el nuevo sistema necesitara proteger.
Eso explica por qué la investigación llegó hasta donde llegó y no más lejos. ¿Por qué los procesos penales cubrieron lo que cubrieron y dejaron sin cubrir lo que dejaron sin cubrir? ¿Por qué la condena fue lo que fue y no lo que la magnitud de los crímenes habría requerido? Porque la justicia en los sistemas donde el poder no es verdaderamente independiente de la política siempre llega hasta donde la política le permite llegar.
Y la política [música] siempre tiene sus propias razones para no dejarla ir demasiado lejos. La figura de Jorge González González, [música] el periodista conocido como el negro del libro, que documentó sus propias experiencias como colaborador cercano de Durazo y que luego se convirtió en uno de los testigos más importantes de lo que había ocurrido.
Es central para entender cómo la historia de este régimen pudo ser documentada en la medida en que fue documentada. Su libro, publicado después de la caída de Durazo, fue el primero en ofrecer un relato desde adentro de lo que había sido el régimen del negro. No desde la perspectiva de la víctima, sino desde la perspectiva de alguien que había estado cerca del centro de poder y que había visto con mayor o menor participación en lo que veía, lo que ese poder hacía.
Era un relato que tenía la credibilidad específica del testigo directo y los problemas éticos igualmente específicos del colaborador que decide hablar cuando ya no puede obtener más de guardar silencio. [música] El libro generó controversia por esas mismas razones. Había quienes lo veían como un documento imprescindible para entender lo que había ocurrido.
Había quienes cuestionaban las motivaciones del autor y la selectividad de lo que decidía contar y lo que decidía [música] omitir. Había quienes veían en su publicación un ejemplo de valentía periodística y había quienes veían en ella el ejercicio de un oportunismo que intentaba sacar partido de la caída de un hombre a quien había servido cuando ese hombre estaba en lo alto.
Todas esas perspectivas tienen algo de verdad. Lo que no puede negarse es que el libro aportó información que de otra manera no habría estado disponible de la misma manera y que esa información contribuyó a la comprensión pública de un capítulo de la historia mexicana que el sistema habría preferido mantener más oscuro de lo que finalmente quedó.
Jorge Enrique Díaz, el periodista que escribió el libro de memorias de Durazo, que se convirtió en uno de los textos [música] más importantes para entender ese periodo, pasó años documentando lo que había ocurrido bajo el régimen del negro. Su trabajo fue un ejercicio de periodismo de investigación que en el México de los años 80 requería un coraje específico, porque los sistemas de protección que Durazo había construido no desaparecieron completamente con su caída.
Había personas que tenían razones para que ciertas cosas no quedaran documentadas. Había zonas de la historia donde la investigación periodística llegaba al límite de lo que era seguro investigar. Lo que el periodismo de esa época pudo documentar fue suficiente para construir el perfil de lo que fue el régimen.
Pero hay partes del expediente que permanecen incompletas, partes donde los archivos que habrían podido dar certeza fueron destruidos o desaparecieron o nunca existieron en [música] ninguna forma que pudiera ser verificada. Partes donde los testigos que habrían podido hablar eligieron no hablar o no estaban disponibles [música] para hablar, partes donde la impunidad de los sobrevivientes del sistema significa que la verdad completa puede nunca ser conocida.
[música] Eso es parte de lo que el régimen de Durazo dejó atrás. No solo los daños que causó directamente, sino los huecos en la historia, los espacios donde debería haber información y no hay información porque alguien se aseguró de que no hubiera los desaparecidos que no tienen registro oficial de su desaparición, porque el sistema que los desapareció era [música] también el sistema que llevaba los registros.
Las familias que no tienen ni siquiera la certeza de que sus seres queridos murieron porque no hay ningún documento que lo confirme, solo la evidencia circunstancial de que alguien cayó en las redes del negro y nunca salió de ellas. Hay algo que vale la pena decir sobre esas familias y sobre lo que [música] significa para ellas vivir con esa incertidumbre décadas después de que los hechos ocurrieron.
No es solo el duelo por la [música] pérdida, es también la imposibilidad de completar ese duelo cuando no hay certeza sobre lo que ocurrió, cuando no hay un lugar donde llevar flores, cuando no hay una fecha definitiva [música] de muerte que poner en un documento, cuando las respuestas que necesitarías para poder cerrar lo que no se puede cerrar están guardadas en la cabeza de personas que decidieron llevárselas a su propia tumba.
[música] Arturo Durazo Moreno se fue a su tumba sin haber respondido esas preguntas. murió en el año 2000 con los secretos intactos, sin confesar, sin señalar, sin dar a las familias de sus víctimas la información que habrían necesitado para poder, si no olvidar, al menos saber. Esa fue su última acción de impunidad.
No la prisión de lujo, no la liberación anticipada, [música] la muerte sin confesión, el silencio final, que es también una declaración. Lo que hice me importó tan poco que ni siquiera al borde del fin me pareció [música] necesario reconocerlo. El expediente de Arturo Durazo Moreno es el expediente del capítulo más oscuro de la policía mexicana del siglo XX, pero es también el expediente del sistema que lo hizo posible y ese sistema no terminó [música] con él.
Los mecanismos de impunidad que protegieron a Durazo durante 6 años de terror y que luego modularon su castigo [música] para hacerlo simbólico en lugar de real son mecanismos que México siguió enfrentando en sus diferentes encarnaciones [música] durante las décadas que siguieron. La corrupción policial, el abuso de la autoridad, las desapariciones forzadas, la tortura como instrumento de control.
Ninguna de esas cosas terminó con el fin del régimen de Durazo. Cambiaron de escala, de forma, de actores. Pero la mecánica fundamental, el hecho de que el poder puede comprar impunidad y [música] que la impunidad comprada deja víctimas que nunca reciben justicia, esa mecánica siguió operando.
La historia de Durazo importa no solo como documento de lo que ocurrió, importa como espejo, [música] como el retrato más extremo y más documentado de lo que ocurre cuando un sistema no tiene los contrapesos reales que impidan el abuso del poder, cuando la rendición de cuentas es performativa en lugar de real, cuando la política y la justicia no son realmente independientes una [música] de la otra, cuando las instituciones que deben proteger a los ciudadanos se convierten en el instrumento [música] de los que las dirigen para sus propios fines. El
Partenón de Cihuatanejo sigue en pie, aunque ya no como la residencia privada de Durazo. Es hoy un hotel que usa la arquitectura [música] del palacio construido con dinero robado para atraer turistas que no siempre saben lo que están visitando. Esa es también una imagen que dice algo sobre cómo las sociedades procesan los monumentos de su [música] propia corrupción, convirtiéndolos en algo útil en lugar de enfrentarlos [música] directamente.
Las columnas de mármol griego que Durazo importó para construir su fantasía de [música] grandeza siguen ahí. El dinero que pagó esas columnas era el dinero de los ciudadanos que sus jaguares extorsionaban y de los comerciantes que pagaban sus cuotas y de los funcionarios menores que transferían hacia arriba lo que [música] recolectaban de abajo.
Ese dinero no regresó a quien lo pagó. No hay restitución en esta historia. Hay solo el registro de lo que ocurrió y la esperanza de que ese registro sirva para algo más que llenar páginas. Las víctimas del negro merecen más que una página en el libro de la historia de la corrupción mexicana. Merecen justicia que ya no puede llegar porque el responsable principal [música] murió sin enfrentarla.
Merecen verdad que permanece incompleta porque los que la conocen eligieron el silencio. Merecen que sus nombres sean recordados como lo que eran. No cifras abstractas, sino personas reales con vidas reales que fueron destruidas [música] o terminadas por un hombre que el sistema creó, protegió y eventualmente castigó de manera insuficiente.
Este expediente no cierra esas deudas. Ningún expediente [música] puede cerrarlas porque las deudas de este tipo no tienen cierre posible cuando los responsables no rindieron cuentas completas. Pero el expediente existe y existir, estar documentado, ser conocido y contado, es también una forma de no dejar que el silencio de Durazo sea el silencio final sobre lo que ocurrió.
La historia no absuelve ni condena, pero sí registra. y el registro del régimen de Arturo Durazo [música] Moreno, el negro que construyó palacios con el dinero de los pobres y celdas de tortura debajo [música] de las columnas de mármol es uno de los registros más importantes que el México del siglo XX tiene [música] disponibles para entender lo que puede ocurrir cuando el poder no tiene límites reales.
Para entender el precio que pagan los ciudadanos ordinarios cuando el sistema, que debería protegerlos decide [música] que ellos son su presa en lugar de su responsabilidad. Ese precio lo pagaron personas reales, familias reales, [música] madres que buscaron y no encontraron, hijos que no volvieron. Y ese precio sigue pendiente en la memoria de las comunidades [música] que lo vivieron, aunque el hombre que lo cobró ya no esté aquí para responder por ello.
Si esta historia te llegó, si crees que la memoria histórica de los que sufrieron el régimen de Durazo merece ser mantenida viva, dale like [música] y suscríbete. Aquí hay más expedientes esperando historias del poder y de sus víctimas que no deben ser olvidadas. Activa la campanita para no perderte ninguna.
Hay algo que vale la pena decir sobre el contexto histórico más amplio del régimen de Durazo, porque sin ese contexto la historia puede leerse como la historia de un individuo excepcional en su maldad, cuando en realidad es la historia de un sistema que produce ciertos tipos de individuos y ciertos tipos de comportamientos cuando no tiene los contrapesos adecuados.
El México del siglo XX fue gobernado durante más de 70 años por un partido único, el PRI, que acumuló el poder de maneras que hicieron que la rendición de cuentas real fuera estructuralmente difícil, no imposible en todos los casos, pero estructuralmente difícil porque los mecanismos que en otros sistemas frenan el abuso del poder, la prensa libre, el poder judicial independiente, la competencia política real, el estado de derecho aplicado sin [música] discriminación en México existían en formas que eran frecuentemente subordinadas a las necesidades del
partido y de sus líderes. En ese contexto, la corrupción no era una excepción al sistema, era en muchos casos el lubricante del sistema. La manera en que las lealtades se compraban y se mantenían, la manera en que los actores que el partido necesitaba mantener contentos eran mantenidos [música] contentos.
La manera en que los conflictos que podrían amenazar la estabilidad del sistema eran manejados fuera del canal formal de la ley. Durazo operó dentro de ese contexto y lo llevó a sus extremos más visibles y más violentos. Pero los funcionarios que se enriquecían más discretamente, los que construían sus fortunas con métodos menos brutales, [música] los que administraban sus cuotas de corrupción con mayor elegancia, estaban haciendo variaciones del mismo ejercicio.
[música] La diferencia era de grado y de visibilidad, no de naturaleza. Eso es incómodo de decir porque implica que la responsabilidad por lo que ocurrió bajo el régimen de Durazo no es solo de Durazo ni solo de López Portillo, es también del sistema más amplio que los produjo y los protegió. Y señalar ese sistema implica señalar a mucha más gente que los actores individuales más evidentes.
Implica examinar décadas de historia política con una honestidad que el sistema mismo siempre tuvo interés en evitar. Hay nombres en el expediente de Durazo que merecen ser dichos, aunque la historia oficial los haya enterrado en el lenguaje neutro de las cifras y los registros. No están todos disponibles, porque la naturaleza de las desapariciones forzadas es que borra la identidad de las víctimas junto con su presencia física.
Pero los que están disponibles merecen que alguien se detenga a nombrarlos. Las familias que presentaron denuncias durante el régimen de Durazo y que no recibieron respuesta, los que fueron a las delegaciones y se encontraron con la misma institución que había desaparecido a sus seres queridos, los que buscaron en los hospitales, en los hospitales psiquiátricos, en los centros de detención conocidos sin encontrar nada, los que dejaron fotografías de sus hijos en los tableros de personas desaparecidas que existían en esa época sin la sistematización que
tienen hoy. fotografías que el tiempo fue borrando, pero que representaban vidas reales y amores reales y pérdidas reales [música] que ningún proceso penal llegó completamente a reconocer. El movimiento de víctimas de la represión policial en México tiene una [música] historia larga que incluye casos de antes y después de Durazo, pero el régimen del negro fue uno de los momentos más concentrados de esa historia en la Ciudad de México.
Un momento en que la impunidad era tan absoluta y la [música] escala era tan grande que el daño producido excedía cualquier capacidad del sistema de justicia de absorberlo, aunque hubiera tenido voluntad de hacerlo, que no siempre la tuvo. Las organizaciones de familiares de desaparecidos que en México han seguido trabajando durante décadas con la paciencia y la determinación [música] que solo da el amor que no acepta la ausencia definitiva, llevan en sus archivos los casos de algunos de los que cayeron bajo el régimen de Durazo. Sus nombres están
ahí en los expedientes que esas organizaciones mantienen, porque si ellas no los mantienen, nadie más lo hará. Sus historias están incompletas porque la información que las completaría está en el silencio que Durazo eligió mantener hasta su [música] muerte, pero están registradas. Y ese registro imperfecto e incompleto es también un acto de resistencia contra el olvido que la impunidad siempre [música] intenta imponer.
El legado de Arturo Durazo no es solo el expediente de sus crímenes, es también el expediente de lo que su historia dice sobre la capacidad de las instituciones mexicanas de rendir cuentas cuando los responsables son lo suficientemente poderosos. Y ese aspecto del legado es, en muchos sentidos, más perturbador que los crímenes mismos, porque los crímenes tienen un responsable individual [música] identificable, mientras que la impunidad es el producto de un sistema entero.
México, después de durazo, pasó por décadas de intentos de reforma de sus instituciones de seguridad y de justicia que tuvieron resultados mixtos. [música] Algunos avances reales en ciertos periodos, retrocesos en otros. La persistencia de problemas estructurales que los crímenes de Durazo habían expuesto, pero que la sociedad y el sistema no habían podido o querido resolver de manera definitiva.
Las desapariciones forzadas siguieron siendo una realidad en México después de Durazo, en contextos diferentes y con diferentes actores, pero con la misma mecánica fundamental del poder que desaparece personas y del [música] sistema que no tiene los mecanismos reales para rendirle cuentas. La transición democrática que México experimentó a finales de los años 90 y principios de los 2000 produjo cambios reales en muchas dimensiones del sistema político, pero la construcción de instituciones de seguridad y de justicia, verdaderamente independientes,
verdaderamente efectivas y verdaderamente comprometidas con el estado de derecho para todos los ciudadanos, por igual ha sido un proceso mucho más lento y mucho más incompleto que lo que la transición democrática prometía. El Partenón de Cihuatanejo sigue en pie como hotel. Las víctimas del negro siguen sin recibir justicia y el sistema que produjo a Durazo, aunque transformado en sus formas, sigue siendo un trabajo en progreso que México lleva décadas intentando completar con avances y retrocesos que hacen imposible
cualquier narrativa lineal de progreso. Eso no es pesimismo. Es la descripción honesta de un proceso que no termina con la muerte del perpetrador más visible, ni con la reforma de las leyes, ni con la transición política. Es un proceso que requiere la transformación cultural más difícil de todas, la transformación de las expectativas que los ciudadanos tienen sobre sus instituciones y la disposición de exigir esas instituciones con la persistencia que cualquier cambio real requiere.
Las víctimas del negro, los que cayeron bajo su régimen y las familias que los buscaron merecen ese proceso no como gesto simbólico, sino como compromiso real con la construcción de un sistema donde lo que le ocurrió a ellos no pueda volver a ocurrir de la misma manera. Para entender la dimensión completa de lo que fue la impunidad de Durazo, hay que examinar también lo que ocurrió con las personas que intentaron desafiar su régimen durante los años en que estaba en el poder.
Los periodistas que intentaron investigar, los ciudadanos que se atrevieron a presentar denuncias, los funcionarios menores que incomodaron al sistema de alguna manera. Sus historias son parte del expediente total de ese régimen, aunque raramente se cuenten con la misma prominencia que las acciones del propio Durazo.
En todos los sistemas de poder sin contrapesos reales, el silencio de los que podrían hablar no es accidental. es el resultado de la combinación de la amenaza implícita y a veces explícita de consecuencias para quienes hablen y del [música] cálculo racional de las personas que evalúan esas consecuencias y concluyen que el silencio es más seguro.
Esa combinación es más efectiva que cualquier censura formal porque opera en la cabeza de cada potencial denunciante de manera individual y sin necesidad de que nadie tenga que articular la amenaza explícitamente. Los periodistas que cubrían la fuente policial en la ciudad de México durante el sexenio de López Portillo, sabían quién era Durazo y sabían que había cosas que no podían publicar.
Algunos habían recibido señales suficientemente claras sobre dónde estaban los límites y la mayoría tomó la decisión racional de cubrir la Dirección General de Policía de la manera que el sistema [música] les permitía, dejando fuera lo que no era posible publicar sin consecuencias. Eso no los hace cobardes, los hace personas que evaluaron sus opciones en un sistema que no ofrecía garantías reales de protección para quienes se atrevían a decir verdades incómodas sobre los poderosos.
El periodismo libre no puede existir de manera sostenida en sistemas donde el Estado tiene el poder de reprimir con impunidad. [música] Lo que sí existió fue el periodismo de los que se atrevieron de todas formas, los que fueron acumulando el registro que eventualmente cuando el régimen cayó pudo ser convertido en algo parecido a un expediente completo, aunque siguiera siendo incompleto.
Esos periodistas son también parte de la historia, [música] aunque su trabajo haya sido más visible a posterior y que en el momento en que lo realizaron. La pregunta que queda al final de este expediente, [música] la que ninguna investigación, ni ningún proceso penal, ni ningún libro puede responder completamente, es la pregunta de qué pasó con los que no volvieron.
Los desaparecidos del régimen del negro, cuyo [música] paradero final durazo se llevó a su tumba y que las familias todavía buscan, aunque ya sin esperanza de encontrar y solo con la necesidad humana de saber. Esa pregunta no tiene respuesta disponible. [música] No la tuvo durante el proceso penal. No la tuvo durante los años de prisión, no la tuvo en los años de vida libre en Acapulco, [música] donde Durazo vivió hasta su muerte en el año 2000.
Y ahora no la tiene porque el hombre que podía responderla eligió no responderla. Eso es la impunidad en su dimensión más silenciosa y más persistente, la impunidad del silencio sobre los desaparecidos, la que impide a las familias completar su duelo, porque el duelo requiere certeza sobre lo que ocurrió y esa certeza fue enterrada junto con los cuerpos que nadie señaló.
El régimen de Durazo [música] terminó. López Portillo murió. Las reformas llegaron con diferentes grados de efectividad. México cambió en muchas dimensiones reales, pero las madres que buscaron a sus hijos en 1977 y en 1978 [música] y en los años siguientes y que no los encontraron, llevan todavía esa búsqueda dentro, aunque sea ya solo en la memoria, porque [música] el tiempo no permite otra cosa.
y sus historias incompletas y sin cierre son también el expediente del negro, el expediente más importante de todos porque es el que mide el daño real en [música] vidas destruidas y en familias que no pudieron cerrar lo que no puede cerrarse sin la verdad que Durazo decidió no dar. Si esta historia te llegó, si crees que la memoria de las víctimas del régimen de Durazo merece ser mantenida viva, dale like y suscríbete.
[música] Aquí hay más expedientes esperando. Las historias del poder y de sus víctimas que no deben ser olvidadas. Activa la campanita para no perderte ninguna. Hay una reflexión final que este expediente exige y es sobre lo que significa la memoria histórica en el caso de las atrocidades que el Estado comete contra sus [música] propios ciudadanos.
Las atrocidades perpetradas por actores no estatales, los crímenes del crimen organizado, las violencias que vienen de actores que el Estado persigue, tienen sus propios mecanismos de documentación y de memoria. Las atrocidades cometidas por [música] el Estado mismo o por actores que operan con el respaldo del Estado son más difíciles de documentar [música] precisamente porque el sistema que debería documentarlas es el mismo sistema que las cometió.
México ha tenido que construir con mucho trabajo y con resultados todavía incompletos los mecanismos para documentar y para rendir cuentas por las atrocidades que el Estado mexicano cometió a lo largo del siglo XX. Las comisiones de la verdad, los [música] archivos históricos que han sido parcialmente abiertos, el trabajo de las organizaciones de la sociedad civil que llevan décadas documentando lo que el Estado prefería no documentar.
Todo eso es parte del proceso de construcción de una memoria histórica honesta que México todavía está [música] completando. El régimen de Durazo es uno de los capítulos de esa memoria, no el [música] único, no el más grave en términos del número total de víctimas cuando se compara con otros periodos de represión en la historia mexicana del siglo XX, pero sí uno de los más documentados y uno de los que con más claridad ilustra cómo el poder absoluto y la impunidad sistémica producen atrocidades que en otras condiciones
serían imposibles. Honrar la memoria de las víctimas del negro no es un ejercicio de nostalgia ni de rencor histórico. [música] Es el reconocimiento de que las sociedades que no procesan honestamente sus traumas históricos tienden a reproducirlos en formas diferentes. que la impunidad que no se examina y no se nombra [música] y no se condena sin ambigüedades tiende a perpetuarse, que los sistemas que produjeron a Durazo no se transforman [música] solos, sino que requieren el trabajo activo de ciudadanos y de instituciones que estén
dispuestos a hacer las preguntas incómodas y a exigir las respuestas que esas preguntas merecen. Las columnas de mármol del Partenond Siihuatanejo [música] siguen en pie. Las víctimas del negro siguen sin recibir la verdad que merecen. Y el trabajo de construir las instituciones que impidan que eso vuelva a ocurrir es un trabajo que en México continúa [música] con avances y retrocesos, con voluntades y resistencias, con la lentitud que tiene todo cambio profundo y [música] con la urgencia que demanda la dignidad
de los que pagaron el precio de la impunidad con sus vidas y con su libertad y con su derecho a saber lo que les ocurrió a los que amaban. Antes de cerrar, hay algo que vale la pena decir sobre los instrumentos que México ha desarrollado desde los años 80 para intentar prevenir que regímenes como [música] el de Durazo sean posibles de nuevo.
La reforma policial que comenzó después de la caída de su régimen fue uno de los primeros intentos sistemáticos de transformar la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México en algo que no fuera el instrumento de enriquecimiento [música] personal de quien la dirigiera. Esas reformas fueron parciales, lentas y a veces revertidas, pero existieron.
Y su existencia es también parte de la historia que el régimen de Durazo dejó atrás. no solo el daño, sino también la reacción al daño. Los organismos de derechos humanos que en México existen hoy, con sus fortalezas y sus debilidades, surgieron en parte de la necesidad de crear espacios [música] donde las víctimas de la violencia del Estado pudieran tener algún recurso que no fuera el mismo Estado que las había victimizado.
[música] Esos espacios son imperfectos, no han sido suficientes para todos los casos que han llegado ante ellos. Pero su existencia es también el resultado de un proceso histórico [música] donde las atrocidades del pasado, incluyendo las del régimen del negro, fueron parte de la evidencia que convenció a suficiente gente de que algo tenía que cambiar.
La historia del régimen [música] de Durazo es también, en ese sentido, parte de la historia de los cambios que México ha intentado hacer, los cambios que han funcionado y los que no han funcionado, los avances y los retrocesos. [música] El proceso largo e incompleto de construir un estado de derecho que sea real para todos los ciudadanos y no solo para los que tienen el [música] dinero y las conexiones para acceder a sus beneficios.
Ese proceso sigue y [música] las víctimas del negro, los que no volvieron y las familias que los buscaron, merecen ser recordados como parte de la razón por la que ese proceso tiene que continuar hasta que sea completamente real y no solo parcialmente aspiracional. [música] Eso es lo que hoy contamos, el expediente del capítulo más oscuro de la policía mexicana del siglo XX.
No para regodearse en el horror, sino para que el horror sea conocido, nombrado y recordado con la claridad que merece. Porque los sistemas que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y las víctimas del negro merecen al menos eso, [música] que su historia no sea olvidada.
Las víctimas del negro merecen más que un capítulo en los libros de historia. merecen que cada generación sepa lo que ocurrió y comprenda por qué nunca debe volver a ocurrir. Ese es el compromiso más básico que una sociedad puede hacer con los que pagaron con su sangre y con su libertad el precio de la impunidad que el sistema no supo o no quiso prevenir.

Y el primer paso para que no vuelva a ocurrir es no dejar que sea olvidado, contarlo con honestidad y con la completitud que la verdad exige, sin los filtros que el tiempo y la comodidad tienden a ponerle a las historias que incomodan demasiado si se cuentan en toda su extensión y en todo [música] su peso. El expediente del negro es ese tipo de historia, completo en sus hechos, aunque incompleto en sus respuestas, porque las respuestas las tiene el silencio donde Durazo las dejó cuando murió.
Y ese silencio es también parte del expediente, la parte más oscura de todas. Ese es el expediente que hoy abrimos. Ese es el expediente que México debe seguir abierto hasta que todas las preguntas que puede [música] responder sean respondidas y hasta que todas las víctimas que pueden ser honradas sean honradas con la dignidad que la justicia debe a quienes nunca la recibieron en vida.