Y en el centro de esos 12 años, una sola persona, Constance Francis Marie Okelman. Aunque el mundo nunca llegó a conocerla con ese nombre. Pero para entender cómo una mujer con el rostro más reconocible de Estados Unidos acabó sirviendo cervezas en un bar de Manhattan sin que nadie la reconociera, hay que volver al principio. Hay que volver a Brooklyn.
Hay que volver a una niña de 7 años delante de un espejo. Constance Francis Marie Okelman nace el 14 de noviembre de 1922 en Brooklyn, Nueva York. El padre Harry Okelman es operador de buques mercantes en el puerto de Nueva York. Un hombre callado, de manos grandes, que pasa más tiempo en el mar que en casa.
La madre Constance Trimble es ama de casa con un instinto frío para detectar oportunidades. Cuando Coni así la llaman en la familia tiene 3 años, su padre se va, no vuelve, se separan y la niña crece con una madre que ya empieza a mirarla de una manera que ninguna niña debería notar nunca. ¿Cómo se mira un activo? A los 7 años pasa algo que va a definir el resto de su vida sin que ella lo sepa.
Está delante del espejo del baño peinándose para ir al colegio y se da cuenta de que si inclina la cabeza ligeramente hacia la derecha, el pelo le cae sobre ese ojo y no puede ver. Le hace gracia. lo prueba varias veces y luego ese mismo día en clase mantiene la cabeza ligeramente inclinada porque el pelo le sigue cayendo.
Una compañera le dice que parece una actriz de cine. Una de las profesoras le dice que se aparte el pelo de la cara, pero el chico que se sienta detrás de ella no le habla durante toda la clase porque dirá años más tarde la propia Verónica se quedó mirándome como si yo fuera otra persona. Ese gesto no se lo enseñó nadie, lo descubrió ella sola.
tenía 7 años y ese gesto, ese exacto gesto, ese ángulo de cabeza, ese mechón cayendo, sería años después lo que Paramount Pictures convertiría en su producto estrella. Pero a los 7 años todavía era solo una niña jugando frente a un espejo. A los 11 años pasa lo segundo que va a partirla por dentro. Su padre, Harry Okelman, muere en un accidente industrial en el puerto de Nueva York.
Una grúa que falla, un golpe en la cabeza, no se despierta. La niña no estaba muy unida a él porque hacía años que no vivían juntos. Pero ese padre lejano y silencioso era el único hombre del mundo que la quería sin pedirle nada a cambio. Y de repente desaparece. Lo que queda es una madre que ya no tiene marido, ni dinero, ni un plan claro.
Lo único que tiene es una hija con una cara que la gente se queda mirando por la calle. La madre se vuelve a casar al cabo de pocos años con un médico llamado Anthony King y la familia se traslada a Miami. En Florida, la niña entra en una nueva escuela y allí los profesores notan algo que no saben muy bien cómo decirle a los padres. Cuando Coni está delante de la clase, los demás alumnos dejan de moverse.
No es que sea más lista, ni más popular, ni más simpática. Es algo físico. Es algo que pasa con su cara. El padrastro, que es médico, lo observa también, pero le preocupa lo contrario. Cree que la niña tiene problemas de autoestima, cree que se esconde. Cree que ese pelo siempre cayendo sobre el ojo es síntoma de algo.
Más adelante, mucho más adelante, varios psiquiatras le diagnosticarán a Verónica Lake un trastorno del estado de ánimo que en aquellos años no se diagnosticaba en mujeres jóvenes. una alternancia entre euforia y profunda apatía que la acompañaría toda la vida. Pero en 1936, en una casa de Miami, lo único que veía el padrastro médico era una niña tímida con un mechón sobre el ojo.
La madre, en cambio, veía otra cosa. La madre veía dinero. Connie tiene 15 años cuando su madre, Constance Trimle, decide que esa cara y ese mechón no se pueden quedar en una clase de Miami. convence al marido, hace las maletas y se llevan a la chica a Beverly Hills. Es 1938. Hollywood está en plena edad de oro.
Los grandes estudios, la MGM, Paramount, Warner Brothers, RKO, la 20th Century Fox son fábricas de soñadores. Cada año llegan a Los Ángeles miles de chicas con la esperanza de que un casatalentos las descubra. La inmensa mayoría termina trabajando de camarera de secretaria o se vuelve a casa con la cabeza baja y la maleta más vacía que cuando llegó.
Pero Connie Okelman no es una chica más y su madre lo sabe. La inscribe en una escuela de teatro en Beverly Hills. Le paga clases de dicción para borrarle el acento de Brooklyn. le compra ropa nueva con el dinero que no tiene y la lleva semana tras semana a las puertas de los grandes estudios para que la gente la vea. ¿Qué le queda a una niña cuando su propia madre la mira como mira un broker? Una acción que está a punto de subir.
¿Qué clase de infancia es la que termina antes de la pubertad? Porque alguien decidió que tu cara vale más que tu vida. En 1939, con 16 años recién cumplidos, Coni consigue su primer papel pequeño en una película de la RKO. Sale unos segundos, no habla. El crédito en pantalla nombra como Constance King usando el apellido del padrastro. Pero en la sala de proyección de la RKO, alguien se queda quieto cuando ella aparece.
No es una secuencia importante, es una toma de 3 segundos. Y sin embargo, en esa toma de 3 segundos, la cámara hace algo que las cámaras solo hacen con muy pocas mujeres. La cámara la quiere. Esa es una expresión real de Hollywood. La cámara la quiere. Significa que la luz sin que nadie haga nada especial le cae bien.
Que el ángulo, sin que nadie lo busque la favorece siempre. Que el espectador, sin que nadie le explique nada dejar de mirarla. Hay actrices con mucho más talento que nunca tienen eso. Connie lo tenía a los 16 años sin haberlo trabajado un solo día. Lo que nadie sabía en ese momento era que esa virtud sería su condena. Porque las actrices que la cámara quiere son las que los estudios convierten en propiedad.
Las que tienen talento, pero no son fotogénicas, se quedan toda la carrera trabajando con dignidad. Las que son fotogénicas en exceso, como CONI, se convierten en mercancía. 1940. tiene 17 años. Un casatalentos de Paramount Pictures llamado Arthur Hornblow Junior la ve en una prueba de pantalla. Lo que pasa después está documentado por seis personas distintas que estuvieron en la sala.
Ornblow se queda mirando la prueba en silencio. Pide que la repitan. La repiten. Pide que la repitan otra vez. y luego pronuncia la frase que va a empezar a fabricar a Verónica Lake. Dice, “Esta chica no se va a llamar Constance King. Constantin no es nombre de estrella.” Esa frase es importante. Es importante porque resume todo lo que está a punto de pasar.
Porque para los hombres de Paramount, la chica de 17 años que estaba viendo en pantalla no era una chica, era un producto que necesitaba en Voltorio y el primer paso fue cambiarle el nombre. Le proponen Verónica. Verónica suena a Santa, a Intriga, a cine europeo. Para el apellido, alguien en la sala, varios testigos coinciden en que fue el propio Hornblow.
dice Lake por el azul de los ojos. No le preguntan a la chica, le anuncian que a partir de ese día se llamará Verónica Lake, pero el cambio de nombre era solo el principio. Ornblow encarga al departamento de maquillaje de Paramount un dossier completo sobre las posibles modificaciones que se le pueden hacer a la chica. Los expertos del estudio pasan tres semanas estudiando su cara con luces, con sombras, desde distintos ángulos.
El dossier final que se conserva todavía hoy en los archivos de Paramount recomienda lo siguiente y voy a leerlo casi literal porque hay que oírlo para creerlo. Recomienda depilar las cejas y volver a dibujarlas con un arco completamente distinto. Recomienda reducir el labio superior con maquillaje para que parezca más fino.
Recomienda iluminar el pelo con peróxido de hidrógeno hasta llegar al rubio platino más extremo posible. recomienda enseñarle a la chica a inclinar la cabeza siempre hacia la derecha al hablar a la cámara, porque ese ángulo favorece la caída del cabello sobre el ojo y recomienda textualmente no dejar nunca que aparezca en pantalla con el pelo recogido.
Los empleados del departamento de maquillaje describirían más tarde en sus memorias publicadas en los años 70 lo que pasó cuando la chica leyó el dossier. Connie Okelman tenía 17 años. Acababa de firmar un contrato de 7 años con paramount pictures que le impedía rechazar cualquier modificación de imagen que el estudio considerase necesaria.
leyó el dosier, no dijo nada, lo dejó sobre la mesa y se levantó. Y al salir de la oficina se paró un momento en el pasillo y se apoyó contra la pared. Una secretaria que la vio dijo años después que parecía que la chica iba a desmayarse, pero no se desmayó. Respiró tres veces, se enderezó y siguió andando. A partir de ese día, Constance Francés Marie Okelman dejó de existir.
En su lugar había un producto registrado en el departamento legal de Paramount Pictures, un producto que se llamaba Verónica Lake. El proceso de transformación duró 6 semanas. Seis semanas en las que la chica entraba al estudio cada mañana a las 7 y no salía hasta la noche. Seis semanas en las que cuatro maquilladores, dos peluqueros, una asesora de imagen, un fotógrafo de pruebas y un médico interno del estudio trabajaron sobre su cara, su cuerpo y su voz.
Le borraron las cejas naturales con cera caliente. Las redibujaron tres veces hasta encontrar el arco que satisfacía a Hornblow. le aclararon el pelo con peróxido en cuatro sesiones un proceso doloroso que le quemó el cuero cabelludo y que la dejó con dolor de cabeza durante semanas. Le redujeron ópticamente el labio superior con una técnica de maquillaje específica que tenía que aplicarse dos veces al día y aprendió a aplicársela sola en su propia casa delante del espejo los domingos.
Le enseñaron a caminar con una ligera inclinación de cabeza para que el mechón siguiera cayendo siempre en el mismo punto. Le enseñaron a sonreír sin enseñar los dientes superiores, porque los dientes naturales eran ligeramente más grandes que la media, y el departamento estético consideraba que eso rompía la estética del rostro.
Le pusieron un nutricionista que le redujo la dieta a 16 calorías diarias en una chica que estaba en pleno crecimiento y le mandaron a clases de adicción adicionales con un instructor que le hizo bajar el tono de voz medio tono entero, porque una estrella no puede sonar como una niña de Brooklyn. La propia Verónica Lake, en su autobiografía publicada en 1969, recordaría aquellas seis semanas con una frase que conviene oír entera.
escribió. Cada mañana entraba a Paramount con la cara que mi madre me había hecho. Cada noche salía con la cara que ellos querían vender. Al final de la sexta semana, cuando me miré en el espejo del baño de mi casa, no me reconocí y lo que más me asustó es que no me importó. Esa última frase es la que cuesta digerir. No me importó.
una chica de 17 años, recién salida de Brooklyn, que ya ha aprendido a no poner resistencia, a que un grupo de extraños le rediseñe físicamente la cara. Esa chica no se construyó así por casualidad. Esa chica se construyó así porque cuando un padre desaparece a los 3 años y muere a los 11 y cuando una madre te mira como una inversión desde los 12, ya no sabes muy bien qué partes de ti pueden todavía ser tuyas.
Llegas a los 17 años habiendo aprendido que tu cuerpo es un asunto colectivo y en el momento en que un estudio de Hollywood te firma un contrato, ya tienes interiorizado que la transformación es lo que vino a buscarte. ¿Tú habrías firmado ese contrato con 17 años si era la única salida? Tú habrías dicho que no a una vida de glamur, dinero, viajes, fama, cuando lo único que te pedían era que dejaras que otros decidieran cómo iba tu pelo y cómo iba tu cara. Es muy fácil decirlo ahora.
Pero en 1940, una chica de 17 años de una familia rota, sin dinero propio, con una madre que ya había decidido que su cara era el plan de pensiones de toda la familia, esa chica no firmaba nada. Esa chica era firmada. 1941. Estreno de I Wanted Wings. Verónica Lake aparece por primera vez en la pantalla con el peinado completo terminado por Paramount.
Y lo que pasa en los Estados Unidos en las semanas siguientes no tiene precedentes en la historia de Hollywood. No el éxito de la película, que también fue grande, no el éxito de la chica que también fue inmediato, sino el éxito del pelo. Las revistas femeninas dedican portadas enteras al peinado pikabu. Las peluquerías reciben cientos de solicitudes diarias de mujeres pidiendo el corte de Verónica Lake.
Las marcas de tinte rubio platino multiplican las ventas por cinco. Las fotografías de Verónica Lake siempre con el mismo gesto. La cabeza ligeramente inclinada, el mechón cayendo sobre el ojo derecho. Los labios apenas abiertos se reproducen en carteles, calendarios, postales, cromos. En menos de 6 meses, una chica de Brooklyn de 18 años se ha convertido en el rostro más reproducido del país.
Y aquí entra el segundo movimiento de la maquinaria. Para Mount Pictures, no había construido a Verónica Lake para que apareciera en una sola película. La había construido para venderla en serie. Y para venderla en serie hacía falta una pareja masculina con la que el público pudiera asociarla, una pareja que repitiera, una pareja que, sin que nadie tuviera que decir el nombre del personaje, la gente comprara entrada solo por leer los dos apellidos juntos en la marquesina.
Esa pareja se la encontraron en un actor pequeño, callado, con voz grave, que llevaba años dando tumbos por papeles secundarios. Se llamaba Alan Lad, medía 1,65. Verónica Lake medía 1,52. Hollywood lo presentó como una coincidencia mágica. En realidad era una decisión calculada al milímetro, literalmente. El director de casting de Paramount, Milton Lewis, había estado buscando durante meses un actor masculino que no fuera demasiado alto, porque Verónica Lake tenía un problema en plató con casi todos los protagonistas masculinos del
estudio. Eran demasiado altos. En las escenas a dos cámaras, el contraste de altura rompía la composición. Había que poner cajones bajo los pies de Verónica Lake en cada toma y eso ralentizaba el rodaje. Alan Lad era la solución, un actor que cabía exactamente en el plano sin ajustes. Esa fue la razón por la que se inventó una de las parejas más icónicas de la historia del cine.
No el talento, no la química, una cuestión de altura. La primera película juntos, Gun for Higher, se estrena en 1942. Es una bomba de taquilla. El público adora a la pareja, adora la voz baja de Lad, adora el mechón de Lake. Adora la tensión sexual contenida que la cámara construye entre los dos sin que ellos casi tengan que hacer nada.
Paraamount lo entiende inmediatamente y ese mismo año empieza a planificar la segunda película juntos y la tercera y la cuarta. Entre 1942 y 1946, Lakey Lad van a hacer cuatro películas seguidas que se convierten, una detrás de otra, en éxitos de taquilla. The Glass Key, The Blue Dalia, Saigon. Películas de cine negro, de detectives, de mujeres misteriosas en gabardinas, de hombres con sombrero que disparan en habitaciones llenas de humo.
Películas que ahora, con 70 años de distancia se estudian en escuelas de cine como las que dieron forma al género entero. Pero detrás de las cámaras, la maquinaria seguía funcionando con la misma frialdad. Alan Lad y Verónica Lake no eran amigos. Apenas hablaban entre toma y toma. Él era un hombre tímido y reservado con sus propios problemas con el alcohol.
Ella era una chica que cada vez se sentía más como una pieza de catálogo y menos como una actriz. En sus memorias, Verónica Lake describiría su relación profesional con Lad con una frase concisa. éramos dos empleados haciendo el mismo turno y mientras tanto, la maquinaria publicitaria de Paramount montaba una historia distinta.
En las revistas, en las entrevistas, en los carteles, en los dossiers de prensa, Lake y Lad eran la pareja perfecta de Hollywood. Se publicaban fotos suyas saliendo juntos de los estrenos, riéndose, mirándose con cariño. Esas fotos las posaban por contrato en sesiones cerradas dirigidas por un fotógrafo del estudio.
El público creía que eran amigos. Algunas veces creía incluso que tenían una relación secreta. En realidad eran dos personas que se cruzaban en plató 40 días al año y que el resto del tiempo no se llamaban. ¿Sabes lo que hace la maquinaria de Hollywood cuando descubre que algo funciona? Lo repite hasta que deja de funcionar y luego echa la culpa a los ingredientes, nunca a la fórmula.
Pero el dato realmente brutal, el que hay que entender bien para que todo lo que viene después tenga sentido es este. En 1942, según estudio de mercado interno de Paramount, había en los Estados Unidos aproximadamente 6 millones de mujeres llevando el peinado pikabu. 6 millones, no 6000, no 60,000.
6 millones de mujeres americanas que se peinaban exactamente igual que Verónica Lake. Y entre esas 6 millones de mujeres había varios cientos de miles que durante el día trabajaban en algo muy concreto, algo que el gobierno de los Estados Unidos consideraba esencial para ganar la guerra. trabajaban en las fábricas de armamento.
Si este canal te está contando lo que nadie cuenta, suscríbete ahora. Cada semana hay una historia como esta esperándote. Mujeres a las que el mundo entero conoció y que el mundo entero olvidó cuando dejaron de ser rentables. Suscríbete y activa la campana. No te pierdas la siguiente. Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial en diciembre de 1941 después del ataque japonés a Pearl Harbor.
En cuestión de meses, millones de hombres americanos se habían marchado al frente y las fábricas, las fábricas de aviones, de tanques, de bombas, de armas, de uniformes, de paracaídas se quedaron sin trabajadores. El gobierno hizo entonces algo que no había hecho nunca en la historia del país. Lanzó una campaña masiva para que las mujeres ocuparan los puestos de trabajo de los hombres.
El cartel que todos hemos visto alguna vez la mujer con el pañuelo rojo de lunares blancos en la cabeza, el brazo doblado mostrando el bíceps, la frase ” We can do it” es de esa campaña. En menos de 2 años, casi 5 millones de mujeres americanas se incorporaron a la industria pesada y muchas de ellas, la mayoría, entraron a la fábrica el primer día con el pelo largo y suelto como llevaban toda la vida.

como llevaba Veronica Lake. Y empezaron los accidentes. Hay un informe del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos fechado en agosto de 1942, que recoge los primeros datos. En los 6 meses anteriores se han documentado 167 casos de accidentes en fábricas de armamento causados por pelo largo enredado en maquinaria.
De esos 167 casos hay siete muertes y de esos siete casos mortales, cinco son mujeres jóvenes. El informe destaca un detalle, un detalle que el gobierno repite varias veces en la documentación interna. Las cinco mujeres muertas llevaban el pelo peinado al estilo Verónica Lake. Lo que pasó a partir de ahí es una de las páginas más absurdas, más patéticas y más reveladoras de la historia del entretenimiento norteamericano.
El gobierno de los Estados Unidos, concretamente la Office of War Information, el organismo que coordinaba la propaganda de guerra, hizo una llamada al despacho de I. Frank Freeman, presidente ejecutivo de Paramount Pictures. El contenido de esa llamada está documentado en las actas del propio estudio que se desclasificaron en los años 80.
El gobierno le pedía a Paramount un favor, un favor importante, un favor de seguridad nacional. Le pedía que Verónica Lake hiciera una película corta, un cortometraje educativo para las trabajadoras de las fábricas de armamento, en el que ella misma, la inventora del peinado, la mujer, cuya cara tenían pegada en las taquillas, miles de obreras, explicara cómo recogerse el pelo de forma segura.
Le pedían a Paramount que dijera que el peinado Pikabo en el contexto de la guerra era peligroso y le pedían a Paramount, sobre todo, que la propia Verónica Lake apareciera en pantalla con el pelo recogido. Frank Freeman aceptó, aceptó en menos de 5 minutos y a continuación llamó a Verónica Leik a su despacho.
Hay testigos de esa reunión. Hay tres personas que estuvieron presentes en el despacho de Frank Freeman aquella mañana de octubre de 1942 y los tres han contado con pequeñas variaciones exactamente lo mismo. Verónica Lake entró, se sentó, escuchó. Frank Freeman le explicó la situación con la solemnidad de quien está hablando del esfuerzo de guerra.
Le dijo que el país la necesitaba. Le dijo que las trabajadoras de las fábricas dependían de ella. Le dijo que era un acto de patriotismo y en ningún momento, en ningún momento, según los tres testigos, le preguntó si estaba de acuerdo. Cuando Verónica Lake intentó decir algo, Frank Freeman le tendió un papel.
era el guion del cortometraje educativo y le dijo, “Mañana a las 9 en el plató 3.” Eso fue todo. Cuando Verónica Lake salió del despacho, no fue al baño a llorar, no llamó a un abogado, no discutió con su madre, no habló con la prensa, fue a su casa, se sirvió un whisky y se sentó en el sofá. Su segundo marido por aquel entonces, el director artístico André de Tot, contaría años después que esa noche su mujer no comió, que se quedó sentada con la copa entre las manos hasta las 2 de la madrugada y que cuando finalmente se levantó para irse a la cama, le dijo una
sola frase. Le dijo, “Mañana me van a quitar lo único que de mí era mío.” estaba equivocada, pero no en el sentido en que ella creía. Le iban a quitar lo único que de ella era de ellos y al quitárselo iban a descubrir para Mount lo iba a descubrir antes que ella, que sin ese pelo, sin mechón, sin esa fórmula visual que habían construido en una sala de maquillaje, no quedaba prácticamente nada que pudieran vender.
Porque eso es lo que Hollywood le había hecho a Constance Francis Marie Okelman en 4 años. la habían reducido a un peinado. ¿Cómo se llama lo que le hicieron fabricarte de arriba a abajo y luego decirte que tu mejor parte ya no sirve? ¿Cómo se llama el sistema que te exige firmar un contrato con 17 años para impedirte tomar cualquier decisión sobre tu propio cuerpo? y sobre todo, ¿cómo se llama la cobardía colectiva de un país entero que dejó que esto pasara delante de sus ojos sin hacer absolutamente nada? El cortometraje se rodó en noviembre de
- Dura unos 2 minutos. Verónica Lake aparece sentada delante de un espejo con la melena suelta. sonríe a cámara y luego empieza a recogerse el pelo en una redecilla mientras explica con la voz suave y profesional que le habían enseñado que las mujeres americanas que trabajan en las fábricas deben hacer lo mismo para evitar accidentes.
Cuando termina de recogerse el pelo, mira otra vez a cámara y dice, “Por nuestros muchachos.” El cortometraje se proyectó en miles de fábricas en todo el país durante 1943. Fue un éxito de propaganda. El número de accidentes con pelo largo en maquinaria descendió en más del 70% en los 12 meses siguientes. El gobierno mandó una carta de agradecimiento a Paramount.
Frank Freeman colgó esa carta en la pared de su despacho. Verónica Lake nunca recibió ninguna copia. Lo que pasó después fue lo que nadie había previsto. Y digo nadie porque ni Paramount, ni el gobierno, ni la propia Verónica Lake, ni siquiera el público que la adoraba, había entendido del todo lo que aquel pelo significaba.
A partir de 1943, las películas de Verónica Lake empezaron a cambiar. Por contrato, en sus apariciones públicas y en algunas de sus películas, ella debía aparecer con el pelo recogido o con peinados distintos al picabu. Era parte del esfuerzo de guerra. El gobierno lo había pedido y Paramunt cumplía. Y los estudios de audiencia que el departamento de marketing de Paramount hizo durante los meses siguientes fueron brutales.
Sin la melena cayendo sobre el ojo, el público no conectaba con ella. Las taquillas de sus películas se desplomaron entre un 30 y un 40%. Las cartas de los fans bajaron en picado. Las portadas de revistas que antes pedían fotos de Verónica Lake con el Pikabo dejaron de pedirlas. Hollywood entero hizo entonces una cosa que ahora con 70 años de distancia parece increíble.
En vez de pedir disculpas a Verónica Lake, en vez de reconocer que la habían reducido a un peinado y que ahora no sabían qué hacer con ella, en vez de buscar nuevos papeles que aprovecharan su talento real, porque la chica tenía talento, eso es algo que ningún historiador del cine niega. En vez de todo eso, Hollywood concluyó otra cosa.
Hollywood concluyó que Verónica Lake había perdido su atractivo. Esa frase no la pongo yo. Esa frase está en una carta interna de un ejecutivo de Paramount fechada en marzo de 1944. She has lost her appeal. ha perdido su atractivo, como si el atractivo fuera algo que ella había tirado por descuido, como si no hubiera sido el propio estudio el que se lo había construido y luego se lo había quitado.
Pero hay algo que los libros de historia de Hollywood no cuentan y que es importante decir aquí porque cambia la forma de mirar todo lo que viene después. Verónica Lake no se quedó callada. Verónica Lake intentó pelearlo. En los archivos de Paramount, en los expedientes del departamento legal, hay copias de varias cartas de Verónica Lake al estudio entre 1944 y 1947.
En esas cartas escritas a mano, ella pide papeles distintos, pide papeles cómicos, papeles de carácter, papeles donde no tenga que llevar el pelo de ninguna manera concreta. pide que la dejen probar, pide que reconozcan que es actriz, no solamente cara. Las respuestas, también conservadas, son siempre la misma.
Le proponen otra película de cine negro con Alan Latt, replicando la fórmula de los primeros éxitos. Y cuando ella protesta, el estudio le recuerda por escrito, con la firma de los abogados que su contrato la obliga a aceptar los papeles que se le asignen actriz de 22 años cuando descubre que el contrato que firmó con 17 la convierte legalmente en una empleada que no puede negarse a las decisiones de sus jefes? ¿Qué hace cuando descubre que la única opción es seguir haciendo películas que ya no funcionan porque le quitaron lo
único que las había hecho funcionar? ¿Qué hace cuando además en su casa su segundo matrimonio se está rompiendo y un hijo que tiene al mundo con un daño cerebral que ella no entiende cómo gestionar? Lo que hizo Verónica Lake es lo que hace mucha gente cuando la realidad es demasiado grande para soportarla. Empezó a beber.
Empezó despacio, como empieza todo el mundo. Una copa por la noche para dormir, dos copas para los rodajes difíciles, una copa por la mañana antes de la primera escena, porque las manos le temblaban un poco. Los ayudantes de dirección que trabajaron con ella entre 1945 y 1948, recordarían más tarde, en entrevistas concedidas en los años 70, lo que veían cada día.
Una mujer guapísima, todavía joven, que llegaba al plató con los ojos hinchados, que se sabía las frases de memoria, pero las pronunciaba como si pronunciarlas le costara un esfuerzo enorme, que pedía pausas entre toma y toma para sentarse en una silla y respirar. No estaba enferma físicamente, estaba agotada de ser un producto y la vida privada, mientras tanto, se desmoronaba en silencio.
Su primer marido, el director artístico John Deathley, con quien se había casado a los 19 años, ya había salido de su vida cuando ella tenía 21. Dey se había ido al ejército para pelear en la guerra del Pacífico y al volver se encontró con una mujer que ya no era la chica que había dejado.
Dijo en una entrevista privada años más tarde que su exmujero. Esa fue la frase que usó. ya no estaba en su propio cuerpo. Se divorciaron en 1943 sin que ningún periódico recogiera la noticia, porque Paramount había hecho un trabajo magnífico de control de daños. La verdadera tragedia personal vino antes incluso del divorcio. El 7 de julio de 1942, Verónica Lake estaba en pleno rodaje de I married a Witch, cuando durante una toma tropezó con un cable y cayó al suelo. Estaba embarazada de 7 meses.
El golpe le adelantó el parto. El bebé, un niño al que llamaron William, nació prematuro y con problemas respiratorios graves. Murió a los 7 días. En la autobiografía, Verónica Lake dedica a este momento solo cuatro líneas. cuatro líneas en un libro de 300 páginas para hablar de la muerte de su primer hijo.
Pero hay un detalle hiperespecífico en esas cuatro líneas que dice más que un capítulo entero. Escribió, “Dos días después del entierro, estaba de nuevo en el plató rodando una comedia romántica. Tenía contrato. Nadie me preguntó si quería volver. Me llamaron por teléfono y me dijeron a qué hora pasaba el coche a buscarme. Esa frase, esa sola frase, resume todo lo que Hollywood le hizo a Verónica Lake.
Acababa de enterrar a un hijo de 7 días y al cuarto día estaba haciendo gracia delante de una cámara para que un público que no sabía nada de su vida real se riera con sus comentarios ingeniosos. ¿Quién es la verdadera Verónica Leik en esa escena? La que está sonriendo a cámara o la que dos días antes vestida de negro había bajado a un pequeño cementerio de las afueras de Los Ángeles a despedirse de un bebé que no había llegado a abrir los ojos.
Para Hollywood esa pregunta no se planteaba. Para Hollywood, las dos eran la misma cosa, la que te permite producir. El segundo matrimonio con André de Tot llega en 1944. The Tot es un director húngaro de origen judío, mucho mayor que ella, con una personalidad fuerte y una idea clara de lo que era una mujer respetable.
Las cosas empezaron bien. De Tod, al principio fue uno de los pocos hombres que la trataban como persona y no como producto. Le hablaba de cine europeo, le recomendaba libros, le decía que tenía que escapar de Paramount cuanto antes, pero las cosas en los matrimonios con personalidades fuertes y mujeres dañadas terminan casi siempre de la misma manera.
tuvieron dos hijos, un niño llamado Michael y una niña llamada Diana. Michael nació con un daño cerebral leve que requería atención especial, una circunstancia que en 1945 no se manejaba con la profesionalidad médica que se maneja hoy y que recayó casi enteramente sobre la madre. Verónica Lake intentó conciliar la maternidad con los rodajes.
No pudo, nadie podía. Las jornadas en plató eran de 14 horas. Los rodajes en localizaciones la mantenían fuera de casa semanas seguidas y cuando volví encontraba un niño que no la reconocía y un marido que cada vez la juzgaba más. Empezó a beber más, empezó a discutir más, empezó a llegar tarde a los plataria de André de Tod contaría más tarde un detalle que pone los pelos de punta.
En 1947, la chica que les ayudaba en casa con los niños se atrevió a preguntarle a Verónica Lake una mañana si necesitaba ayuda con el desayuno. Verónica Lake la miró desde la mesa de la cocina. con un café en la mano y le contestó, “Cariño, no he desayunado en mi propia casa desde que tenía 16 años. No empieces ahora.
” Esa frase, esa sola frase resume lo que era la vida de Verónica Lake en 1947, una mujer de 24 años que no podía recordar la última vez que alguien le había servido el desayuno en su propia casa sin un motivo profesional. 1947, Verónica Lake tiene 24 años. Sus dos últimas películas con Alan Lad de Blue Dalia y Saigón son éxitos modestos, pero ya nada que ver con los grandes éxitos de los primeros años 40.
El público sigue yendo a verlas, pero la maquinaria publicitaria del estudio ya no se vuelca con ellas. Detrás de las puertas cerradas, los ejecutivos de Paramount empiezan a hablar de lo que ellos llaman en el lenguaje frío de la industria, el ocaso de Lake. Pero todavía no ha caído, todavía está dentro y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba.
- Una de las últimas películas que Verónica Lake protagoniza para Paramunt se llama Slatteris Hurricane. Es una mediocridad de aviadores y huracanes. Se rueda en condiciones difíciles con vientos de máquina, agua, retrasos constantes. Y un día, durante una escena especialmente complicada pasa algo que nadie había visto antes en un plató con Verónica Lake.
Ella se planta, se niega a rodar la escena tal y como está escrita. Dice que no tiene sentido. Dice que el diálogo es ridículo. Dice que su personaje no haría eso. El director se queda sin palabras. Verónica Lake, la mujer que llevaba 8 años aceptando todo lo que le ponían delante. La mujer que había firmado un contrato que la obligaba a obedecerse planta.
Llaman al despacho de Frank Freeman. Frank Freeman llega al plató, habla con ella delante de todo el equipo y le dice, “Los testigos lo recuerdan textualmente, Verónica, si haces esto otra vez, no renovamos.” Ella se cayó, rodó la escena, pero algo cambió esa tarde. Algo se rompió en su interior que ya nunca se volvió a unir.
Lo que pasó es que Veronica Lake entendió de golpe lo que llevaba 8 años negándose a aceptar del todo, que no era una actriz, que no era una persona, que era una propiedad y que el día que esa propiedad dejara de generar ingresos, la pondrían en la calle. A partir de ese momento, dejó de pelear, hizo lo que le pedían, apareció en las películas que le tocaba.
posó para las fotos que le tocaba y por las noches bebía hasta caerse. 1952. El contrato de Verónica Lake con Paramount Pictures expira el 22 de mayo. Llevaba 12 años con el estudio, 12 años haciendo películas, posando para fotografías, viajando a estrenos, sonriendo en las galas. 12 años siendo la cara de un imperio.
El día 22 de mayo de 1952, su agente le explica por teléfono lo que ha pasado. Paramount no ha llamado para renovar, no ha enviado ninguna oferta, no ha mandado a nadie a negociar. El contrato ha expirado y para Maun ha decidido con su silencio que la relación se ha acabado. Ni una llamada de teléfono, ni una carta, ni una despedida, ni un solo gesto del hombre que 12 años antes le había cambiado el nombre, le había rediseñado la cara, le había construido la melena y le había vendido el alma a la maquinaria del cine.
Frank Freeman, el ejecutivo que había hablado con ella en el despacho aquella mañana de octubre de 1942 para decirle que el país la necesitaba sin pelo, ni siquiera firmó la carta de despedida. Porque la carta de despedida no existe. Veronica Lake se enteró por teléfono, por boca de su agente, una mañana de mayo. Y eso fue todo.
¿Qué le queda a una mujer cuando le quitan lo único que el mundo decidió que valía de ella? ¿Qué te queda cuando llevas 12 años convertida en producto y de repente te informan por la línea telefónica que ya no eres rentable? ¿Qué se hace con un currículum que dice estrella de Hollywood cuando la única industria que sabes hacer ya no te quiere? Verónica Lake tenía 29 años.
Estaba en su segundo divorcio. Tenía dos hijos pequeños. tenía un problema con el alcohol que había empezado por una herida y se había convertido en una dependencia física y de repente no tenía trabajo. Lo que vino después fue una caída lenta, ordenada, casi metódica, un desplome documentado paso a paso por los archivos de los periódicos sensacionalistas que la perseguían con una crueldad que hoy no sería difícil entender.
intentó relanzar la carrera con productoras pequeñas. Hizo dos o tres películas con presupuestos minúsculos que apenas se estrenaron. probó suerte en el teatro en producciones de gira por estados rurales, durmiendo en moteles y cobrando lo que cobraba un actor desconocido. Probó la televisión, cuando la televisión todavía era el formato de los actores que ya no servían para el cine.
hizo una serie corta, hizo apariciones puntuales en programas de variedades y cada vez que aparecía en pantalla, los presentadores le pedían siempre, sin excepción, sin saber lo crueles que estaban siendo que se soltara el pelo, como en los viejos tiempos Verónica. Y ella sonreía y se lo soltaba y volvía a inclinar la cabeza hacia la derecha como una niña de 7 años.
delante de un espejo de Brooklyn. Lo que nadie sabía, lo que ni los presentadores ni el público comprendían era que cada vez que Verónica Leik hacía ese gesto, una parte de ella se moría un poco más. Porque ese gesto ya no era suyo. Ese gesto era de Paramount, de los maquilladores que se lo habían enseñado a perfeccionar, de los fotógrafos que lo habían convertido en marca, de los millones de espectadores que se lo seguían pidiendo, aunque ella no quisiera dárselo.
Su mejor virtud, su tesoro físico, lo que la había hecho famosa, todo era propiedad ajena. 1955 se queda sin dinero. 1957 pierde la casa. 1959. Sus dos hijos ya mayores se van a vivir con sus padres respectivos, uno con el primer marido, otra con el segundo. Verónica Lake se queda sola y en 1960 y uno hace lo que tantas otras mujeres hacen cuando la fama se ha apagado y el dinero se ha terminado.
Coge un autobús y se va a Nueva York a empezar de cero a esconderse en Nueva York. Busca trabajo en lo que sea, en lo primero que sea, en lo que la nadie pregunte demasiado. Y encuentra trabajo en el bar del hotel Martha Washington de Manhattan, un hotel residencia para mujeres solas y con presupuesto limitado.
El sueldo es de $0 semanales. Más propinas. Su nombre detrás de la barra es Cony de Tot, el apellido de su segundo exmarido. El nombre que figuraba en su pasaporte real, no el que Paramount había inventado en 1940. Y en ese bar trabaja durante meses sin que ningún cliente la reconozca. ¿Cómo es posible que la mujer más fotografiada de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial pueda servir cervezas durante meses en Manhattan sin que ningún cliente levante la cabeza del periódico para mirarla dos veces? Es posible porque le habían
quitado lo único que la hacía reconocible. El pelo, esa melena platino, lacia cayendo sobre el ojo derecho. 20 años después, Verónica Lake llevaba el pelo recogido en una cola sin gracia, descolorido por años de tinte malo, en una mujer de 40 años cansada. Sin ese pelo no era nadie. Eso es exactamente lo que Paramount Pictures le había construido, una mujer cuya identidad entera dependía de un mechón.
Hasta que un día, en febrero de 1962, un periodista del New York Post llamado Robert Slatzer entró al bar a tomar café. Slatzer no buscaba una historia. Tenía media hora antes de su turno y necesitaba calentarse. Hacía un frío de los que solo Manhattan tiene en febrero. Pidió un café americano.

La camarera se lo sirvió y mientras se lo bebía, Slatzer empezó a notar algo raro. La cara de la camarera. Esa cara la había visto antes, pero no podía recordar dónde. Pidió otro café. Le habló a la camarera mientras se lo servía. Le preguntó cómo se llamaba. Con le preguntó de dónde era. De aquí cerca. Le preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en el bar.
Unos meses. Y entonces, mientras Slatzer la miraba y ella se daba la vuelta para limpiar un vaso, le cayó un mechón sobre el ojo derecho. Solo un mechón. Solo un segundo. Y Robert Slatzer abrió los ojos, dejó la taza y dijo en voz alta, “Dios mío, tú eres Verónica Lake.” La camarera se quedó parada con el vaso en la mano, lo miró y le dijo con una voz tranquila, sin sorpresa, sin teatro, sin fingir nada.
“Sí, pero por favor no se lo cuente a nadie.” Slatzer le prometió que no diría nada. pidió un tercer café y se quedó dos horas hablando con ella. Cuando salió del bar, hizo lo que hace cualquier periodista. Llamó a su redactor jefe y le dijo lo que tenía. La historia salió en el New York Post el día 14 de febrero de 1962. Veronica Lake found working in a Manhattan Bar.
Verónica Lake, encontrada trabajando en un bar de Manhattan. El titular ocupó la portada. Las agencias de noticias lo recogieron en cuestión de horas. El cable internacional lo distribuyó por toda Norteamérica y Europa. Al día siguiente, en Koscos desde Los Ángeles hasta Berlín, había una foto de Verónica Lake, la misma foto que 20 años antes había vendido bonos de guerra junto a un titular que la describía como camarera de barra.
Lo que pasó en el bar Marta Washington fue inmediato. Empezaron a llegar curiosos, empezaron a llegar fotógrafos, empezaron a llegar antiguos fans, empezaron a llegar ofertas de trabajo, pero también empezaron a llegar, y esto es importante, preguntas, preguntas que el público americano no se había hecho nunca.
¿Cómo había acabado Veronica Lake sirviendo cervezas? ¿Qué le había pasado? ¿Quién la había abandonado? Y aquí es donde la historia da el giro que nadie había previsto, porque el periodista Robert Slatzer en su artículo había hecho algo que ningún otro cronista de Hollywood había hecho hasta entonces.
Había contado los detalles del contrato de Verónica Lake con Paramount. Había contado lo del cortometraje de propaganda. había contado lo de los archivos del estudio. Había contado por primera vez en una publicación de masas lo que el sistema de contratos de servidumbre de los años 40 hacía con sus actrices. Y el público por primera vez leyó lo que en Hollywood todo el mundo sabía y nadie decía.
que Verónica Lake no se había caído, que a Verónica Lake la habían tirado y que la habían tirado después de haberla fabricado, explotado, descartado y olvidado en un proceso completamente documentado y completamente legal. La indignación que se generó fue tan grande que cambió cosas. Cambió cosas pequeñas. Eso es verdad.
Hollywood ya estaba dejando atrás el sistema de contratos de servidumbre por otras razones, sobre todo legales y económicas, pero cambió algo más profundo. Otras actrices de la generación de Verónica Lake, actrices que habían pasado por situaciones similares, actrices que habían sido fabricadas, explotadas y descartadas, empezaron a hablar.
empezaron a contar sus propias historias en revistas y entrevistas y programas de televisión. Y por primera vez, el público americano empezó a entender que detrás de los carteles brillantes de Hollywood había habido durante décadas un sistema de explotación organizada de mujeres jóvenes. Si la historia de Verónica Lake te está golpeando, quédate hasta el final.
Porque la frase que ella le dijo a Robert Slatzer aquella tarde de febrero, la frase con la que cambió la conversación entera sobre lo que Hollywood había hecho con sus mujeres, está a unos pocos minutos y es una de las frases más dignas que jamás haya pronunciado una actriz descartada. Pero hay algo que los libros de historia de Hollywood no cuentan, que el verdadero vin de la historia de Verónica Lake no es solamente para Mount Pictures.
El verdadero vin es el silencio cómplice del país entero. Porque el gobierno de los Estados Unidos, que en 1942 había usado a Verónica Lake como herramienta de propaganda de guerra, que le había pedido a Paramount que le quitara el pelo para salvar a las trabajadoras de las fábricas, que había mandado una carta de agradecimiento al estudio cuando el experimento funcionó ese mismo gobierno.
En 1952, cuando Paramount no renovó el contrato y la dejó en la calle, no movió un solo dedo, ni una pensión, ni un reconocimiento, ni una llamada de un funcionario menor para preguntarle si estaba bien. Nada. El gobierno la había usado. Para Mount, la había usado. Y cuando ya no era útil para nadie, el sistema entero se dio la vuelta y la dejó en una barra de Manhattan a los 40 años, sirviendo cervezas a hombres que no levantaban la cabeza.
Después de la salida del artículo, Verónica Lake recibió ofertas de trabajo, algunas papeles pequeños, sobre todo en televisión. una oferta para escribir su autobiografía que aceptó. El libro titulado Simplemente Verónica, se publicó en 1969. Es un libro extraño escrito con la ayuda de un periodista que se lee como el testimonio de alguien que sabe que ya nada de lo que diga va a cambiar nada, pero que aún así quiere dejar constancia.
En las páginas dedicadas a Paramount, Verónica Lake no se enfada, no se queja, no acusa, simplemente describe, describe las reuniones, describe los contratos, describe los maquilladores que le rediseñaron la cara, describe a Frank Freeman dándole el guion del cortometraje. Y a alguien que no sepa la historia, le parecerá que está hablando de su empresa, no de su vida.
Eso es exactamente lo que Hollywood le había hecho. Le había convertido la vida en una empresa. Sus últimos años fueron pequeños y silenciosos. Vivió un tiempo en Florida, otro en Nueva York, otro en Vermont. Se casó por tercera vez con un capitán de barco mucho mayor que ella en un matrimonio que duró pocos años.
hizo apariciones esporádicas en programas de televisión, en convenciones de fans del cine clásico, en homenajes pequeños. En todas esas apariciones, lo que el público quería era una sola cosa, que se inclinara la cabeza hacia la derecha, que dejara que un mechón le cayera sobre el ojo, que reapareciera durante un instante la chica de 1941 y ella lo hacía.
cada vez sin protestar, sin amargura, como quien hace un truco de circo que ya nunca le sorprende. En su autobiografía hay una frase que lo resume. Escribió, “Hollywood me ofreció todo lo que un ser humano puede desear y a cambio me pidió que dejara de ser yo. Yo dije que sí, sin saber lo caro que iba a salir el cambio. Verónica Lake murió el 7 de julio de 1973 en el hospital de Burlington Bermont.
Hepatitis tenía 50 años. En el momento de su muerte estaba prácticamente arruinada. Sus dos hijos costearon el funeral. Asistieron menos de 20 personas. Ningún ejecutivo de Paramount Pictures envió flores. Ningún representante del gobierno de los Estados Unidos envió un telegrama.
Ninguna estrella de Hollywood en activo dijo nada en público. Sus cenizas fueron esparcidas en las islas vírgenes, en aguas que ella había visitado durante su breve tercer matrimonio. Le había dicho a una amiga meses antes de morir que prefería que sus cenizas fueran al mar antes que a un cementerio donde nadie iría a visitarla. Esa fue su última decisión.
la primera y última decisión sobre su propio cuerpo que pudo tomar sin que un contrato lo impidiera. Aquí es donde tengo que volver a la pregunta que dejé pendiente al principio del video. ¿Qué le respondió Verónica Leik a Robert Slatzer aquella tarde de febrero de 1962, cuando el periodista la encontró sirviendo cervezas detrás de la barra del hotel Marth Washington? Slatzer en su artículo y luego en sus memorias contó la conversación entera, pero hay un momento concreto que ningún otro periodista ha sabido nunca explicar
bien. Después de hablar durante una hora y media, después de reconstruir los 12 años de Paramount, después de los matrimonios rotos y los hijos lejos y la deuda y el alcohol y todo lo demás, Slatzer le hizo a Verónica Lake la pregunta que cualquier periodista le habría hecho. Le preguntó, “¿Por qué no vuelves a llamar a Hollywood? Si dijeras que estás aquí, te abrirían las puertas.
Tu nombre todavía vende. Y Verónica Lake lo miró sin amargura, sin melancolía, con los ojos más fríos y más limpios que ese hombre había visto en su vida, según escribió después. y le dijo la frase, la frase que cerró el artículo, la frase que se citó en miles de columnas de opinión durante los meses siguientes, la frase con la que millones de mujeres americanas, leyéndola en el periódico al día siguiente se sintieron por primera vez hermanadas con la chica del peinado Pikabu.
le dijo, “Prefiero servir cervezas a hombres que no me reconocen antes que mendigar papeles a hombres que me miraban como si fuera un mueble.” Esa frase la dijo con el mismo tono con el que se firma un cheque, sin teatro, sin lágrimas, sin levantar la voz. Y al decirla, y aquí está lo que ningún historiador del cine ha terminado de subrayar suficiente, dejó claro algo que Paramo Pictures nunca había entendido.
Verónica Lake no había caído. Verónica Lake había escapado. Lo que pasó en 1952 cuando Paramount no renovó su contrato no fue el final de su carrera, fue el principio de su libertad. El primer día que no era propiedad de nadie desde los 17 años, el primer día que nadie podía decirle qué papel aceptar, qué peinado llevar, qué entrevista conceder.
El precio de esa libertad fue brutal. El precio fue la pobreza, la soledad, la enfermedad, la muerte temprana, el olvido. Pero ella en su barra de Manhattan, sirviendo cervezas a hombres que no levantaban la cabeza del periódico, era por primera vez en 12 años completamente suya. Frase corta, sin adjetivos, solo el hecho. Murió pobre, murió pronto, murió olvidada.
Pero la melena Picabo se sigue pidiendo hoy en peluquerías de todo el mundo. Su imagen se sigue estudiando en escuelas de fotografía y de cinematografía en 12 países distintos. Su cara está colgada todavía en museos del cine clásico de Los Ángeles, de Londres, de París. El film Noar, moderno, El género que ella ayudó a inventar con Alan Lad entre 1942 y 1946, sigue siendo el material de fondo de millones de horas de cine y televisión cada año.
El nombre de Frank Freeman, el ejecutivo que le cambió el nombre, no lo recuerda nadie. Los nombres de los maquilladores que le rediseñaron la cara no los recuerda nadie. Los nombres de los abogados de Paramount que firmaron su contrato de servidumbre no los recuerda nadie. Los nombres de los funcionarios del gobierno americano que llamaron al estudio en octubre de 1942 para pedir el cortometraje, no los recuerda nadie.
Pero el nombre Verónica Lake, un nombre que ni siquiera era el suyo, todavía aparece en los créditos de cuatro películas que no van a desaparecer nunca de la historia del cine. Si la historia de Verónica Lake te ha golpeado, la semana que viene vamos a contar otra historia parecida. Una mujer que también fue construida por una industria, una mujer a la que también le quitaron el control de su propia imagen cuando tenía 20inti pocos años, pero esta vez con un final que vas a tener que ver para creerlo, porque ella sí
consiguió, antes de morir hacer una sola cosa que ninguno de los hombres que la usaron pudo perdonarle nunca. No te lo pierdas. Y antes de cerrar, te dejo con una pregunta que necesito que respondas en los comentarios, porque me importa mucho saber lo que piensas. ¿Qué crees que es peor? que un sistema entero te explote durante 12 años fabricándote como producto o que ese mismo sistema, cuando ya no le sirves, te tire a la calle sin ni siquiera una llamada de teléfono.
Escribe abajo qué te ha parecido la historia. Y si conoces a alguien, una madre, una hermana, una amiga, una mujer mayor de tu familia a la que esta historia le pueda interesar, mándasela, porque historias como estas solo siguen existiendo si las personas como tú se las pasan a otras personas como tú. para Mount Pictures.
Le puso el nombre, le fabricó la melena, le construyó la cara, le programó el gesto, le imprimió la sonrisa, le diseñó la voz y durante 12 años le vendió todo eso al mundo entero como si fuera un producto que ellos habían inventado de la nada. Pero la mujer que respondió a aquel periodista detrás de una barra de Manhattan en 1962, sin bajar los ojos, sin pedir disculpas, sin mendigar nada, esa mujer era completamente suya.
Y eso, eso no lo fabricó nadie.