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Paco Stanley: Su chofer por fin revela la VERDAD tras 26 años

Vuelves a Paul al final. Y lo que hace 25 años después, cuando por fin se para frente al hombre que estuvo ahí ese día, va a pesar diferente si lo entiendes desde esta escena. Pero primero necesitas entender  quién era el hombre que murió. No el personaje, no los ratins, no la carcajada que llenaba el foro, el hombre que había detrás de todo eso.

Francisco Stanley Albaito, nació el 3 de julio de 1942 en la ciudad de México, en la colonia Roma. Familia sin recursos. Padre con ausencias largas que nadie en la casa explicaba del todo. Madre Carmen Albaitero, que cosía hasta las 11 de la noche con los hombros caídos de tantas horas y una lámpara que alumbraba apenas lo suficiente para no pincharse los dedos.

Y un niño sentado en una silla demasiado alta para él. Ese niño practicaba en voz baja con la radio de fondo. Imitaba a los locutores, no para burlarse de ellos, sino para aprender a llenar el espacio con la voz antes de que nadie le enseñara las reglas de cómo hacerlo. Aprendió lo que no se enseña en ningún libro, que cuando no puedes dar nada más, cuando  la casa está fría y la despensa está casi vacía, todavía puedes dar una risa y que eso también es poder.

En el barrio de la Roma eso significaba leer a las personas en segundos, detectar que cargaba cada quien, darles algo que no encontraban fácilmente en otro lugar, decir en voz alta lo que todos pensaban sin que nadie se atreviera y convertirlo en algo que aliviaba en lugar de agrabar. Ese niño se convirtió en el hombre más visto de la televisión mexicana y alguien decidió que tenía que morir.

Ese don no se fabrica, no se estudia en ningún aula, ni se compra con ningún contrato.  O lo traes desde adentro o no lo tienes. Paco lo tenía desde los 10 años. Y lo que vino después, las carreras universitarias, los títulos inconclusos, los años en la UNAM estudiando derecho, luego psicología, luego mercadotecnia, luego  publicidad.

Todo eso no fue la formación de un hombre que quería un diploma colgado en la pared. Fue la obsesión de alguien que nunca terminó  de entender porque las personas hacen lo que hacen, sienten lo que sienten, ríen cuando ríen. Paco Stanley era un estudioso del ser humano que usaba el micrófono como laboratorio. Cada programa era un experimento, cada carcajada del foro era un resultado.

Pero antes de que hubiera un título, antes de que hubiera un contrato firmado sobre un escritorio de Televisa, hubo una radio encendida en una vecindad de la Roma y una voz que aprendió a funcionar escuchando a otros antes de que nadie le enseñara las reglas. Eso no se olvida. Eso forma a un hombre de una manera que ningún salón de clases puede replicar. Mira, lo digo sin rodeos.

Hay una narrativa que la industria del entretenimiento mexicano repitió durante décadas y que a mí siempre me pareció una mentira cómoda. La narrativa de que el talento solo necesita talento, de que el que llega llega porque se lo merece. Eso es falso. Y en el México de los años 80 era doblemente falso.

Para llegar necesitabas a alguien que ya tuviera las puertas abiertas y esa persona, ese alguien que te abrió el camino, no lo hacía por amor al arte. Lo hacía porque en ese mundo los favores son moneda y la moneda se cobra, siempre se cobra. Paco llegó de esa mano. Y en México, cuando  debes favores a personas con poder real, el precio de esa deuda rara vez se paga en dinero.

Se paga de formas que no aparecen en ningún contrato. Se dan por entendidas entre quienes entienden cómo funciona  ese mundo. Ese detalle va a volver. La mano que abrió las puertas  de Paco Stanley no era la mano de un productor de televisión, pero primero hay que  ver lo que esa mano construyó. En 1994, Paco llegó al mediodía de Televisa con algo que esa televisión  no tenía.

Llegó con jeans, llegó dispuesto a caerse al piso si hacía falta. llegó con una sonrisa que ninguna cámara puede falsificar, porque ese tipo de sonrisa no viene del maquillaje, viene de haber pasado hambre de verdad y de saber exactamente lo que significa que alguien te haga reír cuando no tienes mucho más. En una  pantalla llena de conductores perfectos, con frases ensayadas y trajes de sastre, Pacatelas era el vecino que bajaba la tensión, el primo que animaba las comidas.

4 millones de hogares mexicanos lo recibían cada mediodía como a alguien de la familia. Eso no es fama, eso es otra cosa. A su lado, Mario Bezares,  el cómplice eterno, más tranquilo, más medido, capaz de convertir la paciencia en comedia de una manera que muy pocos entienden.

Donde Paco era el volcán, Bezares era la corriente que seguía al volcán y hacía que el caos pareciera coreografía. Se habían conocido en los años de radio, cuando los dos buscaban lugar en una industria que tiene menos espacio del que promete. Habían pasado hambre juntos en el sentido real y en el figurado.

Sinares,  el show de Paco hubiera sido distinto. Los dos lo sabían. Pero el éxito de esa magnitud hace algo que no siempre se habla. te convierte en un imán no solo de cámaras y contratos, también de personas que necesitan que su cara aparezca en la misma fotografía, que ciertas conversaciones ocurran en ciertos lugares, que la puerta siga abierta sin que nadie pregunte demasiado.

Paco no era el único artista mexicano que vivió en esa zona gris en los 90, pero era el más visible. Y en ese mundo la visibilidad podía ser protección o podía ser vulnerabilidad dependiendo del momento y de con quién te habías metido. Y aquí es donde entra una tercera persona que importa entender antes de llegar al día del crimen.

Jorge García Escandón, el chóer, el hombre que llevó a Paco cada día durante más de 8 años, el que conocía sus rutas, sus tiempos, sus costumbres, sus silencios. el que ese lunes de junio iba al volante de la Lincoln Navigator Negra cuando empezaron los disparos. García Escandón también fue detenido después del crimen.

También pasó tiempo preso, también salió libre por falta de pruebas. Si aún no te has suscrito al canal Secretos  Oscuros de la Fama, este es el momento. Cada semana traemos historias como  esta que no encontrarás en otro lugar. Y en 2025, más de 25 años después, también abrió la boca. Pero lo que  dijo nadie lo esperaba.

A sus años, Paco Stanley tenía todo lo que el niño de la Roma había querido sin saber cómo pedirlo. Las casas, los coches, los viajes, los contratos con ceros que ese niño no habría podido contar. Pero había algo que no aparecía en ningún documento firmado. En una entrevista de esa época, Paco dejó dicho algo que hoy tiene un  peso completamente distinto al que tenía entonces.

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