¿Cómo llegó tanta tierra a tan pocas manos? La historia tiene varias capas. Algunas familias habían recibido tierras como recompensa por servicios militares durante las guerras de independencia. o las campañas de frontera del siglo XIX. Otras las compraron a precios irrisorios durante los remates públicos organizados por el Estado, cuando la Tierra se consideraba un recurso casi ilimitado y otras simplemente las ocuparon en una época en que los límites legales eran vagos y el poder fáctico importaba más que cualquier título de propiedad. La
llamada conquista del desierto, la campaña militar de 1879, liderada por el general Julio Argentino Roca, fue uno de los momentos más decisivos en este proceso. Bajo el argumento de pacificar el territorio patagónico y pampeano, el Estado desplazó por la fuerza a las comunidades indígenas que habitaban esas tierras desde hacía siglos.
El resultado fue la incorporación de millones de hectáreas al mercado que fueron distribuidas entre un pequeño grupo de familias influyentes con acceso directo al poder político. No es un dato menor. Es el fundamento sobre el que se construyó gran parte de la riqueza que estamos a punto de explorar. Pero tener tierra era solo el primer paso.
El verdadero arte de la élite argentina consistía en mantenerla y multiplicarla. Y para eso existía un mecanismo tan antiguo como la civilización misma, el matrimonio estratégico. Las grandes familias no se casaban por amor, o al menos no solo por amor. Se casaban para consolidar fortunas, para sellar alianzas, para unir estancias que ya eran grandes en extensiones que desafiaban la comprensión.
Un matrimonio entre una Anchorena y un alvear no era solo una boda, era una operación política y económica de primer orden. Y este sistema tenía una consecuencia directa, hacía que el círculo fuera cada vez más pequeño y más poderoso. Con cada generación la riqueza no se fragmentaba, sino que se concentraba.
Los apellidos se repetían en los árboles genealógicos de formas que hoy nos parecerían llamativas. Primos que se casaban con primas, familias que aparecían una y otra vez en los mismos clubes, las mismas iglesias, los mismos despachos de gobierno. Era una oligarquía en el sentido más literal de la palabra, el gobierno de los pocos.
Y ese gobierno no era solo económico, era también político. Entre 1880 y 1916, la Argentina fue gobernada bajo un sistema conocido como el régimen conservador o la República posible, liderado por el Partido Autonomista Nacional, el famoso PAN. Este sistema no era una democracia en el sentido moderno. Las elecciones existían, sí, pero eran manejadas con una combinación de fraude, presión y clientelismo que garantizaba que los resultados raramente sorprendieran.

¿Quiénes controlaban ese sistema? Las mismas familias que controlaban la Tierra. Esto no era una casualidad ni una conspiración oculta. Era simplemente la forma en que el poder funciona cuando no hay contrapesos suficientes. Si eres el dueño de la estancia donde trabajan cientos de peones, eres también quien les dice por quién votar.
Si eres quien financia las campañas políticas, eres quien decide qué políticas se implementan. Si ocupas los ministerios y las presidencias, diseñas las leyes a tu conveniencia. Era un círculo perfecto y casi autosuficiente. Ahora bien, ninguna de estas familias era idéntica a las demás.
Cada una tenía su propia forma de ejercer el poder, su propio estilo, su propia historia. Comencemos con los Anchorena, quizás el nombre más emblemático de toda la oligarquía argentina. Su historia en el Río de la Plata se remonta al periodo colonial Tardío, cuando Juan Esteban de Anchorena llegó desde el País Vasco español y comenzó a construir una fortuna a través del comercio, pero fue con las generaciones siguientes donde la familia alcanzó una dimensión verdaderamente excepcional.
Los Anchorena acumularon tierras en la provincia de Buenos Aires, en la Patagonia, en distintas regiones del país, en cantidades que los contemporáneos describían con un vocabulario que hoy reservaríamos para los multimillonarios tecnológicos del siglo XXI. Se estimaba que en el momento de mayor esplendor, la familia controlaba más de un millón de hectáreas.
Pero lo que hace a los anchorena especialmente fascinantes no es solo la escala de su riqueza. Es la forma en que la exhibían. En el barrio de retiro, en el corazón de Buenos Aires, mandaron construir un palacio que hoy se conoce como el Palacio San Martín, sede actual de la cancillería argentina. Cuando fue inaugurado en 1909, los visitantes que accedían a sus salones quedaban literalmente sin palabras.
mármoles traídos de Italia, arañas de cristal de bohemia, pinturas al óleo de artistas europeos, jardines diseñados según los principios de los parques bersallescos. Era una declaración explícita. Nosotros no somos simplemente ricos, somos la aristocracia de este continente y en cierto modo lo eran. Los alvear, por su parte, representaban algo ligeramente diferente, la fusión del poder económico con el poder político en su forma más sofisticada.
El nombre aparece en la historia argentina desde los tiempos de la independencia. Carlos María de Alvear fue uno de los generales de la guerra emancipadora, pero es con Torcuato de Alvear, intendente de Buenos Aires entre 1880 y 1887. y luego con Marcelo Torcuato de Alvear, presidente de la nación entre 1922 y 1928, que la familia alcanza su dimensión más visible.
Lo interesante de los alviar es que su riqueza no se basaba solo en la tierra, aunque la tierra también la tenían, se basaba en algo más intangible, pero igualmente poderoso, el capital social. la capacidad de moverse con igual soltura en los salones de Buenos Aires que en los de París, de hablar con la reina de España o con el presidente de Francia con la misma naturalidad con que un estanciero hablaba con su capataz.
Marcelo T de Albear, por ejemplo, vivió gran parte de su vida adulta en Europa antes de asumir la presidencia. Se casó con Regina Pacini, una cantante lírica portuguesa de fama internacional. Era un hombre del mundo en el sentido más completo de la expresión y esa cosmopolitismo era en sí mismo una forma de poder.
Los alvear representaban el ideal al que aspiraba toda la élite argentina, ser tan europeos como los europeos, pero en América. Y luego estaban los Martínez de Os, una familia cuya fortuna hablaba menos y pesaba más. Si los Anchorena eran el símbolo visible del poder aristocrático y los Alvear representaban la sofisticación política, los Martínez de OS encarnaban algo más silencioso, pero no menos imponente.
La fuerza bruta del capital agropecuario. Su riqueza venía directamente del campo. Estancias ganaderas de dimensiones extraordinarias en la provincia de Buenos Aires con miles de cabezas de ganado bobino destinadas a la exportación. En una época en que la carne argentina era literalmente el producto más codiciado de los mercados europeos, ser uno de los grandes productores ganaderos del país era equivalente a controlar una mina de oro que nunca se agotaba.
Los Martínez de OS no necesitaban exhibirse demasiado. Su poder era estructural, inherente al modelo económico del país. Mientras Argentina exportara carne, ellos prosperarían. Y durante años, eso fue exactamente lo que pasó. Tres familias presentadas, dos quedan. Pero antes de seguir, vale la pena detenerse un momento en algo que une a todas estas historias.
Lo que estamos describiendo no es simplemente la acumulación de riqueza, es la construcción de un sistema, un sistema donde el apellido determinaba el destino, donde la tierra era la medida de todo, donde el poder político y el poder económico se retroalimentaban de forma tan perfecta que resultaba casi invisible para quienes vivían dentro de él.
Y como todo sistema perfecto, tenía una debilidad, dependía de que nada cambiara demasiado. Lo que vino después demostraría que esa certeza era en el fondo frágil, pero eso lo exploraremos en los próximos capítulos. Por ahora, sigamos conociendo a quienes construyeron ese mundo. Hay un concepto que los economistas utilizan para describir economías como la Argentina de fines del siglo XIX, economía de enclave. La idea es simple.
Un país produce algo que el mundo quiere, lo exporta y la riqueza generada se concentra en el pequeño grupo que controla ese proceso. El resto de la sociedad orbita alrededor de ese núcleo sin participar realmente de sus beneficios. Es un modelo que explica mucho. Explica por qué la Argentina podía tener al mismo tiempo los edificios más elegantes de América Latina y algunos de los conventillos más miserables del continente.
Explica por qué la riqueza nacional crecía, pero la desigualdad no disminuía y explica sobre todo por qué las familias que controlaban ese núcleo productivo acumularon fortunas que hoy nos resultan difíciles de imaginar. En este capítulo conocemos a las dos familias que completan nuestro retrato de la élite argentina, los Pereira Iraola y los Bunge y Born.
Y al hacerlo, vamos a entender algo fundamental, que dentro de la oligarquía había diferencias importantes. No todos llegaron al poder por el mismo camino, ni todos ejercieron su influencia de la misma manera. Comencemos con los Pereira y Raola. Porque su historia es quizás la más territorialmente impresionante de todas. Si los Anchorena construyeron su poder en la ciudad y en tierras distribuidas por distintas provincias, los Pereira Iraola hicieron algo diferente.
Concentraron su dominio en una zona específica relativamente cercana a Buenos Aires y lo convirtieron en algo que iba más allá de la simple propiedad. era control absoluto sobre un territorio. La estancia de los Pereira y Raola, conocida simplemente como la estancia, se extendía por miles de hectáreas en la zona que hoy corresponde al partido de Verasategiui y alrededores, en el sur del conurbano bonaerense.
Para quien no conozca la geografía argentina, eso significa que esta familia poseía tierras a apenas 30 km del centro de Buenos Aires, en una región que hoy está completamente urbanizada. Y aquí está el detalle que hace que esta historia sea especialmente reveladora. Esas tierras eran tan extensas, tan bien administradas y tan profundamente identificadas con la familia que los habitantes de la zona simplemente las llamaban el campo de los Pereira, como si fuera una entidad geográfica en sí misma, como si el mapa del sur bonaerense tuviera una zona que
simplemente decía, “Aquí mandan ellos.” La estancia funcionaba como un mundo autónomo y autosuficiente. Tenía sus propias instalaciones de procesamiento de carne, sus propios establos para los caballos de raza que la familia criaba con especial orgullo, sus propios alojamientos para los trabajadores, su propia capilla, sus propios caminos internos que se extendían por kilómetros antes de llegar a la entrada principal.
Los caballos, de hecho, merecen una mención especial. Los Pereira Iraola eran reconocidos en toda la Argentina y en varios países de Europa como criadores de caballos de raza excepcional. Sus animales ganaban competencias en Buenos Aires, en Montevideo, en Inglaterra. Era una actividad que combinaba la pasión genuina con una función social muy específica.
La cría de caballos de sangre era en aquella época uno de los signos más claros de pertenencia a la élite. No cualquiera podía permitírselo y no cualquiera tenía la tradición y el conocimiento acumulado para hacerlo bien. En ese sentido, los Pereira Iraola representaban algo que podríamos llamar el poder de la continuidad.
No eran los más sustentosos ni los más políticamente activos de la oligarquía, pero generación tras generación mantuvieron su dominio territorial con una solidez que sus contemporáneos observaban con respeto y en algunos casos con envidia. Hay algo que vale la pena mencionar sobre el destino de esas tierras, porque tiene un final inesperado que dice mucho sobre los cambios históricos que se avecinaban.
En 1949, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, el Estado argentino expropió gran parte de las tierras de los Pereira Iraola. Fue un acto cargado de simbolismo, la expropiación de una de las propiedades más emblemáticas de la oligarquía tradicional por parte de un gobierno que se definía explícitamente como el representante de los trabajadores y los sectores populares.
Esas tierras se convirtieron en el parque Pereira Iraola, que existe hasta hoy como reserva natural y espacio recreativo en el sur del con urbano. Cualquier habitante del Gran Buenos Aires puede visitarlo hoy. Es, en cierto modo, una historia que da vuelta completa. Las tierras que una familia acumuló durante décadas terminaron siendo un espacio público para las mismas clases trabajadoras que habían construido esa riqueza con su labor.
Y ahora llegamos a la familia más diferente de las cinco, los Bunge y Born. Decimos diferente porque su historia rompe el molde del estanciero tradicional. Los Bung J Born no eran terratenientes en el sentido clásico, eran comerciantes, industriales, operadores del mercado internacional de granos y eso los convertía en algo que la oligarquía agraria miraba con una mezcla de admiración y cierta incomodidad. eran el futuro.
La empresa Bong Born fue fundada en Buenos Aires en 1884 por Ernest Bunge y Jorge Born, dos jóvenes empresarios de origen belga y alemán, respectivamente. Desde el principio su negocio fue el comercio de granos, comprar trigo, maíz y lino a los productores argentinos y venderlos en los mercados europeos. Suena simple, pero en la práctica era una operación de una complejidad y una escala extraordinarias.
Para entender lo que hacían los Bung Born, hay que entender cómo funcionaba el mercado de granos en aquella época. El productor rural, el chacarero que sembraba sus campos con trigo o maíz, rara vez tenía acceso directo a los mercados internacionales. No tenía la información sobre los precios en Liverpool o Hamburgo.
No tenía los contactos con los compradores europeos. No tenía el capital para esperar el momento adecuado para vender, ni los medios para transportar y almacenar el grano hasta que llegara ese momento. Ahí es donde entraban los Bunger y Born. Ellos construyeron una red que conectaba todos los puntos del proceso, agentes en los pueblos del interior que compraban el grano directamente a los productores, elevadores y silos propios para almacenarlo, barcos para transportarlo, oficinas en los principales puertos europeos para venderlo. Era una cadena
de valor completa controlada de principio a fin por la misma empresa y eso les daba un poder de negociación. formidable. Podían comprar barato en Argentina vendiendo la urgencia al productor y vender caro en Europa aprovechando la información privilegiada sobre los precios internacionales. El margen entre esos dos extremos era su ganancia y durante décadas ese margen fue enorme.
Con el tiempo Bong Born se convirtió en algo más que una empresa comercial. se transformó en un conglomerado industrial con presencia en múltiples sectores. Fundaron molinos harineros para procesar el trigo que comercializaban. Instalaron fábricas de aceite de lino. Crearon empresas de pintura, de bolsas de arpillera para envasar los granos de productos químicos.
Cada eslabón de la cadena productiva que utilizaban para su negocio principal se convirtió con el tiempo en un negocio propio. A mediados del siglo XX, Bunghei Born era uno de los grupos económicos más poderosos, no solo de Argentina, sino de toda América Latina. Tenía operaciones en Brasil, Uruguay, Paraguay y varios países europeos.
Sus decisiones sobre cuándo comprar o vender granos podían afectar los precios internacionales de los cereales. Era una corporación multinacional antes de que ese término existiera. Y todo había comenzado con dos jóvenes inmigrantes europeos que llegaron a Buenos Aires con una idea clara. La Argentina producía lo que el mundo quería y alguien tenía que organizar el proceso de llevarlo hasta allá.
Ahora bien, los Bunche y Born representan algo más en esta historia. representan la tensión que existía dentro de la propia élite argentina entre dos modelos de riqueza y dos visiones del país. Por un lado estaba el estanciero tradicional, el terrateniente cuya fortuna venía de la tierra heredada, cuyo estilo de vida imitaba a la aristocracia europea, cuya relación con el poder era directa y personal.
Este era el mundo de los Anchorena, de los Alvear, de los Martínez de OS. Por otro lado estaba el empresario moderno, el operador del mercado global, cuya riqueza venía del movimiento y la intermediación más que de la posesión estática de la Tierra. Este era el mundo de los Bunge y Born. El primero miraba hacia atrás, hacia una tradición que justificaba su posición.
El segundo miraba hacia adelante, hacia un capitalismo global en expansión, donde la agilidad y la información valían más que el apellido. Ambos modelos coexistieron durante décadas, pero con el paso del tiempo quedaría claro cuál de los dos era más resiliente frente a los cambios que se avecinaban. Y antes de cerrar este capítulo, vale detenerse en algo que une a las cinco familias más allá de sus diferencias individuales.
Todas ellas, en mayor o menor medida, construyeron su poder en un momento histórico específico que nunca volvería a repetirse. Un momento en que la tierra era barata, la mano de obra era abundante e inmigrante. Los mercados internacionales demandaban exactamente lo que Argentina producía y el Estado era lo suficientemente débil o lo suficientemente afín como para no interferir con sus intereses.
Ese momento duró aproximadamente 50 años y durante esos 50 años estas familias vivieron de una manera que desafía la imaginación. Existe una fotografía que resume mejor que cualquier descripción lo que fue la Buenos Aires de la Edad Oro. Fue tomada en 1908 frente al teatro Colón, la noche de su inauguración oficial.
En la imagen se ven decenas de carruajes alineados sobre la avenida Libertador con cocheros uniformados esperando a sus patrones. Las mujeres bajan con vestidos de seda y terciopelo, joyas en el cuello, abanicos de marfil en la mano. Los hombres llevan levitas negras y sombreros de copa. El edificio detrás de ellos, con su cúpula iluminada y su fachada de estilo italiano, podría estar en Milán o en Viena. No está en Milán ni en Viena.
Está en Buenos Aires. Y esa es exactamente la intención. Toda la vida de la élite argentina de aquella época puede entenderse como un proyecto consciente y sostenido de demostrar que América Latina podía ser tan refinada, tan culta y tan sofisticada como el viejo mundo. Y las cinco familias que hemos conocido en este documental fueron sus protagonistas principales.
Hablemos primero de cómo vivían. Porque la forma en que una élite habita el espacio es siempre una declaración sobre cómo entiende su lugar en el mundo. El barrio de Recoleta, que hoy es uno de los más caros y reconocibles de Buenos Aires, fue construido literalmente por y para esta oligarquía. Sus calles anchas, sus edificios de estilo hausmaniano, sus plazas con fuentes de hierro fundido.
Todo fue diseñado para replicar la experiencia de vivir en el octavo arrondicement de París. Las mansiones que se levantaron allí a fines del siglo XIX y principios del X eran obras de arquitectura de primer nivel mundial. No eran simplemente casas grandes, eran declaraciones de poder construidas con los mejores materiales que el dinero podía comprar, muchos de ellos traídos directamente de Europa.
Los mármoles venían de Carrara en Italia. Las maderas finas de Caoba y Cedro llegaban de Brasil y de Europa. Las arañas de cristal se encargaban en bohemia. Los tapices y las telas de los salones principales se compraban en las mejores casas de París y Londres. Los jardines eran diseñados por paisajistas franceses o ingleses que viajaban especialmente para el proyecto.
El palacio Anchorena, que ya mencionamos en el segundo capítulo, tenía salones donde podían celebrarse recepciones para varios cientos de invitados. Sus cocinas eran operadas por equipos de cocineros. algunos de ellos traídos de Europa. Sus caballerizas eran tamban bien mantenidas como los salones principales y este no era el caso de una sola familia, era la norma de toda la capa superior de la oligarquía.
Pero la vida de estas familias no transcurría solo en Buenos Aires. Una de las características más llamativas de la élite argentina de aquella época era la cantidad de tiempo que pasaba fuera del país. Los viajes a Europa no eran vacaciones ocasionales, eran parte estructural del calendario social de estas familias.
El itinerario típico era bastante preciso. Primero París, donde se instalaban en hoteles de primera categoría del Foburg Saint Germain o del bulou Houseman, se reunían con modistas, anticuarios y galeristas. Asistían a la ópera, al teatro y a las carreras de caballos de Longham. Luego Londres para los negocios, para los clubes, para mantener el contacto con los inversores y los compradores británicos, que eran fundamentales para el modelo exportador.
Y luego con frecuencia algún destino termal como Biarrit, Baden Baden o Bishi, donde la elite europea se mezclaba en un ambiente de recreación sofisticada. Los hijos de estas familias estudiaban en colegios y universidades europeas. Las mujeres seguían la moda pariciense con una puntualidad que habría sorprendido a muchas europeas de clase media.
Los jóvenes varones volvían a Buenos Aires después de años en el exterior hablando francés con más fluidez que español. Y todo eso era precisamente el objetivo. Porque en el código de valores de esta élite, ser europeo o al menos parecerlo con la mayor fidelidad posible era la máxima aspiración. La cultura ocupaba un lugar central en esta construcción identitaria y no como pasatiempo, sino como herramienta de distinción social.
El teatro Colón, inaugurado en 1908 después de 20 años de construcción, era la joya de esta ambición cultural, con capacidad para más de 2,000 espectadores y una acústica reconocida hasta hoy como una de las mejores del mundo. El Colón fue diseñado para recibir a las compañías operísticas y orquestales más importantes de Europa.
Enrico Caruzo cantó allí. Arturo Toscanini dirigió allí Igor Stravinski, Richard Straus, Ana Pavlova. Los nombres que pasaron por ese escenario en sus primeras décadas son un catálogo de lo mejor de la cultura occidental de comienzos del siglo XX. ¿Y quiénes ocupaban los palcos principales? Las mismas familias de las que hemos venido hablando, los Anchorena, los Albear, los Martínez de Os.
Tener un palco en el Colón no era solo un privilegio cultural, era una posición en el mapa social de Buenos Aires. Todos sabían exactamente qué familia ocupaba cada palco. Era, en el lenguaje de la sociología, un acto de demostración pública del orden jerárquico. Lo mismo valía para los clubes privados. El Jockey Club, fundado en 1882, era el espacio donde la élite masculina se reunía a cerrar negocios, discutir política y cultivar las relaciones que hacían funcionar el sistema.
Tener membresía en el Jockey Club no era simplemente pertenecer a un club. Era una señal inequívoca de a qué mundo pertenecías. Y sin embargo, debajo de todo ese esplendor había una grieta y con el tiempo esa grieta se fue haciendo más grande. El primer gran aviso llegó en 1890 con la crisis financiera conocida como la crisis del 90 o el pánico Barring.
El banco Bing Brothers de Londres, que había financiado gran parte de la expansión ferroviaria y urbana argentina, estuvo a punto de quebrar por la sobrexposición a la deuda argentina. El resultado fue una crisis económica severa que golpeó a toda la sociedad, aunque naturalmente con intensidades muy distintas según la posición social de cada quien.
Para las grandes familias terratenientes, fue un momento de tensión, pero no de ruptura. Su riqueza estaba basada en la tierra que seguía allí y la tierra no quebra. Pero la crisis del 90 fue una primera señal de algo que la élite prefería no ver, que el modelo agroexportador dependía de condiciones externas que nadie en Buenos Aires podía controlar.
Los precios internacionales de la carne y el trigo los fijaban los mercados europeos. La disponibilidad de crédito la determinaban los bancos de Londres. La demanda de los productos argentinos dependía del crecimiento de las economías industriales del norte. Mientras esas condiciones fueran favorables, el sistema funcionaba.
Pero si algo cambiaba del otro lado del océano, los efectos llegarían inevitablemente a la Pampa. El segundo aviso fue político y fue más profundo. En 1912, el presidente Roque Sain Peña impulsó una reforma electoral que introdujo el voto secreto y obligatorio para los ciudadanos varones. Fue una transformación radical de un sistema donde los resultados electorales eran negociados en los despachos de los poderosos.
Se pasó a uno donde los votos reales de ciudadanos reales comenzaban a importar. Las consecuencias no tardaron en manifestarse. En 1916, Hipólito Irigoyen, líder de la Unión Cívica Radical, ganó la presidencia. Era la primera vez en la historia argentina que un candidato no perteneciente al establishment oligárquico llegaba al poder vía electoral.
Las grandes familias lo miraron con desconfianza, con desdén y con una certeza que resultaría ser errónea, que era un fenómeno pasajero. No lo era. El tercer aviso fue social y era el más difícil de ignorar, aunque muchos lo intentaron. Los hijos y nietos de los inmigrantes que habían llegado a Argentina entre 1880 y 1910 habían crecido.
Ya no eran los peones y los obreros de sus padres. habían ido a la escuela pública, habían aprendido a leer, algunos habían llegado a la universidad, habían formado sindicatos, habían creado partidos políticos, habían encontrado su voz y esa voz reclamaba algo simple pero transformador, una parte más justa de la riqueza que ellos mismos habían contribuido a crear en los conventillos de la Boca y de Santelmo, en las fábricas de los suburbios industriales, En los campos donde los chacareros arrendatarios trabajaban tierras que nunca podrían poseer, se

estaba gestando una Argentina diferente, una Argentina que no se reconocía en los palacios de Recoleta ni en los palcos del Colón. El golpe definitivo al modelo llegó desde afuera, como siempre había sido su mayor vulnerabilidad. En 1929, el crack de la bolsa de Nueva York desencadenó la gran depresión mundial.
Los precios de los productos agropecuarios argentinos cayeron en picada. Los mercados europeos cerraron o impusieron barreras proteccionistas. El flujo de capital extranjero que había financiado décadas de crecimiento se interrumpió de golpe. El impacto en Argentina fue devastador y en ese contexto de crisis, en septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu encabezó el primer golpe de estado de la historia argentina moderna, derrocando al presidente Irigoyen.
La oligarquía, o al menos una parte de ella, vio en ese golpe una oportunidad de restaurar el orden que la democratización había perturbado. Pero el mundo al que querían volver ya no existía. Las cinco familias que hemos conocido en este documental no desaparecieron de un día para el otro.
Sus fortunas, aunque reducidas, sobrevivieron en distintas formas. Algunos apellidos siguieron apareciendo en los círculos empresariales y políticos argentinos durante décadas. Los Anchorena vieron como su palacio más emblemático se convertía en sede de la cancillería. Los Pereira Iraola vieron como sus tierras se transformaban en un parque público.
Los Bunghe Born se adaptaron mejor que nadie, diversificando sus operaciones y sobreviviendo como grupo empresarial hasta bien entrado el siglo XX. Los Martines de Os mantuvieron su influencia en los círculos económicos, aunque con un perfil más bajo. Y los alvear vieron como el peronismo surgido en 1945 redefinía completamente el mapa político y social del país, dejando a la vieja aristocracia en los márgenes de una historia que ya no los necesitaba como protagonistas.
¿Qué queda de todo eso hoy? Quedan los edificios. El Palacio San Martín, el teatro Colón, los palacios convertidos en embajadas o museos en Palermo y Recoleta. Quedan los nombres en el mapa, la avenida Alviar, el parque Pereira Giraola, quedan los archivos, las fotografías, los inventarios de fortunas que desafían la comprensión.
Pero queda también algo más importante, una lección sobre cómo se construye y cómo se derrumba el poder cuando descansa sobre bases que nadie cuestionó durante demasiado tiempo. La élite argentina de la edad de oro creyó que su mundo era permanente. creyó que la tierra siempre valdría, que los mercados siempre demandarían, que el pueblo siempre obedecería, que Europa siempre sería el espejo en el que valía la pena mirarse.
Ninguna de esas certezas sobrevivió al siglo XX. Y la Argentina, que emergió de ese proceso de transformación, convulsionada, desigual, contradictoria y fascinante, lleva hasta hoy las marcas de aquella edad de oro. en sus instituciones, en sus conflictos no resueltos, en la distancia que todavía existe entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco.
La historia de estas cinco familias no es solo la historia de unas pocas personas extraordinariamente ricas. Es la historia de un país que todavía está aprendiendo a entender su propio pasado. Señando hace grantos