Posted in

Granjero viudo encuentra joven desmayada entre buitres… lo que descubre lo cambia todo…

Los sopilotes ya casi la tocaban. Nadie se detenía en ese camino, nadie quería acercarse, pero cuando miré mejor, me di cuenta de que todavía estaba respirando. En ese momento, bien pude haberme ido, pero algo dentro de mi pecho no me dejó. Me bajé del caballo y cuando estuve más cerca, entendí que esa mujer no estaba ahí por pura casualidad.

 Mi nombre es Silberio. Tengo 53 años. Un rancho de 200 y tantas hectáreas en el corazón de Jalisco, un caballo vallo llamado Trueno y una vida que después de que ella se fue me quedó demasiado chica. No es queja, es solo la verdad dicha en voz baja, como uno dice, las cosas que duelen cuando se hablan recio. Elena murió una tarde de marzo, fiebre alta, un problema en el corazón que nadie sabía que existía y el pueblo más cercano a 40 km de pura terracería.

Cuando llegamos al hospital, ella ya no respondía. El doctor dijo que fue rápido, que no sufrió, pero yo estaba a su lado en el asiento de la camioneta sosteniendo su mano y juro que sentí el momento exacto en que se me fue. La mano se le enfrió despacio, como brasa que se apaga.

 Desde ese día aprendí a vivir en lo mínimo. Despierto antes que el sol, cuido las resces, arreglo cercas, deshiervo el monte, atiendo a trueno, ceno solo, duermo, despierto otra vez. Y así se va día tras día, sin que ninguno sea diferente al otro. Los vecinos más cercanos viven a casi 10 km. Hay semanas que no escucho voz humana alguna, solo el viento en el matorral, el bramido del ganado, el ruido de las hojas secas en el suelo de tierra colorada.

 Aquel día, un día de mayo, con el cielo de ese azul cargado de calor que solo quien conoce el campo de Jalisco sabe cómo es, me había pasado toda la mañana arreglando un tramo de cerca que el ganado derribó durante la noche. Trabajo pesado, de sol a plomo, con la camisa empapada de sudor y la tierra quemando bajo las botas.

Almorcé de pie ahí mismo, cerca de la cerca, un pedazo de tortilla dura y un trago de agua tibia que cargaba en el morral de la silla. Trueno pastaba quieto a unos metros, de vez en cuando sacudiendo la cola para espantar los tábanos. Nos entendíamos bien ese animal y yo. Nunca se quejaba, nunca pedía nada.

 Me hacía compañía sin necesitar de plática. Por la tarde fui a revisar el Hawei más chico que estaba bajando mucho por la sequía. El nivel estaba mal, un mes más sin lluvia y el ganado iba a empezar a padecer. Saqué cuentas en la cabeza, anoté mentalmente lo que hacía falta resolver y por ahí de las 5 de la tarde monté a Trueno y empecé el camino de vuelta a la casa.

 Era un recorrido de unos 40 minutos por la brecha que corta la propiedad antes de llegar al casco del rancho. Yo conocía cada palmo de ese camino, cada piedra, cada bache, cada curva. Había recorrido ese camino cientos de veces, tal vez miles, de día, de noche, en la lluvia, en la seca. Pero esa tarde el camino era diferente.

 Yo no lo sabía todavía, pero lo era. Trueno fue el primero en darse cuenta. Íbamos pasando por una recta larga con matorral bajo a los dos lados y el sol ya inclinado, lanzando esa luz amarilla y cansada de fin de tarde sobre el suelo color ladrillo. Entonces Trueno se paró sin avisar, sin razón aparente se plantó.

 bufó una vez, sacudió la cabeza con las orejas alertas apuntando hacia el frente. “¿Qué pasa, Trueno?”, murmuré pasando la mano por su pescuezo. Él no se movió, siguió parado, mirando hacia delante con esa atención tensa que tienen los caballos cuando sienten algo que uno todavía no ve. Fue cuando miré al cielo.

 Los zopilotes estaban volando bajo. No eran uno ni dos, eran muchos. Un círculo lento y perezoso de alas negras bajando despacio, rodeando un punto del camino que quedaba a unos 100 m adelante tras una curva suave. En el campo uno aprende pronto lo que significa un zopilote rondando bajo de esa manera significa que hay algo muerto o casi muerto ahí abajo.

 Puede ser un animal, un novillo, un perro, algún  que bajó del monte. pasa seguido. Pero Trueno no reaccionaba así por un animal muerto. Él conocía el olor a carroña tanto como yo. Ese nerviosismo suyo era por otra cosa. Presioné levemente los talones en los costados del animal. Ándale, dije bajito. Él avanzó, pero despacio, con cautela, como si pisara suelo incierto.

 Cuando doblamos la curva, lo vi. Y lo que vi hizo que mi corazón se detuviera un segundo entero. En medio de la brecha, caída de lado en el suelo de tierra colorada había una mujer. Los zopilotes ya habían bajado. Estaban en el suelo alrededor de ella, caminando con ese paso torcido y paciente que tienen. Ese modo de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo está de su lado.

 Algunos estaban a menos de un metro de su cara. Uno de ellos se había posado a menos de medio metro de sus manos abiertas en el suelo como quien cayó y no tuvo fuerzas para levantarse. No lo pensé. Solté un grito seco de esos que uno da para espantar a las fieras y trueno arrancó hacia delante.

 Los zopilotes abrieron las alas con ese aleteo pesado y feo, retrocediendo a saltos, algunos alzando el vuelo, otros solo apartándose a la orilla del camino, mirándome con esos ojos hundidos y pacientes. Me bajé del caballo antes de que se detuviera por completo. Me hinqué al lado de ella en la tierra caliente y fue cuando me di cuenta de lo que nadie que pasara por ahí de lejos con prisa de seguir su vida habría notado.

 Estaba respirando despacio, con dificultad, pero lo hacía. Su pecho subía y bajaba en intervalos irregulares, como quien está al límite. Los labios secos, partidos, la piel de la cara cubierta de polvo mezclado con sudor reseco, la ropa rasgada en varios lugares, la tela de la blusa, que debió ser blanca, estaba café de mugre y manchada en algunos puntos que preferí no examinar de cerca todavía.

 Era joven, muy joven. Debía tener unos veint y tantos años, tal vez menos. Me quedé quieto por un segundo, arrodillado junto a ella, mirando su rostro, el rostro de una persona que se estaba yendo del mundo sin que nadie en el mundo lo supiera o le importara. Aquello me pegó en el pecho de una forma que no esperaba.

 Ey, dije bajito, poniendo la mano con cuidado en su hombro. Ey, escúchame, no respondió, pero su pecho siguió moviéndose. Miré a los zopilotes que todavía esperaban a las orillas del camino, tan pacientes como siempre. Miré al cielo, la miré a ella y tomé una decisión. La cargué en brazos con el cuidado de quien carga algo que puede quebrarse. Era ligera, demasiado ligera.

Read More