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VIERNES SANTO: ¿Por qué Dios guardó silencio cuando su Hijo más lo necesitaba?

VIERNES SANTO: ¿Por qué Dios guardó silencio cuando su Hijo más lo necesitaba?

Y si te dijera que la oscuridad cubrió la tierra, no por una nube, no por un eclipse, sino por el mismo dolor de Dios. Fue al mediodía, exactamente a las 12. En el momento en que el sol debía estar en lo más alto, la luz desapareció. Las Escrituras no exageran. Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.

 Por 3 horas el mundo se detuvo, pero no por miedo, sino por luto. ¿Qué ocurrió realmente ese viernes? ¿Quién era aquel hombre que colgaba de un madero, desfigurado por los azotes, irreconocible por el dolor, pero que aún así seguía mirando al cielo con amor? ¿Por qué millones lo recuerdan como santo cuando fue en realidad el día más trágico de la historia? Todo comienza con una traición en la noche y termina con un grito que partió el velo del templo, un grito que no fue de derrota, sino de victoria oculta. Pero para

entenderlo, debemos caminar juntos hacia ese monte de calaveras, donde la sangre no era solo sangre, era promesa, era pacto, era redención. ¿Estás listo para descubrir lo que el mundo no te cuenta del viernes santo? La historia está a punto de comenzar. Todo comenzó horas antes, en un jardín silencioso, Getsemaní.

 Mientras la ciudad dormía bajo las sombras de la Pascua, un hombre se arrodillaba solo, temblando, no por cobardía, sino por el peso que llevaba en el alma. Sudor, como gotas de sangre caía de su frente. Era el preludio de la cruz. Ese hombre sabía lo que venía. Sabía que lo iban a entregar, que lo iban a golpear, que lo iban a despreciar y que todos lo abandonarían, incluso sus más cercanos.

 Y sin embargo, oró, “Padre, si es posible, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” ¿Puedes imaginar ese momento? el hijo de Dios, rogando por misericordia, pero aceptando el dolor por amor. En ese jardín, bajo la luna llena, apareció una multitud con antorchas y espadas. Lo buscaron como a un criminal.

 Y cuando preguntaron, ¿quién es Jesús de Nazaret? Él respondió, “Yo soy.” Y al pronunciar esas palabras, los soldados retrocedieron y cayeron al suelo. ¿Quién era este hombre que con solo hablar hacía temblar a quienes venían a arrestarlo? Esa noche el cielo no durmió porque el juicio de la humanidad apenas comenzaba y la sangre inocente ya empezaba a correr.

 Lo arrastraron como a un ladrón, pero no encontraron culpa. Primero ante los sumos sacerdotes, luego ante el sanedrín. Y aún así, ninguno pudo probar que había hecho algo digno de muerte. Sus palabras eran como fuego, su silencio como espada. Y ante cada pregunta respondía con una verdad que hacía temblar incluso al más endurecido.

¿Eres tú el hijo de Dios?, preguntaron. Y él con voz serena, respondió, “Tú lo has dicho y verás al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder.” Gritaron blasfemia, rasgaron sus vestiduras y lo escupieron al rostro. ¿Por qué tanto odio hacía un inocente? ¿Por qué tanto deseo de ver su sangre? ¿Por qué la luz expone las tinieblas? Porque la verdad yere más que la espada.

Porque cuando Dios se hizo hombre, los hombres se sintieron amenazados. Lo enviaron a Pilato buscando condena, pero ni el gobernador romano halló en él falta alguna y aún así lo azotaron con látigos de hueso y metal que desgarraban carne y alma. Lo vistieron de púrpura, lo coronaron con espinas y se burlaron.

Salve, rey de los judíos. ¿Dónde estaban los que lo aclamaron días antes? ¿Dónde los que gritaban hosanna? Ahora el silencio de la multitud pesaba más que los clavos que pronto atravesarían su cuerpo. Pilato lo miró a los ojos y algo en ese rostro destrozado lo estremeció. Sabía que no tenía culpa.

 Sabía que aquel hombre no era como los demás. Lo dijo en voz alta. Yo no hallo delito en él. Pero el pueblo, el mismo que fue alimentado, sanado y liberado, gritaba con furia desmedida, “¡Crucifícalo!” Pilato, acorralado por la presión, tomó agua y se lavó las manos como si un gesto externo pudiera limpiar una decisión interna.

 Y entonces ocurrió algo escalofriante. El pueblo respondió con una frase que aún retumba en la historia: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Detente un segundo. ¿Puedes sentir el peso de esas palabras? Sellaron su destino, pero también abrieron un camino inesperado. Esa sangre que creía en maldición se convertiría en bendición.

 Y así lo entregaron. Cargando su cruz entre insultos y escupitajos, avanzó por el camino llamado Vía Dolorosa. Sus pasos eran lentos, su cuerpo apenas resistía, pero su mirada seguía fija en el propósito. Cada golpe de martillo estaba más cerca. Cada paso lo conducía al lugar de la ejecución, el Golgota, el monte de la calavera, el lugar donde el cielo y el infierno se enfrentarían y el amor vencería en silencio.

 Gólgota, una colina seca, desierta, olvidada, un lugar de muerte, no de esperanza. Allí llevaban a los peores, a los que ya nadie quería ver con vida. Y ese día entre dos ladrones colgaron al Hijo del Hombre, desnudo, desfigurado, desangrándose, y aún así, en silencio. Los clavos atravesaron sus muñecas y sus pies.

 El madero se alzó y el cuerpo se tensó por el peso de la agonía. Cada respiración era una batalla, cada segundo una eternidad. Desde abajo los soldados se repartían su ropa como si fuera un espectáculo. Otros se burlaban. Si eres el hijo de Dios, bájate de esa cruz. Pero él no dijo palabra, porque su misión no era escapar, sino permanecer.

Un ladrón lo insultaba, el otro lo miró y le dijo, “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Y Jesús, con los labios secos, con la voz temblorosa, pronunció una promesa que todavía hoy resuena en miles de corazones. Hoy estarás conmigo en el paraíso. ¿Puedes sentir el poder de esas palabras? En medio del dolor aún ofrecía salvación.

En medio del abandono aún extendía gracia, porque incluso colgado en una cruz seguía siendo rey. Fue entonces cuando el mundo se oscureció. Desde la hora sexta hasta la novena, el sol se apagó. No era un eclipse, no era una tormenta, era como si la creación entera se negara a mirar lo que estaba ocurriendo.

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