Posted in

EL ABRAZO QUE SE FUE

EL ABRAZO QUE SE FUE

La lluvia en Madrid nunca es como en las películas de Hollywood.

En el cine, la lluvia cae en un ángulo perfecto, iluminando los pómulos de los protagonistas y haciéndolos parecer ángeles caídos del cielo.

En Madrid, la lluvia es una puñalada trapera de barro y contaminación que te arruina el alisado japonés de ochenta pavos en tres segundos.

Y ahí estaba yo, plantada en medio de la Plaza del Dos de Mayo.

El cielo había decidido abrirse justo en el momento en el que salí de la boca del metro de Tribunal.

Llevaba mi abrigo de paño camel de Zara.

Ese abrigo que recomiendan lavar solo en seco.

Ese abrigo que ahora pesaba unos catorce kilos y olía a perro mojado.

Sostenía el móvil contra mi oreja derecha, intentando tapar el micrófono con la solapa para que el viento no silenciara mis gritos.

—¡Te digo que me ha citado aquí, Bea! —grité, con la voz temblorosa.

—Clara, tía, estás haciendo el imbécil —respondió la voz de mi mejor amiga a través del auricular.

Podía escuchar de fondo el inconfundible sonido de Bea masticando pipas Facundo.

Bea siempre comía pipas cuando estaba nerviosa, o cuando yo estaba a punto de arruinar mi vida amorosa por enésima vez.

—No estoy haciendo el imbécil, Bea, es una cita de crisis.

—Las citas de crisis se hacen en una cafetería con un pincho de tortilla, no en medio de un monzón tropical en el barrio de Malasaña.

—Me dijo que necesitaba aire fresco.

—Lo que necesita es un psiquiatra, Clara.

Read More