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Libertad Lamarque: La Diva que Eva Perón Expulsó de Argentina para Siempre

Una mujer de 45 años llamada Josefa Bousa da a luz a su séptima hija. Es una mujer cansada, inmigrante española, gallega, viuda de su primer marido con seis hijos a cuestas, vuelta a casar con un argentino mucho más joven y mucho más raro que ella, un tal Gaudencio L. Marque, 34 años, descendiente de franceses, artista bohemio, escritor de obras teatrales libertarias, anarquista declarado y con una pasión política tan grande que decide darle a la recién nacida un nombre que va a marcar su destino para siempre. La niña se llama Libertad,

libertad la marque Bousa. Y desde la mañana de su nacimiento, ese nombre que en aquella Argentina conservadora era casi una provocación política, la va a perseguir y a definir hasta su última hora. La familia vive en La Tablada, un barrio humilde de rosario. La casa es modesta, las paredes están descascaradas.

Hay nueve hijos en total entre los del primer matrimonio de Josefa y los nuevos. El padre Gaudencio no tiene un trabajo estable. Escribe obras teatrales que casi nadie quiere producir. Recita poemas anarquistas en cafetines obscuros. Sueña con una sociedad sin patrones ni jefes y entre dos obras imposibles monta una pequeña compañía teatral itinerante con sus propios hijos, recorriendo los pueblos del interior de la provincia, ofreciendo funciones a cambio de monedas o de un plato de comida.

La Pequeña Libertad a los 4 años ya sube al escenario improvisado de las plazas de pueblo. A los cinco recita poemas enteros de memoria. A los siete canta sus primeras canciones populares en los cafetines de Rosario. La gente se queda en silencio cuando la oye. Tiene una voz aguda, casi infantil, pero potentísima, con una resonancia que parece imposible para un cuerpo tan pequeño.

Los borrachos del bar dejan los vasos en la mesa y la miran sin parpadear. Las viejas lloran sin saber por qué. Su padre, Gaudencio, sabe lo que tiene en sus manos. y al mismo tiempo le da miedo. Le dice una y otra vez durante esos años en Rosario, “Hija mía, vos tenés una voz que va a llevarte muy lejos y vas a tener que cuidarte, porque la gente que tiene una voz como la tuya en este país termina mal si no se cuida.

” Esa frase dicha con el acento porteño cantado de su padre va a perseguir a libertad toda su vida y va a resultar profética. La infancia es dura, la pobreza es real. Hay días en los que no hay comida en la mesa, hay inviernos en los que duermen los nueve hijos juntos en una sola habitación para mantenerse calientes.

La madre Josefa, cose hasta las 2 de la mañana a la luz de una vela para vestir a los niños. El padre cuando consigue una función pagada vuelve a la casa con pan, queso y un poco de vino. Cuando no, vuelve con las manos vacías y se sienta en el patio a recitar poemas a las estrellas. Libertad a los 9 años decide que ella va a sacar a su familia de la pobreza con su voz.

Es una decisión tomada en silencio en una noche de invierno, mirando a su madre dormir con el rostro arrugado por la fatiga. Una decisión de niña, pero firme como la de una adulta. Y desde ese momento ya no canta para divertirse, canta para trabajar, canta para ganar dinero. Canta como si su vida y la de sus hermanos dependieran de cada nota.

Hay un episodio de aquellos primeros años en Rosario que Libertad contaría décadas después en una entrevista de televisión ya con 70 años cumplidos y que probablemente explica más que cualquier otra anécdota, su carácter de hierro. Tenía 8 años. Cuando su padre Gaudencio la subió por primera vez al escenario improvisado de un café del centro de Rosario, había unos 15 clientes adentro.

Todos hombres adultos, todos bebiendo vino áspero, todos hablando fuerte. Cuando Libertad comenzó a cantar, dos de los clientes se rieron en voz alta y siguieron conversando. Libertad se detuvo en medio de la canción. se quedó parada en el escenario mirándolos a los ojos y dijo con la voz infantil pero firme, “Si ustedes no me respetan, yo no canto.

” El café entero se quedó en silencio. Los dos clientes bajaron la cabeza y libertad terminó la canción ante un público completamente atento. Esa noche, al volver a la casa, su padre le dijo a su madre, “Esta nena no es una nena. Es una mujer que todavía no tiene cuerpo de mujer. A los 12 años la contratan en un café de rosario para cantar tres canciones.

Cada noche le pagan unos pocos centavos por función. Su madre la acompaña al café para que no se quede sola con los hombres borrachos. Libertad canta con su voz aguda, esos tangos primitivos que estaban naciendo en los conventillos de Buenos Aires y que llegaban a Rosario en discos rayados. Y la gente del café se queda en silencio cuando ella canta.

Algunos dejan más monedas de las pactadas en la mesa, algunos lloran, algunos vuelven cada noche solo para escucharla. A los 14 años ya es conocida en toda la provincia de Santa Fe como la chiquita de la Voz de Oro. A los 15 ha sido contratada por compañías itinerantes que recorren todo el norte argentino.

A los 16 ha cantado en Tucumán, en Salta, en Córdoba, en La Plata y ha decidido en privado que tiene que ir a Buenos Aires, porque solo allí, en la capital, en los teatros del centro, en los estudios de radio que están naciendo, puede hacer la carrera que sueña. En 1926, la familia entera toma una decisión arriesgada.

Empacan todo lo que tienen, venden los pocos muebles, toman un tren de Rosario a Buenos Aires y se instalan en un departamento minúsculo del barrio de Constitución, cerca de la estación de tren, con la esperanza de que la voz de la pequeña libertad, que ahora tiene 18 años cumplidos, pueda abrirles las puertas de la capital.

Buenos Aires, 1926. La ciudad más cosmopolita de América del Sur. 3 millones de habitantes. Inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos, sirios, que llenan las calles, los conventillos, los cafés, los teatros. Una ciudad en plena explosión cultural. El tango está en su apogeo. Los teatros del centro reciben a las grandes estrellas mundiales.

Los estudios de radio están naciendo en Belgrano y en Palermo. Y todo el mundo busca en esos años la próxima voz que va a cantar El alma de la nación. Libertad llega a esa Buenos Aires con 18 años y un terror profundo. Es una provinciana en una ciudad gigantesca. Su padre Gaudencio no consigue trabajo.

Su madre Josefa, sigue cociendo de noche. Los hermanos buscan empleos en fábricas, en talleres, en pensiones. Libertad camina cada mañana hasta el Teatro Nacional en la calle Corrientes, donde se ha enterado de que están buscando coristas para una nueva opereta. Se presenta a la audición, la aceptan inmediatamente, le pagan 5 pesos por función, pero Libertad quiere ser corista. toda su vida.

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