El turista que pierde el pasaporte de su jefe en la playa y debe hacerse pasar por él todo el fin de semana
Parte 1
Álvaro siempre había dicho que él no era una persona nerviosa, que simplemente tenía “una relación intensa con las consecuencias”. Era una frase que repetía mucho, sobre todo cuando se le caía el café encima de los informes, cuando llegaba tarde a una reunión porque el Metro “había decidido hacer performance contemporánea”, o cuando su jefe, don Ignacio Valcárcel, le miraba por encima de las gafas como si Álvaro fuese una errata con patas.
Don Ignacio Valcárcel no era exactamente un jefe. Era más bien una institución con corbata. Director general de Valcárcel & Asociados, consultora de estrategia, innovación y palabras largas que nadie terminaba de entender del todo, don Ignacio caminaba como si el suelo le debiera dinero. Tenía el pelo perfectamente peinado incluso con viento, una voz grave que convertía cualquier frase en una sentencia, y la costumbre de llamar “joven” a cualquier persona menor de cincuenta y cinco años.
Álvaro, que tenía treinta y uno y trabajaba como asistente de dirección, llevaba dos años sobreviviendo a su lado con una mezcla de Excel, cafeína y fe.
El viaje a Cádiz había empezado como una idea aparentemente inocente: un fin de semana de convivencia empresarial para cerrar un acuerdo con unos inversores franceses. “Retiro corporativo”, lo había llamado Recursos Humanos. “Excusa para trabajar en chanclas”, lo había llamado Sergio, el de marketing. Don Ignacio lo había definido como “una oportunidad para fortalecer vínculos profesionales en un entorno distendido”, frase que a Álvaro le sonó exactamente igual que “vas a estar pendiente del móvil todo el sábado”.
El hotel estaba frente a la playa de la Victoria, blanco, luminoso, con palmeras que parecían puestas ahí por un diseñador que había visto demasiados anuncios de colonias. Desde la terraza se veía el mar extendido como una sábana azul, la arena llena de turistas, sombrillas, niños con cubos, señoras con abanico, jubilados que analizaban el tiempo como si fuesen meteorólogos de guerra, y un chiringuito donde alguien estaba friendo pescado con una intensidad que podía levantar a un muerto.
Álvaro llegó cargado con tres maletas, dos portátiles, una carpeta de documentos, una bolsa con cables, otra bolsa con regalos corporativos y la chaqueta de lino de don Ignacio, que el propio don Ignacio le había entregado en la estación con la naturalidad de quien entrega un bebé.
—Joven, cuidado con esta chaqueta —le dijo—. Es italiana.
—Sí, don Ignacio.
—Y con los documentos.
—Por supuesto.
—Y con mi pasaporte.
Álvaro parpadeó.
—¿Su pasaporte?
Don Ignacio sacó del bolsillo interior de la chaqueta una funda de piel marrón, elegante y probablemente más cara que el sofá de Álvaro.
—Lo necesito para el lunes. Vuelo directo a Zúrich a primera hora. Pero durante el fin de semana prefiero que lo guardes tú con el resto de documentación. Así no tengo que preocuparme.
Álvaro recibió la funda como si le estuvieran confiando las Tablas de la Ley.
—Claro. Sin problema.
—No lo pierdas.
—No lo voy a perder.
Don Ignacio le miró fijamente.
—Álvaro.
—¿Sí?
—Cuando alguien responde tan rápido, suele ser porque no ha entendido el peso de lo que sostiene.
Álvaro bajó la vista hacia el pasaporte.
—Entendido el peso. Mucho peso. Casi me estoy hundiendo.

—No hagas bromas con asuntos serios.
—No. Perdón.
Sergio, que iba detrás arrastrando una maleta de ruedas que sonaba como un carrito de supermercado poseído, se inclinó hacia Álvaro y susurró:
—Te ha dado el Horrocrux.
—Cállate.
—Si lo pierdes, se divide su alma y aparece en LinkedIn recomendando liderazgo consciente.
—Que te calles, Sergio.
En recepción, el caos fue el habitual de un grupo de empresa pretendiendo parecer organizado. Marta, de operaciones, discutía con la recepcionista porque le habían dado una habitación con vistas al aparcamiento en vez de al mar. Lucía, de finanzas, preguntaba si el desayuno incluía bebida vegetal. Sergio intentaba ligar con una turista holandesa usando un inglés que parecía ensamblado con piezas de IKEA. Don Ignacio, mientras tanto, permanecía inmóvil en medio del vestíbulo, impecable, sereno, como si todo a su alrededor fuese una representación teatral escrita por gente inferior.
Álvaro se ocupó de los check-ins, repartió llaves, coordinó horarios y guardó los documentos en su mochila. Allí metió la carpeta de contratos, los tickets de taxi, las tarjetas de acceso a la sala de reuniones y la funda con el pasaporte. Lo cerró todo con una cremallera y, para asegurarse, dio dos golpecitos a la mochila como si estuviera bendiciéndola.
—¿Todo controlado? —preguntó don Ignacio.
—Todo controlado.
—Eso me inquieta.
El primer problema llegó una hora después, cuando Recursos Humanos anunció que, antes de la cena de bienvenida, habría “una actividad informal de integración en la playa”.
Álvaro odiaba las palabras actividad, informal e integración por separado, pero juntas le parecían una amenaza directa. La actividad consistía en hacer equipos para construir, en la arena, “una representación simbólica de la visión de la empresa”. Sergio propuso hacer un castillo con un cartel que dijera “facturación”. Marta quería una brújula. Lucía sugirió una tabla de Excel en relieve. Don Ignacio, que al principio había dicho que observaría desde una tumbona, acabó dirigiendo la construcción de una especie de pirámide empresarial con conchas, como si estuviera levantando un imperio fenicio.
—Álvaro, pásame esa pala.
—¿Esta?
—La azul no, la verde. La azul es infantil.
—Don Ignacio, todas son de plástico y tienen un dibujo de un pulpo.
—La verde.
Álvaro dejó su mochila junto a una tumbona, debajo de una toalla del hotel, y se metió en la arena con los demás. Hacía calor, el sol bajaba despacio, el aire olía a sal, crema solar y calamares. Durante unos minutos incluso se permitió relajarse. Reía con Sergio, que había escrito “sinergia” con algas. Contestaba a Marta, que defendía que la pirámide no tenía base estratégica. Escuchaba a don Ignacio explicar que el castillo debía tener “proyección vertical” y “coherencia interna”, mientras un niño de seis años lo miraba con una mezcla de confusión y lástima.
Luego apareció el vendedor de pulseras.
Era un hombre simpático, de sonrisa enorme, que caminaba entre las tumbonas ofreciendo pulseras, gafas de sol, pañuelos y, por algún misterio de la economía informal, cargadores de móvil.
—Amigo, pulserita buena, precio especial, para jefe, para novia, para suegra si la quieres contenta.
Sergio compró una pulsera roja porque dijo que le daba “vibras de verano ejecutivo”. Marta compró unas gafas aunque ya llevaba gafas. Álvaro, distraído, se acercó a su tumbona para buscar monedas en la mochila.
Ahí estaba el error. El pequeño, absurdo, cotidiano error. Abrió la mochila. Sacó la cartera. La dejó sobre la toalla. Pagó dos euros por una pulsera que no quería. Al vendedor se le cayó una bolsa. Álvaro le ayudó a recoger unas gafas. Sergio le gritó desde la arena que don Ignacio estaba exigiendo un foso. Álvaro cerró la mochila deprisa, cogió la cartera, la pulsera, la toalla, y volvió corriendo hacia el grupo.
No notó que la funda marrón del pasaporte, al sacar la cartera, se había deslizado hacia un lado. No notó que quedaba medio escondida bajo el borde de la toalla. No notó que una racha de viento levantó la tela, arrastró un poco de arena y empujó la funda hacia el suelo, donde quedó junto a las chanclas de un turista alemán que dormía boca abajo.
No notó nada.
Una hora después, cuando la actividad terminó y la pirámide empresarial se derrumbó porque un perro decidió que la “visión estratégica” era un sitio ideal para escarbar, el grupo subió al hotel entre risas, quejas y arena en lugares donde la arena no debería negociar su presencia.
Álvaro se duchó rápido, se puso una camisa limpia y bajó al vestíbulo para preparar la cena. Tenía la sensación agradable de quien, contra todo pronóstico, ha sobrevivido a una actividad corporativa al aire libre. Hasta que recibió un mensaje de don Ignacio.
“Trae mi pasaporte a la recepción. Necesito confirmar datos del vuelo del lunes.”
Álvaro leyó el mensaje una vez. Luego otra. Luego una tercera, como si el texto pudiera cambiar por compasión.
Subió a su habitación. Abrió la mochila. Sacó la carpeta. Los contratos estaban allí. Los tickets estaban allí. Las tarjetas estaban allí. Los cables estaban allí. Incluso había una concha, sin explicación. Pero la funda marrón no estaba.
Al principio no se asustó. El cerebro, en los primeros segundos de tragedia, es muy buena persona.
—Estará en otro bolsillo —murmuró.
Abrió el bolsillo pequeño. Pañuelos. Un bolígrafo. Un recibo de una empanada. Nada.
Abrió el bolsillo lateral. Cargador. Chicles. Nada.
Vació la mochila entera sobre la cama. La cama quedó cubierta de papeles, camisetas, arena, cables, una manzana golpeada y una tarjeta del hotel, pero no apareció el pasaporte.
Entonces sí. Entonces el corazón de Álvaro dejó de ser un órgano y se convirtió en un tambor de Semana Santa.
—No, no, no, no, no.
Miró debajo de la cama. Dentro de la maleta. En el baño. En la papelera. En el minibar, por si el pánico tenía sentido del humor. Nada.
Volvió a la mochila, como hacen todos los seres humanos cuando han perdido algo importante: buscar exactamente en el mismo sitio esperando que la realidad se arrepienta.
Nada.
El móvil vibró.
Don Ignacio.
Álvaro contempló la pantalla como se contempla una sentencia.
—Diga, don Ignacio.
—Álvaro, estoy en recepción.

—Sí, sí, ya voy.
—¿Tienes mi pasaporte?
Álvaro tragó saliva.
—Estoy… verificando una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una cosa logística.
—¿Logística?
—Sí. De documentos.
Silencio al otro lado. Un silencio caro, de despacho con madera noble.
—Álvaro.
—Sí.
—Baja.
—Ahora mismo.
Colgó. Se miró al espejo. Tenía la cara de un hombre que acaba de escuchar cómo su carrera profesional se mete en una trituradora. Salió de la habitación, bajó por las escaleras porque esperar al ascensor le parecía una tortura lenta, y llegó al vestíbulo con una sonrisa tan falsa que casi le crujían las mejillas.
Don Ignacio estaba junto al mostrador, hablando con la recepcionista. Llevaba una camisa blanca impecable y un reloj que probablemente podía pagar la universidad de tres niños. Al ver a Álvaro, alargó la mano.
—El pasaporte.
Álvaro sintió que la palabra pasaporte tenía demasiadas sílabas.
—Don Ignacio, hay una pequeña situación.
—Define pequeña.
—Pequeña en tamaño, no necesariamente en impacto.
—Álvaro.
La recepcionista miraba alternativamente a uno y otro, con esa expresión profesional de quien quiere escuchar el drama pero recuerda que está trabajando.
Álvaro bajó la voz.
—Creo que quizá, hipotéticamente, podría haberse quedado en la playa.
Don Ignacio no se movió. No pestañeó. Ni siquiera respiró de forma visible.
—¿Mi pasaporte?
—La funda.
—¿La funda con qué dentro?
—Con… con su pasaporte.
—¿En la playa?
—No exactamente en la playa como concepto amplio, sino en una zona concreta de la playa, muy localizable, muy…
—¿Has perdido mi pasaporte en la arena?
Álvaro miró al suelo.
—La arena ha participado, sí.
Durante tres segundos nadie habló. Se oyó, desde el bar del hotel, una carcajada lejana. También el tintineo de una cucharilla. Cosas normales, cruelmente normales.
Don Ignacio se inclinó hacia él.
—Álvaro, tengo un vuelo a Zúrich el lunes a las siete de la mañana. Un acuerdo que cerrar. Una reunión con tres personas que no sonríen desde 1998. Y tú me estás diciendo que mi pasaporte está en algún lugar entre una sombrilla de rayas y un señor comiendo pipas.
—Voy a encontrarlo.
—Más te vale.
—Ahora mismo bajo.
—Yo voy contigo.
—No hace falta.
—Claro que hace falta.
Bajaron a la playa casi corriendo. Don Ignacio no corría; avanzaba con zancadas furiosas. Álvaro sí corría, tropezando con sus propios pensamientos. La playa ya estaba más tranquila. El sol se había escondido y quedaba una luz azulada, suave, engañosamente bonita. Algunas familias recogían, parejas paseaban, los camareros del chiringuito movían sillas. La zona de la actividad empresarial parecía un campo de batalla pequeño: restos de castillo, algas, conchas, un cartel torcido que todavía decía “visión”.
Álvaro fue directo a la tumbona donde había dejado la mochila. No estaba la toalla. No estaba el turista alemán. No estaba la funda.
—Aquí —dijo—. Estaba aquí.
Don Ignacio miró la arena.
—Fascinante. La arena no declara.
Álvaro se agachó y empezó a apartar arena con las manos.
—Puede estar enterrado.
—¿Mi pasaporte está enterrado?
—Es una posibilidad.
—¿Como un tesoro pirata?
—No ayudaría que lo llamáramos así.
Buscaron durante veinte minutos. Luego treinta. Preguntaron en el chiringuito, en el puesto de hamacas, a un socorrista que ya estaba recogiendo, a una señora que paseaba un perro con cara de ministro. Nadie había visto una funda marrón. El vendedor de pulseras había desaparecido. El turista alemán, también.
Don Ignacio estaba cada vez más pálido, pero no de miedo; de ira refinada.
—Álvaro, necesito que entiendas algo.
—Lo entiendo.
—No. Todavía respiras, así que no lo entiendes del todo.
En ese momento sonó el teléfono de don Ignacio. Miró la pantalla y su expresión cambió ligeramente.
—Es Dubois.
Álvaro reconoció el nombre. Claire Dubois, la inversora francesa principal. Elegante, aguda, implacable. Había llegado esa tarde y cenaría con ellos en una hora.
Don Ignacio contestó.
—Claire, buenas noches.
Álvaro no entendía francés, pero entendió el tono. Al principio cordial. Luego sorprendido. Luego tenso.
Don Ignacio tapó el móvil con la mano y miró a Álvaro.
—Quiere verme ahora en recepción con mi documentación. Han adelantado la revisión preliminar del acuerdo. Necesitan confirmar identidad para preparar el poder de firma del lunes.
Álvaro sintió que la playa se inclinaba.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Pero sin pasaporte…
—Exacto.
La palabra quedó colgando entre los dos como una gaviota con malas intenciones.
Don Ignacio volvió al teléfono, dijo algo en francés, colgó y cerró los ojos un instante.
—Escúchame bien. Si esta gente percibe desorden, incompetencia o cualquier cosa que huela a improvisación, el acuerdo se complica. Si el acuerdo se complica, Madrid se incendia. Si Madrid se incendia, Recursos Humanos hará una dinámica sobre resiliencia y yo acabaré en prisión moral.
—¿Qué hacemos?
Don Ignacio le miró. Álvaro vio pasar una idea por sus ojos. Una idea mala. Una idea de jefe desesperado.
—Tú tienes mis datos.
—¿Perdón?
—Has gestionado mis vuelos, mis reservas, mis documentos.
—Sí, pero…
—La revisión es informal. Solo necesitan entregar una copia y confirmar algunos datos. Yo no puedo presentarme sin pasaporte y decir que mi asistente lo ha perdido en la playa como si fuéramos dos personajes de una comedia barata.
—Técnicamente ya somos…
—No termines esa frase.
Álvaro dio un paso atrás.
—Don Ignacio, no estará sugiriendo que yo…
—Te pareces a mí lo suficiente.
Álvaro abrió mucho los ojos.
Don Ignacio tenía cincuenta y ocho años, pelo gris, mandíbula de estatua y presencia de notario imperial. Álvaro tenía treinta y uno, ojeras, barba de dos días y la energía general de un becario que ha dormido mal.

—Don Ignacio, con todos mis respetos, yo no me parezco a usted ni en la sombra.
—Con gafas, chaqueta y seguridad, la gente ve lo que espera ver.
—Yo no tengo su seguridad.
—Pues finge.
—No sé fingir ser usted.
—Llevas dos años imitándome por WhatsApp cuando respondes correos en mi nombre.
—Eso es diferente. Por escrito usted es más fácil. Básicamente pone “procedamos” y ya.
Don Ignacio se quitó las gafas, se las tendió y luego le puso encima la chaqueta italiana.
—Álvaro, durante diez minutos vas a ser Ignacio Valcárcel.
—¿Y usted quién va a ser?
—Un hombre decepcionado en la sombra.
—Ese papel le sale natural.
Don Ignacio le fulminó con la mirada.
Álvaro se puso la chaqueta. Le quedaba grande de hombros y estrecha de alma. Las gafas le cambiaban la cara, pero no lo suficiente como para convertirlo en un directivo. Más bien parecía un profesor suplente de economía que había olvidado el temario.
—No puedo hacer esto —dijo.
—Sí puedes.
—¿Y si me preguntan algo?
—Respondes poco. Hablas despacio. Miras como si tuvieras razón incluso cuando no.
—¿Así dirige usted la empresa?
—No estamos hablando de mí.
Subieron al hotel. Cada paso era una mala decisión con zapatos. En la recepción, Claire Dubois esperaba junto a un hombre joven con tablet y una carpeta. Claire llevaba un traje azul oscuro, el pelo recogido, una sonrisa educada y unos ojos que no perdían detalle. Al ver a Álvaro con la chaqueta de don Ignacio, inclinó la cabeza.
—Monsieur Valcárcel?
Álvaro sintió cómo su estómago intentaba dimitir.
Don Ignacio, escondido a unos metros detrás de una columna, le hizo un gesto mínimo: barbilla arriba.
Álvaro respiró hondo, dio un paso adelante y sonrió como pudo.
—Claire. Buenas noches.
Su voz sonó demasiado aguda. Tosió y repitió, más grave:
—Buenas noches.
Claire le miró un segundo de más.
—¿Está usted bien?
—Perfectamente. Es… la humedad gaditana. Te abraza por dentro.
El hombre de la tablet levantó la vista.
—Necesitamos confirmar algunos datos básicos para el documento preliminar.
—Naturalmente.
—Nombre completo.
Álvaro tragó saliva.
—Ignacio Valcárcel… de la Torre.
Claire sonrió.
—Muy bien.
—Lo tengo bastante memorizado.
Silencio.
Álvaro quiso morderse la lengua.
El hombre siguió.
—Fecha de nacimiento.
Álvaro la sabía. Claro que la sabía. Había reservado vuelos, seguros, hoteles. Pero cuando el pánico entra en una habitación, se lleva los muebles de la memoria.
Miró de reojo. Don Ignacio, desde la columna, movió los labios sin emitir sonido.
Álvaro intentó leerlos.
¿Veintidós? ¿Ventilador? ¿Valladolid?
—Veintidós de abril de mil novecientos sesenta y siete —dijo al fin.
Don Ignacio cerró los ojos aliviado.
—Perfecto —dijo el hombre.
Claire le observaba.
—Le noto diferente, monsieur.
Álvaro soltó una risita.
—El mar cambia a un hombre.
—¿En dos horas?
—Cádiz es potente.
Claire ladeó la cabeza, divertida o sospechosa, era difícil saberlo.
—Mañana tendremos una reunión privada a las diez. Usted y yo. Para hablar del punto de exclusividad.
Álvaro dejó de respirar.
—¿Mañana?
—Sí. ¿Algún problema?
Don Ignacio, desde la columna, negó con fuerza.
Álvaro sonrió.
—Ninguno. Me encanta la exclusividad. En general. Como concepto.
El hombre de la tablet pidió una firma provisional. Álvaro agarró el bolígrafo. No podía firmar como Ignacio Valcárcel. Era absurdo. Era imposible. Era, seguramente, ilegal. Miró a don Ignacio. Don Ignacio hizo un gesto de “no firmes” tan discreto que parecía que le estaba dando un tic.
—Ah —dijo Álvaro—. Prefiero revisar el documento en mi habitación antes de firmar. Ya sabe, costumbre.
Claire asintió.
—Por supuesto. Se lo enviaremos por correo.
—Procedamos así —añadió Álvaro.
Don Ignacio, detrás de la columna, pareció aprobar el uso de su palabra favorita.
Cuando Claire se marchó, Álvaro caminó hacia la columna con las piernas blandas.
—He envejecido seis años —susurró.
—No exageres —dijo don Ignacio.
—Creo que me ha salido una hipoteca.
—Lo has hecho aceptablemente mal.
—¿Mañana tengo una reunión privada con Claire Dubois?
—La tenemos.
—No. La tengo yo, vestido de usted, hablando de exclusividad, que no sé si es un punto contractual o una aplicación de citas seria.
Don Ignacio miró hacia la puerta del hotel, como si el pasaporte pudiera entrar andando por educación.
—Primero encontramos mi pasaporte. Luego resolvemos lo demás.
Pero en ese momento el móvil de Álvaro vibró. Era un mensaje de Sergio.
“Bro, ¿por qué Claire Dubois acaba de llamar a ti Don Ignacio?”
Álvaro levantó la mirada.
A cinco metros, Sergio estaba junto al bar, con una cerveza en la mano, una pulsera roja en la muñeca y una sonrisa de hombre que acaba de descubrir petróleo.
—Tenemos otro problema —dijo Álvaro.
Don Ignacio suspiró.
—Por supuesto que sí.
Parte 2
Sergio no era mala persona. Ese era precisamente el problema. Si hubiera sido mala persona, Álvaro habría sabido qué esperar: chantaje, amenaza, una sonrisa torcida con música de villano. Pero Sergio era peor en situaciones delicadas: era curioso. Y un curioso con una cerveza en la mano es una amenaza para cualquier estructura de mentiras improvisadas.
—A ver —dijo Sergio, acercándose a ellos con la calma exagerada de quien ya ha decidido disfrutar—. Yo no quiero meterme donde no me llaman.
—Perfecto —contestó Álvaro—. No te metas.
—Pero cuando veo a mi compañero Álvaro, al que conozco desde que lloró con un vídeo de un perro reencontrándose con su dueño…
—Era emotivo.
—…haciéndose pasar por don Ignacio delante de una inversora francesa, pues claro, me surgen inquietudes profesionales.
Don Ignacio se colocó delante de Sergio con la autoridad de un semáforo en rojo.
—Sergio, lo que has visto forma parte de una estrategia.
—¿Una estrategia?
—Sí.
—¿De comunicación?
—De contingencia.
Sergio miró a Álvaro.
—Eso significa que la habéis liado.
—No exactamente —dijo Álvaro.
—Álvaro, tienes puesta la chaqueta del jefe y cara de haber tragado arena. La habéis liado.
Don Ignacio bajó la voz.
—Mi pasaporte ha desaparecido temporalmente.
Sergio abrió la boca despacio.
—Madre mía.
—No dramatices.
—No dramatizo. Estoy calibrando el tamaño del incendio.
—Sergio —dijo Álvaro—, necesitamos discreción.
Sergio bebió un sorbo de cerveza y se quedó pensativo.
—Vale. Yo soy discreto.
Álvaro le miró.
—El mes pasado contaste en la cocina que Marta iba a dejar el departamento antes de que Marta lo supiera.
—Fue un fallo de timing.
—Y dijiste que el nuevo cliente parecía un vampiro triste.
—Eso fue una observación estética.
Don Ignacio intervino con voz grave.
—Sergio, si este asunto se extiende, podría comprometer una operación importante.
Sergio enderezó la espalda. Le encantaba que algo sonara importante.
—Entiendo. Operación Pasaporte.
—No le pongas nombre —dijo Álvaro.
—Todo plan necesita nombre.
—No hay plan.
—Eso es lo que diría un plan muy malo.
Don Ignacio respiró hondo, de esa manera suya que hacía sentir culpable al oxígeno.
—Necesitamos localizar la funda antes de mañana a las diez. Mientras tanto, Álvaro deberá cubrir una reunión puntual con la señora Dubois si fuera estrictamente necesario.
—O sea, tiene que ser usted.
—No lo digas tan alto.
Sergio se giró hacia Álvaro con una sonrisa.
—Te falta una cosa.
—¿El pasaporte?
—Aparte. Te falta presencia de jefe. Don Ignacio no camina como tú.
—¿Cómo camino yo?
—Como si estuvieras pidiendo perdón por ocupar espacio.
Don Ignacio asintió.
—Por una vez, Sergio tiene razón.
—Gracias, jefe.
—No te acostumbres.
Los tres se sentaron en una esquina del bar del hotel, en una mesa medio escondida detrás de una planta artificial enorme que parecía sacada de un ambulatorio con aspiraciones tropicales. El camarero les preguntó qué querían. Don Ignacio pidió agua con gas. Sergio pidió otra cerveza. Álvaro pidió tila.
—¿Tila? —dijo Sergio—. Estamos en una crisis internacional y pides tila.
—Precisamente.
Don Ignacio extendió una servilleta y empezó a organizar el plan con un bolígrafo. Era incapaz de vivir sin convertir el desastre en organigrama.
—Repasemos. Última vez que viste la funda.
—En la playa —dijo Álvaro—. Al sacar la cartera.
—Testigos.
—El vendedor de pulseras, quizá el turista alemán, la señora del perro, el socorrista.
—Motivo probable de desaparición.
—Viento, despiste, hurto accidental, hurto no accidental, intervención divina, castigo kármico.
Sergio levantó un dedo.
—También cabe que una gaviota la haya cogido.
Don Ignacio le miró.
—¿Una gaviota?
—En Cádiz las gaviotas tienen actitud de funcionarios con hambre. No descartes nada.
Álvaro apoyó la frente en las manos.
—No puedo creer que mi vida dependa de entrevistar gaviotas.
—Tu vida no —dijo don Ignacio—. Tu empleo.
—Gracias. Mucho mejor.
Acordaron dividirse. Sergio volvería al chiringuito y preguntaría por el vendedor de pulseras. Don Ignacio hablaría con recepción para revisar si alguien había entregado la funda como objeto perdido, sin revelar demasiado. Álvaro, por su parte, debía ir a su habitación, estudiar todo lo posible sobre don Ignacio y prepararse para el peor escenario: la reunión con Claire Dubois.
—¿Qué tengo que saber? —preguntó Álvaro.
—Todo —dijo don Ignacio.
—Don Ignacio, tengo diez horas y sueño atrasado desde 2019.
—Empieza por lo esencial. Mi tono, mi forma de responder, mi postura.
Sergio se levantó y dio una palmada.
—Yo puedo entrenarlo.
—No —dijeron don Ignacio y Álvaro a la vez.
—Que sí, hombre. Hacemos un roleplay.
—Recursos Humanos ha hecho mucho daño —murmuró Álvaro.
Don Ignacio ignoró la frase y se inclinó hacia él.
—Habla poco. Nunca llenes un silencio. Quien llena un silencio pierde poder.
—Yo lleno silencios por ansiedad.
—Pues conviértela en misterio.
—Eso no se enseña en la universidad.
—Por eso trabajas para mí.
Álvaro subió a su habitación con la chaqueta italiana doblada sobre el brazo y una carpeta de información que don Ignacio le había entregado como si fuera un manual de identidad secreta. En la primera página había datos personales, cargos, nombres de socios, reuniones clave. En la segunda, apuntes sobre Claire Dubois: “Inteligente. Directa. No tolera vaguedades. Le interesa la cláusula de exclusividad territorial. Evitar bromas.” Álvaro se quedó mirando esas dos últimas palabras con tristeza. Evitar bromas era como decirle a un pez que evitara el agua.
A las once de la noche, Sergio llamó a la puerta.
—Entrenamiento.
—No.
Sergio entró igual, con una bolsa de patatas y una libreta.
—He localizado al camarero del chiringuito. Dice que el vendedor de pulseras se llama Nando o Rando, no está seguro porque había ruido y porque él tampoco escucha mucho si no le pagan.
—¿Y la funda?
—Nada. Pero mañana por la mañana vuelve a pasar por la playa.
—Genial. Solo tengo que sobrevivir hasta entonces.
Sergio se sentó en la cama.
—A ver tu Ignacio.
Álvaro se puso las gafas, la chaqueta, enderezó la espalda y dijo con voz grave:
—Procedamos.
Sergio frunció el ceño.
—Parece que estás estreñido en una biblioteca.
—Gracias.
—Don Ignacio no fuerza la voz tanto. Habla como si ya estuviera decepcionado antes de que tú abras la boca.
Álvaro probó de nuevo.
—Procedamos.
—Mejor. Ahora mira con desprecio suave.
—¿Desprecio suave?
—Sí, como cuando el camarero te dice que no queda tortilla.
Álvaro miró.
—Eso es tristeza.
—Vale, mezcla tristeza con Hacienda.
Pasaron media hora ensayando. Sergio hacía de Claire Dubois con un acento francés ofensivamente malo.
—Monsieur Valcárcel, ¿qué opina usted de la exclusivité territoriale?
—Considero que debemos abordarlo con prudencia estratégica.
—Muy bien. ¿Y qué cenó usted ayer?
—Lubina.
—Don Ignacio cenó solomillo.
—¿Eso importa?
—Todo importa cuando eres un impostor de fin de semana.
Álvaro se dejó caer en una silla.
—Esto es una locura.
Sergio se encogió de hombros.
—También fue una locura cuando dijiste que sabías usar SAP y mírate, dos años después sigues aquí.
—No sé usar SAP.
—Exacto. La mentira bien sostenida crea carrera.
A medianoche, don Ignacio apareció en la habitación sin llamar, cosa que Álvaro habría considerado invasiva si no estuvieran ya compartiendo delito emocional.
—Recepción no tiene nada —dijo—. He hablado con la policía local. Sin detalles. Mañana podemos presentar denuncia, pero eso genera documentación, llamadas, retrasos y preguntas.
—¿No sería lo correcto? —preguntó Álvaro.
Don Ignacio le miró.
—Lo correcto sería no haber perdido mi pasaporte en la playa.
—Touché.
—Claire ha confirmado la reunión de mañana a las diez. Será en la terraza privada del hotel. Media hora. Solo tú y ella.
Álvaro se levantó tan rápido que casi tiró la silla.
—No. No, no. Media hora no. Diez minutos era una cosa. Media hora es una serie limitada.
—Yo estaré cerca —dijo don Ignacio—. Con auricular.
Sergio abrió mucho los ojos.
—¿Tenemos auriculares?
—Tengo manos libres.
—Esto mejora por momentos.
Don Ignacio sacó de su bolsillo un pequeño auricular inalámbrico.
—Te lo colocarás discretamente. Yo escucharé desde una mesa próxima y te indicaré respuestas.
Álvaro cogió el auricular como si fuera una bomba.
—¿Y si se corta?
—No se cortará.
—Se corta todo. El WiFi del hotel se corta mirando Instagram. Ayer se cortó el agua caliente porque alguien en la planta cuatro se duchó con entusiasmo.
—No seas fatalista.
—Soy realista con historial.
Don Ignacio apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—Álvaro, escucha. No me gusta esto más que a ti. Pero si mañana a las diez encontramos el pasaporte, todo esto habrá sido una anécdota incómoda. Si no lo encontramos, necesitamos ganar tiempo hasta el lunes, preparar una solución consular y evitar que Claire se alarme.
—¿Y si descubre que no soy usted?
Don Ignacio tardó medio segundo en responder. Ese medio segundo fue devastador.
—Entonces improvisaremos.
—Eso significa que no hay plan.
—Hay un plan incompleto.
Sergio levantó su bolsa de patatas.
—Operación Pasaporte, fase dos: teatro corporativo.
Nadie rió, salvo Sergio, un poco, porque tenía sentido del espectáculo.
La mañana llegó demasiado pronto. Álvaro durmió tres horas, soñó que unas gaviotas vestidas de traje le pedían la fecha de nacimiento de don Ignacio, y se despertó con el auricular pegado a la mejilla. Se duchó, se afeitó con tanto cuidado que parecía estar desactivando un explosivo y se puso una camisa blanca, la chaqueta italiana y las gafas. Al mirarse al espejo, vio una versión suya que no le gustaba nada: más seria, más rígida, más culpable.
—Buenos días, Ignacio —se dijo.
Sonó el móvil. Mensaje de Sergio.
“Estoy en la playa. He visto tres vendedores de pulseras, dos señores alemanes y una gaviota sospechosa. Seguimos.”
Álvaro bajó a desayunar. Don Ignacio le esperaba en una mesa del fondo, leyendo el periódico en el móvil con cara de que las noticias eran personalmente decepcionantes.
—Siéntate.
—No puedo comer.
—Come.
—Voy a vomitar.
—Entonces come poco.
Álvaro cogió una tostada con tomate. La miró como si perteneciera a otra vida.
—Recuerda —dijo don Ignacio—. Claire buscará consistencia. No intentes impresionarla.
—Eso se me da bien.
—Responde con frases cortas. Si pregunta detalles técnicos, deriva hacia revisión jurídica.
—¿Y si pregunta algo personal?
—No preguntará.
—Ayer me preguntó si estaba bien.
—Eso no era personal. Era sospecha.
Álvaro tragó un bocado de tostada que se convirtió en cemento.
A las nueve y cincuenta, subieron a la terraza privada. Era un espacio precioso, con vistas al mar, mesas bajas, sillones de mimbre y plantas en macetas grandes. El tipo de lugar donde la gente rica decía cosas como “abramos un cava” a las diez de la mañana sin sentir culpa.
Claire Dubois ya estaba allí. Llevaba gafas de sol, un vestido claro y una carpeta azul. Sonrió al ver a Álvaro.
—Buenos días, monsieur Valcárcel.
Álvaro sintió el auricular en su oído. La voz de don Ignacio, escondido dos mesas más allá detrás de un periódico, susurró:
—Sereno.
Álvaro sonrió.
—Buenos días, Claire. Espero que haya descansado.
—Bastante bien. Aunque Cádiz es ruidosa.
—Cádiz no ronca, celebra —dijo Álvaro.
Silencio.
En el auricular, don Ignacio susurró:
—No bromas.
Claire, sin embargo, sonrió un poco.
—Eso parece.
Se sentaron. Un camarero trajo café. Álvaro intentó coger la taza con naturalidad, pero la mano le tembló lo justo para que la cucharilla tintineara.
—¿Café solo? —preguntó Claire.
—Sí.
En el auricular:
—Yo tomo solo.
—Siempre solo —añadió Álvaro, demasiado solemne.
Claire abrió la carpeta.
—Me gustaría hablar sin demasiada formalidad. Ayer le noté… distinto.
Álvaro notó cómo el sudor le nacía en lugares nuevos.
—El viaje.
—¿El viaje?
—Cansa. Aunque uno esté acostumbrado.
Don Ignacio susurró:
—Bien.
Claire cruzó las piernas.
—Llevo años negociando con directivos. Normalmente, cuando alguien se vuelve diferente de repente, hay una razón.
Álvaro miró al mar. En la playa, a lo lejos, vio a Sergio moviéndose entre sombrillas como un detective con resaca.
—Todos tenemos razones —dijo, intentando sonar profundo.
En el auricular:
—Demasiado filosófico.
Claire apoyó los codos sobre la mesa.
—La nuestra es sencilla. Queremos exclusividad en el sur de Europa durante dieciocho meses. Ustedes quieren limitarla a nueve. Yo quiero saber hasta dónde está dispuesto a moverse.
Don Ignacio susurró de inmediato:
—Doce meses con revisión trimestral condicionada a volumen mínimo.
Álvaro abrió la boca.
—Doce meses con revisión…
En ese momento el auricular pitó.
—…con revisión…
Otro pitido. La voz de don Ignacio se cortó.
Álvaro dejó la frase en el aire como un jamón mal colgado.
Claire arqueó una ceja.
—¿Con revisión?
Álvaro golpeó disimuladamente el auricular con un dedo.
Nada.
—Con revisión… sensata.
Claire se quedó quieta.
—¿Sensata?
—Sí. De las que revisan bien.
Desde la mesa de don Ignacio, hubo un sonido leve, quizá una tos, quizá un alma abandonando un cuerpo.
Claire cerró la carpeta despacio.
—Monsieur Valcárcel, voy a ser franca. Algo no encaja.
Álvaro sintió que el mundo se estrechaba.
—¿A qué se refiere?
—A usted.
El camarero pasó junto a ellos y dejó una jarrita de leche. Álvaro quiso esconderse dentro.
Claire se quitó las gafas de sol.
—Ayer hablé con Ignacio Valcárcel por videollamada. Usted tiene su voz, más o menos. Sus gafas. Su ropa. Pero no tiene sus ojos.
Álvaro se quedó helado.
—Mis ojos…
—Sus ojos parecen los de alguien que está intentando aprobar un examen oral sin haber abierto el libro.
En ese momento, desde la playa, llegó un grito lejano.
—¡ÁLVARO!
Era Sergio.
Álvaro giró la cabeza por instinto. Error absoluto. Claire lo vio. Don Ignacio lo vio. Quizá lo vio hasta la gaviota.
Sergio subía corriendo desde el paseo marítimo, agitando algo en la mano. Álvaro no distinguía qué era. Solo veía a su compañero atravesando la terraza con la elegancia de un ñu, esquivando mesas, camareros y una señora que casi perdió el zumo.
—¡Lo tengo! —gritó Sergio.
Claire miró a Álvaro.
—¿Álvaro?
Álvaro se levantó tan rápido que tiró la servilleta.
—Es una expresión española.
—¿Álvaro?
—Muy local.
Sergio llegó jadeando, con la cara roja y los pelos revueltos.
—Lo tengo, tío. Lo tenía un niño alemán. Bueno, no niño, chaval. O sobrino. No sé. Su madre pensaba que era una cartera vintage. He tenido que negociar con dos helados y una pulsera.
Entonces extendió la mano.
No era la funda marrón.
Era una funda marrón, sí, pero de gafas.
Álvaro la miró. Don Ignacio, desde la mesa, también. Claire los observó a todos con una calma peligrosa.
Sergio bajó la vista.
—Ah.
Álvaro cerró los ojos.
—Sergio.
—En mi defensa, desde lejos era muy pasaporte.
Claire se puso de pie.
—Creo que alguien debería explicarme qué está pasando.
Don Ignacio apareció entonces detrás de Sergio, pálido, serio, sin chaqueta, sin gafas, sin ninguna posibilidad de fingir que aquello era normal.
Claire le miró. Luego miró a Álvaro. Luego a don Ignacio otra vez.
—Interesante —dijo.
Álvaro pensó que la palabra “interesante” jamás había sonado tanto a guillotina.
Parte 3
Durante unos segundos, la terraza entera pareció quedarse suspendida en el aire. No porque todos los huéspedes estuvieran mirando, aunque algunos sí lo hacían con esa discreción española que consiste en girar solo medio cuerpo pero escuchar con todo el espíritu. Tampoco porque el camarero se hubiera detenido con una bandeja de cafés a medio camino. Era más bien porque la realidad, cansada de tanto teatro, había decidido entrar por la puerta principal, pedir una consumición y sentarse en la mesa.
Claire Dubois miraba a don Ignacio sin pestañear.
—Entonces usted es Ignacio Valcárcel.
Don Ignacio se ajustó los puños de la camisa, aunque no llevaba gemelos, quizá porque necesitaba hacer algo con las manos antes de que esas mismas manos buscaran el cuello de Álvaro.
—Claire, puedo explicarlo.
—Estoy segura.
—Ha habido un contratiempo menor.
Claire miró a Álvaro, luego a Sergio, luego a la funda de gafas.
—Menor.
Sergio levantó un dedo.
—Yo no soy parte conceptual de esto.
—Sergio —dijo Álvaro—, cállate.
—Me callo.
Don Ignacio respiró hondo.
—Mi pasaporte se ha extraviado temporalmente.
Claire abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Extraviado temporalmente?
—Correcto.
—¿Y su solución fue enviar a su asistente a hacerse pasar por usted?
Don Ignacio tardó una fracción de segundo en contestar. Esa fracción volvió a ser devastadora.
—No fue nuestra primera opción.
Claire soltó una risa breve. No era una carcajada, pero bastó para que Álvaro sintiera que, de alguna manera, seguía vivo.
—Debo admitir que he visto muchas cosas en negociaciones. Gente que oculta cifras, gente que inventa proyecciones, gente que finge no hablar inglés para ganar tiempo. Pero esto… esto es nuevo.
Álvaro levantó la mano, como en el colegio.
—Para que conste, yo estaba en contra.
Don Ignacio le miró.
—Tú perdiste el pasaporte.
—Sí, pero con remordimiento.
Claire se sentó otra vez, inesperadamente tranquila.
—Quiero la historia completa.
Don Ignacio se quedó rígido.
—Claire, no creo que sea necesario…
—Monsieur Valcárcel, hace diez minutos estaba negociando exclusividad con un hombre que no era usted, vestido como usted, hablando como usted y diciendo “revisión sensata”. Creo que me he ganado la versión completa.
Sergio se sentó sin invitación.
—La historia empieza con una pulsera.
—Sergio —repitieron Álvaro y don Ignacio.
—Vale, vale.
Pero Claire ya había apoyado la barbilla en una mano, interesada.
—No, por favor. Continúe.
Sergio miró a don Ignacio como pidiendo permiso. Don Ignacio no se lo dio. Sergio interpretó el silencio como una aprobación creativa.
—Ayer, en una actividad corporativa en la playa, que ya de por sí es una frase peligrosa, construimos una pirámide de arena para representar la visión empresarial.
Claire parpadeó.
—¿Una pirámide?
—Con foso —dijo Álvaro.
—Sin foso estratégico —corrigió don Ignacio.
—El caso —continuó Sergio— es que Álvaro tenía el pasaporte del jefe en la mochila. Apareció un vendedor de pulseras, hubo viento, arena, caos, una señora con perro, y el pasaporte hizo lo que hacen muchos empleados: desaparecer en cuanto pudo.
Claire empezó a reírse de verdad. Don Ignacio parecía sufrir cada sonido.
—Después —dijo Álvaro, resignado—, intentamos buscarlo.
—Sin éxito —añadió Sergio.
—Eso se deduce.
—Y como usted necesitaba verificar identidad —dijo don Ignacio—, tomamos una decisión precipitada.
Claire le miró con una sonrisa fina.
—Precipitada es una palabra elegante.
—Soy un hombre elegante.
—Hoy menos.
Sergio soltó un “uff” bajito que pretendía ser invisible. No lo fue.
Claire cerró su carpeta.
—Bien. Esto cambia las cosas.
Álvaro sintió un pinchazo en el estómago.
—¿Se cae el acuerdo?
—No necesariamente.
Don Ignacio se inclinó.
—Claire…
Ella alzó una mano.
—Profesionalmente, me preocupa que hayan intentado ocultar un problema logístico mediante teatro amateur. Personalmente, confieso que admiro cierto compromiso escénico.
Álvaro murmuró:
—Gracias, supongo.
—Pero necesito garantías. Si el pasaporte no aparece antes del lunes, ¿qué harán?
Don Ignacio recuperó parte de su tono habitual.
—Presentaremos denuncia formal, contactaremos con el consulado correspondiente, reorganizaremos el vuelo y enviaremos poderes notariales alternativos para la firma digital si fuese necesario.
Claire asintió.
—Eso suena razonable. ¿Por qué no empezaron por ahí?
Álvaro y Sergio miraron a don Ignacio.
Don Ignacio miró el mar.
—Porque a veces uno se aferra a la idea de que el orden todavía existe.
Claire suavizó un poco la expresión.
—Eso sí lo entiendo.
El momento casi se volvió humano, pero entonces el móvil de Sergio empezó a sonar con una canción de reguetón a volumen criminal. Sergio lo sacó del bolsillo, rojo de vergüenza.
—Perdón, perdón. Es Marta.
Contestó antes de que nadie pudiera detenerlo.
—¿Qué pasa?… Sí… ¿Qué?… ¿Cómo que la policía?… No, no estoy detenido… todavía.
Álvaro se tapó la cara.
Sergio colgó.
—Tenemos novedad.
Don Ignacio cerró los ojos.
—Dime que es buena.
—Define buena.
—Sergio.
—Marta dice que en el grupo de WhatsApp del retiro alguien ha mandado una foto.
—¿Qué foto? —preguntó Álvaro.
Sergio enseñó el móvil.
En la pantalla se veía a un hombre en bañador, con una riñonera fluorescente y gafas de sol, posando junto a una torre de castillos de arena. En una mano sostenía una funda marrón muy reconocible. El mensaje, escrito por alguien del departamento comercial, decía: “¿Esto es de alguien? Lo tiene un animador del chiringuito. Dice que si es importante, que pasemos antes de las 12 porque se va a una despedida.”
Álvaro sintió que el alma le volvía al cuerpo de golpe, aunque un poco despeinada.
—¡Es esa!
Don Ignacio cogió el móvil.
—¿Dónde está ese hombre?
—Chiringuito La Ballena Feliz.
Claire miró su reloj.
—Son las once y veinte.
Sergio se levantó.
—Tenemos cuarenta minutos antes de que un señor con riñonera se vaya a una despedida con el pasaporte del director general.
Álvaro asintió.
—España, en una frase.
Bajaron los cuatro hacia la playa. Sí, los cuatro. Claire insistió en acompañarlos, y don Ignacio no supo cómo negarse sin parecer todavía más culpable. La escena era absurda: un director general sin chaqueta caminando a paso militar, su asistente vestido como él, un empleado de marketing con una funda de gafas en la mano y una inversora francesa que parecía estar disfrutando demasiado de la excursión.
El paseo marítimo estaba lleno de vida. Familias saliendo del agua, camareros gritando comandas, turistas consultando mapas al revés, adolescentes con patinetes, señores mayores sentados en bancos evaluando la juventud con severidad. Cádiz estaba en su punto: soleada, ruidosa, luminosa y completamente indiferente a la crisis documental de una consultora madrileña.
—Allí —dijo Sergio, señalando el chiringuito.
La Ballena Feliz era un local de madera pintada de azul, con redes decorativas, carteles de pescaíto frito y una ballena sonriente que parecía saber demasiadas cosas. Junto a la entrada había un pequeño escenario donde por la noche, según un cartel, habría karaoke.
—Por favor, que no cante nadie —murmuró Álvaro.
Entraron. El camarero les miró.
—¿Mesa para cuatro?
Don Ignacio habló con urgencia.
—Buscamos a un hombre con riñonera fluorescente que tiene una funda marrón.
El camarero ni se inmutó.
—¿El Chus?
—No sé si se llama Chus.
—Si lleva riñonera fluorescente, es el Chus.
—Necesitamos hablar con él.
—Está detrás, preparando lo de la despedida.
Sergio se inclinó hacia Álvaro.
—El Chus. Nombre de jefe final.
Atravesaron el local hasta una zona trasera donde varias personas decoraban con globos una esquina. Allí estaba el hombre de la foto, en bañador, camiseta de tirantes, riñonera verde fosforita y sombrero de paja. Tenía la funda marrón apoyada sobre una mesa junto a un altavoz portátil y una caja de disfraces.
Álvaro casi lloró.
—¡La funda!
El Chus se giró.
—¿Es vuestra?
Don Ignacio dio un paso al frente.
—Sí. Es mía.
El Chus cogió la funda y la alzó.
—Pues menos mal, porque pensé que era de un mago. Como aquí se deja la gente de todo… chanclas, gafas, niños no, niños no se han dejado, pero ganas no faltan.
Don Ignacio extendió la mano.
—Gracias. Se lo agradezco enormemente.
El Chus retiró la funda un poco.
—Un momento. ¿Me puedes decir qué hay dentro?
Don Ignacio se quedó helado.
—Mi pasaporte.
—Vale. ¿Nombre?
—Ignacio Valcárcel de la Torre.
El Chus miró a Álvaro, que todavía llevaba la chaqueta.
—¿Y este por qué va vestido como tú?
Claire tosió para disimular la risa.
Álvaro habló rápido.
—Es una dinámica empresarial.
—Ah, de esas. Mi cuñado hizo una y volvió queriendo vender cursos.
Don Ignacio mantuvo la mano extendida.
—La funda, por favor.
El Chus la abrió. Sacó el pasaporte. Miró la foto. Miró a don Ignacio. Miró a Álvaro. Volvió a mirar la foto.
—Pues el de la foto se parece más al serio.
—Soy yo —dijo don Ignacio.
—Ya, ya. Pero el chaval lleva mejor la chaqueta.
Sergio se mordió el puño para no reírse.
Don Ignacio recuperó la funda al fin. La abrió, comprobó el pasaporte, lo tocó como si fuera una reliquia. Por primera vez desde la tarde anterior, sus hombros bajaron medio centímetro.
—Gracias —dijo, sincero.
El Chus sonrió.
—Nada, hombre. Lo encontré ayer junto a las hamacas. Lo guardé porque con estas cosas mejor no jugársela. Además, pensé: esto es de alguien con problemas de agenda.
—No se equivoca —dijo Claire.
Todo podría haber terminado ahí. Debería haber terminado ahí. Pero las historias no respetan los momentos adecuados; las historias tienen mala leche.
Cuando ya iban a salir, una mujer con una camiseta que decía “Novia Team” se acercó al Chus.
—¡Chus, que el novio quiere que empiece el juego de las imitaciones!
El Chus miró al grupo con brillo en los ojos.
—Anda, mira qué casualidad. Vosotros venís perfectos.
Don Ignacio retrocedió.
—No, no, nosotros no…
—Es un juego rápido. Hay que imitar a alguien del grupo. Este chaval ya viene imitando a usted, ¿no?
Álvaro levantó las manos.
—No exactamente.
Sergio, que jamás había sabido abandonar una escena a tiempo, sonrió.
—Bueno, lo hace bastante bien.
Don Ignacio le clavó la mirada.
—Sergio.
La mujer del “Novia Team” aplaudió.
—¡Que lo haga, que lo haga!
En cuestión de segundos, varias personas de la despedida se giraron hacia ellos. Había vasos, globos, risas, un novio con una banda que decía “último finde libre” y una señora mayor que parecía haber sido invitada por error pero estaba pasándolo mejor que nadie.
Claire se cruzó de brazos, encantada.
—Esto quiero verlo.
—Claire —dijo don Ignacio—, no es necesario.
—Para recuperar mi confianza, quizá sí.
Álvaro susurró:
—No me haga esto.
Don Ignacio, con el pasaporte ya seguro en la mano, parecía debatirse entre la dignidad y la negociación. Ganó la negociación.
—Treinta segundos —dijo.
El Chus empujó a Álvaro hacia el pequeño escenario del chiringuito. Sergio aplaudió como un traidor. Claire sonreía. Don Ignacio permanecía inmóvil, con cara de funeral administrativo.
Álvaro subió al escenario. Miró al público improvisado. Tragó saliva. Se colocó las gafas. Se estiró la chaqueta. Y entonces, quizá por agotamiento, quizá por desesperación, quizá porque ya no quedaba nada que perder salvo la vergüenza, hizo lo que llevaba ensayando toda la noche.
Miró a todos con decepción suave.
—Procedamos.
La despedida estalló en risas, sin saber exactamente por qué. Sergio se dobló. Claire se tapó la boca. Incluso el Chus soltó una carcajada.
Álvaro levantó una mano, imitando el gesto de don Ignacio cuando alguien decía “sinergia” demasiadas veces.
—Primero, quiero dejar claro que esta despedida presenta una estructura emocional interesante, aunque claramente mejorable en términos de eficiencia.
Más risas.
—Segundo, la riñonera fluorescente, aunque audaz, plantea dudas estratégicas.
El Chus gritó:
—¡Eso se llama estilo!
—No confundamos estilo con accidente textil.
La señora mayor aplaudió como si hubiera esperado esa frase toda su vida.
Álvaro miró a don Ignacio, que intentaba no reaccionar. Entonces bajó un poco la voz.
—Y tercero, si alguien encuentra un pasaporte en la playa, lo correcto es devolverlo cuanto antes, porque detrás de cada documento perdido puede haber un asistente al borde del colapso, un jefe sin chaqueta y una inversora francesa replanteándose sus decisiones de vida.
El público rió y aplaudió. Claire aplaudió también. Don Ignacio, después de un segundo eterno, dio dos palmadas secas. No eran exactamente una ovación, pero en su idioma equivalían a lanzar rosas.
Álvaro bajó del escenario rojo como un tomate.
—No vuelvo a hablar en público jamás.
Sergio le abrazó por los hombros.
—Has nacido para esto.
—He nacido para dormir.
Claire se acercó a don Ignacio.
—Ahora sí le reconozco.
Don Ignacio levantó una ceja.
—¿Perdón?
—Su asistente le imita demasiado bien. Eso solo ocurre cuando alguien escucha mucho. Quizá debería aprovecharlo más y asustarlo menos.
Don Ignacio miró a Álvaro, que estaba devolviendo la chaqueta con cuidado.
—Álvaro ya tiene suficientes sustos.
—Hoy, sí —dijo Álvaro—. Hoy he amortizado el miedo de tres años.
Claire guardó su carpeta.
—Haremos la reunión formal esta tarde. Con usted, monsieur Valcárcel. El auténtico.
—Por supuesto.
—Y con Álvaro presente.
Don Ignacio y Álvaro hablaron a la vez.
—¿Con Álvaro?
Claire sonrió.
—Alguien que puede sostener una mentira tan absurda durante casi veinte minutos bajo presión quizá también puede sostener una negociación. Al menos sabré cuándo algo no tiene sentido: le temblará la cucharilla.
Sergio levantó la mano.
—Yo también puedo estar.
—No —dijeron los tres.
Sergio bajó la mano.
—Vale. Pero conste que yo encontré una funda.
—De gafas —dijo Álvaro.
—Los héroes también se equivocan de objeto.
Salieron del chiringuito bajo el sol del mediodía. Don Ignacio llevaba por fin su pasaporte guardado en el bolsillo interior, con una mano protectora encima. Álvaro caminaba a su lado, agotado pero entero. Por primera vez, el jefe no iba delante. Iban casi a la misma altura.
—Álvaro —dijo don Ignacio.
—Sí.
—Lo de la riñonera fluorescente ha sido innecesario.
—Lo sé.
—Pero preciso.
Álvaro sonrió.
—Gracias.
—No era un elogio completo.
—A estas alturas acepto migajas.
Don Ignacio miró al mar.
—Esta tarde, en la reunión, no hablarás salvo que yo te dé paso.
—Entendido.
—Y no harás bromas.
—Intentaré que mi personalidad no intervenga.
—Haz un esfuerzo heroico.
Caminaron unos metros en silencio. Luego don Ignacio añadió:
—Aun así… has improvisado razonablemente.
Álvaro se detuvo un segundo.
—¿Eso es un cumplido?
—No lo estropees.
Álvaro siguió caminando, sonriendo como quien acaba de recibir una medalla pequeñita pero auténtica. Detrás, Sergio enviaba audios al grupo de WhatsApp probablemente exagerándolo todo. Delante, Claire caminaba con paso tranquilo, como si ya hubiera decidido que aquel fin de semana, contra toda lógica, se había vuelto más interesante.
Y en el cielo, una gaviota soltó un graznido que sonó demasiado parecido a una risa.
Parte 4
La reunión formal de la tarde tuvo lugar en una sala del hotel con aire acondicionado agresivo, mesa ovalada y una pantalla enorme que nadie consiguió conectar a la primera, porque incluso en los acuerdos internacionales hay siempre un cable HDMI que decide cuestionar la civilización. Don Ignacio llegó puntual, con su chaqueta recuperada, sus gafas en su sitio y el pasaporte guardado en una cartera interior con tanta seguridad que parecía que llevaba dentro una joya de la corona. Álvaro llegó detrás, con una libreta, dos bolígrafos, una botella de agua y una humildad recién estrenada a base de trauma.
Claire Dubois estaba sentada al otro lado de la mesa con su equipo. Había dos asesores franceses, un abogado español con cara de no haber dormido desde la Expo del 92, y una mujer llamada Élodie que tomaba notas a una velocidad preocupante. Sergio no estaba invitado, pero había logrado colocarse cerca de la puerta con la excusa de “coordinar contenidos visuales del retiro”, una frase que no significaba nada y por eso en la empresa sonaba perfectamente válida.
—Bien —dijo Claire—. Ahora que todos somos quienes decimos ser, podemos empezar.
Álvaro bajó la mirada para no reírse.
Don Ignacio abrió su carpeta.
—Agradezco su flexibilidad.
—Yo agradezco que no haya venido con otro doble.
—Solo tenemos uno —murmuró Álvaro.
Don Ignacio le lanzó una mirada.
—Y está en periodo de prueba.
La reunión empezó con tensión, pero ya no era la tensión del desastre; era la tensión normal de gente negociando dinero, poder y cláusulas con nombres largos. Don Ignacio expuso su postura con precisión. Claire apretó donde tenía que apretar. El abogado español pidió aclaraciones. Élodie escribía. Álvaro tomaba notas, y por primera vez no se sentía solo un mueble con acceso a Google Calendar. Cuando don Ignacio dudó sobre un dato logístico, Álvaro se inclinó y le susurró la cifra exacta. Cuando Claire mencionó un correo enviado tres semanas antes, Álvaro lo encontró en su portátil en menos de treinta segundos. Cuando uno de los asesores franceses confundió una fecha, Álvaro levantó la mano con prudencia.
—Perdón, creo que esa versión fue actualizada el martes. La última propuesta hablaba de doce meses con revisión trimestral condicionada a volumen mínimo.
Don Ignacio giró lentamente la cabeza hacia él.
Álvaro se preparó para ser fulminado.
Pero el jefe solo dijo:
—Correcto.
Claire sonrió.
—La revisión sensata, entonces.
Álvaro tosió.
—Más o menos.
La negociación avanzó. Hubo café. Hubo agua. Hubo una bandeja de pastas que nadie tocó al principio y que luego desapareció de golpe cuando el abogado español perdió la dignidad a las seis de la tarde. Afuera, el sol bajaba sobre el mar. En la sala, la exclusividad quedó fijada en doce meses, con revisión trimestral y condiciones de volumen. Don Ignacio consiguió proteger dos mercados clave. Claire consiguió garantías de inversión. Nadie fingió ser nadie. Nadie perdió documentación. La civilización, contra todo pronóstico, continuó.
Cuando terminaron, Claire cerró la carpeta.
—Creo que tenemos acuerdo preliminar.
Don Ignacio asintió.
—Así es.
—La firma definitiva, el lunes.
—El lunes.
Claire miró el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Tiene localizado su pasaporte?
Don Ignacio puso una mano encima.
—Más que a algunos miembros de mi familia.
Álvaro soltó una risa breve. Don Ignacio, sorprendentemente, no le reprendió.
Al salir de la sala, Marta y Lucía esperaban en el pasillo. Por supuesto, ya sabían algo. En una empresa, una crisis puede estar clasificada como confidencial, pero si ocurre cerca de un buffet o un grupo de WhatsApp, tiene menos futuro que un paraguas en Tarifa.
—¿Es verdad que Álvaro se hizo pasar por don Ignacio? —preguntó Marta.
—No —dijo don Ignacio.
Álvaro suspiró aliviado.
—Fue una simulación táctica.
Álvaro cerró los ojos.
Lucía le miró de arriba abajo.
—Pues te quedaba bien la chaqueta.
—Gracias.
Don Ignacio añadió:
—No le animéis.
Sergio apareció detrás con su móvil.
—Tengo vídeo del chiringuito.
Álvaro se giró.
—Bórralo.
—Imposible. Ya forma parte del patrimonio emocional de la empresa.
—Sergio.
—Lo he pasado solo a tres personas.
Marta levantó el móvil.
—A mí me ha llegado por cinco grupos distintos.
Don Ignacio extendió la mano.
—Dame ese teléfono.
Sergio lo escondió contra el pecho.
—Jefe, con respeto, ni Hacienda me lo quita tan fácil.
Claire, que salía de la sala, vio la escena y se rió.
—No lo borren. Es bueno para la moral interna.
Don Ignacio la miró como si esa idea le pareciera una amenaza al orden mundial.
—La moral interna se construye con objetivos claros.
—Y con historias que nadie olvida —dijo Claire.
Aquella noche había cena de cierre en la terraza del hotel. El ambiente, que el día anterior había sido de formalidad corporativa con arena escondida en los zapatos, se había transformado en algo más ligero. La gente hablaba más alto, se reía con más facilidad, pedía otra ronda sin mirar de reojo a dirección. La anécdota del pasaporte circulaba en versiones cada vez más extravagantes. En una, Álvaro había negociado con una banda de vendedores ambulantes. En otra, una gaviota había intentado llevarse el documento a Marruecos. En la versión de Sergio, por supuesto, él había liderado una operación de inteligencia costera con riesgo personal alto.
—Riesgo personal alto fue cuando casi te atragantas con una aceituna —le dijo Marta.
—La aceituna venía con hueso. Eso es sabotaje culinario.
Álvaro estaba sentado al extremo de la mesa, con un plato de pescaíto frito delante y una cerveza que apenas había probado. Se sentía cansado, pero era un cansancio raro, cálido, de esos que llegan después de sobrevivir a algo absurdo. Don Ignacio se sentó a su lado, cosa que provocó un silencio inmediato en medio metro a la redonda.
—No hace falta que os pongáis raros —dijo don Ignacio.
Sergio, a dos sillas, susurró:
—Demasiado tarde.
Don Ignacio ignoró el comentario y miró a Álvaro.
—Mañana salimos a las nueve.
—Sí. Ya he reservado taxis.
—Bien.
—Y he enviado el documento revisado a Madrid.
—Bien.
—Y he puesto una alerta para su vuelo del lunes.
—Bien.
Álvaro esperó. Tres “bien” seguidos en boca de don Ignacio podían ser una señal de apocalipsis o de satisfacción.
El jefe cogió un trozo de pan, lo partió con cuidado y dijo sin mirarle directamente:
—Hoy has hecho un buen trabajo.
Álvaro se quedó quieto.
—Perdón, ¿puede repetirlo? Creo que justo ha pasado una moto.
—No abuses.
—No, no, es que quiero asegurarme de que no ha sido el aire.
Don Ignacio le miró.
—Has hecho un buen trabajo.
Álvaro sonrió, pequeño pero sincero.
—Gracias.
—Perdiste mi pasaporte.
—Sí.
—Eso sigue siendo grave.
—Muchísimo.
—Pero luego asumiste la presión, corregiste errores, aportaste en la reunión y no te derrumbaste del todo.
—Me derrumbé parcialmente.
—Eso es aceptable en tu categoría.
—¿Mi categoría?
—Personas con tendencia al drama funcional.
Álvaro soltó una carcajada.
—Me lo voy a poner en LinkedIn.
—No lo hagas.
Durante unos segundos comieron en silencio. El mar sonaba al fondo. Una brisa suave movía los manteles. En otra mesa, Claire hablaba con Élodie y miraba de vez en cuando hacia ellos con una sonrisa discreta. Todo parecía ordenado de nuevo, aunque no exactamente igual que antes.
—Álvaro —dijo don Ignacio.
—Sí.
—A partir del lunes quiero que participes en las reuniones de seguimiento del acuerdo.
Álvaro dejó el tenedor en el plato.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Como asistente?
—Como coordinador de proyecto.
Sergio, que claramente estaba escuchando aunque fingía mirar el menú de postres, levantó la cabeza.
—¡Ascenso playero!
—No es un ascenso playero —dijo don Ignacio.
—Suena a ascenso playero.
—Es una reasignación temporal de responsabilidades.
Álvaro sonrió.
—En la empresa eso significa ascenso sin cambiar la firma del correo.
Marta, desde el otro lado, alzó la copa.
—Por Álvaro, coordinador de proyecto y doble oficial.
—No soy doble oficial.
Lucía añadió:
—Y por el pasaporte, que volvió de entre los chiringuitos.
Sergio levantó su cerveza.
—Y por Operación Pasaporte.
Don Ignacio hizo un gesto de cansancio.
—Os prohíbo llamar así a nada.
Todos brindaron igualmente.
—¡Por Operación Pasaporte!
Don Ignacio no levantó la copa al principio. Luego, muy despacio, la alzó apenas un centímetro. Para él, era prácticamente bailar sobre una mesa.
La cena siguió entre bromas, anécdotas y ese tipo de conversaciones de empresa que, cuando no hay PowerPoint delante, casi parecen humanas. Sergio contó cómo había confundido la funda de gafas con el pasaporte y defendió su error con argumentos visuales. Marta reveló que el vídeo de Álvaro imitando a don Ignacio ya tenía título interno: “Procedamos: el musical”. Lucía propuso hacer camisetas. Don Ignacio amenazó con despedirlos a todos en orden alfabético. Nadie le creyó del todo.
Más tarde, cuando la cena terminó y algunos se fueron al paseo marítimo a tomar una última copa, Álvaro bajó un momento a la playa. Necesitaba ver el sitio exacto donde todo había empezado a descontrolarse. La arena estaba fría bajo los zapatos. El chiringuito La Ballena Feliz brillaba a lo lejos con luces de colores. En la orilla, el agua llegaba y se retiraba como si nada de aquello hubiera tenido importancia.
Álvaro se sentó en una tumbona cerrada. Respiró hondo. Por primera vez en dos días, no tenía ganas de revisar el móvil.
Oyó pasos detrás.
—Sabía que estarías aquí —dijo Sergio.
—¿Por qué?
—Porque cuando la gente sobrevive a una humillación pública siempre vuelve al lugar del crimen. Es muy de documental.
Sergio se sentó a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Has dicho sí normal. No sí con trauma.
—Estoy sorprendentemente bien.
—Te han dado proyecto.
—Temporal.
—Temporal es como empiezan todas las explotaciones laborales bonitas.
Álvaro rió.
Sergio miró el mar.
—Oye, fuera coñas, lo has hecho bien.
—Casi arruino un acuerdo.
—Pero con estilo.
—Perdí un pasaporte.
—Y encontraste una carrera.
Álvaro le miró.
—Eso ha sonado profundo. ¿Lo has leído en una taza?
—Estoy creciendo como persona.
—No te pases.
Se quedaron callados un rato. Luego Sergio sacó el móvil.
—¿Quieres ver el vídeo?
—No.
—Sales bastante bien.
—He dicho que no.
—Don Ignacio también sale. Aplaude como si le dolieran las manos.
Álvaro dudó.
—Vale. Pero solo una vez.
Sergio reprodujo el vídeo. Allí estaba Álvaro, sobre el pequeño escenario del chiringuito, con la chaqueta italiana y las gafas, diciendo “procedamos” ante una despedida de soltero. Se vio rígido, ridículo, sudado, pero también vio algo que no esperaba: no parecía derrotado. Parecía alguien intentando salir adelante con lo que tenía. Y, de algún modo extraño, eso le gustó.
—Bórralo igualmente —dijo.
—Jamás.
El domingo por la mañana, el grupo volvió a Madrid. En la estación, don Ignacio pasó el control de seguridad con el pasaporte en la mano, visible, casi desafiante. Álvaro llevaba una mochila nueva comprada de emergencia en una tienda del paseo marítimo, con cremalleras dobles y un mosquetón exagerado. Sergio la señaló.
—Eso no es una mochila, es una caja fuerte con asas.
—He evolucionado.
Don Ignacio se acercó antes de subir al tren.
—Álvaro.
—Sí.
—Mi pasaporte.
Álvaro se quedó paralizado.
—¿Qué?
Don Ignacio metió la mano en el bolsillo interior, sacó la funda marrón y se la enseñó.
—Era una broma.
Álvaro le miró con la boca abierta.
Sergio dejó caer la maleta.
—No puede ser. Don Ignacio acaba de hacer humor.
Marta se santiguó.
—Avisad a Madrid.
Don Ignacio guardó el pasaporte.
—No exageréis.
Álvaro empezó a reír. Primero poco, luego más, hasta que se le contagió a Sergio, y después a Marta y a Lucía. Don Ignacio mantuvo la seriedad unos segundos, pero el borde de su boca tembló apenas. Era casi nada. Pero Álvaro lo vio.
En el tren, Álvaro se sentó junto a la ventana. Cádiz empezó a quedarse atrás, con su luz, su playa, su chiringuito, su riñonera fluorescente y su caos perfecto. Don Ignacio se sentó al otro lado del pasillo, abrió el portátil y empezó a trabajar como si el mundo jamás hubiera estado a punto de romperse por una funda marrón en la arena.
A los pocos minutos, Álvaro recibió un correo. Remitente: Ignacio Valcárcel. Asunto: Seguimiento acuerdo Dubois.
El mensaje era breve.
“Álvaro, prepara el calendario de trabajo del proyecto. Reunión interna el martes a las 9:00. Quiero tu propuesta de coordinación. Buen trabajo este fin de semana. Procedamos.”
Álvaro leyó la última palabra y sonrió.
Sergio se inclinó desde el asiento de atrás.
—¿Te ha escrito “procedamos”?
—Sí.
—Eso en su idioma es un abrazo.
Álvaro guardó el móvil.
—Pues casi prefiero que no me abrace. Me daría miedo.
El tren avanzó hacia Madrid. Fuera, el paisaje cambiaba despacio. Dentro, la gente dormía, hablaba bajo, abría bolsas de patatas aunque fueran las diez de la mañana porque en los trenes españoles las normas alimentarias son un concepto flexible. Álvaro apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos.
Había perdido el pasaporte de su jefe. Se había hecho pasar por él. Había sido descubierto por una inversora francesa. Había actuado en un chiringuito delante de una despedida. Había sobrevivido. Y, de alguna manera absurda, volvía con más responsabilidades que antes.
La vida, pensó, no siempre te da segundas oportunidades con música épica. A veces te las da con arena en los zapatos, una chaqueta que no es tuya y un compañero idiota grabándolo todo en vertical.
Cuando abrió los ojos, don Ignacio le miraba desde el otro lado del pasillo.
—Álvaro.
—¿Sí?
—La próxima vez que vayamos a la playa, yo llevo mi pasaporte.
Álvaro asintió.
—Me parece una decisión estratégica.
Don Ignacio volvió al portátil.
—Sensata.
Álvaro sonrió hacia la ventana.
—Muy sensata.