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EL CASO QUE PARALIZÓ CHILE: Matrimonio prohibido, años de engaño y una desaparición inexplicable.

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Había champán francés en copas de cristal tallado. Había un cuarteto de cuerdas tocando debí en un rincón iluminado por velas. Y en el centro de todo aquello, vestida con un traje de encaje que su madre había mandado a confeccionar durante 6 meses, estaba Valentina Riquelme, de 28 años, mirando al hombre que acababa de convertirse en su esposo con una expresión que todos interpretaron como felicidad absoluta.

Nadie en esa noche de noviembre de 2016 supo leer lo que realmente había en esos ojos oscuros y almendrados. Nadie prestó suficiente atención y eso con el tiempo se convertiría en la culpa silenciosa que cargarían todos los invitados durante el resto de sus vidas. Alejandro Fuentes Vidal tenía 34 años cuando se casó con Valentina.

 era abogado corporativo en uno de los estudios jurídicos más importantes de Santiago, alto, de mandíbula cuadrada, con el tipo de sonrisa que abre puertas y convence jurados. Provenía de una familia acomodada de providencia con apellidos que resonaban en los círculos empresariales de la capital. Su padre había sido senador.

 Su madre presidía una fundación de arte contemporáneo. Alejandro había crecido sabiendo exactamente qué decir, cuándo decirlo y con qué tono para que nadie se atreviera a contradecirlo. Valentina, en cambio, venía de Valparaíso. Hija de un médico de provincia y una profesora de literatura, había llegado a Santiago con una beca, una maleta desgastada y una inteligencia que intimidaba a la mayoría de las personas en cualquier habitación.

Se había graduado con honores en periodismo de la Universidad de Chile y trabajaba como editora en una revista cultural de circulación nacional. Era brillante, era independiente, era en todos los sentidos posibles el tipo de mujer que no necesita a nadie para sostenerse. Y sin embargo, algo en Alejandro la había atrapado desde la primera vez que se vieron en una cena de gala en Vitacura, 3 años antes de esa boda perfecta.

Había algo en su seguridad, en la forma en que llenaba un espacio, en la manera en que la miraba como si fuera la única persona en el mundo. Valentina, que había crecido sintiéndose siempre un poco exterior, un poco de paso, encontró en esa mirada algo que interpretó como hogar, el error más costoso de su vida.

Los primeros seis meses de noviazgo fueron, según todos los testimonios posteriores, genuinamente hermosos. Alejandro la llevaba a cenar a restaurantes que Valentina nunca había podido pagar sola. La presentaba orgulloso en cada evento social. Le mandaba flores los martes, que era el día más gris de la semana, según decía él.

 Llamaba a su madre en Valparaíso para preguntarle cómo estaba. era en la superficie un hombre perfecto. Pero los hombres perfectos en la realidad no existen. Solo existen hombres que saben perfectamente cuándo y cómo mostrarse. El primer indicio llegó aproximadamente al octavo mes de relación en una cena con amigos.

 Valentina había contado una anécdota de trabajo, algo gracioso que le había ocurrido durante una entrevista con un escritor excéntrico. Todos rieron. Alejandro también rió. Pero después, en el taxi de regreso, en voz baja y con una calma que era más amenazante que cualquier grito, le dijo que había hablado demasiado, que había acaparado la atención, que no era apropiado para una mujer de su posición comportarse de esa manera en eventos sociales.

Valentina lo miró desconcertada. Alejandro le tomó la mano, le dio un beso en la 100 y cambió de tema como si nada hubiera ocurrido. Ella decidió que había sido una mala noche, que él estaba estresado por un caso difícil en el estudio, que todos tenemos días malos. se convenció de eso con la eficacia de alguien que realmente quiere convencerse.

 Pero los días malos de Alejandro comenzaron a multiplicarse con una regularidad sospechosa. Al año de relación, Valentina había aprendido, sin darse cuenta de que estaba aprendiendo, toda una serie de normas no escritas. No opinar sobre política en presencia de los colegas de Alejandro, porque él tenía posiciones claras y su trabajo no necesitaba complicaciones, no quedar con ciertas amigas de la universidad, especialmente con Marcela, su mejor amiga desde los 18 años, porque Alejandro consideraba que Marcela era una influencia negativa, demasiado

ruidosa, demasiado poco seria, no usar determinadas prendas de ropa porque no correspondían a la imagen que debían proyectar como pareja. No llegar tarde a casa después del trabajo, sin avisar con anticipación, porque él se preocupaba, porque él la amaba, porque el amor implica responsabilidad mutua.

 Todo era formulado en términos de amor. Esa era la arquitectura del control. No prohibiciones, sino preocupaciones, no órdenes, sino cuidados, no amenazas, sino expresiones de amor tan intensas que resultaba imposible cuestionarlas sin sentirse una persona ingrata y pequeña. Cuando Alejandro le propuso matrimonio frente al océano Pacífico en un atardecer de Viña del Mar, con un anillo de diamante que había pertenecido a su abuela, Valentina dijo que sí llorando.

 Su madre también lloró cuando se enteró. Sus amigas, las pocas que aún quedaban en su vida cotidiana, festejaron la noticia con proseco y risas. Nadie hizo las preguntas correctas, nadie sabía cuáles eran. El año previo a la boda fue, según lo que Valentina contaría mucho después, el periodo en que comprendió que había cometido un error monumental, pero ya no sabía cómo retroceder.

 Alejandro había aumentado gradualmente el nivel de control sobre su vida de una manera tan dosificada, tan envuelta en justificaciones razonables, que era prácticamente imposible identificar el momento exacto en que el amor se había convertido en una jaula. Revisaba su teléfono con regularidad. Llegaba al trabajo de ella sin avisar, solo para saludarla, decía, para llevarla a almorzar, para demostrarle cuánto la amaba.

 Cuestionaba sus decisiones editoriales. La llamaba cuatro, cinco, seis veces durante una jornada laboral. Y cuando Valentina intentaba establecer algún límite, algún espacio propio, la respuesta era siempre la misma. una fría decepción, un silencio que duraba días, una distancia emocional tan ensordecedora que Valentina terminaba disculpándose ella misma por haber pedido algo tan básico como privacidad.

La boda se celebró el 12 de noviembre de 2016. 200 personas, rosas blancas ecuatorianas, champán francés de bus en cuarteto de cuerdas y Valentina de pie junto al hombre que la estaba destruyendo centímetro a centímetro, sonriendo para la fotografía que aparecería enmarcada en la sala de estar de su nuevo departamento en Las Condes, mirando al fotógrafo con unos ojos que, si alguien se hubiera tomado el tiempo de observarlos con suficiente cuidado, No expresaban felicidad, expresaban resignación, expresaban algo que se parece al miedo

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