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Ex Miss Colombiana Se Casó Con Estadounidense Viejo — Encontrado Sin Vida Al Cuarto Día

Ex Miss Colombiana Se Casó Con Estadounidense Viejo — Encontrado Sin Vida Al Cuarto Día

El empleado del servicio de habitaciones del hotel Santa Clara, que encontró el cuerpo esa mañana tenía 19 años y llevaba 4 meses trabajando ahí”, declaró después con una voz que todavía temblaba, que tocó la puerta del 412 tres veces antes de usar la llave maestra, que adentro todo estaba en orden, la cama descha de un solo lado, las cortinas entreabiertas dejando entrar la luz blanca de la bahía de Cartagena y Walter Simons.

69 años, ciudadano estadounidense de Fort Worth, Texas, tendido en el piso del baño con una mano apoyada sobre el borde de la bañera y los ojos abiertos mirando el techo de mármol, como si estuviera esperando una respuesta que nunca llegó. No había sangre, no había señales de lucha, no había nada roto, solo ese silencio específico que tienen las habitaciones donde algo irreversible acaba de ocurrir.

 Eso fue el jueves a las 9:17 de la mañana. Y para entender cómo llegamos hasta ahí, hay que retroceder exactamente 4 días porque esta historia no empieza con una muerte, empieza con una corona. Isabela Cran tenía 29 años cuando Walter Simmons la vio por primera vez. Y digo que la vio porque eso es exactamente lo que hizo. La vio antes de escucharla, antes de saber su nombre, antes de cualquier presentación formal.

 Fue en un evento de gala en el hotel Casa Medina de Bogotá, una recepción para inversores internacionales en el sector turístico donde Isabela trabajaba como directora de relaciones públicas de la firma organizadora. entraba y salía del salón con esa eficiencia silenciosa de la gente que sabe exactamente qué hacer en cada situación sin que nadie se lo indique.

Walter la observó durante 40 minutos antes de pedirle a su acompañante que lo presentara. Y aquí tengo que decirte algo sobre Isabela Kin, porque los medios que cubrieron este caso después lo hicieron con el tipo de descripción perezosa que reduce a una persona a su dato más fotogénico. La llamaron Exmiss y sí, Isabela había participado 7 años antes en el certamen Atlántico y había llegado al top cinco.

 Pero eso era lo menos interesante de ella. Lo más interesante era lo que había construido después. Una empresa de eventos con sede en Barranquilla que facturaba $20,000 al año. Tres empleados fijos, contratos con hoteles de cinco estrellas en tres ciudades colombianas. Lo había construido sola, sin socios, sin capital familiar, con la misma disciplina metódica con que años atrás había aprendido a caminar sobre pasarelas que no perdonan los tropiezos.

Pero eso no es lo más extraño. Lo más extraño es que Isabela reconoció a Walter Simmons antes de que la presentaran. era parte de su trabajo. Cuando un evento incluía inversores internacionales de alto perfil, ella preparaba fichas de cada uno. Walter Simons, viudo dos veces, tres hijos adultos en Texas, patrimonio estimado en 4.

2 millones de dólares distribuidos entre pozos petroleros en el oeste de Texas y propiedades comerciales en Dallas. Había venido a Colombia porque un socio le había hablado de las oportunidades en el sector hotelero de la costa Caribe. Cuando Walter se acercó y dijo su nombre, Isabela sonrió con la profesionalidad de quien ya sabe qué viene.

 Esta historia ocurrió en Colombia, pero sé que muchos de ustedes me escuchan desde muy lejos. Desde México, desde Argentina, desde España, desde Venezuela, desde lugares que quizás nunca imaginé. Déjenme en los comentarios desde dónde están viendo esto, porque quiero saber hasta dónde llegan estas historias. La conversación esa noche en el Casa Medina duró una hora y 20 minutos.

 Walter era de esos hombres que escuchan de verdad, una habilidad que la mayoría de las personas con su nivel de dinero pierde en algún punto, porque nadie les enseña que seguir practicándola tiene valor. Le hizo preguntas sobre su empresa, sobre cómo había arrancado, sobre los desafíos de operar en el sector de eventos en Colombia.

 escuchó las respuestas, recordó los detalles. Cuando ella mencionó de paso que había estudiado en la Universidad del Norte de Barranquilla, él lo retomó 15 minutos después, en otro contexto, con una precisión que no pasa desapercibida. Isabela notó eso, lo anotó mentalmente. Al final de la noche, Walter le pidió su tarjeta de presentación profesional, no su número personal.

 Ese detalle menor también quedó registrado en su memoria. Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante. Tres días después, Walter la llamó al número de la empresa. Dijo que estaba considerando contratar una firma para organizar un evento privado en Cartagena. y que quería explorar una propuesta. La reunión fue formal, con contrato y todo.

 El evento nunca se realizó, pero las reuniones continuaron y en algún punto, entre la tercera y la cuarta dejaron de ser reuniones de negocios sin que ninguno de los dos lo nombrara explícitamente. Walter visitó Colombia tres veces en los dos meses siguientes, cada estadía más larga que la anterior. Le enviaba flores al apartamento de Isabela en Barranquilla antes de cada llegada.

Rosas blancas específicamente, porque en la primera conversación ella había mencionado de pasada que las prefería a las rojas. Ese nivel de atención al detalle era parte del patrón. Isabela lo veía, lo registraba y seguía adelante con los ojos de quien sabe que hay algo debajo de la superficie, pero decide que el agua está suficientemente clara para cruzar.

 El pedido de matrimonio llegó en la cuarta visita, en una cena privada en la terraza del restaurante La Vitrola de Cartagena, con la ciudad amurallada iluminada de fondo y un anillo de diamante solitario que Walter sacó del bolsillo de su saco sin drama ni ceremonia y colocó sobre la mesa entre los dos platos. No necesito que me respondas esta noche”, dijo, “pero quiero que sepas que lo que te ofrezco es real y que tengo la edad suficiente para no jugar con el tiempo de nadie.

” Isabela miró el anillo, miró a Walter y pensó en ese segundo algo que no le dijo a nadie hasta meses después, durante el juicio, cuando su abogado le preguntó qué había sentido en ese momento exacto. Dijo que sintió miedo, “No del hombre. del parecido con algo que no supo nombrar todavía. Pero hay algo que todavía no te he contado.

 Esa misma noche, mientras Walter pagaba la cuenta, Isabela revisó su teléfono y encontró un mensaje de un número desconocido. Cuatro palabras. Sin firma, sin contexto. Él hizo lo mismo antes. El número estaba fuera de servicio cuando intentó devolver la llamada 30 segundos después. Y el celular de Walter Simons, que cuatro días después aparecería borrado por completo sobre el mármol del baño del Hotel Santa Clara, había recibido ese mismo mensaje exacto dos horas antes que el de ella.

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