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LA CARTA OLVIDADA

El olor a churros aceitosos y a café recién molido inundaba el pequeño local del barrio de Chamberí.

Carlos miraba la hoja de papel con la intensidad de quien intenta desactivar una bomba nuclear.

No era una bomba, claro, pero para él tenía el mismo potencial destructivo.

Era un folio de color crema, con un gramaje de ochenta gramos, comprado específicamente para la ocasión en una papelería pija de la calle Fuencarral.

Frente a él, su mejor amigo, Marcos, daba sorbos ruidosos a un vaso de leche manchada.

Marcos tenía la habilidad de hacer ruido incluso cuando no estaba haciendo absolutamente nada.

—Tío, te lo juro por mi madre, estás haciendo el canelo —dijo Marcos, limpiándose un rastro de espuma del labio superior con el dorso de la mano.

Carlos no apartó la vista del papel.

Su bolígrafo, un Pilot negro de punta fina, levitaba a un milímetro de la celulosa.

—Tú no entiendes nada de romanticismo, Marcos.

—Entiendo que estamos en el año dos mil veintiséis, chaval.

—¿Y qué importa el año?

—Importa que si quieres decirle a una tía que estás pillado por ella, le mandas un WhatsApp con el emoji de la carita que babea y a correr.

Carlos soltó un suspiro tan profundo que movió la servilleta que había debajo de su taza.

—Eso es de trogloditas emocionales.

—Es práctico, coño.

—La practicidad mató al amor verdadero, Marcos.

—No, al amor verdadero lo matan los plomos como tú que tardan tres horas en escribir un “hola, ¿qué tal?”.

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