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Pedro Infante oyó a Javier Solís y lo cambió todo esa noche

Javier sostenía una guitarra vieja entre las manos. Tenía los nudillos blancos de tanto apretarla. Había regresado hacía apenas una hora de cantar en una cantina del barrio de Tacubaya, donde los borrachos le lanzaban monedas mientras él intentaba no pensar en el hambre.

—No es basura —respondió Javier con voz ronca—. Algún día voy a vivir de esto.

El hombre soltó una carcajada cruel.

—¿Vivir? ¡Si apenas sabes mantenerte en pie! ¡Eres igual de inútil que tu padre!

Aquella frase explotó dentro de Javier como dinamita.

Su verdadero padre había muerto cuando él era pequeño, y el tema estaba prohibido en aquella casa. Pero el alcohol hacía que el padrastro olvidara los límites.

—No vuelva a hablar de él —dijo Javier, levantándose lentamente.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Cantarme una canción triste?

La bofetada llegó primero.

Seca. Brutal.

La madre soltó un grito ahogado.

Javier se quedó inmóvil unos segundos. La sangre comenzó a correrle por la comisura del labio. Afuera, un trueno iluminó la habitación.

Entonces ocurrió algo que cambiaría la historia de la música mexicana.

Javier tomó la guitarra y la estrelló contra la pared.

La madera explotó en pedazos.

—¡Me largo de aquí! —gritó—. ¡Y el día que escuchen mi voz en la radio se van a arrepentir de todo!

El padrastro intentó sujetarlo del brazo, pero Javier lo empujó con una furia inesperada. La silla cayó al suelo. La madre lloraba en silencio.

—¡No te vayas! —suplicó ella.

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