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ELLA MURIÓ SALVANDO AL CACHORRO — Y EL REY ALFA SOLO ENCONTRÓ LA TUMBA DONDE JURÓ VENGANZA

Solo llevaba dos guardias.

Y dentro, envuelto en una manta azul, venía Niko.

El bebé lobo no parecía un príncipe. Parecía un niño cualquiera. Tenía mejillas redondas, rizos oscuros pegados a la frente y ojos dorados demasiado grandes para su carita. Cuando lo bajaron del carruaje, lloraba con esa desesperación pequeña que parte el alma aunque uno no tenga hijos.

Elena estaba en la entrada con una bandeja de agua caliente. La institutriz real, una mujer de rostro duro, bajó primero y casi le lanzó el bolso.

—Llévelo al cuarto del ala este —ordenó—. Y no lo toque más de lo necesario.

Elena miró al bebé.

Niko dejó de llorar un instante.

Sus ojos dorados se quedaron fijos en ella.

Fue una tontería, tal vez. Un segundo nada más. Pero Elena sintió algo tibio en el pecho, como si una brasa pequeña se hubiera encendido donde antes solo había cansancio.

—¿Por qué está aquí? —preguntó sin poder evitarlo.

La institutriz la miró como si una silla hubiera hablado.

—Porque el Rey Alfa lo ha confiado temporalmente a Lord Thorn durante las negociaciones del norte. Y usted no hace preguntas.

Elena bajó la mirada.

—Sí, señora.

Pero en su interior, una alarma comenzó a sonar.

Esa noche, mientras toda la casa fingía normalidad, Elena fue al cuarto del ala este con una excusa: llevar leche tibia. Encontró a Niko despierto en una cuna demasiado grande, dando pequeños golpes con los pies. La niñera asignada dormía en una butaca, con olor a licor en el aliento.

Elena dejó la leche sobre la mesa y se acercó.

—Hola, pequeño —susurró.

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