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CASO PERTURB*DOR EN COLOMBIA: Relación De Tres, Los Celos Terminaron En Muerte Y Una Cadena Perpetua

Valeria Ospina tenía 28 años cuando decidió que era momento de empezar de nuevo. Había nacido en Pereira, en el corazón del eje cafetero, en una familia de clase media, donde el esfuerzo era el idioma del hogar. Su padre administraba una ferretería y su madre daba clases en una escuela pública del barrio.

 Desde pequeña, Valeria fue la que leía más, la que preguntaba más, la que soñaba con algo distinto, sin saber exactamente qué forma tendría ese algo. A los 19 años ganó una beca parcial para estudiar comunicación social en la Universidad de Antioquia en Medellín. Y desde ese momento su vida comenzó a moverse en una dirección que ella misma no había trazado del todo.

Fue en Medellín, donde conoció a Andrés Castaño. Él estudiaba administración de empresas en una universidad privada del sector El poblado y tenía esa clase de presencia que los demás notan sin proponérselo. Hablaba con seguridad, vestía con cuidado y sabía exactamente cómo hacer que una persona se sintiera el centro del mundo.

 Se conocieron en una reunión de amigos comunes un viernes de octubre con música de fondo y el frío suave que Medellín regala cuando cae la noche. Valeria no buscaba nada esa noche. Andrés sí. La relación comenzó con la intensidad que solo tienen los primeros meses. Mensajes a toda hora, planes de fin de semana, visitas al mercado de las pulgas del barrio Guayaquil y tardes viendo el atardecer desde el cerro Nutibara.

Andrés era atento, incluso generoso, pero con el tiempo lo que al principio parecía dedicación fue revelando otra cara. Empezó a incomodarle que Valeria tuviera amigos hombres. Luego que saliera sin avisarle, después que no respondiera a los mensajes en el momento en que él los enviaba. Las discusiones no eran violentas al principio, eran tensas, largas,  agotadoras, el tipo de conversaciones que terminan sin resolverse y dejan un residuo de malestar que va acumulándose semana a semana.

Valeria aguantó 2 años, no porque no viera las señales, sino porque también quería la persona que Andrés era en sus mejores momentos, pero los mejores momentos se fueron espaciando. Para mediados de ese segundo año, ella ya hablaba del tema con su amiga más cercana, Diana, con quien compartía apuntes de clase y las caminatas del jueves por la tarde.

 le contaba que se sentía vigilada, que Andrés revisaba su teléfono cuando ella se descuidaba, que a veces le preguntaba por sus movimientos del día con una precisión que no parecía curiosidad, sino control. Diana la escuchaba y le decía lo que las amigas dicen cuando ven algo que la otra todavía no quiere ver del todo. La ruptura llegó en noviembre, sin drama visible desde afuera.

 Valeria le dijo a Andrés que necesitaban terminar, que la relación no le hacía bien y que merecían los dos algo diferente. Él  no lo aceptó de inmediato. Hubo llamadas, mensajes, un intento de conversación que derivó en reproches. Pero Valeria fue firme. Dos semanas después de esa conversación, recibió una oferta de trabajo en Bogotá en una agencia de comunicaciones con sede en el barrio Chapinero.

 Lo interpretó como una señal. Aceptó sin pensarlo demasiado. Bogotá la recibió con su caos habitual, su tráfico imposible, su cielo gris de las 3 de la tarde y esa energía particular que tienen las ciudades grandes cuando uno llega con algo que demostrar. Valeria alquiló un apartamento pequeño en el barrio La Soledad, cerca de la avenida Chile.

 Lo decoró con plantas y una lámpara de piso que compró en el mercado de las pulgas de Usaquén. Un domingo de enero empezó a caminar la ciudad, a descubrir las librerías del centro, a conocer los cafés del barrio Quinta Camacho, donde la gente trabaja con audífonos y computador, hasta las 8 de la noche. Fue en uno de esos cafés donde conoció a Mateo Giraldo.

 Él era diseñador gráfico, trabajaba de forma independiente y tenía esa tranquilidad de quien ya no necesita demostrar nada. Se cruzaron por primera vez en la fila del mostrador, discutiendo amigablemente cuál de los dos había llegado antes. Terminaron compartiendo mesa. Una semana después volvieron a encontrarse, esta vez sin casualidad de por medio.

 La amistad se convirtió en algo más con la misma naturalidad con que cambia el clima en Bogotá, sin anuncio previo, pero de manera completamente perceptible. Valeria le contó a su madre por teléfono que estaba conociendo a alguien. Le dijo que era diferente, que la hacía reír sin esfuerzo, que no sentía esa tensión constante que había aprendido a cargar como parte de su rutina.

 Su madre la escuchó con esa mezcla de alegría y precaución que tienen las madres cuando sus hijas hablan de un hombre nuevo. Lo que ninguna de las dos sabía en ese momento era que Andrés Castaño, a 500 km de distancia en Medellín, todavía no había aceptado que Valeria ya no era parte de su vida y que esa negativa silenciosa estaba tomando una forma que con el tiempo cambiaría todo.

 Andrés Castaño no era el tipo de persona que procesa el dolor en silencio. Lo procesaba hacia afuera,  en movimiento, en acción, en la necesidad constante de hacer algo con lo que sentía. Cuando Valeria se fue a Bogotá, él interpretó la distancia no como un cierre definitivo, sino como un paréntesis, una pausa que, según su propia lógica, terminaría cuando ella recapacitara.

 Esa convicción irracional, pero profundamente arraigada, fue la que guió cada una de sus decisiones en los meses siguientes. Al principio los mensajes eran frecuentes, pero contenidos. Le preguntaba cómo estaba, cómo iba el trabajo nuevo, si ya se había adaptado al frío bogotano. Valeria respondía con brevedad, con esa cortesía fría que se usa cuando se quiere cerrar una puerta sin portazo.

Pero Andrés leía entre líneas lo que no estaba escrito. Interpretaba cada respuesta como una señal de que el hilo seguía intacto. Cuando ella tardaba en contestar, él enviaba otro mensaje. Cuando ella no contestaba, enviaba tres. Con el paso de las semanas, el tono fue cambiando. Las preguntas se volvieron más directas, que con quién salía, que por qué había publicado esa foto en redes sociales, que quién era el hombre que aparecía en el fondo de una imagen que ella había subido desde un café.

Valeria dejó de responder. Andrés interpretó el silencio como una provocación. En febrero, sin avisar, apareció en Bogotá. No llamó antes, no anunció su llegada. Tomó un bus desde la terminal de Medellín un jueves por la tarde y llegó a la capital entrada la noche. Se instaló en un hostal del barrio Santa Fe y al día siguiente se presentó en el edificio donde vivía Valeria en la Soledad con una bolsa de fruta y la excusa de que estaba en la ciudad por un asunto de negocios.

Valeria lo recibió en la entrada sin invitarlo a subir. La conversación duró menos de 20 minutos y terminó con ella pidiéndole que no volviera a presentarse sin avisar. Andrés bajó las escaleras del edificio con la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos. esa noche le envió un mensaje largo. En él le reclamaba que lo había tratado como a un extraño, que después de dos años de relación merecía al menos una conversación real.

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