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Una familia desapareció en las montañas de Perú en 2001 — 20 años después, un dron encontró esto…

 Era su hermana menor, Patricia, preocupada porque Roberto siempre cumplía con los horarios y ya llevaban 2 horas y media de retraso. “Algo no está bien”, repetía Patricia con esa intuición que a veces las mujeres de familia tienen, esa sensación visceral que antecede a las tragedias. A las 21:15, Patricia llamó a la comisaría de Huas.

 El oficial de turno, con ese tono de astío profesional, de quien ha atendido 1000 falsas alarmas de turistas despistados, le pidió que esperara hasta la mañana siguiente. Señora, en la montaña no hay señal de celular. Probablemente se quedaron a acampar y decidieron pasar la noche ahí. Es común, si mañana a las 10 no aparecen, hacemos la denuncia formal.

Pero Patricia Moreno conocía a su cuñado. Roberto Vargas era obsesivo con los protocolos de seguridad. Jamás, bajo ninguna circunstancia, se quedaría en la montaña sin avisar. Jamás expondría a sus hijos a una noche en las alturas sin preparación. Jamás rompería una promesa. Esa noche, mientras las autoridades ignoraban su angustia y las montañas guardaban su secreto más oscuro, Patricia Moreno no durmió.

 Se sentó frente a la ventana de su casa, mirando hacia el norte, hacia las cumbres invisibles en la oscuridad, y rezó cada oración que conocía. Las montañas no respondieron. El amanecer del domingo 15 de julio llegó con una claridad obscena. El sol iluminó Warz como si nada hubiera cambiado, como si en algún lugar de las alturas cinco personas no estuvieran perdidas, posiblemente heridas, posiblemente muertas.

 Patricia Moreno no esperó a las 10 de la mañana como le había ordenado el oficial de turno. A las 6:00 en punto estaba golpeando la puerta de la comisaría con una fuerza que hizo temblar el marco de madera. El teniente Mario Saldaña, un hombre de 50 años con 30 de servicio en la policía de montaña, la recibió con una expresión que Patricia no supo interpretar en ese momento.

 No era indiferencia, sino algo peor. Era la mirada de alguien que ya había visto esta historia demasiadas veces y conocía los finales posibles. “Vamos a organizar una patrulla de búsqueda”, dijo Saldaña mientras servía café aguado en vasos de plástico. “Pero necesito que entienda algo, señora Moreno. Las montañas aquí no son como un parque de la ciudad.

 La zona donde su cuñado dijo que iba abarca aproximadamente 200 km² de terreno irregular, barrancos, quebradas, senderos que aparecen y desaparecen según la temporada. Si tuvieron un accidente vehicular, si se desviaron del camino, si mi cuñado conocía esa zona como la palma de su [música] mano interrumpió Patricia con una voz que intentaba sonar firme, pero que se quebraba en los bordes.

 Trabajó ahí durante años. No es un turista perdido, es ingeniero civil. Si algo pasó, fue algo no pudo terminar la frase. ¿Algo qué? ¿Algo imposible? ¿Algo que desafía la lógica? En ese momento Patricia Moreno todavía creía que había una explicación racional. Todavía creía que su hermana, su cuñado y sus sobrinos estaban en algún lugar esperando ser rescatados.

 Quizás con el vehículo averiado, quizás con alguna lesión menor, pero vivos, conscientes, esperando. La realidad, como siempre, era infinitamente más cruel que la esperanza. La primera patrulla de búsqueda partió a las 8:30 de la mañana. Cuatro policías, dos guardaparques y tres voluntarios de Socorro Andino, una organización de rescate de montaña.

Llevaban radios de largo alcance, equipo médico básico, cuerdas, arneses y ese optimismo profesional que tienen quienes todavía no han encontrado un cuerpo. Félix Hamán, el guardaparques que había registrado la entrada de la familia, los guió hasta el último punto conocido, el puesto de control.

 Desde ahí, el camino se bifurcaba en tres direcciones posibles. Roberto había mencionado el balcón de los apus, pero ese nombre no aparecía en ningún mapa oficial. Era uno de esos lugares que existen solo en la memoria colectiva de los trabajadores de montaña, los pastores antiguos y los ingenieros que habían construido carreteras en los años 90.

 Puede ser cualquiera de estos tres senderos”, admitió Félix señalando hacia las alturas. o ninguno. Si Roberto conocía un atajo, una ruta alternativa que no está marcada, la búsqueda del primer día cubrió aproximadamente 15 km de senderos principales. Encontraron huellas de neumáticos en algunos tramos de tierra suelta, pero imposibles de datar con precisión.

 Encontraron restos de fogatas antiguas, [música] latas oxidadas de expediciones anteriores, incluso un zapato de niño que hizo que el corazón de Patricia se detuviera hasta que verificaron que era de una talla que no correspondía a ninguno de sus sobrinos. No encontraron el Toyota Land Cruiser blanco. No encontraron ropa, mochilas, termos, la cámara Nikon de Roberto, el cuaderno de Mateo, las piedras de colores de Lucía.

No encontraron absolutamente nada que indicara que la familia Vargas Moreno había pasado por ahí. Era como si las montañas se los hubieran tragado completos. Esa noche, en casa de los padres de Estela, la casa donde ahora se había instalado un centro de operaciones improvisado con mapas desplegados sobre la mesa del comedor y teléfonos que no dejaban de sonar.

 Patricia se encontró con la mirada de su padre, don Ernesto Moreno, un hombre de 68 años que había trabajado toda su vida como maestro de escuela y que creía firmemente en la lógica, en las explicaciones racionales, en que el universo seguía reglas comprensibles. “No tiene sentido”, murmuró don Ernesto mirando el mapa topográfico con manchas de café y círculos rojos que marcaban las áreas ya revisadas.

 Roberto era cuidadoso, Estela era prudente. No se habrían arriesgado con los niños, no se habrían salido del camino, no. war. Su voz se apagó cuando finalmente entendió lo que ya todos en esa sala estaban pensando, pero nadie se atrevía a decir en voz alta. Si Roberto no cometió un error, si [música] no hubo un accidente por imprudencia o mala suerte, entonces algo más había sucedido, algo que sus mentes educadas en la racionalidad científica y la fe católica tradicional no estaban preparadas para procesar.

 El tercer día de búsqueda, un pastor de alpacas llamado Fortunato Quispe bajó desde las alturas de Pitecaría por [música] completo la dirección de la investigación. Fortunato era un hombre de 64 años, descendiente directo de linajes quechuas antiguos, de esos que todavía hablaban con las montañas, y leían señales en el comportamiento de los animales que los científicos descartaban como superstición.

 Llegó al puesto de control del Parque Nacional a las 7 de la mañana del martes 17 de julio, montado en su caballo viejo y con una expresión en el rostro que Félix Haman reconoció inmediatamente. Miedo ancestral, el tipo de miedo que no viene de la amenaza física, sino de haber visto algo que no debería existir. El sábado por la tarde, como a las 3, 3:30, vi un vehículo blanco subiendo por el sendero viejo de Keshke, dijo Fortunato en quechua, que Félix tuvo que traducir para los policías.

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