Posted in

Ana Gabriela Guevara: El TURBIO desvío de fondos en CONADE que intentaron ocultar

Ana Gabriela Guevara: El TURBIO desvío de fondos en CONADE que intentaron ocultar

Medallista olímpica, directora con presupuestos millonarios, atleta sin becas, sin apoyo, sin respuestas. Bienvenidos a Secretos Oscuros de la Fama. Soy Gabriel Cárdenas. Quédense porque lo que construyó Ana Gabriela Guevara se está derrumbando y la historia que nadie te está contando completa está aquí. Había una mujer en este país que lo tenía todo, la medalla, la fama, la historia y la usó para destruir a otras mujeres exactamente como la habían destruido a ella.

 Eso es lo que nadie te ha contado con esta claridad. Hoy hay cuatro carpetas abiertas en la fiscalía con su nombre. Cuatro. Y sin embargo, nadie con poder real en este país se ha atrevido a meterla a la cárcel. Nadie ha firmado la orden, nadie ha dado la cara. Mientras tanto, ella se esconde de las cámaras, evita los micrófonos, desaparece de los eventos públicos, como si el silencio pudiera borrar lo que ya está documentado en expedientes que existen, que pesan, que tienen nombres de víctimas reales.

 Su nombre es Ana Guevara y lo que vas a escuchar ahora lleva más de 6 años ocultándose. Pero esta historia no empieza con la funcionaria que hoy se esconde. Empieza con una niña de 7 años tirada en el asfalto de Nogales, Sonora, un mediodía cualquiera de 1984, con una cicatriz blanca abriéndose a lo largo de toda su espalda.

 Esa cicatriz no se borró nunca. Y en la vida de Ana Gabriela Guevara Espinoza, nacida el 4 de marzo de 1977 en la heroica Nogales, esa cicatriz fue solo el primer aviso. Nogales no era una ciudad de sueños, era una ciudad de polvo, de calor que aplastaba, de sirenas de la migra sonando de madrugada, de muchachos del barrio que jugaban a brincar la barda metálica como si el otro lado fuera una promesa y no una trampa.

 Ana Gabriela creció ahí, hija mayor de Octavio Guevara. que tenía un pequeño negocio de alarmas y de Ana María Espinosa, ama de casa. Cuatro hermanos detrás de ella, una casa modesta a pocas cuadras de la línea fronteriza, una infancia marcada por la escasez sin drama, por la dignidad sin lujos, por el calor del desierto que te enseña desde niño que nada te lo van a regalar.

 La tarde del accidente, una niña con trenzas cruzaba una calle del centro. Un carro venía a velocidad. Ella no lo vio. El golpe la levantó del suelo. Aterrizó de espaldas sobre el asfalto. Sobrevivió, pero la cicatriz que le quedó recorriéndole la columna fue el primer recordatorio de algo que su cuerpo aprendió ese día y que su mente tardaría años en procesar, que el dolor no te mata, que te puede hacer más rápida.

 Iban a venir otras dos caídas. La segunda la tiraría al suelo 32 años después, frente a un país entero que la vería sangrar en cámara. La tercera, la más sucia de todas, no se la daría ningún carro. No se la darían unos hombres en una carretera oscura. Esa se la haría ella sola con las manos contra otras mujeres que confiaron en ella. Vamos a volver a esto.

 A los 14 años, Ana Gabriela ya era la más alta de su salón, larguirucha, desgarbada, con esa cicatriz cruzándole la espalda como una firma. Las maquiladoras de Nogales tenían ligas industriales de basquetbol, equipos armados con trabajadoras de las fábricas y un técnico la vio entrar a una cancha con una camiseta prestada y le dijo a su madre que esa muchacha tenía algo.

 Ana Gabriela salió a jugar y en cuestión de meses descubrió lo que ninguna otra niña de Nogales tenía en esa misma proporción. velocidad pura, la velocidad que después la llevaría a hacer historia y la velocidad que muchos años más tarde también la llevaría a destruirse. Soñaba con ser la versión femenina de Michael Jordan. Quería la camiseta de la selección olímpica de basketbol.

 En 1995 intentó entrar al equipo nacional para los Juegos de Atlanta. La cortaron, no la seleccionaron. Ana Gabriela regresó a Nogales dentro de un autobús con la maleta en el compartimento de abajo y las lágrimas encima, convencida de que su carrera deportiva había terminado a los 18 años. Lo que esa muchacha no podía imaginar llorando en ese autobús de regreso a Sonora es que el rechazo más doloroso de su vida iba a ser también el combustible de todo lo que vino después y que 30 años más tarde ella usaría exactamente la misma palabra

que le dijeron a ella aquella tarde para humillar a otras atletas mexicanas. Vamos a volver a esto. En 1996, sin haber pisado nunca una pista de atletismo, Ana Gabriela se inscribió por primera vez en una carrera de 400 m. Ganó, ganó los 800. También ganó una olimpiada nacional juvenil completa, siendo absolutamente desconocida.

 Y ahí entró a su vida el hombre que la moldeó durante 12 años. Raúl Barreda, cubano, entrenador de pista, severo, frío, metódico, el primer cubano en la vida de Ana Guevara, no iba a ser el último. Barreda la trabajó como si fuera barro sin forma, la rompió y la volvió a construir desde cero. Le quitó la técnica de basquetbolista, esa forma de moverse ancha y explosiva, y le construyó una zancada de velocista larga, precisa, implacable.

 la obligó a entrenar 8 horas al día, le prohibió la familia, las fiestas, las relaciones. Le dijo, y ella lo repetiría años después, en una entrevista con una extraña mezcla de orgullo y cicatriz, que el atletismo no era para mujeres bonitas, que era para mujeres que aguantaban. Ana Gabriela aguantó.

 El 29 de agosto de 2003, en el estadio de Saint Dennis en París, esa niña de Nogales que un carro tiró al pavimento, que un equipo de basquetbol rechazó, que lloró en un autobús de regreso al desierto, cruzó una línea de llegada y se convirtió en la mujer más rápida del planeta en los 400 m. México lloró con ella y ahí, exactamente ahí, en ese momento de gloria absoluta, empieza la parte de la historia que nadie quiso contarte.

 Una mujer de Sonora con una cicatriz en la espalda cruzó la meta de los 400 m planos en 48 segundos con 89 centésimas. Campeona del mundo, la primera mujer mexicana en ganar un oro mundial de pista en toda la historia del atletismo nacional. México se paró en seco. No es una metáfora, es lo que ocurrió literalmente esa noche en millones de hogares de este país.

 Los hombres que nunca lloraban frente a sus familias se quedaron con los ojos húmedos sin poder explicarlo. Las madres apagaron la estufa con la cuchara todavía en la mano y se plantaron frente al televisor sin moverse. Los niños que no entendían bien que eran los 400 m planos memorizaron ese número. 4889. como si fuera una contraseña sagrada.

 Y en Nogales, en ese barrio polvoriento donde una niña había salido volando por los aires sobre el asfalto 19 años antes, los maestros cerraron las aulas y dejaron que los muchachos vieran por televisión lo que le pasaba a alguien de ahí cuando aguantaba lo suficiente. Eso fue París, agosto de 2003, el estadio de Saint Dennis.

 Pero hay algo que ocurrió antes de París que la mayoría de la gente no recuerda con la misma claridad. El 3 de mayo de ese mismo año, en el estadio olímpico universitario de Ciudad Universitaria, Ana Gabriela Guevara hizo algo que ningún atleta mexicano, hombre o mujer, había hecho jamás en ninguna distancia.

Read More