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Las cosas que no sabías sobre CHE GUEVARA te sorprenderán — «Dispara, cobarde» Sus últimas palabras

 

Es el 9 de octubre de 1967 en una humilde escuela de Adobe en La Higuera, un remoto pueblo en las montañas bolivianas yace el cuerpo de un hombre delgado con heridas de bala y el rostro sereno. Horas antes había sido ejecutado por un sargento boliviano bajo orden directa, destinada a silenciar para siempre a un revolucionario que había desafiado imperios.

 Pero el plan fracasó estrepitosamente. Cuando la prensa llegó para fotografiar el cadáver, la imagen de su cuerpo, con los ojos entreabiertos, se propagó por el mundo como un incendio imparable. Ese rostro barbudo se convirtió instantáneamente en la bandera universal de la rebeldía, el martirio y la lucha anticapitalista.

 Su nombre, Ernesto Cheegevara. Pero antes de adentrarnos en la historia del hombre que renunció a todo, suscríbete y cuéntanos en los comentarios. Fue Elche un idealista o un villano cuya muerte prematura lo convirtió en icono global. Ernesto Guevara nació el 14 de junio de 1928 en Rosario, Argentina. Lejos de la imagen romántica del campesino empobrecido, el hombre que se convertiría en símbolo de la lucha de clases, nació en una familia de clase media alta con ascendencia aristocrática que se remontaba a la olarquía argentine. Sus padres, Ernesto

Guevara, Linchiselia de la Cerna, poseían una conciencia social progresista inusual para su época y clase. La casa Guevara estaba impregnada de discusiones políticas abiertas, filosofía radical y literatura marxista que circulaba libremente. Eran simpatizantes activos de la causa republicana durante la guerra civil española y mantenían un constante flujo de ideas revolucionarias.

 Este entorno, intelectualmente cargado, proporcionó la semilla teórica para la radicalización política que vendría después. Sin embargo, la vida de Ernesto estuvo definida no por su estatus privilegiado, sino por una enfermedad implacable que lo atormentó toda su existencia. A los 2 años, sufrió su primer ataque severo de asma que transformó completamente su infancia y su carácter.

 La enfermedad era tan grave que obligó a la familia a mudarse de Buenos Aires a alta gracia en busca de un clima seco que pudiera aliviar sus constantes y aterradores ataques respiratorios. Esta dolencia crónica tuvo un impacto profundo y paradójico en su desarrollo como persona irrevolucionario. Por un lado, los largos periodos de confinamiento y aislamiento forzado lo convirtieron en un lector absolutamente voraz e insaciable.

 Devoró con frenes y obras completas de Carl Marx, Friedrich Engals, los filósofos existencialistas franceses y poetas revolucionarios latinoamericanos como Pablo Neruda y César Vallejo. Este intenso autoaprendizaje autodidacta forjó su ideología política radical mientras su cuerpo débil enfermo lo mantenía prisionero.

 Por otro lado, el asma se convirtió paradójicamente en el motor de una voluntad de hierro inquebrantable. Lejos de resignarse a ser un inválido confinado, el joven Ernesto se lanzó con determinación casi fanática a combatir su debilidad física a través del deporte más brut. Se dedicó especialmente al rugby, donde a pesar de ser físicamente pequeño y crónicamente asmático, se ganó el respeto absoluto de sus compañeros por su tenacidad suicida y su negativa total a rendirse jamás bajo ninguna circunstancia.

 Esta lucha diaria e implacable contra su propia fragilidad corporal forjó el carácter disciplinado y sin concesiones que más tarde exigiría con brutalidad a sus compañeros guerrilleros en las montañas cubanas. En 1948 ingresó a la Universidad de Buenos Eris para estudiar medicina, eligiendo especializarse en alergología, tal vez buscando inconscientemente la forma de curarse a sí mismo de la maldición respiratoria.

 Aunque era un estudiante inteligente y capaz, su creciente obsesión por la política continental y su incontrolable deseo de conocer personalmente las realidades del continente lo llevaron a interrumpir constantemente sus estudios formales con largos viajes de exploración. Para el joven Guevara, la medicina académica pronto se volvió profundamente insuficiente e insatisfactoria.

 Si bien reconocía el valor noble de curar el dolor individual de pacientes específicos, llegó rápidamente a la conclusión radical de que la verdadera enfermedad mortal de América Latina no era de origen bacteriano ni viral, sino fundamentalmente social, política y económica. obtuvo su título oficial de médico en 1953, pero su verdadero destino profesional ya estaba completamente sellado por fuerzas históricas mucho más grandes y poderosas que la medicina convencional, bureza del viaje transformador que cambió.

 Todo comenzó montado en una vieja motocicleta Norton 500 cm cariñosamente apodada la poderosa segunda. Acompañado por su amigo Alberto Granado, un bioquímico idealista mayor que él, recorrió más de kilómetros brutales a través de Argentina, Chile, Perú, Colombia y Venezuela durante 1950 y 1952. El objetivo declarado inicialmente era aventurero y médico.

 Consistía en visitarle proserías remotas para perfeccionar sus conocimientos clínicos. Sin embargo, lo que realmente encontró en ese viaje épico fue un continente entero de fracturas sociales inmensas y desgarradoras que superaban ampliamente cualquier teoría marxista abstracta que hubiera leído cómodamente en la seguridad de su biblioteca familiar burgesa.

 Vio con sus propios ojos la explotación absolutamente brut de los mineros esclavizados en las minas de cobre de Chuquikamata, en el norte chileno. presenció directamente la desesperanza total de los pueblos indígenas completamente olvidados y abandonados en las alturas heladas de los Andes peruanos. enfrentó cara a cara la miseria endémica estructural en zonas rurales remotas donde enfermedades perfectamente erradicables seguían matando sistemáticamente a niños inocentes por la simple y criminal falta de recursos médicos básicos que en su

Buenos Aires natal se consideraban completamente ordinarios y accesibles. El momento absolutamente más impactante y definitivamente transformador de esta travesía continental épica ocurrió en la leprosería de San Pablo, ubicada en la profunda Amazonía peruana. Allí, al convivir directamente durante semanas con los enfermos de lepra, que vivían brutalmente aislados, no solamente en términos médicos, sino también socialmente, completamente abandonados y rechazados por sus propias familias y por el estado guatemalteco. Guevara

experimentó una transformación radical y permanente en su concepto fandemente de fraternidad humana universal y solidaridad revolucionaria internacionalista. Esta experiencia visceral y devastadora lo condujo inexorablemente hacia una conclusión política que alteraría completamente el curso entero de su vida y de la historia latinoamericana.

 La verdadera enfermedad mortal de América Latina no era de naturaleza bacteriana, no era viral, no era genética, era la injusticia social. Estru fue testigo directo de cómo el poder corporativo, con complicidad de la CÍA estadounidense, desmanteló violentamente el proyecto reformista. En junio de 1954, la Agencia Central de Inteligencia orquestó un golpe sangriento utilizando mercenarios, guerra psicológica y bombardeos aéreos.

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