Era mujer de unos 55 años, ni vieja ni joven, con esa edad intermedia que en el campo significa que ya sabe todo lo que importa, pero que todavía tiene el cuerpo para usarlo. T es morena clara con las arrugas específicas del sol de campo y del trabajo de años. No las arrugas del tiempo quieto, sino las del movimiento y la intemperie.
Cabello negro con hilos grises suelto hasta los hombros sin ningún orden, como si nunca hubiera tenido tiempo de preocuparse por el orden del cabello, porque siempre había cosas más urgentes que atender. Ojos verdes oscuros poco comunes en esa región que miraban con una atención directa que no pedía permiso para ver lo que necesitaba ver.
Vestido de algodón verde desteñido, mandil de cuero atado a la cintura, como los que usan los que trabajan con animales, botas de campo con el barro seco de varios días y en la mano la vara de madera para la maleza. Al brazo izquierdo un canasto de mimbre con hierbas atadas con mecate que asomaban por los bordes. Se llamaba Clemencia Tapia.
vivía en el rancho al otro lado del cerro, sola desde hacía 10 años cuando su marido murió de una picadura de serpiente que el suero no alcanzó a tiempo. Había criado cinco hijos que vivían en distintos puntos del mundo y que llamaban cuando podían. Había sido comadrona durante 20 años hasta que sus rodillas dijeron que los partos de noche ya no eran para ellas y desde entonces seguía con las hierbas y los remedios porque eso no requería arrodillarse.
Había visto el humo del rancho abandonado del difunto earisto tres días seguidos y había venido a ver quién estaba ahí, porque en el campo el humo de una chimenea vacía es asunto de todos los vecinos del rumbo. Entró al patio con la naturalidad de quien no necesita permiso para hacer lo que viene a hacer.
Se sentó en el corredor sin que nadie le dijera que se sentara. Miró a los gemelos con esos ojos de comadrona que saben exactamente que buscar antes de preguntar nada. Les tocó las mejillas con el dorso de la mano, que es la parte más sensible para detectar la temperatura de un recién nacido. Revisó el ombligo de Tomás, que todavía cicatrizaba con esa concentración de quien evalúa sin alarmar.
los puso boca arriba sobre el petate del corredor y los miró moverse, observando cómo usaban los brazos y las piernas, que miraban como respondían al sonido. Dijo que estaban bien, que eran pequeños de nacimiento, pero que se notaba que estaban comiendo y que el color era bueno y que el tono muscular estaba donde debía estar.
Después le preguntó a Natividad quién era y qué hacía ahí. Natividad le contó directo y sin queja porque no era su estilo y porque Clemencia era claramente mujer que prefería la verdad corta a cualquier otra cosa. El caserío, Doña Rufina, Eulogio, El juego, los 12 días en el cuarto rentado, los tres días de camino. Clemencia escuchó hasta el final y cuando Natividad terminó dijo que el rancho había sido del difunto Evaristo Campos, hombre bueno que había vivido solo 30 años en él y que había muerto sin familia cercana. que los sobrinos
del pueblo grande habían venido a recogerlo de valor y no habían vuelto, que el rancho llevaba 3 años así, que mientras nadie reclamara, natividad podía estar tranquila. Después sacó del canasto lo que traía. Epazote fresco para el caldo que Natividad necesitaba. Porque el cuerpo de una mujer que parió gemelos hace 12 días y lleva tres caminando necesita recuperarse con urgencia.
Un frasco de tintura de árnica para los pies. Raíz de jengibre para el té que le bajaría la inflamación, hojas de guanában secas para bañar a los bebés. Lo fue poniendo la pileta de la cocina explicando para qué era cada cosa, con esa eficiencia de quien ha hecho lo mismo muchas veces y sabe que se necesita sin tener que preguntar. Clemencia se fue esa tarde por el atajo del cerro diciendo que volvía al día siguiente y volvió y al otro y al siguiente, siempre con el canasto, siempre con algo adentro que Natividad necesitaba, aunque todavía no lo
supiera, le fue enseñando lo que Natividad no sabía todavía de esa región específica. Las plantas del cerro norte que no existían en el sur donde había crecido, el palo dulce para la tos, la hierba santa del arroyo para las fiebres, el musgo de piedra con grasa de cerdo para cicatrizar las heridas del trabajo.
Le enseñó a reconocer cuando la tierra de la huerta estaba lista para recibir semilla, que era cuando al meterle el dedo 2 cm cedía sin resistencia y olía a tierra reciente. enseñó a curar el empeine de los pies que natividad tenía de los días de camino, con una pasta de barro y cáscara deino que preparó ella misma, sentada en el corredor con la misma concentración que ponía en todo.
Le enseñó a bañar a los gemelos con agua de guanábana y a reconocer la diferencia entre el llanto del hambre y el llanto del cólico, que en los gemelos se confundía fácil porque a veces lloraban juntos y a veces en cadena y natividad tardó semanas en distinguir cuando era uno u otro. le enseñó el masaje de barriga que aliviaría los gases de Tomás, que los tenía peores que Bruno, y la posición exacta para eructar a cada uno después de comer, porque eran distintos en eso también como eran distintos en casi todo. Y le fue hablando del rancho y de
Baristo mientras trabajaban, de la huerta que había dado maíz y frijol y chile y calabaza durante 30 años, de la manera en que ese terreno respondía a las manos que lo cuidaban con una generosidad que parecía desproporcionada para el esfuerzo que uno ponía. de las gallinas que había tenido Evaristo y que se dispersaron cuando él murió y que algún vecino había recogido sin que nadie reclamara de como el rancho se había ido apagando lentamente después de que el viejo murió porque los lugares se apagan cuando la gente que lo sostiene
ya no está, que era algo que Natividad entendía de más de una manera. Las visitas de Clemencia le fueron dando a Natividad un ritmo que el rancho no había tenido desde que llegó. Mañanas de trabajo en la huerta y en el cobertizo, tardes con los gemelos en el corredor. Noches cortas porque Tomás y Bruno seguían despertando de madrugada, primero uno y después el otro y a veces los dos al mismo tiempo.
Inividad aprendió a moverse en la oscuridad del cuarto sin encender el kinqué porque el quinqué los despertaba más y el oscuro los calmaba antes. Aprendió a cargarse a los dos al mismo tiempo en el reboso doble con una coordinación que al principio le costó, pero que con la semana se volvió natural. Uno delante y uno en el costado, dejando las manos libres para trabajar o para cargar el balde o para amasar el pan de maíz que hacía cada tercer día, porque era lo que más llenaba y lo que menos costaba.
Y le fue enseñando sobre el panal. Cuando Natividad le mostró el tronco hueco del jocote al fondo del terreno, Clemencia se quedó quieta mirándolo con una expresión de quien reconoce algo valioso. Dijo que era panal de abeja silvestre criolla, que daba la miel más oscura y más medicinal de todas, que en el mercado del pueblo se vendía a precio alto porque ya casi no había y que la gente la buscaba para las enfermedades del pecho y para el sistema, que el panal llevaba ahí mucho tiempo, probablemente desde la época de Baristo,
y que Evaristo lo había dejado en paz porque sabía que las abejas son vecinas que no se molestan si uno no las molesta. Le enseñó a Natividad cómo acercarse sin asustarlas, moviéndose despacio, sin olores fuertes, sin movimientos bruscos, hablándoles bajito, porque las abejas responden al tono de voz, aunque nadie lo crea hasta que lo comprueba.
¿Cómo cosechar sin dañar el panal? Cortando solo las celdas llenas y dejando las que estaban en proceso. Como guardar la miel en los frascos de barro que encontraron en el cobertizo sellados con trapo de algodón. cómo limpiar el panal después de cada cosecha para que las abejas no abandonaran el tronco. Y le dijo una cosa que Natividad guardó con el mismo cuidado que las frases de doña Rufina, que las abejas silvestres eligen el lugar donde se instalan y que si se instalan en el rancho de uno es porque el rancho tiene algo que ella saben leer, aunque uno no sepa todavía
qué es. El primer frasco de miel que Natividad llevó al mercado lo vendió en menos de una hora. La señora que lo compró lo probó con el dedo en el puesto mismo, cerrando los ojos un momento con esa concentración de quien está evaluando algo con seriedad, y dijo que era igual a la miel de antes, de cuando Evaristo la traía, que hacía años que no se conseguía así.
Preguntó quién era ella. Natividad dijo que vivía en el rancho del difunto earisto. La señora la miró un momento más, preguntó si podía encargar para la siguiente semana. Natividad dijo que sí. Y en el camino de vuelta al rancho, con los gemelos en el reboso doble y el dinero en el bolsillo y los pies cansados de la caminata, hizo la cuenta de cuántos frascos podía producir por mes.
La cuenta daba, no sobraba, pero daba. El dinero que entraba lo guardaba en la lata de ojalata debajo de la tabla suelta del piso de la cocina, un peso de cada 10 como doña Rufina había enseñado, porque las instrucciones de las abuelas muertas son las que más duran. La crisis llegó al segundo mes, una noche de julio sin avisar. Tomás se despertó con fiebre.
No la fiebre ligera de los bebés que están bien y que baja sola, sino la otra, la que sube rápido y que calienta la frente con una intensidad que asusta antes de que uno tenga tiempo de pensar. Natividad lo tomó del cajón, le tocó la frente, le tocó el cuello, le abrió la ropa para sentir el pecho. Caliente, demasiado caliente para las horas que llevaba. Bruno dormía al lado sin saber.
Con esa indiferencia de los gemelos que duermen profundo cuando el otro está mal. Natividad se paró en el cuarto oscuro con Tomás en brazos y el corazón apretándose de esa manera específica que no es exactamente pánico, sino algo más frío y más serio. Ese apretón que viene cuando uno entiende que algo importa de verdad y que no hay nadie más que uno para resolverlo. No había médico cerca.
Clemencia vivía al otro lado del cerro y era de noche. Tenía las hierbas. tenía lo que Clemencia le había enseñado. Encendió el quinqué, sacó las hojas de guanábana seca y el jengibre y la manzanilla. Calentó agua en la olla de barro. Preparó el té de guanábana midiendo las hojas con la misma exactitud con que Clemencia lo hacía, porque en esas cosas la exactitud importa.
Preparó también trapos húmedos con agua fría del pozo y los puso en la frente de Tomás y en las muñecas y en las plantas de los pies, que es donde baja mejor el calor. Y se quedó sentada en el catre con Tomás en brazos esa noche entera, cambiando los trapos cuando se calentaban, dándole el té cuando Tomás abría los ojos, cantándole en voz baja lo que recordaba de las canciones de doña Rufina, que no eran muchas, pero que eran las correctas.
Bruno durmió toda la noche sin despertarse. Inatividad a veces lo miraba desde el catre y le agradecía ese sueño en silencio, como se agradecen las cosas que no se pidieron, pero que llegaron exactas. La fiebre bajó antes del amanecer. Natividad acomodó a Tomás en el cajón con Bruno y se quedó parada junto a los dos mirándolos un momento.
Después fue al corredor y se sentó en el escalón y le agradeció a doña Rufina, a Clemencia, a quien hubiera que agradecer que el saber hubiera alcanzado, que sus manos hubieran sabido qué hacer cuando lo que hacía falta no era rezar, sino actuar. Clemencia llegó esa mañana antes de lo habitual.
Cuando Natividad le contó, la mujer del mandil de cuero escuchó cada detalle evaluando todo mientras escuchaba. preguntó qué hojas había usado, en qué cantidad, a qué temperatura el agua. Natividad, respondió todo. Clemencia asintió. Dijo que lo había hecho bien y después dijo, con esa brevedad suya que no dejaba espacio para adornos, que eso era lo que el saber era para no para guardarlo, para usarlo cuando hacía falta de verdad.
Las semanas siguientes fueron de construir en silencio, que es la única manera de construir las cosas que duran. La huerta fue tomando forma surco a surco con las semillas que Clemencia traía del cerro o del mercado, con el trabajo que Natividad ponía en las horas que los gemelos dormían y en las horas que los cargaba en el reboso mientras trabajaba, que eran las más porque Tomás y Bruno en esa época dormían poco y al mismo tiempo con esa sincronía de gemelos que a veces era bendición y a veces era los dos llorando juntos a las 3 de la mañana. El frijol brotó primero
con esa terquedad verde de las plantas que estaban esperando que alguien las cuidara. Después el cebollín en hileras firmes. Después las matas de Chile que prendieron a la primera porque la tierra del rancho del difunto Evaristo era tierra que había sido trabajada bien durante 30 años y que recordaba como responder a quien la cuidaba.
Con esa memoria que tiene la tierra buena de cuando fue tratada con cuidado y que no se borra aunque pasen años sin que nadie la trabaje. La miel siguió semana a semana con frascos que Natividad llenaba con el cuidado de quien entiende que la reputación se construye de a un frasco a la vez.
Aprendió a cosechar siempre en las mañanas porque la miel de la mañana es más espesa y más oscura. Aprendió a marcar los frascos con la fecha. Aprendió a probar con el dedo antes de sellar porque la miel que fermenta arruina el frasco entero y el frasco entero en el mercado es la palabra de uno. Y la palabra de uno es lo único que vale cuando no se tiene más que el propio trabajo para ofrecer.
Cada cosa que aprendía la anotaba en el cuaderno comprado con el dinero del primer frasco, con la letra apretada de quien aprendió a escribir tarde. Y ese cuaderno fue llenándose de páginas que eran el registro de todo lo que el Rancho y Clemencia le habían ido enseñando. La casa fue cambiando también.
Las paredes encaladas con la mezcla de cal y agua en la proporción exacta que Clemencia le enseñó porque demasiada cal cuartea y poca cal no cubre. El agujero del techo reparado con tejas que un vecino del camino vendió a cambio de dos frascos de miel, porque el trueque en el campo funciona tamban bien como el dinero y a veces mejor.
Cortinas cocidas con tela del mercado, el mismo patrón que doña Rufina usaba para las del caserío, que Natividad recordaba de haberlas visto hacer desde niña y que sus manos reprodujeron sin que nadie se lo enseñara de nuevo, porque el cuerpo recuerda lo que aprendió bien. El catre con un colchón de paja nuevo que Natividad rellenó y cosió ella misma en una tarde de siesta de los gemelos.
El corredor barrido todas las mañanas antes de que los primeros llantos llegaran del cuarto, que era el momento de silencio que Natividad se regalaba. Los 10 minutos entre el fogón encendido y el mundo despertando. Y en el patio, al lado del árbol de Ciruelo, la mata de rosa de Castilla que Clemencia trajo un día sin que nadie se la pidiera, diciéndole solamente que los lugares donde viven mujeres solas necesitan tener algo que florezca por las puras ganas de florecer, sin función, sin que nadie se lo pida. Solo por eso Tomás y
Bruno crecieron con esa velocidad doble de los gemelos bien queridos que parece milagrosa, pero que es simplemente el resultado de que alguien les está dando lo que necesitan. Al mes y medio, los dos seguían con los ojos a natividad siguiendo su voz. Al tercer mes, sonreían, pero de maneras distintas. Tomás con la boca abierta y los ojos cerrados.
Bruno con la boca apretada y los ojos muy abiertos, como si la sonrisa de cada uno fuera ya la primera expresión de lo que iban a hacer. Clemencia lo dijo desde temprano, que Tomás iba a ser del campo, que tenía las manos abiertas cuando dormía, como quien ya está listo para agarrar algo, que Bruno iba a ser de los que preguntan todo, que había fruncido el seño la primera vez que vio el fuego como si estuviera tratando de entender cómo funcionaba.
Natividad escuchaba esas observaciones y las guardaba donde guardaba todo lo que importaba, en ese lugar de adentro donde viven las cosas que dan fuerza cuando hace falta. El problema llegó cuando los gemelos tenían dos meses en forma de un hombre llamado Victoriano, sobrino del difunto earisto, 45 años, que llegó al rancho un viernes de mañana montado en un caballo colorado que valía lo que no valía el rancho junto con todo lo que estaba adentro.
Entró al patio sin llamar, con esa seguridad de quien viene a algo que ya decidió antes de llegar, y se paró en medio del patio mirando todo con esos ojos de quien está calculando el valor de cada cosa antes de decir una palabra. Miró las paredes encaladas, miró la huerta verde con los surcos limpios, miró el tendedero con ropa de bebé, miró el corredor barrido y cuando encontró Natividad en la huerta con Bruno en el reboso y Tomás dormido en el cajón a la sombra del árbol de Ciruelo, caminó hacia ella con esa naturalidad de quien
ya sabe lo que va a decir y está esperando el momento de decirlo. Se presentó. dijo que era heredero del rancho, que tenía los papeles, que había dejado pasar el tiempo porque había estado ocupado en otros negocios, pero que ahora tenía planes para la propiedad y necesitaba que quien estuviera ahí lo desocupara en 30 días, que era más de lo que estaba obligado a darle por ley y que esperaba que lo tomara como gesto de buena voluntad.
Lo dijo con esa voz de quien ya sabe que tiene razón legal y que está esperando que el otro lo reconozca y se haga a un lado. Natividad lo escuchó con los pies plantados en la tierra de la huerta que había limpiado ella con sus propias manos. La misma tierra que había sembrado ella, la misma que había dado el frijol y el cebollín y las matas de chile que se veían verdes y firmes en los surcos detrás de Victoriano mientras él hablaba.
Lo escuchó hasta el final sin interrumpir, que era su manera, con todo lo que valía la pena escuchar hasta el final. Y después le dijo, con la misma voz directa de siempre, que el rancho llevaba tres años abandonado cuando ella llegó, que las paredes estaban descascaradas y el techo roto, y la huerta cubierta de maleza, y el pozo sin limpiar y la alacena vacía, que ella había reparado todo eso con su trabajo y su dinero durante meses, y que ese trabajo tenía un valor que los papeles de herencia no reflejaban, que si él
quería hablar de la propiedad estaba bien, pero que esa conversación la iba a tener acompañada de alguien que entendiera de leyes. No solo entre los dos. Victoriano la miró con la expresión de quien no esperaba esa respuesta. La sonrisa se sostuvo, pero los ojos se ajustaron un grado hacia el cálculo.
Dijo que lo pensara bien, que era asunto simple. Natividad dijo que entonces en 30 días podía volver con los papeles y ella tendría quien la acompañara en esa conversación. Victoriano la miró un momento más, evaluando si había algo más que decir. Decidió que no. montó el caballo y se fue levantando polvo en el camino de tierra.
Clemencia llegó esa tarde como si supiera, aunque Natividad no la había mandado a llamar. escuchó todo sentada en el corredor con los gemelos en las rodillas, que era donde siempre terminaban cuando ella llegaba, uno en cada rodilla, mirando al mundo con esa seriedad de dos meses. Y cuando Natividad terminó de contar, Clemencia dijo que conocía al secretario del Juzgado del Pueblo desde hacía 20 años, hombre de palabra que entendía de estas cosas y que le hacía favor de orientar a quien lo necesitara, que el rancho llevaba 3 años abandonado sin que el
heredero apareciera y que los derechos de quien ocupa y trabaja una propiedad abandonada no eran cosa de ignorar, que Victoriano lo sabía aunque no lo dijera. El secretario del juzgado era hombre pequeño y preciso que escuchó a Natividad con los gemelos en el reboso doble y tomó notas con la minuciosidad de quien construye argumentos desde los detalles.

Le explicó lo que tenía a su favor, el tiempo de abandono, las mejoras dakements, la presencia continua y pública que los vecinos podían atestiguar. le dijo que fotografiar, que guardar, que decir y que no decir. Clemencia ofreció ser testigo sin que nadie se lo pidiera, con la naturalidad de quien considera que eso es simplemente lo que se hace.
Victoriano volvió al mes, esta vez a pie sin el caballo colorado, que era señal de que la conversación había cambiado de tono antes de empezar. dijo que había consultado y que estaba dispuesto a arrendar formalmente. 5 años de contrato a cambio de una renta mensual pequeña que Natividad podía cubrir con lo que entraba de la miel.
¿Qué era lo mejor que podía ofrecerle? Dadas las circunstancias, lo dijo así, dadas las circunstancias, que era la manera de admitir sin admitir que las circunstancias no estaban del todo de su lado. Natividad dijo que aceptaba con la condición de que el contrato lo redactara el secretario del juzgado y que quedara firmado con testigos.
Victoriano no le gustó eso, pero lo aceptó porque era hombre que calculaba bien y que sabía que un acuerdo documentado era mejor que un litigio largo con una mujer que tenía testigos y tiempo y nada que perder. El contrato se firmó un martes de mañana con clemencia de testigo y el secretario de Escribano. Natividad salió del juzgado con el papel en la mano y los gemelos en el reboso doble y se quedó parada en la calle del pueblo un momento mirando su nombre escrito en la línea del arrendatario.
Su letra, su nombre, su firma. pensó en doña Rufina en la frase sobre el saber en las manos que no pesa y no se queda en la frontera. Pensó que se lo había llevado y que había hecho exactamente lo que doña Rufina había prometido que haría. Los años que siguieron fueron los del rancho que se fue llenando de lo que se llena cuando la gente que vive en él está construyendo y no solo habitando.
La producción de miel creció cuando Natividad aprendió a cuidar dos panales más que encontró en el cerro con ayuda de clemencia, subiendo por el atajo dos mañanas seguidas con los gemelos en el reboso, hasta que encontraron los troncos huecos que las abejas habían elegido. La huerta se extendió hasta cubrir todo el fondo del terreno con una sección de hierbas medicinales que Natividad fue sembrando según lo que Clemencia le iba enseñando, porque si las hierbas del cerro podían curar también las de la huerta y era más fácil tenerla cerca. El
nombre de la miel del rancho de la señora de los gemelos fue conociéndose en el mercado del miércoles y después en las tiendas del pueblo y después en los pueblos de alrededor porque la miel buena viaja sola y la gente que la prueba habla de ella sin que nadie se lo pida. Tomás fue del campo desde que pudo caminar, siguiendo a Natividad a la huerta con ese interés de quien nació para eso, agarrando la tierra con las manos antes de que alguien le dijera que podía agarrarla.
A los 3 años ya distinguía el frijol del cebollín solo por las hojas. A los cinco ordeñaba la cabra que Natividad había comprado al año de estar en el rancho, despacio y con las manos pequeñas que no alcanzaban bien, pero que lo intentaban con una seriedad que hacía que Clemencia se riera la primera vez que lo vio, que era de las pocas veces que Clemencia se reía, pero cuando lo hacía era de verdad.
creció siendo del campo de la misma manera en que los árboles son del suelo donde están plantados, sin esfuerzo, sin preguntarse si podría ser otra cosa. Bruno fue de las preguntas desde antes de saber hablar bien, señalando las cosas con el dedo y mirando a Natividad hasta que ella le explicaba el nombre de cada planta y para qué servía, por qué las abejas hacían lo que hacían y de dónde venía la miel antes de ser miel, qué había dentro del tronco hueco del jocote, por qué el árbol de ciruelo daba frutos morados y no de otro color. ¿Por qué doña Rufina,
a quien Bruno nunca había conocido, vivía tanto en las conversaciones de su madre? Natividad respondía cada pregunta con la misma seriedad con que Bruno la hacía, porque doña Rufina le había enseñado que las preguntas de los niños merecen respuesta real y que quien no las recibe aprende a no preguntar, que es la pérdida más grande que puede tener un ser humano.
Bruno creció siendo de las preguntas y siendo de los panales también, porque las abejas y las preguntas tienen algo en común. Las dos requieren que uno se acerque despacio y con respeto si quiere que le den algo a cambio. Los dos crecieron distintos pero complementarios. ¿Cómo crecen los gemelos cuando el mundo no los obliga a hacer lo mismo y cuando la madre que los cría tiene suficiente para los dos sin dividir nada? Clemencia siguió viniendo al rancho durante años con el canasto y la vara.
Cuando sus rodillas empezaron a protestar el camino del cerro, Natividad fue a visitarla dos veces por semana llevando comida y llevando los gemelos que Clemencia quería ver crecer. Cuando Clemencia murió a los 73 años, tranquila en su cama con Natividad a su lado, igual que Natividad había estado a su lado cuántas veces hizo falta en todos esos años, le dejó el canasto de mimbre y la vara de madera y el saber que iba con ambos, ese saber de plantas y de remedios y de cómo acercarse las cosas que dan si uno sabe aproximarse bien.
Natividad siguió con las hierbas y los remedios sin anunciarlo, simplemente haciéndolo, porque era lo que sus manos sabían y porque el saber que no se usa se pierde, y el que viene de quien ya no está es el que más responsabilidad carga. Los años que siguieron fueron los del rancho que se fue llenando de lo que se llena cuando la gente que vive en él está construyendo y no solo habitando.
La producción de miel creció cuando Natividad aprendió a cuidar dos panales más que encontró en el cerro con ayuda de clemencia. Una tarde de muchos años después, cuando el árbol de ciruelo era tan grande que su sombra llegaba hasta el portón y los gemelos eran hombres con sus propias familias que vivían cerca.
Natividad estaba sentada en el corredor viendo el atardecer. La tarde tenía esa luz de los atardeceres del campo que hace que todo parezca más quieto y más completo al mismo tiempo. Ese calor bajo y dorado que Natividad había aprendido a esperar como el premio del día. El momento en que el trabajo ya estaba hecho y lo que quedaba era sentarse y ver como el sol se iba poniendo detrás del cerro con esa lentitud que tiene todo lo que no tiene prisa.
Tomás estaba en la huerta con su hijo mayor, un muchacho de 12 años que tenía las mismas manos abiertas del padre, pero la misma mirada directa de la abuela. Bruno estaba en el cobertizo revisando los panales nuevos con esa concentración suya de siempre. Las nueras de natividad estaban en la cocina haciendo la cena y el olor llegaba hasta el corredor.
Frijol, epazote y chile tostado, el mismo olor de la primera noche que Natividad había cocinado en ese fogón con leña seca y los gemelos llorando en el cajón y la chimenea tapada de palomilla y todo por resolver al mismo tiempo. El mismo olor. Muchos años después y el mismo olor exacto. Tomás salió de la huerta y se paró al lado de ella en el corredor.
Le preguntó en qué pensaba. Natividad le dijo que en el árbol de Ciruelo, que ese árbol había estado dando frutos cuando llegó sin que nadie lo cuidara, sin que nadie lo viera, que eso era lo primero que había visto del rancho antes de ver la ruina, antes de ver el agujero en el techo y la maleza y la alacena vacía, que el árbol había estado ahí dando frutos morados al sol de la tarde, como si no supiera que nadie lo miraba y que eso había sido suficiente para entrar.
Tomás miró el árbol, dijo que todavía daba. Natividad dijo que sí, que seguía dando. Bruno salió del cobertizo y se paró en el portón escuchando. El hijo de Tomás preguntó por qué el árbol daba frutos morados. Bruno dijo con esa voz seria de hombre que toda su vida había preferido las respuestas exactas a las aproximadas, que porque así estaba hecho, que las cosas que están bien hechas hacen lo que tienen que hacer sin que nadie tenga que pedírselo, sin que nadie las esté mirando, sin que nadie las agradezca. Natividad lo miró y pensó
que era exactamente lo que doña Rufina habría dicho, que era lo que el árbol de Ciruelo había estado diciendo durante todos esos años sin necesitar palabras, que era lo que ella misma había estado haciendo desde la primera tarde que entró por ese portón con los gemelos en el reboso y la maleta que no pesaba nada y el saber en las manos que tampoco pesaba y que lo había sido todo.
Y los tres se quedaron en el corredor mirando el árbol que seguía dando porque esa era su naturaleza y porque la naturaleza de las cosas que están bien plantadas no necesita que nadie le recuerde lo que tiene que hacer. M.