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Abandonada con sus Bebés, Sobrevivió en un rancho Abandonado sola y sin nadie.

 Y el techo era lo único que esos dos bebés necesitaban esa noche para seguir bien. Lo que no sabía era que ese rancho que nadie quería le iba a dar mucho más que techo. Si tú crees que Dios a veces deja un lugar vacío y esperando exactamente para quien lo va a necesitar, déjame tu like ahora mismo, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando.

Vamos a comenzar. Natividad Reyes había nacido en un caserío de siete casas al borde de un río del sur, criada por su abuela doña Rufina desde los 4 años, porque su madre Ambrosia había muerto de parto y su padre había sido hombre de paso que no volvió. Doña Rufina era mujer de huesos grandes y carácter más grande todavía, que había levantado solo a cuatro hijos y después a la nieta sin que nadie escuchar queja de su boca.

 Le enseñó a Natividad todo lo que importa cuando se vive lejos de todo. Sembrar siguiendo las lunas, reconocer las hierbas que curan de las que matan, encender el fogón con leña húmeda, guardar un peso de cada 10 sin excepción. y le dijo tres días antes de morirse cuando Natividad tenía 18 años, que el mundo era más grande que el cacerío y que cuando saliera se llevara el saber en las manos porque eso no pesaba y nunca se quedaba en la frontera.

 Sola en el caserío, Natividad vendía lo que producía la huerta en el mercado del pueblo cercano. Ahí conoció a Eulogio, comerciante de telas, que la cortejó con paciencia y con promesas de casa propia y vida tranquila. Se fueron juntos cuando ella tenía 19 años. Al segundo año de vivir en el pueblo grande apareció el problema eulogio y el juego, las deudas, el dinero de la renta que faltaba sin explicación creíble.

 Cuando Natividad quedó embarazada, él estuvo tres días callado y al cuarto dijo que las cosas estaban difíciles. El médico le dijo dos semanas después que eran dos gemelos. Eulogio se fue un mes antes del parto con la ropa y la mochila y el dinero del frasco, dejando una nota que pedía que lo perdonara y que decía que ella era mujer fuerte.

tenía razón en eso solo. Los gemelos nacieron al séptimo mes. Natividad los llamó Tomás y Bruno. Los tuvo esa primera noche en brazos sola en el cuarto, uno en cada brazo, mirándolos con esa intensidad de madre que acaba de parir y que entiende que esas criaturas son lo más real que existe. Al décimo día, el dueño del cuarto le dijo que tenía un mes.

 Natividad usó ese mes en prepararse. Vendió lo poco que había de valor. Compró tela para reboso doble. ropa chica, una cobija. Guardó lo que sobró en el doble fondo cocido del bolso, porque guardar era costumbre que no se pierde. A los 12 días de nacidos, Tomás y Bruno salió del cuarto con la maleta y el reboso y el bolso y no miró hacia atrás. Caminó tres días.

 En el primero paró en una casa a pedir agua y la señora le dio pan también. En el segundo lavó ropa en una casa grande a cambio de comer y dormir en el lavadero. En el tercero, la tarde del tercer día, llegó por el camino de tierra al rancho. Lo vio desde el camino y lo primero que vio no fue la ruina, sino el árbol.

 Un árbol de ciruelo enorme en la esquina del patio, con la copa llena de frutos morados que brillaban con el sol de la tarde, como si el árbol no supiera que nadie lo estaba mirando y siguiera dando fruto por costumbre, por fidelidad a su propia naturaleza. Después vio la casa detrás.

 Adobe descascarado, techo de teja con el agujero en la esquina, portón de madera sin candado empujado por el viento. El silencio de los lugares que llevan mucho tiempo sin gente. Empujó el portón. Entró y Tomás y Bruno se despertaron al mismo tiempo con ese llanto doble que desde el primer día la llenaba de una mezcla exacta de amor y de terror y de algo más que solo las madres de gemelos conocen.

 Recorrió la casa despacio antes de tocar nada, como le había enseñado doña Rufina a aprender cualquier lugar nuevo, caminándolo entero, buscando los puntos firmes y los débiles. Las paredes de adobe estaban sólidas donde no había humedad. El techo tenía los dos agujeros en las esquinas, pero las vigas principales se veían enteras.

 El fogón de adobe en la cocina tenía una grieta en el lado derecho, pero la estructura en pie. En la alacena no había nada, excepto una olla de barro sin tapa. Detrás de la casa había leña apilada seca bajo un tejado de palma que alguien había puesto con cuidado. Y el pozo al fondo del patio bajó el balde con la cuerda vieja que crujió, pero aguantó y el agua que subió era limpia y fría. Primero el agua.

 Sin agua no hay nada más. Acomodó a los gemelos en la cobija sobre el catre sin colchón del cuarto. Encendió el fogón. Tardó tres intentos porque la chimenea estaba tapada de palomilla y tuvo que destaparla con un palo mientras Tomás y Bruno lloraban en el cajón. Cuando el fuego prendió parejo y el humo subió derecho, los dos dormían por pura coincidencia del sueño y Natividad se quedó parada frente al fogón un momento, sola en la cocina oscura con la luz de las llamas, sintiendo el calor en la cara. Cocinó los frijoles que traía en

la maleta, comió y esa primera noche, sentada en el escalón de la puerta con los bebés dormidos adentro, le habló a doña Rufina en voz baja, como siempre que necesitaba pensar en voz alta y no había nadie más. le dijo que este rancho iba a ser de ellos, que no sabía todavía cómo, pero que lo sabía. Al día siguiente fue al patio de atrás y empezó a entender lo que tenía.

 Un árbol de guayaba en la esquina cargado de frutos amarillos que nadie había cosechado. Un árbol de mango más grande al fondo con frutos todavía verdes y debajo de la maleza, visible para quien supiera mirar, los surcos de una huerta vieja con piedras en los bordes puestas con orden, la tierra oscura y fértil debajo de la hierba.

 Y en el rincón del fondo algo más, el tronco hueco de un árbol de jocote caído de lado y en ese tronco un zumbido bajo y constante que Natividad reconoció antes de acercarse. Un panal de abejas silvestres que ocupaba la mitad del tronco, con las celdas llenas de miel oscura y las abejas moviéndose sobre ellas con esa precisión de quien lleva tiempo haciendo lo mismo y lo hace perfectamente.

 Natividad se quedó mirando ese panal con las manos sucias de tierra y los gemelos en el reboso, y pensó que ese rancho no estaba vacío. Estaba esperando. Fue al cuarto día que llegó Clemencia. No venía por la vereda principal, sino por el atajo del cerro, un camino que Natividad no sabía todavía que existía y que quedaba exactamente detrás del cobertizo donde estaba la leña apilada. la escuchó antes de verla.

pasos firmes sobre la tierra seca con ese ritmo de quien no va con prisa, pero tampoco pierde el tiempo y el golpe periódico de una vara de madera que apartaba la maleza del camino. Natividad se asomó por la ventana del cuarto con los dos gemelos en brazos y el corazón apretándose de esa manera cautelosa que aprendió a tener desde que llegó sola a ese rancho.

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