Las invitaciones llegaban de todos lados. cenas, eventos, fiestas, reuniones con gente importante. De pronto, Rubén Olivares era alguien, no solo en el barrio, no solo en la Ciudad de México, sino en el mundo. Y esa noche, mientras celebraba con su equipo en California, ninguno de los presentes podía imaginar que aquel joven campeón terminaría décadas después sentado en un puesto de la lagunilla pidiendo un millón de dólares por el mismo cinturón que acababa de ganar.
Pero para llegar a ese punto todavía faltaba mucho. Faltaban más peleas, más victorias, más nocouts y también faltaban las fiestas, las noches largas, las botellas que nunca se vaciaban y las decisiones que una por una irían construyendo la caída. Pronto vas a entender como un hombre que lo tenía absolutamente todo fue perdiéndolo pieza por pieza sin darse cuenta hasta que ya no quedó nada.
Después de conquistar el título mundial de peso Gallo, Olivares entró en una de las rivalidades más memorables del boxeo mexicano. Su rival se llamaba Jesús Chucho Castillo, un peleador duro, resistente, que no le tenía miedo a nadie. La primera pelea entre ambos fue una guerra de 15 asaltos que Olivares ganó por decisión. La segunda fue diferente.
Castillo logró cortarlo en el primer asalto y el combate fue detenido en el dearto. Era la primera derrota de Rubén en 62 peleas. El nin cinturón cambió de manos, pero lejos de hundirse el PUAS regresó para la tercera pelea. Fue derribado durante el combate, se levantó y ganó por decisión en 15 asaltos para recuperar su corona.
Esa capacidad de regresar, de levantarse cuando todo parecía perdido, era lo que hacía especial a Olivares en el cuadrilátero. La tragedia fue que fuera del ring esa misma capacidad no existía, porque mientras el PUAS acumulaba victorias y knockouts, algo más estaba creciendo en su vida, algo que al principio parecía inofensivo, parte natural de la celebración, de la juventud, del éxito.
Las fiestas después de cada pelea se fueron haciendo más largas. Las noches en las cantinas de La Bondojito y de Tepito se extendían hasta el amanecer. Los amigos que antes lo animaban desde las gradas, ahora lo acompañaban a beber y nadie, absolutamente nadie en su entorno, tenía el valor o la intención de decirle que se detuviera.
¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Era el campeón del mundo, era joven, millonario, invencible? ¿Quién le iba a decir que parara? Hay que entender algo fundamental sobre el México de aquella época para dimensionar lo que significaba ser el púa Solivares. En los años 60 y 70 el boxeo no era simplemente un deporte, era la manera en que millones de mexicanos canalizaban su orgullo, su identidad, su necesidad de sentir que alguien de abajo podía llegar a lo más alto.
Los boxeadores eran ídolos populares en el sentido más profundo de la palabra. Eran el espejo en el que se miraba la gente de los barrios, la gente trabajadora, la gente que soñaba con algo mejor. Y cuando un muchacho de la bondojito, del mismísimo corazón de Tepito, se paraba frente al mundo y lo hacía temblar con sus puños, eso era mucho más que una victoria deportiva.
Era un acto de afirmación para toda una comunidad y Olivares lo sabía. lo sentía cada vez que regresaba a su barrio después de una pelea. Las calles se llenaban de gente que quería tocarlo, abrazarlo, invitarlo a su casa, compartir una bebida con él. Y Rubén, generoso por naturaleza, nunca decía que no.
Nunca cerraba la puerta, nunca rechazaba una invitación, era un hombre del pueblo y se comportaba como tal. Pero esa misma generosidad, esa misma cercanía con la gente fue también una de las trampas que lo fueron consumiendo. Porque cuando eres el campeón del mundo y todo el barrio quiere celebrar contigo, la celebración no termina nunca.
Y cuando la celebración no termina nunca, el cuerpo y la mente pagan un precio que al principio no se nota, pero que con el tiempo se vuelve imposible de ignorar. Había una dinámica particular en torno al púas que se repetía una y otra vez. Antes de cada pelea, sus entrenadores hacían todo lo posible por mantenerlo concentrado, disciplinado, alejado de las tentaciones.
Lo llevaban a campos de entrenamiento. Le Michin imponían rutinas estrictas, le controlaban la dieta y durante esas semanas de preparación, Olivares se transformaba. volvía a ser la máquina que había noqueado a 49 rivales consecutivos. Su cuerpo respondía, su mente se enfocaba, sus puños recuperaban esa precisión letal que lo hacía tan peligroso.
Pero en cuanto terminaba la pelea, en cuanto sonaba la última campana y el árbitro levantaba su brazo en señal de victoria, la disciplina se evaporaba como si todo el esfuerzo de semana se concentrara en una sola noche y después no quedara nada. Y la fiesta comenzaba otra vez. Este ciclo se repitió durante años.
Disciplina antes de la pelea, exceso después de la pelea, disciplina otra vez, exceso otra vez. Y con cada repetición, el periodo de exceso se hacía un poco más largo y el periodo de disciplina un poco más corto. Era como una balanza que se iba inclinando lentamente, tan lentamente que ni él ni quienes lo rodeaban podían percibir el desequilibrio hasta que la balanza se volcó por completo.
En 1972, Olivares perdió su título de peso gallo ante Rafael Herrera por knockout en el octavo asalto. Fue una derrota dura, inesperada para muchos, pero en lugar de tomarse un descanso, de replantear su carrera, el Púas decidió subir de categoría. Se movió al peso pluma, donde su pegada seguía siendo devastadora y en 1974 conquistó el campeonato mundial de peso pluma.
de la Asociación Mundial de Boxeo. Un año después añadió el cinturón del Consejo Mundial de Boxeo en la misma división, cuatro títulos mundiales en dos categorías distintas. Un logro que muy pocos boxeadores mexicanos habían alcanzado en aquel entonces, pero detrás de esos cinturones brillantes, la realidad era otra.
Los que conocían al púas de cerca no estaba bien. Las sesiones de entrenamiento se volvían irregulares. Había días en que llegaba al gimnasio con los ojos hinchados, con el cuerpo pesado, con el aliento delatándolo y sin embargo subía al ring y ganaba. Eso era lo más peligroso de todo, porque cada victoria obtenida sin la preparación adecuada le reforzaba la idea de que podía seguir así, que su talento era suficiente para compensar cualquier exceso.
Es una trampa en la que caen muchos deportistas con talento natural. Creen que pueden abusar de su cuerpo porque este siempre le responde hasta que un día deja de hacerlo. Existe una anécdota que circuló durante años en el ambiente boxístico mexicano y que ilustra perfectamente la dualidad en la que vivía Olivares. Se decía que en más de una ocasión su equipo tenía que ir a sacarlo de alguna cantina la noche antes de una pelea.
lo encontraban en condiciones lamentables, lo llevaban al vestidor, le ponían los guantes y lo mandaban al cuadrilátero y ganaba. La gente se reía de estas historias, las contaba con admiración, como si fueran parte del encanto del personaje, pero no eran graciosas, eran las señales de una situación que estaba fuera de control y que nadie quiso enfrentar cuando todavía había tiempo.
Los años 70 fueron la década dorada del Púas, pero también fueron la década en la que se sembró todo lo que vendría después. El dinero entraba a raudales. Se calcula que Olivares ganó más de $,000 a lo largo de su carrera. Una cifra extraordinaria para un boxeador mexicano de aquella época. Pero el dinero se iba con la misma velocidad con la que llegaba.
Fiestas que duraban días enteros, regalos a amigos que aparecían cuando había bonanza y desaparecían cuando no la había. inversiones mal asesoradas y por encima de todo la absoluta falta de un plan para el futuro. Olivares vivía como si los knockouts nunca fueran a terminarse, como si los cheques nunca fueran a dejar de llegar, como si los veintitantos años duraran para siempre.
En un momento vas a descubrir qué fue exactamente lo que pasó cuando los aplausos se apagaron y el PAS se quedó solo con las consecuencias de todas esas decisiones. El boxeo también lo castigó en el ring. Olivares se enfrentó a algunos de los mejores peleadores de su era y no todas las batallas terminaron a su favor.
Boby Chacón, Eusebio Pedroa, David Cotei, Alexis Argüello. Cada uno de estos nombres representaba un desafío diferente, un estilo distinto, una amenaza particular, pero fue la pelea contra Argüello la que más marcó el declive de Olivares como competidor de élite. Alexis Argüello era un nicaragüense extraordinario, un pegador de precisión quirúrgica que combinaba poder con inteligencia como pocos boxeadores de su generación.
Cuando se enfrentó al Púas, Argüello estaba en la plenitud de sus capacidades, hambriento de gloria, meticulosamente preparado. Olivares, en cambio, llegó a esa pelea con el desgaste de años de excesos acumulados. No era el mismo peleador que había noqueado a Lion el Rose en cinco asaltos.
Era una versión disminuida, todavía peligrosa por su pegada natural, pero ya sin la velocidad, sin los reflejos, sin la resistencia que lo habían hecho invencible. La derrota contra Argüello fue un mensaje que el PAS no quiso escuchar, o quizá lo escuchó, pero decidió ignorarlo, como había ignorado tantas otras señales a lo largo de su vida.
Porque después de esa pelea, en lugar de reconocer que su mejor momento había pasado, Olivares siguió subiendo al ring. Siguió peleando contra rivales cada vez menos relevantes en arenas cada vez más pequeñas, por bolsas cada vez más modestas. era como un artista que se niega a dejar el escenario, aunque el teatro se esté vaciando.
Y cada pelea de esos últimos años era una versión más pálida de lo que alguna vez había sido. Los aficionados que lo habían visto en su esplendor apenas reconocían en aquel hombre cansado al monstruo que había aterrorizado la división de peso gallo. Hubo peleas en esa etapa final que resultaban dolorosas de ver para quienes lo admiraban.
Rivales que en sus mejores años no le hubieran durado tres asaltos, ahora lo llevaban a decisión, lo golpeaban con una impunidad que habría sido impensable una década antes. Los cronistas deportivos de la época escribían con un respeto teñido de tristeza, como si estuvieran narrando el atardecer de un sol que alguna vez iluminó todo el cielo.
Y sin embargo, Olivares seguía ahí. seguía presentándose, seguía atándose los guantes, seguía caminando hacia el centro del ring con la misma actitud desafiante de siempre, porque pelear era lo único que sabía hacer, lo único que le daba sentido, lo único que lo mantenía vivo. Y esa es quizá la parte más trágica de la carrera del Púas.
No fue la derrota final contra Ignacio Madrid. Fueron esos últimos años en los que un campeón del mundo se aferraba a un cuadrilátero que ya no le pertenecía, incapaz de soltar lo único que lo definía como un náufrago aferrado a un trozo de madera en medio del océano, porque soltar significaba enfrentarse al vacío.
Y el vacío, para un hombre que solo conocía los aplausos, era más aterrador que cualquier puñetazo. Mientras tanto, el cine mexicano le abrió las puertas. Olivares participó en varias películas durante los años 80 en ese género tan particular que era el cine de ficheras. Títulos como La pulquería, las glorias del gran Púas y Se sufre pero se goza.
Lo llevaron a las pantallas de todo el país. No era un actor consumado, pero su carisma natural y su fama hacían que el público lo recibiera con cariño. Esas películas le dejaron algo que décadas después sería uno de sus pocos ingresos fijos. unas regalías mensuales de alrededor de 2 $,000, una cantidad que para un escampeón del mundo resulta casi simbólica, pero en su momento el cine representaba otra fuente de dinero que entraba y se gastaba sin pensar.
El cine también representó para el PAS algo más que dinero. Era una forma de mantenerse vigente, de seguir siendo relevante, de que la gente lo viera en las pantallas cuando ya no podía verlo en el cuadrilátero con la misma frecuencia. Olivares disfrutaba genuinamente de la actuación, del ambiente, de los sets, de las risas con los compañeros de rodaje.
Era un mundo diferente al del boxeo, más relajado, con menos presión física, pero con la misma adrenalina de sentirse observado por miles de personas. Y durante un tiempo, el cine le dio una segunda vida pública que le permitió seguir siendo el púas que todos conocían. Pero como todo lo demás en su vida, esa segunda vida también tenía fecha de caducidad.

El género de las ficheras pasó de moda, las oportunidades se fueron agotando y Olivares volvió a quedarse sin ese escenario que tanto necesitaba. Hay algo que la gente no suele considerar cuando juzga a los deportistas que pierden su fortuna. Y es que para un hombre como Olivares, que salió de un barrio donde el dinero era escaso y las oportunidades prácticamente inexistentes, recibir de pronto cantidades enormes de dinero era como ponerle un avión en las manos a alguien que nunca ha visto un volante, no sabía qué hacer con ello, no tenía las
herramientas para administrarlo. No tenía a nadie de confianza que le dijera cómo invertirlo, cómo protegerlo, cómo hacerlo durar. Lo único que sabía era que el dinero estaba ahí y que la vida era corta. Y cuando la vida te ha enseñado que todo puede desaparecer de un momento a otro, como le enseñó la bondojito a Olivares, la reacción natural no es ahorrar, sino gastar, disfrutar ahora, porque quién sabe si habrá un mañana.
Esa mentalidad comprensible desde la perspectiva de quien la vive fue la que lo condenó financieramente porque mientras Olivares gastaba como si no hubiera un mañana, el mañana estaba llegando y cuando finalmente llegó el dinero ya no estaba, los amigos ya no estaban, las fiestas ya no estaban, solo quedaba el silencio de un departamento modesto y el eco lejano de unos aplausos que sonaban cada vez más distantes.
En 1988 llegó el final. Rubén el Púa Olivares, el hombre que había noqueado a 79 rivales, que había sido campeón del mundo cuatro veces, que había hecho temblar cuadriláteros desde Inglewood hasta Tokio, subió al ring para enfrentar a un joven llamado Ignacio Madrid. Madrid tenía apenas cuatro peleas profesionales, cuatro.
No era nadie en el mundo del boxeo y sin embargo esa noche Madrid noqueó a Olivares en cuatro asaltos. Fue la última pelea del Púas. Se retiró con un récord final de 105 combates, 89 victorias, 13 derrotas y tres empates. Números impresionantes que, sin embargo, no reflejaban el deterioro que ya era evidente para todos los que lo rodeaban.
El retiro es un momento que muchos boxeadores temen más que cualquier rival, porque arriba del ring, por más duro que sea el golpe, siempre sabes qué hacer. Tienes un entrenador que te dice cuándo atacar, cuándo cubrirte, cuándo moverte. Pero cuando bajas del ring por última vez, cuando los reflectores se apagan y las arenas se vacían, está solo.
Y para un hombre como Olivares, que había pasado más de dos décadas de su vida dentro de un cuadrilátero, la soledad del retiro fue devastadora. Los primeros años después de colgar los guantes fueron un descenso lento pero implacable. El dinero se había terminado. La fortuna, que alguna vez pareció inagotable simplemente ya no existía.
las fiestas, las noches interminables, los supuestos amigos que siempre estaban cerca cuando había billetes en la cartera, todo eso se había llevado cada centavo y cuando el dinero desapareció, desaparecieron también las personas que desean quererlo. Es una historia que se repite una y otra vez en el mundo del deporte y sin embargo, cada vez que ocurre resulta igual de dolorosa.
Hubo un periodo particularmente difícil. que rara vez se menciona en las crónicas sobre olivares fueron esos años de transición entre finales de los 80 y principios de los 90, cuando ya no era boxeador, ni era actor, ni era nada definido. Era simplemente un hombre de 4ent y tantos años con un hombre famoso, pero sin un ingreso estable, un hombre que caminaba por las calles de Tepito y escuchaba la a la gente decirle campeón mientras en su bolsillo apenas había para un café.
Ese contraste, esa brecha entre lo que la gente cree que eres y lo que realmente estás viviendo puede ser más destructiva que cualquier golpe recibido en el ring. Porque al menos en el ring sabes que el dolor es temporal. Fuera de él, la incertidumbre no tiene fecha de vencimiento.
Olivares intentó mantenerse a flote de diferentes maneras. abrió un pequeño gimnasio de boxeo primero en la zona de Bondojito, después en Ciudad Nesahualcoyotol, pero administrar un negocio requiere una disciplina y una constancia que al púas siempre le costaron trabajo. El gimnasio no generaba los ingresos suficientes para mantener un nivel de vida cómodo.
Las regalías del cine apenas alcanzaban para lo básico y poco a poco la realidad se fue imponiendo con una crueldad que ningún rival sobre el ring le había mostrado. Lo que hacía todo más difícil era que Olivares seguía siendo reconocido. gente, lo paraba en la calle, le pedía fotos, le contaba que lo habían visto pelear de niños, que su papá lo admiraba, que era una leyenda y él sonreía, agradecía, posaba para la cámara, pero por dentro cada uno de esos encuentros era un recordatorio de lo que había tenido y ya no tenía. Es una forma
de nostalgia particularmente cruel. Ser recordado constantemente por tu mejor versión mientras vives tu peor momento. Y Olivares enfrentó eso día tras día, año tras año, con una entereza que pocos le reconocen. También hubo intentos de ayuda que no prosperaron, personas del medio boxístico que se acercaron con buenas intenciones, pero que no pudieron o no supieron darle una solución duradera.
propuestas de trabajo que no se concretaron, promesas de apoyo que se quedaron en palabras. El Púas aprendió de la manera más dura posible que en el mundo del entretenimiento la lealtad tiene memoria corta, que los mismos que te abrazaban frente a las cámaras desaparecían cuando las cámaras se apagaban y que al final la única persona con la que podía contar era él mismo.
Hubo un momento en particular que lo cambió todo, un momento que quienes lo conocían de cercañalan como el punto de quiebre definitivo. No fue una pelea perdida ni un escándalo público, fue algo mucho más silencioso y mucho más devastador. Olivares descubrió que tenía una deuda considerable con un banco, una deuda que no podía pagar con regalías de 2,000 pes mensuales ni con las escasas ganancias de un gimnasio de barrio.
Y fue entonces cuando tomó una decisión que para cualquiera que lo hubiera visto noqueando campeones en los años 70 habría sido imposible de imaginar. En el año 2017, los domingos por la mañana en el bazar de Antigüedades de La Lagunilla, uno de los mercados más emblemáticos y populares de la Ciudad de México, aparecía un señor de 70 años con una gorra rosa del salón de la fama de Canastota.
instalaba una pequeña mesa sobre una lona verde y sobre esa lona colocaba objetos que no tenían precio real porque su valor iba más allá de lo que cualquier cantidad de dinero podía representar. Ahí estaban sus cinturones de campeón del mundo, el del Consejo Mundial de Boxeo, el de la Asociación Mundial de Boxeo, el Anillo del Salón de la Fama, Fotografías de sus mejores peleas, guantes autografiados y junto a todo eso figuras talladas en madera hechas por sus propias manos con la misma habilidad que había aprendido de niño en aquella carpintería de la
abondojito. La escena era al mismo tiempo conmovedora y devastadora. La gente que pasaba por el tianguis lo reconocía, le estrechaban la mano, le pedían fotografías, le decían que era una leyenda, pero el PAS había decidido que ya nadie más iba a lucrar con su nombre sin que él recibiera algo a cambio.
Las fotografías costaban 100 pes, los autógrafos otro tanto. Y el cinturón de campeón del mundo del Consejo Mundial de Boxeo tenía un precio, millón de dólares, una cifra descomunal. casi absurda que Olivares mencionaba con la misma naturalidad con la que alguna vez había prometido un knockout. Su anillo del salón de la fama de Canastota, esa pieza que representa el más alto reconocimiento al que puede aspirar un boxeador en toda su vida, tenía otro precio, $,00000.
Cada cifra era, a su manera, una declaración de principios. No estaban pensadas para ser realistas, estaban pensadas para decir algo, para comunicar que lo que estaba ahí tirado sobre una lona en un tianguis no era chatarra, era historia. Era la vida entera de un hombre condensada en objetos que el mundo debería valorar mucho más de lo que lo hace.
“Todo mundo ha hecho negocio conmigo”, declaró en aquel entonces. Managers, directivos, promotores, escritores, artistas, cineastas. Creo que es tiempo de que yo también reciba algo. Esas palabras revelan mucho más de lo que parece a simple vista. No son las palabras de un hombre que simplemente malgastó su dinero.
Son las palabras de alguien que siente que el sistema que lo rodeaba, las personas que se beneficiaron de su talento, nunca le devolvieron lo que él les dio. Y quizá tenía razón, porque en el boxeo mexicano de los años 60, 70 y 80, los peleadores rara vez tenían el control de su propio dinero. Los managers negociaban las bolsas, los promotores se llevaban su porcentaje y al boxeador le llegaba lo que sobraba.
Para alguien que venía de la Bondojito, sin educación financiera, sin asesores de confianza, sin nadie que le enseñara que el dinero de hoy puede ser la miseria de mañana, la situación era prácticamente una sentencia, pero sería injusto culpar solamente al sistema. El propio Olivares lo ha reconocido con una sinceridad que lo dignifica.
En una de las pocas entrevistas que ha dado en los últimos años, dijo algo que resume toda su historia en una sola frase. Dijo que de lo único que se arrepentía era de haber bebido tanto que gracias a Dios había logrado detenerse, pero que hubo momentos en los que peleó en condiciones deplorables. Esa confesión dicha sin excusas, sin buscar culpables, es quizá lo más valiente que Rubén Olivares ha hecho fuera de un cuadrilátero, porque aceptar una adicción no es fácil para nadie y menos para un hombre que construyó su
identidad sobre la fortaleza, sobre la capacidad de resistir golpes y seguir de pie. Admitir que el alcohol lo venció de una manera en la que ningún rival pudo hacerlo requiere un coraje distinto al que se necesita para subir a un ring. Y Olivares, a su manera, tuvo ese coraje. No buscó excusas, no culpó a la mala suerte, simplemente reconoció que sus decisiones lo llevaron a donde estaba y siguió adelante con lo poco que le quedaba.
Lo que hace especialmente dolorosa esta historia es el contraste. Piensa en esto. Un hombre que en 1969 estaba de pie en el centro de un cuadrilátero en California con el cinturón de campeón del mundo sobre la cintura mientras miles de mexicanos gritaban su nombre. Es el mismo hombre que casi 50 años después estaba sentado en una banqueta de la lagunilla con ese mismo cinturón tirado sobre una lona esperando que alguien le diera algo por él.
el mismo hombre, los mismos puños, el mismo corazón, pero una vida completamente diferente. Y entre esos dos momentos, entre la gloria y el tianguis, hay una pregunta que esta historia inevitablemente plantea. ¿Quién falló? ¿Fue Olivares que no supo manejar el éxito? ¿Fue su entorno que lo dejó solo cuando más lo necesitaba? ¿Fue el sistema del boxeo que exprime a sus peleadores y después los desecha? ¿O fue simplemente la naturaleza humana que tiende a creer que lo bueno durará para siempre? Probablemente fue.
Todo eso al mismo tiempo y esa es la lección más importante de esta historia. En los años recientes, la vida del púas ha adquirido un tono agridulce. Por un lado, su legado deportivo sigue siendo reconocido. La revista de Ring lo ubicó en el puesto número 12 de los mejores boxeadores de todos los tiempos. es miembro del Salón de la Fama Internacional del Boxeo desde 1991, siendo uno de los primeros mexicanos en recibir ese honor.
Su nombre aparece en cualquier conversación seria sobre la historia del pjilismo en México, pero por otro lado, la realidad cotidiana es muy distinta a esos reconocimientos. A sus 80 años, Olivares vive de manera modesta. Las regalías de sus películas apenas representan un ingreso simbólico. Su gimnasio funciona más como un lugar de encuentro que como un negocio rentable.
Y las figuras de madera que talla con sus manos, las mismas manos que alguna vez hicieron temblar al mundo del boxeo, son ahora su principal expresión y en muchos casos su principal fuente de recursos. Hay algo profundamente significativo en el hecho de que Olivares haya regresado a la carpintería. De niño, antes de que el boxeo lo encontrara, tallaba madera en un taller de la bondojito.
Era lo que sabía hacer. Era su primera habilidad antes de los guantes, antes de los knockouts, antes de la fama. Y ahora, después de que todo lo demás se desvaneció, la madera sigue ahí. Es como si la vida hubiera completado un círculo. El Púas empezó tallando y terminó tallando. Solo que entre el principio y el final hubo cuatro campeonatos mundiales, 79 knockouts, millones de dólares y una caída que nadie vio venir o que todos vieron, pero nadie quiso detener.
Entre las figuras que Olivar estalla, hay una que destaca por encima de todas las demás. Es una representación de la última escena, la famosa escena bíblica, pero con una particularidad. Algunos de los apóstoles llevan guantes de boxeo dorados bañados en hoja de oro. Es una imagen poderosa, casi poética, que mezcla lo sagrado con lo profano, la fe con el combate, la redención con el castigo.

Y es difícil no ver en esa pieza una metáfora de la propia vida de Olivares, un hombre que conoció la gloria y la traición, que fue adorado y abandonado, que dio todo lo que tenía y se quedó con las manos vacías. 15,000 pesos pide por cada una de esas tallas. Es el precio de meses de trabajo artesanal, de paciencia, de un oficio aprendido a los 8 años y mantenido durante toda una vida.
Y sin embargo, la mayoría de la gente que pasa, por supuesto, en la lagunilla no compra las tallas, se acerca, lo saluda, le dice que fue un gran campeón, se toma una foto si puede pagarla y se va. Y el Púas se queda ahí rodeado de los fragmentos de su propia historia esperando al siguiente visitante. La Stanam, industria del boxeo, tiene una deuda pendiente con hombres como Olivares, una deuda que va más allá del dinero.
Es una deuda de reconocimiento, de protección, de cuidado, porque el boxeo, especialmente en México, ha sido durante décadas un deporte que eleva a sus peleadores hasta las nubes mientras son útiles y los deja caer cuando dejan de serlo. Los promotores ganan millones, las cadenas de televisión venden publicidad a precios estratosféricos, las arenas se llenan hasta el último asiento.
Pero cuando el boxeador se retira, cuando su cuerpo ya no puede dar más, el sistema que lo hizo famoso rara vez está ahí para sostenerlo. Pensemos por un momento en lo que implica ser boxeador profesional en México y implica salir de un barrio difícil, poner tu cuerpo como única herramienta de trabajo, recibir golpes durante décadas, sacrificar tu salud a largo plazo, entretener a millones de personas y generar ganancias enormes para una cadena de intermediarios que rara vez se preocupa por tu bienestar una vez que cuelgas los guantes. No hay pensión para
los boxeadores retirados. No hay un fondo de retiro obligatorio, no hay un programa de reinserción profesional. El boxeador pelea, cobra y cuando se acaba se las arregla como puede. Algunos logran hacer la transición con éxito, abren negocios, se convierten en entrenadores o comentaristas, pero muchos otros, demasiados, terminan en la misma situación que Olivares.
O peor, el caso de Olivares no es único. Otros grandes boxeadores mexicanos han enfrentado situaciones similares, campeones del mundo que terminaron en condiciones de extrema necesidad, que perdieron su salud, su patrimonio y en algunos casos su vida. Todo por la falta de un sistema que los protegiera después de dar los mejores años de su existencia al entretenimiento de millones.
Hay historias de peleadores que fueron estafados por sus propios representantes a quienes les vendieron propiedades inexistentes o negocios que solo funcionaban en el papel. Hay casos de campeones que terminaron trabajando como cargadores en mercados, como ayudantes en taquerías, como vigilantes nocturnos. Hombres que alguna vez hicieron temblar las arenas más importantes del mundo y que un día, sin que nadie se diera cuenta, simplemente desaparecieron del mapa.
Lo que distingue a olivares de muchos de esos casos es su negativa a desaparecer. El púas decidió que si iba a pasar necesidades, al menos lo haría con la cara en alto, visible, presente, sin esconderse en una esquina del olvido. Y por eso fue a la lagunilla, no porque quisiera dar lástima, sino porque quería que el mundo supiera que Rubén Olivares seguía vivo, seguía activo, seguía siendo alguien que merecía atención.
Fue a su manera un acto de protesta silenciosa. Un escampeón del mundo sentado en un tianguis vendiendo sus propios trofeos no es solo una escena triste, es una denuncia. Es la evidencia visible de todo lo que el sistema del boxeo se niega a reconocer. La diferencia con Olivares es que él sigue aquí, sigue vivo, sigue presente, sigue instalando su puesto los domingos, sigue tallando madera, sigue firmando autógrafos y esa persistencia, esa negativa a rendirse es quizá la última gran pelea del Púas, una pelea que no se da arriba de un cuadrilátero, sino en
las calles de la Ciudad de México, cada domingo, frente a la indiferencia de un mundo que ya lo olvidó. Hay que detenerse un momento para dimensionar lo que representa la carrera de Rubén Olivares dentro del contexto del boxeo mundial. No estamos hablando de un peleador promedio que tuvo un par de buenas noches.
Estamos hablando de un hombre que durante sus mejores años fue prácticamente invencible. 22 victorias consecutivas, 21 de ellas por la vía rápida. Eso no es suerte, no es coincidencia, es un nivel de dominio que muy pocos atletas en cualquier disciplina han alcanzado. Peleó en 105 combates profesionales a lo largo de más de 20 años.
Enfrentó a rivales de todo el mundo, desde Australia hasta Japón, desde Nicaragua hasta Estados Unidos. Y en la gran mayoría de esas peleas fue él quien quedó de pie al final. Su pelea contra Kasuyoshi Kanasagwa en Tokio fue nominada como la mejor del año. Su trilogía contra Chucho Castillo es considerada una de las grandes rivalidades en la historia del boxeo latinoamericano.
Su victoria sobre Liyon el Rose para ganar su primer campeonato mundial fue un momento que toda una generación de mexicanos recuerda con orgullo y su nombre inscrito en el salón de la fama de Canastota lo coloca en la misma categoría que las más grandes leyendas del deporte a nivel global. Pero todo eso, absolutamente todo, queda reducido a una anécdota cuando ves a ese mismo hombre pidiendo 100 pesos por una fotografía.
Y es ahí donde la historia del Púas deja de ser simplemente una historia de boxeo y se convierte en algo mucho más profundo. Se convierte en una reflexión sobre el éxito, sobre el fracaso, sobre lo que valoramos como sociedad y sobre lo que desechamos cuando ya no nos sirve. Porque Olivares no es un criminal, no le hizo daño a nadie más que a sí mismo.
Fue un hombre extraordinariamente talentoso que cometió errores extraordinariamente comunes. Bebió demasiado. Gastó sin pensar en el mañana. Se rodeó de personas que lo querían por lo que tenía, no por lo que era. Confió en quienes no debía confiar y cuando la música se detuvo, descubrió que estaba solo en una pista de baile vacía, sin saber cómo había llegado ahí.
Y hay algo todavía más revelador. Olivares no se esconde, no se avergüenza de lo que hace. Cuando le preguntan si es un chacharero, un vendedor de cosas usadas, responde con dignidad, “Aquí estoy vendiendo historia, arte y cultura. Este puesto es para compartir lo que hice en mi carrera. Que los que me vieron pelear recuerden lo que fui, lo que gané y que los nuevos me conozcan.
Esas palabras no son de un hombre derrotado, son de alguien que ha hecho las paces con su pasado, que acepta su presente sin autocompasión y que a su manera sigue peleando. Esa actitud es quizá lo más admirable de toda esta historia, porque sería muy fácil para Olivares encerrarse en su casa, dejar que la amargura lo consumiera, culpar al mundo entero por su situación, pero no lo hace.
sale a la calle, se sienta en su puesto, talla sus figuras, saluda a la gente, cuenta sus historias y cada domingo, cuando despliega esa lona verde y coloca sus cinturones junto a sus esculturas de madera, está diciendo algo que muchos hombres más jóvenes y más afortunados no se atreven a decir, “Aquí estoy con todo lo que soy y con todo lo que fui, sin pretender ser más ni menos de lo que la vida me dejó.
El Púa Solivares también abrió las puertas de su experiencia a las nuevas generaciones de boxeadores a través de su gimnasio. Aunque modesto, ese espacio representa su manera de devolver algo al deporte que le dio todo. Ahí entre costales viejos y un ring desgastado. Olivares comparte con jóvenes que sueñan con la gloria algo que ningún entrenador táctico puede enseñar.
La experiencia de haber estado en la cima y de haber caído. Y esa enseñanza, la que viene del dolor y no del manual, es posiblemente la más valiosa que un ser humano puede transmitir. Porque cuando un joven boxeador ve al púas y escucha su historia, no está aprendiendo solamente cómo lanzar un gancho o cómo moverse en el ring.
está aprendiendo que el talento sin disciplina es una bomba de tiempo, que el dinero sin educación financiera es un espejismo, que los amigos que aparecen con la fama suelen desaparecer con las dificultades y que la verdadera victoria no se mide en cinturones, sino en la capacidad de mantener la dignidad cuando todo lo demás se ha perdido.
Y aquí es donde esta historia llega a un punto que pocas veces se toca en las biografías de deportistas, porque más allá de las estadísticas, más allá de los knockouts y los títulos, la vida de Rubén Olivares plantea una pregunta incómoda que va dirigida a todos nosotros, no solo a los boxeadores ni a los deportistas.
¿Qué hacemos como sociedad con las personas que nos dieron entretenimiento, emoción y orgullo cuando ya no pueden darnos más? Los celebramos un domingo en un artículo de nostalgia y los olvidamos el lunes. Compramos una fotografía de 1 pesos y nos vamos sin pensar que esa persona hace medio siglo hizo llorar de alegría a todo un país.
Olivares no necesita compasión, lo ha dejado claro. No pide limosnas ni lástima. lo que pide es reconocimiento justo por lo que hizo, que si alguien va a hacer negocio con su nombre, con su historia, con su legado, al menos él reciba una parte. Esa demanda es legítima y el hecho de que a sus 80 años tenga que pelear por ella dice más sobre el sistema que lo rodeó que sobre sus propias decisiones.
Y sin embargo, hay algo en la historia del Púas que trasciende la crítica al sistema. Hay algo profundamente humano en su trayectoria que nos recuerda que todos somos vulnerables, sin importar qué tan fuertes parezcamos, que las adicciones no distinguen entre campeones y desconocidos, que el éxito puede ser tan peligroso como el fracaso si no se maneja con cuidado y que la vida como el boxeo no perdona a quienes bajan la guardia demasiado tiempo.
Hoy Rubén el Puaz Olivares tiene 80 años, vive en la ciudad de México, lejos de los reflectores, lejos de las arenas llenas, lejos de todo lo que alguna vez fue su mundo. Rara vez da entrevistas. Quienes quieren hablar con él tienen que buscarlo en la lagunilla o en su gimnasio y a menudo tienen que pagar por el privilegio, no porque sea arrogante, sino porque aprendió demasiado tarde, pero finalmente que su historia tiene valor y que ya es hora de que él sea quien decida cuánto vale sus manos.
Las mismas que noquearon a 79 rivales. Las mismas que sostuvieron cuatro cinturones de campeón del mundo. Las mismas que firmaron contratos millonarios y saludaron a multitudes. Ahora tallan figuras de madera con una paciencia y un cuidado que parecen desmentir la ferocidad que alguna vez las habitó. Y hay algo hermoso en eso si uno se detiene a pensarlo, porque esas manos, a pesar de todo, a pesar de los golpes dados y recibidos, a pesar del alcohol y las malas noches, a pesar de los años y el desgaste, siguen creando, siguen
produciendo, siguen vivas, igual que él, la historia de Rubén, el Púa Olivares no termina con un knockout ni con una derrota. Termina, si es que termina, con un hombre sentado frente a sus propios recuerdos tallando madera bajo el sol de la Ciudad de México, sin pedirle nada al mundo más que lo que le corresponde.
Y quizá esa imagen, la del escampeón del mundo con una navaja en la mano y una figura a medio terminar sea la más poderosa de todas, porque no hay nada más valiente que seguir creando cuando todo indica que deberías rendirte. No hay nada más humano que aferrarse a lo que sabes hacer cuando todo lo demás te ha sido arrebatado.
Si algo nos enseña esta historia, no es que el éxito es peligroso ni que la fama destruye. Lo que nos enseña es que la verdadera medida de un hombre no se toma cuando está en la cima, cuando todo le sale bien y el mundo lo aplaude. La verdadera medida se toma cuando está abajo, cuando nadie lo mira, cuando los reflectores se apagaron hace décadas.
Y lo único que queda es la decisión de levantarse una mañana más y seguir adelante. Rubén Olivares ha peleado 105 combates sobre un cuadrilátero, pero la pelea más importante de su vida la está dando ahora lejos del ring, sin árbitro, sin público, sin cinturón en juego y hasta el día de hoy sigue de pie. Y eso en el fondo es lo que separan a un verdadero campeón de todos los demás.
No es la cantidad de veces que ganas, es la cantidad de veces que caes y decides levantarte. El púas cayó muchas veces, pero sigue aquí, sigue tallando, sigue peleando y eso vale más que cualquier cinturón del mundo. Piénsalo la próxima vez que veas a alguien vendiendo algo en la calle.
Quizá no sea un escampeón del mundo, quizá no tenga una historia como la de Rubén Olivares, pero quizá solo quizá tenga una historia igual de valiosa que nadie se ha tomado el tiempo de escuchar. Ah.