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Paquita la del Barrio: Por Esto Pensaba que Mató a sus Hijos

Cantaba las canciones de la radio, las rancheras de las fiestas del pueblo, los boleros que su madre tarareaba un día en la escuela. El maestro organizó un festival, preguntó quién sabía cantar y uno de los chamacos gritó, “Chica sabe”, así le decían, “¡Chica!” La subieron a cantar frente a todos y algo cambió, no en ella, en cómo la miraban los demás.

De pronto, la niña descalza, la hija del hombre casado, tenía algo que los otros no tenían. Una voz, una voz que nadie le había enseñado a usar, una voz que había nacido sola entre caballos y soledad. No sabía que esa voz, décadas después cargaría el dolor de millones de mujeres.

Ni sabía el precio que iba a pagar por usarla. A los 15 años, Paquita terminó la primaria y consiguió trabajo en el registro civil de Alto Lucero. Ahí conoció al tesorero de la presidencia municipal, Miguel Gerardo Martínez, 44 años. Hombre importante, con dinero, con posición, con respeto en el pueblo. Paquita tenía 16, 28 años de diferencia.

Él era todo lo que ella nunca había tenido. Seguridad, estabilidad, alguien que la miraba como si valiera algo. Me enamoré a lo bruto dijo décadas después. No sabía que los hombres mienten, no sabía que las promesas se rompen. No sabía que el patrón de su madre estaba a punto de repetirse en ella.

Se casaron y entonces llegó la esposa, la legítima, fue al pueblo a reclamar lo que era suyo. A la cara, frente a todos, Paquita ya estaba embarazada. Ahí empezó el infierno para mí, contó. Tenía 16 años, embarazada, sola, en un pueblo donde todos sabían que se había metido con un hombre casado como su madre, el patrón, repitiéndose la historia, repitiéndose el dolor, heredándose.

Le preguntaron, “¿Por qué no se fue. La vida te va llevando. Tuve que aguantar.” No tenía familiares en otro lado. Me embaracé otra vez. Fue muy rápido. Tuve que aguantar esa frase que tantas mujeres han dicho, que tantas han pensado sin decir, que tantas han tragado mientras el mundo les preguntaba por qué no se iban.

Aguantó 7 años, 7 años sabiendo que él era de otra. 7 años viendo a la esposa legítima ir y venir a reclamar. 7 años de maltrato que nunca detalló completamente, pero que dejó entrever. Yo he vivido cosas, he visto cosas. He aguantado cosas, 7 años acumulando dolor, dolor sobre dolor sobre dolor. El dolor que después, según ella, sus hijos absorberían. Tuvo dos hijos con él.

Iván Miguel en 1968, Javier en 1969 y un día decidió que ya no más. Dejó a sus hijos con su madre. Tenían tres y dos años y se fue a Ciudad de México a buscar lo único que sabía hacer, además de sobrevivir. Cantar, imagínate lo que se siente. Dejar a tus hijos, abrazarlos por última vez, sin saber si los vas a volver a ver, subirte a un camión, ver el pueblo desaparecer por la ventana sin dinero, sin contactos, sin nada más que una voz y un sueño, pero sabiendo que si te quedas te vas a morir por dentro, era egoísmo,

era supervivencia, era abandono. Las mujeres de esa época hacían ese tipo de sacrificios todo el tiempo en silencio, sin aplausos, cargando la culpa como una piedra en el pecho. Paquita cargó con esa culpa también. La culpa de haber dejado a sus hijos, la culpa de haber elegido su sueño sobre ellos, la culpa de no haber sido suficiente para quedarse.

Otra culpa más que se fue acumulando, otra piedra más en la mochila, otro dolor más que según ella, sus hijos absorberían años después, en 1970 llegó a Ciudad de México con su hermana viola. No tenían nada. Vivieron en una casa en Tepito. Las corrieron a los pocos días, formaron un dueto.

Las golondrinas cantaban donde fuera por lo que fuera, en cantinas de mala muerte, en bares donde los hombres las miraban como mercancía y en un lugar llamado la fogata norteña. Paquita conoció al segundo hombre de su vida, Alfonso Martínez. Entró una noche. Paquita pensó que era otro aprovechado, pero volvió y siguió volviendo. Y ella, que había jurado no volver a caer, cayó otra vez.

¿Por qué? Porque después de 7 años con Miguel Gerardo, necesitaba creer que el amor podía ser diferente porque tenía veintitantos años, dos hijos que había dejado atrás y estaba sola en una ciudad que no conocía porque Alfonso era amable. O al menos eso parecía. Fue amor a primera vista. Se casaron. Alfonso mandó traer a los hijos de Paquita desde Veracruz, Iván, Miguel y Javier.

Los niños que había dejado atrás, por fin estaban con ella otra vez. Por fin estaban todos juntos. Por fin eran familia. Por fin el sacrificio de haberlos dejado tenía sentido. Por primera vez, Paquita creyó que lo peor había quedado atrás. Lo que no sabía era que estaba repitiendo el patrón de su madre.

Lo que no sabía era que Alfonso ya tenía otra vida. Lo que no sabía era que los siguientes 30 años iban a ser otra mentira, pero eso todavía no lo descubría, todavía podía soñar. Pero su hermana viola recibió una oferta, una gira por Perú, Chile y Bolivia. Una oportunidad enorme. El tipo de oportunidad que no se presenta dos veces, pero la oferta no era para las golondrinas, era solo para Viola.

Y Viola se fue sola, sin pelear para que incluyeran a Paquita, sin rechazar la oferta por solidaridad, sin mirar atrás. El dueto murió esa noche y algo entre las hermanas se rompió, algo que tardaría 20 años en repararse. Paquita sintió la traición en los huesos. Habían llegado juntas a Ciudad de México. Cuando no tenían nada, habían dormido en el piso juntas.

Habían pasado hambre juntas. Y cuando llegó la oportunidad, Piola se fue sola. Otro dolor más, otra traición más, otra piedra más en la mochila que Paquita cargaba. Se quedó sin carrera con dos hijos, un nuevo esposo y el sueño roto. ¿Qué haces cuando todo se derrumba? ¿Qué haces cuando el sueño por el que dejaste todo se rompe? ¿Qué haces cuando te quedas sin carrera, sin dinero, sin opciones? Lo que Paquita siempre hacía, sobrevivir.

Se tragó el dolor, se tragó la traición de su hermana. Se tragó las ganas de rendirse y buscó otra manera. Abrieron un negocio de comida con Alfonso. Encontraron un terreno en la calle Zarco, colonia Guerrero. Y ahí, entre lonas y mesas improvisadas, Paquita cocinaba, preparaba mole, carnitas, barbacoa, lo que fuera que la gente quisiera comer.

Y cuando terminaba de servir, cuando ya no había platos que lavar ni mesas que limpiar, cantaba. El lugar empezó a llenarse. Primero fueron los vecinos, los que pasaban por ahí y escuchaban una voz que los detenía en seco. Después fueron los amigos de los vecinos, los que habían escuchado que había una mujer que cantaba como nadie.

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