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“Deme un hogar y Le Cuido Sus vacas” Dijo La Joven sin casa Al Ranchero Que Ya No Podía Solo

comenzar. No había sido plan llegar ahí. Angélica no tenía plan desde hacía dos semanas, que era el tiempo que llevaba caminando desde que salió del pueblo donde la abuela Nicolasa había muerto y donde ya no quedaba nada que la atara, ni que la sostuviera, ni que le diera razón para quedarse.

 La abuela Nicolasa la había criado desde los 6 años cuando la madre se fue al norte sin decir a dónde y sin mandar carta después y sin que nadie del pueblo supiera explicar por qué se había ido una mujer joven dejando a una niña de 6 años con una abuela de 65 que ya tenía bastante con sostenerse a sí misma. El padre que nunca había existido de nombre seguía sin existir y Angélica había dejado de preguntar por él a los 8 años cuando entendió que las preguntas que no tienen respuesta es mejor dejar de hacerlas.

Doña Nicolasa era mujer menuda y firme como un clavo viejo, de esas que dicen poco pero hacen mucho, que cocinaba con lo que había sin quejarse de lo poco que era, que lavaba ropa ajena seis días a la semana y que el séptimo descansaba no porque quisiera, sino porque el cuerpo le decía que si no descansaba se iba a romper.

 Le había enseñado a Angélica lo que le dio tiempo de enseñarle en los 14 años que vivieron juntas. A cocinar sin desperdiciar ni una cáscara, porque cada cáscara que se tira es comida que se pierde. A lavar sin gastar jabón de más porque el jabón cuesta y el agua es gratis, pero el esfuerzo no. a cosé remendando lo viejo antes de comprar lo nuevo, porque lo viejo que se remienda bien dura más que lo nuevo que se compra barato.

 A contar el dinero dos veces antes de gastarlo y tres veces antes de guardarlo, porque el dinero que se cuenta mal se va sin que uno sepa a dónde. No le enseñó del campo porque doña Nicolasa era mujer de pueblo y no de tierra, y el campo era mundo aparte que Angélica miraba desde lejos cuando las lavanderas hablaban de sus ranchos y de sus cosechas sin saber todavía que iba a terminar adentro.

 Doña Nicolasa murió un jueves de madrugada, tranquila, en el catre que compartían desde que Angélica era niña. Se fue sin ruido como había vivido, sin despertar a nadie, sin quejarse de nada, simplemente dejando de respirar en algún momento de la noche, como si respirar fuera tarea que ya había cumplido lo suficiente y que podía dejar.

 Angélica se despertó con el frío del cuerpo de la abuela al lado y supo antes de tocarle la frente que ya no estaba, porque los cuerpos que ya no están tienen una quietud diferente de los que duermen, más onda y más definitiva. No lloró en ese momento. Lloró después, sola, en el patio, con las manos metidas en el balde de agua fría, como si el frío pudiera despertarla de algo que no era sueño, sino el principio de todo lo que venía después sin la abuela.

 La enterró con lo que alcanzó, que era poco, pero que fue digno, porque doña Nicolasa no habría querido nada ostentoso y Angélica lo sabía. Vendió lo que se podía vender del cuarto, los trastes, el metate, la silla que era la única que tenían. guardó lo que cabía en la maleta, la ropa que no estaba demasiado gastada, un cuchillo de cocina que era de la abuela y que tenía el mango de madera oscurecido de tanto uso, un trapo bordado que doña Nicolasa había hecho cuando joven y que era lo más bonito que tenía y que Angélica se había jurado no vender aunque no tuviera

para comer, porque las cosas de las abuelas muertas son las que menos se venden y las que más se llevan. Y salió del pueblo sin saber hacia dónde, porque hacia dónde era pregunta para quien tiene opciones y ella no tenía ninguna. caminó, caminó con esa determinación de los que no tienen destino, pero que saben que quedarse quieto es peor que moverse, aunque uno no sepa a dónde va.

Trabajó en tres ranchos de paso haciendo lo que le pidieran: lavar, cocinar, limpiar, cargar, lo que fuera que las manos pudieran hacer, porque las manos eran lo único que tenía para ofrecer. En el primero le pagaron con comida y un lugar en el corredor para dormir una noche. En el segundo le pagaron con comida y dos noches, y la señora le dijo que se podía quedar más y quería.

 Pero Angélica dijo que no, porque quedarse donde no era de uno era costumbre que no quería adquirir. En el tercero, la señora le dio un vestido que ya no usaba y que le quedaba grande, pero que estaba limpio y entero, y que Angélica aceptó con esa gratitud breve, que era su manera, porque doña Nicolasa le había enseñado que agradecer mucho es tan malo como no agradecer nada.

 Y siguió hasta que la tarde del día 14 llegó por la vereda al rancho del hombre y la vaca flaca. Se llamaba don Facundo Arriga, 62 años. Viudo desde hacía cuatro, pelo canoso completo, corto, que se cortaba el mismo con tijera y que por eso nunca estaba parejo. Ojos café claro hundidos en la cara arrugada del sol de 60 años de campo, piel morena clara curtida hasta un punto que parecía cuero, manos enormes con los dedos torcidos de la artritis, que era lo que no lo dejaba ordeñar bien, que era lo que lo tenía sentado en el banquito con la cabeza

baja cuando Angélica llegó. Delgado, pero no débil, de esa delgadezo que es de uso y no de falta. Camisa de manta remendada en el hombro izquierdo, pantalón de trabajo con rodilleras gastadas del suelo. Botas viejas que tenían más años que Angélica. tenía siete vacas, cuatro daban leche todavía, tres estaban secas, pero servían para el queso que se hace con la leche y la cuajada que don Facundo producía desde hacía 30 años y que vendía en el mercado del pueblo los sábados cuando podía ir, que últimamente no era todos los sábados

porque las rodillas y las manos no lo dejaban caminar las 2 horas de ida como antes. Tenía también un rancho grande que en sus mejores tiempos había tenido 15 vacas y dos trabajadores y huerta propia y corral de gallinas, y que ahora tenía las siete vacas y el corral vacío y la huerta llena de maleza, y los dos cuartos de los trabajadores cerrados con candado porque no había trabajadores.

 Le preguntó a Angélica si sabía ordeñar. Ella dijo que no. Él le preguntó si sabía algo de vacas. Ella dijo que no. Él le preguntó qué sabía hacer. Ella le dijo que cocinar, lavar, limpiar. coser y trabajar sin quejarse, que era lo que sabía hacer mejor porque era lo que había hecho toda su vida.

 Él la miró un momento largo con esos ojos hundidos que habían visto suficiente para saber que la gente que dice que trabaja sin quejarse a veces miente, pero que a veces no. Le preguntó si tenía hambre. Ella dijo que sí. Él le señaló la cocina con la mano torcida y le dijo que se hiciera algo de comer con lo que encontrara la la cena y que cuando terminara de comer hablaban.

 Porque las conversaciones importantes se tienen con el estómago lleno y no con el estómago vacío. Lo que encontró fue poco. Frijoles secos, un trozo de panela, café y una olla que necesitaba lavarse. Limpió la olla, cocinó los frijoles con la panela para darles un sabor que doña Nicolasa le había enseñado y que era el truco que la abuela usaba cuando no había más que frijoles y que hacía que los frijoles supieran a algo que no era solo frijoles. Hizo café.

 Y cuando don Facundo entró a la cocina 20 minutos después, arrastrado por el olor, se sentó en la silla del rincón y comió los frijoles sin decir nada durante 5 minutos. Después levantó la vista del plato y le dijo que la última vez que alguien le había cocinado algo que supiera algo había sido cuando Carmela estaba viva y que eso hacía 4 años.

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