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FIDEL CASTRO: 5 HORAS vendiendo OLLAS CHINAS en TV | La ESTAFA SECRETA que NADIE te Contó

Parte 1

El 8 de marzo de 2005, mientras Fidel Castro sonreía ante 1000 mujeres y levantaba una olla arrocera china como si fuera una bandera de salvación, muchas de ellas sabían que esa noche volverían a sus casas sin arroz, sin frijoles y quizá sin luz para encenderla.

La Habana estaba quieta, pero no tranquila. En el auditorio enorme, las obreras, jubiladas y militantes del partido aplaudían con las manos cansadas, algunas por fe, otras por miedo y otras porque la cámara de la televisión nacional pasaba demasiado cerca. Fidel, con el uniforme impecable y las estrellas brillando en los hombros, no hablaba del imperialismo ni de la CIA. Aquella tarde parecía otro hombre: un vendedor solemne, un abuelo obstinado, un comandante convencido de que el destino de Cuba cabía dentro de una tapa plástica.

—Compañeras, esta olla ahorra tiempo, ahorra combustible, ahorra sacrificio.

Una mujer del tercer bloque bajó la mirada. Había dejado a su madre enferma en Centro Habana, junto a un refrigerador Frigidaire de 1958 que hacía ruido como un tractor viejo, pero enfriaba. En la gaveta solo quedaban 2 huevos, una cebolla y un poco de arroz medido para el día siguiente. La mujer se llamaba simplemente “la jubilada” para los vecinos, porque nadie parecía recordar ya su nombre cuando iba a hacer colas. Cobraba 200 pesos, tenía los pies hinchados y guardaba en la cocina el último objeto heredado de su madre: aquel refrigerador blanco, golpeado, fiel.

Fidel seguía explicando cómo cerrar la tapa.

—No se debe forzar. Miren bien. Así. La familia cubana tendrá una cocina más moderna.

En muchas casas, la transmisión se veía a medias, con la imagen saltando por los bajones de voltaje. En Matanzas, la planta Antonio Guiteras seguía siendo una sombra enorme sobre el país. Un año antes, el eje del turbogenerador se había doblado durante un mantenimiento, y desde entonces Cuba vivía contando las horas de apagón como quien cuenta muertos. Primero 6 horas, luego 10, después hasta 16. Sin ventilador, sin agua en los edificios, sin comida conservada, sin sueño. El calor entraba por las ventanas como un animal.

Pero la culpa, dijo el gobierno sin decirlo de frente, no era de las plantas viejas ni de las piezas que nunca llegaron. La culpa estaba en las cocinas de la gente. En los Westinghouse, los Frigidaire, las hornillas de queroseno, los ventiladores soviéticos que habían sobrevivido a ciclones y hambres. La culpa era del ciudadano, de su casa, de sus cosas viejas, de su memoria.

En julio llegó el nombre grandioso: revolución energética. Primero fueron los bombillos. Jóvenes trabajadores sociales tocaron puerta por puerta, sonrientes, con planillas y órdenes. Cambiaban lámparas incandescentes por fluorescentes compactas. El barrio aplaudió. Parecía algo pequeño, limpio, razonable.

Después llegó el resto.

Una tarde de 2006, 3 muchachos con camisas planchadas subieron las escaleras de la jubilada. Detrás venía el presidente del CDR, con una libreta bajo el brazo. El Frigidaire zumbaba en la cocina, terco, como si entendiera.

—Venimos por el refrigerador, compañera.

—¿Por mi refrigerador? Pero si funciona.

—Consume demasiado. Es por el bien del país.

La jubilada miró hacia la foto amarillenta de su madre pegada con cinta en la pared.

—Ese equipo era de ella. Me lo dejó cuando murió.

—Ahora tendrá uno nuevo, chino, más eficiente. Marca Haier. 232 L.

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