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Carlo Acutis y el riesgo de convertirlo en un “ídolo” más

Y si todo ocurrió por otra razón, te lo muestro con calma. Carlo Acutis, seguro has visto su foto en algún lugar. Es el chico de la sudadera con el pelo un poco revuelto y una sonrisa que parece de ahora mismo, de esta misma tarde, nos lo han presentado una y otra vez como el influencer de Dios o como el ciberapóstol de la Eucaristía.

 Y es verdad, usó internet de una forma que nadie antes había pensado, con una inteligencia y una fe admirables. Pero si nos quedamos solamente con esa etiqueta, con ese titular pegadizo, corremos el riesgo de no entender nada. Es como mirar un bosque inmenso y fijarnos solamente en una de sus hojas, ignorando los miles de árboles, los ríos y la vida que esconde.

 La historia es mucho más profunda. Antes de ser un genio de la computación o un apóstol digital, Carlo era un chico normal, sorprendentemente normal. Le encantaban los videojuegos de su época, como la PlayStation, y sus padres a veces tenían que llamarle la atención por las horas que pasaba jugando. Jugaba al fútbol con sus amigos, amaba a los animales, tenía sus pósters y sus aficiones.

 Su vida era una vida que podrías encontrar en cualquier barrio, en cualquier ciudad del mundo. Y es precisamente aquí donde empieza el primer gran malentendido sobre su figura. Al colocarle la etiqueta brillante de santo de internet, sin querer lo hemos subido a un pedestal tan moderno y tan alto que se nos olvida lo más importante de todo, que tenía los pies firmemente plantados en la tierra, como tú y como yo.

 Su camino a la santidad no nació en un servidor de internet ni en una página web programada en su cuarto. nació en lo más ordinario, en las pequeñas y constantes decisiones que tomaba cada día. Aún así, es innegable que había algo en él que lo hacía distinto. No era un raro, no era un chico aislado del mundo o socialmente torpe.

Todo lo contrario, sus amigos lo describen como alguien muy sociable, divertido y lleno de vida. Pero en su interior ardía una llama, un fuego que muchos a su alrededor no terminaban de comprender. Desde muy pequeño, a los 7 años insistió en hacer la primera comunión antes de la edad habitual. Y desde ese preciso día no hubo una sola jornada en que faltara a la misa.

Pensemos en esto por un momento. No lo hacía por obligación, no porque sus padres lo forzaran a ir. Él iba porque había entendido algo fundamental que a la mayoría de nosotros nos cuesta una vida entera decifrar, si es que alguna vez lo logramos. Para Carlo, ir a misa era una cita, una cita real con una persona real que lo estaba esperando.

Era su encuentro diario y personal con Jesús y después de la misa venía el rosario. Cada día sin excepción. Para nosotros que vivimos en un mundo de prisas, de agendas llenas y de notificaciones constantes, esta rutina puede sonar a una locura, a una exageración casi fanática. Pero para Carlo era tan natural y tan necesario como desayunar por la mañana o como respirar.

 No era un ritual vacío, no era una costumbre sin alma, era su fuente de energía, el enchufe donde su alma se conectaba para recargarse y poder enfrentar el día. Él no veía la fe como un pesado conjunto de reglas que cumplir, sino como una profunda relación de amistad, la amistad más importante de todas. Y en el centro absoluto de esa amistad había un secreto a voces, una idea que él repetía sin cansarse a todo el que quisiera escucharlo.

 La Eucaristía es mi autopista al cielo. Detengámonos a analizar bien esta frase tan potente. No dijo que era un camino más o un sendero. dijo que era una autopista, un camino rápido, directo, sin desvíos y sin peajes. Él creía con cada fibra de su ser que en ese pequeño y frágil trozo de pan estaba Dios mismo esperándolo.

 No como un simple símbolo, no como un recuerdo bonito de la última cena, sino él en persona vivo y real. Esta convicción inquebrantable fue el motor que impulsó toda su corta pero intensa vida y fue por eso que se obsesionó en el mejor sentido de la palabra con los milagros eucarísticos. Quería que todo el mundo pudiera sentir la misma certeza que él sentía.

 Se pasó años de su adolescencia investigando, documentando cientos de milagros aprobados por la Iglesia en todo el mundo, creando desde cero una exposición digital que después de su muerte ha dado la vuelta al planeta. No lo hizo para volverse famoso ni para ganar un premio o el reconocimiento de nadie. Lo hizo por una razón increíblemente simple y pura, porque cuando descubres un tesoro tan inmenso, no te lo puedes guardar para ti solo.

 Sientes una necesidad urgente de compartirlo, de gritarlo al mundo. Todo el trabajo de Carlo no era sobre él, nunca se trató de él. Su vida entera fue como un dedo que apunta insistentemente a la luna. Él quería que todos miraran la luna, que es la Eucaristía. El gran riesgo que corremos hoy es que nos hemos quedado fascinados mirando el dedo.

 Su historia era relativamente conocida en círculos católicos, pero todo explotó de forma masiva hace relativamente poco. Primero con su beatificación en el año 2020, las redes sociales se inundaron con su rostro sonriente y ahora, con la noticia de su próxima canonización, el fenómeno se ha vuelto global, viral e imparable.

De repente la cara de Carlo está en todas partes. La vemos en camisetas, en tazas para el café, en estampitas digitales que se comparten por miles en los grupos de WhatsApp. Su imagen viaja a la velocidad de la luz, de un continente a otro en una fracción de segundo. Y esto, que en principio parece algo maravilloso porque da a conocer su ejemplo de vida, esconde una trampa muy sutil y muy peligrosa, propia de nuestro tiempo.

 Vivimos en la era del like fácil, de lo que se hace viral por un día, del consumo rápido y superficial de imágenes y de historias. Consumimos las vidas de los demás, incluso las de los santos, como consumimos las temporadas de una serie en Netflix. nos enganchamos a un personaje, lo hacemos nuestro por un tiempo, compartimos sus memes y sus frases y luego, inevitablemente pasamos al siguiente que se ponga de moda.

 La cultura moderna tiene una capacidad asombrosa para tomar algo profundo, algo sagrado y convertirlo en un producto de consumo más. Un producto que nos emociona durante un rato, que nos inspira un momento, pero que al final del día no cambia nuestra vida en lo más fundamental. Y aquí llegamos al corazón del problema que debemos afrontar.

¿Estamos convirtiendo a Carlo Acutis en un ídolo pop de la fe? Piénsalo con honestidad. Un ídolo pop tiene fans, no tiene discípulos que siguen un camino. Un ídolo pop tiene merchandising, no tiene reliquias que invitan a la oración y a la conversión. La imagen de un ídolo pop se comparte para ganar estatus social, para sentirnos parte de una tendencia, para decir, “Yo también estoy en esto.

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