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HACENDADO VIUDO ENCONTRÓ A UNA MUJER LAVANDO ROPA EN EL ARROYO… Y LO QUE DESCUBRIÓ CAMBIÓ SU DESTINO

Llevaba un vestido color azafrán descolorido por demasiados soles y una trenza larga que le caía hasta la cintura, oscura como las noches sin luna del altiplano. No pidió nada, no habló con nadie, solo se sentó allí, sacó un mendrugo de pan duro de un pañuelo y lo masticó despacio, como quien sabe que cada bocado puede ser el último del día.

Doña Procopia, que tenía 68 años y los ojos más curiosos del pueblo de San Bartolomé del páramo, la observó desde su puesto durante tres días seguidos. La muchacha, porque era muchacha aún, no tendría más de 25 años. Llegaba al arroyo con las primeras luces, lavaba ropa ajena que nadie le había encargado y al mediodía se sentaba en la misma piedra a comer lo que llevaba en un trapo.

A veces era una tortilla con sal, a veces nada. Bebía agua del arroyo con la mano hecha cuenco. “Esa muchacha tiene hambre vieja”, dijo doña Procopia a su comadre. No la de un día ni la de una semana, la que se queda dentro y ya no se va a uno coma. Genove, que había enviudado tres veces y entendía de hambres de toda clase, asintió en silencio.

Don Heriberto Valdivieso pasó por el camino real aquel jueves al caer la tarde. iba montado en su caballo tordillo, el que había sido de su difunta esposa, doña Anselma, muerta hacía ya casi 4 años, de unas fiebres que ningún médico de la capital pudo nombrar. Don Heriberto tenía 52 años, las cienes plateadas, los hombros todavía firmes y una hacienda de 200 hectáreas que se extendía desde el cerro de las ánimas hasta el lindero del río Grande, pero también tenía un silencio espeso instalado en la Casa Grande desde que doña Anselma se había

marchado. un silencio que ni los 14 peones, ni la cocinera Eufrasia, ni los dos perros pastores conseguían disolver. Vio a la muchacha desde lejos. Vio la piedra, el atado de ropa, la espalda inclinada sobre la taza. Tiró suavemente de las riendas y el tordillo se detuvo en medio del camino.

Ella no levantó la cabeza o no lo oyó o decidió no oírlo. Buenas tardes dijo él. Sin desmontar, la muchacha alzó por fin la mirada. Tenía los ojos grandes, oscuros, con un cansancio que no correspondía a su edad. No se asustó, no se levantó, no se acomodó la ropa. Se quedó mirándolo como se mira un árbol al borde del camino con calma, sin esperar nada.

Buenas tardes, señor. ¿Es usted de por aquí? No, señor. ¿Y de dónde viene? Hubo un silencio que duró lo que tarda un caballo en sacudir las moscas con la cola. Ella miró el agua otra vez antes de contestar, “De donde ya no se puede volver.” Don Heriberto no era hombre de muchas palabras, pero esa respuesta le quedó dando vueltas en el pecho como una piedra suelta dentro de un cántaro.

Tocó el ala de su sombrero, espoleó al tordillo y siguió camino a la hacienda. Esa noche, mientras Eufrasia le servía el caldo de res en la mesa larga, donde antes cenaba con su esposa, no probó bocado. Eufrasia, que lo conocía desde niño, no preguntó nada. Se limitó a retirar el plato y a dejar sobre la mesa una jarra de agua fresca.

Al día siguiente, don Heriberto pasó otra vez por el arroyo y al otro y al otro. Ella siempre estaba allí lavando ropa que nadie sabía de quién era, comiendo lo poco que tenía, mirando el agua. Al quinto día, él detuvo al tordillo y desmontó. Sacó de la alforja un envoltorio de tela limpia. Adentro había pan blanco, queso fresco de la hacienda, dos duraznos maduros y un trozo de cecina.

Tome, dijo, dejando el envoltorio sobre la piedra junto a ella. No es limosna, es porque sí. Ella miró el envoltorio, miró al hombre. Por primera vez algo se movió detrás de aquellos ojos cansados. ¿Cómo se llama, señor? Heriberto Valdivieso. ¿Y usted? Florinda, Mancila. Florinda, repitió él, como si quisiera asegurarse de que el nombre era de verdad.

Ella asintió apenas y bajó los ojos al envoltorio. No lo abrió delante de él. esperó a que volviera a montar, a que el tordillo emprendiera el trote, a que el polvo del camino se asentara. Entonces, con dedos que temblaban un poco, desató la tela y comió despacio, mordiendo el pan como si masticara una oración.

Pasaron 15 días así. Don Heriberto traía comida. Florinda la aceptaba sin agradecer en voz alta, pero con una inclinación de cabeza que decía más que cualquier palabra, hablaban poco. Él preguntaba si había dormido bien. Ella decía que sí. Él preguntaba si necesitaba algo. Ella decía que no. Doña Procopia y Genoveva desde el puesto de pan dulce comentaban con las cejas levantadas.

En el pueblo de San Bartolomé las cosas se sabían antes de suceder. Don Heriberto le lleva comida a la forastera, le dijo el cura, el padre Anacleto, a Eufrasia una mañana en la sacristía. Don Heriberto siempre fue caritativo respondió Eufrasia sin levantar la mirada del altar que estaba limpiando. La caridad se reparte.

Eufrasia no se entrega a una sola persona. Eufrasia siguió limpiando. Una noche hubo tormenta. De esas tormentas del altiplano que parecen querer arrancar el cielo de cuajo. Los relámpagos iluminaban la hacienda como si fuera mediodía y el viento doblaba los maguelles hasta el suelo. Don Heriberto estaba sentado junto a la chimenea cuando oyó los ladridos de los perros. Salió al porche con un farol.

Bajo la lluvia en el lindero del jardín vio una figura empapada encogida contra el muro de piedra. Era Florinda. Llevaba el atado de ropa apretado contra el pecho, como si fuera lo único que tuviera en el mundo, y posiblemente lo era. ¿Qué hace aquí con este aguacero, mujer?, preguntó él bajando los escalones.

Ella no contestó, solo lo miró con esos ojos que ahora brillaban con algo nuevo, algo parecido al miedo, pero más antiguo. Pase por el amor de Dios, pase a secarse. Florinda dudó. Don Heriberto entendió en ese instante que la duda no era por él, sino por lo que ese paso significaba. Cruzar ese umbral era dejar atrás un camino y empezar otro.

Era admitir que el cuerpo, que el cansancio, que la noche misma podían más que el orgullo. Y el orgullo, lo supo entonces, era todo lo que aquella mujer había logrado conservar de sí misma. “No le voy a preguntar nada”, dijo él. “No le voy a pedir nada, solo entre.” Ella entró. Eufrasia, que ya estaba despierta porque las tormentas la asustaban desde niña, calentó agua en el fogón y preparó una tina detrás del biombo del cuarto de huéspedes.

Le dejó a Florinda un vestido limpio que había sido de doña Anselma, uno sencillo de tela gruesa que la difunta usaba para ir al mercado. Le dejó también un peine de carey, un jabón de almendras y una toalla de hilo. No habló. Florinda tampoco. Pero cuando Eufrasia se iba a retirar, Florinda la tomó suavemente de la mano y la apretó. Eufracia entendió.

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