Herido, solo, dispuesto a negociar. Treviño volvió a leer el telegrama, luego dobló el papel. Díganles que lo traigan ordenó. Las negociaciones de un hombre que no tiene nada que negociar son las negociaciones más fáciles del mundo. Para entender por qué la captura de Benjamín Argumedo en febrero de 1916 fue el final inevitable de una historia que él mismo había construido durante 20 años de una manera que no admitía otro desenlace, hay que entender primero quién era ese hombre y qué lo llevó a estar herido y solo en la sierra de
Durango en el invierno más frío de la revolución. Benjamín Argumedo nació en Lerdo, Durango, en el tipo de familia que la región lagunera producía en abundancia en el último cuarto del siglo XIX. Ranchera, pobre de lo suficiente como para no aspirar a la hacienda, pero no de lo suficiente como para ser peón, con la libertad relativa de los que tienen una pequeña parcela y no deben su trabajo a ningún patrón específico, pero que tampoco tienen suficiente tierra para que esa libertad se traduzca en seguridad. Era el espacio específico de

la laguna de ese periodo, la zona donde el algodón había transformado la economía en dos décadas, donde las haciendas de los Madero y de los Uaga y de los inversores extranjeros habían absorbido tierras que antes eran de ranchos familiares, donde el agua del río Nasas era el objeto de disputas que el sistema legal favorecía sistemáticamente a los grandes sobre los pequeños y donde los hombres que no querían ser peones en las haciendas, que habían absorbido las tierras de sus padres, tenían esencialmente tres
opciones. Irse a la ciudad, unirse a alguna de las partidas que operaban en la sierra o convertirse en el tipo de hombre que opera en los bordes del sistema donde la ley y la costumbre se superponen de maneras que la gente del campo conoce mejor que ningún abogado. Argumedo eligió el tercer camino desde muy joven, con la naturalidad de los que no consideran que están eligiendo, sino que están siendo lo que son.
A los 20 años era conocido en la región lagunera por dos cosas. por su habilidad a caballo, que sus contemporáneos describían con el tipo de detalles específicos que reservan para las personas que hacen algo tan excepcionalmente bien, que los detalles son la única manera de comunicar la calidad de esa excelencia y por su disposición al conflicto, que no era la disposición del violento sin propósito, sino la del hombre que ha aprendido que en el mundo que habita la única alternativa a estar dispuesto a pelear es estar dispuesto a recibir. Cuando la
revolución llegó en 1910, Argumedo tenía 34 años y llevaba 15 viviendo en ese espacio entre la ley y la costumbre que la región lagunera ofrecía a los que tenían sus características. Tenía hombres que lo seguían. tenía conocimiento del terreno que ningún mapa podía replicar y tenía, como todos los que pasaron esos años en la sierra de Durango y de Coahuila, el tipo de instinto para la supervivencia que se desarrolla en las personas que han tenido que usarlo de manera consistente durante suficiente tiempo para que se
vuelva reflejo. Lo que no tenía era ideología. Esto es fundamental para entender la historia que siguió. Argumedo no era maderista en el sentido de los que creían en el programa político que Francisco y Madero representaba. No era orosquista en el sentido de los que compartían las convicciones de Pascual Orosco sobre la manera correcta de organizar la sociedad mexicana.
No era huertista ni zapatista, ni villista ni carrancista, en ningún sentido que fuera más profundo que la Alianza Táctica del momento. Era la laguna, era la Sierra, era el hombre que conocía ese territorio mejor que cualquiera y que lo usaba para los fines que en cada momento le parecían más convenientes o más dignos, que para él eran con frecuencia la misma cosa.
Esa combinación de talento extraordinario para la guerra de guerrillas y de ausencia de convicción ideológica profunda fue exactamente la combinación que lo hizo valioso para todos los bandos que lo reclutaron y que lo hizo peligroso para todos los bandos que lo reclutaron. Porque el hombre sin convicción ideológica profunda es el hombre que puede cambiar de bando cuando las condiciones cambian.
Y ese hombre es simultáneamente el aliado más efectivo del momento y la amenaza más probable del siguiente. Argumedo cambió de bando cuatro veces en 6 años. La primera vez fue en 1912 cuando se unió a la rebelión de Pascual Orosco contra el gobierno de Madero. Había combatido con los maderistas durante la revolución de 1910 con efectividad que sus superiores reconocían.
Pero el gobierno de Madero no le había dado lo que esperaba, ni tierras, ni rango formal, ni el tipo de reconocimiento que los que pelearon la revolución con el cuerpo esperaban recibir de los que la pelearon con discursos y con dinero. Orozco le ofreció lo que Madero no le ofrecía. Argumedo se fue con Orosco, con la naturalidad del hombre que no tiene compromisos ideológicos más fuertes que sus compromisos prácticos.
La rebelión orosquista fracasó. El gobierno federal, bajo el mando del general Victoriano Huerta, aplastó a los orosquistas en los valles del norte de México con la eficiencia de los ejércitos regulares cuando enfrentan a las guerrillas en terreno abierto, donde las guerrillas no tienen la ventaja que el terreno montañoso les da.
La segunda vez que Argomedo cambió de bando fue en 1913, cuando Huerta dio el golpe que mató a Madero. Para ese momento, la rebelión orosquista había sido derrotada y Orosco mismo había tenido que cruzar la frontera a los Estados Unidos. Argumedo, que había combatido contra el gobierno federal bajo la bandera orosquista, se incorporó al ejército federal bajo la bandera huertista con la pragmática del soldado que entiende que la derrota de su causa no es necesariamente la derrota de su capacidad de pelear.
Bajo huerta, Argumedo encontró finalmente el reconocimiento formal que la revolución de 1910 no le había dado. Fue ascendido, se le asignaron fuerzas propias, se convirtió en uno de los comandantes federales más efectivos en el norte, donde su conocimiento del terreno lagunero seguía siendo el activo más valioso que cualquier general de academia no podía comprar con sus títulos.
Y cuando Huerta cayó en 1914 y el ejército constitucionalista de Carranza con la división del norte de Villa como su punta más afilada barrió las fuerzas federales del norte de México, Argumedo volvió a la situación que conocía mejor. El hombre en la sierra con sus propios hombres, operando en el único terreno donde su ventaja era absoluta.
La tercera transición fue la más extraña de todas. En 1914 y 1915, mientras la revolución se fracturaba entre villistas y carrancistas y zapatistas, Argumedo estableció contactos con los zapatistas del sur con la incoherencia aparente del que busca aliados donde puede encontrarlos y con la lógica subyacente del que sabe que su posición es débil y que la única manera de sostenerla es teniendo aliados en los que el enemigo no los espera.
Los contactos con los apatistas no produjeron una alianza efectiva. La distancia geográfica entre la Laguna y Morelos era demasiada para que la coordinación fuera real, pero sí produjeron el elemento más peligroso de la posición de Argumedo en ese periodo, la certeza de que el gobierno de Carranza lo consideraba uno de sus adversarios más activos y que si lo capturaba, el tratamiento que recibiría sería el tratamiento que los tiempos de guerra reservan para los que han peleado en demasiados bandos equivocados.
Ese conocimiento era lo que hacía que las negociaciones del telegrama de febrero de 1916 fueran las negociaciones de un hombre que no tenía nada que negociar. La cuarta transición, la que lo llevó a la sierra de Durango herido y solo en el invierno de 1916, no fue una traición en el sentido que los cambios anteriores habían sido traiciones.
Fue simplemente resultado de haberse quedado sin opciones. Para 1915, la revolución había producido su propia lógica de consolidación. Los que ganaban consolidaban, los que perdían buscaban la supervivencia. Y Argumedo, que había peleado en demasiados bandos para que ninguno de los que quedaban en pie lo considerara un aliado confiable.
y en demasiados bandos para que no consideraran que su supervivencia era una amenaza, fue encontrando sus opciones reducidas con la velocidad específica de los hombres a quienes las circunstancias reducen las opciones antes de que ellos mismos se den cuenta de lo que está ocurriendo. El Ejército constitucionalista de Carranza, consolidando el control del norte de México en 1915, declaró a Argumedo rebelde y proscrito.
No era una decisión difícil. Argumedo había combatido contra el constitucionalismo desde múltiples posiciones. Había mantenido operaciones guerrilleras en la que interferían con el control que Carranza necesitaba establecer. Y era el tipo de figura que los gobiernos en proceso de consolidación no pueden permitirse dejar libre, porque la libertad de esa figura produce el tipo de imitadores que los gobiernos en proceso de consolidación no pueden gestionar.
Argumedo se internó en la sierra de Durango con los hombres que todavía lo seguían. No eran muchos. Los que habían estado con él en los mejores momentos habían calculado ya que el mejor momento de seguir a Argumedo había pasado. Los que quedaban eran los que calculaban peor o los que tenían razones personales para la lealtad que superaban el cálculo.
Los meses siguientes fueron los meses de la cacería. Las columnas constitucionalistas peinaban la sierra con la paciencia de los que tienen los recursos para esperar y con el conocimiento de que el tiempo trabaja para ellos. Cada mes que pasaba era un mes donde las provisiones de Argumedo se reducían, donde la red de apoyo en los pueblos de la sierra se contraía bajo la presión del ejército que ocupaba las poblaciones, donde los hombres que lo seguían calculaban sus propias opciones con la frialdad de los que empiezan a ver que el final se acerca.
En noviembre de 1915, un encuentro con una patrulla constitucionalista dejó a Argumedo con una herida en la pierna que los médicos de las montañas, con los instrumentos y los conocimientos disponibles en las circunstancias de la sierra de Durango en invierno, trataron lo suficientemente bien para que no muriera, pero no lo suficientemente bien para que pudiera moverse con la velocidad que la supervivencia en la sierra requería.
La herida fue lo que cambió el final de la historia. Un argumedo sin herida era un argumedo que la sierra podía proteger. Conocía cada cañada, cada arroyo, cada rancho donde podía encontrar apoyo. Había sobrevivido durante meses en esa sierra en condiciones que habrían paralizado a hombres con menos experiencia. Era el león de la laguna en su terreno y esa ventaja era real.
Un argumedo con la herida en la pierna era un hombre que no podía moverse a la velocidad que su terreno requería. Era un hombre cuyo radio de operación se reducía cada semana. Era un hombre que necesitaba más ayuda de la que su red de apoyo en la sierra podía proporcionar discretamente y era inevitablemente un hombre que tarde o temprano sería encontrado.
Fue encontrado el 14 de febrero de 1916. No en combate, no en la batalla de choque que los corridos habrían preferido para su historia. Lo encontraron en un rancho pequeño del municipio de San Juan de Guadalupe, en la sierra de Durango, donde se había refugiado para que la herida sanara lo suficiente, como para intentar llegar a algún lugar que todavía no había calculado completamente.
Los hombres de la patrulla lo rodearon antes del amanecer. Cuando el sol salió, Argumedo ya sabía que las negociaciones que el telegrama describía no eran negociaciones. Eran la forma polite de decir que la única variable que quedaba era si iba a entregarse caminando o lo iban a llevar de otra manera. Se entregó caminando.
Lo que siguió a la captura fue el proceso que la revolución tenía para los hombres de su categoría. el traslado a la ciudad, el juicio ante el tribunal militar, el cargo formal de traición a la patria por haber combatido bajo la bandera huertista contra el ejército constitucional y la sentencia que ese cargo llevaba aparejada en el México de 1916, donde el gobierno de Carranza estaba consolidando su posición con la firmeza que producen los gobiernos que han ganado una guerra larga y que necesitan establecer que la victoria es
irreversible. La sentencia fue de muerte. El juicio fue breve porque los elementos eran claros. Argumedo no negó combatido contra el constitucionalismo. No podía negarlo porque los registros existían y porque la gente de la laguna lo sabía. Lo que argumentó con la lógica del hombre que sabe que el argumento no va a cambiar el resultado, pero que tiene el derecho de hacerlo de todas formas, fue que había peleado según las leyes de la guerra tal como las entendía, que los bandos en los que había servido eran bandos que existían en la realidad
política de México en cada momento en que lo sirvió y que ninguna revolución puede juzgar como traidor al hombre que no era leal a esa revolución cuando la revolución todavía no había ganado. Era el argumento del pragmático que no comprende por qué los que ganan una guerra de principios aplican los principios de la guerra a los que no la compartían.
El tribunal no encontró el argumento convincente o lo encontró convincente y lo desestimó de todas formas, que es la prerrogativa de los tribunales militares en tiempo de guerra cuando la sentencia ya ha sido decidida antes de que el argumento sea escuchado. El 8 de abril de 1916 en la ciudad de Torreón, donde la región lagunera que había sido el territorio de Argumedo durante 40 años estaba empezando a recuperar la normalidad que la revolución había interrumpido.
Benjamín Argumedo fue fusilado. Tenía 40 años. El pelotón de fusilamiento era del ejército constitucionalista. Los hombres que apretaron el gatillo eran soldados que probablemente habían escuchado hablar del león de la laguna desde niños, que habían visto los efectos de sus operaciones en la región, que tenían sus propias razones para tener la opinión que tenían sobre el hombre que estaban ejecutando.
No hay registro de lo que Argumedo dijo antes de que el pelotón cargara. Los registros del juicio y de la ejecución se conservan en los archivos militares de ese periodo con la precisión burocrática de los documentos que nadie esperaba que fueran importantes, pero que el tiempo convirtió en la única evidencia de lo que ocurrió.
Lo que sí hay es el testimonio de los que lo conocieron antes del final y que lo describieron de maneras que se contradicen con la regularidad de los testimonios sobre las personas que producen impresiones distintas en personas distintas. Para algunos era el mejor jinete que habían visto, para otros era el hombre más peligroso de la laguna.
Para otros era el traidor que había cambiado de bando cada vez que le convenía. Y para unos pocos, los que lo habían conocido en la sierra durante los últimos meses, era simplemente el hombre herido, que ya no podía moverse tan rápido como necesitaba. Todas esas descripciones eran verdad. Todas eran insuficientes por sí solas.
Juntas producen el perfil de un hombre que fue extraordinario en las cosas que importan en la guerra de guerrillas y completamente ordinario en las cosas que determinan qué lado de la historia recuerda a alguien como héroe o como traidor. La línea entre héroe y traidor en la Revolución Mexicana no era una línea de carácter ni una línea de habilidad, era una línea de bando.
Los que pelearon en el bando que ganó son los héroes. Los que pelearon en el bando que perdió son los traidores. Y los que pelearon en ambos bandos como Argumedo son las personas que la historia no sabe bien dónde poner y que termina poniendo en el lugar que más conviene a la narrativa del momento. La narrativa de 1916 lo puso en el paredón.
La narrativa de las décadas siguientes lo puso en la categoría difusa de los que son demasiado complicados para el corrido, pero demasiado interesantes para el olvido completo. La narrativa honesta lo pone aquí en la descripción de un hombre que fue extraordinario en lo que fue y que pagó el precio de las elecciones que hizo con la brutalidad específica de los tiempos que le tocaron vivir.
Hay un elemento de la historia de Argumedo, que los relatos populares tienden a pasar por alto, pero que es el elemento más revelador de todo el periodo. La relación entre Argumedo y la población de la región lagunera durante los años de su actividad guerrillera, los guerrilleros que operan en un territorio necesitan algo que ningún ejército regular puede fabricarles.
La red de apoyo local que les da información, refugio, alimentos y la capacidad de desaparecer cuando necesitan desaparecer. Sin esa red, la guerrilla es solo un grupo de hombres armados en la sierra sin la información que hace posible la supervivencia. Argumedo había construido esa red durante 20 años de operaciones en la laguna.
La había construido con la misma combinación de métodos que todos los guerrilleros de su tipo usaban. Parte genuina generosidad con los que lo apoyaban. Parte aplicación de presión sobre los que no lo apoyaban y parte la reputación de ser el hombre que podía llegar en la noche a cualquier rancho de la sierra sin que nadie lo pudiera impedir si quería.
Esa red era real. Le había permitido sobrevivir en circunstancias que habrían eliminado a un hombre con menos contactos. Y en los meses previos a su captura, esa red se fue erosionando con la rapidez que produce la combinación de la presión del ejército constitucionalista sobre las comunidades de la sierra y la percepción de que Argumedo ya no era el hombre que podía protegerlos a ellos de las consecuencias de protegerlo a él.
El ranchero que en 1913 escondía a Argumedo y a sus hombres calculaba que el riesgo de las consecuencias y los federales lo descubrían era manejable porque los federales estaban siendo derrotados y Algumedo podía protegerlo. En 1915, el mismo ranchero calculaba que el riesgo de las consecuencias, si los constitucionalistas lo descubrían, era demasiado grande, porque los constitucionalistas estaban ganando y Argumedo ya no podía protegerlo.
misma lógica que en el caso de Cedillo había dicho, “El poder directo gana.” Solo que en el caso de Argumedo la lección llegó más tarde y de una manera más personal. El rancho donde lo encontraron la patrulla el 14 de febrero no era el rancho de uno de sus aliados más leales. Era el rancho de un hombre que había calculado que la patrulla que buscaba Argumedo estaría más cerca en los próximos días y que si lo encontraban ahí escondido, las consecuencias para él y para su familia serían inmanejables.
No hay evidencia directa de que ese ranchero haya delatado Argumedo. Puede haber sido pura mala suerte de la geografía y del tiempo. Pero las patrullas no llegan al rancho correcto en el momento correcto por casualidad, en los conflictos donde la información local es el recurso más valioso disponible. Alguien dijo dónde mirar.
La red queedo había construido durante 20 años en el momento donde más la necesitaba fue la red que no lo protegió. No porque la gente de la laguna lo odiara, sino porque la lógica de la supervivencia, que es la misma lógica que Argumedo había aplicado todas las veces que había cambiado de bando, se había vuelto contra él con la precisión de un sistema que produce los mismos resultados, independientemente de quién sea el que los aplique.
Argumedo había usado la lógica de la conveniencia toda su vida. En el invierno de 1916, la lógica de la conveniencia lo usó a él. La región lagunera, donde Argumedo había sido el león durante dos décadas, siguió su historia después del fusilamiento de abril de 1916, con la indiferencia de los lugares que han visto demasiada historia para detenerse ante ningún episodio específico.
La revolución terminó. Las haciendas fueron repartidas. El agua del NASA fue objeto de decretos federales en lugar de acuerdos privados. El algodón siguió creciendo. Los que recordaban a Argumedo lo recordaban de maneras distintas, según quién lo recordaba. Los que habían recibido su protección lo recordaban con la mezcla de gratitud y de miedo que produce la protección que no es gratuita.
Los que habían sufrido sus incursiones lo recordaban con el rencor específico de los que han visto quemarse su cosecha o desaparecer su ganado en las operaciones de las guerrillas que necesitan aprovisionar su movimiento. Los que lo habían admirado lo recordaban con el tipo de nostalgia que se reserva para los que son extraordinarios en algo y cuya extraordinariedad no sobrevivió a las circunstancias que la hicieron posible.
Nadie lo recordaba como un traidor en el sentido que los libros de historia usaban ese término. Lo recordaban como el hombre que fue lo que fue en el tiempo que fue y que cuando el tiempo cambió, el hombre ya no podía ser lo mismo que había sido. Eso es la mayoría de los hombres que la revolución produce y que la revolución consume.
No héroes ni villanos en el sentido absoluto, sino personas que se mueven por el paisaje histórico de su momento con los instrumentos que tienen y que terminan donde los instrumentos y el momento combinados los llevan. Argumedo terminó frente al pelotón en Torreón el 8 de abril de 1916. No porque fuera el peor hombre de la revolución, en eso no hay competencia posible, sino porque fue el hombre que no supo cuándo parar de cambiar de bando, el hombre que confundió la flexibilidad táctica con la ausencia de principios que son la misma cosa vista
desde ángulos distintos, pero que producen consecuencias muy distintas cuando los que ganan son los que tienen los principios. La Revolución Mexicana fue, entre otras cosas, la historia de los que ganaron porque tenían principios, aunque no tuvieran el ejército, y de los que perdieron porque tenían el ejército, pero no tenían los principios.
Juárez contra los conservadores, Cárdenas contra las compañías petroleras, Morelos contra Calleja. Argumedo no fue Calleja, no fue el representante de un sistema de opresión institucional con siglos de historia. fue algo más modesto y más humano, un hombre de la sierra que fue excepcional en lo que hacía y que no encontró dentro de esa excepcionalidad la brújula que le habría dicho en qué dirección usarla.
La brújula no es un talento, es una convicción. Y las convicciones, a diferencia de los talentos, no se desarrollan en la sierra a caballo, se desarrollan en los institutos de ciencias y artes, en los años leyendo a los que pensaron sobre la justicia, en las celdas donde se tienen 18 días para procesar lo que acaba de ocurrir y decidir qué hacer con esa información.
Argumedo tuvo el talento, no tuvo la convicción. Y en la Revolución Mexicana, que fue ante todo una guerra entre los que tenían el poder y los que tenían los principios, la ausencia de la convicción fue lo que terminó siendo determinante. El león de la laguna fue capturado en la sierra y fusilado por traición en Torreón el 8 de abril de 1916.
Tenía 40 años. Había pasado 20 de ellos siendo la persona más peligrosa y más hábil de la región lagunera en el tipo de guerra que esa región producía. Lo que no pudo hacer con esos 20 años fue construir algo que sobreviviera a su captura. Ninguna institución, ningún principio que otros pudieran continuar, ninguna causa que siguiera siendo causa cuando él ya no estaba para defenderla.
Eso es lo que separa al héroe del guerrillero extraordinario en la historia de las revoluciones. No el coraje, no la habilidad, no el conocimiento del terreno, la causa que persiste cuando el hombre que le encarnó ya no está. Juárez tenía la Constitución. La Constitución sobrevivió a Juárez.
Morelos tenía los sentimientos de la nación. Los sentimientos sobrevivieron a Morelos. Argumedo tenía la sierra de Durango. La sierra sigue ahí, pero la historia de Argumedo no produjo nada que la sierra pueda conservar en su paisaje, más que la memoria de los viejos que lo recordaban como el mejor jinete que habían visto y como el hombre más peligroso de la laguna y que cuando lo mencionara añaden siempre con la equidad de los que han tenido décadas para procesar una historia complicada que era las dos cosas al mismo tiempo.
Si esta historia del hombre que fue extraordinario en el terreno y ordinario en la convicción te hizo pensar en qué tipo de talento es el que produce permanencia y qué tipo de talento es el que solo produce resultados mientras dura el hombre que lo tiene, ya sabes lo que tienes que hacer. Suscríbete al canal y activa la campana para no perderte el siguiente capítulo de las historias que los libros de texto nunca cuentan completas.
Y antes de irte, quiero saber tu veredicto. Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe traidor si crees que Argumedo mereció el paredón por haber cambiado de bando cuatro veces y haber combatido contra la revolución que daría forma a México. O escribe víctima si crees que fue un hombre del terreno que fue usado y desechado por todos los bandos que lo necesitaron y que mereció una consideración distinta.
Una sola palabra. Y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo video. Para entender completamente al hombre, hay que entender completamente el territorio que lo formó. La región de la laguna, el área alrededor de Torreón, donde los ríos Nas Agua naval crean un oasis en el desierto chihuahüense, era en el último cuarto del siglo XIX uno de los espacios de transformación económica más violenta de México.
En 20 años, entre 1880 y 1900, la laguna pasó de ser una región de pequeños ranchos y comunidades indígenas que vivían del cultivo de subsistencia al mayor distrito algodonero del país, con haciendas que procesaban el algodón con maquinaria importada de los Estados Unidos y que exportaban su producción a las fábricas textiles de Europa.
La transformación fue posible gracias a tres cosas que el porfiriato combinó con la eficiencia del sistema, que sabe que la modernidad tiene un precio y que ese precio no lo paga el que la implementa, el ferrocarril, el crédito extranjero y el despojo. El despojo tomó múltiples formas. La más directa fue la aplicación de las leyes de Valdíos, que permitían al gobierno declarar tierras comunales o sin título formal como terrenos nacionales y concesionarlos a particulares que tuvieran el capital para desarrollarlos.
Los ranchos sin documentación registral, que eran la mayoría de los ranchos de la región, perdieron sus tierras ante los tribunales sin que sus dueños entendieran completamente lo que estaba ocurriendo hasta que ya era demasiado tarde para impedirlo. La más indirecta fue el control del agua.
El río Nasas era la fuente de toda la actividad agrícola de la región. Las haciendas grandes construyeron sus obras hidráulicas primero y con los recursos que les permitían construir las más grandes. Y cuando las obras estaban hechas, el derecho de uso del agua seguía la lógica del que llega primero y tiene más. Los que llegaron después y con menos, se encontraron con que el agua que había sostenido sus ranchos durante generaciones ahora estaba comprometida con las obras de las haciendas más grandes.
Los hombres que nacieron en la laguna en las décadas de 1870 y 1880, la generación de Argumedo, nacieron en un mundo que estaba siendo transformado ante sus ojos, de maneras que no favorecían a los que no tenían capital, ni títulos, ni conexiones con el sistema que estaba haciendo la transformación. Y las opciones que ese mundo les ofrecía para navegar su propia situación eran las opciones que siempre ofrece el sistema que despoja sin mecanismos de compensación efectivos.
la integración subordinada como trabajador de las haciendas que habían absorbido lo que antes era suyo. La migración hacia las ciudades que estaban creciendo con la misma lógica de concentración o la resistencia en el margen del sistema, que es el espacio donde la ley y la costumbre se superponen de maneras que los que conocen el terreno pueden explotar.
Argumedo eligió el margen y en el margen desarrolló las habilidades que el margen requiere, la capacidad de moverse rápido, de conocer el terreno mejor que los que tienen autoridad formal, de generar la lealtad de los que también viven en el margen, sin que esa lealtad dependa de ningún contrato que un tribunal pueda hacer cumplir.
Esas habilidades eran reales. Eran también, como todas las habilidades desarrolladas en respuesta a condiciones específicas, habilidades que funcionaban mejor en las condiciones que las habían generado y que perdían parte de su ventaja cuando las condiciones cambiaban. Las condiciones de la laguna en 1916 habían cambiado de maneras que Argumedo no podía gestionar con las habilidades que había desarrollado para las condiciones anteriores.
El ejército constitucionalista que lo perseguía en la sierra de Durango tenía algo que ninguno de los ejércitos que lo habían perseguido antes había tenido en la misma medida. El apoyo de la población de las comunidades rurales que el gobierno carrancista estaba incorporando a través de las primeras medidas de reforma agraria.
No la reforma agraria completa que Cárdenas haría dos décadas después, pero sí el suficiente reconocimiento de que la Tierra era un asunto pendiente y que el gobierno que estaba ganando la revolución tenía intención de abordarlo. Ese reconocimiento, por parcial que fuera, producía un cambio en la relación entre el gobierno y las comunidades rurales, que hacía más difícil para Argumedo obtener de esas comunidades el apoyo que había tenido cuando era percibido como el único que se oponía al sistema que los había despojado.
En 1910 y en 1911, cuando Argumedo peleaba con Madero, era percibido por muchos en la laguna como parte de la fuerza que combatía el orden porfiriano que les había quitado la Tierra. Esa percepción le daba acceso a la red de apoyo que cualquier guerrillero necesita. En 1915 y en 1916, cuando peleaba contra el constitucionalismo, era percibido como el obstáculo al gobierno que estaba prometiendo la reforma agraria.
Esa percepción erosionaba exactamente la red que había dependido de la percepción anterior. No era una cuestión de amor o de odio hacia Argumedo personalmente. Era la misma lógica que había gobernado todos los cambios de percepción sobre él desde el principio, la lógica de la conveniencia. La gente de la laguna lo había apoyado cuando era conveniente y lo abandonaba cuando dejaba de serlo.
Argumedo había construido su poder sobre esa misma lógica y cuando la lógica que había sostenido su poder comenzó a trabajar en su contra, no tenía ningún otro tipo de apoyo en el que apoyarse. No tenía la legitimidad institucional de Juárez. No tenía la base popular construida sobre un principio que sobreviviera a los cambios de conveniencia.
No tenía nada más que la habilidad en el terreno. Y la habilidad en el terreno no es suficiente cuando el terreno mismo empieza a cerrarse. La sierra de Durango lo protegió hasta que pudo protegerlo. Lo protegió porque él la conocía mejor que los que lo perseguían. Lo protegió porque en los ranchos y en los cañones había personas que calculaban que protegerlo era menos costoso que delatarlo.
Y cuando esas condiciones cambiaron, cuando los que calculaban empezaron a calcular en la dirección contraria, la sierra ya no fue protección. fue el lugar donde lo encontraron. Los cuatro cambios de bando de Argumedo son aparte de su historia que los historiadores de la revolución han discutido con más frecuencia y la discusión tiende a resolverse en una de dos direcciones que son igualmente insatisfactorias.
la que lo condena como oportunista sin principios o la que lo defiende como pragmático que se adaptaba a las circunstancias de cada momento. Las dos perspectivas capturan algo verdadero y omiten algo importante. Lo que captura la perspectiva del oportunista es que los cambios de bando de Argumedo correspondían efectivamente a los cambios en la situación que hacían a un bando más o menos ventajoso para él.
No hay evidencia de que alguno de esos cambios haya sido motivado por la convicción de que el nuevo bando representaba principios más justos que el anterior. La evidencia disponible señala en la dirección opuesta que Argumedo se movía donde se movía porque era donde podía seguir siendo lo que era.
Lo que omite la perspectiva del oportunista es el contexto en el que esos cambios ocurrieron. La Revolución Mexicana no fue en sus primeros años una confrontación nítida entre un bando de los buenos y un bando de los malos. Fue una serie de conflictos fracturados donde las alianzas cambiaban con una velocidad que hacía difícil para cualquier actor y no solo para los sin principios mantener una posición consistente durante periodos prolongados.
Madero peleó contra el porfiriato y ganó. Luego fue asesinado por Huerta, que era el general que Madero había nombrado para sofocar la rebelión de Olosco. Huerta fue derrocado por Carranza y Villa, que luego se enfrentaron entre sí. Villa fue derrotado militarmente, pero no desapareció. Zapata fue asesinado.
Carranza fue asesinado. El México de 1916 no era el México que nadie había planeado ni prometido en 1910. En ese paisaje, los cambios de bando de Argumedos son extraordinarios en su frecuencia, pero no únicos en su lógica. Docenas de hombres de su tipo, de su región y de su generación hicieron cambios similares por razones similares.
La diferencia entre Argumedo y los que hicieron lo mismo es que Argumedo lo hizo cuatro veces en un periodo más corto y con más visibilidad porque era más conocido. La visibilidad fue lo que lo mató, no la traición específica de ninguno de sus cambios de bando. Si Argumedo hubiera sido un hombre ordinario que cambió de bando cuatro veces en 6 años, habría pasado el resto de su vida en el anonimato de los que la historia no registra.
Era el león de la laguna, era conocido. Y cuando el gobierno que lo juzgó necesitó un símbolo de que la traición tenía consecuencias y de que la victoria del constitucionalismo era definitiva, Argumedo fue el símbolo disponible con el nombre suficientemente conocido para que el mensaje llegara. El juicio y el fusilamiento de Argumedo no fueron solo la aplicación de la ley a un caso específico.
Fueron la declaración de que el periodo de los cambios de bando había terminado, que el gobierno que había ganado era suficientemente sólido para juzgar a los que habían combatido en su contra y suficientemente seguro para que ese juicio fuera público y su resultado definitivo. Era el mismo tipo de señal que el fusilamiento de Maximiliano había sido para la República de Juárez en 1867.
No la venganza, sino la demostración de que el Estado existía y de que sus leyes eran leyes antes que convenientes. La diferencia era de escala. Maximiliano era un archiduque Absburgo cuya ejecución conmovió las cortes europeas. Argumedo era un guerrillero de la laguna cuya ejecución conmovió a los viejos de la sierra que lo habían conocido en vida.
Pero la lógica era la misma y la lógica era justa, aunque la justicia tenga ese sabor amargo que produce cuando se aplica a personas que son más complicadas que la categoría bajo la que se los juzga. Los testigos del fusilamiento del 8 de abril de 1916 en Torreón no dejaron relatos detallados que los archivos hayan conservado con suficiente integridad para que sea posible reconstruir el momento con la especificidad de los episodios donde alguien tuvo la presencia de ánimo y el acceso para documentar lo que ocurría.
Lo que los archivos conservan es el parte oficial, hora, lugar, nombre [carraspeo] del condenado, cargo, sentencia ejecutada. Es el lenguaje burocrático de los documentos que registran muertes sin que el registro asuma ninguna posición sobre la muerte que registra. Lo que los archivos no conservan, pero que la memoria oral de la región conservó durante décadas, es la descripción del hombre que fue fusilado.
No la del traidor que los documentos oficiales veían, no la del héroe que el corrido hubiera querido ver, sino la del hombre concreto que llegó caminando desde la sierra con una herida en la pierna que no había terminado de sanar. que se entregó con la dignidad que le quedaba, que fue juzgado con la brevedad que el tiempo de guerra impone a los juicios y que murió de la manera en que murieron muchos hombres de su tipo en esa época, frente a un pelotón en una ciudad de la región donde había sido lo que había sido, con los ojos del que
sabe que el resultado estaba decidido antes de que el proceso comenzara. Fue enterrado en Torreón. Su tumba, si es que fue marcada con suficiente cuidado para que sobreviviera el paso de las décadas, no es un lugar de peregrinación ni de conmemoración. Es la tumba de uno de los muchos que la revolución produjo y consumió con la eficiencia de los procesos históricos que no tienen tiempo para la ceremonia.
Hay un episodio específico de la vida de Argomedo, que los historiadores militares de la revolución señalan como el momento donde su talento fue más evidente y también el momento que más claramente revela por qué ese talento no fue suficiente para producir algo duradero. Era el otoño de 1913.
Argumedo comandaba fuerzas federales en la región lagunera bajo las órdenes del gobierno de Huerta. El ejército constitucionalista avanzaba desde el norte con las fuerzas de Pablo González, que tenían superioridad numérica y que en la lógica militar convencional deberían haber tomado la región en semanas. Argumedo condujo una serie de operaciones de guerrilla contra las columnas de González, que los partes militares de ambos lados describen con el asombro que produce ver a alguien hacer con muy poco lo que los que tienen mucho no pueden hacer.
Columnas que se movían por rutas que los mapas indicaban como seguras encontraban emboscadas preparadas con una anticipación que solo podía venir del conocimiento de ese terreno específico. Posiciones que González había establecido como bases de operaciones amanecían cortadas de sus líneas de suministro por movimientos nocturnos que ningún explorador había detectado.
Argumedo retrasó el avance constitucionalista en la laguna por meses. no lo detuvo porque los recursos que González temía eran demasiado superiores para que ninguna táctica los neutralizara indefinidamente, pero los retrasó y en ese retraso hay la mejor descripción posible de lo que Argumedo era, el hombre que podía hacer que el tiempo trabajara para él en un territorio que conocía, que podía producir retrasos y costos que los que tenían los recursos no habían calculado, que podía ser el factor que cambiaba el
tiempo de la operación, aunque no pudiera cambiar el resultado final de la operación. Esa habilidad era valiosa mientras la guerra requería ese tipo de habilidad. La guerra requería ese tipo de habilidad mientras la situación era lo suficientemente fluida como para que los retrasos produjeran cambios en la correlación de fuerzas que el adversario tenía que gestionar.
En 1915 y 1916, la situación ya no era suficientemente fluida. El constitucionalismo había ganado la confrontación principal. Los que todavía peleaban contra él peleaban en las condiciones de los que han perdido el conflicto central y que pueden producir costos, pero no cambios de resultado. Y los costos que Argumedo podía producir ya no eran suficientes para que ningún bando calculara que valía la pena financiarlo y armarlo con la expectativa de que esos costos cambiaran algo relevante.
La situación de los últimos meses de Argumedo en la sierra tiene la melancólica precisión de los finales, que no son dramáticos, sino graduales. El hombre, que fue el factor que cambiaba las ecuaciones convirtiéndose en una variable que ya no importa lo suficiente para que nadie quiera hacer la ecuación.
Hubo un momento en algún punto del invierno de 1915 antes de que la herida lo incapacitara, donde Argumedo podría haber tomado la decisión que habría cambiado su final. podría haber buscado las condiciones de rendición antes de que la herida las buscara por él. Podría haber calculado que el gobierno constitucionalista, que necesitaba dar señales de que la pacificación del norte era posible sin exterminar a todos los que habían combatido en su contra, podría estar dispuesto a negociar con un hombre de su reputación y de sus habilidades si ese hombre llegaba con la
voluntad de integrarse antes que con la obligación de rendirse. Era el tipo de cálculo que otros hombres de perfil similar hicieron en ese periodo. El propio Villa haría ese cálculo en 1920 cuando firmó los tratados de Sabinas con el gobierno de De la Huerta, intercambiando la rendición por la hacienda de Canotillo y por el grado militar que le permitía morir con dignidad formal en lugar de como fugitivo.
Argumedo no hizo ese cálculo o lo hizo demasiado tarde cuando la herida había reducido tanto su posición que la negociación ya no podía ser la negociación de un hombre que llega con algo que ofrecer, sino la rendición del hombre que llega sin nada que no sea su propia vida. ¿Por qué no hizo ese cálculo más temprano? Es una pregunta que los documentos disponibles no responden completamente.
Puede haber sido el orgullo del que no puede concebir rendirse mientras todavía puede pelear. Puede haber sido la evaluación incorrecta de su propia posición, la creencia de que la red de la Laguna lo sostendría más tiempo del que lo sostuvo. Puede haber sido la comprensión de que el gobierno constitucionalista no le ofrecería las condiciones que habrían hecho la rendición aceptable.
Cualquiera de esas razones o las tres juntas explican que llegara a febrero de 1916 herido y solo. Lo que ninguna de ellas explica es lo que habría cambiado si hubiera calculado diferente, porque esa es la pregunta que la historia no puede responder. ¿Qué habría pasado si lo que sí puede responder es lo que pasó y lo que pasó es la historia que este documental ha contado.
El león de la laguna fue capturado en la sierra de Durango el 14 de febrero de 1916, herido en la pierna con pocos hombres, en un rancho donde la protección que esperaba ya no era la protección que podía recibir. Fue juzgado en Torreón por traición. Fue fusilado el 8 de abril de 1916. Tenía 40 años. La región lagunera siguió su historia.
Los campos de algodón siguieron creciendo. El agua del NASA siguió siendo el objeto de disputas que los tribunales y los decretos presidenciales irían resolviendo con la lentitud de los problemas que tienen demasiadas dimensiones para ser resueltos rápidamente. Y los viejos que recordaban a Argumedo siguieron contando la historia del mejor jinete de la laguna, del hombre más peligroso de la sierra, del que cambió de bando cuatro veces y que terminó donde terminó, con la mezcla de admiración y de equidad que produce la distancia suficiente para ver una vida
completa sin que ningún momento de esa vida defina completamente a la persona. Era el león de la laguna. fue capturado herido y solo, y la sierra de Durango, que lo había protegido durante años, fue el lugar donde lo encontraron. Hay otros hombres de la revolución cuya historia ilumina la de Argumedo por contraste y ese contraste es más revelador que cualquier análisis de su vida tomada aisladamente.
El contraste más obvio es con Pancho Villa, que era de la misma región, de la misma generación, del mismo tipo humano que Argumedo, el hombre de la sierra que se formó en el margen del sistema y que encontró en la revolución el escenario donde sus habilidades tenían el máximo valor. Villa y Argumedo operaron en territorios adyacentes, se conocieron, combatieron algunas veces en el mismo bando y sus destinos divergieron de maneras que ilustran perfectamente la diferencia que este documental ha intentado describir.
Villa tuvo una causa que fue más grande que él mismo. No siempre, no consistentemente, no sin las contradicciones que producen las personas, que son demasiado complejas para ser reducidas a una sola descripción. Pero Villa fue identificado por las comunidades rurales del norte de México como el hombre que peleaba por las tierras de los que no tenían tierras.
Esa identificación le dio un tipo de apoyo que sobrevivía a las derrotas militares y que se reconstituía después de ellas. Cuando Villa fue derrotado en Celaya y en León y en Aguascalientes, cuando su división del norte se redujo de 40,000 hombres a unos pocos miles de guerrilleros en la sierra, todavía tenía esa identificación trabajando para él.
Todavía había comunidades en Chihuahua que lo protegían, no por conveniencia, sino porque lo reconocían como algo suyo. Argumedo no tenía esa identificación en la misma medida. La laguna lo conocía como el hombre más hábil de la sierra, no como el hombre que peleaba por las tierras de los que no tenían tierras.
Cuando el gobierno que prometía esas tierras llegó con suficiente fuerza como para que la conveniencia de apoyar al gobierno superara la conveniencia de apoyar al guerrillero, la red de apoyo de Argumedo se desintegró con la rapidez específica de las redes que no tienen nada más que la conveniencia para sostenerlas. La de Villa se desintegró también parcialmente, pero tardó más y tardó más porque tenía algo más que la conveniencia.
El contraste con Emiliano Zapata es igualmente revelador, aunque Zapata operó en el sur y Algumedo en el norte, y sus historias se tocaron solo en los márgenes. Zapata nunca cambió de bando, eso es lo primero. Desde 1910 hasta su asesinato en 1919, Zapata fue siempre el mismo. El hombre que peleaba por la tierra de Morelos con el plan de Ayala como el documento que articulaba exactamente qué era lo que exigía y por qué lo exigía.
Esa consistencia le costó, le costó alianzas que podría haber tenido si hubiera sido más flexible. Le costó la posibilidad de participar en los gobiernos que se sucedieron, porque los que gobernaban no podían acomodar sus exigencias sin conceder lo que no estaban dispuestos a conceder. Le costó finalmente la vida porque fue asesinado precisamente porque el gobierno de Carranza lo consideraba imposible de incorporar y peligroso de dejar libre.
Pero la consistencia de Zapata también produjo algo que ninguna flexibilidad podía producir. La certeza de todos los que lo conocieron y de todos los que vinieron después de que Zapata era lo que decía ser, que la causa que peleaba era genuina, que cuando moría por ella no moría por un cálculo de conveniencia, sino por algo que consideraba más importante que su propia conveniencia.
Esa certeza es lo que produce el tipo de legado que sobrevive a la persona que lo genera. El estado de Morelos lleva su nombre. Sus palabras siguen siendo la referencia en los debates sobre la Tierra en México. Y décadas después de su muerte, cuando los movimientos campesinos buscan un antecedente que dé legitimidad a sus reivindicaciones, citan a Zapata.
Nadie cita a Argumedo para esas cosas. Argumedo fue un guerrillero extraordinario. Zapata fue una causa. La diferencia no es de talento. Zapata no era mejor jinete ni mejor estatega que Argumedo. La diferencia es de consistencia. Y la consistencia, como todos los atributos que son difíciles de mantener en condiciones adversas, produce resultados que solo se ven en el largo plazo y que son invisibles en el corto.
En el corto plazo de 1916, Argumedo era el hombre más hábil de la laguna y fue capturado en la sierra. En el largo plazo de la historia de México, Zapat es el fundador de una tradición política que sigue viva y Argumedo es una nota al pie que los estudiosos de la revolución conocen y que nadie más necesita conocer para entender qué fue la revolución.
El contraste más doloroso, porque es el más cercano geográficamente y el más similar en términos de origen y de habilidades es con Calixto Contreras, el guerrillero duranguense que peleó en el mismo territorio que Argumedo, que tuvo habilidades similares en la guerra de montaña y que eligió el bando que ganó desde el principio y lo mantuvo.
Contreras fue maderista en 1910, fue villista durante el periodo de la división del norte y cuando Villa fue derrotado, Contreras negoció su integración al ejército constitucionalista con las condiciones que los hombres de su calibre podían obtener, el reconocimiento de su grado, la garantía de la tierra que habían peleado y la dignidad de no ser tratado como prisionero, sino como el veterano que pone las armas por las vías acordadas.
murió en 1918 en un enfrentamiento con fuerzas que todavía operaban en Durango, en combate, no fusilado como traidor en combate. Esa diferencia entre morir fusilado por traición y morir en combate como veterano reconocido es la diferencia que la consistencia produce en las historias de los hombres de la revolución.
No es la diferencia entre ser bueno y ser malo. Es la diferencia entre mantener el rumbo suficiente tiempo como para que el gobierno que gana te vea como parte de lo que ganó en lugar de parte de lo que venció. Argumedo no mantuvo el rumbo, no porque no pudiera, sino porque nunca eligió un rumbo que valiera la pena mantener.
La sierra de Durango, donde Argumedo pasó sus últimos meses, tiene una cualidad que los que la conocen describen con el vocabulario que se reserva para los paisajes que no permiten la indiferencia. Es bella de la manera específica en que son bellos los lugares que no hacen concesiones, que exigen atención constante para no matarte y que recompensan esa atención con la sensación de estar en el mundo de una manera que los lugares más amables no producen.
Los cañones del municipio de San Juan de Guadalupe, donde lo encontraron la patrulla en febrero de 1916, son el tipo de terreno donde un hombre a caballo y sin herida puede moverse durante semanas sin ser visto si sabe lo que hace. Hay cuevas, hay arroyos que no aparecen en ningún mapa porque no tienen nombre oficial, sino el nombre que la gente local les ha dado desde siempre.
Hay veredas que los que las conocen pueden seguir a caballo en la oscuridad porque las han seguido suficientes veces para que el cuerpo del caballo las recuerde. Argumedo conocía ese terreno con exactitud que ningún mapa podía igualar. Lo había cruzado decenas de veces en condiciones distintas. Sabía qué ranchos le darían comida sin preguntar demasiado y qué ranchos le harían preguntas que no le convenía responder.
Sabía donde el río era badeable y dónde no. Sabía qué partes del camino eran visibles desde la distancia y qué partes tenían la cobertura que hace posible el movimiento sin ser detectado. Ese conocimiento era la ventaja que lo había mantenido libre durante meses con la herida. Y fue ese conocimiento lo que hizo que la herida fuera determinante cuando la herida llegó, porque la ventaja de moverse en terreno conocido depende de poder moverse.
Un hombre que conoce cada cañada de la sierra, pero que no puede montar a la velocidad que la sierra requiere para hacer ventaja, es un hombre que tiene el mapa en la cabeza, pero no puede usarlo. La herida en la pierna que recibió en noviembre de 1915 no fue una herida mortal en términos médicos. Fue una herida que redujo su velocidad de movimiento al punto donde la ventaja del conocimiento del terreno ya no compensaba la desventaja de no poder usarlo plenamente.
Los dos meses y medio entre la herida y la captura son la historia más silenciosa de toda la vida de Argumedo. No hay documentos que la registren desde adentro. No hay cartas, ni diarios ni testimonios directos de ese periodo. Hay los partes de las patrullas constitucionalistas que lo buscaban, que describen el territorio y los indicios encontrados, pero rara vez al hombre mismo.
Y hay la memoria oral de los que vivían en esa sierra en ese periodo y que décadas después contaron lo que habían visto o lo que les habían contado los que habían visto. Lo que esa memoria conserva es la imagen de un hombre que se movía de rancho en rancho con menos hombres cada semana. que aceptaba lo que le daban sin pedir más de lo que podían dar y que en los últimos días antes de la captura ya no se movía porque la herida no le permitía moverse con la frecuencia que la seguridad habría requerido.
Era la imagen del hombre extraordinario al final de su extraordinariedad. Todavía el mismo, todavía reconocible, pero reducido a las dimensiones que la herida le había impuesto. El rancho donde lo encontraron no fue el rancho de ninguno de sus aliados más cercanos. Era el rancho de una familia que lo conocía de antes, que le había dado cobijo en otras ocasiones y que en ese febrero de 1916 calculó con la frialdad que produce la necesidad que los soldados que buscaban Argumedo estaban demasiado cerca para que el costo de ocultarlo siguiera siendo inferior al costo de que
lo encontraran ahí. No hay registro de lo que esa familia hizo exactamente. Si enviaron un mensaje a la patrulla, si simplemente dejaron señales que la patrulla supo interpretar. Si alguien que los conocía dijo algo a alguien que lo pasó hacia donde debía llegar. Lo que hay es el resultado.
La patrulla llegó al rancho antes del amanecer. Argumedo estaba adentro. La herida no le permitía moverse rápido y la negociación comenzó con la brevedad que describe el telegrama que Treviño leyó esa tarde. Fue capturado sin disparo, no porque se rindiera sin resistencia en el sentido heroico de la capitulación voluntaria, sino porque en las condiciones de ese amanecer de febrero, con la herida en la pierna y los hombres que todavía estaban con él tan pocos como para que la resistencia fuera suicidio antes que combate, la rendición fue la única decisión racional
disponible. Argumedo siempre tomó las decisiones racionales disponibles. Eso es lo que los cuatro cambios de bando documentan. Fue el mejor lector de las situaciones de su tipo que la laguna produjo en su generación. Y en ese amanecer de febrero de 1916, leer la situación correctamente llevaba a la misma conclusión a la que llevaban las lecturas correctas de todas las situaciones anteriores de su vida, que la mejor opción disponible era también la que más costaba.
Salió del rancho caminando, lo llevaron a Torreón, lo juzgaron, lo fusilaron y la Sierra de Durango, que la había conocido en todos los ángulos posibles durante 20 años de operaciones, lo conoció también en ese último ángulo, el del hombre que la sierra no pudo proteger cuando lo que faltaba ya no era el conocimiento del terreno, sino el tiempo y la salud para usarlo.
La historia de Benjamín Argumedo es la historia de lo que ocurre cuando el talento más extraordinario se ejerce sin la convicción que lo ancla algo más permanente que el momento. Es la historia del hombre que fue todo lo que el terreno de su tiempo requería y que no fue lo que el tiempo que siguió necesitaba.
No es una historia de villanía, no es una historia de heroísmo, es la historia más común y más difícil de todas las que la revolución produjo, la del hombre bueno para lo que fue bueno, en el tiempo que ese ser bueno tuvo valor y que cuando ese tiempo pasó no tenía nada más en que apoyarse. La sierra de Durango sigue siendo la sierra de Durango.
Los cañones del municipio de San Juan de Guadalupe siguen ahí con sus veredas sin nombre oficial y sus arroyos que no aparecen en los mapas. Y en algún rancho de esa sierra, si uno pregunta a los viejos, todavía alguien recuerda que por ahí pasó una vez hace mucho, el león de la laguna, que era el mejor jinete que habían visto, que era el hombre más peligroso de la región y que lo capturaron herido y solo.
El general Treviño cerró el expediente del caso Argumedo en los primeros días de mayo de 1916, después de que los informes de la ejecución del 8 de abril habían sido verificados y archivados con el cuidado burocrático que los archivos militares dedican a los documentos que pueden ser consultados por auditores o por historiadores en algún momento del futuro. El expediente tenía 47 páginas.
Contenía el informe de la captura, el registro del traslado a Torreón, la transcripción del juicio, la sentencia, el informe de la ejecución y los documentos de identificación del ejecutado. Era el archivo completo de un hombre o al menos el archivo completo de las cosas que el Estado registra sobre un hombre cuando ese hombre ha tenido la importancia suficiente para producir un expediente de 47 páginas.
Lo que el expediente no contenía era lo que ningún expediente puede contener. La descripción del hombre que cabalgaba la sierra de Durango de noche sin necesitar luna, porque conocía cada piedra de memoria. La descripción del jinete que sus contemporáneos recordaban con el tipo de detalles específicos que reservan para las excelencias que se ven pocas veces en una vida.
La descripción del hombre que durante dos décadas fue el factor que los que querían operar en la laguna tenían que calcular si querían que sus cálculos fueran correctos. Esas cosas no están en el expediente, están en la memoria oral de los que lo vieron. Y la memoria oral se va con los que la llevan. Los últimos que recordaban a Argumedo de primera mano murieron hace décadas.
Lo que queda ahora es el expediente de 47 páginas en algún archivo de Torreón o de la Secretaría de la Defensa Nacional y los relatos de los historiadores que leyeron ese expediente y los relatos de los que escucharon a los que lo recordaban antes de que esa memoria se perdiera.
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Y queda esta historia, que no es el corrido que la vida de Argumedo podría haber inspirado si hubiera elegido diferente. es la historia de lo que fue, con la honestidad que la distancia permite y con el respeto que merece cualquier vida que fue extraordinaria en lo que fue. Fue capturado en la sierra, fue fusilado por traición y la región lagunera, que lo había visto ser lo que fue durante 20 años, siguió su historia con el paso lento de los lugares que han visto demasiada historia para detenerse ante ningún episodio específico. El algodón
siguió creciendo. El agua del Nas siguió siendo el objeto de disputas y de decretos. Los ranchos cambiaron de manos y de cultivos, y los viejos que recordaban a León de la Laguna siguieron contando la historia mientras vivieron. hasta que un día ya no quedó nadie que lo hubiera visto y entonces quedó solo el expediente y la sierra y esta historia.