Pintó las paredes de amarillo. instaló un horno de segunda mano que su padre revisó tornillo por tornillo y abrió el horno de oro. No era un lugar elegante. El letrero nunca fue grande. No tenían página en redes sociales ni repartían volantes. El negocio creció solo, como crece lo honesto, de boca en boca, de vecino en vecino, de cliente que vuelve porque el pan de allí sabe diferente.
En 11 años, el local se convirtió en una referencia del barrio. La gente de la zona decía que si el horno de Juárez no estaba encendido, el día no había comenzado bien. Juárez era conocido en la cuadra como un hombre serio, trabajador, de pocas palabras, pero de trato justo. No se metía en problemas, no debía favores, pagaba a tiempo, cumplía su palabra y trataba a sus empleados con respeto.
era exactamente el tipo de hombre que en Venezuela, con toda la crisis encima todavía conseguía sostenerse con dignidad, no por suerte, sino por disciplina y terquedad. Karine Salazar entró en su vida 3 años antes de esa mañana de San Valentín. Se conocieron en una feria gastronómica organizada por la alcaldía del municipio.
Karine tenía 24 años entonces. Era delgada, de cabello oscuro, con una sonrisa que Juárez describió años después en el juicio, como la sonrisa que me convenció de que todavía valía la pena creer en algo. Ella trabajaba como asistente de cocina en un restaurante del sector y tenía ambiciones claras. Quería aprender, quería crecer, quería tener su propio negocio algún día.
Al menos eso era lo que decía. El noviazgo fue tranquilo. Karine comenzó a aparecer en la panadería los fines de semana, ayudando con la caja, aprendiendo los tiempos de fermentación, conociendo a los clientes por nombre. Joar la veía como una compañera de vida, no solo sentimental, sino también en el oficio. Era el tipo de relación que él había imaginado siempre.
Una pareja que construye algo juntos, que comparte el peso del trabajo y también el orgullo del resultado. Se casaron el 24 de enero de 2023 en una ceremonia civil sencilla con la familia cercana, una torta que hizo el propio Juarez y la promesa de seguir creciendo juntos. 21 días después era San Valentín. Pero antes de llegar al 14 de febrero, hay un personaje que necesita presentación.
Porque esta historia no es solo una historia de amor roto, es también la historia de una traición que se construyó ladrillo por ladrillo durante 18 meses. Adalberto Sales tenía 23 años cuando llegó a el horno de oro. Era alto, de complexión delgada, con manos que no sabían de harina ni de horno. Llegó en julio de 2021, recomendado por Karine.
Ella lo presentó como un muchacho de buena familia de San Francisco, una ciudad cercana a Maracaibo, que necesitaba trabajo y tenía disposición para aprender. Juárez lo aceptó sin dudar. Confiaba en el criterio de su novia, confiaba en la recomendación directa y además siempre había creído que cualquier hombre dispuesto a madrugar y aprender merecía una oportunidad.
Lo que Juarez no sabía en ese momento, lo que nunca sospechó, es que Karine y Adalberto no eran extraños entre sí. Se conocían desde mucho antes. Y la recomendación de trabajo no fue un gesto de buena voluntad. ni una casualidad. Fue el primer movimiento de un plan que, visto en retrospectiva, resulta perturbador en su frialdad.
Durante los primeros meses, Adalberto fue un aprendiz ejemplar. llegaba puntual, preguntaba con humildad, aprendía rápido. Juárez invirtió tiempo y paciencia en él, enseñándole desde cero cómo medir la temperatura del agua para activar la levadura, cómo leer la masa con las manos para saber si necesitaba más tiempo de reposo.
¿Cómo calcular los tiempos del horno según la humedad del día? Era el tipo de enseñanza que no está en ningún libro, que solo se transmite de persona a persona, de maestro a aprendiz, con la paciencia de quien sabe que las cosas buenas requieren tiempo. Joares lo trataba como si fuera su propio sobrino. En más de una ocasión, cuando el muchacho llegaba sin haber comido, Juarez le preparaba el desayuno antes de comenzar el turno.
En una Navidad le dio un bono de gratificación fuera de lo acordado. Lo cubrió cuando llegó tarde por problemas personales. Lo defendió ante un cliente que lo acusó injustamente de un error en el pedido. Mientras tanto, en silencio, por mensajes de texto borrados inmediatamente por encuentros en horarios que coincidían con las ausencias del otro, Karine y Adalberto continuaban lo suyo.
La investigación posterior, una vez que los peritos de la Fiscalía del Estado Zulia recuperaron los celulares y extrajeron los mensajes, revelaría conversaciones que databan de meses antes de que Adalberto pisara por primera vez la panadería. mensajes que mostraban una relación que no había comenzado en Maracaibo, sino mucho antes en San Francisco y que nunca se había interrumpido.
Mensajes donde planificaban cómo manejar la situación, cómo mantener las apariencias, cómo aprovechar la cercanía que el trabajo les daba sin levantar sospechas. Uno de esos mensajes que los medios locales citaron durante el juicio decía simplemente, [carraspeo] “Nadie va a sospechar nada. Él confía en mí.
” No quedó claro si quien escribió eso fue Karine o Adalberto. Tampoco importó demasiado al final. Joares Novais construyó 11 años de trabajo honesto. Construyó una panadería que alimentó a un barrio. Enseñó a un joven que alguien más le había enviado. Esperó el amor con paciencia. Se casó con la mujer que creía que era su compañera de vida.
Y 21 días después de la boda, en la madrugada fría del día de los enamorados, llegó a su panadería con chocolates bajo el brazo y encontró la puerta sin llave. Encontró dos tazas de café a medias sobre la barra y abrió la puerta del cuartito del fondo. Lo que ocurrió en esos segundos después de abrir esa puerta, lo que vieron sus ojos, lo que sintió su cuerpo antes de que el cerebro pudiera procesar nada.
lo que hizo a continuación y lo que jamás podrá deshacer. Eso lo vamos a contar en el capítulo siguiente. No te vayas. Lo peor, o mejor dicho, lo más oscuro, apenas está por comenzar. Hay momentos en la vida de un ser humano que el tiempo no procesa de manera lineal. Hay instantes que el cerebro recibe en cámara lenta, con una claridad brutal que la memoria archiva para siempre, con detalles que uno no debería recordar, pero que quedan grabados.
El color de la luz, el sonido de fondo, el olor del ambiente, la temperatura del aire en la piel. Para Juarz Novais, ese instante fue la mañana del 14 de febrero de 2023, cuando empujó la puerta del cuartito del fondo de su panadería. Reconstruir lo que ocurrió esa mañana no es tarea sencilla. La información proviene de tres fuentes.
La confesión del propio Juarez, el informe pericial de la Fiscalía del Estado, Zulia y los testimonios de los primeros policías que llegaron a la escena. Las tres fuentes coinciden en los hechos centrales, aunque en algunos detalles hay pequeñas variaciones propias de toda investigación criminal, donde la realidad se fragmenta y cada testigo, incluido el autor, recuerda desde su propio dolor.
Esa mañana Juárez salió de su casa más temprano de lo habitual. El proveedor de harina, un hombre al que llevaba años comprándole, lo llamó la noche anterior para informarle que el camión había tenido un problema mecánico y el pedido no podía entregarse en el horario acordado. Eso significaba que había que reorganizar el trabajo del día, calcular con la harina que quedaba en el depósito, ajustar las cantidades y posiblemente hacer un pedido de emergencia a otro proveedor.
Era un contratiempo menor, el tipo de problema cotidiano que cualquier pequeño empresario maneja sin dramatismo. Juárez tomó su chaqueta, guardó la caja de chocolates que había comprado el día anterior para su esposa y salió al frío de la madrugada Zuliana. Camine con él un momento. Son las 5:45 de la mañana.
La calle 72 está casi desierta. Un par de motos cruzan a lo lejos. La luz de algunos locales ya está encendida, los que también madrugaron. El olor a pan viene desde adentro del local, señal de que el horno ya estaba trabajando. Eso era normal. Adalberto tenía llave propia y responsabilidad de abrir los días que le tocaba el turno temprano.
Era una señal de confianza que Juárez le había dado después de varios meses de trabajo. Juárez llegó a la puerta principal y notó lo primero. No estaba con llave, no estaba cerrada con seguro. La empujó y entró. El local olía a café, a pan, al calor familiar del horno encendido. Todo parecía en orden a primera vista.
La amasadora estaba funcionando, lo cual también era normal para esa hora. Joares avanzó unos pasos hacia adentro y fue entonces cuando vio la barra de trabajo. Dos tazas de café a medias, no una, dos. Eso no era normal. Adalberto no solía invitar a nadie al local antes de que abrieran. Las normas del negocio eran claras al respecto.
En locales de trabajo, no es un lugar de visitas. Juárez se quedó mirando las dos tazas por un instante. Su mente registró la anomalía sin procesar todavía sus implicaciones. Entonces escuchó un sonido desde el cuartito del fondo. El cuartito del fondo era un espacio pequeño de unos 4 m² que cumplía varias funciones: depósito de ingredientes, zona de descanso para los turnos largos, lugar donde guardaban las herramientas del oficio.
Tenía una sola puerta de madera sin llave interna y una bombilla pelada que colgaba del techo. Era un rincón funcional y sin pretensiones, como todo en el horno de oro. Já caminó hacia allá, empujó la puerta y vio lo que vio en ese cuartito, en ese preciso instante, es lo que detonó todo lo que siguió.
Los detalles específicos de la escena no serán reproducidos aquí con precisión morbosa, porque esta historia no busca el impacto fácil, sino la comprensión profunda de lo que ocurrió y por qué. Lo que importa es lo que esos segundos le hicieron a Juarez Nováis por dentro. No hubo palabras. Según su propia declaración ante las autoridades, no hubo gritos, no hubo insultos, no hubo negación ni súplica, ni intento de explicación de ninguna de las dos partes.
Lo que hubo fue un silencio que duró exactamente el tiempo que le tomó a Juá procesar lo que estaba viendo. su esposa, su aprendiz. 21 días después de la boda, el día de San Valentín, con los chocolates todavía bajo su brazo, algo se rompió en él en ese momento. Los psicólogos forenses, que participaron en el juicio posterio ir utilizaron el término estado dissociativo agudo de respuesta emocional para describir lo que ocurrió en Joares en esos instantes.
No es una excusa legal ni una justificación moral. Es una descripción clínica de lo que el cerebro humano puede hacer cuando recibe un impacto emocional que supera su capacidad inmediata de procesamiento racional, desconectarse del control consciente y actuar desde un lugar más primario, más oscuro, más irreversible.
Lo que hizo Joarés en ese cuartito del fondo de su panadería, con las herramientas de su propio oficio, con las manos que habían amasado miles de kilos de pan y que habían enseñado a otros a hacerlo. Es un hecho que quedó documentado en el expediente judicial y que el tribunal venezolano tuvo que analizar con frialdad para determinar si existió premeditación o si fue un crimen de impulso.
Mató a Karim Salazar, su esposa de 21 días, de 27 años. Mató a Adalberto Sales, su aprendiz de 18 meses, de 23 años. ambos en ese mismo cuartito, sin que ninguno de los dos pudiera salir. Después, Juárez salió del cuartito, caminó hasta la barra de trabajo, se sentó en el taburete, donde todos los días revisaba los pedidos y contaba el dinero del día anterior.
La caja de chocolates cayó al suelo en algún momento de ese trayecto. no la recogió, sacó su teléfono y llamó al número de emergencias. Cuando los funcionarios del cuerpo de investigaciones científicas, penales y criminalísticas, el CCPC, llegaron al lugar, encontraron a Juárez Novais sentado exactamente ahí en ese taburete, con las manos sobre la barra mirando hacia adelante.
No intentó huir, no intentó mentir, no intentó construir ninguna historia alternativa. Cuando el primer funcionario le preguntó qué había pasado, Joáes respondió con una voz que, según los testimonios policiales, sonaba completamente plana, completamente vacía, como si todas las emociones se hubieran consumido de una sola vez.
Están adentro. Los maté yo. Llamen a quien tengan que llamar. Y no dijo nada más. La escena fue asegurada. Los peritos comenzaron su trabajo. La caja de chocolates quedó en el piso, aplastada por el paso de los investigadores que entraban y salían. El horno siguió encendido durante toda la mañana porque nadie pensó en apagarlo en medio del caos.
Y el pan siguió cociéndose dentro como si nada hubiera cambiado, como si el mundo todavía funcionara con normalidad cuando ya no funcionaba para nadie dentro de ese local. La noticia tardó pocas horas en salir, pero lo que salió primero no fue la verdad, porque Joarés en esa primera llamada no explicó todo el contexto, solo dijo que había dos personas muertas adentro y que él era el responsable.
Los funcionarios que llegaron tampoco tenían todavía el cuadro completo y en esa brecha entre el hecho y la explicación, entre la escena y su significado, el rumor comenzó a moverse por Maracaibo a la velocidad que solo los rumores conocen. Lo que los vecinos, los clientes habituales y los medios locales comenzaron a escuchar en las primeras horas, no era la historia de un crimen pasional, era otra historia completamente distinta, una historia de desaparición, una historia de misterio, una historia donde Joares era la víctima y no el
autor. Esa versión inicial falsa construida por el caos informativo de las primeras horas fue la que se viralizó en Maracaibo durante días y fue esa versión la que puso en marcha una búsqueda que nunca debió existir. En el siguiente capítulo vamos a ver como Venezuela entera se movilizó buscando a dos personas que ya no estaban en ningún lugar al que se pudiera llegar.
Y vamos a ver como Joáes Novis, el hombre que acababa de hacer lo que hizo, apareció frente a las cámaras pidiendo información sobre su esposa desaparecida. Quédate. Esto se complica más de lo que imaginas. Maracaibo tiene una forma particular de procesar sus tragedias. Es una ciudad que ha visto demasiado. Crisis económica, apagones que duran días, inseguridad que convierte cada madrugada en una apuesta, escasez de agua, de medicamentos, de futuro.
Sus habitantes han desarrollado por necesidad una capacidad para absorber el dolor colectivo y seguir moviéndose, pero hay ciertos casos que rompen ese mecanismo de defensa. Casos que tocan algo más profundo que el aguante cotidiano, casos que obligan a la ciudad a detenerse. El 14 de febrero de 2023, mientras los peritos del CPC trabajaban dentro del horno de oro y Juares Novís, permanecía detenido, pero sin cargos formales todavía, mientras se recopilaba evidencia.
La versión que circuló en las primeras horas fue esta. La esposa recién casada de un panadero del centro y un joven empleado habían desaparecido misteriosamente durante la madrugada del día de los enamorados. Nadie dijo nada de cuerpos todavía. Las autoridades, siguiendo el protocolo no habían confirmado públicamente ninguna muerte.
La escena estaba siendo procesada. Y en ese vacío de información oficial, los testigos parciales, los vecinos que vieron entrar a los policías, los que escucharon rumores de boca de los primeros funcionarios, comenzaron a construir la versión que les resultaba más comprensible. Desaparecidos. Dos jóvenes desaparecidos en una panadería del centro de Maracaibo, día de San Valentín, la esposa recién casada del dueño y el aprendiz de confianza.
En una ciudad donde los secuestros exprés son una realidad cotidiana, donde los robos que terminan en desapariciones ocurren con frecuencia escalofriante. Esa narrativa tuvo sentido inmediato para mucha gente, no era inverosímil. Era, tristemente el tipo de historia que Maracaibo conoce bien. Los medios locales de la ciudad fueron los primeros en titularlo.
Las primeras notas digitales comenzaron a circular antes del mediodía. Esposa, recién casada y aprendiz, desaparecen misteriosamente en panadería del centro en pleno día de los enamorados. Los portales de noticias del estado Zulia lo tomaron. Las cuentas de Instagram y Twitter de información local lo amplificaron. Para cuando cayó la tarde del 14 de febrero, la historia ya había llegado a Caracas y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Juáz Novais apareció frente a las cámaras. En algún punto de ese día que los investigadores nunca explicaron del todo públicamente, Juárez no estaba completamente incomunicado. Hay versiones que sugieren que fue un familiar quien habló con medios locales en su nombre. Hay otras que dicen que fue el propio Joarés en un estado que los peritos describirían después como de disociación sostenida, quien interactuó brevemente con periodistas antes de que se aclarara completamente su situación legal en esas primeras horas caóticas.
Lo que sí quedó registrado y que circuló en videos en redes sociales durante días fue la imagen de un hombre destrozado, con los ojos rojos y la voz quebrada, pidiendo información sobre su esposa, diciendo que no entendía qué había pasado, diciendo que Karim era su vida y que Adalberto era como un hijo para él, diciendo que si alguien sabía algo, cualquier cosa que hablara.
Esas imágenes fueron el combustible que necesitaba la historia para incendiarse en Venezuela entera. Las redes sociales se llenaron de publicaciones de búsqueda. Familiares de Karine Salazar, que en ese momento tampoco conocían la verdad completa, porque las autoridades todavía estaban procesando la escena y corroborando los hechos.
Antes de hacer declaraciones oficiales, comenzaron a circular fotos de ella. Una joven de 27 años, cabello oscuro, sonrisa amplia en la foto del perfil de su cuenta de Instagram. La familia de Adalberto Sales desde San Francisco hizo lo mismo con él. Un muchacho de 23 años en la foto de su documento de identidad, mirada directa, expresión seria.
La Fiscalía del Estado Zulia emitió una alerta oficial de búsqueda. Eso le dio legitimidad institucional a la narrativa de la desaparición. Las autoridades, al menos en la comunicación pública de esas primeras horas, estaban buscando a dos personas, no buscando resolver un doble homicidio del que ya tenían al responsable sentado en una silla esperando.
¿Por qué esa brecha? ¿Por qué existió durante horas una narrativa oficial de búsqueda si Joá ya había confesado? La respuesta está en los tiempos de los procedimientos penales venezolanos y en la complejidad de la escena. La confesión de Joá fue recibida, pero había que verificarla con la evidencia física. Había que asegurarse de que los cuerpos correspondían a las personas identificadas.
Había que documentar la escena completa antes de hacer declaraciones públicas que podían tener implicaciones legales. Y en ese proceso que tomó horas, la información pública quedó rezagada respecto a la realidad. Mientras tanto, Maracaibo buscaba. Vecinos del barrio organizaron grupos de WhatsApp para coordinar búsquedas en zonas cercanas.
Clientes habituales del horno de oro que llevaban años comprando pan allí, llegaron hasta la calle 72 a ofrecer ayuda. Algunos preguntaban si habían revisado los canales de la ciénaga. Otros sugerían que podía ser una banda de secuestro que operaba en esa zona del centro. La comunidad de panaderos de Maracaibo, que es más grande y organizada de lo que la mayoría imagina, se movilizó con solidaridad gremial.
Compartieron la historia en sus redes, pusieron carteles en sus vitrinas con las fotos de los desaparecidos y ofrecieron recompensa por información. La familia de Juárez, específicamente su padre, don Ernesto Novais, el panadero de 73 años que había enseñado a su hijo el oficio desde niño, se convirtió en una figura central y trágica de esas horas.
Don Ernesto apareció ante los medios sin saber todavía todo lo que había sucedido o sabiéndolo solo parcialmente con el rostro de un hombre que intenta sostener algo que ya se ha caído sin poder admitirlo. Habló de su nuera con respeto, habló del joven aprendiz con afecto. Pidió que aparecieran sanos y salvos.
Fue una de las escenas más desgarradoras que los periodistas que cubrieron el caso recordarían después, porque don Ernesto no mentía, no estaba actuando, estaba siendo un padre que todavía no podía entender completamente lo que su hijo había hecho. un hombre de 73 años parado frente a cámaras tratando de encontrar las palabras correctas para una situación para la que no existen palabras correctas.
Las redes sociales en Venezuela convirtieron el caso en tendencia nacional durante ese día y el siguiente. Los hashtags relacionados con los nombres de Karine y Adalberto llegaron a los primeros lugares en Twitter Venezuela. medios nacionales de Caracas enviaron a sus corresponsales en Maracaibo a cubrir la historia. Fue en ese punto cuando la narrativa de la desaparición romántica, la esposa recién casada y el joven aprendiz desaparecidos en el día de los enamorados alcanzó su máxima amplificación.
Y fue exactamente en ese punto cuando las autoridades decidieron que era tiempo de corregir el relato. La Fiscalía del Estado Zulia, una vez que los peritos completaron la documentación inicial de la escena y los cuerpos fueron formalmente identificados, emitió una declaración que cambió todo en cuestión de minutos.
No había desaparecidos, había dos víctimas y había un confeso. La declaración fue escueta, como suelen ser las declaraciones oficiales. En estos casos se confirmaba el hallazgo de dos cuerpos sin vida en el interior del establecimiento comercial, el horno de oro. Se confirmaba la detención de un ciudadano identificado como Joares Novais, quien había confesado su responsabilidad en los hechos.
La investigación seguía su curso. 20 segundos para leer eso. 20 segundos que borraron horas de búsqueda de hashtags, de carteles, de grupos de WhatsApp coordinando rastreos en zonas que no tenían nada que rastrear. El silencio que siguió en las redes sociales venezolanas fue, según los cronistas que cubrieron el caso en tiempo real, un silencio distinto al habitual.
No fue el silencio del alivio, no fue el silencio de la incomprensión, fue el silencio del que acaba de entender que la historia que estaba siguiendo era completamente diferente a la que existía en la realidad. Y entonces llegó la segunda pregunta, la pregunta que todos empezaron a hacerse al mismo tiempo. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué encontró Juarez Novais en ese cuartito del fondo que lo llevó a hacer lo que hizo? ¿Y quiénes eran realmente Karine Salazar y Adalberto Sales entre sí? Porque a esa altura nadie todavía sabía
la verdad sobre los 18 meses anteriores. Eso venía después y cuando llegó cambió la manera en que Venezuela entera vio este caso. En el próximo capítulo vamos a abrir los mensajes recuperados de los celulares. Vamos a entender cómo y cuándo comenzó todo y vamos a hacernos la pregunta más difícil de este caso.
¿Quién es responsable de qué? No te muevas. Cuando un perito forense abre un teléfono celular en el marco de una investigación criminal en Venezuela, lo que encuentra no es solo información, encuentra una vida paralela. Encuentra las conversaciones que ocurrieron en los márgenes de la vida pública de una persona.
Los mensajes que se enviaron con la intención de que nadie más los viera. Los planes que se construyeron en el espacio invisible entre una pantalla y otra. Los celulares de Karine Salazar y Adalberto Sales fueron entregados a los peritos del CPC el mismo día del hecho. Ambos dispositivos estaban en el cuartito del fondo.
Ambos fueron asegurados como evidencia y los dos contenían información que, una vez extraída y analizada, transformó por completo la comprensión pública del caso. El peritaje tecnológico tomó varios días, no porque los mensajes fueran difíciles de encontrar, sino porque había que construir una línea de tiempo completa, verificar las fechas, cruzar la información de ambos dispositivos y producir un informe que pudiera ser presentado ante el tribunal con validez probatoria.

Es un trabajo meticuloso que no admite prisa, aunque la prisa sea lo que todos los que seguían el caso reclamaban. Cuando el informe estuvo listo y sus principales hallazgos comenzaron a filtrarse hacia los medios de comunicación a través de las fuentes habituales del periodismo de investigación venezolano, el impacto fue inmediato y total.
Karine Salazar y Adalberto Sales se conocían desde antes de que Adalberto pisara por primera vez el horno de oro. La relación entre ambos no había comenzado en Maracaibo, había comenzado en San Francisco, la ciudad del estado Zulia, de donde era originario Adalberto, y donde Karine había vivido durante un periodo de su vida anterior a su traslado a Maracaibo.
Los mensajes más antiguos recuperados en los dispositivos databan de antes de que Karine comenzara a frecuentar la panadería de Juárez, antes de que ella y Juárez formalizaran su relación sentimental. Esto significaba que la relación entre Karine y Adalberto no había nacido en el contexto de la panadería.
La panadería había sido, al contrario, el lugar al que Adalberto fue llevado deliberadamente para mantener la cercanía. La recomendación laboral que Karine le hizo a Juárez en julio de 2021. Este muchacho necesita trabajo y tiene buena disposición. No fue un gesto desinteresado, fue el mecanismo por el cual Adalberto entró al círculo inmediato de la vida de Karine con la cobertura perfecta de ser el empleado de su pareja.
Los peritos recuperaron mensajes entre Karine y Adalberto, previos a la llegada de este último a la panadería. En esos mensajes, según lo que trascendió en los medios durante el juicio, los dos discutían la posibilidad de que Adalberto entrara a trabajar con Juárez. Hay mensajes donde se evaluaban los riesgos.
Hay mensajes donde se hablaba de cómo mantener distancia en el trabajo para no levantar sospechas. Hay mensajes donde se acordaba que el contacto durante el horario laboral debía ser estrictamente profesional y hay mensajes que muestran que ese acuerdo no siempre se cumplió. Durante los 18 meses que Adalberto trabajó en el horno de oro, los peritos identificaron patrones de comunicación que se intensificaban en las madrugadas y en los días en que Juárez tenía reuniones con proveedores o actividades fuera del local. Los mensajes más íntimos ocurrían
en las ventanas de tiempo que Karine y Adalberto conocían de antemano, porque conocían la agenda de Juárez mejor que cualquier persona externa. Uno de los elementos más perturbadores que emergió del análisis forense fue la cronología respecto al matrimonio. Karine y Adalberto continuaron comunicándose activamente durante el periodo de compromiso de Juárez y Karine durante la organización de la boda, durante los 21 días que siguieron a la ceremonia.
No hubo una ruptura, no hubo un intento de distancia. El matrimonio de Juar y Karine no interrumpió nada de lo que existía entre Karim y Adalberto. Esto fue lo que el juicio debatió con mayor intensidad. ¿En qué momento una traición emocional se convierte en un plan? ¿Hay alguna diferencia legal y moral entre una infidelidad que se sostiene en el tiempo y una conspiración deliberada contra una persona? La defensa de Juárez argumentó con documentación en mano que la acumulación de este engaño sistemático durante 18
meses, culminando en el descubrimiento el día específico de San Valentín, apenas tres semanas después de una boda celebrada de buena fe por parte del acusado, configuraba el estado emocional extremo que explica, aunque no justifica legalmente, la respuesta de su cliente, La fiscalía, por su parte, argumentó que el hecho de que Joáes hubiera llamado a las autoridades de inmediato y confesado, sin intentar construir ninguna narrativa alternativa, hablaba de un hombre que sabía lo que hacía, al menos en el momento
inmediatamente posterior al hecho, y que esa conciencia inmediata debía considerarse al momento de establecer el grado de responsabilidad. El debate sobre premeditación versus impulso en el derecho penal venezolano es complejo. La premeditación requiere demostrar que el acto fue planeado con anterioridad, que hubo una intención construida en el tiempo antes del momento del crimen.
La defensa de Juárez logró establecer con suficiente evidencia testimonial y psicológica que la llegada temprana esa mañana no fue intencional como acto de sorpresa deliberada. El proveedor de harina que canceló el pedido pudo verificarse con comunicaciones de la noche anterior. Guarés no llegó más temprano porque sabía lo que iba a encontrar.
Llegó más temprano por una razón de trabajo completamente ajena. Ese detalle fue crucial en el juicio porque marcaba la diferencia entre un hombre que tendió una trampa y un hombre que cayó en una trampa ajena, la trampa de 18 meses que otra persona había construido dentro de su propia vida sin que él lo supiera. La reconstrucción del perfil psicológico de Juar, elaborado por los peritos forenses presentados en el juicio, describía a un hombre sin antecedentes de conducta violenta, sin historial de consumo de sustancias, sin episodios previos de
inestabilidad emocional documentados. era, según esos mismos peritos, exactamente el tipo de persona cuya respuesta ante un impacto emocional extremo resulta más difícil de predecir, precisamente porque no tenía mecanismos de respuesta violenta previamente instalados. En otras palabras, Joarés no era un hombre violento que encontró una razón para serlo.
Era un hombre que nunca había sido violento y que en un instante se convirtió en algo que nunca había sido antes y que tampoco volvería a ser después. Según la evaluación clínica. Eso no lo absolvía. Nada podía absolver a Yuares Novais del hecho de haber quitado la vida a dos personas. El tribunal tenía eso claro. Las familias de Karine y Adalberto, destrozadas por la pérdida, también lo tenían claro.
Y el propio Joarés, en las pocas declaraciones que hizo durante el proceso judicial, nunca intentó minimizar lo que había hecho ni pedir comprensión por ello. Solo explicó lo que recordaba y confesó que algunos minutos de esa mañana no lo recordaba en absoluto. que el caso abrió en Venezuela más allá de la tragedia concreta fue una conversación que el país lleva décadas evitando con honestidad la conversación sobre la violencia doméstica y de pareja desde todos los ángulos, no solo el más frecuente y documentado. La conversación
sobre cómo el engaño sostenido en el tiempo actúa sobre la psicología de quien lo sufre sin saberlo. conversación sobre si una sociedad puede condenar un acto sin comprender también la cadena de eventos que lo precedió. Esa conversación no tiene respuestas fáciles y probablemente no debería tenerlas.
Lo que sí tiene respuesta, aunque sea una respuesta dolorosa y definitiva, es el juicio que siguió a estos hechos. Y lo que ocurrió en ese tribunal, lo que el juez determinó y lo que quedó de todo esto para las familias y para la ciudad de Maracaibo es lo que vamos a contar en el capítulo final, porque esta historia no termina con los cuerpos ni con la confesión, termina con un hombre de 73 años encendiendo un horno a las 5 de la mañana y con la pregunta de qué significa seguir adelante cuando el peso de lo que ocurrió No tiene manera de aligerarse.
Un capítulo más, el último, y es el más difícil de todos. Los tribunales penales venezolanos no tienen la estética de los dramas judiciales norteamericanos. No hay galerías llenas de espectadores con ropa elegante. No hay abogados que se levantan dramáticamente a objetar con frases memorables. Lo que hay en la mayoría de las salas de los palacios de justicia del país es una austeridad que a veces bordea lo desolador.
Paredes que necesitan pintura, ventiladores de techo que luchan contra el calor, sillas plásticas para el público reducido que logra entrar y una formalidad sobria que contrasta con la brutalidad de los hechos que se ventilan adentro. El juicio de Juárez Nováis comenzó meses después del 14 de febrero de 2023.
Los tiempos del sistema judicial venezolano son los que son, marcados por la carga procesal, la escasez de recursos y las complejidades de un aparato institucional que funciona bajo presión constante. Durante ese periodo de espera, Juárez permaneció en detención preventiva. No hubo fuga, no hubo intento de manipulación del proceso, no hubo declaraciones públicas de su parte atacando a las víctimas ni intentando construir una narrativa que lo favoreciera ante la opinión pública.
Joares Novis esperó el juicio en silencio con la misma parquedad que había caracterizado toda su vida hasta esa mañana de febrero que lo cambió todo. El proceso judicial atrajo la atención de medios nacionales por razones que iban más allá del morbo. Era un caso que planteaba preguntas jurídicas genuinamente complejas para el sistema penal venezolano.
La distinción entre homicidio calificado con premeditación y homicidio en estado de emoción violenta, que en el Código Penal Venezolano tiene tratamientos y penas distintas, fue el eje central del debate legal. La defensa presentó varios argumentos que el tribunal tuvo que ponderar con cuidado.
El primero fue el de la ausencia de premeditación. Ya mencionamos el rol del proveedor de harina. La llegada temprana de Juárez esa mañana pudo verificarse como no planificada con anterioridad al descubrimiento. No hubo preparación del escenario, no hubo adquisición previa de armas. Los elementos utilizados en el crimen fueron los que existían en ese cuartito de manera habitual, herramientas propias del oficio de la panadería.
El segundo fue el estado emocional en el momento del hecho. Los peritos psicológicos presentados por la defensa elaboraron un perfil detallado del impacto emocional acumulado que Joares había sufrido sin saberlo durante 18 meses, combinado con el descubrimiento súbito y concreto en un momento de máxima vulnerabilidad sentimental, el día de San Valentín, recién casado con los chocolates todavía en la mano, argumentaron que ese conjunto de factores configuraba un estado que el código venezolano reconoce bajo la figura de
emoción violenta como atenuante. El tercero fue el comportamiento postfa facto. Joares llamó a las autoridades de inmediato. No intentó limpiar la escena. No intentó construir una historia alternativa. No buscó cómplices. No huyó. Su conducta posterior al hecho fue la de alguien que no estaba operando desde la racionalidad de quien planeó un crimen, sino desde la parálisis de quien acababa de hacer algo que su propio cerebro todavía no podía integrar.
La fiscalía, por su parte, argumentó que, independientemente del estado emocional, en el momento del hecho, dos personas habían muerto, que la intensidad del ataque excedía lo que podría describirse como una reacción impulsiva de segundos, que había un elemento de continuidad en el acto que sugería, si no premeditación legal estricta, al menos una ejecución que tomó tiempo suficiente como para que hubiera podido detenerse.
Ese argumento fue el que finalmente pesó más en la decisión del tribunal. El juez determinó que los elementos aportados por la defensa eran suficientes para excluir la premeditación en su sentido técnico más estricto, reconociendo el carácter impulsivo del inicio del hecho. Sin embargo, determinó también que la magnitud del acto, la doble muerte, hacía imposible encuadrarlo únicamente bajo la figura atenuada de la emoción violenta.
La sentencia fue de 18 años de prisión. 18 años. el mismo número de meses que había durado el engaño. Esa coincidencia numérica fue notada por varios medios venezolanos que cubrieron el veredicto, aunque el derecho penal, por supuesto, no opera sobre esas correspondencias, sino sobre las normas del código. Juarez Novais escuchó la sentencia en la misma postura que había mantenido durante todo el proceso, erguido, sin expresión visible en el rostro, mirando hacia adelante.
Cuando el juez terminó de leer el veredicto, Juárez asintió levemente con la cabeza. Solo eso. Su abogado defensor declaró públicamente que la sentencia era comprensible dentro del marco legal, pero que consideraban que la figura de la emoción violenta debería haber tenido mayor peso en la determinación de la pena. no anunciaron recurso.
En ese momento, las familias de Karine Salazar y de Adalberto Sales recibieron la sentencia con sentimientos que ningún número de años de prisión podía resolver del todo. madre de Karín, que había dado una sola entrevista durante todo el proceso y que eligió no hablar sobre los detalles de la relación que los mensajes revelaron.
Dijo simplemente que quería que se hiciera justicia y que ahora solo quería paz. La familia de Adalberto, que durante el juicio había tenido que enfrentar también la revelación pública del rol que el joven había tenido en los hechos previos, guardó un silencio que muchos entendieron como el silencio de quien llora, una pérdida mientras procesa información que complica ese duelo.
Porque eso es algo que rara vez se habla cuando se analiza este caso desde fuera. Las familias de las víctimas tampoco tenían toda la información antes del proceso. La familia de Adalberto no sabía, o al menos no lo sabía completamente, la naturaleza de la relación que su hijo mantenía con la esposa del hombre para quien trabajaba. Recibieron su muerte como una tragedia y luego tuvieron que recibirla de nuevo, enmarcada en una historia diferente, más compleja y más dolorosa que la que habían entendido primero.
El duelo complicado por información que llega tarde es una herida que tiene muy poco acompañamiento en la sociedad venezolana o en cualquier sociedad. Y luego está don Ernesto Novais, el padre de Juarez, el panadero de 73 años que aprendió el oficio antes de que existiera el horno de oro, que enseñó a su hijo a amasar antes de que aprendiera a leer, que estuvo frente a las cámaras durante las horas de búsqueda sin saber todavía toda la verdad.
Ese hombre tomó una decisión que Maracaibo no olvidó. Decidió no cerrar la panadería. Nadie se lo pidió, nadie se lo exigió. El local era técnicamente de Joáes y con Juares en prisión, la situación legal del establecimiento era compleja. Pero don Ernesto, con 73 años y el cuerpo de un hombre que ha madrugado toda su vida, volvió a la calle 72, encendió el horno, mezcló la harina y el agua y la levadura y la sal y sacó el pan.
Cuando los periodistas le preguntaron por qué, respondió con la lógica simple de quien ha construido su identidad entera alrededor de un oficio. Porque el barrio necesita pan y porque yo sé hacer pan, y porque si me siento a llorar no ayudo a nadie. Hay en esa respuesta una dignidad particular que es difícil de articular con palabras.
Es la dignidad de quien no tiene respuestas para las preguntas grandes, para las preguntas sobre por qué ocurren las traiciones, sobre por qué el amor se convierte en engaño, sobre por qué un hombre bueno puede hacer algo terrible en un instante, pero sí tiene respuesta para la pregunta pequeña y concreta. ¿Qué hago mañana a las 5 de la mañana? Y la respuesta es encender el horno.
Hoy el horno de oro sigue funcionando en la calle 72 del centro histórico de Maracaibo, sin letrero grande, con el mismo olor de siempre. Don Ernesto ya no trabaja solo. Algunos de los empleados anteriores volvieron y hay gente nueva que aprendió el oficio en ese mismo espacio donde todo ocurrió. Los clientes habituales volvieron también, no todos de inmediato.
Algunos tardaron meses en cruzar esa puerta de nuevo, pero el pan era el mismo. Y el hambre no espera a que el dolor de una comunidad procese sus traumas. El caso de Joar Novais quedó en la memoria colectiva de Venezuela como una de esas historias que no tienen villanos simples ni héroes claros, solo seres humanos que tomaron decisiones que tuvieron consecuencias irreversibles.
Un hombre que amó de buena fe y construyó con sus manos. Una mujer que eligió el engaño durante 18 meses. Un joven que aceptó entrar en la vida de quien le enseñó con paciencia y buena voluntad, y un padre de 73 años que carga en silencio todo el peso de lo que ocurrió sin derrumbarse, encendiendo el horno cada mañana como si el fuego pudiera también, aunque sea un poco, sostener lo que queda.
Esta es la historia completa. Desde la caja de chocolates hasta los 18 años de condena, desde las dos tazas de café a medias hasta el horno que sigue ardiendo. Si llegaste hasta aquí, gracias por quedarte. Estas historias cuestan mucho contarlas bien. Si este video te impactó, deja tu like, suscríbete al canal para no perderte el próximo caso y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto.
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