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Cinco turistas desaparecen en desierto de Atacama — un satélite capta algo 15 años después

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 Ahora descubriremos cómo empezó todo. Para comprender de verdad lo que pasó en agosto de 1996, tenemos que retroceder a la primavera chilena de ese mismo año. Santiago hervía con la energía propia de una ciudad que se modernizaba velozmente y los jóvenes universitarios tenían más oportunidades que nunca para viajar y explorar su propio país.

 Alejandra Palacios, de 23 años, estudiaba geología en la Universidad de Chile, alta de cabello castaño y ojos vivaces. Había crecido en el seno de una familia de clase media en providencia. Su pasión por las formaciones rocosas y los minerales la había transformado en una estudiante brillante, siempre dispuesta a organizar excursiones para aplicar lo aprendido en las aulas.

 Sus compañeros la conocían por su risa contagiosa y su habilidad para hallar belleza en los paisajes más desolados. Mediante un intercambio universitario, Alejandra había conocido a Esperanza Ibarra, una estudiante de arqueología española de 22 años. Esperanza había llegado a Chile desde Sevilla 6 meses atrás, atraída por las culturas precolombinas que habían poblado el norte del país.

 Menuda, de piel olivácea y cabello negro, poseía una determinación férrea que a veces contrastaba con su juventud. Hablaba un español con acento andaluz que fascinaba a sus nuevos amigos chilenos. El grupo se completaba con tres estudiantes más. Patricio Calderón, de 24 años, estudiaba ingeniería civil y era famoso por su meticulosa planificación de cualquier viaje.

 Hijo de un minero de Copiapó, conocía el norte de Chile como la palma de su mano. Mauricio Esquivel, de 23 años, estudiaba biología y se había sumado al grupo por su interés en la flora extremófila del desierto. Y por último, Leticia Cordero, de 22 años, estudiante de geografía, quien había propuesto incluir el Atacama en su tesis sobre adaptación humana a entornos hostiles.

 Los cinco se habían conocido en un seminario sobre investigación de campo en ambientes extremos, organizado por la universidad en mayo de 1996. La química entre ellos fue instantánea. Compartían la misma pasión por la aventura, el mismo respeto por la naturaleza y la misma sed de conocimiento que solo se obtiene experimentando directamente el mundo natural.

 La idea del viaje había surgido en una lluviosa tarde de julio mientras estudiaban en la biblioteca. Alejandra había desplegado sobre la mesa un mapa topográfico del desierto de Atacama, indicando con el dedo una zona al sureste de Antofagasta. Aquí había dicho, hay formaciones de sal que no figuran en ningún libro de texto. Sería perfecto para mis estudios de cristalografía.

Esperanza se había inclinado sobre el mapa, reconociendo sitios arqueológicos cercanos que podría documentar para su investigación. Uno por uno, cada miembro del grupo halló razones académicas para unirse a la expedición. Durante semanas planificaron minuciosamente cada detalle.

 Patricio, con su experiencia familiar en la minería, se ocupó de la logística, permisos, equipamiento, rutas de acceso y cronograma. Mauricio investigó las condiciones climáticas históricas de la zona para esa época del año. Leticia coordinó con las autoridades locales y se aseguró de que sus familias estuvieran informadas del itinerario completo.

 El plan era simple pero ambicioso. Partir de Santiago el viernes 16 de agosto, conducir hasta Antofagasta, pasar la noche en un hotel y continuar temprano el sábado hacia el área de estudio. Pasarían tres días en el desierto acampando en dos sitios distintos, recolectando muestras y datos para sus respectivas investigaciones.

 El martes 20 de agosto regresarían a Santiago. Habían alquilado una Toyota Land Cruiser 1994 de color blanco, vehículo robusto y confiable para el terreno que enfrentarían. Patricio, quien tenía experiencia manejando en el desierto desde adolescente, sería el conductor principal. Llevaban 40 L de agua adicional, alimentos no perecederos para 5 días, equipo de campamento profesional y lo más importante, una radio de comunicación VHF que Patricio había conseguido prestada de la empresa minera donde trabajaba su padre. Sus

familias, aunque preocupadas por la aventura, confiaban en la preparación del grupo. Los padres de Alejandra, profesores de secundaria, habían visto a su hija planificar excursiones antes con la misma meticulosidad. La madre de esperanza desde España había hablado por teléfono con Patricio personalmente para asegurarse de que conocía bien la zona.

Los esquivel habían insistido en que Mauricio llevara medicamentos adicionales para el asma que padecía desde niño. El jueves 15 de agosto, el grupo se reunió por última vez en el departamento que Alejandra compartía con dos compañeras en Yuñoa. Repasaron el itinerario una vez más, verificaron el equipamiento y se fotografiaron junto al mapa extendido sobre la mesa del comedor.

 En esa fotografía que más tarde se convertiría en una de las últimas imágenes conocidas de los cinco juntos, se les ve sonrientes, bronceados por el sol santiaguino, con mochilas y equipos de campo perfectamente organizados a sus pies. Esperanza había enviado esa misma noche una carta a sus padres en Sevilla. En ella, escrita con su letra pequeña y precisa, describía la emoción que sentía por la expedición y prometía enviar postales desde Antofagasta.

 “El desierto de Atacama es como Marte en la tierra”, había escrito. “Pero aquí la historia humana se extiende por miles de años. Es exactamente el tipo de experiencia que vine a buscar a Chile. Ninguno de ellos podía imaginar que en menos de 72 horas esa expedición cuidadosamente planificada se convertiría en una de las desapariciones más desconcertantes en la historia de Chile.

 El viernes 16 de agosto de 1996 amaneció despejado en Santiago con una temperatura de ocho o sí que prometía un día soleado de invierno. A las 6:30 de la mañana, Patricio recogió el vehículo alquilado de la empresa Renta Car, ubicada en Las Condes. El empleado Esteban Nava recordaría más tarde que el joven había revisado minuciosamente el estado del Toyota Land Cruiser, verificando niveles de aceite, agua y la presión de los neumáticos con un manómetro propio.

 A las 7:45 el grupo se reunió en la casa de Alejandra. Los vecinos del sector los vieron cargando equipamiento en el vehículo, mochilas de montaña, bolsas de dormir, una carpa para cinco personas, contenedores de agua y cajas con instrumentos científicos. Dolores Fuentes, la vecina del primer piso, les ofreció café y termos adicionales.

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