Físicamente era la imagen de su madre, según Alfredo. Lo largo castaño oscuro, ojos grandes, una sonrisa que tardaba en llegar, pero que cuando aparecía llenaba el cuarto. Usaba una chamarra de mezclilla azul casi todo el tiempo con un parche bordado de una tortuga en el hombro derecho que ella misma había cocido.
chamarra fue lo último que se sabe que llevaba puesto. El domingo 2 de marzo, la noche antes de que desaparecieran, la vecina del departamento 2, doña Felicita Sorzco, una señora de 60 y tantos años que había vivido en esa vecindad desde los 90, vio a Alfredo y a Erika sentados en el patio.
Era tarde, como las 9 de la noche. Hacía frío, pero ellos tenían sus chamarras. y tomaban algo caliente, probablemente café o chocolate en tazas de peltre. Doña Felicitas dijo que los escuchó reír, no fuerte, no escandalosamente. Una risa suave, cómplice, como la de dos personas que comparten un chiste privado que nadie más entendería.
dijo que pensó que era bonito verlos así, que en los últimos meses Alfredo había estado más tranquilo, que la niña parecía estar saliendo del duelo. Eso fue a las 9 de la noche del 2 de marzo. A las 8:40 de la mañana del 3 de marzo, la cámara de seguridad de la tienda de abarrotes, que estaba a media cuadra de la vecindad, captó a Alfredo y a Erika caminando juntos por la banqueta.
Alfredo llevaba una mochila pequeña negra. Erika llevaba su chamarra de mezclilla con el parche de la tortuga y unos audífonos colgados al cuello, no puestos, solo colgados. Caminaban despacio, sin prisa. Esa fue la última imagen que existe de ellos. El miércoles 5 de marzo, dos días después, Alfredo no se presentó al trabajo tampoco el martes.
Su jefe directo, un hombre llamado Gerardo Fuentes, dijo que el lunes Alfredo había pedido por mensaje el día libre, cosa que no era rara porque tenía días acumulados. Pero el martes no respondió los mensajes y el miércoles su teléfono ya no daba señal. Gerardo llamó a la vecindad. Fue doña Felicitas quien contestó porque en la vecindad tenían un teléfono fijo comunitario, un vestigio de otra época que de alguna manera seguía funcionando.
Ella dijo que no había visto a Alfredo ni a Erika desde el lunes por la mañana, que el departamento estaba cerrado, que el periódico del martes seguía en el piso frente a la puerta. Gerardo dudó dos horas más. Luego fue a la colonia. Lo que encontró fue un departamento cerrado con las llaves adentro. La puerta no estaba forzada.
Adentro, según reportaron después las autoridades, cuando entraron, todo estaba en orden. Los platos del desayuno del domingo lavados y acomodados, las camas tendidas, el celular viejo de Erika, el que usaba para ver videos antes de que su papá le comprara uno nuevo, estaba sobre su escritorio. El cuaderno donde escribía sus observaciones estaba abierto en la última página con una anotación de la semana anterior sobre los colores del cielo en la tarde desde la azotea.
Nada indicaba una huida, nada indicaba una pelea, nada indicaba ningún tipo de preparación para salir de manera permanente. Simplemente habían salido a caminar y no habían vuelto. La denuncia formal de desaparición fue presentada el jueves 6 de marzo por Gerardo Fuentes porque no había un familiar cercano disponible en la ciudad.
La abuela paterna estaba en Oaxaca y tardó dos días más en tener claridad de la situación. Los formularios, los protocolos, la burocracia lenta y desgastante de las instituciones mexicanas hicieron que las primeras horas críticas se perdieran en papeles. Lo que sí movió las cosas con rapidez fue la presión mediática.
Un periodista local que seguía la fuente policíaca de la alcaldía Coyoacán, un hombre joven llamado David Treviño, captó el reporte de desaparición. y lo publicó en su cuenta de Twitter el viernes 7 de marzo. Dos horas después tenía 10,000 retweets. Para el sábado, el caso ya estaba en los noticieros nacionales.

Un padre, una niña de 14 años desaparecidos en Ciudad de México. Sin rastro, la ciudad se paralizó. Lo primero que hace la gente cuando desaparece alguien es buscar explicaciones que no duelan. que se fueron, que hubo una pelea, que hay algo que no se está contando, es un mecanismo de defensa, una manera de hacer que lo inexplicable tenga forma.
En los comentarios de las publicaciones sobre el caso, esa reacción fue inmediata. Gente que especulaba que Alfredo había tomado a Erika y huído, que quizás debía dinero, que quizás había otra mujer, que quizás la niña había querido irse con alguien más. La policía también exploró esas líneas.
Era obligatorio hacerlo y fue al hacerlo que empezaron a descartar una por una cada hipótesis benigna. Alfredo no tenía deudas significativas. Su estado de cuenta bancario mostraba un hombre que vivía ajustado, pero ordenado, nada fuera de lo común. El último movimiento de su tarjeta fue una compra en la tienda de abarrotes el domingo 2 de marzo por la noche.
Leche, pan dulce, dos latas de atún. Después de eso nada. No había otra mujer. Sus compañeros de trabajo, sus vecinos, doña Felicitas, que lo veía todos los días. Todos dijeron lo mismo. Alfredo había cerrado esa parte de su vida cuando murió Marcela. No por tristeza permanente, sino porque Erika era su prioridad total.
En cuanto a Erika, sus amigas de la secundaria, su maestra, todos la describían como una chica con planes. Quería estudiar biología marina. Tenía un álbum de fotos de los arrecifes de coral del Caribe mexicano que había recortado de revistas. No era una chica que estuviera pensando en irse a ningún lado.
Cada respuesta que daba la investigación cerraba una puerta y abría otra más oscura. El primer dato concreto llegó el 10 de marzo, una semana después de la desaparición. Una mujer que vendía flores cerca del metro viveros, que queda a poco más de un kilómetro de la vecindad, dijo que el lunes 3 de marzo había visto a un hombre y una niña que coincidían con la descripción de Alfredo y Erica.
Los había visto cerca de las 9 de la mañana parados en la esquina de Copilco y Universidad. Lo que llamó su atención fue que había un coche parado junto a ellos. Un sedán oscuro, no recordaba la marca con certeza, quizás un Nissan versa o algo parecido. Y había dos hombres afuera del coche, no de manera amenazante, al menos no visiblemente.
Pero la mujer dijo que algo le pareció raro, que el hombre, Alfredo, tenía una postura diferente a la de alguien que está teniendo una conversación normal. Los investigadores le preguntaron qué quería decir con eso. Dijo que lo mejor que podía describir era que parecía alguien que está intentando no parecer asustado. Con esa declaración, la investigación cambió de dirección completamente.
Las cámaras del C5, el Centro de Comando, Control, cómputo, comunicaciones y contacto ciudadano de la Ciudad de México son miles. Están en semáforos, en postes, en entradas de metro, en edificios públicos. No cubren todo. Hay zonas ciegas enormes. Pero cuando los investigadores saben dónde buscar, pueden armar una trayectoria.
El equipo asignado al caso pasó 4 días revisando material de video del 3 de marzo en las colonias Coyoacán, Copilco y las zonas circundantes. Era trabajo tedioso, de pantalla, de ojos cansados y café frío. Lo que encontraron fue esto. A las 8:52 de la mañana, Alfredo y Erica aparecen caminando por Copilco hacia el norte.
A las 9:04 están en la esquina que describió la vendedora de flores. A las 911 aparecen subiendo a un vehículo oscuro. No se puede determinar con claridad si subieron voluntariamente o bajo coerción. El ángulo de la cámara es parcial, obstruido por un árbol. A las 9:12 el vehículo arranca hacia el oriente. Después de eso, nada.
El coche desaparece de las cámaras que siguen funcionando. Entra en una zona de la ciudad donde la cobertura de videovigilancia es fragmentada y no vuelve a aparecer en ningún otro registro. Desaparecieron en 12 minutos. La matrícula del vehículo fue parcialmente capturada por una cámara de un cajero automático en la esquina de división del norte, parcialmente porque el primer dígito y el último no eran legibles.
Pero con lo que había, los investigadores corrieron la información en las bases de datos y obtuvieron una lista de 47 vehículos que coincidían con los caracteres visibles y la descripción general. De esos 47, la mayoría fueron descartados rápidamente. Coches con dueños verificables, con movimientos registrados en otras partes de la ciudad ese día, con historiales limpios, pero cuatro de ellos generaron señales de alerta.
Uno estaba registrado a nombre de una empresa fantasma con domicilio fiscal en un edificio vacío en Itapalapa. El nombre de la empresa era servicios integrales, Orion S de C V. Ese nombre aparentemente genérico e irrelevante iba a volverse el centro de todo. Servicios integrales. Orion no existía en ningún registro real de operaciones.
No tenía empleados dados de alta ante el IMS. No tenía clientes verificables, no tenía activos declarados más allá del vehículo, pero sí tenía algo, una cuenta bancaria con movimientos, movimientos que cuando los investigadores los analizaron con apoyo de la Unidad de Inteligencia Financiera, mostraron un patrón que eló la sangre. Depósitos irregulares, pero frecuentes, montos que variaban entre 30,000 y 200,000 pesos.
transferencias hacia cuentas en otros estados, Jalisco, Tamaulipas, Veracruz y una dirección IP desde la cual se había accedido a la cuenta en línea, ubicada en una colonia en la alcaldía Istapalapa llamada Lomas de San Lorenzo. Los investigadores, junto con elementos de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México se trasladaron discretamente a esa zona el 14 de marzo.
Lo que encontraron cambió la naturaleza del caso para siempre. Lo más de San Lorenzo es una colonia densa, lainntica, de esas donde las calles no tienen nombres oficiales en las esquinas, sino apodos que solo conocen los que viven ahí. Casas de tabicón gris, muchas sin acabado, con tinacos azules en las azoteas, perros callejeros durmiendo en las banquetas, tortillerías con filas desde temprano, una vida ordinaria y agotada de colonia popular.
En una de esas calles sin nombre había una bodega. Desde afuera parecía un taller mecánico clausurado. La cortina metálica estaba abajo con candados. Las ventanas cubiertas con papel periódico desde adentro. Nada extraordinario para la zona. Pero uno de los vecinos, un señor de unos 50 años que criaba palomas en su azotea, había notado cosas.
coches que llegaban de noche, personas que entraban y salían rápido con mochilas grandes, un olor que en ocasiones salía por las rendijas de la cortina metálica y que él no podía definir bien, pero que le recordaba. Dijo, “Al hospital”. Un olor limpio, químico, fuera de lugar. Ese hombre no había dicho nada antes porque en esa colonia uno aprende que no es buena idea hacer preguntas sobre los vecinos.
Pero cuando los investigadores llamaron a su puerta de manera discreta y le mostraron las fotos de Alfredo y Erika, el hombre se quedó en silencio un momento largo. Luego dijo, “Los vi.” Y en ese momento la investigación dejó de ser una búsqueda de personas desaparecidas y se convirtió en algo completamente diferente. El señor de las palomas, cuyo nombre los investigadores mantuvieron en reserva por razones de seguridad, dijo que había visto a una chica que coincidía con la descripción de Erika siendo llevada hacia la bodega la tarde del 3 de marzo.
No estaba seguro de la hora. creía que entre las 4 y las 5 de la tarde la chica no caminaba sola. Había dos hombres, uno a cada lado. Iban rápido. No vio a Alfredo. No vio a nadie más. Y después de eso, esa misma noche, los coches que él había visto rondar la zona, no volvieron a aparecer.
Los investigadores coordinaron un operativo para el amanecer del 15 de marzo. Elementos de la fiscalía, apoyados por la Secretaría de Seguridad Ciudadana rodearon la bodega antes de las 5 de la mañana. Lo que encontraron adentro no era un taller mecánico clausurado, era otra cosa completamente. La bodega tenía dos niveles. El nivel de calle era un espacio amplio con herramienta dispersa, probablemente para mantener la apariencia, pero en la parte trasera había una puerta metálica que daba una escalera hacia abajo, un sótano. El sótano estaba equipado de una
manera que los elementos que entraron describieron después en los reportes oficiales con un lenguaje cuidadosamente técnico y neutral que hacía que lo que describían resultara aún más perturbador. Vía refrigeradores industriales, equipo médico básico. Materiales de sutura y anestesia, una mesa de acero inoxidable con correas de sujeción.
No había nadie adentro, pero había evidencia de que había sido usado recientemente. Las superficies habían sido limpiadas con desinfectante, pero no de manera perfecta. Los forenses encontraron rastros biológicos que los laboratorios tardaron 4 días en procesar. Cuando los resultados llegaron, confirmaron lo que los investigadores ya temían.
[carraspeo] Había dos perfiles genéticos distintos en esa bodega. Uno correspondía a Erica Salinas. El otro no pudo ser identificado de inmediato porque no había ningún perfil de referencia en las bases de datos con quien compararlo. Pero después, cuando procesaron el ADN de Doña Felicitas, que había tenido contacto con objetos del departamento de Alfredo, la comparación indirecta sugirió con alto nivel de probabilidad que el segundo perfil era de él.
Alfredo y Erika habían estado en esa bodega y ya no estaban. Aquí es donde la historia se vuelve más pesada, más oscura, porque lo que los forenses empezaron a reconstruir a partir de la evidencia en ese sótano apuntaba en una dirección que nadie quería confirmar en voz alta, pero que todos tenían en la mente.
Los refrigeradores industriales tenían rastros de envases de preservación médica, el tipo que se usa para transporte de órganos. Los materiales de sutura eran los que se usan en cirugías de extracción. La mesa de acero con correas de sujeción no necesitaba mucha explicación. México lleva años con un problema enorme de tráfico de órganos.
Las cifras son difusas porque la naturaleza del crimen hace que sea casi imposible de cuantificar con precisión. Pero las organizaciones de derechos humanos y los fiscales especializados en el tema hablan de redes que operan en varias ciudades simultáneamente, que tienen conexiones con personal médico corrompido, que usan canales de distribución que van desde el mercado negro nacional hasta contactos internacionales.
Las víctimas de estas redes no son elegidas al azar o no siempre. A veces son personas en situación de calle, a veces migrantes sin documentos, a veces personas en circunstancias de vulnerabilidad que hacen que su desaparición genere menos ruido. Pero a veces son personas ordinarias que simplemente tuvieron la mala fortuna de cruzarse con las personas equivocadas en el momento equivocado.
Erika tenía 14 años. Era joven, sana. sin enfermedades crónicas conocidas. Sus órganos, desde la perspectiva fría y monstruosa de quienes operan estas redes, tenían un valor que resulta imposible de pronunciar sin que el estómago se revuelva. Los investigadores empezaron a construir el perfil de la red.
Era un trabajo que implicaba múltiples agencias, coordinación con la Fiscalía General de la República y una discreción que no siempre fue posible mantener, dado el nivel de atención mediática que el caso había generado. Lo que fue emergiendo era la imagen de una operación que llevaba al menos 3 años activa en la Ciudad de México y sus alrededores.
No era una organización nueva ni improvisada. Tenía jerarquías, roles definidos, personas que hacían el trabajo de identificar víctimas, personas que hacían el trabajo de traslado, personas con conocimientos médicos que ejecutaban los procedimientos. La bodega de Lomas de San Lorenzo era solo uno de los nodos.
Los investigadores tenían razones para creer que había al menos dos o tres más. en diferentes puntos de la ciudad y el área metropolitana. El vehículo de servicios integrales Orion llevó a otros vehículos. Esos llevaron a otras empresas fantasma. Y cada empresa fantasma tenía detrás personas reales con nombres, con domicilios, con rutinas, pero la red se movía rápido, más rápido que la investigación.
Y eso significaba que los responsables de lo que le habían hecho a Erika y a Alfredo probablemente ya estaban en otro estado o en otro país o usando identidades diferentes. La abuela de Erika, Dolores Salinas, llegó a la Ciudad de México el 9 de marzo desde Oaxaca. Tenía 64 años. Era una mujer pequeña y silenciosa que había criado a Alfredo sola después de que el padre se fue cuando él tenía 9 años.
Hablaba poco, escuchaba mucho. Cuando los investigadores le informaron de los hallazgos en la bodega, no gritó, no se desmayó. se quedó sentada en la silla de plástico de la sala de espera de la fiscalía, con las manos entrelazadas en el regazo, mirando un punto fijo en el piso, y tardó varios minutos en hablar. Lo que dijo fue, “Necesito saber qué pasó con mi hijo.” No con su nieta.
Eso también, claro. Pero su primera pregunta fue por Alfredo, porque de Erika, aunque el dolor era insoportable, había evidencia. Había un lugar, había rastros de Alfredo. No había nada, ningún rastro biológico más allá del perfil probable en la bodega, ninguna cámara que lo captara después del coche, ningún teléfono activado, ninguna transacción, nada.
Era como si Alfredo Salinas Reyes hubiera dejado de existir el 3 de marzo de 2025 a las 9:11 de la mañana. Los investigadores manejaban dos hipótesis sobre el destino de Alfredo. La primera era que había sido retenido en algún lugar diferente a la bodega, quizás como medida de control o para evitar que pudiera dar información en caso de que escapara o fuera liberado posteriormente.
La segunda era más directa y más dura, que lo habían matado rápido en algún punto del traslado o inmediatamente después de llegar al destino, precisamente para eliminar cualquier posibilidad de que pudiera identificar a alguien, dar una descripción, señalar un lugar. En el lenguaje de las organizaciones criminales que operan este tipo de redes, un adulto consciente es un riesgo.
Un adulto que vio caras, que escuchó voces, que puede hablar, es un problema que se resuelve de manera eficiente. Alfredo no era la víctima objetivo de la operación, era un obstáculo. Y los obstáculos en este tipo de operaciones tienen una vida muy corta. Esa conclusión, aunque nunca fue declarada oficialmente de manera definitiva por falta de evidencia física concluyente, era la que los investigadores más experimentados del caso comunicaron a Dolores Salinas en una conversación privada que ella describió después como la más difícil de su vida. Le dijeron que no perdiera la
esperanza, que mientras no hubiera evidencia definitiva, la búsqueda continuaba. Pero le dijeron también que preparara a la familia para cualquier resultado. Mientras la investigación avanzaba en la oscuridad, la historia de Alfredo y Erica seguía viva en las calles. En Coyoacán, en los postes de luz, en los muros de la entrada del metro, alguien había pegado carteles con sus fotos.
La foto de Alfredo era una de sus fotos de identificación del trabajo. Seria, directa, lentes de armazón delgado, una pequeña sonrisa contenida. La de Erika era una foto tomada en la azotea de la vecindad con el cielo de la ciudad de México detrás. Esos cielos que a veces son grises y a veces tienen franjas anaranjadas que sorprenden.
Erik. miraba a la cámara con esa sonrisa que tardaba en llegar, pero que cuando llegaba llenaba el cuarto. Doña Felicitas pasaba por esos carteles todos los días cuando iba al mercado. Dijo que no podía mirarlos directamente, que le pesaban demasiado. La noche que los vio reír en el patio con sus tazas de peltre.
Los vecinos de la colonia empezaron a organizarse. Recogieron firmas pidiendo más presencia policial, más cámaras, más respuestas. Un grupo de padres de familia de la secundaria donde estudiaba Erika hizo un plantón frente a las instalaciones de la fiscalía que duró 2 días. La ciudad entera estaba procesando algo que no quería procesar, que una mañana de lunes en una calle normal, compuestos de tamales y olor a café y el ruido ordinario del tráfico podía suceder lo que le había sucedido a ellos, que nadie estaba completamente a salvo. El
periodista David Treviño siguió el caso de cerca desde el principio. Tenía 26 años. Había estudiado periodismo en la Huam Mesochimilco y llevaba 3 años cubriendo la fuente policiaca de Coyoacán y alcaldías circundantes. Era el tipo de periodista que construye sus fuentes tomando café con policías jubilados y con empleados de la fiscalía que se llaman Rogelio y que a veces, cuando se sienten frustrados con el sistema filtran información que de otra manera nunca saldría.
Fue Treviño quien el 18 de marzo publicó el primer artículo que mencionaba específicamente la posibilidad de que el caso de Alfredo y Erica estuviera conectado con una red de tráfico de órganos. Su artículo fue cuidadoso, basado en fuentes verificables, aunque anónimas, con el lenguaje apropiado de presunción y posibilidad.
El impacto fue inmediato y brutal. Las redes sociales explotaron. Los medios nacionales e internacionales retomaron el caso con una urgencia renovada. La presión sobre la fiscalía se multiplicó y algo más sucedió, algo que los investigadores no esperaban, pero que terminó siendo un punto de quiebre en la investigación.
Alguien llamó a la línea de denuncias anónimas. Era una voz de hombre, joven, con acento del centro del país. Habló durante 4 minutos y 22 segundos. Lo que dijo en esos 4 minutos y 22 segundos fue lo que le dio a la investigación la dirección que necesitaba para llegar hasta donde llegó. Pero eso es la segunda parte de esta historia.
Aquí hay algo que necesito decirte antes de continuar. Casos como el de Alfredo y Erika no son anomalías. son la punta visible de algo que sucede con una frecuencia que las cifras oficiales no logran capturar bien. En México desaparecen personas todos los días. Muchos casos nunca llegan a los noticieros, muchos nunca se resuelven.
Muchas familias como la de Dolores Salinas pasan años, décadas en esa incertidumbre que no tiene fondo. Contar estas historias importa, no como entretenimiento, como memoria, como presión, como la única forma de mantener vivo algo que el sistema a veces prefiere enterrar. Si llegaste hasta aquí, ya eres parte de eso.
La segunda parte de esta historia comienza donde termina la primera con una llamada anónima, una voz de hombre y cuatro minutos que cambiaron todo. No te vayas. La llamada entró a las 11:47 de la noche del 18 de marzo. El operador de turno en la línea de denuncias anónimas de la fiscalía era un hombre de 40 años con más de una década haciendo ese trabajo, acostumbrado a escuchar voces rotas, confusas, a veces mentirosas, a veces demasiado reales.
Dijo después que desde los primeros segundos supo que esta llamada era diferente. La voz era joven, controlada, como alguien que había ensayado lo que iba a decir, pero que aún así sentía el miedo filtrarse por los bordes. Dijo que sabía cosas sobre la bodega de Lomas de San Lorenzo, que no iba a dar su nombre, que lo que iba a decir era verdad y que podían verificarlo.
habló de una estructura de personas, de roles, de cómo operaba la cadena desde la identificación de víctimas hasta el traslado final. Mencionó nombres, no muchos, solo tres, pero tres nombres concretos, con apellidos, con colonias donde habían sido vistos. Y al final, antes de colgar, dijo algo que el operador tardó un momento en procesar.
dijo, “La niña no salió viva de esa bodega, pero el padre tampoco está donde creen.” Y colgó. Los tres nombres que dio el informante anónimo fueron verificados en las siguientes horas. Dos de ellos aparecían en bases de datos por antecedentes menores, cosas periféricas que solas no hubieran significado nada, pero que en el contexto de la investigación encajaban con la precisión de las piezas finales de un rompecabezas que llevaba semanas resistiéndose.
El tercer nombre era diferente. No tenía antecedentes, no aparecía en ninguna base de datos de interés criminal. Era un hombre de 32 años llamado Iván Castellanos Mora con domicilio en Ecatepec, Estado de México. Trabajaba, según el IMS, como técnico en equipos de refrigeración industrial para una empresa de nombre completamente legítimo con sede en Tlalnepantla, técnico en equipos de refrigeración industrial.
Los investigadores se miraron sin decir nada cuando leyeron eso. No hacía falta decir nada. Los refrigeradores industriales de la bodega, el tipo de mantenimiento que requerían, la persona que sabía operarlos y repararlos sin levantar sospechas en ningún directorio comercial. Iván Castellanos Mora no era el jefe de nada, era engranaje, pero era un engranaje que conocía la maquinaria completa.
La vigilancia sobre castellanos comenzó el 20 de marzo. Discreta paciente, del tipo que requiere más café que adrenalina. Dos elementos en un coche sin distintivos frente a su domicilio en Ecatepec. Seguimiento cuando salía. registro de sus contactos telefónicos mediante orden judicial obtenida con velocidad inusual gracias a la presión que el caso ejercía sobre todos los eslabones del sistema.
Ecatepec es uno de los municipios más poblados de México y uno de los más complejos para trabajar. Más de 1,illón y medio de personas viviendo en una densidad que hace que la gente se vuelva invisible con facilidad. Galles que se llaman igual en diferentes zonas, colonias que se solapan, una geografía urbana que parece diseñada para esconder cosas.
Castellanos tenía rutinas normales. Salía temprano, tomaba el camión hacia Atlnantla, trabajaba, regresaba. Los fines de semana iba a una cancha de fútbol en su colonia. Compraba en el mercado local, llamaba a su madre los domingos. Nada. ninguna señal. Hasta el 24 de marzo. Ese lunes a las 7 de la tarde, Castellano recibió una llamada desde un número desconocido. Habló 3 minutos.
Después de colgar, cambió su rutina completamente. No fue a cenar como era su costumbre. Tomó un camión diferente al que tomaba normalmente. Los elementos que lo seguían tuvieron que improvisar para no perderlo. Lo siguieron hasta una zona industrial en los límites de Catepec con Tultitlán, una bodega diferente a la de Lomas de San Lorenzo, más grande.
Con acceso desde una calle trasera sin nombre. Castellanos entró. Estuvo adentro 40 minutos. Cuando salió, los investigadores tomaron la decisión de no detenerlo todavía. Querían saber más. Querían a los que estaban arriba, no solo al engranaje. Fue la decisión más difícil del caso y estuvo a punto de ser un error irreparable. Esa noche los elementos que vigilaban la bodega de Tultitlán reportaron movimiento inusual.
coches que llegaban y salían, luces que se encendían y apagaban en secuencia, señales de que algo estaba siendo trasladado o preparado para traslado. el coordinador de la investigación, un fiscal de carrera llamado Gerardo Lozano Vidal, con 17 años en la institución y una reputación de frialdad que sus colegas a veces confundían con indiferencia, pero que en realidad era el tipo de control que se aprende cuando uno ha visto demasiado.
Tomó la decisión en ese momento. No podían esperar más. ordenó el operativo para las 4 de la mañana del 25 de marzo, 52 elementos, coordinación con la Fiscalía General de la República, porque la operación cruzaba límites jurisdiccionales entre la Ciudad de México y el Estado de México. Apoyo aéreo en standby.
Equipo forense listo a media cuadra. Nadie durmió esa noche. A las 4:3 de la mañana del 25 de marzo, los elementos entraron simultáneamente por tres puntos de acceso a la bodega de Tultitlán. Lo que encontraron adentro superó en magnitud y en horror que la investigación había anticipado. La bodega tenía una extensión mucho mayor de lo visible desde afuera.
Tres espacios separados por paredes de Tabicón que alguien había construido sin permiso y sin plano. El primero era un espacio de recepción y clasificación con archivadores metálicos llenos de documentos que los forenses tardaron días en procesar completamente. El segundo era un espacio de operaciones similar al sótano de Lomas de San Lorenzo, pero más grande, más equipado, con capacidad para más de una persona simultáneamente.
El tercero era diferente, era un espacio de retención. Había cuatro personas adentro, todas vivas, aunque en condiciones que los elementos que entraron describieron en sus reportes con el lenguaje medido y profesional que se usa para mantener la objetividad cuando lo que uno está viendo quiere destruir esa objetividad.
Cuatro personas, tres mujeres y un hombre. Edades distintas, condiciones de salud variadas, signos evidentes de que habían estado ahí por periodos diferentes. Alfredo Salinas, Reyes, no estaba entre ellos. Las cuatro personas rescatadas fueron trasladadas de inmediato al hospital. Sus identidades, por razones de privacidad y seguridad, no fueron divulgadas públicamente, pero los investigadores cruzaron sus datos con reportes de desaparición pendientes y encontraron que tres de los cuatro tenían familiares buscándolos
activamente. El cuarto caso llevaba tanto tiempo sin resolución que la búsqueda oficial había sido archivada, aunque la familia nunca había dejado de buscar por sus propios medios. En la bodega fueron detenidas cinco personas, dos que intentaron escapar por el acceso trasero y fueron interceptados por los elementos que cubrían ese punto.
Tres más que estaban en el interior y que no opusieron resistencia, aunque uno de ellos tardó varios minutos en soltar lo que llevaba en la mano. un teléfono satelital cuya información los peritos informáticos consideraron desde el primer momento como potencialmente la más valiosa de todo el operativo. Iván Castellanos Mora no estaba entre los detenidos, no había estado en la bodega esa noche.
La llamada que recibió el día 24, la que cambió su rutina, había sido una advertencia. Alguien dentro de la investigación había filtrado información. Eso fue lo que convirtió el caso en algo aún más complejo y aún más sombrío, la filtración. la posibilidad de que dentro de las propias instituciones encargadas de investigar lo que le había pasado a Erika y a Alfredo hubiera alguien que protegía a los responsables.
No era una posibilidad nueva en el contexto de la seguridad en México. Tristemente una posibilidad que los investigadores más experimentados siempre tienen en mente, pero saber que existe en abstracto es diferente a encontrar la evidencia concreta de que sucedió en tu propio caso. Lozano Vidal ordenó una revisión interna de todos los accesos a la información del caso desde el 10 de marzo.
¿Quién había consultado qué archivos? desde qué terminales, en qué horarios. Era un proceso lento, técnico, que tenía que hacerse con discreción total para no alertar a quien fuera que había filtrado. Mientras tanto, los detenidos en la bodega comenzaron a ser interrogados. El primero en hablar fue el más joven. Tenía 21 años. había entrado a la organización 8 meses antes a través de un contacto en su colonia que le había ofrecido trabajo de seguridad bien pagado y con pocas preguntas.
Decía que no sabía completamente qué estaba custodiando, que le habían dicho que era material sensible, que no preguntara, que cuando entendió lo que realmente era, ya era demasiado tarde para salirse sin consecuencias. Era difícil saber cuánto de eso era verdad y cuánto era la narrativa que alguien le había enseñado a decir si lo detenían.
Pero algunos detalles que dio coincidían con información que los investigadores ya tenían de otras fuentes, lo que le daba cierta credibilidad. Lo más importante que dijo ese primer día fue un nombre, no el de un miembro de la organización, el nombre de un lugar, un rancho en el municipio de Texcoco, en el estado de México, a menos de 40 km de donde habían desaparecido Alfredo y Erica.
El rancho se llamaba El Mesquite. No en ningún registro oficial, era solo el nombre con el que lo conocían quienes lo usaban. Ocupaba unas 4 hectáreas en una zona de transición entre [carraspeo] lo urbano y lo rural, que es característica de los bordes del Estado de México, donde las colonias populares se van diluyendo en terrenos valdíos y campos que ya no producen mucho, pero que tampoco han sido absorbidos del todo por la mancha urbana.
Un lugar que no llama la atención, que no pide ser visto. El operativo en el Mesquite fue diferente al de Tultitlán, más silencioso, menos elementos, pero más especializados. Lozano Vidal lo coordinó personalmente con un círculo de información tan reducido que prácticamente solo él y tres personas más sabían que iba a suceder hasta pocas horas antes.
Llegaron al amanecer del 28 de marzo. El rancho estaba aparentemente abandonado. La vegetación había crecido sin control alrededor de la barda perimetral. La entrada principal, una reja de tubo soldado, estaba con candado, pero no con vigilancia visible. Los elementos entraron por un costado donde la barda tenía una sección deteriorada.
No encontraron a nadie adentro, pero encontraron señales recientes de ocupación. cenizas en un fogón exterior que tenían menos de una semana, envases de comida, ropa que alguien había dejado porque ya no le servía o porque salió con prisa. Y en el interior de la construcción principal, un cuarto pequeño que había sido habilitado como espacio de retención, encontraron algo que detuvo a todos los que entraron.
En el piso, cerca de una argolla de metal anclada a la pared con cadena, había un par de lentes de armazón delgado. Uno de los lentes estaba roto. Los lentes fueron enviados de inmediato al laboratorio. La confirmación llegó 48 horas después. Las huellas dactilares en el armazón correspondían a Alfredo Salinas Reyes.
Había estado en el Mezquite. Lo habían tenido ahí separado de su hija desde el principio, en ese cuarto con argolla y cadena, en ese rancho que parecía abandonado, pero que era parte de la misma red, del mismo sistema que había tragado a los dos el 3 de marzo, pero ya no estaba. Y nadie en los alrededores del rancho, en los terrenos vecinos, en el pequeño asentamiento de casas que había a un kilómetro por el camino de terracería, había visto nada, o si habían visto algo, no lo iban a decir.
El silencio en ese tipo de zonas no siempre es ignorancia, a veces es miedo. veces es la sabiduría forzada de saber que ver demasiado tiene un costo. Los documentos recuperados en la bodega de Tultitlán comenzaron a hablar poco a poco mientras los peritos los procesaban. Eran registros crípticos escritos en una clave que no era sofisticada, pero que requería tiempo para decodificar, porque usaba términos de la industria de la refrigeración y del transporte.
como eufemismos para lo que realmente describían. Lo que los registros revelaban era la escala de la operación. No era una red pequeña ni reciente. Había registros que se remontaban a más de 4 años. Decenas de operaciones documentadas, rutas de distribución que cruzaban al menos ocho estados de la República, contactos que los investigadores identificaron como probables intermediarios en el sector médico privado, aunque probar esa conexión directa iba a ser un proceso largo y complicado.
Y había algo más en esos registros, algo que los investigadores no habían anticipado. Había un sistema de selección de víctimas, no completamente al azar, como se había pensado inicialmente. La red tenía personas que hacían trabajo previo de identificación, que observaban, que evaluaban, que determinaban. Los criterios que usaban eran clínicos en su frialdad, edad, condición física aparente, historial de enfermedad desconocido en la medida en que podía evaluarse externamente.
Situación familiar que determinara cuánto ruido generaría la desaparición y con qué velocidad. Erika cumplía los primeros criterios con una precisión que hacía daño nombrar, pero el criterio de situación familiar era el que generó más preguntas. Erika vivía con su padre, no había madre.
La abuela estaba en otro estado, no había hermanos. Era una estructura familiar pequeña con pocos nodos de alarma. ¿Cómo sabía la red eso? ¿Cómo sabían antes del 3 de marzo quiénes eran Alfredo y Erika Salinas? Esa pregunta llevó la investigación en una dirección que nadie esperaba. David Treviño, el periodista, fue el primero en publicar la línea de investigación que los fiscales todavía no habían confirmado públicamente la posibilidad de que alguien cercano al entorno de la víctima hubiera proporcionado información a la red.
No necesariamente alguien que supiera exactamente para qué se usaría esa información. En estas redes, la cadena de información funciona por capas. Alguien puede vender datos que parecen inocuos, información de quién vive en una colonia, quiénes son sus familias, sus rutinas y no saber nunca en qué termina usándose esa información.
Los investigadores revisaron el entorno de Alfredo y Erika con una minuciosidad que generó tensión con algunas personas cercanas al caso que sentían que se estaba victimizando a las víctimas al examinar su círculo, pero era un paso necesario. Lo que encontraron fue esto. Tres semanas antes de la desaparición, alguien había hecho consultas en el sistema de registro civil sobre Alfredo Salinas Reyes.
La consulta era del tipo que puede hacerse con una clave de acceso institucional, el tipo que tienen ciertos servidores públicos, notarios, personas con acceso legítimo a esos sistemas. La clave de acceso usada correspondía a una persona que trabajaba en una oficina de trámites de la alcaldía Coyoacán, una persona que conocía el barrio, que conocía quién vivía dónde, que podía, sin que nadie lo notara, hacer consultas sobre vecinos.
La detención de esa persona, un hombre de 44 años, cuyo nombre fue reservado durante el proceso penal inicial, fue discreta y sin anuncio público. Sucedió el 2 de abril, exactamente un mes después de la desaparición de Alfredo y Erika. En los interrogatorios dijo que no sabía para qué se usaría la información, que alguien le había pedido datos sobre familias en la zona, que le habían pagado poco, que pensó que era para algo de publicidad o encuestas, que cuando empezó a sospechar, cuando vio las noticias sobre Alfredo y Erika, se
paralizó de miedo y no supo qué hacer. Era la historia de alguien que había cruzado una línea por dinero sin entender completamente hacia qué lado estaba cruzando. Verdadera o no, esa historia no lo eximía de responsabilidad y los investigadores no la tomaron como la versión definitiva. La cadena de responsabilidades en este tipo de redes larga y cada eslabón importa, pero también abrió algo más.
Porque si había una persona haciendo consultas en Coyoacán, probablemente había personas similares en otras alcaldías, en otros municipios, en otros estados. Personas ordinarias con acceso a información ordinaria que la vendían a quienes sabían qué hacer con ella. El horror no siempre tiene cara de monstruo.
A veces tiene cara de alguien que necesitaba dinero y no preguntó suficiente. Iván Castellanos Mora fue localizado el 5 de abril en Querétaro. Había estado viviendo en un cuarto de renta en la colonia Simatario, bajo un nombre diferente, con documentos falsos de calidad mediocre que no hubieran resistido mucho escrutinio.
Lo que lo mantuvo invisible durante dos semanas fue exactamente eso, la mediocridad de su escondite. Los investigadores buscaban en lugares más sofisticados. Fue un elemento de la policía estatal de Querétaro que había recibido la alerta de búsqueda, pero sin los detalles completos del caso, quien lo reconoció en un puesto de comida por la fotografía difundida en las bases de datos internas.
Castellanos fue trasladado a la Ciudad de México el 7 de abril. Habló no de inmediato, no sin condiciones, no sin la intervención de un abogado que negoció los términos. Pero habló y lo que dijo en esas sesiones de interrogatorio fue lo que permitió a los investigadores comprender la estructura completa de la red, identificar a los líderes reales de la operación y trazar las rutas de distribución con un nivel de detalle que antes no tenían.
También dijo algo sobre Alfredo. Según castellanos, Alfredo no había muerto el 3 de marzo. Había sido trasladado al rancho de Tescoco ese mismo día y mantenido ahí, mientras la organización evaluaba qué hacer con él. La decisión sobre las personas que no eran el objetivo directo de las operaciones, los familiares, los acompañantes, los testigos accidentales, no la tomaba el nivel de la red en el que Castellanos operaba, la tomaban los de arriba.
dijo que él no sabía exactamente qué había pasado con Alfredo después de las primeras dos semanas, que para el 20 de marzo ya no estaba en el rancho, que lo único que escuchó fue que lo habían movido. ¿A dónde? ¿No lo sabía o no lo iba a decir o ambas cosas? Los investigadores no pudieron determinar cuál de esas tres opciones era la verdadera.
Lo que sí podían determinar era que Alfredo había estado vivo al menos hasta mediados de marzo, dos semanas después de la desaparición. Eso era una información que había que manejar con una delicadeza enorme, porque implicar que había estado vivo era también implicar que algo había pasado después. Y si algo había pasado después, la familia necesitaba saber, pero necesitaba saber de una manera que no destruyera lo poco que le quedaba de entereza para seguir enfrentando el proceso.
Lozano Vidal habló con Dolores Salinas personalmente. Fue la segunda conversación más difícil que ella describió haber tenido en su vida. Las detenciones continuaron durante las siguientes semanas. Para el 15 de abril, la fiscalía había detenido a 17 personas vinculadas a la red. Niveles distintos, roles distintos, grados de participación y de conocimiento distintos, desde los que ejecutaban hasta los que coordinaban.
Faltaban los que estaban en la cima, los que tomaban las decisiones finales, los que recibían el dinero real. Esos, como suele suceder en estas estructuras, eran los más difíciles de alcanzar porque ponían capas y capas de intermediarios entre ellos y cualquier acto que pudiera vincularlos directamente. Los cargos imputados incluían privación ilegal de la libertad, tráfico de órganos humanos bajo el artículo 461 de la Ley General de Salud, delincuencia organizada y homicidio.
en el caso de Erika, aunque para este último cargo la evidencia forense era suficiente en términos de rastros biológicos, pero no había cuerpo y eso era un problema. En el sistema penal mexicano, como en la mayoría de los sistemas penales del mundo, la ausencia del cuerpo complica los procesos, no los imposibilita, pero los complica.
Los defensores de los imputados iban a usar esa complicación al máximo. La búsqueda de los restos de Erikaa y de cualquier evidencia del destino final de Alfredo continuó en paralelo al proceso penal. Los investigadores de campo, apoyados por peritos especializados en búsqueda de personas desaparecidas, recorrieron zonas indicadas por las declaraciones de los detenidos.
Encontraron algunas cosas, no encontraron otras. El expediente del caso permanece abierto. Mientras todo esto sucedía en los juzgados y en los despachos de la fiscalía, en la vecindad de prolongación de Miramontes, la vida continuaba con esa brutalidad indiferente que tiene la vida ordinaria frente a las tragedias individuales.
El departamento número cuatro seguía cerrado. Doña Felicitas había recogido el correo que se acumulaba frente a la puerta porque no podía verlo ahí. La maceta de bugambilia del patio seguía viva sin que nadie la regara. La abuela Dolores había decidido quedarse en la ciudad de México mientras durara el proceso penal.
Rentó un cuarto pequeño en una vecindad cercana. Iba a misa todos los días. No a pedir un milagro, dijo, porque ya no era el tiempo de los milagros. Iba a mantener encendida la presencia de su hijo y de su nieta en algún lugar que no fuera solo su memoria. Un periodista le preguntó que quería que la gente recordara de Alfredo.
Tardó en responder. Dijo que quería que recordaran que era un buen padre, que eso no es una cosa pequeña. En un mundo que a veces parece diseñado para destruir a las familias, desde adentro, Alfredo había construido con Ericaa algo real y sólido con las herramientas imperfectas que tenía, con el dolor que cargaba después de perder a Marcela, con las limitaciones de alguien que trabaja todo el día y que llega cansado, pero que aún así se sienta en el patio con su hija a tomar chocolate y a reír de cosas que nadie Nadie más
entendería. Eso dijo Dolores, era lo que nadie le iba a quitar. Y los que lo habían tomado, ni el tiempo ni el olvido, las investigaciones sobre la red de tráfico de órganos que se destapó con el caso de Alfredo y Erika, abrieron líneas de indagación en otros estados, en Jalisco, en Veracruz, en Tamaulipas.
Los nombres y los números de las transferencias bancarias encontradas en los documentos de Tultitlán empezaron a conectarse con casos de desaparición que llevaban meses o años sin avance. Era la imagen de algo enorme y subterráneo que el caso de dos personas en una colonia de Coyoacán había sacado parcialmente a la luz.
solo parcialmente, porque estas redes no desaparecen con 17 detenidos y un rancho clausurado. Se adaptan, se mueven, cambian de nombre y de ubicación y de métodos con una velocidad que los sistemas institucionales no siempre pueden seguir. Los expertos en el tema que fueron consultados por medios durante la cobertura del caso dijeron algo que es incómodo, pero necesario escuchar, que el tráfico de órganos en México no es un fenómeno marginal ni reciente, que tiene décadas de existencia en sus formas más rudimentarias y que ha ido
sofisticándose. mercado que lo impulsa no está solo en México, sino en redes internacionales que conectan la desesperación de quienes necesitan un órgano para vivir con la brutalidad de quienes están dispuestos a obtenerlo. De cualquier manera, esa cadena, desde el desesperado hasta el brutal, tiene muchos eslabones y cada uno de esos eslabones implica a alguien que tomó una decisión.
David Treviño publicó su investigación completa sobre el caso en una serie de cuatro artículos que salieron en un medio digital independiente entre abril y mayo de 2025. Los artículos ganaron un premio de periodismo de investigación a fin de año. En su discurso de agradecimiento, Treviño dijo que el premio era de Alfredo y de Erik, no de él, que él solo había hecho lo que se supone que debe hacer un periodista, estar presente, hacer preguntas, no dejar que las cosas se enfriaran.
Iván Castellanos Mora fue condenado en enero de 2026, 18 años de prisión. Sus abogados apelaron. El proceso sigue. De los otros 16 detenidos, 11 han sido sentenciados con penas que van de 8 a 25 años. Cinco casos siguen en proceso. Los que estaban en la cima de la estructura, las personas a las que apuntan los documentos y las declaraciones, pero que no fueron capturadas en los operativos, siguen siendo buscadas.
Algunas se cree que salieron del país, otras se cree que cambiaron de identidad y siguen operando. Alfredo Salinas Reyes permanece desaparecido. Sus restos no han sido encontrados. Erika Salinas, 14 años, nunca tuvo la oportunidad de estudiar biología marina ni de ver los arrecifes de Coral del Caribe que coleccionaba en su álbum de fotos.
Su chamarra de mezclilla con el parche de la tortuga tampoco ha aparecido. Hay algo que me parece importante decir antes de terminar. Cuando se cuentan casos como este, a veces la densidad de los datos, los operativos, las detenciones, los procesos penales, puede hacer que las personas en el centro de la historia se vuelvan abstractas. nombres en un expediente, fotos en un cartel.
Alfredo Salinas Reyes era un hombre que amaba a su hija con esa intensidad callada y constante de las personas que no saben expresar el amor con grandes gestos, pero que lo demuestran en lo cotidiano, en llegar todos los días, en sentarse en el patio aunque haga frío, en comprar el pastel de tres leches, porque era lo que ella quería para su cumpleaños.
Erika Salinas tenía 14 años y un cuaderno donde escribía preguntas sobre el mundo. Tenía una sonrisa que tardaba en llegar. Tenía un parche de tortuga que ella misma había cocido. Tenía toda una vida que nadie tenía derecho a quitarle. Lo que les pasó fue un crimen. Un crimen organizado, sistemático, frío. Pero detrás de cada crimen hay personas.
Y las personas merecen ser recordadas como personas, no solo como casos. Si conoces a alguien que haya desaparecido o si tienes información sobre redes de tráfico de órganos o trata de personas en México, puedes reportarlo a la línea de emergencia 911 a la Comisión Nacional de Búsqueda en el número 800 30230 o al correo denuncias de la Fiscalía General de la República.
Todas las denuncias pueden hacerse de manera anónima. El 3 de marzo de 2026, exactamente un año después de que Alfredo y Erica salieran a caminar y no volvieran, doña Felicitas salió al patio de la vecindad de prolongación de Miramontes y regó la maceta de Bugambilia. Era la primera vez que alguien la regaba desde que todo pasó.
Las flores de ese rosa encendido que parece que pelean contra el gris de la ciudad estaban más vivas que nunca. Dolores Salinas, que estaba de visita ese día, la vio desde el umbral del patio y no dijo nada. Dios se quedó mirando las flores un momento largo y ese momento pequeño e imposible de meter en un expediente judicial era lo que quedaba cuando todo lo demás, los operativos, los procesos, las sentencias, las apelaciones, el ruido del sistema se callaba.
Dos personas que salieron a caminar un lunes por la mañana, una ciudad que no los volvió a ver y unas flores que de todas maneras seguían floreciendo. No.