Él también lo sabía, pero él ya no podía hablar. Cuando López Portillo murió esa noche, Sasha no lo vio morir. Y 20 años después, en otro febrero, el 14 de febrero de 2024, Sasha Montenegro murió en Cuernavaca del mismo tipo de accidente cerebrovascular que había empezado a matar a su marido en 1999. el mismo diagnóstico, el mismo final, dos febreros, dos derrames, dos historias que terminaban igual.
Ella tenía 78 años, él había tenido 83. Entre esos dos febreros cabe la historia que hoy te voy a contar. Y es una historia que la prensa de entonces te contó mal, incompleta o directamente al revés. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Sasha Montenegro y la familia del presidente de México que juró destruirla.

Primero, el verdadero motivo por el que los hijos de López Portillo la acusaron de maltratar al presidente y lo que ellos de verdad querían recuperar. Segundo, ¿quién era la hermana del presidente? una de las mujeres más poderosas de México en los años 70. ¿Y por qué desde el primer día juró que Sasha no iba a entrar en esa familia? Tercero, lo que Sasha descubrió el día que ganó el juicio federal y por qué renunció a una pensión millonaria que por ley le pertenecía.
Y cuarto, ¿qué pasó con la colina del perro? la mansión de Cuajimalpa, por la que se pelearon dos familias durante 20 años, y por qué ni siquiera sus propios hijos pudieron vivir en paz en ella. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo llegamos al hospital de esa noche de febrero, necesitas conocer el México que hizo posible esta historia.
Y ese México probablemente lo viste tú desde el sillón de tu casa en tu propia televisión. Si naciste en los años 50 o 60, si vivías en México o veías el cine mexicano desde Estados Unidos, desde Argentina, desde Colombia, desde cualquier rincón de América Latina, tú la viste. No en una sola película, en decenas.
Sasha Montenegro era el rostro que dominaba las pantallas de los cines de barrio en los años 70 y 80. Era la vedet. Era la rubia rarísima de pómulos altos, de mirada extranjera, que entraba en escena en películas como Bellas de Noche, como fe, esperanza y caridad, como Pedro Navaja, como la vida difícil de una mujer fácil, como Santo contra la magia negra, a más de 50 películas, algunas horrorosas, muchas olvidables, pero ella siempre brillaba adentro.
Ella era la única razón por la que se acordaba alguna gente de que esas películas habían existido. Lo que tú no sabías y lo que casi nadie sabía en aquella época era que Sasha Montenegro ni siquiera se llamaba Sasha Montenegro. Su nombre real era Alexandra Achimovic Popovic. Nació en Bari, Italia, el 20 de enero de 1946, justo al terminar la Segunda Guerra Mundial.
Sus padres eran yugoslavos de familia montenegrina, un nombre que ella después adoptó como apellido artístico. Antes de cumplir dos años, la familia emigró a Argentina huyendo de la Yugoslavia comunista. Ahí creció, ahí aprendió español y a los 25 años con una oferta de cine en la mano, te cruzó el continente en barco y llegó a México en 1971, sin saber absolutamente nada de la política mexicana, ni de los apellidos que dominaban el país, ni del hombre que 13 años después le cambiaría la vida para siempre.
Esa es la mujer que necesitas ver ahora mismo en tu cabeza. Una muchacha de 25 años, extranjera, sin familia en México, sin padrinos, sin contactos. Una belleza yugoslava que empezó a ganarse la vida haciendo películas de ficheras. Las películas eróticas de bajo presupuesto que dominaban los cines mexicanos en los 70.
Tú las conoces, tú las viste en la televisión los domingos por la tarde cuando ponían los ciclos de cine mexicano. Esos escotes que hoy parecen inocentes, pero que en 1975 eran casi un pecado mortal. Esa manera de bailar que era puro teatro, esa voz con acento argentino que la delataba como extranjera en cada frase. Recuerda ese detalle.
Ese acento aparecerá otra vez y será una de las cosas que la familia del presidente le echará en cara durante años. Imagínatela esos años. Departamento rentado en la colonia Narbarte. Un coche usado. Horarios de trabajo que empezaban a las 5 de la mañana cuando la hacían pasar por maquillaje para que a las 6 ya estuviera sobre el set en pleno rodaje.
Comidas recalentadas entre toma y toma. Mañanas enteras bailando frente a un director que gritaba bajo focos calientes en estudios improvisados en antiguas bodegas del sur de la ciudad. Así se hacían esas películas de ficheras. Así se hicieron los clásicos que hoy llenan los canales de nostalgia. Ese era el trabajo de Sasha Montenegro en los 70.
No era glamour, era oficio duro y mal pagado. Era salir a las 11 de la noche del estudio y manejar sola de regreso a casa con el maquillaje todavía pegado a la cara. Ella no era parte de ninguna camarilla, no iba a fiestas de Televisa, no se dejaba fotografiar con políticos. Era entre las vedetes de su generación la rara, la que no se adaptaba, la que hablaba con acento, la que había estudiado algunos años en Buenos Aires y leía libros entre toma y toma.
Esa rareza la marcó dentro del medio, la hizo respetada, pero también aislada. No tenía padrinos, no tenía red. Y cuando todo se complicara años después, esa falta de red iba a pesar. En la televisión mexicana de esos años, tú la viste en programas como Siempre en domingo con Raúl Velasco y en donde las vedets eran invitadas a cantar o bailar mientras el conductor les hacía comentarios que hoy nos parecerían humillantes.
Sasha resistía a esos comentarios con una sonrisa que ya era resistencia. Aparecía, cantaba, bailaba y se iba. Nunca dio de qué hablar. Nunca se dejó grabar en escándalos. Era, como la describió un periodista de espectáculos de la época, la vedet más correcta del mundo de las vedets. Pero en México ser correcta cuando te dedicas al cine de ficheras no te salva de las etiquetas.
Las etiquetas te caen encima, aunque no las merezcas. Tú la viste en la televisión, tú la viste en los cines, tú conocías su cara. Lo que no sabías era la clase de mundo que envolvía al cine mexicano en esa época, un mundo que tenía nombre y apellido. Y uno de esos apellidos era López Portillo, porque el cine mexicano de los 70 no era un mercado libre, no era un mundo donde una actriz trabajaba, cobraba y se iba a su casa.
El cine mexicano desde 1976, cuando José López Portillo llegó a la presidencia, quedó en manos de una sola persona y esa persona era la hermana del presidente, Margarita López Portillo y Pacheco. Nacida en Guadalajara en 1914. Una mujer de 62 años cuando su hermano llegó al poder. Novelista, ensayista. admiradora de Sor Juana Inés de la Cruz, soltera, profundamente católica, profundamente conservadora y profundamente convencida de que las mujeres del espectáculo, las actrices, las vedetes, eran una clase de criaturas
que no tenían por qué acercarse a los hombres de bien. Esa mujer controló durante los 6 años del sexenio de su hermano la Dirección General de Radio, u televisión y cinematografía. Controló toda la televisión pública de México. Controló el Canal 13. Controló la cineteca nacional. controló quién hacía películas en México, cuánto dinero recibía cada productor y qué temas podían filmarse.
El cine trabajaba Sasha Montenegro estaba bajo el control directo de la hermana del presidente. Recuerda ese nombre, Margarita López Portillo. Porque esa mujer va a regresar a esta historia y cuando regrese lo hará con el poder absoluto de una familia política mexicana. decidida a borrar a una intrusa del árbol genealógico de su hermano. Era 1984.
Sasha Montenegro tenía 38 años. Ya era una estrella en México. Acababa de terminar una temporada teatral con la obra Nunca en domingo y decidió darse unos días de vacaciones en España. Voló a Sevilla. Era Semana Santa. Las calles estaban tomadas por las procesiones. Los incensarios echaban humo denso sobre los costaleros que cargaban las imágenes.
Las mujeres sevillanas lloraban al paso de la Virgen. Tambores, trompetas, saetas cantadas desde los balcones. Ese es el ambiente que hay que imaginar. Una mujer rubia, alta, con aire extranjero, caminando sola, curioseando entre la gente, dejándose empujar por una multitud que no entendía del todo. Así estaba Sasha Montenegro. Esa tarde.
Escuchó una voz de hombre a sus espaldas, una voz grave con acento mexicano que la llamaba por su nombre. Volteó y ahí estaba él. Él tenía 62 años. Dos años antes había dejado de ser presidente de México. El peso mexicano que él había prometido defender, según sus propias palabras célebres, como un perro, pues se había hundido en la peor devaluación de la historia del país.
Había nacionalizado la banca en septiembre de 1982 en un discurso tembloroso, a punto de llorar. Su sexenio había terminado en escándalo, en caos económico, en la rabia popular de millones de mexicanos que perdieron sus ahorros. Y ahí estaba él dos años después caminando solo por Sevilla, de vacaciones, un expresidente sin poder, sin séquito, sin escoltas, sin corona.
Él la vio, él la saludó. Él le dijo, “Sasha, ¿qué hace usted aquí?” Ella le contestó, “No, ¿qué hace usted aquí, señor?” Y así, en una calle empedrada de Sevilla, durante Semana Santa, en abril de 1984, empezó la historia que iba a durar 20 años. Iba a producir dos hijos, iba a destruir el primer matrimonio de él.
Ahí va a enfrentar a una mujer de 38 años contra toda la maquinaria de una familia política mexicana. Iba a terminar en un juicio federal y iba a cerrarse en dos hospitales con 20 años de diferencia. Pero antes de continuar, hay algo que tienes que entender sobre ese encuentro. Porque el hombre que la saludó esa tarde no era un expresidente cualquiera.
Él mismo tenía una manera muy suya de describir lo que era. Años después, Sasha repitió esa frase en varias entrevistas imitándolo. México, decía ella, que decía él, ser presidente de la República es ser un rey, pero un rey por 6 años, porque después lo decapitan y a los ladridos les toca lo de adentro.
Escucha bien esa frase, porque esa frase la entenderás de verdad solo al final. Me tocaron los ladridos. Así lo dijo ella muchas veces y eso fue literalmente lo que pasó. Aquella tarde de Sevilla, Sasha Montenegro no sabía que había sido elegida. No sabía que el hombre que acababa de saludarla llevaba meses pensándolo. Tampoco sabía que en México, a 8000 km de esa calle, una mujer llamada Carmen Romano esperaba a su marido en la residencia familiar.
Carmen Romano era la primera dama de México durante el sexenio anterior. La esposa oficial de José López Portillo, madre de sus tres hijos, compañera de décadas, hija de una familia bien de la capital, pianista, melómana, patrona del arte. Carmen Romano había sido el gran amor de su vida hasta ese momento.
Y aunque el matrimonio ya estaba frío, aunque ya dormían en habitaciones separadas, aunque Carmen sabía que su marido tenía aventuras, todavía era la esposa oficial, todavía era la madre, todavía era el apellido. ¿Te recuerda ese nombre también? Carmen Romano fue la primera víctima concreta de esta historia, aunque tú probablemente nunca la hayas visto de esa manera, porque los tres hijos que ella tuvo con López Portillo se llamaban José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina.
Y esos tres hijos, 20 años después iban a ser los encargados de ejecutar la venganza contra la mujer que su padre había elegido en lugar de su madre. Vale la pena detenerse un momento en Carmen Romano, porque casi nadie habla de ella como lo que fue. Una mujer destruida públicamente, mientras su marido, ya fuera del poder, tenía hijos con otra.
Carmen había sido, según los que la trataron, una mujer refinada. Tocaba el piano, amaba la música clásica. Como primera dama, creó el programa cultural más ambicioso de los años 70 en México. Llevó a orquestas europeas al Palacio de Bellas Artes. Promovió a jóvenes pianistas mexicanos. Era también una mujer con fama de difícil, de exigente, de temperamento fuerte.
Pero ninguna de esas cosas justificaba lo que le pasó en los años 80. Se enteró de la existencia de Nabila periódicos. se enteró de la existencia de Alexander dos años después por la misma vía y durante años vivió en la casa familiar, sabiendo que su marido tenía otra vida paralela con una mujer más joven en otra ciudad con otros hijos.
La humillación pública de Carmen Romano es uno de los capítulos menos contados de la historia política mexicana de los 80. Porque mientras ella seguía siendo oficialmente la esposa del expresidente, mientras seguía asistiendo a eventos sociales y culturales con el apellido López Portillo, en las páginas de sociales de las revistas empezaban a aparecer fotos de Sasha Montenegro con una bebé en brazos.
Carmen leía esas revistas, Carmen las cerraba. Carmen seguía adelante. Cuando finalmente López Portillo le pidió el divorcio en 1991, ella no lo impugnó. Firmo, se retiró a su casa. Dejó que su marido se casara con la vedete yugoslava sin salir a pelear en los medios. Esa dignidad que pocos le reconocieron es lo que la convierte en la primera víctima real de esta historia.
y también sin quererlo, en la razón emocional que usarían sus tres hijos para justificar años después la demanda contra Sasha. Lo que nadie sabía esa tarde de Sevilla es que el hombre que había llamado a Sasha por su nombre ya había tomado una decisión en esa calle, una decisión que iba a costar su matrimonio de 30 años.
fue la carrera de una vedet yugoslava y al final, cuando todo se derrumbara en el último año de su vida, iba a costar también la paz de su familia durante las dos décadas siguientes. Para entender lo que vino después, necesitas conocer cómo funcionaba el poder presidencial en México en los años 70 y 80. Y necesitas conocerlo como la realidad que vivían las mujeres que entraban a ese círculo, no como un dato de libro.
El presidente mexicano en aquellos años era algo que hoy ya no existe. No era un funcionario, era un monarca con fecha de caducidad. Durante 6 años, un hombre tenía en sus manos el país entero. Los gobernadores, los jueces, los medios, los sindicatos, los empresarios, todos dependían de él. Él escogía a su sucesor con un dedo en un proceso secreto que la prensa llamaba el dedazo.
No había reelección, pero mientras duraban los 6 años, todo lo que decía el presidente se hacía. Todo lo que quería el presidente se conseguía. Todo lo que le molestaba al presidente desaparecía y a sus costados había siempre una red familiar, una red de hermanos, cuñados, primos, compadres que ocupaban puestos clave.
Era lo que los mexicanos llamaban el nepotismo. Y en el sexenio de José López Portillo, ese nepotismo alcanzó un nivel que incluso la prensa de la época, con todo lo controlada que estaba, no pudo ignorar. El hijo del presidente, José Ramón López Portillo, fue nombrado por su propio padre como subsecretario de programación y presupuesto. Y el presidente, en una frase que marcaría para siempre su sexenio, lo llamó públicamente El orgullo de mi nepotismo.
con esas palabras. En conferencia de prensa con risa e esa frase se volvió uno de los símbolos del cinismo del poder mexicano de esos años. Tú probablemente la recuerdas. Tú la escuchaste entonces y como muchas mexicanas meneaste la cabeza y dijiste, “A, ¿qué le pasa?” El primo del presidente, Guillermo López Portillo, terminó en puestos de comunicación.
La esposa Carmen Romano usó recursos públicos para sus proyectos culturales y la hermana Margarita López Portillo ocupó uno de los puestos con más poder real sobre la vida cotidiana de millones de mexicanos. Margarita López Portillo no era una funcionaria cualquiera, era la hermana mayor.
Era una mujer que nunca se había casado formalmente, aunque tenía una hija, María del Pilar, de una relación anterior. Durante los años en que su hermano fue presidente, o Margarita se convirtió en la mujer más poderosa de México después de la primera dama. controló la televisión pública, controló el cine, controló quién hablaba y quién no hablaba en los noticieros y usó ese poder para una cosa que las biografías formales no suelen mencionar, pero que las entrevistas de la propia Sasha repitieron muchas veces.
Margarita López Portillo vigilaba a su hermano, vigilaba quién se le acercaba, vigilaba con quién hablaba, vigilaba sobre todo a las mujeres. En una entrevista del año 2013 con el periodista Gustavo Adolfo Infante, Sasha Montenegro lo dijo con estas mismas palabras: “Margarita ha sido una mujer que siempre estuvo en contra de todas las mujeres que se acercaran a su hermano.
Eso no era una sospecha, era la experiencia de una mujer que tuvo que convivir con esa hermana durante dos décadas. A Margarita era la guardiana del apellido y el apellido en el México de esos años era una fortuna en sí mismo. Hay que entender lo que significaba el cine mexicano bajo el control de esa mujer.
Margarita impulsó lo que ella llamaba el regreso al cine familiar. En teoría, una buena idea. En la práctica, el intento fue un desastre. desmanteló las estructuras que el sexenio anterior había creado para apoyar al cine de autor. Dejó sin presupuesto a los directores serios y mientras tanto, en paralelo, la industria privada mexicana se llenó de películas de ficheras, películas de bajo costo, de gran picardía, que se filmaban en una semana y recaudaban mucho dinero.
El cine de Sasha Montenegro. Ese cine, hay aquí una ironía que vale la pena que guardes. La hermana del presidente que en 1984 le odiaba a que su hermano tuviera una relación con una actriz del cine de ficheras. Era la misma mujer que en los años previos desde el gobierno, había permitido que ese cine floreciera casi sin control.
Sasha Montenegro había construido su fama bajo la dirección indirecta de Margarita López Portillo y ahora Margarita no quería que esa mujer entrara a su casa. El cine de ficheras, además tenía un precio alto para quienes lo protagonizaban. Las actrices ganaban poco, los horarios eran brutales, las condiciones de trabajo pésimas y la prensa rosa se encargaba de marcar a cualquier vedet como una mujer fácil, como una oportunista, como alguien que no merecía respeto. Así funcionaba ese sistema.
Usaba a las mujeres para generar dinero y después las desechaba con la etiqueta de vedet. Quizá tú conoces a alguien que dio todo por su trabajo, años de su vida, su juventud, su cuerpo. Y al final la industria le dijo, “Gracias, ya no sirves. Quizá esa persona eres tú en un trabajo distinto, en otra profesión.
Lo que le pasó a Sasha Montenegro es exactamente eso, pero con una cámara encima y con un apellido presidencial decidido a apagar su luz. Aquí viene lo primero que te prometí, el verdadero motivo por el que la familia del presidente la acusó de maltratarlo. Para entenderlo, tienes que imaginarte una casa, no una casa cualquiera, una mansión en la zona de Cuajimalpa, al poniente de la Ciudad de México, construida en 1982, justo en el último año del sexenio de López Portillo.
una casa rodeada de jardines, de árboles, de muros altos. Una casa que el propio presidente diseñó como refugio para después de dejar el poder o una casa con un nombre tan particular, tan irónico, tan mexicano, que hoy suena a broma amarga. La casa se llamaba La Colina del Perro. La colina del perro estaba en lo alto de un terreno en la antigua zona de vista hermosa, sobre una loma desde la que se veía todo el valle.
Era una construcción de varios niveles, con terrazas, con jardines en desnivel, con fuentes, con esculturas. López Portillo, que además de político era escritor, aficionado a la literatura clásica y lector de historia, diseñó esa casa como si fuera un retiro de nobles. Había una biblioteca enorme donde guardaba sus miles de libros.
Había un estudio donde escribió las primeras páginas de umbrales. Había habitaciones para visitas. Había incluso una capilla pequeña donde años después se casaría religiosamente con Sasha, un mes antes de que muriera Carmen Romano. Pero lo que más destacaba de la casa, según quienes entraron a visitarla en esos años, eran las paredes.
López Portillo había mandado pintar en una de las salas un mural alusivo a su frase presidencial. En ese mural había un perro que guardaba un escudo con la imagen del peso mexicano. El perro era grande, el escudo estaba caído, el peso estaba roto. Era un monumento a su propio fracaso político, una declaración de humor negro que él mismo mostraba a las visitas con una sonrisa triste.
“Aquí está el perro que no pudo defender al peso,” les decía. Y se reía. Esa casa con ese mural y ese nombre fue el lugar donde Sasha Montenegro vivió casi 20 años. Fue el lugar donde crecieron Navila y Alexander. Fue el lugar donde López Portillo pasó sus últimos 5 años enfermo y fue el lugar que se convirtió literalmente y en el campo de batalla legal de toda esta historia.
El nombre no era casual. López Portillo, el hombre que había prometido en un discurso legendario defender el peso como un perro y que había visto al peso derrumbarse en sus propias manos, eligió construir su retiro presidencial y bautizarlo. Justamente así, la colina del perro. Era un gesto de orgullo caído, un chiste amargo consigo mismo.
La casa del hombre al que el peso se le había escapado. La casa donde ahora vivirían los años que le quedaban. Esa casa López Portillo se la donó en vida a Sasha Montenegro. Esa es una palabra importante en vida, no por testamento, no por herencia después de muerto. Mientras él aún estaba con pleno uso de sus facultades, en pleno matrimonio con ella, firmó los papeles que ponían la colina del perro a nombre de la actriz y o fue su manera de asegurarse de que ella tuviera un techo cuando él ya no estuviera, de que los hijos que habían tenido
Navila y Alexander crecieran en ese jardín. de que la mujer que había aceptado compartir su vida no terminara en la calle cuando él se muriera. Lo que él no sabía o lo que prefirió no ver es que esa donación iba a convertirse en la bomba que estallaría al final, porque la colina del perro era literalmente el patrimonio más importante del expresidente.
Los tres hijos del primer matrimonio, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina, la querían. Era la casa de la familia, era el legado, era también una propiedad millonaria en una zona privilegiada de la Ciudad de México. Y los tres hijos de Carmen Romano no estaban dispuestos a que esa casa quedara en manos de la vedete yugoslava, que según ellos había destruido el matrimonio de sus padres.
Cuando López Portillo sufrió su infarto cerebral en 1999, la batalla empezó en serio. El hombre que había donado esa casa ya no podía hablar con claridad, ya no podía firmar con facilidad, ya no podía defender sus decisiones. Y en ese estado, los tres hijos del primer matrimonio junto con su tía Margarita López Portillo, empezaron a orquestar.
una demanda que iba a cambiar la historia. Lo que llegaría a los juzgados en 2004 no era un divorcio por amor perdido, era una demanda con una acusación durísima. La acusación era que Sasha Montenegro golpeaba al expresidente, que lo maltrataba, que su salud se había deteriorado por la violencia de ella. Pero el documento que fundamentaba esa demanda, según las entrevistas posteriores de Sasha, tenía un detalle que revelaba el motivo real, pues en esa demanda se pedía revertir la donación de la colina del perro.
En sus propias palabras, como le contó al programa en compañía de años después, lo hicieron porque querían recuperar la colina del perro que José me había donado en vida. Ahí está. Ese era el verdadero motivo. El bienestar del padre no figuraba en los papeles. El maltrato tampoco, la casa sí. Y mientras ellos movían esa demanda, ella cuidaba a López Portillo en casa.
Mientras Margarita López Portillo movía sus contactos, Sasha le daba de comer al expresidente con cuchara. Mientras los tres hijos presentaban documentos, Sasha lo bañaba, lo vestía, lo acompañaba al médico. 5 años así, desde 1999 hasta 2004, la mujer a la que acusaban de golpearlo era la misma mujer que no se había movido de su lado durante todos esos años.
Oro, lo que nadie sabía en 2004 es que la demanda iba a llegar al hospital. el mismo día que él se estaba muriendo. Y cuando él muriera, esa demanda iba a quedar abierta sin resolver, colgando sobre la cabeza de Sasha como una sentencia. Pero para entender cómo se llegó a ese hospital, hay que retroceder 15 años, hay que volver a los años 90, hay que meterse en la casa de Los Pinos, en el Palacio Nacional, en las residencias oficiales de México, para ver cómo funcionaba de verdad la familia López Portillo, porque lo que vas a descubrir ahora te va a cambiar la idea que tenías
del presidente. años después del encuentro en Sevilla, en enero de 1985, Sasha Montenegro dio a luz a su primera hija. La niña se llamó Nabila, un nombre de origen árabe que significa noble. López Portillo eligió ese nombre. Sasha estaba todavía soltera. Él seguía casado con Carmen Romano y la prensa mexicana, con todas las restricciones que tenía en aquellos años, empezó a publicar los primeros rumores.
En México existía entonces una regla no escrita entre el poder político y la prensa. Se llamaba entre periodistas el pacto de silencio. Los presidentes y los expresidentes podían tener amantes, hijos fuera del matrimonio, casas secretas, lo que fuera. Y la prensa, salvo en revistas muy específicas, no tocaba esos temas.
El pacto no escrito decía, “La vida privada de los hombres de poder no se publica. Se sabe, se murmura, pero no se imprime. El nacimiento de Navila en 1985 rompió ese pacto. ¿Por qué una cosa era tener una amante en un departamento del centro y otra muy distinta era tener una hija con una de las vedetes más famosas del cine mexicano.
Eso no se podía ocultar y ahí empezó el calvario. Los tres hijos del primer matrimonio, que tenían entonces alrededor de 28, 26 y 24 años se enteraron antes que la prensa. Carmen Romano, la madre también, y la casa familiar se volvió un campo de batalla. La pelea no fue solo por el adulterio, la pelea fue por el apellido, porque la bebé Nabila, aunque había nacido fuera del matrimonio, tenía derecho por ley a usar el apellido López Portillo.
Y eso para los tres hijos legítimos era intolerable compartir el apellido de su padre con la hija de una bedet yugoslava. Ahí entró Margarita López Portillo, la hermana del expresidente. Y ahí entró también el verdadero poder, porque Margarita no iba a permitir que esa bebé llevara el apellido de su hermano sin una batalla.
Es según cuentan personas que estuvieron cerca de la familia en esos años, Margarita habló con abogados, con jueces, con amigos en el gobierno. Movió contactos, usó favores viejos, intentó durante años que esa niña no tuviera derecho legal a nada. No lo consiguió. Porque lo que los López Portillo no previeron es que Sasha Montenegro, aunque fuera extranjera, aunque fuera bedet, aunque fuera huérfana de padrinos políticos, había tenido el cuidado de llevar todo el procedimiento legal al día.
Nabila fue registrada con el apellido del padre y el padre, el expresidente de México, firmó los papeles. Ni la hermana ni los hijos pudieron borrar eso. Dos años después, en 1987, nació Alexander, el segundo hijo. Esta vez ni siquiera hubo esfuerzo por esconderlo. La familia del expresidente había perdido la primera batalla.
Ahora venía la segunda. Durante los años que siguieron, Sasha y López Portillo llevaron una vida paralela que la prensa rosa reducía a titulares sensacionalistas, pero que puertas adentro era mucho más tranquila de lo que se contaba. Él, ya retirado de la política activa, dedicaba las mañanas a escribir.
Estaba trabajando en sus memorias, que publicaría años después bajo el título Umbrales. Leía, paseaba en los jardines, jugaba con los niños. Nabila, que era muy pequeña, se trepaba a sus rodillas mientras él leía el periódico. Alexander, el menor, aprendió a caminar en esos jardines. López Portillo, que con sus hijos del primer matrimonio había sido un padre ausente por la política, se volvió con Nabila y Alexander, un padre presente, casi obsesivo.
quería recuperar en los 70 años que le quedaban el tiempo que no había estado con los otros tres. Y Sasha observaba en silencio como el hombre al que casi toda la prensa mexicana pintaba como un cínico sin sentimientos jugaba a caballito con una niña que tenía 2 años. Esos años, los de la vida paralela, los recordó ella mucho después como los más felices.
No había juicios todavía, no había demandas, no había acusaciones. Había una familia rara con un padre de 60 y tantos años y una madre 40 años menor, con dos niños que empezaban el colegio, con una casa grande en Cuajimalpa, donde todos los domingos comían juntos. Él cocinaba a veces. Ella se reía de cómo lo hacía. Los niños correteaban.
Esa la escena doméstica, es la que la prensa nunca contó, la que los titulares no sabían publicar, la que solo supieron quiénes estaban ahí. Pero la vida paralela tenía un precio. El precio era la tensión permanente con la otra familia, la familia oficial. Los tres hijos del primer matrimonio que visitaban a su padre ocasionalmente nunca saludaban a Sasha con calidez.
Nunca cargaban a los medios hermanos por parte de padre, nunca se quedaron a comer. Era por parte de ellos un desprecio silencioso pero constante. Y Sasha, aunque fingía no notarlo, lo notaba. Se lo contó una vez a una amiga cercana del medio artístico entre lágrimas. Me miran como si fuera la sirvienta que le robó el marido a su mamá.
Y aquí hay que entender algo sobre el sistema, porque el sistema del que estamos hablando, el sistema de la familia presidencial mexicana, tiene reglas muy específicas para estos casos. La esposa oficial nunca se divorcia, la amante nunca se reconoce. Los hijos fuera del matrimonio reciben apoyo económico, pero no presencia pública.
Y todo el asunto se arrastra hasta que alguien se muere. Ese era el protocolo. Así funcionaban estas cosas en México desde hacía décadas. López Portillo rompió el protocolo en 1991, 9 años después de dejar la presidencia, 10 años después de su famoso discurso del peso, 6 años después del nacimiento de Nvila, 4 años después del nacimiento de Alexander, el expresidente José López Portillo tomó una decisión que escandalizó a su familia entera.
se divorció de Carmen Romano y 4 años más tarde, en 1995, se casó por la vía civil con Sasha Montenegro. Carmen Romano, la primera dama, la madre de sus tres hijos, la compañera de toda una vida, fue sustituida oficialmente. El apellido de López Portillo pasó a manos de una mujer nueva y los tres hijos legítimos tuvieron que asistir furiosos a un proceso que durante años habían intentado detener.
Hay un detalle en esta historia que casi nadie recuerda, pero que es crucial para entender lo que vino después. Carmen Romano murió el 9 de mayo del año 2000 tras una larga batalla contra el cáncer. Cinco semanas después, el 16 de junio del mismo año 2000, Sasha Montenegro y José López Portillo se casaron por la Iglesia.
La boda religiosa, el paso final, el reconocimiento ante Dios. Cinco semanas después del entierro de la primera esposa, a los ojos de la familia católica mexicana, Carmen Romano había sido sustituida no solo legalmente, sino también espiritualmente cinco semanas después de haberse ido. La ceremonia religiosa se realizó en la capilla privada de la colina del perro.
Fue pequeña, fueron pocos invitados. Anna Vila tenía 15 años. Alexander tenía 13. Los dos hijos cargaron los anillos. El sacerdote que ofició la misa era un viejo amigo de López Portillo de los tiempos de la presidencia. No hubo fotógrafos, no hubo prensa, no hubo siquiera testigos del primer matrimonio, porque ninguno fue invitado.
Fue una boda íntima, casi clandestina, celebrada porque López Portillo había insistido en que antes de morir quería dejar las cosas en orden ante Dios, según contó Sasha después. Él tenía 79 años, ella 54. Y lo que selló en esa capilla aquel día de junio iba a convertirse 4 años después en uno de los argumentos centrales que los hijos del primer matrimonio usarían para justificar la demanda.
La mezquindad del poder vista desde cerca o convierte hasta una boda en una capilla privada en munición para una guerra legal. Esa ofensa no se olvida. Los tres hijos de Carmen no la olvidaron. Margarita López Portillo no la olvidó. La espera comenzó entonces, la espera de la venganza. Porque en noviembre de 1999 López Portillo había sufrido el primer infarto cerebral. Tenía 78 años.
El accidente lo dejó debilitado, con movilidad reducida, con problemas para hablar con claridad. A partir de ese momento, empezó el conteo. Todos en la familia sabían que ya no le quedaba mucho y todos se empezaron a preparar para lo que iba a venir después. Lo que nadie sabía, ni siquiera Sasha, era que los próximos 5 años iban a ser un infierno documentado con precisión por los tribunales mexicanos.
Aquí viene lo segundo que te prometí. ¿De quién era la hermana del presidente que juró destruir a Sasha desde el primer día y qué puesto había ocupado en el aparato de poder mexicano? Tienes que entender lo que era Margarita López Portillo para un país como México en los años 7080. Para eso, déjame contarte una historia que la historia oficial de México recuerda muy bien, aunque la haya tratado de olvidar.
Era el 24 de marzo de 1982. En el último año del sexenio de su hermano, Margarita López Portillo, dirigía la cineteca nacional como parte de sus funciones al frente de radio, televisión y cinematografía. La cineteca era el templo del cine mexicano. Ahí se guardaba la memoria fílmica del país. Más de 6000 títulos. Películas únicas, documentales históricos, originales de la época de oro, dibujos del cineasta ruso Sergei Eisenstein, originales de Diego Rivera.
Era el archivo fílmico más importante de América Latina. Esa tarde, mientras en una sala de la Cineteca se proyectaba la película La tierra de la gran promesa del polaco, Andrew Guida. Un incendio empezó en las bóvedas, donde se guardaban las películas viejas de nitrato, un material altamente inflamable. El fuego se propagó, explotaron las bóvedas.
El edificio entero ardió durante horas. Cuando los bomberos llegaron, ya no había casi nada que salvar. En ese incendio murieron por lo menos cinco personas. Hubo decenas de heridos. Se perdieron, según los reportes oficiales, más de 6,000 títulos de cine mexicano. La memoria fílmica del país quedó reducida a cenizas en una sola tarde.
Tú quizá recuerdas ese incendio. Tú quizá lo viste en el noticiero de Jacobo Zabludowski. Tú quizá te preguntaste, como se preguntaba medio México, o cómo era posible que algo así ocurriera en la capital del país. La responsable política de esa tragedia era Margarita López Portillo, la hermana del presidente, la mujer que controlaba la cineteca, la mujer que había permitido que se almacenaran películas de nitrato sin las condiciones de seguridad mínimas.
La mujer que cuando un diputado federal del Congreso le pidió los nombres de los responsables, contestó según el acta, “Nadie presenta cuentas en este país. ¿Por qué las hemos de presentar nosotros? Nadie. Presenta cuentas.” Esas tres palabras resumen quién era Margarita López Portillo y resumen también el sistema en el que se formó.
Ella no fue destituida, ella no fue procesada. Ella no pagó ningún precio por la pérdida del patrimonio fílmico de México. Renunció un solo funcionario, Jorge Durán Chávez, un director de cinematografía. Margarita siguió en su puesto hasta el final del sexenio y cuando su hermano dejó el poder en diciembre de 1982, ella se retiró tranquilamente a escribir novelas sobre Juana Inés de la Cruz.
Esa es la mujer que estaba detrás de la demanda contra Sasha Montenegro 22 años después. Una mujer acostumbrada a no rendir cuentas. una mujer que había visto arder la memoria fílmica de México y había contestado con una pregunta cínica. Una mujer que creía, con la convicción de una católica conservadora que las vedets no debían casarse con presidentes.
Y esa mujer le dijo a Sasha en varias ocasiones que no la quería en la familia. se lo dijo en la cara, se lo hizo saber en reuniones, en comidas, en conversaciones con los sobrinos. Una y otra vez. Margarita López Portillo fue, como la propia Sasha diría años después, el obstáculo principal en esa casa, el veto permanente.
La voz que susurraba al oído del expresidente todos los días, durante todos los años, que aquella mujer yugoslava no era la que debía llevar el apellido. Hay una anécdota que Sasha contó más de una vez y que resume el tipo de relación que tuvo con Margarita. Durante una de las primeras comidas familiares, cuando Nabila era apenas bebé, Margarita se acercó a Sasha en la cocina y le dijo sin preámbulos que su hermano no la iba a reconocer nunca como esposa, que él se iba a cansar de ella, que terminaría volviendo con Carmen
Romano y que mientras eso pasaba, Sasha debía entender cuál era su lugar en esa casa. Esas fueron las palabras, según recordó Sasha después. Le dijo eso con la bebé Navila en una cunita, en una cocina o en una comida familiar. La nieta de López Portillo dormía mientras la hermana del expresidente le decía a la madre de la niña que ella no contaba.
Esa escena en la mente de Sasha se quedó grabada para siempre y la contó décadas después como quien cuenta una herida que no sanó. Margarita murió en 2006. No alcanzó a ver el fallo federal que iba a dar la razón a Sasha. Se fue pensando que su venganza había triunfado en las dos primeras instancias y tuvo que haber sido duro para los tres hijos del primer matrimonio, saber que la tía, que había guiado toda la estrategia legal, había muerto sin la satisfacción del triunfo final.
En los círculos jurídicos mexicanos, años después, algunos comentaron por lo bajo que el fallo federal había sido una manera discreta del sistema judicial mexicano de corregir el exceso de los tribunales inferiores y que se habían dejado influenciar por el apellido presidencial. La justicia tardó, pero llegó.
Aunque llegó tarde para la familia del expresidente, que para entonces ya estaba dividida más allá de cualquier reconciliación. Quizá tú has conocido a una mujer así, una suegra, una cuñada, una hermana de tu esposo que nunca te aceptó, que nunca te saludó bien, que siempre tenía un comentario.
Quizá tú has vivido el peso de esa mirada que te juzga cada vez que entras a la cocina. Lo que Sasha Montenegro vivió fue eso mismo, pero multiplicado por 1000, porque la suegra que no la quería era una mujer que había controlado la televisión entera de México. La presión de la familia tuvo efectos que hoy con distancia se pueden ver con claridad.
Sasha no dejó el cine por gusto, lo dejó porque la presión se volvió insoportable. Los papeles fueron escaseando. La prensa rosa, controlada por los mismos círculos que controlaban los medios oficiales, empezó a tratarla con una dureza especial. Le sacaban cada año una nota recordándole que era una intrusa, que era una bedet que se había quedado con un presidente, que era una extranjera que había destruido a la señora Romano.
En las revistas de espectáculos de México, Sasha Montenegro pasó de ser la bellísima Sasha a ser la viuda del expresidente, como si ella no tuviera más existencia que la sombra del hombre con el que se había casado. Antes de continuar con lo que pasó en los juzgados, quiero que hagas memoria de algo.
Si tú tenías 30 o 40 años en los años 80, tú viviste la devaluación de 1982. Tú perdiste ahorros, tú perdiste la confianza en el peso. Hoy tú viste a millones de mexicanos salir a la calle furiosos, porque el hombre que había dicho que iba a defender esa moneda como un perro la había dejado caer al suelo. Ese hombre es el mismo hombre del que estamos hablando.
José López Portillo, el del discurso del perro, el del discurso temblando en septiembre. de 1982, anunciando la nacionalización de la banca. El mismo Isasha Montenegro, la vedeted yoslava, cuidó a ese hombre durante los últimos 5 años de su vida. Lo cuidó cuando ya no podía caminar bien.
Lo cuidó cuando ya no podía hablar bien. Lo cuidó cuando los tres hijos del primer matrimonio, que nunca se habían llevado bien con ella, empezaron a aparecer por la casa con papeles, con preguntas, con acusaciones disfrazadas de preocupación. Hay un detalle documentado por varios medios mexicanos que retrata exactamente el tipo de vigilancia que tenía Sasha en esos años.
Cada vez que alguno de los tres hijos del primer matrimonio visitaba la casa, lo hacía con un notario o con un testigo. Cada conversación con el expresidente quedaba, si era posible, grabada o anotada. No iban a visitar al padre enfermo, iban a construir el expediente. El expediente que en 2004 iba a llegar a los juzgados con la acusación de que Sasha golpeaba al expresidente.
En el año 2003 la presión aumentó. Sasha empezó a recibir en su casa visitas legales que ella no esperaba. citatorios, preguntas, inspecciones. Por primera vez en 18 años de relación sintió que la tenían acorralada. Le contó a su hija Nabila para entonces tenía 18 años, que algo se estaba preparando.
Se lo contó también a sus pocas amigas cercanas en el medio artístico. Y lo que respondió el medio artístico mexicano fue el silencio. Porque meterse con una familia presidencial en México, aunque el presidente ya no fuera presidente, era un suicidio profesional. Nadie movió un dedo para defenderla. Nadie publicó una nota que dijera, “Aguanten, parece que están atacando a esta mujer injustamente.
” El silencio, ese silencio que tú conoces también, el silencio que acompaña siempre a las mujeres que molestan al poder. Quienes conocieron a Sasha en esos meses finales del 2003 la describen como una mujer que ya no se parecía a la vedet glamurosa que había dominado las pantallas del cine mexicano. Había adelgazado. Dormía poco.
Se había teñido el pelo oscuro, lejos del rubio que la había hecho famosa. Hoy cuidaba a su marido enfermo con una devoción que la vaciaba por dentro. Un hombre de 82 años con secuelas de un infarto cerebral no es un enfermo fácil. Hay momentos lúcidos y momentos de confusión. Hay días tranquilos y noches agitadas. Hay esfínteres que ya no responden.
Comidas que hay que triturar. Medicamentos que hay que administrar en horarios exactos. Todo eso lo hizo Sasha. a veces con ayuda, a veces sola. Y mientras tanto, los abogados contratados por los hijos del primer matrimonio construían en paralelo el expediente que iba a llegar a los tribunales en enero de 2004.
Hay un detalle de esos meses finales que la propia Sasha mencionó en una entrevista posterior. Ella tenía que documentar con testigos cualquier intervención que hacía en la casa, un cambio de tuberías, una reparación del techo o una compra de muebles nuevos. Cualquier gasto podía ser presentado después en el juicio, como uso indebido del patrimonio del expresidente.
Así que vivía como si tuviera una cámara detrás en todo momento. Vivía bajo sospecha en su propia casa, con su propio marido agonizando en la habitación de al lado. Esa es la escena que tienes que guardar. Esa mujer sola, cuidando a un hombre muy enfermo, rodeada de expedientes que se armaban contra ella, sin nadie en el medio artístico que levantara la voz por ella.
Esa era Sasha Montenegro en los últimos meses antes de la muerte de su marido. Y en ese silencio, en el último año de la vida de su esposo, Sasha entendió que la pelea no iba a terminar cuando él muriera. La pelea iba a empezar de verdad ese día. Si estas historias te importan, si sientes que estas vidas no deben olvidarse, o si crees que las mujeres que fueron silenciadas por apellidos poderosos merecen que alguien cuente lo que de verdad les pasó, suscríbete a este canal, activa la campanita, deja un comentario abajo con el nombre de tu
estado, de tu ciudad, del lugar desde donde estás escuchando. Esta familia crece gracias a ti y cada historia que contamos, cada nombre que recuperamos, cada mujer que dejamos de ser invisible, le debe mucho a la gente que nos comparte y nos defiende. Gracias por estar ahí. Gracias por escuchar hasta el final.
Ahora continuamos porque lo que viene es el juicio. El 17 de febrero de 2004, José López Portillo murió en el hospital español de la Ciudad de México. Tenía 83 años. La causa oficial fue complicaciones por neumonía derivadas del deterioro que arrastraba desde el infarto cerebral de 1999. Pero lo que pasó en los meses anteriores y lo que pasó después de su muerte es una de las partes más documentadas y menos contadas de esta historia.
En enero de 2004, un mes antes de morir, los tres hijos del primer matrimonio presentaron formalmente la demanda de divorcio en nombre de su padre. El argumento legal decía que Sasha Montenegro ejercía violencia doméstica contra el expresidente, que lo golpeaba, que lo insultaba, que su salud se había deteriorado por esa violencia.
La demanda iba acompañada de testimonios de personas cercanas, de médicos que habían atendido al expresidente, de empleados domésticos y pedía, como consecuencia del divorcio la devolución inmediata de los bienes donados, entre ellos la colina del perro. El problema legal era obvio. En enero de 2004 y José López Portillo ya no podía firmar una demanda de divorcio por sí mismo, ya no podía hablar con claridad, ya no tenía, según informes médicos posteriores, la capacidad plena para tomar decisiones legales de ese calado.
Entonces, ¿quién firmaba la demanda? la firmaba él con la asistencia de sus hijos y eso en derecho mexicano iba a ser el punto débil de toda la operación. Cuando López Portillo murió un mes después, la demanda quedó en un limbo legal. Una demanda de divorcio presentada por un hombre que ya estaba muerto no puede seguir su curso normal.
Pero los hijos con Margarita López Portillo detrás decidieron mantener la acción legal con otro argumento, pedir la anulación de las donaciones hechas por el expresidente Asasha durante los años en que, según ellos, ya no estaba en pleno uso de sus facultades. Empezó el juicio a un juicio que iba a durar 3 años, un juicio que Sasha Montenegro tuvo que enfrentar sola en la soledad casi total del medio artístico mexicano.
Un juicio que ella no esperaba ganar porque, como le dijo a su abogado en una de las primeras reuniones, aquí todos son los hijos del presidente. Yo soy solo la extranjera. Hay una imagen de esos últimos años que Sasha misma describió más de una vez en entrevistas posteriores, en programas como En compañía de con Gustavo Adolfo Infante y en Vidas Almite.
Ella dormía, según contó, en un sofá pegado a la cama de López Portillo durante las noches en que él estaba más agitado. Ella le daba de comer, ella le cambiaba los pañales, ella lo bañaba cuando él ya no podía ducharse solo. Y ella vivía con el teléfono lleno de mensajes de abogados, de citatorios, de notarios que iban a pedir firmas.
Yo lo único que quería era cuidarlo”, dijo ella una vez, “y me estaban haciendo un juicio por maltratarlo.” Esa contradicción, la de la mujer que limpia a su marido mientras le presentan una demanda por abuso, la marcó durante los años siguientes. En esas mismas entrevistas insistió en algo que pocos de sus detractores quisieron escuchar.
López Portillo, incluso después del infarto, seguía teniendo momentos de lucidez y en uno de esos momentos le dijo a ella que no hiciera caso a lo que estaba pasando con los abogados, que todo era obra de Margarita y de los hijos. Ella contó haber recibido esas palabras. Ella contó haberlas guardado como oro. Esas palabras años después las repetiría sola en esa casa vacía de Cuajimalpa, como si fueran su amuleto contra todo.
La primera instancia la perdió Sasha. El juez de familia dictaminó a favor de los hijos. La colina del perro tenía que volver a la familia López Portillo. Sasha apeló. La segunda instancia en el Tribunal Superior también la perdió y ahí parecía que todo estaba decidido. Dos fallos en contra. La presión mediática se multiplicó.
Las revistas empezaron a publicar titulares que decían, “Sasha, la golpeadora, pierde en los tribunales.” Todo parecía terminado, pero Sasha no se rindió. Llevó el caso al siguiente nivel, al nivel federal. Y ahí, en 2007, ocurrió algo que nadie, ni siquiera los abogados más optimistas, esperaba. Aquí viene lo tercero que te prometí, lo que Sasha descubrió el día que ganó el juicio federal.
¿Y por qué dijo con sus propias palabras que el expresidente no le dejó dinero, sino problemas y juicios terribles? Antes de que te cuente lo que pasó, adquiero que te acuerdes de algo que tú misma has vivido. Quizá no en tribunales, quizá en tu propia casa, quizá con tus propios hermanos después de que murió tu padre o tu madre.
Quizá con un cuñado que nunca te quiso, quizá con una familia política que siempre te vio como una intrusa. Tú sabes lo que se siente que después de dar años de tu vida, de cuidar a alguien hasta el último día, de aguantar lo que nadie aguantó, te digan que no eres de la familia, que no tienes derecho a nada, que te vayas con tu acento extranjero a otro lado.
El juicio federal de Sasha Montenegro dio un vuelco porque los abogados de la actriz presentaron pruebas que los tribunales inferiores no habían considerado. Pruebas médicas del estado mental real del expresidente cuando firmó la donación de la colina del perro y pruebas contables de todo el dinero que Sasha había invertido en el mantenimiento de la casa durante los años del matrimonio.
pruebas testimoniales de médicos, enfermeras y empleados que habían visto con sus propios ojos el cuidado que ella le daba al expresidente durante los 5 años de enfermedad y sobre todo presentaron una prueba que los hijos no habían esperado. el registro completo de las visitas de los tres hijos del primer matrimonio a la casa de Cuajimalpa durante los últimos 5 años de vida de su padre.
Las visitas documentadas fueron en total menos de 10 por hijo en 5 años a un padre enfermo. Menos de 10 visitas. Los abogados de Sasha hicieron en la Audiencia Federal un cálculo sencillo pero devastador. 5 años multiplicados por 52 semanas son 260 semanas. O si cada uno de los tres hijos visitaba al padre 10 veces en ese periodo, eso significaba una visita cada 26 semanas, una visita cada 6 meses.
Mientras tanto, Sasha había estado al lado del enfermo todos los días, todos los días, sin excepción. Y esos eran los hijos que ahora acusaban a esa mujer de maltratar a su padre, los que no iban nunca a verlo, los que solo aparecían cuando había documentos que firmar. El juez federal consideró todo eso y falló a favor de Sasha.
La colina del perro quedó como propiedad de ella. La donación fue confirmada. Las acusaciones de maltrato fueron desestimadas por falta de pruebas. Y lo que era quizás más importante simbólicamente, Sasha fue reconocida oficialmente como la viuda legítima de José López Portillo, con todos los derechos legales que esa figura implicaba en México, o incluyendo una pensión estatal que, según la ley mexicana de la época, se pagaba a las viudas de los expresidentes del país.
Ese día Sasha ganó en el aspecto jurídico. Ganó la casa, ganó el apellido, ganó la pensión estatal que equivalía a la mitad de lo que ganaba un secretario de Estado, y que ella recibiría desde ese momento hasta que otro presidente, Andrés Manuel López Obrador, decidiera en el año 2018 eliminar las pensiones a todos los expresidentes y sus viudas.
Durante esos 14 años, Sasha cobraría del Estado mexicano una pensión de 1,688,736 pesos anuales y acumularía en total cerca de 28,700,000. Esa es la cifra que años después AEM lo presentaría en una conferencia de prensa para justificar la cancelación del beneficio. Pero hay que detenerse aquí un momento porque esta cifra engañaba.
Engañaba entonces y engaña ahora. Porque esos 28 millones de pesos acumulados en 14 años no eran la herencia de un expresidente, eran una pensión estatal que le pagaba el gobierno mexicano a todas las viudas de expresidentes. Una prestación pública que no tenía nada que ver con la fortuna personal de López Portillo.
Y cuando Sasha hablaba del dinero de su esposo, lo hacía con una amargura que contrastaba brutalmente con la imagen pública que se había construido. Quizá tú has pensado alguna vez. Esta mujer se quedó con la fortuna de un expresidente de México. Quizá tú lo leíste en una revista, quizá lo escuchaste en la conversación de tus compañeras de trabajo.
Quizá lo supusiste tú sola. Lo que tú no sabías es que la propia Sasha Montenegro, mientras cierta prensa seguía repitiendo la etiqueta de cazafortunas, lo desmintió con sus propias palabras en entrevistas públicas. Escucha bien lo que ella misma dijo, porque esto cambia todo. En una entrevista dada años después del juicio, cuando le preguntaron qué le había dejado el expresidente como herencia privada, Sasha fue tajante.
“No me dejó dinero”, dijo. “me dejó problemas y juicios terribles.” Con esas palabras documentadas, publicadas por varios medios mexicanos, la viuda del expresidente más cuestionado de los años 80 resumió su paso por esa familia en una frase de nueve palabras: “Ni oro, ni mansiones múltiples, ni cuentas escondidas en Suiza, problemas y juicios.
” La fortuna privada de López Portillo, la que él había amasado durante décadas en la política mexicana, a se la quedaron los tres hijos del primer matrimonio. Eso es lo que nadie termina de entender sobre esta historia. La colina del perro, que era una propiedad concreta, una casa con papeles a nombre de ella, esa sí la conservó.
Pero todo lo demás, todas las inversiones, todas las cuentas, todos los bienes que López Portillo había acumulado como presidente de México, quedaron fuera del alcance de Sasha. Y ella no peleó por esa fortuna. renunció a seguir batallando por esa parte de la herencia, porque para pelear esa parte hubiera tenido que abrir otro juicio, otra ronda de demandas, otra etapa de desgaste público.
Y ella, a los 60 y pocos años, con dos hijos que querían tener vidas normales, dijo, “Basta. Quizá tú has tomado una decisión como esa en tu vida. Quizá tú dejaste de pelear por algo que legalmente era tuyo a cambio de paz. Y quizá tú te dijiste, “No vale la pena seguir en esto, aunque me lo deban.” Y quizá alguien en tu familia te dijo que eras tonta, que te estabas dejando, que debías exigir hasta el último centavo, pero tú sabías que la paz valía más que la victoria económica.
Eso hizo Sasha Montenegro con la herencia privada del expresidente. Exactamente eso. Me tocaron los ladridos decía ella. Y así fue. Le tocaron los ladridos de una jauría entera, pero al final los ladridos no se la comieron. Al final ganó la casa. Al final ganó el apellido. Al final ganó el derecho a decir, “Yo soy la viuda legítima del expresidente de México.
” Lo otro, la fortuna privada de él, lo dejó ir porque a esas alturas, después de 20 años peleando en silencio, había entendido algo que los abogados no entienden. “El dinero que te cuesta la paz es el dinero más caro del mundo.” y ella ya había pagado demasiado. Hay algo más que descubrió ese día en los papeles del juicio, algo que casi no se publicó porque los medios mexicanos estaban ya cansados del tema y preferían cambiar de noticia.
descubrió que durante los años en que ella estuvo casada con López Portillo, los tres hijos del primer matrimonio habían presentado varias solicitudes informales ante notarios en las que pedían que el expresidente revisara sus decisiones patrimoniales. Solicitudes que el expresidente había negado en vida una y otra vez.
Mientras él podía firmar y hablar, rechazó todos esos intentos. Sasha leyó esos papeles en el expediente y según le contó a una amiga cercana, esa fue la prueba que necesitaba, la prueba de que él, hasta el último día en que pudo pensar claramente, había elegido a ella, había elegido la casa, había elegido los hijos que habían tenido juntos, había elegido el matrimonio nuevo.
No hubo un momento de triunfo, no hubo champaña, no hubo fotos en los medios. Sasha salió del juicio y regresó a Cuajimalpa, a la casa que ahora era legalmente suya, pero que sin su marido era una casa llena de fantasmas. los pasillos donde él había caminado, la habitación donde él había dormido, el jardín donde él le había dicho poco antes del infarto que la colina del perro era su regalo más sincero.
Ahí se quedó con sus dos hijos, Nabila y Alexander, en silencio, sin decir ya nada. Lo que pasó con la colina del perro después, lo que pasó con Margarita López Portillo, lo que pasó con los tres hijos del primer matrimonio y lo que pasó con la propia Sasha en sus últimos años es la parte final de esta historia y es la parte donde las cosas se cierran en círculo, como se cierran siempre las historias que tienen verdad.
Aquí viene lo cuarto y último que te prometí. Margarita López Portillo no vio el final del juicio federal. Murió 2 años después que su hermano, el 8 de mayo de 2006 en la ciudad de México, a los 92 años murió de neumonía. Fue velada en el panteón francés, cremada el mismo día. Su hija María del Pilar y sus cuatro nietos la acompañaron en los últimos momentos.
La prensa mexicana publicó notas breves. Una nota importante en la revista Proceso recordaba justamente aquella frase suya del incendio de la Cineteca. Nadie presenta cuentas en este país. ¿Por qué las hemos de presentar nosotros? Ese fue el epitafio que los periodistas más críticos le pusieron. Ella, la gran vigilante del cine mexicano, la guardiana del apellido, la mujer que había dicho que su hermano merecía una esposa mejor que Sasha, murió sin ver el fallo federal que le dio la razón a la Bedet de Yugoslava.
Murió sabiendo que había perdido esa batalla. Los tres hijos del primer matrimonio, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina, siguieron con sus vidas. José Ramón, el subsecretario que su padre había llamado El orgullo de mi nepotismo, se dedicó a la consultoría. Carmen, Beatriz y Paulina mantuvieron un perfil bajo, apareciendo ocasionalmente en eventos sociales y culturales.
Ninguno de los tres publicó nunca unas memorias con su versión de los hechos. Ninguno de los tres dio una entrevista extensa defendiendo la demanda contra Sasha. El silencio que ellos guardaron después del fallo federal es quizás la prueba indirecta más clara de que el juicio no tenía los fundamentos que aparentaba tener.
Sasha Montenegro se retiró del cine y de los medios. En los años siguientes al fallo federal se mudó progresivamente a una casa más pequeña en Cuernavaca. La colina del perro se fue quedando sola sin el expresidente que la había construido, sin el cuidado diario que ella había puesto durante años. Los jardines se descuidaron, las habitaciones se cerraron.
Sasha decidió, cuando sus dos hijos ya eran adultos, que no quería morir en esa casa, que esa casa estaba demasiado llena de sombras. Nabila López Portillo, la hija mayor, se volvió artista plástica. Sus obras se exhibieron en galerías mexicanas y en algunas muestras internacionales. Mantuvo siempre un perfil muy discreto.
Casi nunca dio entrevistas, casi nunca apareció en la prensa y cuando lo hizo fue siempre para hablar de su trabajo, no de su familia. Alexander López Portillo, el hijo menor, se dedicó a la administración de los negocios familiares. Su vida también fue discreta. En 2014 tuvo un problema legal menor en Guaimás, Sonora, por conducir alcoizado.
La prensa mexicana aprovechó para sacar de nuevo la vieja historia de la familia. Sasha no comentó nada. Pagó lo que había que pagar. cerró el asunto. En los últimos años de su vida, Sasha Montenegro vivió retirada, pintando, escribiendo a ratos, recibiendo a pocos amigos, cuidando a sus dos hijos cuando la visitaban.
le diagnosticaron cáncer pulmonar poco antes de morir. Los médicos le dijeron que tenía meses. Ella le dijo a su hija Nabila quería irse tranquila, sin ruido, sin periodistas y sin la familia del primer matrimonio, aprovechando el momento para salir a decir cualquier cosa. Nabila lo prometió y lo cumplió. En esos últimos años, varios periodistas intentaron entrevistarla.
Querían su versión de la historia, ya lejos del juicio, ya muerta Margarita, ya envejecidos los tres hijos del primer matrimonio. Sasha se negó a casi todas las entrevistas. A los pocos que aceptó recibir les dio mensajes escuetos. dijo una vez que había escrito un libro de memorias, pero que no lo iba a publicar en vida, porque no quería darle a la prensa mexicana otro motivo para revivir el morvo viejo.
Dijo otra vez que estaba en paz, que había perdonado a todos, que no guardaba rencor. Pero también dijo, y esto es lo que más conmovió a quienes la escucharon, que si tuviera que volver a vivir su vida, lo volvería a hacer igual. O todo o menos casarme, matizó riéndose. Eso no me hacía falta. La casa, sí, el apellido, sí, los hijos, sí, el matrimonio, según ella, era lo único que podría haberse ahorrado, porque el matrimonio fue justamente lo que desencadenó la guerra final.
Hay quien se pregunta, leyendo esta historia si Sasha Montenegro fue ingenua, si no debió haber previsto que al entrar al círculo de un expresidente iba a chocar con una familia entera que no la iba a aceptar. La respuesta, si uno escucha con cuidado sus entrevistas, es que ella sabía exactamente dónde se estaba metiendo.
Lo dijo muchas veces. Sabía que los hijos de López Portillo no la iban a querer. Sabía que la prensa rosa la iba a maltratar. Sabía que iba a tener que aguantar años de desprecios. Lo que no sabía, a lo que nadie puede saber cuando decide casarse con un hombre 40 años mayor, es que iba a tener que pelear en tribunales los últimos años de su vida, la casa donde había criado a sus hijos.
El 14 de febrero de 2024, día de San Valentín, Sasha Montenegro sufrió un derrame cerebral en su casa de Cuernavaca. Murió pocas horas después. Tenía 78 años. El paralelismo con la muerte de su marido es imposible de ignorar. López Portillo había muerto en febrero de 2004 tras 5 años con secuelas de un infarto cerebral.
Sasha murió en febrero de 2024 por un accidente cerebrovascular fulminante. 20 años exactos entre una muerte y la otra, el mismo mes, el mismo tipo de diagnóstico. La mujer que lo había cuidado a él durante su enfermedad cerebral terminó muriendo de lo mismo, exactamente 20 años después, aun como si el cuerpo hubiera guardado el tipo de herida.
que había cuidado tantas noches y al final se hubiera roto por el mismo lugar. Nabila fue quien confirmó el fallecimiento a la prensa. Fue escueta, fue breve, cumplió la promesa. Los hijos del primer matrimonio no hicieron declaraciones. La colina del perro siguió y sigue bajo administración de los dos hijos de Sasha.
Ni los herederos del primer matrimonio ni los del segundo han salido a pelear por ella públicamente desde entonces. 20 años de pleitos y la casa terminó quedándose donde López Portillo quiso que quedara, en manos de la mujer que él eligió y después de ella en manos de los hijos que tuvieron juntos. Nabila cumplió 40 años el mes anterior al fallecimiento de su madre.
Alexander ya tenía 37. Los dos, o cuando la prensa intentó sacarles declaraciones durante los días del velorio, contestaron con una sola frase: “Respeten la memoria de nuestra madre”. Esa frase firme y corta fue la última batalla que los dos hijos de Sasha libraron contra el morbo de la prensa mexicana y la ganaron.
La prensa por primera vez en 40 años respetó. No publicó titulares sensacionalistas. No volvió a desenterrar los viejos pleitos. le dio a Sasha al final la dignidad de un silencio que ella había buscado todos los años anteriores y que el sistema le había negado. Hay un detalle que cierra la historia de una manera que casi parece inventada, pero que está documentado.
Durante los años de enfermedad de López Portillo, él dictó unas memorias pequeñas, fragmentarias. un libro que tituló Umbrales. En ese libro si cuenta su versión del encuentro con Sasha en Sevilla. Su versión es ligeramente distinta a la de ella. Él dice que no fue casualidad, que ya la conocía desde antes, que la vio y decidió acercarse porque llevaba tiempo pensando en hablarle.
Su versión tiene un tono de novela de cuento romántico construido por un hombre viejo, recordando a la mujer que eligió al final de su vida. Dos versiones del mismo encuentro. La de ella, casual en una procesión de Semana Santa. La de él premeditada con meses de preparación. La verdad, como siempre en estas historias, está probablemente en el medio.
Pero lo que importa no es la exactitud del encuentro. Lo que importa es lo que ese encuentro produjo durante las dos décadas siguientes. Tú la viste en la pantalla en los años 70. Tú la viste brillar o tú la viste convertirse en la vedet más famosa de México. Tú la viste aparecer después, en los años 90, al lado del expresidente en alguna fotografía social.
Y tú probablemente la juzgaste entonces, como la juzgó Medio México, como la juzgó la prensa rosa, como la juzgaron las amigas de tus amigas. La bedet que se quedó con el presidente, la extranjera que destruyó el matrimonio, la oportunista. Hoy con la historia entera frente a ti, esa mirada de entonces se cae sola, porque lo que entonces se veía como una bedet oportunista era una mujer que cuidó a un hombre enfermo hasta el último día.
Lo que entonces se veía como una extranjera cazafortunas era una mujer que renunció a pelear por la fortuna privada del expresidente para no seguir dando munición a los pleitos. o lo que entonces se veía como la destructora de un matrimonio. Era una mujer a la que, como ella misma dijo, le tocó el honor de acompañar a un hombre en sus horas más difíciles.
La distancia entre el titular de revista y la verdad en este caso, ocupa justamente 20 años, esos 20 años entre los dos febreros. Lo que hoy sabes después de toda esta historia es que nada de esa etiqueta era justa. Sasha Montenegro cuidó a un hombre enfermo durante 5 años mientras su familia política preparaba una demanda falsa para quitarle la casa.
Sasha a Montenegro dejó ir la fortuna privada de su esposo para comprarle paz a sus hijos. Sasha Montenegro murió en silencio, sin buscar reivindicación, sin salir a la prensa a cobrar facturas viejas. Esa mujer, la yugoslava que llegó a México en un barco en 1971 o terminó siendo la única de toda la historia que actuó con verdadera dignidad.
Y esa dignidad, la prensa de su época no supo verla. Volvamos a aquella calle empedrada de Sevilla en abril de 1984. Volvamos a esa tarde de Semana Santa. Las campanas de las procesiones sonando a lo lejos. Una actriz yugoslava paseando sola entre la gente sin saber que un hombre que había sido presidente de México estaba a punto de cambiarle la vida.
Un hombre que había prometido defender al peso mexicano como un perro y que había visto al peso derrumbarse en sus propias manos. Un hombre que construyó una casa y la llamó La Colina del Perro, como quien pone un nombre de advertencia a su propia historia. Un hombre que le dijo años después, imitándose a sí mismo.
En México ser presidente es ser un rey por 6 años, pero después lo decapitan. Ah, y a los ladridos les toca lo de adentro. Eso es lo que le pasó a Sasha Montenegro. Le tocaron los ladridos. La ladró la hermana del presidente desde el primer día. La ladraron los tres hijos del primer matrimonio durante 20 años.
La ladró la prensa rosa cada vez que tuvo oportunidad. La ladró industria del cine que la había usado hasta agotarla y después la dejó sola. La ladró un sistema político mexicano que no admitía intrusas en las familias del poder. Pero al final, Sasha Montenegro se quedó con la casa, se quedó con el apellido, se quedó con los hijos y se quedó también con la frase que le había regalado el hombre que amó.
La frase que ella repitió muchas veces como si fuera un pequeño epitafio. Me tocaron los ladridos. Así terminaba ella sus entrevistas sobre esa etapa de su vida. Me tocaron los ladridos y después sonreía con esa sonrisa amarga y digna de quien ya ha aprendido a reírse de las mordidas viejas. A ti que estás escuchando esto desde Guadalajara, desde Monterrey, desde Culiacán, desde Los Ángeles, desde Houston, desde Chicago, desde Bogotá, desde Buenos Aires, desde cualquier rincón de nuestra América, quiero decirte gracias por haber llegado hasta
aquí. Esta familia, esta gente que escuchamos estas historias juntas, honramos la memoria de mujeres como Sasha cada vez que un video como este llega a su final. Cuéntame en los comentarios cuál fue la primera película que tú recuerdas haber visto de ella. Cuéntame si la viste en el cine de tu barrio.

Cuéntame si a ti te tocó vivir la devaluación de 1982. Si perdiste ahorros en aquella época, cuéntame si en tu familia hubo alguna vez una mujer que fue tratada como intrusa por casarse con el hombre que amaba. De ahí vive esta comunidad, de las historias que tú me cuentas abajo. Sin tu voz estas historias no tienen sentido. La próxima semana vamos a entrar en otra casa, otra mansión, otra mujer a la que la familia de un hombre poderoso intentó borrar de la historia.
Lo que encontraron después de su muerte cambió la versión oficial que los medios habían impuesto durante 40 años. Te voy a contar quién era. Te voy a contar qué le hicieron y te voy a contar qué había dentro de esa casa cuando por fin pudieron entrar. Nos vemos el próximo