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Ernesto Zedillo: El CRIMEN de Acteal y el ROBO de IMPUESTOS… 30 Años de una VERDAD ATERRADORA

Pero aquí viene lo que casi nadie mira con suficiente atención. Cedillo llegó al poder marcado por una muerte que no era suya, por una campaña que no había nacido para él y por una silla presidencial que le cayó encima como una herencia envenenada. Ganó la elección de 1994. Sí. Entró a Los Pinos. Sí. Se colocó la banda presidencial. Sí.

Pero desde el primer día gobernó con una sombra detrás, la sombra de Colosio, la sombra de Salinas, la sombra de un sistema que lo había puesto ahí no por amor, sino por urgencia. Y la urgencia se convirtió en desastre. Diciembre de 1994, apenas unos días después de tomar posesión, México entró en una de las crisis económicas más brutales de su historia moderna.

El peso se desplomó, los ahorros se evaporaron, los créditos se volvieron una soga, los negocios pequeños empezaron a cerrar. Familias enteras descubrieron que la casa que estaban pagando ya no podían pagarla. Las deudas crecían de noche, como animales hambrientos. A eso le llamaron el error de diciembre, un hombre limpio, casi técnico, para describir algo que en la vida real se sintió como una caída al vacío.

Cedillo quería ser recordado como el hombre que controlaba la tormenta, pero la tormenta lo recibió en la puerta. Salinas, el mismo hombre que lo había impulsado, comenzó a señalarlo. La ruptura entre ambos no fue solo política. Fue una pelea por la memoria, por la culpa. ¿Por quién cargaría con el cadáver económico de México? Y Cedillo entendió algo que marcaría todo su sexenio.

Si quería sobrevivir, tenía que demostrar que no era el empleado de Salinas. Tenía que cortar cabezas simbólicas. Tenía que mostrar poder. En 1995, Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente, fue arrestado bajo acusaciones gravísimas. Para muchos fue justicia, para otros fue venganza. Pero para Cedillo fue algo más profundo, la señal de que ya no obedecía al viejo jefe, la señal de que el nuevo presidente estaba dispuesto a romper pactos si eso protegía su propia autoridad.

Pero el precio de la estabilidad apenas estaba comenzando, porque mientras México miraba la pelea entre los dos hombres del PRI, algo más oscuro se estaba preparando. una decisión financiera que convertiría las deudas privadas de los poderosos en una carga pública para millones y una estrategia de seguridad en Chiapas que, según documentos y testimonios terminaría rodeando a comunidades indígenas con miedo, vigilancia y muerte.

Cedillo no nació políticamente en una victoria, nació en un asesinato, creció en una crisis y aprendió a gobernar desde el pánico. Y cuando un hombre llega al poder creyendo que todo se puede justificar en nombre de la estabilidad, el país entero termina pagando la factura. Debajo de la imagen pública de Ernesto Cedillo había dos puertas cerradas.

Una llevaba al dinero, la otra llevaba a Chiapas. Y durante años, México miró solo la fachada. El presidente serio, el economista disciplinado, el hombre que hablaba de estabilidad mientras el país todavía temblaba por la crisis del peso. Pero detrás de esa palabra estabilidad se estaba preparando algo mucho más grande, algo que no se sintió como una política pública, se sintió como una condena.

Atención, porque aquí llega la primera verdad que casi nadie cuenta con toda su crudeza. Después del colapso de 1994, los bancos mexicanos estaban al borde del abismo. Muchos habían sido privatizados apenas unos años antes en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, vendidos a grupos poderosos que de pronto se encontraron con carteras podridas, créditos imposibles de cobrar.

negocios inflados, riesgos escondidos bajo alfombras de lujo. Y entonces Cedillo tuvo una opción. Podía dejar que los responsables pagaran el precio de sus decisiones. Podía obligar a los bancos y a los grandes deudores a asumir el golpe. Podía proteger primero a los ciudadanos que no habían provocado esa crisis.

No lo hizo. Eligió el camino que marcaría a México durante generaciones. El Foba Proa, un hombre frío, burocrático, casi inofensivo, como si fuera una oficina más, un trámite más, un mecanismo técnico que nadie tenía por qué entender. Pero ese nombre escondía una operación brutal, convertir deudas privadas en deuda pública.

De pronto, lo que habían perdido bancos, empresarios y grupos privilegiados empezó a pasar a la espalda de millones de mexicanos, personas que nunca firmaron esos créditos, niños que ni siquiera habían nacido, jóvenes que décadas después entrarían a trabajar sin saber que parte de sus impuestos ya tenía dueño desde antes de su primer salario.

Eso no fue solo rescatar bancos, fue cambiar el destino de un país con una firma. Al principio se habló de cifras manejables, se habló de orden, se habló de emergencia, pero detrás de las puertas cerradas, según informes y auditorías posteriores, aparecieron nombres, montos, garantías, expedientes que mostraban cómo una crisis podía convertirse en oportunidad para los más poderosos.

Se mencionaron 54 grandes grupos beneficiados. Se habló de 9,7,000 millones de dólares en garantías. Se habló de porcentajes escandalosos de deuda asociada a élites financieras y empresariales. Y aquí viene el detalle que debes guardar en la memoria. Mientras al pueblo se le pedía sacrificio, a otros se les ofrecía salvación. Piénsalo un momento.

Una familia común despertaba una mañana y descubría que su crédito se había vuelto impagable. El pequeño comerciante que había levantado su negocio durante 20 años veía como los intereses le devoraban el mostrador, la mercancía, la casa, la dignidad. Una madre hacía cuentas en una mesa de cocina y entendía que ya no alcanzaba.

Un padre miraba las llaves de una vivienda que tal vez tendría que entregar al mismo banco que acababa de ser rescatado con dinero público. Y al otro lado de la historia, en oficinas con aire acondicionado, los grandes nombres negociaban cómo sobrevivir sin pagar todo el costo. La estabilidad tenía un precio y no lo pagaron todos por igual.

Pero ese era solo el primer secreto. El segundo no estaba escrito en balances bancarios. Estaba escondido entre montañas, cafetales, caminos de lodo y comunidades indígenas que el centro del poder siempre miró desde lejos. Chiapas. Después del levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994, esa región dejó de ser una periferia olvidada y se convirtió en una amenaza política para el gobierno mexicano.

Ante las cámaras, el discurso era de diálogo, paz, negociación, palabras limpias, palabras necesarias, palabras que sonaban bien en los periódicos internacionales. Pero según documentos y reportes desclasificados años después, debajo de ese discurso se movía otra lógica, una lógica de vigilancia, de presión, de guerra de baja intensidad.

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