Esa mujer se llamaba Alexandra Asimovic Popovic, pero el mundo la conoció como Sasa Montenegro y su historia no empieza en México, no empieza en una película de ficheras, no empieza en una mansión de bosques de las lomas. Su historia empieza en un campo de concentración donde asesinaron a su familia, en una ciudad italiana donde nació siendo hija de refugiados yugoslavos, en un barco que cruzó el Atlántico llevándola a Argentina cuando tenía 6 meses en una provincia de Mendoza donde creció sin padre porque el
suyo murió cuando ella era una niña. Y en un vuelo de Buenos Aires a la Ciudad de México, donde una joven de 23 años llegó con una oferta de trabajo en el cine y nunca regresó. Porque la historia de Sasa Montenegro es la historia de una mujer que perdió todo antes de nacer, que nació en un país que no era el suyo, que creció en otro país que tampoco era el suyo, que triunfó en un tercero que la adoptó y la convirtió en símbolos de toda una generación, que se enamoró del hombre más poderoso de México, que fue
su amante durante una década mientras la esposa legítima miraba para otro lado, que le dio dos hijos que nacieron fuera del matrimonio, que esperó a que la primera esposa esposa muriera para casarse con él, que vivió en una mansión que el pueblo de México pagó con sus impuestos, que cobró una pensión millonaria durante 18 años como viuda de un expresidente y que cuando se la quitaron dijo que vivía de negocitos sin revelar cuáles.
Pero para entender como una refugiada yugoslava terminó siendo la amante de un presidente mexicano, hay que empezar donde todo empieza, en el dolor, en la pérdida, en el momento en que la historia de una familia se rompe para siempre y lo único que queda es huir. Bari, Italia, 20 de enero de 1946. La Segunda Guerra Mundial ha terminado hace menos de un año.
Europa es un cementerio que intenta reconstruirse y en un hospital de esa ciudad portuaria del sur de Italia nace una niña que no debería existir porque su familia, la familia Popovic, pertenecía a la aristocracia de Montenegro, la pequeña nación balcánica que formaba parte de Yugoslavia. Y esa familia fue asesinada en un campo de concentración durante la guerra.
Guarda ese dato porque define todo lo que viene después. La madre de Sasa, Silvia Popovic, sobrevivió al exterminio que destruyó a su familia. ¿Cómo lo hizo, nadie lo sabe con exactitud, pero sobrevivió y después de la guerra junto a su esposo Iboginasimovic huyó de Yugoslavia. Llegaron a Italia, se instalaron en Bari y ahí nació Alexandra, la hija de dos refugiados que habían perdido todo.
La hija de una familia aristocrática que pasó de tener nombre, tierra y posición a no tener nada más que la ropa que llevaban puesta y la certeza de que estaban vivos por un milagro que no tenía explicación. Pero Italia tampoco era el destino final. 6 meses después del nacimiento de Alexandra, el 18 de julio de 1946, la familia cruzó el Atlántico en un barco rumbo a Argentina.
como miles de europeos que después de la guerra buscaban en América la paz que Europa no podía darles. Llegaron a Buenos Aires, se instalaron en la provincia de Mendoza y ahí empezó una nueva vida que duraría poco porque el padre de Sasa, Ibohin, murió en Argentina cuando ella era pequeña.
Las circunstancias de su muerte no están claras en las fuentes públicas. Lo que sí se sabe es que la madre de Sasa, Silvia, se quedó sola con una hija pequeña en un país que no era el suyo, sin familia, sin red de apoyo, sin el hombre que la había acompañado desde Yugoslavia hasta Italia y desde Italia hasta Argentina.
Y Silvia hizo lo que las mujeres solas con hijos hacen cuando no tienen opciones. Se adaptó, se casó de nuevo, esta vez con un empresario argentino adinerado. Y de golpe la vida de la pequeña Alexandra cambió. Pasó de ser la hija de unos refugiados a ser la hijastra de un hombre rico. Pasó de la precariedad a la comodidad.
Tuvo una hermana menor, Andrea Silvia, fruto del segundo matrimonio de su madre. Estudió en Mendoza. Creció entre la cultura argentina y la memoria yugoslava que su madre mantenía viva con historias de una patría que ya no existía como la conocían. Alexandra era hermosa, incluso de niña. Su belleza llamaba la atención. Y cuando creció, esa belleza se convirtió en su pasaporte.
Participó en concursos de belleza, fue modelo. Empezó a aparecer en revistas. La joven yugoslava nacida en Italia y criada en Argentina era una combinación exótica que el mundo del espectáculo sudamericano no podía ignorar. Pero Argentina se le quedó chica, o más exactamente, Argentina no le ofrecía lo que ella quería.
Quería cine, quería fama, quería la pantalla grande. Y en 1969, a los 23 años recibió una oferta de trabajo que cambiaría su vida para siempre. Una oferta de México de la industria cinematográfica mexicana que en ese momento estaba entrando en una nueva era, la era de las ficheras. Alexandra tomó un vuelo de Buenos Aires a la Ciudad de México.
Llegó con una maleta, un acento raro que mezclaba el español argentino con ecos de los Balcanes y la certeza de que no iba a volver. Y no volvió nunca. México se convirtió en su país, en su hogar, en el escenario donde construiría una carrera que la haría famosa, la haría rica, la haría polémica y la haría la viuda más odiada y más envidiada de la política mexicana.
Lo primero que hizo en México fue cambiar de nombre. Alexandra Asimovic Popovic no cabía en una marquesina de cine. Necesitaba algo más corto, más sonoro, más vendible. Eligió Sasa, el diminutivo servocroata de Alexandra, y Montenegro, el nombre español del país de origen de su familia. Sasa Montenegro, un nombre que sonaba a estrella de cine europeo, pero que se pronunciaba con la facilidad del español mexicano.
Un nombre que se quedaría grabado en la memoria de una generación entera de hombres que iban al cine no por las historias, sino por ella. Empezó con fotonovelas y modelaje. Las fotonovelas eran enormemente populares en México en los años 70. Historias de amor ilustradas con fotografías donde los actores posaban con expresiones exageradas y los diálogos se escribían en globos como en las historietas.
Sasa posaba para esas revistas con una naturalidad que las otras modelos no tenían. Su rostro era diferente. Sus rasgos europeos la hacían destacar en un medio dominado por caras mexicanas. Era exótica, era nueva, era lo que el mercado necesitaba. En 1972 dio su primer paso en el cine con un sueño de amor, una película protagonizada por José José, el príncipe de la canción, que en ese momento era el cantante más popular de México.
Después vinieron las películas del Santo, el luchador enmascarado más famoso del mundo, Santo contra la magia negra en 1973 y Santo y Blue Demon contra el Dr. Frankenstown en 1974. No eran grandes producciones, eran películas de serie B, rápidas, baratas, entretenidas, pero le dieron experiencia frente a la cámara, le enseñaron a moverse, le enseñaron el oficio y entonces llegó 1975 y con 1975 llegó la película que lo cambió todo, no solo para Sasa, para el cine mexicano, Bellas de noche.
Fue la primera película del llamado Cine de ficheras, un género que durante los siguientes 15 años dominaría las taquillas mexicanas con una fórmula simple: mujeres hermosas, humor vulgar, escenas de y tramas ambientadas en cabarets, cantinas y casas de citas donde las mujeres trabajaban como ficheras, acompañantes que cobraban por bailar y beber con los clientes.
Sasa Montenegro se convirtió en la reina de ese género, no porque fuera la mejor actriz, no porque tuviera el mejor cuerpo, sino porque tenía algo que las demás no tenían, una combinación de sensualidad europea y de esparpajo mexicano que resultaba irresistible para el público. Era hermosa, pero no inalcanzable. Era sexy, pero no vulgar.
Era extranjera, pero hablaba como mexicana. Era la fantasía perfecta para millones de hombres que iban al cine de la esquina cada viernes con sus amigos a ver películas que sus esposas jamás habrían aprobado. Después de Bellas de noche vinieron decenas de películas más. Pedro Navaja, Playa Prohibida, Las Cariñosas, Noches de Cabaré, Las Perfumadas y así una tras otra hasta sumar más de 80 películas según sus propias cuentas. 80.
Una cifra que incluso para los estándares del cine mexicano de esa época donde las películas se filmaban en semanas es impresionante. Sasa trabajaba sin parar. Produjo cinco obras de teatro, hizo más de 100 días de palenque durante 5 años. Hizo fotonovelas. Hizo telenovelas, incluyendo Las Vías del amor en 2002, donde interpretó a la villana Catalina Valencia y ganó el premio Tinovelas a mejor actriz antagonista en 2003.
era una máquina de trabajo, una mujer que generaba dinero en cada formato que existía. Y en medio de todo eso, dijo algo que se convertiría en su frase más célebre y su contradicción más deliciosa, odio desnudarme. Odio desnudarme. La mujer que se había más de 80 películas. La reina del cine mexicano. El cuerpo más fotografiado de los años 70 y 80.
Esa mujer odiaba. Era verdad. Era un acto de autoprotección emocional. Era la manera de separar a la persona de la imagen. Probablemente era todo al mismo tiempo, porque las actrices que se desn en pantalla no lo hacen porque les guste, lo hacen porque es lo que la industria les pide, lo hacen porque es la única puerta que se abre.
Lo hacen porque el talento solo no basta cuando eres mujer en una industria controlada por hombres que prefieren tu cuerpo a tu actuación. Y Sasa lo sabía, lo supo desde el principio, pero lo hizo de todos modos porque la alternativa era volver a Argentina, volver a ser Alexandra Asimovic, volver a ser la hija de unos refugiados yugoslavos que nadie conocía y eso no era una opción.
No para una mujer que había cruzado un océano buscando fama. No para una mujer cuya familia había sido destruida en un campo de concentración y que había aprendido desde la cuna que la supervivencia requiere sacrificios que nadie más entiende. Pero mientras Sasa reinaba en las pantallas del cine de ficheras, mientras millones de hombres pagaban por verla en una película que ella odiaba filmar, la vida le preparaba un encuentro que haría que todo lo anterior pareciera un ensayo, un ensayo para la verdadera película de su vida. Una película que no
se proyectaría en ningún cine, que se viviría en mansiones, en viajes internacionales, en cenas con presidentes, en noches con un hombre 24 años mayor que ella, que tenía el poder de cambiar el destino de un país entero y que usó parte de ese poder para cambiar el destino de ella. Porque en 1984, en las calles de Sevilla, España, durante las procesiones de Semana Santa, una vedet mexicana de origen yugoslavo escuchó una voz que la llamaba por su nombre.
volteó y vio al hombre que durante los siguientes 20 años sería su amante, su esposo, el padre de sus hijos, su benefactor, su condena y su herencia. José López Portillo expresidente de México, el hombre que lloró como un perro en televisión y que ahora, dos años después de dejar el poder, miraba a Sasa Montenegro con los ojos de un hombre que lo había perdido todo, menos la capacidad de enamorarse.
Para entender lo que significaba enamorarse de José López Portillo en 1984. Primero hay que entender quién era José López Portillo, no el hombre, el símbolo, porque López Portillo no era un expresidente cualquiera, era el expresidente más odiado de México. Había gobernado el país de 1976 a 1982. 6 años que empezaron con la promesa de administrar la abundancia gracias al petróleo y que terminaron con la peor crisis económica que México había vivido en décadas.
Devaluó el peso, nacionalizó la banca, desató una inflación que devoró los ahorros de millones de familias y el primero de septiembre de 1982, en su último informe de gobierno, lloró en televisión nacional. Lloró el presidente de México llorando frente a las cámaras mientras decía, “Soy responsable del timón, pero no de la tormenta.
” Y después pronunció la frase que México nunca le perdonó. defenderé el peso como uno. Esas tres palabras se convirtieron en su epitafio político. México no lo llamó el expresidente, lo llamó el presidente que lloró como un y cuando construyó una mansión lujosísima en bosques de las lomas, mientras el pueblo que gobernó se quedaba sin dinero, el pueblo bautizó esa mansión con la crueldad perfecta que solo los mexicanos saben ejercer, la colina del perro.
Ese era el hombre que Sasa Montenegro encontró en Sevilla, un hombre que dos años antes había sido el más poderoso de México y que ahora era el más despreciado. Un hombre de 62 años que viajaba por Europa escapando de la vergüenza. Un hombre que tenía esposa en México, Carmen Romano, la primera dama que había fundado el DIF, con quien había tenido tres hijos, Carmen Beatriz, Paulina y José Ramón.

Un hombre que oficialmente seguía casado, que oficialmente era padre de familia. que oficialmente era un político retirado que debía guardar las formas, pero López Portillo nunca guardó las formas porque López Portillo era, además de político, un seductor, un hombre que según sus propios biógrafos tenía una personalidad arrolladora, alto, corpulento, con presencia, con cultura, con un encanto que no venía de la belleza física, sino de algo más profundo, una seguridad en sí mismo que no necesitaba la presidencia para
existir. una forma de mirar a las mujeres que las hacía sentir que eran las únicas en la habitación. Sasa lo describió años después en una entrevista en el programa en compañía de No era un hombre que dijeras guapo, pero era un señorón con mucha presencia, con una gran personalidad, obviamente con una gran cultura.
Era un hombre encantador y añadió algo que revelaba la naturaleza de la atracción. Era un hombre maduro, fuerte, que hacía mucho ejercicio, un conquistador nato. Y de todo lo que yo conocía, esto era algo diferente. Algo diferente. SAS, que para 1984 llevaba 15 años en México, que había conocido a decenas de hombres en la industria del espectáculo, que había sido cortejada por actores, productores, empresarios, que era una de las mujeres más deseadas del país, decía que López Portillo era algo diferente, no por su aspecto, por su poder, porque el poder,
incluso cuando ya no se ejerce, deja un residuo, un aura, una forma de caminar, de hablar, de ocupar el espacio que solo tienen las personas que han mandado sobre millones. Después de Sevilla se reencontraron en Roma. López Portillo tenía una versión diferente del primer encuentro.
En su libro Umbrales sugirió que no fue un encuentro casual, sino un reencuentro, que ya se conocían de antes, que la conexión venía de lejos, pero la versión de Sasa siempre fue la de Sevilla, la de las procesiones de Semana Santa, la de la voz que la llamó por su nombre entre la multitud. Sea cual sea la versión correcta, lo que siguió fue un romance que duraría dos décadas.
Un romance que empezó en secreto, que se mantuvo en secreto durante años, que produjo dos hijos en secreto y que solo dejó de ser secreto cuando ya era imposible seguir fingiendo, porque Sasa quedó embarazada casi inmediatamente. En enero de 1985, menos de un año después del encuentro en Sevilla, nació Navila, la primera hija de Sasa Montenegro y José López Portillo, una niña que nació siendo hija de una vedet y de un expresidente casado con otra mujer, una niña que nació marcada por el escándalo antes de abrir los ojos. Dos años después, en
1987, nació Alejandro, el segundo hijo, otra vez fuera del matrimonio, otra vez mientras López Portillo seguía oficialmente casado con Carmen Romano, otra vez retando a una sociedad mexicana que en los años 80 todavía fingía escandalizarse con las infidelidades de los poderosos, aunque las tolerara en silencio. Y México lo supo.
Todo México lo supo porque en un país donde los chismes viajan más rápido que las noticias, la relación entre la reina del cine de ficheras y el expresidente más polémico del siglo no podía mantenerse oculta. Era un secreto a voces, como lo describieron múltiples fuentes. Todo el mundo sabía, todo el mundo comentaba, pero nadie publicaba porque López Portillo, aunque ya no fuera presidente, seguía teniendo poder, seguía teniendo contactos, seguía teniendo la capacidad de hacer que ciertas cosas no se imprimieran en los periódicos. Carmen
Romano, la esposa legítima, la primera dama que había creado el DIF, la mujer que había sonreído junto a López Portillo en las fotos oficiales con Jimmy Carter en la Casa Blanca, vivía la humillación más larga de su vida. Su esposo tenía otra mujer, su esposo tenía hijos con otra mujer. Todo México lo sabía y ella tenía que fingir que no pasaba nada.
Según el libro La suerte de la consorte, cuando López Portillo fue elegido presidente en 1976, la pareja ya estaba separada. De hecho, vivían bajo el mismo techo, pero no como marido y mujer. El matrimonio era una fachada política que se mantenía porque un presidente mexicano no podía divorciarse en los años 70 sin destruir su carrera.
Carmen aguantó durante el sexenio, aguantó después del sexenio. Aguantó mientras Sasa tenía hijos con su marido. Aguantó hasta que no pudo más. El divorcio entre López Portillo y Carmen Romano se formalizó en 1991, 9 años después de que él dejara la presidencia, 7 años después de que empezara la relación con Sasa, 6 años después del nacimiento de Navidad, Carmen Romano firmó los papeles y se fue.
Moriría años después, pero nunca perdonó la humillación. Con el camino libre, Sasa y López Portillo se casaron por lo civil en 1995, 14 años después de que él dejara la presidencia, 11 años después de que se conocieran en Sevilla, 10 años después del nacimiento de su primera hija. El expresidente tenía 75 años, Sasa tenía 49.
La diferencia de 24 años que lo separaba cuando se conocieron seguía ahí, pero ahora pesaba más, porque un hombre de 75 años no es un hombre de 62 y las consecuencias de esa diferencia se manifestarían pronto. La boda fue en la residencia del expresidente en Cuajimalpa. Asistieron los hijos de ambos, los tres hijos de López Portillo con Carmen Romano y los dos hijos con Sasa, una familia ensamblada a la fuerza, unida por un hombre que había dividido su vida entre dos mujeres y que ahora, al final de sus años, intentaba juntar los pedazos. Y como regalo de
bodas, como símbolo de un amor que había sobrevivido a una década de clandestinidad, López Portillo le dio a Sasa la propiedad que definiría su vida para siempre. La colina del perro, la mansión en Paseo de los Laureles 268, Bosques de las Lomas, Coajimalpa, 5200 m² de terreno, un conjunto de construcciones lujosas que el expresidente había mandado edificar durante los últimos meses de su sexenio, cuando el país se hundía en la crisis y él se construía un palacio.
La propiedad era el símbolo más visible de la corrupción lópez Portillista, el monumento que México señalaba cada vez que quería recordar lo que pasa cuando un presidente pone sus intereses por encima de los del pueblo. Y ahora esa propiedad era de Sasa. Sasa misma reconoció años después que la relación con la colina del perro fue compleja.
Dijo en una entrevista. Nunca supe cuáles eran sus bienes. Nunca estuve enterada. Creo que a la fecha tampoco sé. dijo que más allá de la colina del perro nunca supo realmente cuánto dinero tenía López Portillo ni dónde lo tenía y que la colina del perro fue todo lo que suceso le dejó cuando aún estaba vivo, como una donación.
Esa declaración es reveladora porque sugiere que Sasa no fue la mujer calculadora que muchos imaginaban. No fue la Bedet que se casó con el expresidente para quedarse con su fortuna. Fue una mujer que recibió una propiedad y que no sabía nada más, que vivió con un hombre poderoso, sin enterarse de sus finanzas, que confió en que el amor era suficiente y que cuando el amor terminó descubrió que no le habían dejado casi nada.
O al menos eso es lo que ella dijo, porque las versiones de los hijos de López Portillo con Carmen Romano eran diferentes. Ellos veían a Sasa como la intrusa que les había robado al padre, como la amante que había destruido el matrimonio de sus padres, como la mujer que se había quedado con la propiedad más valiosa de la familia.
Y cuando López Portillo empezó a declinar, cuando su salud empezó a fallar, la guerra por el patrimonio se volvió feroz. En el año 2000, López Portillo sufrió un derrame cerebral. Tenía 80 años. El derrame lo dejó disminuido, no completamente incapacitado, pero sí debilitado. Su capacidad cognitiva se afectó, su movilidad se redujo.
El hombre que había sido presidente de México, que había gobernado a 70 millones de personas, que había tomado decisiones que afectaron la vida de todo un país, ahora dependía de otros para las cosas más básicas. Ese mismo año 2000, Sasa y López Portillo se casaron por la iglesia, una ceremonia religiosa que formalizaba ante Dios lo que el civil había formalizado ante la ley 5 años antes.
Era un gesto simbólico, un intento de darle al matrimonio la solidez espiritual que quizá necesitaba para sobrevivir lo que venía, porque lo que venía era la guerra familiar más despiadada que los López Portillo habían vivido. Margarita López Portillo, hermana del expresidente, se convirtió en el enemigo principal de Sasa.
Margarita nunca aceptó a la vedet, nunca la consideró digna de su hermano, nunca la vio como esposa legítima, sino como la amante que había logrado ponerse un anillo. Y cuando el derrame cerebral debilitó a José López Portillo, cuando el expresidente ya no podía tomar decisiones con la misma claridad de antes, Margarita vio su oportunidad. Según Sasa, fue Margarita quien presionó a López Portillo para que le pidiera el divorcio.
Lo empujó, lo manipuló, aprovechó su estado de salud debilitado para convencerlo de que Sasa no era buena para él, que lo estaba usando, que se iba a quedar con todo. Y López Portillo, el hombre que una vez gobernó un país, el hombre que lloraba defendiendo el peso como un perro, se dio ante la presión de su hermana. En 2004, poco antes de morir, López Portillo inició un proceso de divorcio contra Sasa.
O más exactamente, su familia inició el proceso usando su nombre. Sasa dijo que la intención real no era el divorcio. La intención era quitarle la colina del perro. Dijo, “El juicio de divorcio que la familia orquestó fue con la intención de quitarme ese bien inmueble.” Pero Sasa peleó, contrató abogados, presentó pruebas, argumentó que el divorcio era ilegal porque López Portillo no estaba en condiciones de tomar esa decisión, que su estado de salud le impedía consentir válidamente, que la familia lo estaba manipulando y
ganó. Según sus propias declaraciones, los magistrados federales no la divorciaron. El juicio fue resuelto a su favor. El divorcio no se concretó. Sasa seguía siendo la esposa legítima de José López Portillo. Y entonces, antes de que la familia pudiera apelar, antes de que los abogados pudieran presentar un nuevo recurso, antes de que la guerra legal pudiera continuar, López Portillo murió. 17 de febrero de 2004.
José López Portillo de León, expresidente de México, falleció a los 83 años de edad. Había gobernado al país de 1976 a 1982. Había vivido 22 años después de dejar el poder. Había tenido dos esposas, seis hijos, una mansión que el pueblo bautizó con desprecio, una carrera política que terminó en vergüenza y un amor tardío con una bedet yugoslava que lo acompañó durante los últimos 20 años de su vida.
Y como el divorcio no se había concretado, como los magistrados habían fallado a favor de Sasa, como ella seguía siendo legalmente su esposa al momento de su muerte, Sasa Montenegro se convirtió oficialmente en la viuda del expresidente. La viuda, no la amante, no la fichera, no la intrusa, la viuda con todos los derechos que esa palabra implica en México, incluyendo el más importante de todos, la pensión.
Porque en México las viudas de los expresidentes tienen derecho a una pensión vitalicia pagada por el Estado, una pensión que sale del herario público, del dinero de los contribuyentes, del dinero del pueblo que López Portillo había traicionado 22 años antes cuando devaluó el peso y se construyó una mansión mientras ellos perdían sus ahorros.
Y Sasa cobró esa pensión, la cobró religiosamente durante 14 años, de 2004 a 2018, cada mes, sin falta, un total estimado de casi 29 millones de pesos. 29 millones de pesos del pueblo mexicano para la viuda del presidente que hundió la economía del país. Piensa en la ironía, el pueblo paga para que la amante del presidente que los arruinó viva cómodamente.
Los impuestos de los mismos mexicanos que perdieron sus ahorros por culpa de López Portillo financian la vida de la mujer con la que López Portillo los traicionó doblemente. Primero como presidente corrupto y después como esposo infiel. La pensión se dividió entre las dos viudas reconocidas, Carmen Romano y Sasa Montenegro. Cada una recibía la mitad.
Cuando Carmen Romano murió, la totalidad pasó a Sasa. Según SDP Noticias, la pensión anual era de aproximadamente 1,668,000 pes. Pero en 2018, cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia, una de sus primeras medidas fue revisar las pensiones de los expresidentes y sus familias.
Y en una de sus famosas mañaneras, AMLO expuso públicamente la pensión que Sasa Montenegro recibía, la puso en la pantalla, le enseñó al pueblo cuánto dinero del herario se iba cada mes a la cuenta de la viuda de López Portillo. La reacción del público fue brutal, las redes sociales se incendiaron, los comentarios eran despiadados.
¿Por qué seguimos pagándole a la fichera? El perro se murió, pero la perrera sigue abierta. 29 millones de pesos para la amante del presidente corrupto. El odio acumulado durante décadas contra López Portillo se redirigió contra Sasa. Ella se convirtió en el blanco más fácil, la mujer que representaba todo lo que la gente odiaba del viejo régimen priista, la corrupción, el exceso, la impunidad, la desvergüenza. La pensión fue cancelada.
De un día para otro, Sasa dejó de recibir el dinero que durante 14 años había sido su principal fuente de ingresos. Y cuando un reportero le preguntó cómo iba a vivir sin la pensión, su respuesta fue tan misteriosa como reveladora. Tengo negocitos. No dijo cuáles, no dio detalles, solo dijo que tenía negocitos.
Así en diminutivo, como si la vida después de la pensión fuera pequeña, manejable, suficiente. La jornada confirmó que Sasa se había dedicado al negocio de bienes raíces en los años posteriores al retiro de las cámaras, que vendía y rentaba propiedades, que se las arreglaba, que no vivía en la miseria, pero que tampoco vivía como cuando cobraba la pensión.
Y mientras Sasa se adaptaba a la vida sin pensión, la colina del perro vivía su propio calvario. Porque la mansión que López Portillo le había regalado, la propiedad de 5200 m² que el pueblo odiaba como símbolo de corrupción, ya no era lo que había sido. El terreno había sido vendido en 2013 a un desarrollador inmobiliario.
La mansión fue demolida en 2018. Los muros que habían sido testigos de la relación más escandalosa entre el espectáculo y la política mexicana cayeron bajo el peso de las retroescavadoras y sobre esos cimientos, un desarrollador planeó construir una torre de departamentos de lujo, pero la torre también se metió en problemas. En 2019, el gobierno de la Ciudad de México inició un juicio de lesividad contra la construcción.
Claudia Sainba, entonces jefa de gobierno, ordenó una revisión del proyecto. Alejandro García Robles, es director de instrumentos para el desarrollo urbano, fue detenido por uso indebido de facultades relacionadas con el permiso de construcción, aunque fue liberado en 2023. La colina del perro era como una maldición.
Todo lo que se construía ahí, todo lo que se intentaba ahí, terminaba en problemas, como si la tierra misma estuviera contaminada por la historia que cargaba, como si los fantasmas del sexenio de López Portillo no permitieran que nada bueno creciera sobre los cimientos de su corrupción, Sasa se quedó sin mansión, sin pensión, sin el hombre que le había dado ambas cosas y con dos hijos que heredaron un apellido que en México era sinónimo de vergüenza nacional.
Nabila López Portillo Asimovic creció alejada de los reflectores, se dedicó al arte, se convirtió en artista plástica. Realizó diversas exposiciones, la primera en 2013 después de haber estudiado con Eugenia Orozco. Las pocas veces que aparecía en público era acompañando a su madre. Nunca buscó la fama, nunca quiso ser actriz, nunca quiso repetir la historia de Sasa, eligió la pintura, eligió el silencio, eligió un camino donde el apellido López Portillo no pesara tanto como en la política o en el espectáculo. Alejandro López Portillo
Asimovic tuvo una trayectoria más turbulenta. En 2014 fue detenido en Guaimas, Sonora, por conducir en estado de evriedad. El incidente fue reportado por la policía municipal y llegó a los medios. El hijo del expresidente más odiado de México, el nieto político del hombre que lloró como un perro detenido por manejar borracho en una ciudad del norte de México.
Era el tipo de noticia que la prensa devora y que las redes sociales convierten en memé en cuestión de minutos. Navila y Alejandro heredaron la colina del perro cuando López Portillo murió, pero la propiedad ya no valía lo que había valido. Y cuando fue vendida y demolida, lo que quedó fue un terreno en litigio y la memoria de una mansión que todo México recordaba como el monumento más sostentoso a la corrupción presidencial.
Y Sasa, la mujer que había vivido en esa mansión, la que había dormido en esas habitaciones, la que había caminado por esos jardines del brazo de un expresidente, se fue apagando en silencio. Se mudó a Cuernavaca, se alejó de las cámaras, se alejó de la Ciudad de México, se alejó de todo lo que le recordaba la vida que tuvo y que ya no tenía.
Su última aparición televisiva fue en 2018 en el programa matutino Hoy de Televisa. Tenía 72 años. Se veía diferente, más delgada, más cansada, con los ojos que ya no brillaban como en las películas de ficheras, pero con la misma dignidad con la que había enfrentado cada humillación, cada titular despiadado, cada comentario en redes sociales que la llamaba fichera, amante, aprovechada, mantenida.
Y después de esa aparición, silencio. 6 años de silencio. 6 años en los que nadie supo dónde estaba, cómo vivía, qué hacía. 6 años en los que Sasa Montenegro fue olvidada por el mismo público que la había adorado y después despreciado, hasta que la muerte vino a recordarles a todos que alguna vez existió. Los últimos años de Sasa Montenegro fueron los más silenciosos de toda su vida.
Y eso viniendo de una mujer que había pasado cinco décadas frente a cámaras, frente a públicos, frente a flaszazos de paparazzi, frente a reflectores que la seguían desde que tenía 23 años, era un silencio ensordecedor. Se instaló en Cuernavaca, Morelos, la ciudad de la eterna primavera. Una ciudad donde los expresidentes, los políticos retirados, los artistas que buscan paz y los empresarios que huyen del ruido de la capital van a esconderse.

Cuernavaca era perfecta para Sasa porque ofrecía exactamente lo que ella necesitaba, invisibilidad. En la Ciudad de México la reconocían. En Cuernavaca podía ser una señora más que caminaba por las calles sin que nadie le pidiera una foto ni le gritara un insulto. vivía con sus negocitos, esos pequeños negocios que nunca quiso revelar, que probablemente tenían que ver con bienes raíces, como confirmó la jornada, que probablemente le daban para vivir con modestia, pero no con lujo, que probablemente le alcanzaban para pagar la renta, para comer, para
mantener una dignidad que no dependiera de la pensión de un presidente muerto ni de la caridad de una industria que la había exprimido y desechado. Sus hijos la acompañaban. Nabila la plástica que había elegido los pinceles en lugar de las cámaras. Alejandro, el que una vez fue detenido por manejar ebrio en Sonora, pero que después de eso había intentado mantener un perfil bajo.
Los dos hijos que nacieron siendo un escándalo y que habían aprendido a vivir con un apellido que en México era más una carga que un privilegio. Y mientras la vida pasaba en silencio en Cuernavaca, el cáncer llegó como llega siempre, sin anuncio, sin invitación, sin la cortesía de avisar que viene a destruir lo que queda.
Cáncer de pulmón, la enfermedad que se instala en el órgano que te permite respirar y que poco a poco te va robando el aire hasta que no queda nada. No se sabe exactamente cuando fue diagnosticada. Las fuentes dicen desde hace varios años, lo que sugiere que Sasa convivió con la enfermedad durante un tiempo largo antes de que la matara.
Convivió con ella en silencio, sin comunicados de prensa, sin entrevistas lacrimógenas, sin campañas de concientización, sin convertir su enfermedad en espectáculo, como hacen tantos famosos que usan el cáncer como contenido para redes sociales. Sasa se enfermó como vivió sus últimos años en privado, sin cámaras, sin público, sin aplausos ni abucheos.
Solo ella, sus hijos y una enfermedad que no le importaba si la paciente había sido la reina del cine de ficheras o la viuda de un expresidente o la mujer más deseada de los años 70. El cáncer no distingue entre famosas y anónimas, devora a todas por igual. Y mientras el cáncer avanzaba, mientras los pulmones de Sasa iban perdiendo la batalla centímetro a centímetro, el mundo seguía girando sin acordarse de ella.
Los programas de espectáculos hablaban de otras cosas. Las redes sociales se obsesionaban con otros escándalos. Las nuevas generaciones ni siquiera sabían quién era Sasa Montenegro. Para los jóvenes de 2024, el cine de ficheras era algo que sus abuelos mencionaban con una sonrisa pícara y que ellos no tenían interés en investigar.
Sasa Montenegro se estaba muriendo y México no lo sabía o no le importaba o ambas cosas. Y entonces llegó el 14 de febrero de 2024, día de San Valentín. El día del amor, el día en que las parejas se regalan flores, se escriben cartas, se dicen, “Te quiero con la urgencia de quien sabe que el amor tiene fecha de vencimiento, aunque no quiera admitirlo.
” Esa mañana en Cuernavaca, Sasa sufrió un derrame cerebral, un derrame provocado por el cáncer de pulmón que llevaba años consumiéndola. El cuerpo que durante décadas había sido el más fotografiado de México. El cuerpo que se había desnudado en más de 80 películas mientras su dueña juraba que odiaba desnudarse, el cuerpo que un expresidente había deseado con la intensidad con la que deseaba el poder, ese cuerpo finalmente se rindió.
Sasa Montenegro murió la noche del 14 de febrero de 2024. Tenía 78 años. Murió el día del amor, como si el universo quisiera cerrar su historia con un último acto de ironía poética. La mujer que fue amada y odiada en partes iguales. La mujer que conoció el amor prohibido y el amor público y el amor que se convierte en guerra legal.
Esa mujer murió el día que el mundo celebra el amor. La Asociación Nacional de Intérpretes fue la primera en confirmar la noticia. Después habló Navida, su hija a través del periodista Carlo Uriel. Me acaban de informar el sensible fallecimiento de la actriz Sasa Montenegro debido a un derrame cerebral provocado por un agresivo cáncer en los pulmones.
Y México, que la había olvidado durante 6 años, de pronto se acordó de ella. Los noticieros interrumpieron su programación. Los programas de espectáculos dedicaron segmentos especiales. Las redes sociales se llenaron de fotografías de la Sasa de los 70, la Sasa Joven, la Sasa hermosa, la que posaba en las portadas de las revistas con una sonrisa que prometía todo y no cumplía nada.
Los hass con su nombre llegaron a los trending topics y los mismos mexicanos que durante años la habían llamado fichera, amante, mantenida, aprovechada, de pronto la llamaban icono, leyenda, mujer inolvidable. Porque eso es lo que hace la muerte. Transforma a los villanos en santos, convierte a las despreciadas en extrañadas, le da a las personas el reconocimiento que la vida les negó.
Sasa Montenegro recibió más cariño el día de su muerte que en los últimos 20 años de su vida y esa es quizás la injusticia más grande de toda su historia. Los homenajes póstumos fueron numerosos. Los periódicos publicaron obituarios extensos. Las revistas de espectáculos sacaron ediciones especiales, los programas de televisión pasaron fragmentos de sus películas y por un par de días Sasa Montenegro volvió a hacer lo que había sido en los años 70 el tema de conversación de todo México.
Pero después del funeral, después de los obituarios, después de los azxs vino el silencio otra vez el mismo silencio que la había acompañado durante sus últimos años. Solo que ahora el silencio era permanente. Ya no habría un regreso, ya no habría una entrevista sorpresa, ya no habría una aparición en un programa matutino donde la gente pudiera verla envejecida y decir, “Miren cómo quedó.
Ya no habría nada.” Y con la muerte de Sasa vinieron las preguntas sobre la herencia, porque la mujer que dijo que vivía de negocitos dejó más de lo que el público imaginaba. La colina del perro ya no existía como mansión, pero el terreno donde había estado seguía teniendo valor. Y la historia de ese terreno era tan complicada como la historia de la mujer que lo habitó.
El terreno de paseo de los laureles 268 había sido vendido en 2013 a un desarrollador inmobiliario. La mansión fue demolida en 2018, pero el litigio por la torre de departamentos que se intentó construir ahí seguía sin resolverse completamente. Las autoridades capitalinas habían iniciado un juicio de lesividad.
Alejandro García Robles, el funcionario que autorizó el proyecto, fue detenido y después liberado. Y el terreno donde alguna vez estuvo la mansión más odiada de México seguía ahí como un solar valdío que nadie podía tocar meterse en problemas legales. Navila y Alejandro, los dos hijos de Sasa con López Portillo, quedaron como herederos de lo que quedara, no mucho en términos materiales, pero sí un apellido que, aunque cargado de controversia, les daba acceso a un mundo que la mayoría de los mexicanos no conoce, el mundo de los
hijos de expresidentes, un mundo de contactos, de influencias, de puertas que se abren, aunque el nombre que las abre sea pronunciado con desprecio. Y hay algo que nadie mencionó durante los homenajes póstumos. Algo que se perdió entre las fotografías de la Sasa joven y los resúmenes de su carrera cinematográfica, algo que es quizás lo más importante de toda su historia.
Sasa Montenegro fue una sobreviviente, no en el sentido metafórico que las revistas usan cuando hablan de celebridades que sobrevivieron a un escándalo. En el sentido literal, su familia fue asesinada en un campo de concentración nazi. Su padre murió cuando era niña. Cruzó un océano a los 6 meses de edad. Creció en un país que no era el suyo.
Emigró a otro país que tampoco era el suyo. Se desnudó en películas que odiaba filmar para ganarse la vida en un tercer país que la adoptó a medias. Se enamoró de un hombre 24 años mayor que estaba casado. Esperó una década para poder casarse con él. Lo cuidó cuando tuvo un derrame cerebral.
Peleó contra su familia política cuando intentaron quitarle lo poco que tenía. Lo enterró. Cobró una pensión que todo México le reprochaba. Se la quitaron, se mudó a Cuernavaca, se enfermó de cáncer y murió el día de San Valentín sin que nadie le mandara flores. Esa es una vida de sobreviviente, no de estrella, no de bedet, no de amante presidencial, de sobreviviente.
Una mujer que desde el día que nació tuvo que pelear por todo, por existir, por comer, por tener un nombre, por tener una carrera, por tener un amor, por tener una casa, por tener una pensión, por tener algo, lo que fuera, que le diera la certeza de que su paso por el mundo no había sido en vano. Y México nunca la vio así.
México la vio como la fichera, como la quita maridos, como la aprovechada, como la mujer que se acostó con un presidente para quedarse con su dinero. México la redujo a un estereotipo, la simplificó, la convirtió en un chiste, en un meme antes de que existieran los memes, en la mujer que se acostaba con el viejo del poder.
Nunca se tomaron el tiempo de ver más allá, de preguntarse porque una mujer nacida en Italia de padres yugoslavos, criada en Argentina, educada entre dos continentes, eligió México. De preguntarse por una mujer con esa historia de pérdida y desplazamiento eligió al hombre más odiado del país, de preguntarse si quizás no fue cálculo sino necesidad, necesidad de seguridad, necesidad de protección, necesidad de un hombre que pudiera darle lo que la vida le había quitado tantas veces.
Estabilidad, porque Sasa Montenegro creció sin estabilidad. Cada capítulo de su vida fue un terremoto, un campo de concentración, una muerte, un barco, un nuevo país, otra muerte, otro nuevo país, un matrimonio ajeno, un escándalo, una mansión prestada, un divorcio orquestado, una pensión cancelada, una enfermedad terminal. Cada vez que algo parecía estar en orden, el suelo se movía debajo de sus pies y cada vez que el suelo se movía, ella encontraba la manera de quedarse de pie hasta que el cáncer no la dejó.
Y aquí es donde la historia de Sasa Montenegro se conecta con algo más grande que ella, porque su historia no es solo la historia de una actriz o de una viuda presidencial, es la historia de las mujeres que el poder usa y desecha. Es la historia de las mujeres que son deseadas por su cuerpo y despreciadas por su inteligencia.
Es la historia de las mujeres que entran en el mundo de los poderosos como amantes y que salen como villanas. Es la historia de las mujeres que cargan con el estigma de haberse acostado con el hombre equivocado mientras ese hombre se lleva los aplausos y la comprensión del público. Porque López Portillo nunca fue juzgado por acostarse con Sasa.
Fue juzgado por la crisis económica, fue juzgado por la corrupción. Fue juzgado por la colina del perro, pero nadie lo juzgó por ser infiel. Nadie le llamó amante, nadie lo redujo a su vida sexual. En cambio, Sasa fue reducida exclusivamente a eso, a la mujer que se acostó con el presidente, como si eso fuera todo lo que era.
Como si las 80 películas no contaran. Como si las 100 noches de palenque no contaran. Como si las cinco obras de teatro que produjo no contaran, como si las telenovelas no contaran. Como si el premio Tinovelas no contara, nada de eso contaba. Lo único que contaba era con quién se acostaba. Ese doble estándar, esa hipocresía que perdona al hombre y condena a la mujer es el verdadero escándalo de la historia de Sasa Montenegro.
No la pensión, no la colina del perro, no el cine de ficheras. El verdadero escándalo es que un país entero convirtió a una mujer en villana por haberse enamorado del hombre equivocado, mientras al hombre equivocado le construían bibliotecas con su nombre. Porque sí, la biblioteca José López Portillo existe. Está en Guadalajara con su nombre, con letras grandes y nadie protesta, nadie pide que la derriben, nadie dice que es un insulto a la memoria del pueblo que él traicionó.
Pero cuando Sasa Montenegro cobraba una pensión legal, todo México gritaba indignado, “La biblioteca del corrupto se queda. La pensión de la viuda se cancela. Eso es México, eso es el mundo. Eso es la historia que siempre se repite. Los números finales de la vida de Sasa Montenegro se leen como el mapa de una mujer que cruzó el mundo buscando un lugar donde quedarse y que nunca lo encontró del todo.
Nació en Italia, creció en Argentina, triunfó en México, murió en Cuernavaca. Cuatro países, cuatro vidas diferentes en una sola existencia, 78 años de vida. Más de 80 películas, 100 noches de palenque, cinco obras de teatro producidas, un premio tinovelas, incontables portadas de revistas, la primera película del cine de ficheras, Bellas de Noche, en 1975.
una relación de 20 años con un expresidente, dos hijos fuera del matrimonio que después fueron legitimados, una mansión de 5,200 m² que fue demolida, una pensión de casi 29 millones de pesos que fue cancelada, un cáncer de pulmón que la consumió en silencio y una muerte el día de San Valentín, como si el universo quisiera cerrar su historia con una metáfora que ella misma habría encontrado demasiado obvia para una de sus películas, pero los números No cuentan lo que importa.
Lo que importa es otra cosa. Lo que importa es que una niña cuya familia fue asesinada en un campo de concentración nazi cruzó un océano con 6 meses de edad y terminó siendo la mujer más deseada de México. Que esa niña creció sin padre en Argentina y aprendió que la belleza era el único pasaporte que no caduca, que emigró a México a los 23 años con una maleta y un acento raro y se reinventó como Sasa Montenegro, la reina de un género cinematográfico que todo el mundo consumía, pero que nadie respetaba.
que se enamoró de un hombre que representaba todo lo que ella buscaba: estabilidad, poder, protección, sin importarle que ese hombre estuviera casado, que fuera 24 años mayor, que fuera el político más odiado de México, que le dio dos hijos que cargaron con un apellido que pesaba como una lápida, que vivió en una mansión que el pueblo llamaba La Colina del Perro y que nunca supo cuánto dinero tenía el hombre que dormía a su lado, que peleó contra una familia política que quería quitarle todo, que cobró una pensión que todo México le reprochaba,
que se la quitaron y siguió adelante con negocitos, que se enfermó de cáncer y no le dijo a nadie y que murió el día del amor, sola en Cuernavaca, lejos de las cámaras que la habían perseguido durante medio siglo. Lo que importa es que Sasa Montenegro vivió una vida que parece inventada, pero que fue absolutamente real.
Una vida que cruzó continentes, idiomas, guerras, industrias, escándalos y sexenios. Una vida que empezó en un barco de refugiados y terminó en una cama de Cuernavaca. Una vida que pasó por un campo de concentración, por el cine erótico, por la cama de un presidente, por una mansión demolida, por una pensión cancelada y por un cáncer de pulmón.
Una vida que si la escribieras como guion de película, el productor te la devolvería diciendo que es demasiado inverosímil, que nadie se la creería, que esas cosas no pasan en la vida real, pero pasaron, le pasaron a ella. Le pasaron a Alexandra Asimovic Popovic, la niña que nació en Bari y que murió en Cuernavaca, la mujer que cruzó un océano huyendo de la muerte y que encontró en México una vida que era más extraña, más dolorosa y más fascinante que cualquier película que protagonizó.
Y cada vez que alguien en México menciona la colina del perro, cada vez que alguien recuerda la crisis del 82 y a López Portillo llorando en televisión, cada vez que un profesor de historia le explica a sus alumnos lo que pasó cuando un presidente devaluó el peso y se construyó una mansión cada vez que alguien dice, “Defiéndelo” como un perro.
Como chiste en una sobremesa, en algún rincón de esa historia está Sasa Montenegro, no como protagonista, como testigo, como la mujer que estuvo ahí, que vio todo, que vivió todo, que amó al hombre más odiado de México y que pagó por ese amor con la moneda más cara que existe, la dignidad. Porque México nunca le devolvió la dignidad que le quitó, nunca la vio como lo que era, una sobreviviente, una inmigrante, una mujer que se hizo a sí misma en un país que no era el suyo, una madre soltera durante una década, una esposa que cuidó a un hombre enfermo
durante sus últimos años, una viuda que peleó por lo que le correspondía legalmente, una mujer que trabajó en más de 80 películas, produjo teatro, hizo palenque, hizo telenovedas, ganó un premio y que a pesar A pesar de todo eso fue reducida a la fichera que se casó con el presidente. Y si esta historia te hizo sentir algo que no esperabas, si te hizo preguntarte si México fue justo con Sasa Montenegro, si te hizo pensar en cuántas mujeres han sido reducidas a su cuerpo y a sus relaciones cuando merecían ser recordadas por su trabajo.
y te hizo ver que detrás de cada escándalo hay una persona con una historia que empieza mucho antes de la portada de la revista y que termina mucho después de que el mundo deja de prestar atención. Entonces, Sasa Montenegro hizo contigo lo que hizo con México durante 50 años. te hizo sentir, aunque no quisieras, aunque prefirieras mirar para otro lado, aunque fuera más fácil llamar la fichera y seguir con tu vida, porque Sasa Montenegro no fue solo una fichera, fue una refugiada que se convirtió en estrella, una estrella que se convirtió
en amante, una amante que se convirtió en esposa, una esposa que se convirtió en viuda, una viuda que se convirtió en olvidada y una olvidada que el día de San Valentín de 2024 cerró los ojos por última vez en una cama de Cuernavaca, lejos de la colina del perro, lejos de los palenques, lejos de las portadas de revistas, lejos de todo lo que alguna vez fue.
Alexandra Asimovic Popovic, la niña del barco, la reina de las ficheras, la amante del presidente, la dueña de la colina del Pero, la viuda de los 29 millones, la mujer que odiaba desnudarse, la madre de Navila y Alejandro, la enferma de cáncer que no le dijo a nadie, la muerta del día del amor, Sasa Montenegro, la mujer que México usó, disfrutó, juzgó, despreció, olvidó y lloró en ese orden Y siempre demasiado tarde.